familiares de políticos, sindicalistas y empresarios que se han apoderado del control de lo que aquí hace las veces del Estado. Todos se las han arreglado para acumular una cantidad notable de derechos adquiridos, “conquistas” que son reacios a abandonar aun cuando sea evidente que obstaculicen el desarrollo del país en su conjunto

OPINIÓN, POLÍTICA / 4 de febrero de 2018

El Estado con el que sueña Macri

El Presidente multiplica el control sobre los gastos del Estado que considera supérfluos.

Por James Neilson

Mauricio Macri por Pablo Temes.

Cuando el ministro de Trabajo Jorge Triaca echó a una empleada doméstica que tenía en negro, detalle que no le impidió desempeñar un papel es de suponer pasivo en la intervención del gremio del “Caballo” Suárez, por llegar tarde un día y, para colmo, se dio el gusto de cubrirla de insultos soeces que no tardaron en difundirse por las redes, no habrá imaginado que al comportarse así ponía en marcha una purga que afectaría a centenares de personas y que, de profundizarse, modificaría radicalmente muchas reparticiones estatales a lo ancho y lo largo del país.

Puede que exageren los que atribuyen la decisión de Mauricio Macri de declarar la guerra al nepotismo a nada más que el deseo de minimizar el impacto del episodio vergonzoso que fue protagonizado por un colaborador que cree tan valioso que, para mantenerlo en el gabinete, se mostraría dispuesto a sacrificar a vaya a saber cuántos funcionarios y congelar los haberes de muchos otros, pero es ésta la impresión que ha dejado lo que acaba de suceder.

No se trata de un capricho. El Gobierno optó por aprovechar el mal paso de Triaca con la esperanza de que haga menos amarga una píldora que pronto tendrán que tragar muchos estatales que nunca han disfrutado de la protección de un político amigo o un clan familiar influyente.

Aunque no cabe duda de que la voluntad de Macri de seguir contando con los servicios de un ministro que entiende muy bien cómo funciona la mente sindical lo convenció de que le convendría dar cuanto antes un golpe de timón, ya estaba pensando en la necesidad de adelgazar el penosamente obeso y nada eficaz Estado nacional. En su opinión, y la de muchos otros, generaciones de políticos lo han desvirtuado al usarlo para premiar no sólo a militantes presuntamente leales sino también a sus familiares, sin preocuparse en absoluto por las consecuencias de hacer de la administración pública una vaca lechera.

Mientras que en los países desarrollados los gobernantes suelen dar por descontado que “el servicio civil”, como algunos lo llaman, debería cumplir funciones imprescindibles para cualquier sociedad organizada sin vincularse con ningún partido político determinado, aquí demasiados han tratado al Estado como un botín de guerra apetecible, aprovechándolo para financiar sus propias actividades, dar salidas laborales a sus simpatizantes y congraciarse con plutócratas que podrían resultarles útiles.

Es lo que hicieron, de manera flagrante, los kirchneristas, pero distan de ser los únicos que han actuado así. De un modo u otro, casi todas las facciones políticas del país han tomado el Estado por una fuente de beneficios. De vez en cuando, a algunos mandatarios se les ocurrió que sería una buena idea jerarquizar la función pública para que sea comparable con la francesa o japonesa, pero nunca prosperaron los esporádicos esfuerzos por crear una especie de “mandarinato” apolítico parecido a los existentes en otros países. Antes bien, han servido para agregar más “capas geológicas” a una aglomeración cada vez más sobredimensionada, como la Biblioteca del Congreso de la Nación con sus más de 1.700 empleados. Se trata de un récord mundial que sería motivo de orgullo si reflejaba el amor desmedido por los libros de los legisladores pero, por desgracia, sólo se debe al deseo de inventar sinecuras costeadas por los contribuyentes para su gente.

Como es natural, los sindicalistas del sector público siempre han protestado contra el elitismo propuesto por los resueltos a tomar en cuenta la capacidad de los distintos empleados, favoreciendo a los juzgados mejores y a lo sumo tolerando a los demás con tal de que hagan su trabajo. Tal actitud, que está compartida por los compañeros de los crónicamente combativos gremios de los docentes estatales, puede entenderse; desde su punto de vista, la “meritocracia” reivindicada sin tapujos por Macri y la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, plantea una amenaza a los intereses del grueso de los afiliados que no poseen las dotes excepcionales que les permitirían destacarse. Por depender los sindicalistas del apoyo de la mayoría, es natural que se opongan a esquemas que podrían perjudicarla aunque sólo fuera en términos relativos. Tienen forzosamente que afirmarse igualitarios.

