Palabra de Economistas

“Economics…should be understood as a way of thinking about the world—a way of thinking about it in terms of costs and benefits. Every decision has both an upside and a downside. I think that’s the characteristic that marks out economics from the other sciences: it is the science of choices. We should look at it more in terms of smaller decisions and the choices people make, rather than whether the government can deliver miracles in the economy at large.”

_________________________________________________________________

Krugman vs. Chicago
Filed under: Académica — Jorge Avila @ 5:47 pm

El gran Paul Krugman, mente brillante, teórico innovador, incansable polemista, el mejor de mi generación y justo ganador del Premio Nobel de Economía, publicó el pasado 6 de septiembre un notable artículo en The New York Times, el diario más influyente del mundo, del que es columnista regular hace años. El artículo es notable por su fluidez, por sus metáforas, por sus claros ejemplos y por sus comentarios sobre la evolución del pensamiento macroeconómico entre 1975, cuando se impuso en forma arrolladora la visión de los nuevos macro-economistas clásicos (Lucas, Sargent, Wallace y Prescott, entre los conspícuos, y sus sucesores, por ejemplo, Cochrane) y 2007, cuando comenzó la crisis de las hipotecas sub-prime. Pero aporta poco y nada a la comprensión del ciclo económico en general y de la presente recesión en particular. Aparte de ataques personales, se limita a repetir frases hechas sobre “burbujas”, inversores irracionales y comportamiento de manada. Afirma que la crisis sub-prime y la recesión y el fuerte desempleo actuales se deben, en buena medida, a la visión macro-económica que se impuso en el período 1975-2007. Y hace corresponsables a los economistas neokeynesianos porque habrían sido colonizados por los nuevos macroeconomistas clásicos (NMCs).

Salt&FreshWaterEconomists.jpg

El artículo de Krugman ha levantado una gran polémica (vea el blog de Greg Mankiw entre el 10 y el 19 de septiembre). Una cantidad de economistas que están en mejores condiciones que yo para la tarea (viven en EEUU y son profesores de macro-economía en las principales universidades del país) ya le han contestado. Por esta razón me voy a concentrar en las dos principales críticas de Krugman; luego, las comentaré, y después reproduciré extractos del artículo de Krugman y del artículo que John Cochrane, uno de los economistas más criticados por Krugman, le escribió en respuesta.

Krugman enfatiza que la falla básica que condujo a la crisis sub-prime fue la creencia dura, inamovible y soberbia en la hipótesis del mercado eficiente, que fue formulada por Gene Fama en 1971 y revolucionó las teoría de las finanzas privadas. Agrega que a dicha falla de comprensión del funcionamiento de la economía de mercado contribuyó la creencia en la imposibilidad de un equilibrio macroeconómico con subempleo (masivo). Krugman se ocupa de aclarar que Friedman, el líder de la contra-revolución monetarista que arrinconó al keynesianismo en los últimos 40 años, no desestimaba la posibilidad de un equilibrio macro-económico con fuerte desempleo y no descartaba que un aumento del gasto público pudiera aumentar la demanda agregada y atenuar el desempleo. Krugman tiene una disputa con Lucas y sus seguidores. Acusa a los NMCs de haber radicalizado al monetarismo hasta desvirtuarlo y ridiculizado el keynesianismo. (Krugman estudió en MIT y enseña en Princeton, dos universidades neokeynesianas.) O sea que en esta disputa hay un conflicto de visiones económicas y una historia de agravios personales, ciertos o imaginarios. Krugman pasó toda su vida profesional en el “bando derrotado”; cree que ha llegado el momento de la revancha.

Con el objeto de refutar la hipótesis del mercado eficiente cita la caída de 48% que experimentó la Bolsa de Nueva York en el período 1973-74 a raíz del primer shock petrolero. Sobre la base de este y otros ejemplos llega al extremo de proponer una “administración centralizada de la acumulación de capital”. Cochrane es la persona más autorizada para responder a esta crítica (además de ser un NMC, es yerno de Fama y tiene su oficina en la Booth School of Business de la U. de Chicago al lado de la de Fama), y así lo ha hecho en el artículo al que hice referencia arriba. La hipótesis del mercado eficiente es una aplicación de la hipótesis de expectativas racionales; dice que el precio de mercado de un activo (acciones, inmuebles) es la mejor valuación del activo puesto que el mercado hace un uso eficiente de la información disponible. Si la información cambia, el precio del activo tiene que cambiar pues el mercado, compuesto por personas que no conocen el futuro, sólo puede procesar la información disponible. El mensaje de la hipótesis del mercado eficiente es justamente que los precios de los activos describen una trayectoria de altibajos (random walk) intrínsecamente impronosticable. Pero Krugman argumenta que aquella gran caída de la Bolsa, como la actual, refuta la hipótesis. Esto demuestra por qué Krugman ganó el Premio Nobel por una contribución (microeconómica) a la teoría pura del comercio internacional y no por un aporte original a la macroeconomía.

Suponga una economía en equilibrio; sométala a un shock como el de entonces: una cuadruplicación del precio de un insumo básico como el petróleo; pregúntese cómo reaccionarán los tenedores de acciones de la industria automotor, de acciones de bancos que han financiado la compra de autos y otros bienes durables de consumo, de acciones de refinadores y distribuidores de combustibles, de acciones de la industria del transporte, etc. Pues bien, la reacción de los tenedores de acciones dependerá de varios interrogantes sobre los cuales la información es poca o ninguna: la duración del shock, la intensidad del shock, el tipo y la intensidad de la política económica compensatoria de EEUU y de otras potencias, si es que se adoptara alguna, que puede ser fiscal, monetaria o una combinación de ambas, cada una con sus propias y diversas consecuencias, además de la eficiencia del modelo macroeconómico del que salen los pronósticos a medida que se lo carga con los datos sobre duración e intensidad del shock y tipo e intensidad de la política económica. En conclusión, la volatilidad del precio de los activos no es una refutación válida de la hipótesis del mercado eficiente. Esta hipótesis no pronostica estabilidad sino fluctuaciones. No se puede impugnar a la economía de mercado por no prever el futuro y por no disponer de un modelo eficiente para explicar y pronosticar la variada sucesión de shocks a los que está sometida. Con respecto a su idea de una “administración centralizada de la acumulación de capital”, Krugman no me deja alternativa. En su afán de presentarse como el nuevo salvador del capitalismo, en obvia imitación de su admirado Keynes, debo decir que delira. ¡Cómo se nota que Krugman ha pasado su vida entre los algodones de Nueva Inglaterra, una de las regiones más civilizadas y ricas del mundo! En Nueva Inglaterra la vida es eficiente y segura, el polo opuesto a la vida de trincheras de Argentina, un país groseramente subcapitalizado por ser el paraíso del tipo de administración centralizada de la inversión que él desea para EEUU.

Sobre la imposibilidad de un equilibrio macroeconómico con subempleo masivo no le reprocho nada. Me animo a decir que su acusación es válida. Ya conté del chasco que experimenté al llegar a la Universidad de Chicago esperando estudiar macroeconomía y, en lugar de macro-economistas, me topé con economistas de equilibrio general que investigaban problemas macroeconómicos como podrían haber investigado temas de finanzas públicas o privadas o temas laborales. Un macro-economista es un bicho distinto a un micro-economista. Parte de un interrogante elemental: cómo es posible que una economía de precios flexibles caiga en recesión con subempleo. Le intriga el impacto de la incertidumbre (business confidence para Keynes, riesgo-país para nosotros) sobre el equilibrio agregado. Le interesa la historia y el papel de las instituciones. Yo no cuestiono el uso de la matemática avanzada; obliga a ser preciso en los supuestos y en la cadena de razonamiento. El problema, como bien apunta Krugman, estriba en que “los nuevos macro-economistas clásicos dejaban la impresión de no tener idea acerca de qué se trataba la economía keynesiana”. Esto es lo grave. El mensaje de Keynes es importante.

Siguen algunos párrafos del artículo de Krugman que me parecen muy bien logrados. El primero se refiere a la gravitación de la matemática avanzada en la formulación de modelos macroeconómicos. El segundo es un brillante ejemplo sobre cómo se crea una deficiencia de demanda agregada y la recesión que le sigue. El tercero presenta una distinción interesante de la profesión entre saltwater economists (economistas de agua salada) y freshwater economists (economistas de agua dulce).

As I see it, the economics profession went astray because economists, as a group, mistook beauty, clad in impressive-looking mathematics, for truth. Until the Great Depression, most economists clung to a vision of capitalism as a perfect or nearly perfect system. That vision wasn’t sustainable in the face of mass unemployment, but as memories of the Depression faded, economists fell back in love with the old, idealized vision of an economy in which rational individuals interact in perfect markets, this time gussied up with fancy equations. The renewed romance with the idealized market was, to be sure, partly a response to shifting political winds, partly a response to financial incentives. But while sabbaticals at the Hoover Institution and job opportunities on Wall Street are nothing to sneeze at, the central cause of the profession’s failure was the desire for an all-encompassing, intellectually elegant approach that also gave economists a chance to show off their mathematical prowess.

This co-op, whose problems were recounted in a 1977 article in The Journal of Money, Credit and Banking, was an association of about 150 young couples who agreed to help one another by baby-sitting for one another’s children when parents wanted a night out. To ensure that every couple did its fair share of baby-sitting, the co-op introduced a form of scrip: coupons made out of heavy pieces of paper, each entitling the bearer to one half-hour of sitting time. Initially, members received 20 coupons on joining and were required to return the same amount on departing the group. Unfortunately, it turned out that the co-op’s members, on average, wanted to hold a reserve of more than 20 coupons, perhaps, in case they should want to go out several times in a row. As a result, relatively few people wanted to spend their scrip and go out, while many wanted to baby-sit so they could add to their hoard. But since baby-sitting opportunities arise only when someone goes out for the night, this meant that baby-sitting jobs were hard to find, which made members of the co-op even more reluctant to go out, making baby-sitting jobs even scarcer. . . In short, the co-op fell into a recession.

Meanwhile, saltwater economists, who had comforted themselves with the belief that the great divide in macroeconomics was narrowing, were shocked to realize that freshwater economists hadn’t been listening at all. Freshwater economists who inveighed against the stimulus didn’t sound like scholars who had weighed Keynesian arguments and found them wanting. Rather, they sounded like people who had no idea what Keynesian economics was about, who were resurrecting pre-1930 fallacies in the belief that they were saying something new and profound.

Ahora siguen algunos párrafos del artículo de Cochrane que me parecen notables. En el primero le explica a Krugman que el problema no es el derrumbe del precio de los inmuebles sino la crisis bancaria. En el segundo le explica que la política monetaria ha cambiado radicalmente. En el tercero dice que Krugman ha cambiado de profesión.

Paul, there was a financial crisis, a classic near-run on banks. The centerpiece of our crash was not the relatively free stock or real estate markets, it was the highly regulated commercial banks. A generation of economists has thought really hard about these kinds of events. Look up Diamond, Rajan, Gorton, Kashyap, Stein, and so on. They’ve thought about why there is so much short term debt, why banks run, how deposit insurance and credit guarantees help, and how they give incentives for excessive risk taking.

Krugman doesn’t even have anything to say about the Fed. Ben Bernanke did a lot more last year than set the funds rate to zero and then go off on vacation and wait for fiscal policy to do its magic. Leaving aside the string of bailouts, the Fed started term lending to securities dealers. Then, rather than buy treasuries in exchange for reserves, it essentially sold treasuries in exchange for private debt. Though the funds rate was near zero, the Fed noticed huge commercial paper and securitized debt spreads, and intervened in those markets. There is no “the” interest rate anymore, the Fed is attempting to manage them all. Recently the Fed has started buying massive quantities of mortgage-backed securities and long-term treasury debt. Monetary policy now has little to do with “money” vs. “bonds” with all the latter lumped together. Monetary policy has become wide-ranging financial policy. Does any of this work? What are the dangers? Can the Fed stay independent in this new role? These are the questions of our time. What does Krugman have to say? Nothing.

