Los vicios políticos que carcomen al Estado

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Los vicios políticos que carcomen al Estado

Marcos NovaroMarcos NovaroPARA LA NACION
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El uso abusivo de la administración pública no es algo nuevo y cambiar eso exige una reforma estructural que plantee objetivos, fije reglas claras y las haga cumplir
El uso abusivo de la administración pública no es algo nuevo y cambiar eso exige una reforma estructural que plantee objetivos, fije reglas claras y las haga cumplir 6131 de enero de 2018

Hay una vieja idea que circula tanto en el debate público como en la academia argentina según la cual somos un país estatista, "estadocéntrico" se ha dicho desde el análisis político: a todos los problemas les encontramos solución creando un área de la administración para que ella se ocupe. ¿Es, como decía Tocqueville de los franceses de su tiempo, porque confiamos en los gobernantes antes que en nosotros mismos?

En verdad, no confiamos para nada en los gobiernos y sería más correcto decir que somos "politicocéntricos" más que estatistas: todo problema es ocasión de un conflicto, del que quienes gobiernan esperan poder sacar ventaja sobre sus competidores creando un nuevo séquito de dependientes, para seguir en funciones, y los opositores tratan de hacer lo mismo en su provecho, para promoverse y desplazarlos. Y el Estado entonces deja de ser un instrumento autónomo de gobierno, es ante todo la arena de esa lucha facciosa. Por eso tenemos un aparato estatal muy grande pero muy poco racional y eficiente, donde la lógica burocrática está bastante ausente, atravesado por disputas, fragmentado, en suma, muy politizado.

Este rasgo se agudizó sin duda en los años del kirchnerismo, que llevó a su máxima expresión la curiosa fórmula "gobernar es gastar y confrontar" e hizo un uso del Estado tan intenso en estos dos aspectos que terminó por dejarlo exhausto, desfinanciado y por completo sometido al faccionalismo. Aunque convengamos en que el tema tiene mucha historia y, por lo tanto, creer que va a ser fácil lidiar con él, que basta con correr a un grupo gobernante y reemplazarlo por otro sería un grave error.

Otra idea que está muy difundida es que el problema del Estado se origina en malas conductas de las elites. Porque son ellas, en particular las elites políticas, las que hacen un mal uso de aquel, sacan provecho para sí en vez de hacer servicio público; en suma, se comportan como una casta y no como representantes. Y para que algo cambie es preciso que haya una renovación y una reforma de las prácticas de la dirigencia antes incluso que empezar a discutir sobre nuevos diseños institucionales, cambios en la plantilla de personal, etc.

En parte esto es cierto, pero el fondo de la cuestión es mucho más complicado porque toda la sociedad tiene una idea y actitudes bastante poco "públicas" y más bien facciosas acerca del uso y de los beneficios que le corresponden o espera sacar del aparato estatal. De otra manera no habríamos llegado al extremo de tener casi la mitad de la población recibiendo por alguna ventanilla un cheque del erario público, no habríamos apoyado durante décadas gobiernos que reprodujeron y profundizaron el problema, y tolerado tener un Estado cada vez más caro y que produce bienes públicos de entre mala y pésima calidad.

Así que no conviene minimizar la cuota que a todos los argentinos nos toca. Ni pasar por alto la relación esquizofrénica con el sector público que nos lleva a exigirle nuestra cuota de beneficios, sin concederle ninguna auténtica autoridad, sin respetar sus leyes ni reglas escritas, debilitándolo todo el tiempo como autoridad pública merecedora de nuestra confianza.

La iniciativa oficial anunciada por Macri para controlar el gasto político, combatir el nepotismo y demás ¿es un paso en la dirección correcta para empezar a resolver estos problemas y encarar en serio la reforma de nuestro Estado?

En principio parece una idea oportuna y una buena forma de retomar la iniciativa después de varios barquinazos y bastante dilación en la materia, pero poco más que eso. No ataca las cuestiones estructurales. Ojalá le provea al Gobierno la legitimidad y el impulso para encarar gradualmente, como mandan nuestras circunstancias, algunas de las muchas otras cosas que hacen falta. Porque reformar y modernizar el Estado llevará años.

