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Martin Wolf: “China puede ser una amenaza mayor para Estados Unidos que la URSS”

ENTREVISTA

Martin Wolf: "China puede ser una amenaza mayor para Estados Unidos que la URSS"

Lunes, 27 mayo 2019 – 12:32

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El columnista económico más influyente del mundo, educado en Oxford y fogueado en el Banco Mundial, analiza la actualidad con perspectiva histórica desde las páginas del diario británico ‘Financial Times’. A su paso por Madrid, Wolf repasa las amenazas al multilateralismo de una sociedad global.

SERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL

Martin Wolf (Londres, 1946) es el columnista económico más influyente del mundo. Sus orígenes se hunden en aquel crisol europeo de talento y también de horror que fue la Austria de comienzos del siglo XX, de donde huyó su padre, Edmund, un judío austriaco. Educado en Oxford, Wolf trabajó en el Banco Mundial y en 1987 se unió al Financial Times. Ha asistido esta semana en Madrid a la FT Business of Luxury Summit. Verlo analizar la actualidad es apasionante: metódico, su conocimiento de la economía y de la historia lo convierten en un analista incomparable. Empezamos hablando de la trampa de Tucídides, la hipótesis que dice que en las 14 ocasiones en que una potencia emergente desafió el statu quo, 10 acabaron en guerra con la potencia preexistente.