La embestida de Macri contra el nepotismo se inspira en la misma lógica meritocrática por ser cuestión de una forma de seleccionar entre los aspirantes a conseguir un puesto en la administración pública que es incompatible con la idoneidad. Con todo, por ser la costumbre de funcionarios gubernamentales, jueces y otros de rodearse de familiares típica de sociedades como la argentina en que pocos confían en las instituciones formales, eliminarla no será del todo fácil.

Si bien aquí el nepotismo es menos sistemático de lo que es en ciertos países africanos extraordinariamente corruptos en que todo hombre poderoso se siente obligado a ayudar a los integrantes de la familia muy numerosa de la cual es el jefe, en las décadas últimas se ha hecho más evidente al multiplicarse las dinastías no sólo en el mundillo político sino también en el sindical, el judicial y el de la farándula.

Aunque las medidas que ha anunciado Macri para quienes desempeñan funciones significantes en el gobierno nacional difícilmente podrían ser más drásticas, puede argüirse que son necesarias para que la ciudadanía reaccione frente a un fenómeno discriminatorio que perjudica a quienes carecen de parientes bien ubicados. Si bien sería de suponer que los formados en ciertas familias siempre contarán con ventajas negadas a los demás, deberían serles suficientes como para permitirles abrirse camino en ámbitos en que los lazos de sangre o de afinidad, ya que hay que incluir a los cónyuges, cuñados y así por el estilo, no tienen mucha importancia. Lo ideal sería que todo dependiera exclusivamente del talento personal de cada uno, pero tal utopía no se da en ninguna parte.

Por el contrario, hay señales de que en los países desarrollados variantes del nepotismo están contribuyendo a ampliar las brechas sociales ya existentes. En Estados Unidos, donde según la mitología nacional hasta los hijos de padres indigentes pueden competir en pie de igualdad con los de la progenie de multimillonarios, lo que inmunizaría al país de los vicios sociales europeos, las dinastías familiares han llegado a pesar mucho más que en la Argentina. Hasta que la irrupción de Donald Trump cambió el panorama electoral, se preveía que Jeb Bush, el hermano de George W. Bush e hijo de George H.W. Bush, lucharía por la presidencia contra Hillary, la esposa de Bill Clinton, cuya hija Chelsea también pensaba en emprender una carrera política. Por lo demás, los sociólogos advierten que las elites norteamericanas están haciéndose hereditarias al casarse con mayor frecuencia hombres y mujeres que se forman en las universidades más prestigiosas y que, por vivir en comunidades cerradas, raramente tienen oportunidades para conocer a miembros de clases menos adineradas.

De todos modos, Macri parece entender que el atraso del país se debe a la persistencia de una cultura política y empresarial premoderna y férreamente conservadora que beneficia a una minoría que propende a achicarse en desmedro del resto de la población, razón por la que una tercera parte ya se ha hundido en la pobreza estructural; de producirse más estallidos económicos en los años próximos, muchos otros compartirían su suerte.

Entre los privilegiados por el esquema que se ha conformado estarán aquellos familiares de políticos, sindicalistas y empresarios que se han apoderado del control de lo que aquí hace las veces del Estado. Todos se las han arreglado para acumular una cantidad notable de derechos adquiridos, “conquistas” que son reacios a abandonar aun cuando sea evidente que obstaculicen el desarrollo del país en su conjunto. Así las cosas, la modernización a la que aspira el gobierno de Cambiemos entrañaría la abolición progresiva de privilegios que las elites defenderán por todos los medios disponibles.

En esta batalla, Macri espera contar con el apoyo de los conscientes de que tiende a ampliarse la brecha que los separa de quienes han sobrevivido con facilidad aparente a una serie de crisis económicas devastadoras para mantener un estilo de vida que acaso no llamaría la atención en un país mucho más rico pero que aquí escandaliza a quienes se sienten injustamente marginados. Lo han logrado sobre la base del presupuesto de que, pensándolo bien, la Argentina tiene más recursos de lo que nos informan las estadísticas y que por lo tanto está en condiciones de permitirse algunos lujos.