Pero para que opere como ese puntapié inicial, tanto el Ministerio de Modernización como el resto del Ejecutivo y la Presidencia deberían ser mucho más activos y claros en sus metas. Decir que esperan que su ejemplo sea imitado suena a mera expresión de deseos y autopromoción como "somos el modelo a seguir". Y para que lo sean en serio sería conveniente que se revisara, por ejemplo, cómo se realizan las designaciones de la administración nacional en cargos especialmente sensibles.

Para dar solo un ejemplo, ¿por qué no convocar a un concurso de antecedentes para poner al frente de la Oficina Anticorrupción a una persona que no sea del partido gobernante? Laura Alonso ha hecho un gran trabajo de normalización de ese organismo, que había sido destruido y abandonado por el kirchnerismo, y tal vez llegó la hora de completar ese esfuerzo convirtiéndolo en un ente autárquico y apartidario, un auténtico instituto de control de los gobiernos en funciones, no ex post cuando todo ya terminó y el mal está hecho.

¿Por qué no avanzar también en el combate del nepotismo y los favoritismos políticos en las capas intermedias de la gestión pública, donde están tanto o más extendidos que en las cúpulas de los ministerios y hacen incluso más daño porque tienden a eternizarse? Hay muchos terrenos donde el aparato administrativo es propiedad de familias o cofradías que llevan décadas haciendo de "lo público" un reducto de poder particular. Nada que envidiarles a los sindicatos.

¿No es hora de terminar con los contratos vía universidades nacionales y demás organismos ad hoc, por medio de los que se evaden controles, se confunden las escalas de remuneración y la asignación de responsabilidades? Cuando la "línea" no responde, lo que sucede demasiado seguido, la solución más fácil a la mano ha sido muchas veces sortearla con este tipo de mecanismos. Pero con ello se logra que responda aún menos y toda la administración se anarquice: tenemos empleados de planta que se rascan el lomo mientras miran con recelo por los honorarios que reciben a los que están de paso y trabajan y se esfuerzan durante un tiempo, porque son temporarios y tienen que hacer buena letra, pero al rato ya lo único que quieren es pasar a planta y hacer que la rueda siga girando sobre sí misma.

En principio la gestión de Macri es cierto que buscó desactivar estas prácticas, que el kirchnerismo había inflado exponencialmente; aunque con el tiempo parece que le encontró provecho para salir del paso en muchas áreas que no sabe muy bien cómo hacer que funcionen. El resultado esperable no es mejor que el de todas las demás gestiones previas que hicieron lo mismo.

Hay que reconocer que la oposición que salió a desmerecer los anuncios de Macri en parte tiene razón, aunque su actitud sea derrotista y reaccionaria: la situación en el Estado no va a mejorar porque haya algunos altos cargos prescindibles y unos cuantos parientes y entenados menos. Lo que hace falta es que se empiece a infundir un espíritu de servicio público de donde se lo fue borrando desde hace décadas y se lo reemplazó por patrimonialismo, partidismo y desidia. Y para lograrlo no va a alcanzar con un puntapié ni con dar el ejemplo, hacen falta reglas claras y de cumplimiento verificable. Y convencer a la sociedad de que vote por eso y no por seguir pujando para sacar una tajada más grande de un Estado cada vez más calamitoso.

Sociólogo, historiador y doctor en Filosofía

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500 pesos por ocupar Mascardi y un sector político detrás de la toma mapuche

ALLOCLAUDIO

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Investigación: 500 pesos por ocupar Mascardi y un sector político detrás de la toma mapuche