Ya conoce las noticias: el campo de batalla de la nueva Guerra Fría son nuestros smartphones. ¿Han caído EEUU y China en la trampa de Tucídides?Las tensiones han aumentado bruscamente. En gran parte, pero no exclusivamente, por culpa de EEUU. De una extraña manera, todo esto nos devuelve a la etapa anterior al 11-S. Si lo recuerda, la Administración de George W. Bush llegó con una mirada bastante agresiva hacia China. Después sucedió el 11-S y se produjo un largo rodeo que fue la guerra contra el terrorismo y Oriente Medio, pero sí, la Administración Obama ya estaba pivotando para contener a China en Asia. Trump es una figura mucho más belicosa y se ha centrado en el comercio, no únicamente en él, pero sí en la economía y está atacando las bases del crecimiento chino. Los chinos intentan ser más influyentes, en cierta manera más agresivos, y tienen un presidente más nacionalista que sus predecesores. Pero la fuerza fundamental que rige las relaciones entre la potencia emergente y la incumbente ahora mismo es la desconfianza. Por lo tanto, me parece que la predicción de mi amigo Graham Allison ha sido confirmada.¿No es este el enfrentamiento de dos modelos de capitalismo, uno dirigido y otro libre?Si queremos tomar en serio la trampa de Tucídides, el elemento ideológico no es importante en este momento. Una pregunta interesante que nos podemos hacer es qué pasaría si China no fuese un país comunista y fuese una democracia capitalista como EEUU y pudiera elegir su propio Trump. ¿Cree que el enfrentamiento sería menor? No, sería mayor. El núcleo del enfrentamiento no es la ideología, es el poder. EEUU no quiere aceptar ningún otro papel en el mundo que no sea el de su propia primacía. Y si China, que es un país enorme, alcanza un desarrollo capitalista exitoso y lo hace mejor, esto puede ser una amenaza mucho mayor que lo supuso la URSS.Pero brinda una excusa…Sí, pero no estoy convencido de que el choque de modelos sea el corazón de este conflicto. No niego que ofrezca excusas para una guerra comercial. Pero también se aprecia un deseo profundo en la actual Administración de EEUU de destruir a la Unión Europea (UE) y eso no es por una razón ideológica, sino porque EEUU no quiere tener rivales.¿Qué consecuencias tendrá esto? Alemania, por ejemplo, ha descubierto que su economía está más chinificada de lo que creía.Está amenazada por los dos lados. Por EEUU que quiere reequilibrar su comercio y podría actuar sobre las importaciones de coches, aunque no lo hace por el momento, y por el otro lado es muy dependiente de China porque es el mayor mercado al que exporta. En el mundo de la globalización, el libre comercio está amenazado. Alemania es el país importante que más depende de sus exportaciones y obviamente el más vulnerable. El asunto es profundo y toca el modelo político alemán que se ha basado muy estrechamente en el apoyo solidario de EEUU. Por tanto, el mundo está metiéndose en un túnel que es un gran desafío para Alemania y, por ende, para Europa.¿Nos estamos desglobalizando?Probablemente. Y tal vez muy rápido. Después de la crisis, el comercio mundial ha crecido en línea con el producto mundial. Éste es un gran cambio respecto a la etapa precrisis cuando el comercio creció más que el producto durante un largo periodo en que la economía mundial se integró más y se globalizó. El resultado de este largo periodo de integración es que el comercio y los flujos financieros en relación al PIB alcanzaron su máximo histórico en 2007. Ahora, sospecho que me sorprendería si no viéramos una contracción real del comercio mundial.El multilateralismo hoy es muy débil. Trump o el Brexit no lo fortalecen. ¿Vuelve el Estado-nación con sus fronteras y su identidad?Ahí hay varias preguntas que creo que hay que separar. Lo primero es el resurgimiento casi generalizado del nacionalismo: no es universal, es una recuperación de la identidad nacional contra lo global, que enfatiza que eres inglés y no europeo, o europeo y no humano, reivindica una identidad estrecha…Sí, una identidad sectaria, que se define por oposición…Sí. Es algo que nos devuelve a los años 30. Esto conduce a una fragmentación del sistema mundial.¿Y el multilateralismo?Había un conjunto de reglas que obligaban a todo el mundo en el interés de todos. Es la misma idea que está detrás del comercio global. Pero el nuevo sistema nos habla de poder y en esos términos los nacionalismos no son iguales: esto no sólo no es un movimiento hacia el multilateralismo sino un desplazamiento hacia una política de potencias. Es algo que siempre me ha parecido obvio: si usted dice que a partir de ahora nuestro principio ordenador va a ser la identidad nacional, ¿quién gana? Pues las grandes potencias. El final del multilateralismo no es un mundo feliz de identidades nacionales, el final del multilateralismo que, por ejemplo, representa la UE, es un mundo donde impera la política de las grandes potencias. Por eso el Brexit es increíblemente estúpido. Quiero subrayar dos aspectos: la identidad nacional como principio general contra las reglas internacionales sólo hará prevalecer la ley del más fuerte y, en segundo lugar, para ganar bajo este principio, la decisión de abandonar la UE es un error. El Reino Unido ya no es una gran potencia, es una modesta potencia.