Brinda un buen ejemplo de esta particularidad que la jubilación de un juez de la Corte Suprema local es casi idéntica a la correspondiente a su homólogo de la norteamericana, a pesar de que el producto per cápita de Estados Unidos sea tres veces mayor. Asimismo, valdría la pena comparar los costos de las distintas legislaturas provinciales –y de sus bibliotecas–, con los de jurisdicciones equiparables en Europa, Estados Unidos, Canadá y Australia. Si bien la política no es barata en ninguna parte del mundo, aquí es insólitamente cara conforme a las pautas imperantes en los países desarrollados.

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Fidelito es la metáfora de Cuba

LA NACION | OPINIÓN | CUBA

Fidelito es la metáfora de Cuba

Loris ZanattaLoris ZanattaPARA LA NACION
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El líder cubano Fidel Castro junto a su hijo, también llamado Fidel
El líder cubano Fidel Castro junto a su hijo, también llamado Fidel Crédito: Archivo 426 de febrero de 2018 • 00:31

Pobre Fidelito. ¿Qué más se puede decir sobre el suicidio del primogénito de Fidel Castro? ¿De la muerte de un hombre que a la edad de 70 años mantenía el sobrenombre de su infancia? ¿De una muerte que todos usarán para hablar sobre el padre? Se podría decir que se suma a la larga lista de los famosos suicidios, o suicidados, de la revolución cubana: Osvaldo Dorticós, Haydée Santamaría, Nilsa Espín, Javier da Varona, Félix Peña, Alberto Mora y muchos otros: para llenar libros. Pero no sería correcto. Él, la Revolución no la hizo: la sufrió. No fue su vocación, sino su destino, ya escrito al nacer. Un destino que, como hijo de Fidel, ni siquiera podía pensar desafiar. Quién sabe cuántas veces lo habrá vivido como una prisión.

Había nacido el 1 de septiembre de 1949 del matrimonio de Fidel Castro con Mirta Díaz-Balart. Fidel era así: hijo de un gallego que se hizo rico pero siguió siendo un campesino rústico, siempre fue un paria entre los vástagos de la burguesía con quienes estudió en los colegios jesuitas. Hacia su clase, maduró así un odio visceral que duró toda la vida, el mismo odio que la España rural y católica en que se había formado tenía por las costumbres liberales y por Estados Unidos, culpables de contagiarlas al puro e inocente pueblo cubano. Sin embargo, se enamoró siempre de mujeres que eran el espejo de esa misma burguesía: bellas, rubias, ricas, cultas, sofisticadas y de excelentes modales. Cómo para sublimar de esa manera el dolor del rechazo padecido. Mirta, la madre de Fidelito, correspondía a la perfección a ese retrato. Más que nadie: los Díaz-Balart formaban parte de la élite burguesa oriental, cosa mucho más relevante que su vinculación con Batista, que de burgués no tenía un pelo.

Desde la infancia, por lo tanto, el niño fue un rehén político: a veces del padre, a veces de la familia de la madre. Lo secuestraron y se lo robaron el uno al otro y Fidel lo exhibió triunfante cuando ingresó a La Habana en enero de 1959. ¿El padre lo amaba? Se supone. ¿El padre lo consideró? Para nada. Porque para Fidel no era una cuestión de afecto familiar: estaba la historia de por medio, una misión a la que ambos debían someterse, aunque él la hubiese escogido y Fidelito no. Quien, como Fidel, se consideraba a sí mismo un hombre de la providencia investido con la misión de redimir a la humanidad del pecado, no podía tener una familia como un mortal común. ¿Los sacerdotes tienen familia? ¿Los guerreros?

Fidelito, por lo tanto, nunca pudo ser un niño antes, ni un hombre después. Vivió la vida del padre y no pudo vivir la suya. Muerto Fidel, comenzó a morir él también. Tuvo siempre que ocupar el lugar que Fidel le había asignado en su plan redentor, tuvo que desempeñar la función recibida en el sagrado orden de la Revolución. Ciertamente, no fue por su vocación que a los trece años su padre lo envió a la Unión Soviética. Fue Fidel quien quiso hacer del hijo una lumbrera de la ingeniería nuclear, convencido de que ese sería el futuro. Y cuando el sueño de Fidel se quebró en Chernobil y colapsó con la Unión Soviética, sacrificó a su hijo: lo torpedeó por incompetencia en la portada de Granma.