Most of all, Krugman isn’t doing his job. He’s supposed to read, explain, and criticize things economists write, and real professional writing, not interviews, opeds and blog posts. At a minimum, this style leads to the unavoidable conclusion that Krugman isn’t reading real economics anymore. (…) Alas, to Krugman, as to far too many ex-economists in partisan debates, economics is not a quest for understanding. It is a set of debating points to argue for policies that one has adopted for partisan political purposes. “Stimulus” is just marketing to sell Congressmen and voters on a package of government spending priorities that you want for political reasons. It’s not a proposition to be explained, understood, taken seriously to its logical limits, or reflective of market failures that should be addressed directly.

(No traduje del inglés al castellano porque la tarea insume tiempo. Supongo que quien esté interesado en este debate lee inglés fluidamente. De todas formas, me ofrezco a traducir alguna frase a quien, después de consultar el diccionario, no logre entender un argumento. ¡Feliz primavera!)
Comments (4) Permalink
September 15, 2009
[Print this post]
Historia & Pobreza
Filed under: Académica — Jorge Avila @ 2:38 pm

El lunes 14 de septiembre de 2009, las Fundaciones Naumann, Atlas 1853 y Libertad y la Red Liberal de América Latina ofrecieron el seminario Crear prosperidad para reducir la pobreza en América Latina; mayor libertad, menor intervención; una visión desde la Economía de Mercado. Formé parte del primer panel, en compañía de Martín Krause y Roberto Cachanosky. Cada panelista debía presentar su visión en 5 minutos, debatir con los copanelistas durante 30 minutos y responder preguntas del público durante 15 minutos. La escasez del tiempo y la severidad del cronograma me obligaron a una exposición que tal vez resulte demasiado compacta.

Una visión en la historia: ¿mayor libertad es mayor prosperidad?; ¿ha ayudado a reducir la pobreza?

Voy a dividir mi intervención en cuatro partes. La introducción, dos instantáneas históricas y la conclusión.

Introducción: Como no soy un economista laboral ni un experto en pobreza, sino más bien un macro-economista, voy a concentrarme en la variable ingreso per cápita. Un sostenido aumento del ingreso per cápita implica una sostenida reducción de la pobreza. Recalco dos palabras: el adjetivo sostenido y el sustantivo pobreza. Subrayo que me estoy refiriendo a períodos de crecimiento de al menos dos o tres décadas, y que una reducción de la pobreza no es lo mismo que una reducción de la desigualdad en la distribución del ingreso. Quizá lo último sea un lujo.

Primera instantánea: De acuerdo con el historiador económico Douglass North,[1] que recibió el Premio Nobel de Economía en 1993, la primera experiencia de crecimiento sostenido del ingreso per capita en la historia de la humanidad tuvo lugar en los primeros doscientos años de la era cristiana, bajo el Imperio Romano. Se desarrolló entonces un sistema completo de derecho civil fundado en el derecho de propiedad individual de los recursos de producción y de los bienes producidos. Las legiones romanas exportaron el sistema de derecho civil a los restantes países del Mediterráneo, mientras los abrían al libre comercio, imponían una moneda común y barrían la piratería de los mares. Mejoró la seguridad jurídica, cayeron los costos de transacción, aumentó la división del trabajo y creció notablemente el intercambio comercial. Note que el crecimiento sostenido del ingreso per cápita se debió sobre todo a la continua apertura de nuevos mercados; es decir, a las ganancias de la especialización y el comercio.

Segunda instantánea: De acuerdo con North y Thomas, Holanda fue el primer experimento capitalista de Occidente. Hace 400 años definió el derecho de propiedad de la tierra, que hizo posible la compra-venta con seguridad jurídica del principal recurso de producción de la época y moderó las trabas que imponían los sindicatos de artesanos de la industria textil y así el ingreso per cápita aumentó por primera vez en forma sostenida después de la experiencia romana. Hace 300 años Inglaterra sumó al derecho de propiedad de la tierra el de propiedad intelectual (patente sobre innovaciones tecnológicas) y creó tribunales de justicia independientes que hicieron posible que la gran burguesía pudiera recuperar el dinero que le prestaba a la Corona sin riesgo de muerte. Los resultados fueron innovaciones tecnológicas en vapor y transporte marítimo, el surgimiento del principal mercado de capitales del mundo y el inicio de una tendencia de continuo crecimiento del ingreso por habitante.[2] Note que en esta ocasión el crecimiento sostenido del ingreso per cápita se debió sobre todo a la acumulación de capital y el progreso tecnológico.

Conclusión: Además de libertad para reasignar con eficiencia los recursos de producción, hace falta seguridad jurídica para estimular la inversión física y en redes de intercambio. La libertad por sí sola no garantiza la reducción sostenida de la pobreza. Por esto soy partidario de que Argentina firme acuerdos comerciales y de otro orden con superpotencias.

[1] North, D. (1981): Structure and Change in Economic History. W. W. Norton Co. Pág. 109.

[2] North, D. y R. Thomas (1973): The Rise of the Western World (A New Economic History). Cambridge University Press. Cap. 10, 11 y 12 y Epílogo.
Comments (18) Permalink
March 25, 2009
[Print this post]
Emisión monetaria rabiosa
Filed under: Académica — Jorge Avila @ 7:38 pm

A fines de febrero pasado, John Taylor fue invitado a dar su testimonio sobre política monetaria ante el Comité de Servicios Financieros de la Cámara de Representantes de EEUU. Su presentación de cinco páginas gira casi exclusivamente en torno del gráfico que sigue.

TaylorMoneyGrowth.jpg

El gráfico ilustra la evolución de los encajes del sistema bancario de EEUU entre 2000 y principios de 2009. Los encajes son el principal componente de la base monetaria o el dinero primario. Por medio de la acción del multiplicador, la base monetaria genera los agregados M1 y M2, a cuya trayectoria me referí en este post. Repare en el fenomenal crecimiento de los encajes a partir de mediados de septiembre del año pasado. Sobre todo, observe hasta dónde treparía el nivel de la base monetaria a mediados de 2009 si se efectivizaran las emisiones comprometidas en los varios planes de salvataje que la Fed y el Tesoro de EEUU habían anunciado antes del 26 de febrero.

Taylor está preocupado por el tremendo potencial inflacionario de tanta expansión en el mediano plazo. Se pregunta cómo hará la Fed para reabsorber esa emisión cuando la economía por fin se estabilice y si el juego de presiones políticas la dejarán hacerlo. También afirma que la política monetaria y las decisiones de la Fed deberían ser más transparentes y someterse a la aprobación del Congreso.

Por último, Gary Becker, premio Nobel de Economía de 1992, en un reportaje sobre la crisis subprime se refiere al artículo de Taylor sobre counterparty risk. Pone en duda la afirmación del último con respecto a que el global savings glut (abundancia mundial de ahorros) no ejerció influencia bajista sobre la tasa de interés en el período 2002-2004.
Comments (19) Permalink
March 15, 2009
[Print this post]
Counterparty risk
Filed under: Académica — Jorge Avila @ 3:08 pm

John Taylor, un ex-profesor de Economía de la Universidad de Columbia que alcanzó fama académica en la década de 1970 y que fue un alto funcionario de Bush Jr. en los primeros años de esta década, ha escrito mucho últimamente sobre la crisis financiera en EEUU. En noviembre de 2008, publicó un artículo en el que se pregunta cuál fue la causa de la crisis sub-prime, qué factor la prolongó y por qué empeoró. El resultado es el mejor ensayo de interpretación de dicha crisis que he leído hasta ahora. Abarca 18 páginas escritas en un inglés poco técnico, cuyo mensaje básico cualquier blogger realmente interesado en el tema se las arreglará para entender. No contiene ecuaciones. Pero sí una gran cantidad de gráficos, algunos de los cuales son fascinantes.

El primer gráfico identifica la causa básica de la crisis sub-prime en opinión de Taylor. A este economista justamente se le atribuye la formulación de la conocida “regla de Taylor” que guía a los bancos centrales de EEUU y la UE en la fijación de la tasa de interés de corto plazo. Note que entre 2002 y mediados de 2006, la tasa observada (actual) fue menor que la tasa sugerida por la regla de Taylor. O sea que en dicho período hubo una política de dinero fácil.

TaylorRule.jpg

El segundo gráfico ilustra la principal consecuencia de la política de bajas tasas de interés: el boom de los permisos de construcción (variable correlacionada con el precio de los inmuebles). Note que el boom que se verificó entre 2002 y mediados de 2006 habría sido apenas una loma (counterfactual) si la Reserva Federal hubiera seguido la regla de Taylor. Note también que la abrupta caída de los permisos de construcción coincide con el aumento de la tasa de interés.

TaylorBoomBust.jpg

Pero lo más interesante y sugestivo en mi opinión viene ahora. El tercer gráfico ilustra una medida del riesgo de default de los bancos norteamericanos. Esta proxy del riesgo norteamericano saltó de 10 puntos básicos en la primera mitad de 2007 a un promedio de 60 p.b. entre agosto de 2007 y agosto de 2008, período que corresponde al primer tramo de la crisis de las hipotecas sub-prime. De ese promedio saltó a 100 p.b. cuando el gobierno de EEUU dejó caer a Lehman Brothers a mediados de septiembre de 2008, y a nada menos que 350 p.b. a mediados de octubre cuando rescató a AIG y sembró en el Congreso graves dudas sobre la coherencia de la política de salvataje bancario.

TaylorCountryRisk.jpg

El ensayo de Taylor está abundantemente documentado. No prescribe soluciones. Pero deja entrever que la clave para superar la crisis consiste en definir una política de salvataje consistente, detallada y transparente. Afirma que la política fiscal expansiva no es efectiva porque actúa sobre los efectos de la crisis y no sobre su causa: el riesgo de default de los bancos o counterparty risk.
Comments (9) Permalink
March 11, 2009
[Print this post]
Economía matemática
Filed under: Académica — Jorge Avila @ 1:41 pm

Warren Gibson es un fanático de la matemática desde la adolescencia, nieto del autor de un afamado manual de matemática para ingenieros, Ph.D. en Ingeniería, profesor de una facultad de Ingeniería (Santa Clara University) y actual estudiante graduado de Economía (San Jose State University). Hace cuatro años publicó en un journal de EEUU su desconcierto frente al uso/abuso de la matemática que hacían sus profesores y que también advierte en los principales journals de la profesión.

Las observaciones de Gibson son pertinentes. Aparte de sus antecedentes en el estudio de la matemática, desarrolló modelos matemáticos y creó una consultora para asesorar a fabricantes de autos sobre el impacto de choques y vibraciones en sus estructuras. Su interés en la Economía nació en un seminario que dictó el propio von Mises en 1970.

Este es el link al artículo de Gibson. Vale la pena leerlo con atención, en especial, si sos un estudiante de Economía. Un post que publiqué a fines del mes pasado despertó una viva polémica sobre el uso de la matemática en la Economía.

Gibson argumenta que la profesión académica está obnubilada por la matemática; lo hace con la madurez de un experimentado hombre de oficio. Aconseja que si un problema puede ser desarrollado en prosa, debe usarse la prosa, y que la matemática debe usarse en forma homeopática, en la medida justa. Se ubica en una posición intermedia entre Lucas, que piensa que el límite del conocimiento económico depende de la sofisticación de la técnica matemática disponible, y la escuela austríaca, que ve en el uso de la matemática y la estadística un caballo de Troya del estatismo. Es creciente la cantidad de economistas académicos que empiezan a considerar el uso de la matemática con la madurez de Gibson.

Economics focus

Is economics a right wing conspiracy?

