“En estos tiempos tan oscuros ¿acaso no merece el castigado pueblo de Venezuela algo de inspiración pública d el primer papa latinoamericano?”.

VENEZUELA

The Wall Street Journal: "Hable por Venezuela, papa Francisco"

El periódico financiero comparó las duras expresiones públicas del Sumo Pontífice en contra del presidente Donald Trump y los Estados Unidos con la actitud con el déspota venezolano: "Han decidido evitar señalar por su nombre a Nicolás Maduro"

8 de agosto de 2017

En medio del llamado de la Mesa de Unidad Democrática a un "trancazo" en todo Venezuela para hoy martes en rechazo a la Constituyente de la dictadura de Nicolás Maduro y de los preparativos de nuevas sanciones contra funcionarios del régimen chavista por parte del gobierno de los EEUU, el país petrolero continúa con una población civil ahogada por una grave crisis económica, política y social.

Las protestas diarias de los ciudadanos acumulan, en cuatro meses de manifestaciones, más de 140 personas muertas por la brutal represión de las fuerzas chavistas. La ONU denunció recientemente "tortura" y el "uso generalizado y sistemático de la fuerza excesiva" en Venezuela.

Mientras tanto, los principales periódicos de los EEUU han intensificado su reclamo por acciones concretas en lo que respecta a la crisis humanitaria en Venezuela. Independientemente de su línea editorial y de su postura pública frente a las distintas medidas implementadas por la administración Trump, tanto The New York Times como el Washington Post y The Wall Street Journal dedican de manera recurrente espacios en portada para abordar la problemática vinculada con el país sudamericano.

Fue justamente el periódico con foco en el mundo financiero, propiedad del conglomerado noticioso News Corp y fundado por Rupert Murdoch, que engloba, entre otros, al New York Post y a Fox Broadcasting Company con su influyente cadena noticiosa Fox News, el último en denunciar las atrocidades del régimen de Maduro; pero en esta oportunidad, con el foco puesto en la tibia posición que han demostrado al respecto referentes mundiales de la talla del papa Francisco.

"Hable por Venezuela, papa Francisco" se titula la columna de opinión firmada por William McGurn, que no solo destaca la, hasta hace pocos días falta de una postura pública y definida del Sumo Pontífice sobre la situación en Venezuela, sino que, también, critica la dura posición del máximo representante de la Iglesia católica en la Tierra con respecto al presidente Trump.

"Cuando el papa Francisco quiere que aquellos a quienes desaprueba les llegue su mensaje, nunca le faltan las palabras; sobre todo cuando se trata de los EEUU" asegura McGurn. "Pero cuando se trata de la brutalidad del gobierno venezolano contra su propio pueblo, tanto el papa Francisco como el Vaticano han decidido, en gran parte, evitar señalar por su nombre a Nicolás Maduro".

La columna de opinión destaca que fue solo cuando el reclamo popular masivo -marcado por las manifestaciones callejeras de los pasados cuatro meses que comenzaron a ganar notoriedad a nivel mundial- comenzó a hacerse imposible de callar, cuando el Vaticano finalmente se pronunció en contra de la Asamblea Constituyente de Maduro y los superpoderes de sus 545 miembros para reescribir la constitución y de esta manera poder perpetuarse indefinidamente en el poder.

El periódico marca la diferencia entre la postura expresada por obispos venezolanos, quienes han tuiteado recientemente una plegaria reclamando la liberación de su patria de las garras del comunismo y del socialismo, y la políticamente correcta expresión de "profunda preocupación" compartida por el Vaticano.

El autor recuerda cómo, tanto el papa Francisco e indirectamente el Vaticano, no se mostraron tan parcos a la hora de expresar su preocupación por el ascenso del presidente Trump como uno de los nuevos referentes de Occidente. "Ya sea mediante la sugerencia de que el señor Trump no es cristiano, el haber advertido el día de la asunción del republicano que el populismo puede llevar a Hitler o inferir públicamente que la economía de los EEUU mata, el papa Francisco nunca dudó en mostrar su argot de desagrado".