Como un Quijote algo fanático y egolatra, profesor de todo y conocedor de nada, Fidel tuvo muchos sueños absurdos y deletéreos: soñó que Cuba se haría más rica que los Estados Unidos y que en los Estados Unidos estallaría la revolución socialista; aseguró que Occidente estaba declinando y que la Unión Soviética triunfaría, porqué así lo decían las leyes de la historia, que él pretendía conocer. Soñó que Cuba produciría mejores quesos que Francia, más leche que Holanda, más citricos que Israel, que exportaría en grandes cantidades todo lo que siempre tuvo que importar. ¿Por qué no soñar con ser potencia nuclear? ¿No lo ayudaría a redimir la humanidad? ¡Esa sería la tarea de su hijo! Cuando finalmente sus sueños se convertían en pesadillas de las cuales otros pagaban las consecuencias, él no era hombre que recitara el mea culpa: Dios no se equivoca. La culpa la tenían entonces el Imperio, los contrarrevolucionarios, los derrotistas, el mismo pueblo, que nunca llegaba a ser tan virtuoso como él quería. ¿Por qué no el hijo también? Fidelito había estado dirigiendo la agencia cubana de energía atómica durante doce años: "no hay monarquía", dijo el padre monarca al echarlo.

Pobre Fidelito. Ni siquiera pudo imaginar su vida, porque su padre aplastaría a cualquiera bajo sus exigentes mayúsculas: Heroísmo, Sacrificio, Moral, Pueblo, Patria, Muerte. Una sinfonía ensordecedora de trombones. No es coincidencia que en la búsqueda constante de la sucesión dinástica que algún día podría tomar las riendas de Cuba, no aparezcan hijos de Fidel. Son todos hijos y nietos de Raúl, cruel y afectuoso, metódico y despiadado, un hombre de poder y familia. Mejor: Familia, con mayúscula. Fidelito es la metáfora de Cuba y de su dramática historia. Quién sabe qué grandes talentos habría desarrollado si hubiera sido libre. Quién sabe qué gran humanidad hemos perdido. De esa metáfora, el suicidio es la clave.

Por: Loris Zanatta

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Los vicios políticos que carcomen al Estado

LA NACION | OPINIÓN

Los vicios políticos que carcomen al Estado

Marcos NovaroMarcos NovaroPARA LA NACION
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El uso abusivo de la administración pública no es algo nuevo y cambiar eso exige una reforma estructural que plantee objetivos, fije reglas claras y las haga cumplir
El uso abusivo de la administración pública no es algo nuevo y cambiar eso exige una reforma estructural que plantee objetivos, fije reglas claras y las haga cumplir 6131 de enero de 2018

Hay una vieja idea que circula tanto en el debate público como en la academia argentina según la cual somos un país estatista, "estadocéntrico" se ha dicho desde el análisis político: a todos los problemas les encontramos solución creando un área de la administración para que ella se ocupe. ¿Es, como decía Tocqueville de los franceses de su tiempo, porque confiamos en los gobernantes antes que en nosotros mismos?

En verdad, no confiamos para nada en los gobiernos y sería más correcto decir que somos "politicocéntricos" más que estatistas: todo problema es ocasión de un conflicto, del que quienes gobiernan esperan poder sacar ventaja sobre sus competidores creando un nuevo séquito de dependientes, para seguir en funciones, y los opositores tratan de hacer lo mismo en su provecho, para promoverse y desplazarlos. Y el Estado entonces deja de ser un instrumento autónomo de gobierno, es ante todo la arena de esa lucha facciosa. Por eso tenemos un aparato estatal muy grande pero muy poco racional y eficiente, donde la lógica burocrática está bastante ausente, atravesado por disputas, fragmentado, en suma, muy politizado.

Este rasgo se agudizó sin duda en los años del kirchnerismo, que llevó a su máxima expresión la curiosa fórmula "gobernar es gastar y confrontar" e hizo un uso del Estado tan intenso en estos dos aspectos que terminó por dejarlo exhausto, desfinanciado y por completo sometido al faccionalismo. Aunque convengamos en que el tema tiene mucha historia y, por lo tanto, creer que va a ser fácil lidiar con él, que basta con correr a un grupo gobernante y reemplazarlo por otro sería un grave error.