Aug 26th 2010, 19:36 by A.S. | NEW YORK

I’LL admit it, I am ambivalent about whether we need more fiscal stimulus and still think it’s too early to tell how effective the last one was. I dare to voice my concerns and I get labelled “a conservative economist”. But my worries are based on my professional training—my fields were public finance and macro—more than any political agenda. Bloggers and journalists (and bloggers/journalist) of both polical persuasions appear to be outraged with the economics profession. Lately I feel as though we’ve been cast as right wing nuts locked in an ivory tower for daring to suggest the limits of fiscal policy.

The fact is that economics is not a right wing cult; some members of my dissertation committee were notable Republicans, but others were Democrats.

People drawn to the economics profession do tend to favour the market mechanism to allocate resources instead of the government. This inclination was certainly part of my calling. I grew up in a small community where many people lived for generations in what seemed to be inescapable poverty. This poverty co-existed with a local government that thwarted countless attempts of large scale business development. Community members were determined to limit development in order to preserve our rural tranquillity. I then spent some of my early adulthood in Eastern Europe, shortly after the fall of communism. These experiences raised the very questions which inspired me to go to graduate school.

Now clearly, both of these examples have little to do with a large fiscal stimulus—but they do colour my view as a professional economist. I tend to favour the power of individuals making sensible decisions for themselves rather than the government stepping in. That’s not because I believe everyone is a rational, well-behaved agent. People often make bad decisions, including policymakers. When you have more people acting in their self-interest, instead of just a few making decisions for everyone else—on average you get better outcomes.

Now, contrary to popular opinions on both the extreme right and left, most economists do not believe in zero government intervention. Quite the opposite. We’ve long since moved past the days of extreme Keynesian versus hands-off Hayek. The central question in public finance is what’s the optimal level of government intervention and how to implement it without causing harmful distortions. If we honestly believed that the government should always do nothing, there’d be no questions to research and we’d all be out of a job.

Back to fiscal policy. The years I’ve spent studying these issues leads me to believe it can do some good—especially if the resources are allocated to useful projects that enhance future growth and are in the natural domain of the government—like building roads and bridges. But in practice the government does not have the best track record picking the most effective projects, due to political constraints. It is also slow to implement them. Evidence seems to suggest you get more bang for your buck with tax cuts because rather then a central planner making all the decisions, growth is driven by individuals. However, the bottom line is fiscal expansions are expensive and we still don’t know how effective they really are.

I am also wary of mounting deficits. A fiscal stimulus now relative to impending entitlement bombs is not such a huge deal. If it can really spur a vigorous recovery it is certainly worth the cost. But we do need to be mindful of growing debt. The fact that Treasury yields are so low right now should not provide false comfort that America can borrow cheap indefinitely. Treasuries, for now, are the safest asset around and there’s still a flight to quality. But it’s self-defeating to design your fiscal policy around the assumption this special position will last forever.

Also even if we can find evidence of past, successful stimulus (maybe, say, the 1930s), it’s not obvious it would work as well today. The economy is much more global now. Suppose we stimulated a firm building a new factory and that expansion occurred in China. We would still see increased rates of growth from a stimulus, but the multiplier is probably smaller than it was in the past. Is that a fair burden to put on future taxpayers?

The high cost of fiscal stimulus, mixed evidence on how effective it will be, and growing deficit leaves me deeply ambivalent. It may be worth the gamble, but it surely merits thoughtful debate.

I understand the temptation to simplify the issue and label all professional economists who dare question the government’s omnipotent abilities right-wing quacks. It reminds me of the debate between creationists and evolutionary biologists. Politics also muddles the science of this debate and I can see why. Creationism is a nice story, a more comforting one because it involves a higher being taking good care of you and a grand plan. I’d like to believe it too. Just like I’d like to live in a universe where some all-knowing, altruistic government can perfectly control markets and fairly redistribute income so we all live in peace in harmony, with no poverty and no adverse effects. Unfortunately the empirical evidence suggests neither story is true.

Reality bites

Oct 15th 2009
From The Economist print edition

Elinor Ostrom and Oliver Williamson win this year’s Nobel prize for economics

Illustration by Jac Depczyk

BUILDING economic models usually involves stripping the world down to its most essential features. But simple theories often struggle to explain the way things really work. Elinor Ostrom of Indiana University and Oliver Williamson of the University of California at Berkeley, the winners of this year’s Nobel prize for economics, have both been honoured for recognising this complexity. Their research provides insights into economic institutions that play crucial roles in the real world, but to which economists have not paid enough attention.

In the case of Mr Williamson, that institution is the company. With hierarchical decision-making processes based on rules and authority, firms ought to be less efficient than decentralised market exchange based on relative prices, which is how standard economic theory assumes that transactions occur. So why do companies exist at all? This question was first addressed in 1937 by Ronald Coase, the winner of the 1991 Nobel prize for economics and the intellectual forefather of both of this year’s winners. Mr Coase argued that all economic transactions are costly—even in competitive markets, there are costs associated with figuring out the right price. The most efficient institutional arrangement for carrying out a particular economic activity would be the one that minimised transaction costs. This would often be the market. But using authority and rules within a firm would sometimes prove to be more efficient.

Mr Coase’s theory explained why companies existed but it was not specific enough to predict the conditions under which firms, or markets, would be the superior form of organisation. Clarifying this was Mr Williamson’s signal contribution. In a series of papers and books written between 1971 and 1985, he argued that the costs of completing transactions on spot markets increase with their complexity, and if they involve assets that are worth more within a relationship between two parties than outside it (a rear-view mirror made to the specifications of a particular car manufacturer, for example).

Both these features make writing and enforcing contracts which take every possible eventuality into consideration difficult, or even impossible. At some point, therefore, it makes sense to conduct the associated transaction within a single legal entity rather than on a market. The car company might prefer to produce its rear-view mirrors in-house, for example, perhaps by buying the mirror company. This would reduce the time and resources spent haggling over profits, because decisions would simply be taken by fiat.

Mr Williamson’s theory helpfully specified measurable attributes of transactions that would make them more or less amenable to being conducted on markets. That meant his thinking could be tested against decisions by companies to integrate parts of their supply chain. It has held up remarkably well. Several studies find, for instance, that when an electricity generator can choose between the output of many nearby coalmines that produce coal of a particular quality, it tends to buy its coal on an open market. But if there is only one nearby mine that can be relied upon as a supplier, the electricity generator tends to own it. A transaction that could be done on the market moves into the firm.

According to Mr Williamson, one lesson from organisational theory is the importance of identifying common patterns of behaviour in seemingly disparate situations. That sums up the way Elinor Ostrom has spent her working life. The first woman to win a Nobel prize for economics, she studies the governance of “common resource pools”—such as pastures, fisheries or forests—to which more than one person has access. Unlike pure public goods such as the atmosphere, where one person’s use does not reduce the amount available to others, people deplete these resources when they use them. Standard economic models predict that in the absence of clearly defined property rights, such common resources will be overexploited, with individuals acting without regard for the effects of their actions on the overall pool. Overfishing or overgrazing (the “tragedy of the commons”) will result. Over time, stocks of the common resource will dwindle.

But in 40 years of studying how common resources—from lobster fisheries in Maine to irrigation systems in Nepal—are actually managed by communities, Ms Ostrom found that people often devise rather sophisticated systems of governance to ensure that these resources are not overused. These systems involve explicit rules about what people can use, what their responsibilities are, and how they will be punished if they break the rules. In particular, she found that self-governance often worked much better than an ill-informed government taking over and imposing sometimes clumsy, and often ineffective, rules. In this, she too shadows Mr Coase, who argued that those who advocated government ownership of common resources ignored the transaction costs associated with collecting taxes.

Tit for tat

One problem with the idea of the tragedy of the commons, Ms Ostrom found, was that it did not account for the fact that people sharing a pool of resources tend to interact repeatedly, making all sorts of clever punishments for wrongdoing feasible. Being able to threaten credible retaliation makes co-operation possible. This is the province of game theory, to which Ms Ostrom has contributed, both through formal modelling of what she found in the field and subsequent laboratory tests of her models.

Both Mr Williamson and Ms Ostrom have built on Mr Coase’s idea that all transactions have costs but that these costs will be minimised by different institutional arrangements in different situations. Their work uses methods and insights from fields that many economists are not sufficiently familiar with: detailed case studies, in the case of Ms Ostrom, a political scientist by training, and insights from the law in Mr Williamson’s case. Their win reminds economists that borders between disciplines, like those between the firm and the market, can be profitably crossed.

Economía|Domingo, 19 de Julio de 2009
REPORTAJE AL NUEVO MINISTRO DE ECONOMIA, AMADO BOUDOU

“Tenemos un modelo a prueba de crisis”

Convencido de que el camino elegido es el correcto, anuncia medidas: un Banco de Desarrollo con fondos de la Anses, apoyo de las universidades públicas para restaurar la confianza en el Indec, retirar los bonos con CER del mercado gradualmente. Feletti será viceministro; Blejer, un asesor permanente.

Por David Cufré y
Roberto Navarro
http://www.pagina12.com.ar/fotos/20090719/notas/na02fo01.jpg

El nuevo ministro de Economía asegura que está convencido de que debe seguir avanzando con el modelo de desarrollo con inclusión social que planteó la presidenta Cristina Fernández. En una entrevista exclusiva con Página/12, Amado Boudou adelantó que una porción de “los fondos de la Anses se utilizarán para crear un nuevo Banco de Desarrollo”. El funcionario confirmó al primer miembro de su equipo: Roberto Feletti será el viceministro, a cargo de la Secretaría de Política Económica, mientras que Mario Blejer será un hombre de consulta permanente. También señaló que trabajará “con el apoyo de universidades públicas para otorgar mayor credibilidad a los datos del Indec”, tal como anticipó este diario. Ironizó sobre las voces de la city que advierten sobre un posible default en 2010 y reveló que el Gobierno “desandará el camino” de bonos con CER que se lanzaron en su momento. Ir retirando esos títulos del mercado “le quitará presión al problema del Indec”. El ministro puso énfasis en la importancia de mantener el superávit fiscal y discrepó con la idea de la oposición de crear una asignación universal por hijo.

–¿Cuáles son sus prioridades como ministro de Economía?

–Nuestra prioridad va a ser continuar llevando adelante el modelo que venimos desarrollando, que es un modelo de crecimiento con inclusión social. Y, desde el punto de vista de las herramientas, el cuidado del trabajo como el principal ordenador social. En otras épocas había crecimiento, pero al mismo tiempo se llegó a tener un 25 por ciento de desempleo. Vamos a cuidar muy fuerte el superávit fiscal y el superávit comercial, a proteger el empleo formal y el sistema jubilatorio. En definitiva, todas las herramientas que permitieron que el modelo de crecimiento con inclusión social ya lleve su sexto año de crecimiento interrumpido en la Argentina.

–¿Se justifica tener tanto superávit en un momento de crisis?

–El superávit fiscal opera como un amortiguador de una gran cantidad de otras variables, que deben tener consistencia a lo largo del tiempo. Lo que es cierto es que el superávit puede subir o bajar al ritmo de la actividad económica. Hay una crisis internacional muy fuerte que lleva a restricciones en el financiamiento. Pero nosotros hemos generado un modelo económico a prueba de diferentes crisis. Lo que hemos hecho desde la Anses ha sido muy importante para el sistema jubilatorio, pero ha permitido empezar a generar ese gran instrumento que es el Banco de Desarrollo, que posibilita que proyectos de inversión de envergadura sean financiados con una fuente de repago y con garantías.

–¿Se está pensando en un Banco de Desarrollo?

–Sin duda. Desde el punto de vista del financiamiento y de la generación de capital físico, la vuelta al Estado de los recursos previsionales nos da nuevos mecanismos de financiamiento interno. Y para nosotros es fundamental que estos recursos se vuelquen a la economía real, tal como lo venimos haciendo. Es una herramienta de enorme importancia. Vamos a hacer el gran Banco de Desarrollo de la Argentina.

–¿Cómo se va a adaptar la Anses para ser un Banco de Desarrollo?

