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PODER K

Patovicas ideológicos

Quien gana una elección no es moralmente superior al resto de los ciudadanos. Lo único que significa esa mayoría circunstancial es que existe una presunción revocable de que las ideas postuladas por ese líder gozan, en un momento determinado, de cierto consenso. Nada más que eso.

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Por Marcelo Gioffre | 18.07.2009 | 01:20

Quien gana una elección no es moralmente superior al resto de los ciudadanos. Lo único que significa esa mayoría circunstancial es que existe una presunción revocable de que las ideas postuladas por ese líder gozan, en un momento determinado, de cierto consenso. Nada más que eso. Esto es lo que nunca entendieron los Kirchner y lo que desdeñan los presidentes latinoamericanos que tercamente se empeñan en buscar sus reelecciones indefinidas. Los Kirchner creyeron (después de 2003, 2005 y 2007) que, al ser votados, habían adquirido una condición totémica que les permitía disponer a su antojo del poder que detentaban. Así, cuando los representantes agrarios alzaron su voz de queja, y gran parte de la clase media los apoyó, los Kirchner les dijeron a los gritos que eran “cuatro señores a los que nadie había votado”, como si terminadas las elecciones se abriera un hiato de rígido silencio hasta el siguiente escrutinio y nadie pudiera abrir la boca ni terciar en la discusión pública.
La democracia tiene sentido porque no existe la verdad objetiva y absoluta, ni procedimientos racionales para validar juicios éticos, ni oráculos o cartabones donde compulsar si cierta conducta es buena o mala en sí, razón por la cual, teniendo todas las opiniones un rango paritario, gozando todas a priori de una presunción de validez, el dispositivo para meditar sobre las preferencias morales es el procedimiento del recuento estadístico de voluntades individuales. La democracia no es más que una técnica para sintetizar en cierto momento el balance moral que una sociedad desea adoptar. Pero exige humildad, pues todos podemos ser fuentes de argumentos, como señalaba Carlos Santiago Nino, aptos para concitar eventualmente el consenso mayoritario. Lo que hoy es mayoría mañana es minoría y viceversa. Y el hecho de ser minoría no implica que su voz quede anulada.
Por ello, la conclusión de una elección no cierra sino que abre el diafragma de la polémica pública entre los ciudadanos. Esto no quiere decir que la democracia no sea delegativa, sino que durante esos dos años en que no se vota el debate queda abierto, vivo, y el gobernante no puede desentenderse del flujo de argumentaciones que van emergiendo. Los Kirchner confundieron una elección con una designación divina, se sintieron investidos del carácter de patovicas ideológicos de la patria: ellos administraban la circulación de ideas, decidían quién entraba y quién no, subrayaban o tachaban. Así, quisieron entronizar a Rodolfo Walsh por arriba de Borges, cambiaron el prólogo del Nunca más, rompieron la asimetría entre alumno y profesor, invirtieron los signos axiológicos de víctima y victimario en el vocabulario del delito, convirtieron a los meros vagos en “luchadores sociales”, establecieron la idea de que las bandas armadas que operaron en el primer lustro de los setenta fracasaron exclusivamente por la feroz represión militar –ocultando el rechazo del pueblo al sistema marxista que pretendían implantar–, y hasta alentaron a Felipe Pigna a disfrazar a Mariano Moreno, un indiscutible liberal, como un desaparecido. En una palabra, no les bastaba encarnar ciertas ideas por un breve lapso de tiempo, querían renombrar la realidad, querían operar como si ellos gozaran de un monopolio moral.
El 28 de junio, al darles la espalda y repartir las preferencias en un matizado mosaico de verdades relativas, de Macri a Pino Solanas, de Cobos a Reutemann, el pueblo recuperó la llave del diálogo público, del ágora donde procesar las distintas tensiones, recordándoles dónde reside la fuente del poder. Emborrachados por la hybris, los Kirchner se han blindado: ¿un Dios puede recibir retos o contrarréplicas, puede ser desafiado a la odisea del disenso? La actitud recalcitrante del matrimonio, su lectura disparatada de las elecciones estaba ya inscripta en el ADN de su confusión sobre qué es una democracia.