Otra idea que está muy difundida es que el problema del Estado se origina en malas conductas de las elites. Porque son ellas, en particular las elites políticas, las que hacen un mal uso de aquel, sacan provecho para sí en vez de hacer servicio público; en suma, se comportan como una casta y no como representantes. Y para que algo cambie es preciso que haya una renovación y una reforma de las prácticas de la dirigencia antes incluso que empezar a discutir sobre nuevos diseños institucionales, cambios en la plantilla de personal, etc.

En parte esto es cierto, pero el fondo de la cuestión es mucho más complicado porque toda la sociedad tiene una idea y actitudes bastante poco "públicas" y más bien facciosas acerca del uso y de los beneficios que le corresponden o espera sacar del aparato estatal. De otra manera no habríamos llegado al extremo de tener casi la mitad de la población recibiendo por alguna ventanilla un cheque del erario público, no habríamos apoyado durante décadas gobiernos que reprodujeron y profundizaron el problema, y tolerado tener un Estado cada vez más caro y que produce bienes públicos de entre mala y pésima calidad.

Así que no conviene minimizar la cuota que a todos los argentinos nos toca. Ni pasar por alto la relación esquizofrénica con el sector público que nos lleva a exigirle nuestra cuota de beneficios, sin concederle ninguna auténtica autoridad, sin respetar sus leyes ni reglas escritas, debilitándolo todo el tiempo como autoridad pública merecedora de nuestra confianza.

La iniciativa oficial anunciada por Macri para controlar el gasto político, combatir el nepotismo y demás ¿es un paso en la dirección correcta para empezar a resolver estos problemas y encarar en serio la reforma de nuestro Estado?

En principio parece una idea oportuna y una buena forma de retomar la iniciativa después de varios barquinazos y bastante dilación en la materia, pero poco más que eso. No ataca las cuestiones estructurales. Ojalá le provea al Gobierno la legitimidad y el impulso para encarar gradualmente, como mandan nuestras circunstancias, algunas de las muchas otras cosas que hacen falta. Porque reformar y modernizar el Estado llevará años.

Pero para que opere como ese puntapié inicial, tanto el Ministerio de Modernización como el resto del Ejecutivo y la Presidencia deberían ser mucho más activos y claros en sus metas. Decir que esperan que su ejemplo sea imitado suena a mera expresión de deseos y autopromoción como "somos el modelo a seguir". Y para que lo sean en serio sería conveniente que se revisara, por ejemplo, cómo se realizan las designaciones de la administración nacional en cargos especialmente sensibles.

Para dar solo un ejemplo, ¿por qué no convocar a un concurso de antecedentes para poner al frente de la Oficina Anticorrupción a una persona que no sea del partido gobernante? Laura Alonso ha hecho un gran trabajo de normalización de ese organismo, que había sido destruido y abandonado por el kirchnerismo, y tal vez llegó la hora de completar ese esfuerzo convirtiéndolo en un ente autárquico y apartidario, un auténtico instituto de control de los gobiernos en funciones, no ex post cuando todo ya terminó y el mal está hecho.

¿Por qué no avanzar también en el combate del nepotismo y los favoritismos políticos en las capas intermedias de la gestión pública, donde están tanto o más extendidos que en las cúpulas de los ministerios y hacen incluso más daño porque tienden a eternizarse? Hay muchos terrenos donde el aparato administrativo es propiedad de familias o cofradías que llevan décadas haciendo de "lo público" un reducto de poder particular. Nada que envidiarles a los sindicatos.

¿No es hora de terminar con los contratos vía universidades nacionales y demás organismos ad hoc, por medio de los que se evaden controles, se confunden las escalas de remuneración y la asignación de responsabilidades? Cuando la "línea" no responde, lo que sucede demasiado seguido, la solución más fácil a la mano ha sido muchas veces sortearla con este tipo de mecanismos. Pero con ello se logra que responda aún menos y toda la administración se anarquice: tenemos empleados de planta que se rascan el lomo mientras miran con recelo por los honorarios que reciben a los que están de paso y trabajan y se esfuerzan durante un tiempo, porque son temporarios y tienen que hacer buena letra, pero al rato ya lo único que quieren es pasar a planta y hacer que la rueda siga girando sobre sí misma.

En principio la gestión de Macri es cierto que buscó desactivar estas prácticas, que el kirchnerismo había inflado exponencialmente; aunque con el tiempo parece que le encontró provecho para salir del paso en muchas áreas que no sabe muy bien cómo hacer que funcionen. El resultado esperable no es mejor que el de todas las demás gestiones previas que hicieron lo mismo.