La columna también habla sobre un supuesto "malentendido histórico" que habría llevado a países pobres y católicos de Latinoamérica a culpar a "su vecino acaudalado y protestante del Norte" por todos sus males. Para justificar dicha teoría, el Wall Street Journal hace referencia a las declaraciones del mes pasado del papa Francisco, quien acusó a los EEUU de tener "una visión distorsionada del mundo".

El autor destaca que antes de ser elegido papa, Jorge Mario Bergoglio fue objeto de duras criticas y cuestionamientos por mostrarse apático y no "criticar adecuadamente" al régimen militar que ejercía control absoluto sobre su Argentina natal durante su ejercicio como referente de la comunidad jesuita.

"Hoy día los curas y obispos católicos desafían corajudamente al régimen venezolano, que ha secuestrado lo que solía ser la nación más rica de todo Latinoamérica y ha llevado a su gente a la pobreza y el despotismo" afirma McGurn. "En estos tiempos tan oscuros ¿acaso no merece el castigado pueblo de Venezuela algo de inspiración pública del primer papa latinoamericano?".

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Para el gobierno de VENEZUELA, la nueva Constitución debe ser un manual para el ejercicio legal de la represió n

VENEZUELA

Un callejón sin salida

Para el gobierno, la nueva Constitución debe ser un manual para el ejercicio legal de la represión

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ALBERTO BARRERA TYSZKA

6 AGO 2017 – 12:04 ART

VenezuelaLa presidenta de la Asamblea Constituyente, Delcy Rodriguez, este sábado en Caracas. MARCO BELLOREUTERS

La revolución bolivariana ya solo es una ficción narrativa, un relato que cada vez se cuenta peor y resulta más inverosímil. No hay manera de que el oficialismo esgrima un argumento más o menos coherente que pueda ser creíble, que tenga algún gramo de dignidad. Cuando, en el acto de instalación de la nueva Asamblea Nacional Constituyente, Delcy Rodríguez pregunta:“¿Juran ustedes defendernos de las agresiones imperialistas de la derecha traidora?”, es imposible no recordar que su gobierno donó medio millón de dólares para el evento de la toma de posesión de Donald Trump. Cuando invoca a la democracia y al “poder originario”, es imposible no pensar en todas las denuncias sobre el reciente proceso electoral, empezando por el señalamiento de la agencia Reuters que asegura que en la elección del domingo 30 de julio no llegaron a votar cuatro millones de venezolanos. Cuando Rodríguez sentencia que la Constituyente llegó “para hacer justicia”, es imposible no traer a la memoria todas las imágenes de la represión salvaje que los militares han ejercido sobre los ciudadanos en los últimos meses…Ya es evidente que, para “los hijos de Chávez”, la ideología no es más que una puesta en escena. Ni son revolucionarios, ni son demócratas, ni siquiera son de izquierda. El oficialismo no solo se ha quedado sin pueblo. También se quedó sin discurso.

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De hecho, Chávez ha pasado a ser ahora un personaje secundario. El intento de crear un suceso simbólico, trayendo de vuelta su retrato al edificio del Parlamento tampoco tuvo impacto, resonancia. El Comandante eterno ya funciona como espectáculo. En los últimos dos años, Chávez también ha ido perdiendo presencia y fuerza en la retórica del oficialismo. Solo es un fetiche comercial, al parecer cada vez menos eficaz. La desideologización del oficialismo es una de las consecuencias más palpables de todo este proceso. Tanto nacional como internacionalmente, se asume que ahora el chavismo es, en esencia, una corporación mafiosa a la que le faltan ideas y le sobran armas.

El proyecto de la Constituyente forma de parte de esta misma fantasía hueca. La nueva Asamblea no existe para resolver los problemas del país sino los problemas del partido. Pero los conflictos de la mayoría de los venezolanos, esa tragedia que llamamos “realidad”, continúan aumentando, cada día están peor. La Constituyente no logrará que baje la inflación, que se termine la escasez. Su fin es otro y ha sido delatado con demasiada obviedad por el propio Maduro: enjuiciar y encarcelar a líderes de oposición; desactivar a la fiscal que ya no es cómplice y que, entre otras cosas, puede sacar a la luz todos los negocios con Oderbrecht; censurar a los medios que no han sido leales en estos meses, legislar y controlar el uso de las redes sociales…Está claro que, para el Gobierno, la nueva Constitución debe ser un manual para el ejercicio legal de la represión. Nada más.