¿Tiene que ser un fracaso el Brexit?Me pregunta si el Brexit tiene que ser un fracaso, cosa que es distinta a si el Brexit será un fracaso. O sea, ¿podría el Brexit ser un éxito, en el sentido de que el Reino Unido sea más próspero? Ésta es una cuestión que sólo recoge una parte de la pérdida que supone dejar la UE en este momento. El Brexit es un acontecimiento muy desestabilizador. Los dos principales partidos están profundamente divididos y ambos se han movido radicalmente hacia sus extremos. Por lo tanto, es muy fácil decir que es un hecho que el Brexit será un fracaso porque el sistema de partidos está roto, la ley constitucional está rota y no está nada claro cuándo tendremos un gobierno estable en el corto plazo dirigido por gente modestamente competente. Incluso con un gobierno sensible no hay garantías. El Brexit es un sudoku que depende de alcanzar un acuerdo o no. El Brexit sin acuerdo puede ser un shock, una gran confusión, ya que una ruptura sin acuerdo pone muy difícil alcanzar un buen pacto comercial con la UE durante años… Cualquier acuerdo comercial plausible debería empezar por poner de manifiesto las pérdidas asociadas con la reducción del acceso a la UE. No espero que, después de todo, la política doméstica sea sensible al desorden y la incompetencia que ha creado, me parece clarísimo que el Brexit no podrá enjugar las significativas pérdidas en términos de dinamismo económico y prosperidad que vamos a tener.Los países ricos están muy endeudados. ¿A dónde nos lleva esto?Es importante distinguir las economías que están endeudadas interna y externamente. En la mayoría de países desarrollados -la Eurozona es un caso especial porque tiene una constitución monetaria consistente en una moneda internacional que es el euro en vez de la moneda de cada país- la mayor parte de la deuda está expresada en su moneda y la mayoría está en manos de sus nacionales. En el caso de EEUU, sí, tiene una gran deuda externa, pero está denominada en su moneda que es la principal del mundo. A mi juicio, esta situación es manejable.¿Qué pasa con los que, como la Eurozona, no controlan su moneda?Un país que no controla la moneda en la que está endeudado, que es el caso hasta cierto punto de la Eurozona, la situación sería un poco más difícil porque podría caer en un default o porque el banco central quizá no apoye tu deuda. Podría suceder que un Estado miembro cayera en un default y su sistema bancario fuera detrás. España ahora está muy bien, pero en Italia los bancos tienen mucha deuda de su gobierno. Y si el Banco Central Europeo dejara de comprar deuda italiana uno puede imaginar la situación que se produciría. ¿Qué haría la Eurozona en una situación así? Nadie lo sabe. La última vez se evitó porque el BCE compró su deuda y bajó los tipos de interés a cero, pero la próxima vez nadie sabe.¿Qué piensa de la Teoría Monetaria Moderna (TMM)?Me inclino a pensar que lo que es verdad no es nuevo y lo que es nuevo no es verdad. Qué es lo que dicen sus partidarios: si un país emite su propio dinero y tiene una moneda que la gente está dispuesta a mantener y se produce una recesión significativa, siempre se puede generar la suficiente demanda para volver al pleno empleo. Es macroeconomía keynesiana muy normalita, que es cierta, pero no es nueva. Esto se ha hecho en el Reino Unido y en EEUU en 2008 y funcionó bien. Pero esto no significa que no existan restricciones, que puedas imprimir dinero sin límites y que la gente vaya a querer todo el dinero que emites, ya que, si aparece inflación, pueden decidir que ya no lo aprecian. Pienso que la TMM es más un envoltorio de cosas que parecen revolucionarias que lo que de verdad es. Eso es nuevo, pero no es cierto. Tiendo a pensar que no deberíamos tomarnos demasiado en serio esto, salvo que alguien sea elegido y empiece a aplicarla, a crear más dinero, y tengamos un problema. Eso sería malo.Nuestro tiempo ha desafiado algunas de las ideas sólidas de la Economía. Se esperaba que una expansión de balance de los bancos centrales provocara inflación y no ha sido así. Se sube el salario mínimo y el impacto sobre el empleo es despreciable. ¿Qué ocurre con la ciencia económica, ha cruzado el espejo de Alicia en el País de las Maravillas?Quiero hacer un punto general y después abordar estos ejemplos. El punto general es que la economía describe un mundo increíblemente complejo. El mundo real consiste en billones de productos que contienen millones de tecnologías distintas y de características diferentes, y al mismo tiempo el mundo real contiene miles de millones de seres humanos, con distintas opiniones, maneras de hacer, con distintas expectativas, con formas muy complejas de comportarse. Y toda esta complejidad se intenta explicar de una manera relativamente simple que se pueda entender. Siempre hemos sabido esto, que la economía supone simplificar. Lo importante, a mi juicio, reside en entender cuándo una simplificación funciona y cuando es inapropiada.¿Y los dos ejemplos?La simplificación que dice que la creación de dinero puede provocar inflación descansa sobre supuestos: si el banco central expande su oferta de dinero, pero el sistema bancario está estropeado, la política monetaria no se transmitirá correctamente. El segundo ejemplo toca la asunción implícita de que actuar sobre el salario mínimo puede elevar el desempleo, pero esto sucede cuando el mercado laboral es perfectamente competitivo por ambos lados, la oferta y la demanda. Pero la evidencia empírica reciente indica que el actual mercado del trabajo no es competitivo, sino que tiene fuertes tendencias monopsónicas. Estos dos ejemplos evocan la verdadera gran cuestión que he aprendido en estos años y es que el marco mental sobre cómo la economía está funcionando no deriva del pasado, no deriva de la teoría, sino de los juicios sobre lo que es relevante ahora. Es una simplificación sobre lo que es apropiado ahora. Los economistas habíamos olvidado esto. Nos hemos vuelto demasiado mecánicos, olvidando el papel de la política, de las instituciones. Los economistas desarrollaron una heurística equivocada al asumir que estaban tratando con algo permanente y neutral -el mundo físico-, que se parecía al objeto de la física o la ingeniería, cuando en realidad lo suyo eran la sociedad y los seres humanos.