enero 29, 2018

“Ustedes están preguntando mal”, dice el hombre que se ha dado cuenta de que somos periodistas y andamos hurgando donde no nos llaman. “Lo que ustedes tienen que preguntar es quién está detrás de este asunto”, insiste. “A ver, esperá, (grita un nombre, el de un empleado) vení contales”, sigue.
El joven nos mira con unos ojos preocupados como es de esperarse. “Dale, contále”, persevera el empresario.
“En mi barrio apareció un hombre ofreciendo 500 mangos para ir a Mascardi por el día. Había que estar todo el día. A mi prima le ofrecieron pero no quiso ir”, cuenta.
La cifra de los 500 pesos hace un tiempo que da vuelta por los rincones de Bariloche. Se menciona pero no se corrobora. Este joven lo expresa de modo directo al periodista.
-¿Quién era la persona que ofrecía el dinero?, peguntamos.
-Un puntero, no me acuerdo bien el nombre (pronuncia algo que va de camino de convertirse en un apellido).
-¿Algo más?
-Yo no lo conozco, mi prima sacó una foto del diario porque quería saber bien quién era, me la mandó, pará, te la muestro.
El empleado abre una imagen en su celular y la pone frente a los ojos del cronista. Es un político con fuertes vínculos con el kirchnerismo.
-¿Estás seguro?
-Si (y vuelve a intentar con el apellido)
En el Alto de Bariloche ir a Mascardi ha tomado un nombre, le llaman “changuita”. El padre de Rafael Nahuel, Alejandro Nahuel, aseguró a la prensa local que su hijo había estado para “dar una mano”. Luego profundizó: el 25 de noviembre de 2017, día en que este murió durante un operativo de Prefectura Naval, estaba haciendo una “changa”. No era el único en esa condición, insisten en los barrios Islas Malvinas, 2 de Abril y Nahuel Hue, los sectores más humildes de la ciudad.
Un persona que se encontró con el padre y la madre, Graciela Salva, en su casilla del barrio Nahuel Hue, tuvo acceso a la versión familiar de porqué estaba Rafael Nahuel en un terreno ocupado ilegalmente cuando él era un soldador y no tenía compromisos con los mapuches.
El hombre reconoció frente a esta fuente que su hijo había ido a trabajar y la madre expresó que Rafael le había solicitado que le lavara y planchara la ropa porque esa noche -sábado 25 de noviembre- iba a salir a bailar. Quedó establecido que el joven esperaba tener dinero en la mano al volver de Mascardi. La madre también aclaró que, contrariamente a lo que declararon mapuches de la toma, Nahuel no pretendía poseer un terreno en el predio tomado. Ya había comprado el suyo en el Nahuel Huel y quería levantar una casa.
Fuentes de la provincia de Río Negro revelan que están al tanto de estos “reclutamientos” de jóvenes desempleados y con apellido mapuche.
El día en que el grupo Albatros de Prefectura Naval patrullaba Mascardi se encontraron de frente, en la versión de los efectivos, con entre 25 y 30 mapuches o militantes armados en la zona alta de la montaña. Este dato fue corroborado por un integrante de la comunidad mapuche que señaló a la prensa que eran “un montón”.
El proceso de ocupación en Mascardi siguió lineamientos que comienzan a transformarse en una estrategia de los grupos radicalizados mapuches. Después de que la familia Nahuel-Colhuan determinó que una joven machi había descubierto que Mascardi era el espacio adecuado para sus prácticas medicinales, los aborígenes apelaron a una coalición de fuerzas capaces de invadir el predio con violencia. En el interior del territorio se observan jóvenes vestidos con estilo militar. Sin embargo, el pago por los servicios diarios, “las changas”, tendría origen en sectores políticos que se encargarían de financiar estas tomas. El rédito es una posibilidad no remota en estos casos.

Conflicto y controversia, prensa y momentos de desestabilización, son parte de la ganancia, opinan analistas y funcionarios en la Cordillera.

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Cómo se ocupa un territorio en la Patagonia: las claves de cómo se gesta una ocupación mapuche en el sur, los pagos a los "militantes", las figuras políticas detrás, el método de la violencia con fachada cultural. En: https://galloclaudiopop.blogspot.com.ar/

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La mentira de los DDHH Argentinos creadores del trucho operativo Maldonado…los viejos métodos de guerrilla ps icologica de los erpianos-montos en su modelo millenial

26/01/2018 – 00:16

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(208) comentarios

No es sólo Matías Santana -el mapuche de los binoculares-, un chico de 20 años que hizo lo que le dijeron. Ni Lucas Pilquiman, el revelado Testigo E que negaban hasta los que lo crearon y ahora también podría terminar procesado. Ni siquiera es un tema que se agota en el grupo de adultos de mayor edad que integran la nómina de ocho personas denunciadas ahora por falso testimonio en el caso Maldonado, incluidas la madre de Pilquiman y la pareja del indefinible Jones Huala. La cuestión es haber armado un relato cometiendo delitos para sostener una hipótesis con un objetivo político. A cualquier costo. Incluso el de mandar al frente a pibes de 20 años, por más militantes que sean.