Hay que reconocer que la oposición que salió a desmerecer los anuncios de Macri en parte tiene razón, aunque su actitud sea derrotista y reaccionaria: la situación en el Estado no va a mejorar porque haya algunos altos cargos prescindibles y unos cuantos parientes y entenados menos. Lo que hace falta es que se empiece a infundir un espíritu de servicio público de donde se lo fue borrando desde hace décadas y se lo reemplazó por patrimonialismo, partidismo y desidia. Y para lograrlo no va a alcanzar con un puntapié ni con dar el ejemplo, hacen falta reglas claras y de cumplimiento verificable. Y convencer a la sociedad de que vote por eso y no por seguir pujando para sacar una tajada más grande de un Estado cada vez más calamitoso.

Sociólogo, historiador y doctor en Filosofía

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500 pesos por ocupar Mascardi y un sector político detrás de la toma mapuche

ALLOCLAUDIO

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Investigación: 500 pesos por ocupar Mascardi y un sector político detrás de la toma mapuche

enero 29, 2018

“Ustedes están preguntando mal”, dice el hombre que se ha dado cuenta de que somos periodistas y andamos hurgando donde no nos llaman. “Lo que ustedes tienen que preguntar es quién está detrás de este asunto”, insiste. “A ver, esperá, (grita un nombre, el de un empleado) vení contales”, sigue.
El joven nos mira con unos ojos preocupados como es de esperarse. “Dale, contále”, persevera el empresario.
“En mi barrio apareció un hombre ofreciendo 500 mangos para ir a Mascardi por el día. Había que estar todo el día. A mi prima le ofrecieron pero no quiso ir”, cuenta.
La cifra de los 500 pesos hace un tiempo que da vuelta por los rincones de Bariloche. Se menciona pero no se corrobora. Este joven lo expresa de modo directo al periodista.
-¿Quién era la persona que ofrecía el dinero?, peguntamos.
-Un puntero, no me acuerdo bien el nombre (pronuncia algo que va de camino de convertirse en un apellido).
-¿Algo más?
-Yo no lo conozco, mi prima sacó una foto del diario porque quería saber bien quién era, me la mandó, pará, te la muestro.
El empleado abre una imagen en su celular y la pone frente a los ojos del cronista. Es un político con fuertes vínculos con el kirchnerismo.
-¿Estás seguro?
-Si (y vuelve a intentar con el apellido)
En el Alto de Bariloche ir a Mascardi ha tomado un nombre, le llaman “changuita”. El padre de Rafael Nahuel, Alejandro Nahuel, aseguró a la prensa local que su hijo había estado para “dar una mano”. Luego profundizó: el 25 de noviembre de 2017, día en que este murió durante un operativo de Prefectura Naval, estaba haciendo una “changa”. No era el único en esa condición, insisten en los barrios Islas Malvinas, 2 de Abril y Nahuel Hue, los sectores más humildes de la ciudad.
Un persona que se encontró con el padre y la madre, Graciela Salva, en su casilla del barrio Nahuel Hue, tuvo acceso a la versión familiar de porqué estaba Rafael Nahuel en un terreno ocupado ilegalmente cuando él era un soldador y no tenía compromisos con los mapuches.
El hombre reconoció frente a esta fuente que su hijo había ido a trabajar y la madre expresó que Rafael le había solicitado que le lavara y planchara la ropa porque esa noche -sábado 25 de noviembre- iba a salir a bailar. Quedó establecido que el joven esperaba tener dinero en la mano al volver de Mascardi. La madre también aclaró que, contrariamente a lo que declararon mapuches de la toma, Nahuel no pretendía poseer un terreno en el predio tomado. Ya había comprado el suyo en el Nahuel Huel y quería levantar una casa.
Fuentes de la provincia de Río Negro revelan que están al tanto de estos “reclutamientos” de jóvenes desempleados y con apellido mapuche.
El día en que el grupo Albatros de Prefectura Naval patrullaba Mascardi se encontraron de frente, en la versión de los efectivos, con entre 25 y 30 mapuches o militantes armados en la zona alta de la montaña. Este dato fue corroborado por un integrante de la comunidad mapuche que señaló a la prensa que eran “un montón”.
El proceso de ocupación en Mascardi siguió lineamientos que comienzan a transformarse en una estrategia de los grupos radicalizados mapuches. Después de que la familia Nahuel-Colhuan determinó que una joven machi había descubierto que Mascardi era el espacio adecuado para sus prácticas medicinales, los aborígenes apelaron a una coalición de fuerzas capaces de invadir el predio con violencia. En el interior del territorio se observan jóvenes vestidos con estilo militar. Sin embargo, el pago por los servicios diarios, “las changas”, tendría origen en sectores políticos que se encargarían de financiar estas tomas. El rédito es una posibilidad no remota en estos casos.