–Lo estamos analizando, habrá que hacer algunos cambios, pero aún no están cerrados.

–Una de las propuestas de una parte de la oposición es gravar la renta financiera para fondear la asignación universal por hijo. ¿Está de acuerdo?

–No se lo puede ver en particular. Creo que hay que ver el cuadro completo. Y el cuadro completo implica financiamiento del sector público, el sostenimiento de la economía y el funcionamiento de cada uno de los sectores. No tiene mucho sentido hablar de instrumentos sueltos, sino se convierten en slogans y no en políticas. La verdad es que hay muchas fuerzas políticas que tienen ganas y se están preparando para gobernar. Yo creo que serán muy responsables en las propuestas porque nadie quiere llegar a gobernar y no tener las herramientas para hacerlo.

–¿Qué piensa de la asignación universal por hijo?

–Pienso que no es de las medidas más redistributivas, porque justamente si es universal no está focalizado. Cuando uno piensa en los problemas de los sectores más desprotegidos, lo que tiene que buscar son políticas hacia esos sectores. En todos los países hay distintas redistribuciones del ingreso. Muchas políticas universales tienden a actuar como Hood Robin: les sacan a los que menos tienen para darles a los que más tienen.

–Hay calificadoras de riesgo que dicen que se viene el default en 2010.

–Lo primero que miraría es si son las mismas calificadoras que le pusieron excelentes notas a bancos de Estados Unidos que después tuvieron problemas serios, como Lehman Brothers. Después diría que nosotros tenemos un programa fiscal que es consistente y se ha demostrado que es consistente del 2003 a la fecha. No es que hoy nos empieza a preocupar este tema. Y no hay motivo para que esto cambie. Vamos a seguir teniendo la misma actitud y aptitud para llevar adelante el sostenimiento del esquema fiscal y de la economía como un todo. Estamos seguros de que vamos a honrar nuestros compromisos. Además, 2010 no es un año exigente en vencimientos de deuda. Vamos a explorar alternativas de financiamiento que no tienen por qué ser las que conocimos. Claramente la emisión de bonos que ajustan con CER fue una salida que se eligió en un momento, pero está visto que es un camino que no hay que volver a transitar. Es más, es un camino que hay que desandar.

–¿Ir sacando bonos con CER del mercado implica también una salida al problema del Indec?

–Le quita presión al problema del Indec. Tiene que ver con que con un CER más alto se ganaba plata. Hay que desterrar la idea de que “un CER bajo ahorra” y reemplazarla por “un CER alto te obligaba a pagar más”. Este tema no fue suficientemente explicado, y como en cualquier cuestión de intereses, genera presiones.

–¿Qué hay que hacer para devolverle credibilidad al Indec?

–En el Indec se han hecho muchas cosas y hay que seguir trabajando para fortalecerlo. Cuidado, porque hay muchos intereses en el medio. A algunos les convenían índices más altos para ganar dinero con los bonos. Vamos a trabajar con la ayuda de varias universidades –con las que ya empezamos a dialogar– para que nadie vuelva a dudar de los datos del Indec.

–¿Cree en la visión conspirativa de que los empleados del Indec recibían plata por dar un índice más alto?

–Nunca el problema son los trabajadores.

–¿Cómo seguirá impactando la crisis internacional?

–Yo entiendo que la economía ya rebotó. Por lo que vamos hablando con los distintos sectores, se está viendo una recuperación, una vuelta a los parámetros de la recuperación anterior. El año pasado éramos bastante pesimistas en términos de cómo iba a funcionar la crisis en el exterior, y la verdad es que la salida aparentemente está siendo más rápida de lo que parecía. Nosotros tomamos una gran cantidad de medidas mostrando que había un Estado presente, activo, que iba a hacer su trabajo para el sostenimiento de la actividad económica y de los puestos de trabajo. Por eso, conjuntamente con la ministra Débora Giorgi y el ministro Julio De Vido, se trabajó muy fuerte en sostener una gran cantidad de políticas públicas que permitieron que la crisis internacional no golpeara en la Argentina. Si la salida del mundo es más rápida, nos agarra a nosotros más que bien.

–¿La fuga de divisas puede ser un impedimento para crecer?

–Yo creo que más que fuga de divisas, hay un cambio de cartera. Y eso tiene que ver con que algunos sectores pueden haber tenido o generado alguna incertidumbre, especulando con algunos cambios de paradigma que nosotros de ninguna forma vamos a llevar adelante.

–Pero hay una demanda del público minorista casi constante de dólares y también de las empresas.

–Si uno mira series históricas, es un fenómeno bastante frecuente en los períodos pre-electorales y cuando uno hace el seguimiento de las compras, para tener claro qué es lo que está pasando, no ve un cambio importante en el sector minorista. Ha habido algunas compras de volúmenes importantes en el sector mayorista o de empresas. Así que no estamos viendo ese fenómeno. Además, está pasando algo que es muy extraño, que no es un fenómeno de la Argentina, es del mundo, que la crisis financiera se desata en Estados Unidos y la moneda de ese país se convierte en refugio. Es un fenómeno bastante particular y bastante extraño. Por eso me parece importante el trabajo que se viene llevando con Brasil, donde el comercio bilateral está tendiendo a ser en monedas locales.

–¿Cómo se detiene la fuga?

–La fuga, el cambio de cartera, se detiene manteniendo las políticas consistentes que uno está llevando adelante. En la Argentina hay mucha tendencia a los sobresaltos. El stop and go ha sido una constante. Las famosas crisis de estrangulamiento de balanza de pagos, de estrangulamiento por déficit fiscal. Nosotros estamos muy lejos de todo eso. Tenemos un sistema que es a prueba de todas estas problemáticas tan conocidas por todos los argentinos y lo que vamos a hacer es, con mucha naturalidad, con mucha normalidad, seguir desarrollando las políticas que venimos llevando adelante. Por ejemplo, el tipo de cambio: pocas veces ha habido una política del tipo de cambio tan consistente en el largo plazo como la que tenemos hoy. Uno ve que hay un tipo de cambio flotante, pero administrado, que ha permitido que no haya tensiones con los distintos sectores de la economía.

–¿Subir el precio del dólar unos centavos todos los meses no es un mensaje de que va a seguir subiendo?

–Bueno, pero también en algunos momentos bajó. Me parece que tiene que ver con que el tipo de cambio es una variable importante y no debiera ser la más importante como a veces pareciera estar grabado en la cabeza de los argentinos: tenemos un tipo de cambio que no genera tensiones.

–¿Quiere decir que está de acuerdo en que siga subiendo de a poco?

–No, con que siga siendo un tipo de cambio flotante administrado. Uno ve lo que ha pasado en otros países donde han tenido saltos importantes, por ejemplo en países hermanos del Mercosur, y estamos convencidos de que ésta no es una buena mecánica porque produce impactos en la distribución del ingreso y dificultades en términos de los patrones de acumulación de capital. En economía, el trabajo es la primera variable y la segunda es la acumulación de capital físico. Nosotros estamos trabajando para que la acumulación de capital tenga un sendero más fuerte, como lo ha demostrado en los últimos años.

______________________________________________

crecimiento e incertidumbre

Sin bajar el riesgo rumor, no habrá recuperación

El principal problema de la economía argentina es que, como en todos los países democráticos, mal que les pese a los gobiernos, el nivel de actividad económica lo determina el sector privado.

Por Enrique Szewach | 18.07.2009 | 23:07

El principal problema de la economía argentina es que, como en todos los países democráticos, mal que les pese a los gobiernos, el nivel de actividad económica lo determina el sector privado. Somos los privados los que consumimos, invertimos, ahorramos en el país (es decir ofrecemos fondos prestables), o tomamos créditos (demandamos fondos prestables), o ahorramos fuera del país, achicando la economía local. Es cierto que los gobiernos tienen directa influencia sobre nuestras decisiones, a través de la política monetaria y fiscal, las regulaciones, la buena o mala provisión de bienes públicos, etc., pero al final del día, somos nosotros los que hacemos crecer o caer la actividad económica.

¿Y el gasto público? Siempre termina en un “privado”. ¿O acaso un empleado público, o un proveedor del Estado se comporta de manera diferente que un empleado del sector privado o un industrial que exporta, a la hora de tomar decisiones económicas?

¿Y por qué esto es hoy un problema? Porque, desde hace más de dos años, el sector privado argentino, en su mayoría, viene “votando” en contra, dolarizando sus carteras, minimizando el consumo y ahorrando en dólares, fuera del sistema bancario.

¿Obedece esto a un “complot” de la derecha, o a una clara actitud antipatriótica de la oligarquía? Claramente no. Obedece a que, desde el sector público, las señales que se han dado, tanto en materia regulatoria, como fiscal, fueron en contra de la actividad privada.

Primero, fue la política fiscal y monetaria que aceleró la tasa de inflación, el impuesto que pagan los pobres, y que fue, aunque nunca lo reconocerán los K, una de las principales razones de los menores votos recogidos, en ese sector, en la última elección.

Después, fue el default encubierto que surgió con la manipulación de los índices de inflación que ajustan deuda pública.

Ese default ha sido estimado en más de US$ 15 mil millones –que se les quitaron a jubilados y futuros jubilados y demás inversores– y fue admitido, públicamente, por las principales autoridades del país, que imputaron, sin ponerse colorados, los cambios metodológicos del INDEC, a la necesidad de reducir el ajuste de la deuda.

Más tarde, fue el aumento de los impuestos a la exportación –retenciones– de finales de 2007 y el frustrado intento de aumentarlos aún más a finales del primer trimestre de 2008, cuando surgió el conflicto con el campo, ante la resistencia del sector a pagar un impuesto que juzgaron confiscatorio, dados los precios y los costos de producción.

La expropiación de los fondos ahorrados a través de las AFJP fue la frutilla del postre, al enviar la señal de que el Gobierno estaba dispuesto a aumentar su gasto y su poder de caja a cualquier costo (inflación, default, impuestos confiscatorios, y expropiaciones).

A partir de ese momento, el rumor más loco sobre política económica se volvió verosímil. Se habló, y se habla, de corralitos, nacionalización de depósitos, violación de las cajas de seguridad, bonos patrióticos, de la apropiación de los encajes en dólares de los bancos en el Banco Central, de maxidevaluaciones, dobles mercados cambiarios, etc.

En ese contexto la fuga de capitales se aceleró, y simultáneamente, se le sumó el shock externo, el climático, el sanitario y ahora el político, derivado del fin del monólogo kirchnerista y el surgimiento de nuevos actores en la toma de decisiones. El Congreso y los gobernadores. Más las presiones sindicales y sectoriales varias.

A estas alturas, debe quedar claro que, hasta que no se revierta la fuga de capitales o al menos se la vuelva a la normalidad argentina, el ciclo económico seguirá siendo negativo.

Pero para revertir la fuga, hay que reducir, drásticamente, el “riesgo rumor”. Y el riesgo rumor no se reduce con desmentidas vacías en simulacros de conferencias de prensa, o reportajes con periodistas amigos o a sueldo. Ni repitiendo las mismas letanías como un mantra sobre el modelo de acumulación, los nefastos noventa, o la justicia social.

El riesgo rumor se reduce con un programa fiscal y financiero creíble, que aleje la perspectiva de expropiaciones o licuaciones.

Y con cambios institucionales que devuelvan las ganas de invertir en la Argentina, sin necesidad de recurrir sólo a los amigos –de los que quedan pocos–. Y que permita acceder nuevamente a financiamientos a tasas razonables.

Pero con el nuevo mapa del poder, un programa fiscal, financiero e institucional creíble, sólo es posible con un verdadero acuerdo básico entre el Ejecutivo, el Congreso, los gobernadores y, eventualmente, los sindicatos y los sectores empresarios.

Y está claro que dicho acuerdo no se basa en discutir las internas abiertas y simultáneas de 2011, por más que hagan falta.

Las reformas profundas vendrán con un nuevo gobierno, pero sin ese acuerdo básico, el final de este período será traumático.