El chavismo es, en esencia, una corporación mafiosa a la que le faltan ideas y le sobran armas

Es verdad que la mayoría de la población vive ahora con una gran sensación de derrota. Es verdad que, nuevamente, la dirigencia de la oposición está obligada a reinventarse, a buscar y proponer nuevas formas de resistencia y de lucha en contra de una dictadura no convencional; pero también es cierto que el oficialismo tiene por delante un panorama muy incierto y complicado. Sus líderes no tienen popularidad, su discurso político está totalmente devaluado, su vínculo con Chávez se desvanece cada día más; han sacrificado las instituciones y la credibilidad del sistema, han perdido legitimidad internacional…y siguen enfrentados al mismo país, un país que no los quiere, que no les cree.

Rechazar la negociación e imponer la Constituyente ha llevado al oficialismo a un callejón sin salida. Su gran enemigo sigue siendo la realidad y, frente a ella, la Constituyente no hará ningún milagro. El conflicto sigue ahí, en la gente, en las ansias de cambio. La multiplicación de las cárceles no es una salida. Es un suicidio político.

Alberto Barrera Tyszka es escritor venezolano.

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El populismo es el germen de la tiranía

Roberto H. Cachanosky

Consejo Académico, Libertad y Progreso

Agosto 8, 2017 7:42 am by: Roberto H. Cachanosky A+ / A-

Para el populista es importante destruir el concepto de gobierno limitado e instalar la idea que el voto mayoritario da derecho a violar los derechos individuales de sectores minoritarios

Voy a empezar esta nota con una frase que va a escandalizar a más de uno: el endiosamiento del voto ha destruido la república y los derechos individuales, llevando a los países a la pobreza y la tiranía.

¿Por qué semejante frase? Es que los políticos, periodistas e “intelectuales” de izquierda han tomado el cuidado de resaltar la palabra democracia y ponerla por encima de la república. Al mismo tiempo, para ellos democracia significa que el que más votos tiene recibe el poder para hacer lo que quiere. Recuerdo a Cristina Fernández diciendo en 2008, cuando se produjo la crisis con el campo, que a pesar de tener el 45% de los votos, iba a mandar el proyecto de la 125 al Congreso como si su decisión fuera un favor que su graciosa majestad le otorgaba a los plebeyos en vez de un mandato constitucional.

Como he dicho en otras oportunidades, la democracia se ha transformado en una competencia populista, es decir, teniendo en cuenta que el poder se consigue no por la fuerza de las armas como hacían los antiguos reyes, sino por la cantidad de votos, el truco para ganar la competencia populista consiste en obtener la mayor cantidad de votos. Para eso lo primero que hacen los populistas es dividir a la sociedad (lo que hoy se conoce como grieta) y convencen a la gente que unos son pobres porque otros son ricos, por lo tanto, si lo votan al político populista, él hará justicia quitándole a los ricos para darle a los pobres.

En términos económicos el político populista trata de maximizar la cantidad de votos que va a recibir con un costo menor de los votos que va a perder por prometer aumentarle la carga tributaria a un sector reducido de la sociedad. Esquilman a un 20% de los votantes para repartir el fruto del robo legalizado entre el 80% de los que reciben los recursos del robo legalizado.

La cuenta que hacen es: ¿cuánto me cuesta en pérdida de votos aumentarle la carga tributaria a un sector de la población y cuántos votos gano repartiendo el dinero ajeno? ¿A qué sector de la población puedo expoliar perdiendo pocos votos para financiar mi política populista y repartir ese dinero ajeno entre una mayoría amplia?