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El kirchnerismo cierra el círculo – LA NACION

https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-kirchnerismo-cierra-el-circulo-nid2251021

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¿Qué hicimos para merecer esto?

http://www.clarin.com/opinion/hicimos-merecer_0_8zmvb8zI3.html

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Argentina: Cristina Fernández Kirchner, ante un tribunal por corrupción | Argentina | EL PAÍS

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Final de ‘Juego de tronos’: Núremberg para dragones

CRÍTICA

Final de ‘Juego de tronos’: Núremberg para dragones

La serie ha convertido a sus espectadores en figurantes fanáticos de una ficción cuya épica ha jugado a desviar las preguntas correctas

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS

20 MAY 2019 – 14:27 ART

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Un instante del final de ‘Juego de tronos’ HELEN SLOAN (HBO) HBO | VÍDEO: M.BAYOD /M.PAGE

Ni héroes ni heroínas ni Trono de Hierro. Juego de tronos se resolvió de un modo salomónico, con un colorín colorado tan justo y razonable, tan irreprochable, como falto de nervio. Bran Stark, el tullido de Invernalia, el hombre que se quedó vacío para albergar todos los relatos, el misterioso Cuervo de Tres Ojos que todo lo ve y todo lo sabe, acabó convirtiendo en trono su sencilla silla de ruedas. La rueda, ese oráculo cargado de simbología dentro (el mantra de Daenerys era romperla) y fuera de la serie era la respuesta. En una secuencia dispuesta de forma teatral, con un discurso dirigido a los oídos de un universal patio de butacas, Tyrion, ese poderoso bufón con el don de la palabra, dictó sentencia: “¿Qué une a la gente? ¿El oro? ¿Los ejércitos? ¿Las banderas? Las historias. No hay nada más poderoso en el mundo que una buena historia. Nadie puede detenerla, ningún enemigo vencerla. ¿Y quién posee historias mejores que Bran El Tullido?… El chico que como no podía andar aprendió a volar”. Bufones y trovadores, sabios y lectores, Scheherezades, vuestro es el mundo, invocó sin decirlo el enano parlanchín. ¿Qué quién es el Rey de Juego de tronos? Pues el propio Juego de tronos.

OTRAS CRÍTICAS DE LA TEMPORADA FINAL

Pero antes de ese epílogo, hubo que fundir en llamas al culpable de una trama endiablada y sangrienta: el trono de hierro. Derretido por las fauces de Drogon, con su madre ajusticiada en los brazos de su amado sobrino, el dragón huérfano lloraba con fuego la pérdida. Un cuadro trágico imponente. El verdadero final de la serie. Hay dos puntos de inflexión en Juego de tronos y ambos nacieron en su primera temporada: la cabeza cortada de Ned Stark y el nacimiento de las tres crías de Dragón de Daenerys Targaryen. Esta madrugada, ambos acontecimientos quedaron sellados. El honor de los Stark prevalecía, y el fuego de los Targaryen apuntaba al fin al verdadero culpable de todo: el trono. Se le puede achacar cierta brocha gorda a esa última temporada pero en ningún caso al fondo de su mensaje político ni a su formidable puesta en escena.