La suma de miserias se ocultó detrás de un pedido de investigación de desaparición forzada que al principio del caso Maldonado parecía razonable después de la narración de testigos directos que contaban cómo al artesano lo habían golpeado gendarmes, lo habían cargado en una camioneta y se lo habían llevado con rumbo incierto, con el visto bueno y la aprobación general de todos sus superiores.

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Santana sostuvo eso ante un juez que nunca le dio demasiado crédito y lo mantuvo hasta la mismísima aparición del cuerpo de Maldonado en medio del río Chubut, donde las pericias unánimes de todas las partes determinaron que se ahogó. "El cuerpo fue plantado", insistió entonces Santana. Y habló de "responsables políticos" y "medios hegemónicos" para machacar de nuevo: "Yo sé que es verdad, yo vi a Santiago, vi cómo lo golpearon".

Vio lo que nunca ocurrió y lo contó con una precisión que sólo se consigue con un relato armado. Entraron en él un caballo, unos binoculares (era imposible hacer verosímil su visión desde 300 metros sin ellos) y luego, por supuesto, el extravío de esos binoculares cuando se los pidieron para hacerles pericias.

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Santana declaró ante la Procuvin antes que hacerlo ante el juez. La Procuvin es una fiscalía que respondía a la procuradora Gils Carbó, quien respondía al kircherismo duro. Pilquiman, el Testigo E, también declaró primero afuera del expediente: lo hizo ante abogados kirchneristas que armaban una presentación directa para la CIDH, un organismo internacional. Había que mostrarle al mundo que la represión institucional había vuelto a la Argentina aún antes que mostrárselo al juez del caso. O, mejor, directamente sin pasar por él.

El Testigo E apareció en el expediente principal recién después de que Clarín revelara la existencia y los detalles de su relato, pensado exclusivamente para el impacto internacional. La verdad no importaba.

Todo se hizo insostenible tras las revelaciones de la autopsia y las pericias y por eso el actual pedido para procesar por falso testimonio a los falsos testigos es una consecuencia jurídica natural. Llega justo después de que los organismos internacionales dieran el caso por cerrado, ante la evidencia de la maniobra y su cotejo con las pruebas reales.

Queda, sin embargo, una cuestión pendiente y aberrante. La responsabilidad política de quienes armaron testigos falsos para mantener un estado de incertidumbre social justo antes de las elecciones de octubre, aún a costa del sufrimiento de una familia que estiraba su agonía cotidiana esperando saber algo de Santiago y que creyó lo que esos operadores le dijeron. Un espanto éticosobre ellos y sobre la buena fe de los miles de argentinos que se preguntaron, durante tantos días, legítima y necesariamente, dónde estaba Santiago Maldonado.

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Las dolorosas experiencias políticas que sufrió la Argentina deben ser elaboradas para poder avanzar hacia una nueva etapa

Heridas de un país con estrés postraumático

Las dolorosas experiencias políticas que sufrió la Argentina deben ser elaboradas para poder avanzar hacia una nueva etapa

Laura Di Marco
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PARA LA NACION@_LauraDiMarco

JUEVES 04 DE ENERO DE 2018

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Millones de argentinos viven en estado de alerta, envueltos en esa sensación de inminencia de que "algo" -malo, ciertamente- está a punto de suceder. Son prisioneros de fantasmas del pasado. Tienen memoria del caos. Vivieron la dictadura, las hiperinflaciones, las recesiones, los saqueos, la explosión de la bomba de tiempo de la convertibilidad, el "que se vayan todos". Leen el presente con ojos en la nuca. Un presente que siempre tiene interpretaciones exageradas. Para ellos, un petardo es un incendio y una lluvia de piedras contra una valla es 2001. Son los que compraron dólares -y perdieron- el día que el equipo económico recalculó las metas inflacionarias y los que entraron en pánico con las escenas de violencia, mientras se debatía la reforma previsional. Son los que pasaron los 45 años. Son los sobrevivientes.

Esos sobrevivientes sostienen la creencia de que "en la Argentina todo termina mal", "que sólo el peronismo puede gobernar" y, por ende, que "ningún presidente no peronista logra terminar su mandato". Aunque se trata de creencias ancladas en la realidad -hechos que, efectivamente, sucedieron en el pasado-, también son un efecto político del trauma. Este universo es el que experimenta el gobierno de Cambiemos con un dramatismo extremo, en la misma sintonía que el "círculo rojo": factores de poder y ciudadanos ultrainformados.