Menos traumático que los finales pasados, por el precio de las commodities y las reservas del Banco Central, pero traumático de todos modos.

________________________________________________

Filósofo economista…

La vitalidad del modelo neoliberal

Hace dos semanas se publicó en este diario una nota de Domingo Cavallo. No es usual en nuestros medios que aparezca su opinión sobre la crisis internacional y la situación argentina. Tampoco lo es que se reciba con beneplácito. Prueba de ello son los comentarios de la página digital de PERFIL, cada vez que emite opinión llueven cataratas de insultos.

Por Tomás Abraham | 18.07.2009 | 01:01

Hace dos semanas se publicó en este diario una nota de Domingo Cavallo. No es usual en nuestros medios que aparezca su opinión sobre la crisis internacional y la situación argentina. Tampoco lo es que se reciba con beneplácito. Prueba de ello son los comentarios de la página digital de PERFIL, cada vez que emite opinión llueven cataratas de insultos.
Estamos acostumbrados al odio después del amor. A esto se lo llama despecho. En el caso de Cavallo, se trata de un economista que fue llamado por todos los poderes gobernantes de la Argentina de las últimas décadas. Para mayor precisión, en el lapso de treinta años se le pidió repetidas veces que se hiciera cargo de altas responsabilidades en lo que concierne a la economía y que de acuerdo a las encuestas más del setenta por ciento de la población aprobaba su ingreso como ministro de la Alianza. Algún conocimiento debía tener para que la dictadura militar, el Partido Justicialista, el partido radical y el Frepaso, le pidieran que aplicara su endemoniado saber a los problemas económicos de los argentinos. Dejo de lado los rumores sobre su papel de fuente de consulta durante la presidencia de Néstor Kirchner, con quien lo unieron intereses financieros durante los noventa, gracias a los cuales todavía se buscan los desaparecidos bonos de Santa Cruz.
Cavallo en su artículo va en contra de todas las interpretaciones que se hacen sobre la actual situación argentina. Desestima la mañida oposición entre un modelo productivo y otro neoliberal. Lo preocupa que muchos economistas pidan una devaluación haciéndose eco de la UIA, lo alarman los pedidos de mayor proteccionismo e intervención estatal. Pretende trasmitirnos la opinión dominante en los circuitos de las altas finanzas internacionales que están a contracorriente de los lugares comunes que circulan hoy en día en nuestro país.
Dice que la crisis financiera no se debió a la falta de intervención de los Estados nacionales sino “a la ausencia de mecanismos de coordinación y supervisión global de las intervenciones estatales nacionales”.
Quizás en otra nota nos aclare qué quiso decir con esto. Es posible que se refiera a organismos aún inexistentes de corte planetario o a la acción de entidades financieras regionales.
Su diagnóstico de la crisis es que se debe a un exceso de liquidez en países que por temor a crisis anteriores generaron superávits y dinero sobrante que alimentaron especulaciones en todas partes. Es muy interesante la terapia que recomienda. Dice que los países centrales necesitarán que los mercados emergentes crezcan económicamente, que consuman más y aumenten su demanda interna, ya que en el primer mundo habrá un sobrante de producción. Esto se debe a que las familias norteamericanas estarán obligadas a ahorrar y no podrán destinar durante un tiempo sus dineros al consumo.
Por lo tanto, la reactivación de la principal potencia mundial, que depende del funcionamiento pleno de su aparato productivo, podrá tener una crisis de superproducción al no poder volcar en su propio ámbito los productos y necesitará hacerlo en nuevos mercados.
En esto Cavallo coincide con Lenin que decía algo muy parecido, pero sugería una terapia algo diferente. En lugar de la revolución comunista mundial en contra de los intereses del imperialismo, Cavallo recomienda aprovechar esta oportunidad y abrir el mercado argentino a los productos del primer mundo ansiosos de entrar a nuestras fronteras, luchar así contra toda forma de proteccionismo, y pagar los costes de esta oleada importadora con ingentes exportaciones de alimentos.
Con esta nueva realidad el peso se apreciará por la entrada de dólares, se frenará la inflación por el menor costo de los productos foráneos –entre los que se contarán según Cavallo la mercadería producida por los chinos, de quienes, nos advierte, no hay que alejarse ni malquistarse–, los exportadores tendrán moneda fuerte a la vez que sus productos serán competitivos al ser eliminados los impuestos distorsivos, y así, con crédito público por la reinserción en el mundo, por la financiación de los organismos internacionales luego de negociaciones con hold outs y Club de París, la Argentina no deberá padecer la exigencia de tener superávit en su balanza de pagos, y podrá endeudarse con provecho.
Nueva deuda, importación de productos baratos, plata semidulce, sinceramiento de las tarifas de los servicios, déficit solventado por la entrada de capitales del exterior, ¡y Cavallo como ministro!… no, era una broma.
El panorama que pinta el ex ministro no parece ser compartido por todo el mundo. Aún su mundo feliz no logra conformarse de acuerdo a sus deseos. En El País de España, el corresponsal Andreu Missé informa desde Bruselas que en el cuarto trimestre de 2008, los créditos transfronterizos a los países en vías de desarrollo disminuyeron en 280 mil millones de dólares. Por otra parte, agrega, las inversiones extranjeras directas (IED) se redujeron en 285 mil, o sea un 15% menos que el año anterior.
Señala que el informe del director de la Organización Mundial de Comercio (OMC), Pascal Lamy, pone el acento en que de ciento ochenta y nueve medidas recientes relativas al comercio internacional aplicadas por la Unión Europea y otros veinticuatro países, ciento diecinueve son restrictivas. Abundan los buy american o los buy chinese.
Esta realidad muestra que el anhelado comercio internacional sin barreras y con aduanas argentinas abiertas, no se cumple en todo el mundo. También se aprecia que no hay montos de crédito abundantes para que se fortalezcan los mercados internos de los países emergentes ni inversiones extranjeras cuantiosas destinadas al mismo fin.
Es probable que las ideas de Cavallo no sean muy diferentes que las que tienen en carpeta los conductores de Unión-PRO y los responsables económicos de la Coalición. La mentada integración al mundo incluye una serie de medidas que no deben estar lejos de las explicitadas por el ex ministro. El déficit que se viene, según dicen, si no quieren paliarlo con ajustes, impone la búsqueda de créditos; es decir: nueva deuda, y para conseguirlos, habrá que “sanear” la economía.
Contrasta con este diagnóstico y esta estrategia, la posición de Juan Llach, el ex viceministro de Cavallo, para quien –de acuerdo a una nota en el suplemento Eco de Clarín– este gobierno tuvo una muy buena política fiscal que debe mejorar con algunas medidas referidas a los subsidios, ya en los 4,4% del PBI, eliminar trabas al comercio exterior, decir la verdad de los números y negociar con los representantes de la producción. Una vez iniciado este proceso de cambio, sostiene Llach, no hay que devaluar, ni modificar las retenciones. Ni siquiera será necesario acudir al FMI.

*Filósofo. (www.tomasabraham.com.ar)

____________________________________

What to do when you don’t know everything

“THE forecaster is like an entrepreneur,” says Roman Frydman. “He uses quantitative methods, but he also studies history, and relies on intuition and judgment. He is not a scientist.” According to the New York University economist, this fact has been lost on contemporary economists, who continue to pursue the perfect economic forecast despite abundant evidence that it does not, and cannot, exist.

They dismiss their repeated failures in much the same way that self-styled reformers in Mr Frydman’s native Poland once insisted that socialism was great, but just needed to be carried out better.In the economics profession the leading inheritors of this communistic mindset, says Mr Frydman, are the proponents of rational-expectations theory, which assumes that the economy and the individuals within it act with perfect foresight. Yet he is equally critical of the more fashionable school of behavioural economics, or at least those of its practitioners who claim that although people are irrational, their irrationality can be modelled so precisely that the future can be forecast with great precision.

In a new book, “Imperfect Knowledge Economics”, written with Michael Goldberg of the University of New Hampshire, Mr Frydman sets out an alternative approach to prediction, in which the forecaster recognises that his model will inevitably be less than perfect. Their work has received glowing praise from Nobel-prize-winning economists such as Kenneth Arrow and Edmund Phelps, who wrote the introduction to the book—though it is unlikely to have gone down so well with Robert Lucas, who won the Nobel for his work on rational expectations.

There is nothing new in economics about the idea that people must make decisions based on imperfect knowledge. Frank Knight gave his name to “Knightian uncertainty” thanks to his 1921 book, “Risk, Uncertainty and Profit”, which noted that most business decisions involve a step into an unknown that is to some degree unmeasurable. And John Maynard Keynes observed that “human decisions affecting the future, whether personal or political or economic, cannot depend on strict mathematical expectation, since the basis for making such calculations does not exist.”

While reflecting these insights, imperfect-knowledge economics still sees a role for economic theory in forecasting. Messrs Frydman and Goldberg argue that, to be useful, economic forecasting models should be based on qualitative regularities in the way that market participants respond to new information—that is, patterns of behaviour that are observable and somewhat predictable. Though not perfect, these will often give a better clue to the future than no model at all, or models based on rational expectations or behavioural economics.

Take bulls and bears, for example. Their analysis of the fundamentals leads them to opposite conclusions about where prices are going. But there is evidence that the way they revise their forecasts in the light of price movements may share common features, such as a tendency to become more risk averse the further the price of an asset moves away from what is generally believed to be its long-term fundamental value. This may work eventually to return the asset price to its fundamental value, though it may also cause it to deviate significantly from this value for long periods of time. This approach will not generate the “sharp predictions” beloved of most contemporary economists—which are doomed by imperfect knowledge to be wrong. But it will provide a broad sense of the state of play, which an enterprising forecaster can usefully combine with experience, intuition and so forth when making a decision.

To show how this works, Messrs Frydman and Goldberg examine the persistent failure of economists to predict movements in the currency markets. According to Kenneth Rogoff, an economist at Harvard who has long attempted to find rational models for predicting currency fluctuations, “it is stunning how hard it is to explain movements in exchange rates.” All the models based on rational expectations now say that, on fundamentals, the euro is overvalued against the dollar, he reckons. But does that mean the dollar will soon rise? Mr Rogoff says he has no idea.

In rational-expectations theory, a range of variables including inflation, interest rates and growth should have a predictable impact on currency movements, but in practice this theory has proved less useful for forecasting than tossing a coin. Among rational economists, the debate is over “whether the glass is 5% full or 95% empty,” he says. Only over longer periods—say two to four years—is there any evidence of exchange-rate predictability, which is far too long to be useful to traders or policymakers.

By contrast, the model developed by Messrs Frydman and Goldman, which assumes imperfect knowledge and learning, does significantly better than tossing a coin, although it is by no means right all the time. Mr Rogoff describes this work as innovative. Now, however, it must demonstrate that it can consistently maintain explanatory power in the future and over a range of markets, he believes.

Maths lesson

Messrs Frydman and Goldberg are now turning their attention to the troubled subprime-mortgage markets, and the performance of the rating agencies. The rating agencies, argues Mr Frydman, have generally been better at rating corporate bonds than rating asset-backed collateralised-debt obligations. Why? One reason is that the rating agencies used both a mathematical model and the judgment of their in-house specialists when forecasting the default probabilities of corporate bonds; on subprime-related securities, they could only use mathematical models, not least because the instruments were so new. “They had no experience, no intuition, no entrepreneur,” he says. That is “empirical proof that relying on models alone is not wise.”

_________________________________________

This has not been a pure failure of markets

May 14, 2009 2:54am

By Leszek Balcerowicz

Only the rulers of Cuba, Venezuela, Iran and some ideologues in the west condemn capitalism. Empirically minded people know that there is no good alternative. However, capitalism takes many forms and evolves over time. The questions to ask, then, are “What capitalism?” and “Does the present crisis shed new light on this issue?”