Los 40 primeros minutos del episodio final siguieron la línea aterradora del anterior, Las campanas. Para ilustrar la deriva autoritaria y genocida de Daenerys, los creadores de la serie echaron mano de la Biblia visual del género: El triunfo de la voluntad, obra maestra de la propaganda que rodó Leni Riefenstahl bajo la demoniaca batuta ideológica de Joseph Goebbels. Allí,Hitler llegaba volando —como khaleesi en esta madrugada final— a Nuremberg, en un plano aéreo sin precedentes que lo presentaba como un mesías. Los ángulos inventados por Riefenstahl (esas tomas del ejército en fila rodadas desde la espalda del líder) aparecen en este último capítulo. Pero con una diferencia, frente al eslogan nazi “un pueblo, un reino, un líder”, aquí se contraponía además las ruinas de la guerra, de toda guerra. Como la propia Nuremberg, arrasada casi en su totalidad después de la II Guerra Mundial, el esqueleto humeante de la capital de los Siete Reinos abrazaba a su reina y liberadora. Un paisaje desolador, cubierto de blanca ceniza, o nieve, era confuso, de una belleza cruel.

No es original el uso de estas referencias, el cine y la publicidad llevan décadas fagocitándolas, y Juego de tronos es una máquina que remite al pasado y al presente, a todas las historias, para crear la suya propia. Una serie sobre el poder disfrazada de muchas otras cosas. George R. R. Martin, un declarado votante de Bernie Sanders que comparó a Trump con su detestable rey Joffrey, aquel adolescente megalómano que nos tuvo en vilo hasta la cuarta temporada y que, según Martin, tiene “el mismo nivel de madurez emocional” que el actual presidente de EE.UU, “un petulante irracional”, ha contado alguna vez que su saga nació de una imagen de su infancia. Concretamente de cuando averiguó por qué morían sin remedio las pequeñas tortuguitas que tenía de mascota en su pobre vivienda de New Jersey. Una y otra vez, los reptiles se pisoteaban hasta la muerte por trepar al islote en forma de castillo que coronaba su pequeña pecera. De un castillo para tortugas, así nació todo.

Tortuga vencedora, la khaleesi arengaba a sus tropas al final de una escalera, símbolo del camino que conduce a los dioses, convertida ya en la nueva tirana. Quizá lo más aterrador e inquietante de esta serie es que de alguna forma ha convertido a sus espectadores en figurantes fanáticos de una ficción cuya épica ha desviado las preguntas correctas. Como Tyrion, creíamos que ese mundo mejor era posible, sin recordar que los mesías, aunque caigan del cielo, o precisamente porque caen de él, son peligrosos. Que esa deriva autoritaria ocurriera además bajo la piel de una mujer valiente que hemos visto luchar y crecer ha sido una maniobra de distracción que evoca a un clásico de la fábula política: Rebelión en la granja, de George Orwell.

Los creadores de la serie, los guionistas David Benioff y DB Weiss, dos estudiantes de literatura que descubrieron en una novela-océano el sustrato de una serie de televisión que ha roto todas las estadísticas, firmaron la dirección de un episodio final que ha mantenido en vilo a millones de personas. El minuto crucial llegó en el ecuador de la emisión: Jon Nieve consumaba el magnicidio que le devolvía al lugar al que siempre perteneció: el exilio. El bastardo de Invernalia, el que no sabía nada, el chico herido por su falta de identidad, el desclasado, sin apellido ni bandera, el personaje que proclamó que no era un dios, el que nunca quiso reinar, el que se definió como “el escudo que defiende el reino de los hombres”, el lobo blanco, el que amó a una salvaje y a una reina, recordó la frase de otro Targaryen (“El amor es la muerte del deber”) para minutos después cumplir los designios de lo contrario: “El deber es la muerte del amor”. El plano final de la serie fue para él y su pueblo libre, adentrándose en el bosque del verdadero norte, con su lobo blanco y su honor a cuestas.