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En cambio, los hijos y los nietos de esos sobrevivientes exhiben otras secuelas: no esperan mucho de los políticos y se conforman con poco, aunque necesitan pruebas. Según Isonomía, está formado por un 50% de la sociedad. ¿Y qué clase de pruebas necesitan? Pequeñas, pero concretas. Obras que mejoren su metro cuadrado, como dirían los encuestadores, o le reduzcan algún miedo. El miedo a que se inunde el barrio en el que viven, por ejemplo, o a tener un accidente mortal, en una ruta destruida. La historia del caos argentino formateó una sociedad de vara baja y umbral de tolerancia alto. Esa porción de la Argentina -los "frustrados", como los llama Juan Germano- sólo conecta con la política de modo intermitente: una desconexión que también podría ser leída como fruto de la decepción. Y no hay mejor antídoto para evitar la desilusión que bajar las expectativas.

Germano abona esta tesis con el resultado de los sondeos: "La mayoría de los argentinos no quiere vivir en Puerto Madero. Si vive en Berazategui, quiere seguir viviendo allí, pero mejor. Por eso el metrobús o la cloaca significan calidad de vida: 20 minutos más de sueño o disminuir las enfermedades por falta de agua potable. Y eso ya es un generador de apoyo". Muchas intendencias siguen la misma lógica: no deslumbran con un gran delivery de políticas públicas, pero lo poco que hagan, si impacta en la vida cotidiana, alcanza.

En un país más estable que la Argentina, un anuncio sobre el recálculo de la meta inflacionaria hubiera provocado una crisis de apoyo. Pero en la Argentina con estrés postraumático y pánico a los picos inflacionarios, no. ¿Por qué? Porque mientras la inercia sea hacia la baja, es suficiente, aunque la tendencia sea más lenta. Es por eso que la mayoría compró la nueva narrativa oficial: "La recuperación ahora será más lenta, pero el país está mejorando".

Escribir la historia, escribir el trauma es un texto de Dominick LaCapra que ofrece pistas sobre las sucesivas tragedias argentinas. LaCapra es historiador, pero añade conceptos del psicoanálisis -como melancolía, acting out y elaboración- para profundizar la comprensión de procesos económicos y políticos. En sus trabajos distingue entre quienes han sido víctimas directas del trauma -pongamos aquí a los argentinos mayores de 45 años- y quienes vivieron esos hechos de un modo más indirecto, como los hijos o los nietos: en este casillero se ubica el 40 % del padrón electoral actual. Son quienes nacieron después de la dictadura.

LaCapra calificaría como un acting out (una repetición o puesta en acto del pasado) la minicorrida cambiaria del 28 de diciembre, que colocó el dólar en 19 pesos, para luego desinflarse rápidamente, al día siguiente. Desplegada, la idea es esta: el acting out, que siempre es impulsivo, es un producto del trauma. Aunque haya resultado una inversión ilógica, es emocionalmente lógico que quienes sufrieron grandes pérdidas con las sucesivas crisis económicas hayan salido a buscar un refugio conocido.

En sus focus groups, el psicólogo Federico González, de González y Valladares, retrata los estados de ánimo de una Argentina lastimada. Esos tránsitos son tres: el infierno -pongamos 2001-, el limbo -podría ser ahora- y esos pequeños momentos de felicidad, como la primavera democrática o la falsa burbuja de la convertibilidad. González cree que hoy estamos en una suerte de limbo, que navega por la incertidumbre. "Muchos no toleran la incertidumbre e inconscientemente quieren que pase algo, aunque sea malo", arriesga.

¿Podría pensarse la melancolía como otro subproducto del trauma? En los años sesenta y principios de los setenta, la Argentina tenía apenas un 5% de pobreza y la movilidad social de la clase media exhibía indicadores palpables. Sin embargo, las crónicas periodísticas de la época no reflejaban esa prosperidad. En verdad, no había nada parecido a una percepción colectiva de prosperidad. El tono, más bien, seguía siendo de queja e insatisfacción.