*Escritor y periodista. Su último libro es El surmenage de las ideas.

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Los que avasallan, manipulan y desvalorizan sin culpa

Cómo reconocer a las personas tóxicas

Los especialistas difieren en su definición, pero todos coinciden en que la gente nociva existe y que provoca daño a los demás

Por Loreley Gaffoglio
De la Redacción de LA NACION

El que destila un odio visceral y se regodea con la humillación del otro, el que avasalla al semejante, el que busca manipular con mentiras, el que agrede innecesariamente y desvaloriza al otro para sentirse bien él, el que daña con intención sin jamás proponer una reparación, el que incomoda con sus imposturas, el envidioso de todo lo ajeno y el que urde los problemas para acercar luego sus soluciones.

La nómina de personas dañinas la completan el autodestructivo, el narcisista patológico, el perverso, el violento impenitente y el estafador. Se sabe que de seres nocivos está lleno el mundo, ya lo poetizó Antonio Machado con su “mala gente que camina y va apestando la tierra”, pero ¿existe realmente la gente “tóxica”? ¿O el término, por descalificador y estigmatizante, se lo reserva sólo a Adolph Hitler o a Ben Laden?

Las neurociencias dicen que sí, que la gente “tóxica” ?encarnada por aquellos seres rapaces que inexorablemente perturban el bienestar ajeno y vampirizan al semejante? existe. Y endilgan a fallas químicas la irrigación de esa toxicidad. Sus conductas se traducen en patologías, y la coexistencia con ellos resulta imposible.

En el psicoanálisis y la psicología, la literatura está dividida. No obstante, ambas se inclinan por los vínculos y comportamientos “tóxicos” más que por las personas, ya que lo que es “tóxico” para unos puede ser perfectamente aceptado por otros. En todo caso, se trata de una percepción subjetiva, dicen.

Si bien no existe una cofradía donde se imponga la toxicidad, al hurgar en los perfiles nocivos, sin duda que algunos políticos ?aquellos que sólo buscan ser escuchados y prometen lo que saben que jamás van a cumplir? podrían encajar en ese estereotipo. Y, dentro de las relaciones de poder, tampoco los jefes desconcertantes, impredecibles o arbitrarios ?los seudoemperadores de la verdad, incapaces de encomiar méritos o esfuerzos? se escapan indemnes a la toxicidad.

Tipos de “encuentro”

“Quien mejor se ha dedicado a este tema en la historia de la filosofía es Baruch Spinoza”, apunta el filósofo Tomás Abraham. “El habla de encuentros que potencian nuestras energías y nos dan alegría y los que las disminuyen y producen tristeza. Cuando dos cuerpos se convienen entre sí, multiplican su potencia. Y cuando no lo hacen se produce un mal encuentro, semejante a una especie de envenenamiento”, explica.

Pero Abraham pone un freno, al aclarar que “pensar las relaciones humanas en términos de toxicidad deriva de las teorías degenerativas de la psiquiatría racista del siglo XIX”.

Investigadora de la vida cotidiana a través de la enjundia filosófica, Roxana Kreimer es asertiva respecto de esa categoría, popularizada por la norteamericana Lilian Glass, en su best seller Toxic people (Gente tóxica). Allí advierte que nadie es “ciento por ciento sano, ni física ni psicológicamente; por eso, es importante atender los patrones caracterológicos y sus efectos”, observa Glass. Su libro cuenta hace meses con una versión local, escrita por Bernardo Stamateas.

“Los comportamientos destructivos son tolerados si aparecen de manera esporádica. Pero cuando se repiten con frecuencia contaminan las relaciones interpersonales”, completa Kreimer.

“Confucio decía que si uno se topa con gente buena, debe tratar de imitarla, y si uno se topa con gente mala, debe examinarse a sí mismo”, añade. Y caracteriza a la gente “tóxica” “por su falta absoluta de empatía con el otro”. En ese grupo, incluye a los manipuladores, que se valen de la asimetría de la información para torcer destinos, y a líderes como George Bush, que buscan la adhesión a sus “decisiones impopulares presentándolas como necesarias”.