Por eso es importante para el populista destruir el concepto de gobierno limitado e instalar la idea que el voto mayoritario da derecho a violar los derechos individuales de sectores minoritarios. Si tengo más votos no tengo límites, y si el Congreso o el Judicial me ponen límites entonces los otros poderes se están levantando contra la voluntad popular que es “sagrada”.

La realidad es que en una república la voluntad popular no es sagrada. Una mayoría circunstancial no tiene derecho a violar los derechos individuales de una minoría, por más minoritaria que sea esa minoría. En una sociedad libre, el voto solo sirve para elegir a un administrador que temporariamente manejará la cosa pública pero con poderes limitados, entendiendo por poderes limitados que el monopolio de la fuerza que se le otorga no puede ser utilizado para violar los derechos a la vida, la libertad y la propiedad. Por eso los populistas son enemigos de una sociedad libre. Porque el poder limitado les impediría explotar a un sector de la sociedad en beneficio de un grupo más amplio que le aporte un mayor caudal de votos. Lo primero que tiene que hacer el populista es romper el concepto de límite al gobierno para poder usar el monopolio de la fuerza y violar derechos individuales expoliando a aquellos que le van a financiar su permanencia en el poder, que no son otros que los contribuyentes. El primer paso es generar lo que hoy se llama grieta: decir que determinado sector de la sociedad (el sector al que se lo va a explotar impositivamente) es el culpable de que otros sean pobres. Con eso se crea el clima para iniciar la expoliación y justificar el uso del monopolio de la fuerza para violar los derechos de terceros. Una vez abierta la puerta que permite usar el monopolio de la fuerza para violar los derechos individuales en nombre del bien común, ya no hay límites para el populista que termina transformándose en tirano. Al comienzo la gente lo aplaude, pero a medida que van desapareciendo las inversiones, cae la producción, escasean los bienes y servicios a los que puede acceder la población y aumentan sus precios por el déficit fiscal debido mayor gasto público producto de la redistribución del ingreso, entonces el populista redobla sus críticas a los supuestos conspiradores y aumenta el enfrentamiento. El camino que elige es decir que las cosas andan mal porque hay sectores que conspiran contra el modelo. Sectores ocultos que busca perjudicar a pueblo trabajador. Con esto justifican el aumento del uso de la fuerza para violar los derechos individuales, incrementan la presión impositiva, estableciendo controles, regulaciones, etc. El estado va adquiriendo un mayor control sobre la vida de los habitantes para, supuestamente, defenderlos de los enemigos.

Como el sector expoliado se va achicando porque huyen las inversiones, para sostenerse en el poder, el populista tiene que aplicar impuestos a sectores que antes no pagaban. Va ampliando el campo de expoliación impositiva hasta que llega un punto en que buena parte de la población siente el efecto del populismo y el balance de votos ganados y votos perdidos empieza a diluirse.

Cuando la crisis económica llega a límites insospechados y la gente ya no tolera más la situación puede ser tarde y queda presa del populista que se transformó en tirano. Pasó con el Perón de los 40 y 50, con Chávez y Maduro y aquí no ocurrió porque la gente reaccionó a tiempo y le puso un límite al vamos por todo que no era otra cosa que establecer una tiranía. El tirano, que empieza como un simple populista, nunca anticipa su objetivo final de tiranía. No lo hizo Fidel Castro, ni Perón, ni Chávez, ni tantos otros tiranos.

Lo cierto es que ese populismo inofensivo va avanzando hasta generar pobreza, violar crecientemente los derechos individuales y finalizar destruyendo el sistema republicano para establecer una tiranía. El ejemplo chavista con Maduro ahora a la cabeza es el ejemplo categórico al respecto.

En síntesis, a la tiranía se llega con un primer paso: cuando el político enfrenta a un sector de la sociedad con otro sector de la sociedad. Acusa a unos de ser responsables de la pobreza de los otros. El segundo paso es poner la mayoría de los votos por encima de los derechos individuales. El que más votos tiene puede hacer lo que quiere. Es como si la sociedad eligiera a sus propios tiranos. El tercer paso es expoliar a determinados sectores productivos para financiar la “compra” votos vía el gasto público. Y el último paso es llevar al extremo la violación de los derechos de los derechos individuales. Para eso tiene que destruir la república y establecer una tiranía. Y de las tiranías solo se sale cuando los pueblos se levantan contra el tirano.