The popular condemnations of “greed” in response to the crisis seem to me superficial. Economists are expected to explain human behaviour in terms of situational factors and not to compete with preachers and politicians. Equally unconvincing is the speculation about what John Maynard Keynes would be saying were he alive.

As a preliminary step to a more productive analysis, let us recall that not long ago Japan Inc, the Rhineland model and other statist or corporatist varieties of capitalism were praised as a better alternative to the more market-oriented Anglo-Saxon variant of this system. Since then, based on solid empirical research, there has been a wave of deregulation of the product and labour markets, and the European Union has set itself the ambitious goals of the Lisbon Agenda.

Faced with high structural unemployment, fiscal pressures and ageing societies, many western economies have started to reform their over-extended welfare states. China and India have accelerated their growth thanks to a reduction in the political control of their economies. Central and eastern European countries show that the more market reforms you accumulate, the faster is your longer-term growth. These and other initiatives have reduced the crippling statist bias and extended the role of markets and civil society. The present crisis means we must take further measures to release entrepreneurial capitalism, offsetting declines in gross domestic product caused by the financial crisis and the legacy of attempts to manage it, especially the hugely increased public debt.

But is the financial sector an exception? Can the crisis be interpreted as a pure market failure, which requires more public intervention? It is easy to agree on the facts – increased leverage and asset bubbles in many economies, as well as serious errors made at the top of huge financial conglomerates. Symptoms, however, should not be confused with causes, and it is with respect to the causes that there is serious disagreement.

The argument that we have witnessed a pure market failure fails the most elementary tests. Financial institutions and markets operate within the macroeconomic, regulatory and political framework created and maintained by public bodies, and it is empirically not difficult to point to the serious deficiencies of this framework that contributed to the present crisis.

There is scope for further analysis of the relative contributions of the US Federal Reserve’s easy monetary policy in the early 2000s and the “savings glut” in some emerging economies. With a more restrictive Fed policy (and with more disciplined fiscal policy under George W. Bush, the former US president), there would have been initially slower growth but less increase in the savings glut later, a smaller build-up of financial imbalances and, as a result, less disruption to growth.

Excess liquidity encouraged the spread of powerful short-term incentives in the financial institutions. Fannie Mae and Freddie Mac were largely the tools of political intervention in the US housing market. Some financial regulations might have accelerated the spread of the originate-to-distribute model, which is blamed for amplifying leverage and obscured the allocation of risks. Those EU economies that developed the most extreme housing bubbles – Britain, Ireland, Spain – stimulated demand for housing with tax breaks.

Analytically based lessons from the present crisis should focus on revisions of the macroeconomic and regulatory frameworks for financial markets that would reduce the risks of dangerous booms and the resulting busts. Policies that contribute to the emergence and growth of huge financial conglomerates – which, once in crisis, endanger the financial stability of whole countries – should be identified and eliminated.

These proposals have nothing to do with grandiose schemes for reinventing market capitalism. However, every crisis produces a shock to mass beliefs and thus may have policy consequences. In a democracy, the impact of economic crises is mediated by competing interpretations provided by intellectuals and politicians, and conveyed by the media. There is a risk that empirically dubious but emotionally attractive interpretations, which condemn markets and call for more statism, could gain ground. This would damage longer-term growth in the affected countries and could have serious geopolitical consequences if major western economies, especially the US, already burdened by the legacy of the crisis, were to succumb while China continued its reforms.

Mises, Hayek, Schumpeter, Nozick and other thinkers have noted that under democratic capitalism there are always influential intellectuals who condemn capitalism and call for the state to restrain the markets. Such an activity bears no risk and may be very rewarding. (This contrasts strongly with the consequences of criticising socialism while living under socialism.)

Dynamic, entrepreneurial capitalism has nowadays no serious external enemies; it can only be weakened from within. This should be regarded as a call to action – for those who believe that individuals’ prosperity and dignity are best ensured under limited government.

The writer, a former Polish deputy prime minister and governor of the National Bank of Poland, is a professor at the Warsaw School of Economics.

Please post comments below.

Obama’s Nobel Headache

Paul Krugman has emerged as Obama’s toughest liberal critic. He’s deeply skeptical of the bank bailout and pessimistic about the economy. Why the establishment worries he may be right.

Evan Thomas

NEWSWEEK

From the magazine issue dated Apr 6, 2009

Traditionally, punditry in Washington has been a cozy business. To get the inside scoop, big-time columnists sometimes befriend top policymakers and offer informal advice over lunch or drinks. Naturally, lines can blur. The most noted pundit of mid-20th-century Washington, Walter Lippmann, was known to help a president write a speech—and then to write a newspaper column praising the speech.

Paul Krugman has all the credentials of a ranking member of the East Coast liberal establishment: a column in The New York Times, a professorship at Princeton, a Nobel Prize in economics. He is the type you might expect to find holding forth at a Georgetown cocktail party or chumming around in the White House Mess of a Democratic administration. But in his published opinions, and perhaps in his very being, he is anti-establishment. Though he was a scourge of the Bush administration, he has been critical, if not hostile, to the Obama White House.

In his twice-a-week column and his blog, Conscience of a Liberal, he criticizes the Obamaites for trying to prop up a financial system that he regards as essentially a dead man walking. In conversation, he portrays Treasury Secretary Tim Geithner and other top officials as, in effect, tools of Wall Street (a ridiculous charge, say Geithner defenders). These men and women have “no venality,” Krugman hastened to say in an interview with NEWSWEEK. But they are suffering from “osmosis,” from simply spending too much time around investment bankers and the like. In his Times column the day Geithner announced the details of the administration’s bank-rescue plan, Krugman described his “despair” that Obama “has apparently settled on a financial plan that, in essence, assumes that banks are fundamentally sound and that bankers know what they’re doing. It’s as if the president were determined to confirm the growing perception that he and his economic team are out of touch, that their economic vision is clouded by excessively close ties to Wall Street.”

If you are of the establishment persuasion (and I am), reading Krugman makes you uneasy. You hope he’s wrong, and you sense he’s being a little harsh (especially about Geithner), but you have a creeping feeling that he knows something that others cannot, or will not, see. By definition, establishments believe in propping up the existing order. Members of the ruling class have a vested interest in keeping things pretty much the way they are. Safeguarding the status quo, protecting traditional institutions, can be healthy and useful, stabilizing and reassuring. But sometimes, beneath the pleasant murmur and tinkle of cocktails, the old guard cannot hear the sound of ice cracking. The in crowd of any age can be deceived by self-confidence, as Liaquat Ahamed has shown in “Lords of Finance,” his new book about the folly of central bankers before the Great Depression, and David Halberstam revealed in his Vietnam War classic, “The Best and the Brightest.” Krugman may be exaggerating the decay of the financial system or the devotion of Obama’s team to preserving it. But what if he’s right, or part right? What if President Obama is squandering his only chance to step in and nationalize—well, maybe not nationalize, that loaded word—but restructure the banks before they collapse altogether?

The Obama White House is careful not to provoke the wrath of Krugman any more than necessary. Treasury officials go out of their way to praise him by name (while also decrying the bank-rescue prescriptions of him and his ilk as “deeply impractical”). But the administration does not seek to cultivate him. Obama aides have invited commentators of all persuasions to the White House for some off-the-record stroking; in February, after Krugman’s fellow Times op-ed columnist David Brooks wrote a critical column accusing Obama of overreaching, Brooks, a moderate Republican, was cajoled by three different aides and by the president himself, who just happened to drop by. But, says Krugman, “the White House has done very little by way of serious outreach. I’ve never met Obama. He pronounced my name wrong”—when, at a press conference, the president, with a slight note of irritation in his voice, invited Krugman (pronounced with an “oo,” not an “uh” sound) to offer a better plan for fixing the banking system.

It’s possible that Krugman is a little wounded by this high-level disregard, and he said he felt sorry about criticizing officials whom he regards as friends, like White House Council of Economic Advisers chair Christina Romer. But he didn’t seem all that sorry.

Krugman is having his 15 minutes and enjoying it, although at moments, as I followed him around last week, he seemed a little overwhelmed. He is an unusual mix, at once nervous, shy, sweet and fiercely sure of himself. He enjoys his outsider’s power: “No one has as big a megaphone as I have,” he says. “Aside from the world going to hell, it’s great.” He is in much demand on the talk-show circuit: PBS’s “The NewsHour” and “Charlie Rose” on Monday last week, ABC’s “This Week With George Stephanopoulos” this past Sunday. Someone has even cut a rock video on YouTube: “Hey, Paul Krugman, why aren’t you in the administration?” A singer croons, “Hey, Paul Krugman, where the hell are you, man? We need you on the front lines, not just writing for The New York Times.” (And the cruel chorus: “All we hear [from Geithner] is blah, blah, blah.”)

Krugman is not likely to show up in an administration job in part because he has a noble—but not government-career-enhancing—history of speaking truth to power. With dry humor, he once told a friend the story of attending an economic summit in Little Rock after Bill Clinton was elected president in 1992. As the friend recounted the story to NEWSWEEK, “Clinton asked Paul, ‘Can we have a balanced budget and health-care reform?’—essentially, can we have it all? And Paul said, ‘No, you have to be disciplined. You have to make choices.’ Then Paul says to me (deadpan), ‘That was the wrong answer.’ Then Clinton turns to Laura Tyson and asks the same questions, and she says, ‘Yes, it’s all possible, you have your cake and eat it too.’ And then [Paul] says, ‘That was the right answer’.” (Tyson became chairman of Clinton’s Council of Economic Advisers; she did not respond to requests to comment.) Krugman confirmed the story to NEWSWEEK WITH a smile. “I’m more tolerant now,” he says. But at the time, he was bitter that he was kept out of the Clinton administration.

Krugman has a bit of a reputation for settling scores. “He doesn’t suffer fools. He doesn’t like hauteur in any shape or form. He doesn’t like to be f––ked with,” says his friend and colleague Princeton history professor Sean Wilentz. “He’s not a Jim Baker; he’s not that kind of Princeton,” says Wilentz, referring to the ur-establishment operator who was Reagan’s secretary of the Treasury and George H.W. Bush’s secretary of state. But Wilentz went on to say that Krugman is “not a prima donna, he wears his fame lightly,” and that Krugman is not resented among his academic colleagues, who can be a jealous lot. Krugman’s fellow geniuses sometimes tease him or intentionally provoke his wrath. At an economic conference in Tokyo in 1994, Krugman spent so much time berating others that his friends purposely started telling him things that they knew weren’t true, just to see him get riled up. “He fell for it every time,” said a journalist who was there but asked not to be identified so she could speak candidly. “You’d think that eventually, he would say, ‘Oh, come on, you’re just jerking my chain’.” Krugman says he doesn’t recall the incident, but says it’s “possible.”

Born of poor Russian-immigrant stock, raised in a small suburban house on middle-class Long Island, Krugman, 56, has never pretended to be in the cool crowd. Taunted in school as a nerd, he came home one day with a bloody nose—but told his parents to stay out of it, he would take care of himself. “He was so shy as a child that I’m shocked at the way he turned out,” says his mother, Anita. Krugman says he found himself in the science fiction of Isaac Asimov, especially the “Foundation” series—”It was nerds saving civilization, quants who had a theory of society, people writing equations on a blackboard, saying, ‘See, unless you follow this formula, the empire will fail and be followed by a thousand years of barbarism’.”

His Yale was “not George Bush’s Yale,” he says—no boola-boola, no frats or secret societies, rather “drinking coffee in the Economics Department lounge.” Social science, he says, offered the promise of what he dreamed of in science fiction—”the beauty of pushing a button to solve problems. Sometimes there really are simple solutions: you really can have a grand idea.”