Conflicto y controversia, prensa y momentos de desestabilización, son parte de la ganancia, opinan analistas y funcionarios en la Cordillera.

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La mentira de los DDHH Argentinos creadores del trucho operativo Maldonado…los viejos métodos de guerrilla ps icologica de los erpianos-montos en su modelo millenial

26/01/2018 – 00:16

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(208) comentarios

No es sólo Matías Santana -el mapuche de los binoculares-, un chico de 20 años que hizo lo que le dijeron. Ni Lucas Pilquiman, el revelado Testigo E que negaban hasta los que lo crearon y ahora también podría terminar procesado. Ni siquiera es un tema que se agota en el grupo de adultos de mayor edad que integran la nómina de ocho personas denunciadas ahora por falso testimonio en el caso Maldonado, incluidas la madre de Pilquiman y la pareja del indefinible Jones Huala. La cuestión es haber armado un relato cometiendo delitos para sostener una hipótesis con un objetivo político. A cualquier costo. Incluso el de mandar al frente a pibes de 20 años, por más militantes que sean.

La suma de miserias se ocultó detrás de un pedido de investigación de desaparición forzada que al principio del caso Maldonado parecía razonable después de la narración de testigos directos que contaban cómo al artesano lo habían golpeado gendarmes, lo habían cargado en una camioneta y se lo habían llevado con rumbo incierto, con el visto bueno y la aprobación general de todos sus superiores.

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Santana sostuvo eso ante un juez que nunca le dio demasiado crédito y lo mantuvo hasta la mismísima aparición del cuerpo de Maldonado en medio del río Chubut, donde las pericias unánimes de todas las partes determinaron que se ahogó. "El cuerpo fue plantado", insistió entonces Santana. Y habló de "responsables políticos" y "medios hegemónicos" para machacar de nuevo: "Yo sé que es verdad, yo vi a Santiago, vi cómo lo golpearon".

Vio lo que nunca ocurrió y lo contó con una precisión que sólo se consigue con un relato armado. Entraron en él un caballo, unos binoculares (era imposible hacer verosímil su visión desde 300 metros sin ellos) y luego, por supuesto, el extravío de esos binoculares cuando se los pidieron para hacerles pericias.

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Santana declaró ante la Procuvin antes que hacerlo ante el juez. La Procuvin es una fiscalía que respondía a la procuradora Gils Carbó, quien respondía al kircherismo duro. Pilquiman, el Testigo E, también declaró primero afuera del expediente: lo hizo ante abogados kirchneristas que armaban una presentación directa para la CIDH, un organismo internacional. Había que mostrarle al mundo que la represión institucional había vuelto a la Argentina aún antes que mostrárselo al juez del caso. O, mejor, directamente sin pasar por él.

El Testigo E apareció en el expediente principal recién después de que Clarín revelara la existencia y los detalles de su relato, pensado exclusivamente para el impacto internacional. La verdad no importaba.

Todo se hizo insostenible tras las revelaciones de la autopsia y las pericias y por eso el actual pedido para procesar por falso testimonio a los falsos testigos es una consecuencia jurídica natural. Llega justo después de que los organismos internacionales dieran el caso por cerrado, ante la evidencia de la maniobra y su cotejo con las pruebas reales.

Queda, sin embargo, una cuestión pendiente y aberrante. La responsabilidad política de quienes armaron testigos falsos para mantener un estado de incertidumbre social justo antes de las elecciones de octubre, aún a costa del sufrimiento de una familia que estiraba su agonía cotidiana esperando saber algo de Santiago y que creyó lo que esos operadores le dijeron. Un espanto éticosobre ellos y sobre la buena fe de los miles de argentinos que se preguntaron, durante tantos días, legítima y necesariamente, dónde estaba Santiago Maldonado.

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