Hasta ahora, la iconografía de Juego de tronos ha sido un combinado perfecto de leyendas artúricas, mitología clásica, dramas isabelinos y zombis. En uno de los mejores artículos publicados hasta la fecha, la crítica de televisión de Slate Willa Paskin apuntaba esta misma semana por qué no necesitábamos que Daenerys acabase como una heroína en una serie que va mucho más allá. Plagada de referencias a hombres castrados (metafórica y literalmente), la serie siempre ha presentado a mujeres infinitamente superiores cuyos deseos e inteligencia (también su mezquindad) han impulsado desde del principio la acción. Sansa, coronada en este final como reina del Norte, era la representante definitiva de todo esto. Arya, también. La niña guerrera zarpaba al fin a una soñada vida de aventuras. En la serie ha prevalecido un punto de vista, invocado de diferentes formas. Hay decenas de ejemplos de cómo durante estos ocho años la cámara se ha situado a la altura de la mirada de niñas, nobles, pobres e incluso muertas que descubrían aterradas o admiradas el mundo que las rodeaba. Saber esto revela algo muy íntimo que traslada al espectador a rincones de la infancia olvidados, cada cual el suyo. En mi caso, recordé Flor de leyendas, esa joya de Alejandro Casona que a muchos nos enseñó el camino dónde se cruzan el cuento, la novela, la poesía y el teatro. Si a toda esta carga de clásicos populares se suma el mito moderno del zombi, con toda su memoria de serie B, y en esta recta final, la sombra del fascismo, con todas sus connotaciones actuales, la fórmula está servida. A ningún niño le gusta dormirse después de que le lean un cuento, y menos uno así, y quizá hoy ese es el principal problema de Juego de tronos. Nadie quiere, pero es hora de irse a la cama.

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Fernandez Fernandez x Duran Barba

. Foto:Temes

FERNANDEZ-FERNANDEZ
La resta es mayor que la suma
El anuncio de Cristina es claramente negativo para la posibilidad de una victoria electoral del peronismo. Si lo que busca es que que vayan otros líderes peronistas a una interna, esto puede empeorar. Irán los dirigentes con peor imagen y crecerá el saldo negativo.
Jaime Duran Barba Ayer 11:34 PM

Nunca consideré que Cristina Kirchner sea una mala candidata, ni dije que es la figura opositora que más le conviene a Mauricio. Siempre afirmé lo contrario, tanto en esta columna de PERFIL, como en decenas de entrevistas en las que participé en la última década. Todos los estudios dicen que Cristina es la mejor candidata de la oposición. Era absurdo pensar que Mauricio podía designar a un candidato mediocre de oposición para ganar con facilidad, porque en ese caso habría promovido a un perdedor nato como Daniel Filmus y ganaba sin hacer campaña. Cristina es una candidata poderosa porque es líder de un importante porcentaje de argentinos que quiere una sociedad autoritaria en la que se protejan sus intereses. Se sienten inseguros con la democracia.

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Una candidata con esa fuerza no va a dejar el poder, debe ganarlo por sí misma o poniendo a un testaferro que controle. El misterio y la sorpresa son juegos de poder típicos del kirchnerismo. En su momento, Néstor nos tenía pendientes con que sería "pingüina o pingüino", Cristina designó a Boudou como candidato a última hora fingiendo que vacilaba entre él y el eterno perdedor. Su idea de que “el poder es mío y de la familia” se manifestó cuando recibió los símbolos de mando de su hija y no los entregó al presidente electo porque lo consideraba una rendición. Para entenderla, es indispensable usar herramientas de la psicología. Jorge Fontevechia decía la semana pasada que a Cristina “más allá de su psicología, sea narcisismo primario, megalomanía, sesgo paranoide o delirio de grandeza, todas las categorías conllevan a una etiología similar: elegirse a sí misma como objeto de amor. Y todas comparten sintomatología: sentimiento exagerado de grandiosidad que afecta la búsqueda de racionalidad.”