Pérdida y ausencia suenan parecido, pero sus efectos políticos son muy distintos. Tal es la tesis del trabajo de LaCapra, a pesar de que ambos conceptos suelen usarse indiscriminadamente en la investigación histórica. Él usa esa distinción para desenmascarar mitos. Lo explica así: pérdida indudablemente implica una ausencia, pero lo inverso no necesariamente es cierto. ¿La idea de la Argentina potencia tuvo, alguna vez, bases reales o es parte de un mito nacional? En la narrativa emocional de los argentinos habita la creencia de que estábamos destinados para grandes cosas -"condenados al éxito", como diría Duhalde-, pero esa grandeza nos fue injustamente arrebatada, en algún punto del trayecto. La melancolía por esa supuesta pérdida -que tal vez siempre fue sólo ausencia- es la lente a través de la cual miran los argentinos que entran en la categoría de sobrevivientes.

El italiano Loris Zanatta suele decir que la Argentina exagera su propia importancia porque, en el fondo, tiene un complejo de inferioridad. "Sólo quien se siente inferior tiende a sobreactuar. Perón soñaba con una Argentina de 100 millones de habitantes, nutrida por la inmigración. La Argentina potencia. Nada de eso sucedió: fue un fracaso, que hoy se lee como un éxito. Y ese es parte del problema, que los fracasos se lean como éxitos".

El psiquiatra francés Boris Cyrulnik es un explorador del término resiliencia, que hoy se puso de moda. Se aplica a personas, pero puede extrapolarse a sociedades. La resiliencia es la reanudación de un nuevo desarrollo, después de un trauma. ¿Y de qué depende que ese proceso resiliente se active o se aborte? Según él, del sentido que le otorgamos a esa experiencia. Las heridas se transforman (porque no desaparecen) cuando las resignificamos: por eso, cuando no comprendemos, quedamos prisioneros del pasado.

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Es un viejo hábito de la historia latinoamericana, el de concebir y usar la democracia, mejor dicho las eleccio nes, no para elegir gobiernos, sino para plebiscitar a los que ya están en el poder; como una fuerza que en lugar de su bir desde los ciudadanos al gobierno como debería, baja una camisa de fuerza de los gobiernos a los ciudadanos.

Corren malos vientos para la democracia en América latina

Loris ZanattaLoris Zanatta
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JUEVES 28 DE DICIEMBRE DE 2017 • 00:33

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O al menos en parte de América Latina. Frente a un caso, el chileno, donde se produce una alternancia pacífica de un gobierno a otro de un color ideológico diferente, muchos otros casos van en la dirección opuesta.

El último es el de Honduras, donde durante el conteo de las papeletas se produjo un apagón providencial. Por milagro, una vez que los datos volvieron a fluir, el presidente saliente se vio arrojado, como un caballo dopado, del segundo al primer puesto. El guión es el habitual, aburrido, predecible. Un apagón similar ocurrió en las últimas elecciones en Ecuador: misterio. En Venezuela, el sistema electoral ha estado operando durante mucho tiempo de manera intermitente: lo importante es que siempre dé el mismo resultado; llamarlas elecciones es un eufemismo: son una farsa. Como lo son desde hace tiempo en Nicaragua, que fue un feudo de los Somoza y hoy es un feudo de los Ortega: el soberano se corona por vía electoral. La variante más original es la boliviana: si las elecciones no dan el resultado acordado, se repiten.

Por paradójico que parezca, la esperanza viene de Cuba. Ya se sabe cómo se vota en Cuba: siempre la misma canción. Es decir: votar no es una opción y el menú ofrece un solo plato; si no quieres perder el trabajo, los amigos, la libreta de racionamiento y todo lo que solo mamá Revolución puede darte, el día de las elecciones cumplirás con tu deber. De ahí los espectaculares porcentajes de votantes, típicos de los regímenes totalitarios. En las últimas elecciones municipales, ochenta intrépidos idealistas trataron de postularse para un cargo, como lo permite la Constitución. O más bien, lo permitiría, porque al ser disidentes, los echaron. Sin embargo, en los últimos diez años, el porcentaje de cubanos que no van a votar o votan en blanco aumentó del 7% al 21%. Dadas las condiciones, ya es un milagro; de a poco, el miedo se desvanece.