Searching for his own grand idea (his model and hero is John Maynard Keynes) Krugman became one of the top economists in the country before he turned 30. He took a job on the Council of Economic Advisers in the Reagan administration at the age of 29. His colleague and rival was another brilliant young economist named Larry Summers. The two share a kind of edgy braininess, but they took different career paths—Summers as an inside player, working his way up to become Treasury secretary under Clinton and president of Harvard, then Obama’s chief economic adviser. Krugman preferred to stay in the world of ideas, as an “irresponsible academic,” he puts it, half jokingly, teaching at Yale, MIT, Stanford and Princeton. In 1999 he almost turned down the extraordinary opportunity to become the economic op-ed columnist for The New York Times. He was afraid that if he became a mere popularizer he’d blow his shot at a Nobel Prize.

Last October, he won his Nobel. Most economists interviewed by NEWSWEEK agreed that he richly deserved it for his pathbreaking work on global trade—his discovery that traditional theories of comparative advantage between nations often do not work in practice. He was stepping into the shower at a hotel when his cell phone rang with the news that he had achieved his life’s ambition. At first, he thought the call might be a hoax. His wife Robin’s reaction, once the initial thrill wore off, was, “Paul, you don’t have time for this.” He is, to be sure, insanely busy, producing two columns a week, teaching two courses and still writing books (his latest is “The Return of Depression Economics and the Crisis of 2008”). He posts to his blog as many as six times a day. Last Thursday morning, he was gleeful because he was able to thump a blogger who insisted, wrongly, that Keynes did not use much math in his work.

In class that day, discussing global currency exchange with a score of undergraduates, he was gentle, bemused, a little absent-minded, occasionally cracking mordant jokes (on trade with China: “They give us poisoned products, we give them worthless paper”). He says he plans to reduce his teaching load a little, and his colleagues say his best academic work is behind him. “His academic career culminated with him winning the prize,” says his Princeton colleague and friend Gene Grossman. “He’s not that engaged anymore with academic research. He has a public career now. That’s what he views as his main avocation now—as a public intellectual.”

He has made enemies in the economics community. “He’s become more and more outspoken. A lot of what he says is wrong and not considered,” says Daniel Klein, professor of economics at George Mason University. A longtime mentor, MIT Nobel laureate Robert Solow, who taught Krugman as a grad student, remembers him as “very unassertive, mild-mannered. One thing he still has is a smile that plays around his face when he’s talking, almost like he’s looking at himself and thinking, ‘What am I doing here?’ ” But, Solow added, “when he started writing his column, his personality adapted to it.”

Academic life, bolstered by book and lecture fees, has been lucrative and comfortable. Krugman and Robin (his second wife; he has no children) live in a lovely custom-built wood, stone and glass house by a brook in bucolic Princeton. Krugman pointed out that unlike some earlier Nobel Prize winners, he has not asked for a better parking place on campus. (He was not kidding.)

Arriving at the Times just before Bush’s election in 2000, he was soon writing about politics and national security as well as economics, sharply attacking the Bush administration for invading Iraq. Someone at the Times—Krugman won’t say who—told him to tone it down a bit and stick to what he knew. “I made them nervous,” he says. In 2005, Times ombudsman Daniel Okrent wrote, “Op-Ed columnist Paul Krugman has the disturbing habit of shaping, slicing and selectively citing numbers in a fashion that pleases his acolytes but leaves him open to substantive assaults.” Krugman says that Okrent “caved” to the criticism of conservative ideologues who were out to get him. (“I tried to be an honest broker,” says Okrent. “But when someone challenged Krugman on the facts, he tended to question the motivation and ignore the substance.”) It’s true that during the Bush era Krugman was the target of cranks and kooks, but it is also true that in areas outside his expertise he sometimes gets his facts wrong (his record has improved lately). Krugman is unrepentant about his Bush bashing. “I was more right in 2001 than anyone in the pundit class,” he says.

Ideologically, Krugman is a European Social Democrat. Brought up to worship the New Deal, he says, “I am not overflowing with human compassion. It’s more of an intellectual thing. I don’t buy that selfishness is always good. That doesn’t fit the way the world works.” Krugman is particularly passionate about the growing gap between rich and poor. Last week he raced down to Washington to testify on the subject before the House Appropriations Committee. In the 2008 election, Krugman first leaned toward populist John Edwards, then Hillary Clinton. “Obama offered a weak health-care plan,” he explains, “and he had a postpartisan shtik, which I thought was naive.”

Krugman generally applauds Obama’s efforts to tax the rich in his budget and try for massive health-care reform. On the all-important questions of the financial system, he says he has not given up on the White House’s seeing the merits of his argument—that the government must guarantee the liabilities of all the nation’s banks and nationalize the big “zombie” banks—and do it fast. “The public wants to trust Obama,” Krugman says. “This is still Bush’s crisis. But if they wait, Obama will be blamed for a fair share of the problem.”

Obama administration officials are dismissive of Krugman’s arguments, although not on the record. One official made the point that pundits can have a 60 percent chance of being right—and just go for it. They have nothing to lose but readers, and Krugman’s many fans have routinely forgiven his wrong calls. The government does not have the luxury of guessing wrong. If Obama miscalculates, he could truly crash the stock market and drive the economy into depression. Krugman’s suggestion that the government could take over the banking system is deeply impractical, Obama aides say. Krugman points to the example of Sweden, which nationalized its banks in the 1990s. But Sweden is tiny. The United States, with 8,000 banks, has a vastly more complex financial system. What’s more, the federal government does not have anywhere near the manpower or resources to take over the banking system.

Krugman swats away these arguments, though he acknowledges he’s not a “detail” man. He believes he is fighting a philosophical battle against the plutocrats and money-changers. Although he thinks Geithner has been captured by Wall Street, he has hope for Summers. “I have a strong suspicion that if Larry was on the outside and I was on the inside, we’d be reversing roles,” he says, but adds, “Well, not entirely. Larry has more faith in markets. I’m more of an interventionist.”

Last week Krugman and Summers were “playing phone tag.” (“It doesn’t necessarily mean that much,” says Krugman. “We’ve known each other all our adult lives.” Summers initiated the call; Krugman suspects he wanted to talk him through the administration’s plan.) In Friday’s column, Krugman tweaked Summers directly for his faith in markets, though he grudgingly gave the Obamaites credit for calling for extensive regulation of the financial world. Krugman thinks that Obama needs some kind of “wise man” to advise him and mentions Paul Volcker, the former Fed chairman who tamed inflation for Reagan and now heads an advisory panel for Obama. How about Krugman himself for that role? “I’m not a backroom kind of guy,” he says, schlumped over in his Princeton office, which overflows with unopened mail. He describes himself as a “born pessimist” and a “natural rebel.” But he adds, “What I have is a voice.” That he does.


<!–

var nw_page_name = “nw – article – 191393 – Obamas Nobel Headache”;
var nw_section = “tech and business”;
var nw_subsection = “tech and business – business”;
var nw_content_type = “article”;
var nw_source = “newsweek mag”;
var nw_search_result_count = “0”;
var nw_content_id = “191393”;
var nw_headline = “Obamas Nobel Headache”;
var nw_author = “evan thomas”;
var nw_page_num = “print format”;
var nw_application = “gutenberg”;
var nw_hierarchy = “tech and business|business|articles”;
–>
With Pat Wingert, Daniel Stone, Michael Hirsh and Dina Fine Maron

____________________________________________________________________________

Economics focus

An economic bestiary

Mar 26th 2009
From The Economist print edition

Macroeconomists need to apply some new lessons and relearn some old ones

Illustration by Jac Depczyk

NO TWO economic crises are identical. But the same questions recur. How did we get into this mess? How can we get out of it? How do we avoid another? Some answers repeat themselves too. You can be pretty sure that sooner or later someone, quite possibly an anguished economist, will declare that economics itself has gone astray. The wisdom of some past master, whether celebrated (John Maynard Keynes, for example) or neglected (Hyman Minsky, perhaps), has been forgotten, and the economy is paying the price.

A new book*, “Animal Spirits”, by George Akerlof of the University of California, Berkeley, and Robert Shiller of Yale, follows this rule to the letter. The authors seek to answer the first of those three old questions and thus to provide some pointers about the other two. They do indeed believe that economics has lost its way. And their chosen economist is Keynes.

So far, so familiar. But this book is rather more than the usual lament about the failings of economics. Its authors are two of the discipline’s leading lights. Mr Akerlof won a Nobel prize in 2001, in part for a classic paper explaining how, if sellers know more than buyers, markets may fail. (It was turned down by three leading journals before finding a home.) Mr Shiller sounded a warning about the “Irrational Exuberance” of the tech-boom stockmarket in a book of that name—and did the same for the housing market in a second edition. With a collaborator, Karl Case, he drew up a widely cited set of indices of American home prices.

The lesson that Messrs Akerlof and Shiller draw from Keynes is not just the standard one, of the usefulness of deficit finance in recessions. They borrow their title from “The General Theory of Employment, Interest and Money”:

Most, probably, of our decisions to do something positive, the full consequences of which will be drawn out over many days to come, can only be taken as a result of animal spirits—of a spontaneous urge to action rather than inaction, and not as the outcome of the weighted average of quantitative benefits multiplied by quantitative probabilities.

Too much economics, say Mr Akerlof and Mr Shiller, has been built on the premise that humans are rational calculators. That is not a new criticism, even from economists. Over the past couple of decades Homo economicus has evolved into a being more like H. sapiens, as economics has drawn on psychology, biology and even neuroscience. “Behavioural” economics has shaped public policy—for instance, in encouraging people to save or in shaping the choice of investments in their pension pots. Behavioural economists have earned Nobel prizes. Mr Akerlof and Mr Shiller, however, complain that this evolution has been confined mainly to microeconomics. It is time for macroeconomics to catch up.

One, two, three, four, five

Keynes mentioned animal spirits only twice, in a paragraph on what motivates people to invest and speculate. From this single thread, Messrs Akerlof and Shiller spin five classes of spirit. First and closest to the original is confidence. This goes beyond a rational estimate of next week’s share price, or the price in ten years’ time of what a new factory might produce. And confidence, or the lack of it, builds on itself—in a way similar to Keynes’s multiplier, but defying easy quantification. Second is fairness. Even if economists know that fairness matters, too little of their work reflects it. Third is corruption, or bad faith: what explains a Charles Ponzi or an Enron? Fourth is money illusion: economists have come to assume that people see through inflation, but they don’t, especially when it is low. The fifth they call “stories”. Economists are loth to suppose that people are irrational enough to latch onto plausible tales and forecasts—for example, that house prices will never go down. So their models won’t spot the consequences of misplaced belief until it is too late.

Messrs Akerlof and Shiller list eight questions which, they say, cannot be well explained without an appeal to animal spirits—but can be tackled with them. These range from why markets for housing and shares swing wildly (a combination of confidence, stories and bad faith) to why, contrary to standard theory, there appears to be a long-run trade-off between inflation and unemployment (mainly, a mix of money illusion and fairness).

The most topical of the eight, however, is the power of central banks. The animal-spirits version of the credit crisis is a mixture of bad faith, a collapse of confidence and a change from a happy economic “story” to a thoroughly miserable one. Credit has dried up—so that applying the fiscal and monetary stimulus consistent with full employment is not enough. The Federal Reserve should also have a target for credit. Unless credit flows again, fiscal and monetary measures will not suffice: companies can’t borrow to build factories and consumers can’t borrow to buy cars. The Fed was set up, Messrs Akerlof and Shiller point out, to maintain confidence after the financial crisis of 1907. That, rather than the fine-tuning of interest rates in steady times, is its most important task.

How much do animal spirits help? Most of the time, the unrealistic assumption of rationality serves economists fairly well. They should, however, be more prepared to depart from it, especially in times like these—even if that makes behaviour more difficult to describe in elegant equations. Messrs Akerlof and Shiller have therefore done their profession a service.

Yet their ideas carry risks too. To a politician seeking to rein in free markets, animal spirits are a gift. The authors sum up their view of the role of government thus: “The role of the parent is to create a happy home, which gives the child freedom but also protects him from his animal spirits.” For liberals (in the European sense) that is not a wholly comforting thought.