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Libro. El lanzamiento del libro de CFK transparentó algo que muchos se negaban a ver: representa una visión no democrática del mundo compartida por muchos argentinos y latinoamericanos.

Algunos miembros del círculo rojo hablan de que es necesaria la “unidad de la oposición” para enfrentar a CFK. Delatan con eso lo que sienten. Que en realidad: Cristina es el poder, el eje de todo lo que pasa. Mantienen la antigua superstición de que los únicos que pueden gobernar Argentina son los peronistas.

El acto en la Feria fue extraño. Pocas veces un candidato inicia la campaña lanzando un libro al que ni siquiera se refiere en su presentación. Cristina pronunció un discurso interesante, sereno, en el que dijo reiteradamente que no quería molestar a nadie. Tuvo pasajes brillantes como aquel de cómo un libro se independiza del autor según se escribe. Habría sido una buena pieza oratoria para un auditorio académico. Nadie de esa mentalidad escuchó el discurso, aunque lo haya oído.

En la sala vip los líderes de la élite K miraban atónitos la escena: en vez de arengas furibundas oían reflexiones. Se portaron educados. Ninguno gritó las consignas que les brotaban de su interior, más afines con el contenido violento del libro. El propio Sheik Mohsen Alí se tomaba fotos amorosas con Aníbal Fernández y Felipe Solá, en vez de repetir que el atentado de la AMIA fue cometido por la comunidad judía. Todos habrían querido un acto más violento, como los que organiza la dirección de la Feria del Libro en las inauguraciones, pero Cristina se dirigía a un público civilizado.

Esta fórmula no sube el techo de Cristina y le baja el piso. Varios seguidores de ella ven mal a Alberto Fernández.

Fuera del local principal, había un grupo de militantes que en la década ganada lograron vivir en la Recoleta y quieren más. No son pobres, son pequeño-burgueses ambiciosos. Insultaron, escupieron, tomaron por los pelos a una valiente periodista de TN que siguió transmitiendo con esa firmeza propia de las mujeres. Trajeron a la memoria las manifestaciones organizadas por Hebe de Bonafini para “juzgar” a los medios en Plaza de Mayo, mientras enseñaban a los niños a escupir las fotos de periodistas.

En la calle, en medio del aguacero, estaban unos cinco mil pobres que habían llegado en colectivos para participar de este evento cultural. Se mojaban, pero gritaban para conservar sus planes sociales. Lázaro Báez lo explicó bien cuando dijo que nunca pudo llevarse bien con ella “porque le dan asco los negros como yo”. Es una elitista aspiracional que se siente feliz en Harvard, recordando a los presentes que “esto no es la Universidad de La Matanza”.

Días después Cristina se reunió con dirigentes políticos del PJ. Pronunció un discurso, no les escuchó ni una sola palabra y les ordenó tomarse una foto en la que aparecían con las manitos levantadas, como los dálmatas de Cruella de Vil. Siempre fue displicente con todos, gobernadores, dirigentes, el PJ, empleados de la Casa Rosada.

Muchos ex funcionarios K y jueces se asustaron y bajaron la cabeza ante la posibilidad de que gane. Doctrina Zaffaroni en boga, liberarán asesinos y motochorros, inventarán chicanas leguleyas para sobreseerla, crearán otro partido judicial prodelincuencial, cosa única en el mundo. Pronto inventarán alguna artimaña para que vuelvan al redil varios de los que se dieron un recreo de los golpes y desplantes.

Complejidad. Los líderes no pueden hacer cualquier cosa. Las sociedades son complejas, existen fuerzas colectivas que se enfrentan, intereses, competencia. Actualmente, con la revolución de las comunicaciones todo se volvió más complejo. Para hacer un diagnóstico político hay que estudiar, investigar, cuantificar, pensar, analizar los problemas desde varios prismas.