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El chavismo no es una dictadura, es un fenómeno totalitario


Loris Zanatta

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PARA LA NACION

MARTES 08 DE AGOSTO DE 2017 • 00:34

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La duda de Beatriz Sarlo ante lo apropiado o no de definir como "dictadura" el régimen de Maduro ha despertado polémica. En efecto, manejarse con sutilezas al elegir la palabra más adecuada para describir el horror venezolano puede parecer -ahora que los muertos están en las calles, la población huye hacia las fronteras y el hambre golpea a las puertas- un ejercicio intelectual vano, hasta irrespetuoso. Sin embargo, yo estoy de acuerdo con Beatriz Sarlo, aunque no sé si la interpreto correctamente. Creo que esa distinción es útil para entender exactamente de qué estamos hablando, cuál es la naturaleza del fenómeno chavista, en qué álbum familiar hay que insertarlo. El chavismo, de hecho, no es una dictadura en el sentido en que lo fueron las de Pinochet o Videla; es un típico fenómeno totalitario, y no desde ahora, sino desde sus orígenes.

La oportuna distinción entre dictadura y totalitarismo tiene una larga historia y una tradición sólida. No tiene nada que ver con las categorías de derecha e izquierda en nombre de las cuales se masacran en las redes sociales los tontos del pueblo, los que en el pasado, dijo Umberto Eco, habrían apenas tenido audiencia en la barra de una taverna. Hannah Arendt dedicó páginas admirables a explicar lo que habían representado de nuevo, moderno y monstruoso las grandes revoluciones totalitarias del período entre las dos guerras: el nazismo, el bolchevismo, el fascismo. Las ciencias sociales, especialmente con el sociólogo español Juan Linz, hicieron mucho para afinar el análisis y explicar lo que distingue el autoritarismo del totalitarismo. Hubo incluso gobiernos, pienso en el de Ronald Reagan, que en esta distinción basaron una política de Estado: con las dictaduras, fue su filosofía, se podía cooperar, ya que nada les impediría evolucionar hacia la democracia; en cambio no había cooperación posible con los regímenes totalitarios, basados en una fe de la que no renegarían nunca.

¿En qué difieren, en pocas palabras, los dos fenómenos? Los autoritarismos estan basados en un principio de orden: el Estado, la nación, el pueblo están en peligro, dicen, y la dictadura sirve para alejarlo. Con ese objetivo, eliminan la política: no buscan la adoración del pueblo, más bien su neutralización. Las dictaduras no aspiran, sino de forma muy tangencial, a redimir a la humanidad, a purificar la moral del pueblo, a catequizarlo con una nueva doctrina, invadiendo y organizando su esfera privada. Quieren obediencia e inercia. Pinochet o Videla nunca pensaron en fundar nuevas doctrinas, en crear un partido único, en formar organizaciones de masas que encuadraran y movilizaran a toda la población. En el ejercicio de su cínico principio de que el fin justifica los medios, incluso la más repugnante violencia represiva, llegaron a tomarse el perverso placer de legitimarse prometiendo la futura democracia. Al asumir la futura democracia como su horizonte, sin embargo, definieron también sus límites: de hecho, no pudieron impedir que un día la democracia regresara de verdad e incluso, cuando logró fortalecerse, que los enjuiciara o por lo menos desarmara la herencia autoritaria recibida.

Todo esto no se aplica a los totalitarismos. Lo que los caracteriza es su núcleo populista; un sistema de valores y creencias que los convierte en fenómenos religiosos, más que políticos. Ellos no se consideran un interludio entre dos regímenes constitucionales, sino los creadores de un nuevo orden, la nueva Jerusalén, los formadores de un Hombre Nuevo que el régimen libera del pecado y restaura en su pureza original. No sin razón Beatriz Sarlo señala que el chavismo nace bañado por el sufragio popular, por las elecciones: así es, porque los totalitarismos exigen la participación del pueblo, quieren que sea activo, que sea organizado minuciosamente, que reciba el catecismo de la nueva fe, que confiese sus pecados y se muestre disponible a luchar y reprimir en nombre del nuevo Dios. No hay lugar para la autonomía del individuo o para su simple pasividad en el totalitarismo: siempre habrá un comité de barrio, una célula del partido, un vecino entrometido, un espía del gobierno para controlar su estilo de vida y su adhesión a las normas morales del régimen.