¿Qué sucede con los pesimistas consuetudinarios? Según Abraham, pueden ser “más lúcidos, inteligentes y valientes que toda esa pavada de la buena onda”. Para Kreimer, la negatividad en demasía termina siendo contagiosa.

Diana Cohen Agrest habla de “los vínculos destructivos de los que hay que huir”. Pero advierte sobre la estigmatización y la capacidad de cambio de las personas. “Los seres humanos ?dice? no somos de una vez y para siempre. Estamos en constante proceso de construcción. El nombre definitivo es el del epitafio, pues sólo allí adquirimos una identidad definitiva. Mientras vivimos, se puede dejar de ser «tóxico», como también se pueden adquirir otras características. Sólo una visión demasiado pesimista del ser humano lo condena a ser de una vez y para siempre.”

El filósofo Santiago Kovadloff confiesa cruzarse a menudo con este tipo de personas y rogar que en ese instante alguien en el teléfono lo libere de la situación. “Pongo el acento en los vínculos más que en las personas, porque el significado de alguien depende primordialmente de quien entable una relación con él”, ejemplifica. Y se pregunta si la gente realmente se cuestiona qué es lo que uno produce en el otro. “Yo también puedo irritar y ser muy aburrido en mi vida pública”, confiesa.

Sin embargo, ubica como rasgo dominante de la toxicidad “a las personas monologadoras y autorreferenciales y a aquellos que nos aplastan”. El corolario es el tedio, el desinterés y la urgencia de alejamiento, dice. Y arremete contra los simuladores y contra aquellos vínculos cimentados a partir de una necesidad tramposa: “La de no relacionarse realmente”.

CLAVES PARA EVITARLOS

  • Las personas “tóxicas” influyen en la salud tanto física como psíquica del otro. Por eso es clave identificar los síntomas que una compañía nociva produce.
  • A esas personas se las controla quitándoles su poder, escapando de ellas o no permitiéndoles acceso a nuestra intimidad.
  • Si se debe convivir con ellas, en la familia o en el trabajo, hay que abstraerse mentalmente de su presencia y acciones.
  • Cuando surge un comentario o comportamiento “tóxico”, simular que uno le presta atención cuando, en realidad, se esfuerza por desoírlo.
  • Al “tóxico” se lo neutraliza con amabilidad. Su afán por lastimar con comentarios o actos desagradables resulta estéril si él percibe que carece de efecto.
  • Focalizarse en las cosas positivas que uno tiene en la vida cuando se está cerca de una persona “tóxica”. Es un ardid efectivo para superar los malos momentos.
  • Si no es posible evitarlos, adquiera un identificador de llamadas y reduzca al mínimo el contacto personal con ellos.
  • La actitud positiva es siempre una elección. Prepárese mentalmente para estar bien y contrarrestar así las actitudes “tóxicas”.
  • Si una persona “tóxica” forma parte de su equipo de trabajo, establezca de antemano y claramente las reglas de convivencia. Si se trata de su jefe, hágale saber que usted y su equipo pierden eficiencia frente a comportamientos negativos. Y póngale ejemplos.
  • Si el “tóxico” no es alertado sobre su toxicidad, la extenderá en el ambiente. No deje pasar por alto esas actitudes y convérselo inmediatamente con él.
  • Ejercite su propia autocrítica y revise con asiduidad qué tipo de actitudes y comportamientos tiene usted para con los demás. Usted también puede ser “tóxico” para otros. La regla es simple: no les haga a los demás lo que no desea que le hagan a usted.