Por un lado, es indispensable la experiencia. Quienes han hecho política por años tienen habilidades que les permiten comprender automáticamente temas que para otros no son evidentes. Esa es la política como arte. Malcolm Gladwell desarrolla el tema magistralmente en su libro Blink: The Power of Thinning Without Thinking. Por otra parte, hoy se usan técnicas de análisis científico que complementan el arte con el pensamiento. Se desarrollaron en Estados Unidos desde la intervención de Joseph Napolitan en la campaña de Kennedy y se sistematizaron académicamente desde que la fundación de la “West Point de la política”, la Graduate Schooll of Political Managment de la George Washington University. Dos profesores de esa facultad, Santiago Nieto y el autor de esta nota, hemos colaborado en elecciones argentinas durante los últimos quince años aplicando esas técnicas. Nunca se perdió ninguna.

El desarrollo de las ciencias hace cada vez más importante estudiar psicología para entender la comunicación política. En Argentina se acaba de publicar el libro de Daniel Lopez Rosetti Equilibrio, que debería leer cualquiera que quiera ser candidato. El mismo autor había publicado antes otra obra, Emoción y sentimientos, en la que afirmó “no somos seres racionales, somos seres emocionales que razonan”. Son igualmente importantes los libros de Facundo Manes Usar el cerebro: conocer nuestra mente para vivir mejor y El cerebro argentino. En inglés existe una enorme bibliografía de los últimos años a la que nos hemos referido en otros artículos.
Pero hay algo más importante: con la revolución de las comunicaciones nació un mundo que no alcanzamos a descifrar en el que los electores cobraron una independencia inimaginable. La sociedad se disgrega en pequeñas comunidades que funcionan sin que nadie las pueda manejar, desaparecen profesiones, se rompen líneas de mando, los seres humanos nos volvimos distintos. Además de los libros mencionados en otras ocasiones de Harari y Friedman, hay que leer el último de Andrés Oppenheimer, Salvese quién pueda. En ese contexto creció la antipatía hacia el pasado, la política, los líderes, las instituciones, los partidos, los sindicatos. Mientras más amplios son los apoyos, más probable es la derrota como se vio con Meade en México, Alckmin en Brasil, Hillary en Estados Unidos y bastantes otros.

Fórmula. Estaba terminando esta nota cuando me llega la noticia de que Cristina anunció que su fórmula estaría integrada por Alberto Fernández para presidente y ella misma para vicepresidente. Logró cosas únicas: es la primera vez que el candidato a vicepresidente anuncia quién sería "su" candidato a presidente en el continente. Deja en claro quién es el que manda. La segunda cosa única es que con la imagen de Alberto endureció su techo y perdió la solidez de su piso.
Uno de los trabajos que hacemos en nuestra profesión es escribir diagnósticos políticos. Ultimamente lo hicimos en siete países latinoamericanos, entre los que estuvieron México y Brasil. Los estudios políticos serios no son fruto de la intuición, usan números, estudios y una extensa bibliografía que existe sobre estos temas.
Los frentes fracasan porque las matemáticas de la política no son como las elementales. Toda suma y también resta, y con el fastidio que existe con el pasado, normalmente la resta es mayor que la suma. ¿Cuántos votos nuevos le trae Alberto Fernández a Cristina? Los pocos que lo veían bien porque insultaba ferozmente a Cristina, seguramente no irán con ella. No sube el techo. Varios seguidores de Cristina ven mal a Alberto, baja el piso.

La operación matemática es: Votos de C más nuevos votos de A, menos votos de C ahuyentados por A. Eso lo calculamos matemáticamente con las cifras que disponemos. El saldo es claramente negativo. Si hace esto para conseguir que vayan otros líderes peronistas a una interna, esto puede empeorar. Irán los dirigentes con peor imagen y crecerá el saldo negativo. Los dirigentes peronistas democráticos, sobre todo si creen que tienen futuro, necesitan diferenciarse. Con mínima lógica saben que esta unidad será liderada por Cristina, desde cualquier sitio en que aparezca. Identificarse con el populismo autoritario mata cualquier alternativa peronista que quiera existir en la futura democracia.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.

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