Como tal, el pueblo del totalitarismo es una especie de organismo natural que aplasta sin piedad, diría Atilio Borón con su fino humanismo, las toxinas que lo amenazan, las células disidentes que hacen peligrar la supuesta unanimidad del pueblo: a millones, si es necesario, como en la Unión Soviética, en la Alemania nazi y en la China maoísta. Por eso las elecciones son tan importantes para los totalitarismos: son rituales plebiscitarios llamados a ratificar la unidad del pueblo, a demostrar que ese pueblo es un "fascio", como decía Mussolini, un haz, como repetía Castro. De hecho, los regímenes fascistas tuvieron orígenes electorales, tanto en Alemania como en Italia; también en la Argentina, donde el peronismo nació en los cuarteles pero pasó luego por las urnas. Y no es casualidad que incluso aquellos que nacieron a través de la fuerza, como el castrismo, o los regímenes comunistas de Europa y de Asia, consideraran útil escenificar elecciones y exigir la participación masiva del pueblo: elecciones con cancha inclinada, claro, como lo fueron siempre las del chavismo y del peronismo clásico, o elecciones con un solo equipo, pero elecciones al fin.

Sobre la base de estas consideraciones, es correcto afirmar que el chavismo, el castrismo y el peronismo clásico, al igual que sus antepasados, no son dictaduras simples, sino fenómenos totalitarios; tal vez sería justo decir que son dictaduras totalitarias, ya que una cosa no quita la otra y todos reniegan del pluralismo, del Estado de derecho, de las libertades individuales. Salvo que el totalitarismo es una utopía religiosa y no una realidad objetiva: el pueblo unánime, puro y redimido que el totalitarismo invoca no existe y nunca existirá en la naturaleza. De ahí, que a medida que el pueblo la abandona, se fragmenta, se cansa, la dictadura totalitaria ve su sueño mudarse en pesadilla y se desespera para restablecer la ficción unanimista. ¿Cómo? Con dosis cada vez más masivas de violencia y por la manipulación de las reglas de juego. Es lo que está sucediendo hoy en día en Venezuela. Quién sabe cómo terminará. El fanatismo religioso del totalitarismo y de sus seguidores es capaz de cualquier cosa. Pero una cosa es segura: el dentífrico ya salió del tubo y no habrá manera de volver a ponerlo adentro y el chavismo seguirá tarde o temprano el camino de los totalitarismos que lo precedieron.

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Venezuela se desmorona, pero el populismo todavía enamora

MUNDO, OPINIÓN / 6 de Agosto de 2017

La violencia desatada por el sucesor de Chávez mantiene en vilo a la región.

Por James Neilson

Nicolás Maduro por Pablo Temes.

Decía George Orwell que “hay ideas tan absurdas que sólo un intelectual es capaz de creerlas”. Una es que, si no fuera por el imperialismo yanqui, la “revolución bolivariana” del extinto comandante Hugo Chávez haría de Venezuela un dechado de justicia social. Así y todo, a pesar de las muchas calamidades que han ocurrido en los años últimos, aún hay dirigentes políticos que se resisten a criticar al régimen brutal de Nicolás Maduro por temor a ser calificados de derechistas, de ahí “la hipocresía” de quienes “han mantenido un silencio cómplice” frente a lo que está ocurriendo en Venezuela a la que aludió hace poco el jefe de gabinete Marcos Peña.