QUE LOS HAY LOS HAY

” A los «tóxicos» los olés al primer contacto; son lastres que te hunden y restan siempre. Por eso, tratás de alejarte. Pero la vida te los impone demasiado a menudo”

Martín Bär, empresario” Hay gente que nos intoxica con su mala actitud y absorbe nuestra energía. Ellos movilizan aspectos que nos resultan intolerables. Nos dañan y nos quitan libertad ”

Alicia Belous, psicóloga“Te cuentan siempre de sí mismos y no les interesa preguntarte nada. Intentan pasarte por arriba; nada ni nadie les viene bien. Son un bajón”

Clara Paillot, pintora decorativa” El «tóxico» nunca sabe que lo es, pero todos los demás, sí. Nunca está vibrando como su entorno. Además, interrumpe las vibraciones ”

Nicolás Posse, músico“Son gente que conspira para que las cosas no fluyan amigablemente. Piensan: «¿Por qué ser feliz, si se puede no serlo?». Su problema es la actitud”

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El influjo de envidiosos y psicópatas

Por José Eduardo Abadi
Para LA NACION
Martes 14 de octubre de 2008 | Publicado en edición impresa

Existen personalidades cuyo carácter y comportamiento, sin duda patológico, resultan nocivos para aquellos con quienes se vinculan. Gran parte del drama de los conflictos interpersonales consiste en no recorrer al otro en su auténtica intimidad y verlo sólo como uno quiere que sea.

Las relaciones que nos acercan al bienestar y a la salud emocional, y que nos hacen felices son aquellas que ponen sobre la mesa el interés y el amor por la vida, es decir, por el prójimo. Es ese estar integrado de un modo vital y generoso lo que construye una comunidad que tiene por timón la ternura, el entusiasmo, la solidaridad y la compasión.

Cuando esto no existe, y cuando las personas son incapaces de enlazarse positivamente con los otros y enriquecerse en la acción de dar y recibir, lo que producen es soledad, sufrimiento y desamparo. Sucede cuando vemos el interés convertirse en indiferencia, una forma actual de crueldad.

Las relaciones con un individuo indiferente deja al otro con una vivencia de vacío contaminada, con su autoestima dañada y con un abanico de conductas que transitan inhibiciones, sometimientos y dependencias sintomáticas hasta la misma depresión.

Estos personajes nocivos, que lastiman o despojan a quien se vincula con ellos, repiten un variado número de agresiones, como descargar sus impulsos sádicos complaciéndose en humillar y arrollar al otro.

Otro aspecto es la prepotencia, al usar de manera distorsionada la fuerza para desvalorizar, marginar y burlarse de las personas con las que se relacionan. Es muy delicado pretender naturalizar esas conductas como si fueran algo común.

No olvidemos que la autoestima, el amor y la disponibilidad son el trípode sobre el cual crece un sujeto sano y, por lo tanto, el encuentro que muchas veces tiene lugar con individuos que atacan esta construcción enferma termina dando lugar a graves consecuencias.

Dos tipos de personalidades que, por su frecuencia, debo señalar como altamente negativas son las siguientes:

  • El envidioso, que es aquel más preocupado por que el otro no tenga lo que a él le falta, que en aprender él mismo cómo hacer para conseguir lo que el otro supo ganar. Se trata de personalidades con una autoestima baja, hipotecados por el rencor y el resentimiento y que, en su incapacidad de compartir el logro de quien está a su lado y disfrutar como propio lo que otro pudo conseguir, se encierra en mentiras y difamaciones que eternizan su incapacidad, su agresividad y su carácter intrigante.
  • Los psicópatas, que son individuos sin conciencia moral, sin autocrítica, que no reconocen los derechos del otro ni están dispuestos a postergar sus propios deseos. Por lo tanto, la gente que con ellos se relaciona está destinada a ser manipulada, engañada hasta el abuso. La mentira es una de sus herramientas favoritas, y no les produce ninguna angustia, dado que su inescrupulosidad los libera del lógico sentimiento de culpa y del sentido de responsabilidad que se debe tener cuando se actúa inadecuadamente.

Ejemplos de distinta intensidad pueblan nuestra actualidad: corrupción, perversiones, trampas, estafas, manipulaciones variables que provienen de verdaderos sociópatas.

El autor es psiquiatra, psicoanalista y escritor.

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