Obviamente, las elecciones, el día en que el ciudadano se pone su mejor traje para salir a depositar su voto en la urna, son solo espuma en la cresta de un mar embravecido. Debajo de la espuma, hierven las ollas de la cocina política. Están elaborando los platos que harán felices a los gobernantes el día de las elecciones. Como entrada habrá un consejo electoral repleto de clientes del gobierno; como plato principal un poder judicial repleto de clientes del gobierno; como postre, un sistema de información lleno de clientes del gobierno. ¿Menú poco atractivo? Es cierto. Pero no para aquellos que se benefician de él. Es un viejo hábito de la historia latinoamericana, el de concebir y usar la democracia, mejor dicho las elecciones, no para elegir gobiernos, sino para plebiscitar a los que ya están en el poder; como una fuerza que en lugar de subir desde los ciudadanos al gobierno como debería, baja una camisa de fuerza de los gobiernos a los ciudadanos.

Para explicar este problema atávico, muchos se contentan con señalar con el dedo la paja en el ojo de los demás pasando por alto la viga clavada en el suyo. La culpa es del neoliberalismo, grita un populista hondureño indignado; la culpa es del populismo, responde nervioso un liberal venezolano. Sin embargo, el hecho de que costumbres similares aparezcan en regímenes de diferentes tendencias ideológicas, debería llevarnos a pensar. ¿Qué tienen en común? ¿Qué impide que aquellos que creen en la primacía del estado compitan pacíficamente con aquellos que creen en la primacía del mercado? ¿Que quién invoca el comunitarismo lo haga con aquellos que prefieren la libertad individual? Es difícil, pero no imposible, si se comparten reglas e instituciones, si se acepta la necesidad de un árbitro neutral.

A primera vista, lo que acerca entre sí los casos mencionados es un antiguo legado patrimonialista, cuyas raíces se hunden en el pasado rémoto: la historia cuenta, y el presente siempre está hecho con los materiales del pasado. Es la idea de que todo el poder pertenece a quienes lo ejercen, que el reino sobre el que gobiernan es su propiedad: el principio de la división de los poderes es extraño a la tradición patrimonialista. Cualquiera que sea su ideología, el gobierno usará entonces el poder para exclusiva ventaja suya y de los suyos, como un botín para recompensar a los fieles y castigar a todos los otros. Los enemigos, por su parte, lucharán hasta el final para quitarle el poder, con el que harán lo mismo que él, pero a favor de los suyos.

Rascando un poco bajo la superficie, el problema aún más serio de esta concepción es sin embargo otro: es el reclamo de aquellos que ejercen el poder de tener el derecho de mantenerlo en nombre de una verdad absoluta; de poseer, ellos solos, el secreto para redimir al pueblo, salvarlo de la miseria, emanciparlo de la injusticia. Si tan alto es su fin, todos los medios serán legítimos para alcanzarlo. Es una idea religiosa de la política, que así se convierte en un juego de suma cero: si gano, tomo todo, si pierdo nada queda. Es una concepción que transforma la competencia política en una guerra de religión entre verdades que se eliden, entre actores que se deslegitiman y que al hacerlo se disputan la posesión de las instituciones que deberían garantizar la regularidad del juego político.

A esta visión, le escapa una obviedad: que en democracia nadie puede hacer alarde del monopolio de la verdad; nadie puede elevar sus convicciones a dogma de fe; que el acuerdo y la negociación son la sal de cada democracia. Es el delirio de poseer el monopolio del Bien, es la absurda y tragicómica pretensión de poseer la receta simple para resolver problemas complejos, que anima la violencia vista en las calles de Buenos Aires, que alimenta el fanatismo de una minoría que no sabe nada pero pontifica, sobre todo, movida por la fe y no por la razón.

Frente a esos fenómenos que desfiguran la democracia en muchos países, es común escuchar explicaciones indulgentes, quejas victimistas: que le vamos a hacer, es culpa de la miseria, de la ignorancia, de la marginalidad, de la desigualdad; para algunos, incluso, es culpa del neocolonialismo: son esas plagas las que explican el patrimonialismo rampante y el fanatismo ideológico. ¿Es así? ¿O será al revés? El patrimonialismo, el fanatismo y la pobre calidad institucional son las principales causas, y no los efectos, de esas plagas sociales. El día que se tome conciencia de ello, será un gran día para la democracia latinoamericana; y también para la justicia social.

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