El fastidio que siente el hombre fuerte del gobierno del presidente Mauricio Macri puede entenderse. Como otros oficialistas, cree que Cristina nos llevaba hacia un destino venezolano y le molesta sobremanera que, a pesar de su solidaridad con una dictadura militarizada groseramente inepta, la ex presidenta podría conseguir muchísimos votos en las PASO del 13 de agosto y, quizás, un par de meses más tarde en las elecciones de verdad, a costillas de quienes dicen haber logrado salvar al país de una catástrofe tan terrible.

Que este sea el caso no debería sorprendernos. Sería poco razonable esperar que una sociedad que se ha negado a aprender de la experiencia propia prestara mucha atención a la ajena. Asimismo, si bien por motivos comprensibles los kirchneristas y otros de mentalidad parecida son reacios a hablar de la situación atroz en que se encuentra el país que les había servido de modelo, sería un error subestimar la voluntad de los más exaltados de aferrarse a lo que, algunos años atrás, tomaron por una alternativa al “pensamiento único” predominante en el mundo occidental. Lo que tales personas ven en Venezuela no es la agonía de una versión paródica, lumpen, del sueño revolucionario, sino una batalla épica entre los defensores de un “pueblo” supuestamente libre y los vendidos al satánico imperialismo neoliberal.

Hasta ahora, la tragedia venezolana ha incidido muy poco en la campaña electoral. Podría hacerlo si, como algunos prevén, en las semanas próximas se desata una auténtica guerra civil al alzarse en rebelión unidades militares disconformes con el papel indigno que Maduro les ha confiado, pero lo más probable es que siga por un rato largo el caos apenas contenido de los meses últimos, con su cuota diaria de asesinados por las fuerzas represivas, detenciones de opositores, hambre, enfermedades, hiperinflación y pobreza cada vez más angustiante.

No cambiaría mucho la eventual caída de Maduro luego de un golpe de palacio; sería remplazado por alguien menos torpe y mucho más duro. En cuanto a la presión externa, que se ejercerá a través de notas diplomáticas vehementes, sanciones financieras para incomodar a los chavistas más notorios y, tal vez, embargos comerciales que harían todavía más miserable la vida de la mayoría de los venezolanos, sólo fortalecería a un régimen que, lo mismo que el cubano, atribuye todos los males a una conspiración internacional encabezada actualmente porDonald Trump.

Cuando Karl Marx, glosando una frase de Hegel, señaló que los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen “una vez como tragedia y otra vez, como farsa”, no pensaba en el futuro del movimiento que él mismo inspiraría. Si bien sería injusto atribuir al pensador alemán “el socialismo del siglo XXI” tropical, el marxismo tiene su lugar entre los antepasados del chavismo, de ahí la simpatía que siente por el fenómeno ciertos intelectuales y políticos izquierdistas del llamado Primer Mundo. En buena lógica, los marxistas mismos deberían ser los primeros en entender que sociedades, como la venezolana, que habían sido incapaces de hacer funcionar el sistema capitalista, no podrían construir un orden socialista viable; así y todo, muchos aplauden los esfuerzos por aplicar en países atrasados esquemas que, según el fundador del credo, serían apropiados para los más avanzados.

La mayoría de los venezolanos decidió confiar en Chávez por entender, sin equivocarse, que con la clase política tradicional en el poder, sólo le aguardaría más pobreza, más corrupción y un grado mayor de inequidad. Cuando Chávez se acercaba al Palacio de Miraflores, el país dependía casi por completo de sus inmensas reservas petroleras. Poco ha cambiado. Venezuela cuenta con tierras agrícolas abundantes, pero no puede alimentarse sin importaciones. Su industria es un simulacro patético, como quedó evidente al estallar hace tiempo la gran crisis del papel higiénico que, desde luego, no ha sido resuelta.

Aunque merced al petróleo Venezuela ha recibido el equivalente de docenas de planes Marshall, sus gobernantes –tanto los de antes como los chavistas–, no han sabido aprovecharlos para impulsar un mínimo de desarrollo. La sociedad venezolana sigue siendo estructuralmente parasitaria, una víctima emblemática de la maldición de poseer recursos naturales abundantes.

Se trata de un detalle que los admiradores de Chávez prefieren pasar por alto. Como un emir del Golfo o un jeque saudita, el comandante disponía de una cantidad fenomenal de dinero sin que sus compatriotas tuvieran que hacer nada para ganarlo salvo firmar contratos con empresarios extranjeros. A menos que otro país contara con riquezas comparables, pues, no le sería dado replicar la “revolución bolivariana” que, huelga decirlo, hubiera merecido el desprecio del libertador decimonónico, pero no sólo en América latina sino también en Europa algunos políticos se permitieron tomarla en serio, como si se tratara de un modelo viable.

Muchos interesados en las vicisitudes del chavismo imputan la tenacidad de Maduro y quienes lo rodean a que entienden muy bien que, privados del poder que los protege de la ira de un pueblo estafado, tendrían que buscar refugio en Cuba o Belarús, resignarse a pasar lo que les quedara de vida en una cárcel fétida o sufrir una muerte dolorosa a manos de enemigos vengativos. Asimismo, a los miembros del régimen y los “boliburgueses” que se han enriquecido no les gusta para nada la idea

de perder lo que se han arreglado para adquirir bajo la égida de lo que califican de revolución popular.

No se equivocarán quienes piensan de este modo, pero puede que aún haya algunos que realmente creen en el proyecto chavista y fantasean con triunfos por venir. Como sus mentores cubanos, Maduro parece sentirse tan comprometido con “la revolución” de la que es un protagonista que sus propias ilusiones le importan muchísimo más que la vida y libertad de sus compatriotas.

Si la historia de nuestra especie nos ha enseñado algo, ello es que fanáticos que se creen con derecho a subordinar absolutamente todo a sus propias obsesiones son muy peligrosos. Desde que empezaron las manifestaciones cotidianas contra el régimen chavista, han muerto más de un centenar de personas, pero no hay señales de que el baño de sangre esté por terminar. Antes bien, es factible que se haga aún más feroz en las semanas próximas. Maduro tiene que brindar la impresión de sentirse envalentonado por los resultados, a buen seguro fraudulentos, de las elecciones que se celebraron el domingo pasado para formar una asamblea constituyente cuya misión consistirá en eliminar los últimos vestigios de democracia que se conservan en su país.

Así lo han entendido Macri, otros mandatarios latinoamericanos que no pertenecen al ya casi vacío club bolivariano, los jerarcas de la Unión Europea y, por supuesto, el norteamericano Trump. Para ellos, Maduro es un dictador anacrónico, perosiempre y cuando logre sobrevivir, la hostilidad de los pesos pesados de la política internacional no le ocasionará demasiados inconvenientes; urgidos por Jorge Bergoglio, después de un intervalo decente llegarán a la conclusión de que lo que Venezuela necesita es más “diálogo”, de suerte que les sería mejor no hacer nada.

Aunque regímenes tan inoperantes, pero ideológicamente correctos, como el cubano y el surcoreano han logrado sobrevivir por mucho tiempo, hay que suponer que, tarde o temprano, el de Maduro se desintegrará, dejando tras sí un país arruinado, habitado por famélicos y plagado de bandas de asesinos que, por razones humanitarias, requería ser ayudado por la llamada comunidad internacional. Si el desenlace resulta ser tan violento como muchos temen, ya se habrá instalado campos de refugiados en zonas fronterizas de Colombia y Brasil, pero para que Venezuela pronto levante cabeza sería necesario mucho más, lo que plantearía una serie de problemas muy difíciles.

Venezuela no es víctima de un gran desastre natural o de una guerra como la de Siria sino de los crímenes y, lo que ha sido todavía más grave, los errores cometidos por sus propios dirigentes, a menudo con el respaldo del grueso de la ciudadanía. Como sabemos, incluso en situaciones de emergencia humanitaria, la ayuda financiera a países devastados por la irresponsabilidad de gobiernos anteriores no vendrá a menos que las nuevas autoridades se comprometan a satisfacer las exigencias de los prestamistas. Felizmente para los venezolanos, gracias al petróleo recuperarse debería serles más fácil de lo que sería para los griegos, pero la mayoría seguirá pagando los costos de un experimento demencial hasta el fin de sus días.

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