* “Animal Spirits: How Human Psychology Drives the Economy, and Why It Matters for Global Capitalism”. Princeton University Press, March 2009.

_________________________________________________________________________________________

Ideas & Opinions
The Other Chicago School
Elisabeth Eaves 04.13.09, 12:00 AM ET

Better than any other sociologist, Sudhir Venkatesh understands the economics of underground workers. What should we do about them?

You may think the economic meltdown is hitting bankers and Realtors hard, but spare a thought for members of the underground economy–prostitutes, drug dealers and purveyors of stolen goods, to name just a few participants. That’s what sociologist Sudhir Venkatesh does, having spent much of the last 15 years studying, and sometimes living within, the underground economies of New York and Chicago.

“The recession is engendering more violence,” says Venkatesh, a professor at Columbia University. “There’s far greater competition for whatever meager resources there are. The folks down on Wall Street peddling drugs, they’re fighting. The sex workers are trying as hard as they can to retain their clients,” he says, sitting in a Mediterranean restaurant a short walk from the Manhattan Criminal Courthouse, where he’s on jury duty. Considering his well-documented friendship with a gang leader–the subject of his bestseller, Gang Leader for a Day–one might have expected the court to disqualify Venkatesh, but no such luck.

The Indian-born, California-reared Venkatesh, 42, is changing the way the public and policymakers think about the black market. As a graduate student at the University of Chicago, he spent six years hanging out in Chicago’s violence-ridden Robert Taylor Homes. That was the sort of up-close, trust-building fieldwork that most social scientists never experience. “He put his boots on the ground in a way that almost no one ever does,” says Steven Dubner, who wrote about Venkatesh in the book Freakonomics. Eventually a crack dealer named T-Bone gave Venkatesh a stack of spiral notebooks that contained four years of gang bookkeeping from the height of the crack cocaine boom. Venkatesh brought the data to economist and Freakonomics coauthor Steven D. Levitt. In parsing the numbers they debunked the popular myth of the millionaire gangster. While a high-ranking gangster might make $100,000 a year, his 5,300 foot soldiers ended up with only $3.50 an hour. All while standing a one-in-four chance of being killed.

With two books of his own under his belt, Venkatesh is doing groundbreaking research once again, this time on prostitution. Working with Levitt, he has come up with data no one else ever has.

He hired a group of former sex workers as research assistants and assigned each woman to track 25 to 50 active hookers, on street corners and in brothels, and record information about each transaction immediately after a customer left. What kind of sex was performed? Was there violence? Was the client black or white, a gang member or a cop? The project yielded data on 2,200 tricks performed by about 160 prostitutes.

“No one has really taken them seriously as workers before,” Venkatesh says. “They tend to either treat them seriously as victims or as self-empowered women, exercising agency over their bodies,” Venkatesh adds, referring to other social science literature. “I was interested in them as workers. We have to give them some credit. Why do they choose this? They don’t have a choice to do this over being a lawyer, but why do they choose this over fast food?”

Answer: Chicago streetwalkers earn $25 to $30 an hour, four times what they’d get in other jobs available to them. Venkatesh has also tried to assess the value of having a pimp versus self-managing, which he calls “a classic business school, industrial organization question.” Prostitutes who work with pimps, it turns out, appear to earn more and get arrested less frequently. The Chicago prostitution study, which continues, will be written up in the sequel to Freakonomics, to be published in a year or so.

To those who knew him early in his career, Venkatesh’s groundbreaking path is no surprise. When he arrived at the University of Chicago as a Ph.D. student he sought out William Julius Wilson, a pioneering scholar on race and poverty. “I often lost sleep at night, worrying about his safety,” says Wilson, now a professor of sociology and social policy at Harvard, who became his adviser. “He risked his life doing this research. He spent a lot of time in areas involved in gang warfare.” The first time Venkatesh ventured into a Chicago housing project, he was held hostage by gang members who suspected him of belonging to a rival Mexican crew. But the results appear to be worth it. “He accomplished what few other researchers of gang behavior have been able to do,” Wilson says, because he gained the confidence of gang leaders.

If there’s a criticism to be made of Venkatesh’s work as a sociologist it’s that, particularly in the memoirlike Gang Leader for a Day, he becomes too personal, losing an academic’s detachment. On the other hand, the friendship at the center of that book, between Venkatesh and the gang leader J.T., drives the story forward and makes it stand out from his equally information-packed but drier first book, Off the Books: The Underground Economy of the Urban Poor. Venkatesh appears intent on honing storytelling skills and to that end has made two documentary films. At some point, he says, he realized that hitting people over the head with data didn’t necessarily convince them of anything. “Filmmaking taught me that if you can get to people’s emotional register, you can change their minds a little bit.”

Today Venkatesh is watching black market workers slip into despair along with the rest of the population affected by the economy. Lest legal workers consider this a distant problem, one conclusion of Venkatesh’s work is that the underground and mainstream economies are intimately entwined. “The boundaries are fluid, particularly in the global city where the black market has become instrumental–one might even say vital–to the overall economy,” he says. In New York City illegal workers serve sex, drugs and takeout to the wealthiest members of society–or at least they did until financial sector layoffs began in 2008.

The underground economy includes a vast array of people providing services that are off the books but otherwise legal. Venkatesh enumerates those having a harder time in the face of the recession: office cleaners, squeegee men, informal security guards, “canners” who scavenge for recyclables (there’s less consumption now, so less to recycle) and nannies whose employers have been laid off. And as business contracts, underground workers face certain problems unique to their status. They have no unemployment insurance or other benefits, and, with little protection from law enforcement, they tend to resolve disputes by physical means.

Venkatesh prefers to leave detailed prescriptions to policymakers but nevertheless ventures a few. Microcredit loans, as well as education on risk management and planning, could help shift some black market entrepreneurial zeal above ground. He heartily approves of the proposal by Barack Obama–a fellow pickup basketball player at the University of Chicago when Venkatesh studied there–to expand the Earned Income Tax Credit to give a bigger break to low-income parents. Sales taxes also hit the poor hard, he says; one way to help would be to let them use prepaid cards to buy goods tax free.

Venkatesh is struck by how much the black market resembles the wider society in which it is enmeshed. In the same Parisian banlieues that erupted in riots in 2005, he observed an “almost aristocratic,” highly centralized criminal operation. In the ghettos of Chicago, by contrast, he observed underground workers convene an ad hoc court to solve a dispute. His dismisses the “culture of poverty” theory, which suggests that poor blacks in America don’t work because they don’t value employment. “People in America want to work,” he says. They do so ever so industriously, even when they’re breaking the law.

Special Offer: Free Trial Issue of Forbes

___________________________________

RECUERDO DE UN POST DE LOS NUEVOS ECONOMISTAS ARGENTINOS DE LA BLOGOSFERA 2007

El Abogado del Diablo 2 del Blog de ELEMACO

Tengo 24 años. Desde que tengo conciencia económica (o conciencia a secas) he vivido solo medio ciclo económico, y, salvo cuando rompía el cascaron allá por 2001, siempre para arriba. Pertenezco a ese grupo algo tipificado de Joven porteño, egresado de la UBA, ignorante de la Realidad Económica (nótese que esta en negrita y mayúscula), como algunos otros colegas blogosferos, y escribo un blog en la oficina o en mi casa desde la comodidad de la clase media.

En Octubre voy a votar a Kirschner, argumentado ya en algún post anterior, quien arranco con mi convencido apoyo y viene en claro descenso y seguramente si las elecciones fueran en noviembre mi voto lo perdería. Mientras tanto somo’ amigo!. Los noventa los atravesé en una nube de pedo pasando de la infancia a la adolescencia y lo poco que se al respecto lo leí a las apuradas los últimos años.

Los siete años que viví en los ochenta son una incógnita total. No me acuerdo de la hiper, de los saqueos, ni del plan austral ni de “la casa está en orden”. Si de la otra frase conocida de Alfonsin, porque me causaba gracia escuchar a mi abuelo decir la palabra “cagar”. Tampoco he leído mucho, porque los 80 no están de moda. Probablemente pasaron de moda en los 90. Tuvieron su revival hace poquito con la música ochentosa, pero ya paso, y sus 15 minutos de gloria con la publicidad de telefónica de “Papa, mama, volví!”.

La dictadura ni hablar. Hacia el final, yo era un ovulito que se encontraba con un espermatozoide en la panza de mi mama. De antes, solo he visto algún video en blanco y negro o alguna película mala.

Y más hacia atrás es todo medio bizarro. Idílico o caótico según quien te lo cuente. Perón es un tipo siempre sonriente con el pelo engominado, Isabel un jopo, Ongania un apellido chistoso y Frondizi unos anteojos grandes. ¿Y más atrás? Bueh, un par de calles.

Pero claramente soy un tipo poco representativo. ¿Que pasa con el resto de los argentinos? Mírese la siguiente tabla.

Cruce las edades de la población el censo 2001 con las Presidencias de la Nación, Legales y de Facto, que hayan durado más de un año. Permítanme por un momento suponer que de 2001 hasta ahora no se murió nadie y que el argentino promedio adquiere conciencia económica/política a los 18 años (al menos 2 o 3 años antes de lo que me pasó a mí). ¿Cual es la experiencia/memoria implícita en la población argentina de hoy? o dicho de otra manera ¿A Quien le habla el presidente?

De los 38 Millones de Argentinos que somos hoy, 24 cumplieron los 18 antes de la crisis de 2001, y tienen un promedio de edad de 43 años. 17 Millones, o sea, algo menos de la mitad, vivieron la Hiper y son, en promedio, flamantes cincuentones. Algo mas de 13 millones, menos de 1/3 de la población actual, vivieron (entiéndase vivieron como “tenían mas de 18”) durante la dictadura y la guerra de Malvinas. 11 conocieron a algún Perón y menos de 4 su segunda presidencia. 7 y 5 respectivamente conocieron a Illia y a Frondizi y son, en promedio, personas retiradas y cerca de un millón conocieron el Modelo agro exportador, vivieron la ISI completa mas 30 años de ¿neoliberalismo?.

¿Y a donde quiero llegar con todo esto?

La Argentina es un país taoista, binario, un país monocromático, que avanza enterrando a los precursores y no apoyándose sobre sus hombros, y no se permite esa fuente inagotable de conocimiento que es el propio pasado, los errores y los aciertos. Memoria y experiencia acumulada hay, solo parece que no sabemos aprovecharla.

Permítanme ir al grano.

Una frase bien bien Kirschnerista es “Venimos del infierno” que huele mucho a “síganme, no los voy a defraudar”. Ese fanatismo argentino por esperar al superhombre, al Mesías, que desde la presidencia nos empuje al desarrollo y que nos impide ver el largo plazo hacia adelante, también nos hecha sombras sobre nuestro pasado, volviendo borrosa las “condiciones iniciales” fundamentales para entender cualquier proceso.

Me robo una frase de este paper de Cetrangolo, sobre la politica fiscal de los noventa, que saque de acá

“Se podría argumentar que es imposible comprender los noventa sin estudiar las alternativas y la salida de la hiperinflación de finales de los ochenta, que, a su vez, no se comprende sin entender la crisis macroeconómica y fiscal de los ochenta, que resulta de las consecuencias de la crisis de la deuda, que, a su turno, es la consecuencia de políticas fiscales desordenadas durante el gobierno del Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), que, asimismo, es la respuesta a la crisis de mediados de los setenta, que marca el fin de una modalidad de desarrollo económico basado en la intervención estatal que paulatinamente se vería como inviable, y así sucesivamente.”

…y permítaseme entonces tirar una bomba.

El actual éxito del modelo económico de Kirschner, a quien, insisto, voy a votar en octubre, es tanto merito suyo, con sus aciertos y errores, como mencione acá, como de la década del noventa, plagada de errores imperdonables, pero también de medidas que, vistas ex-post, pueden ser positivas si nos trajeron hasta donde estamos hoy.

Así, por ejemplo, véase uno de los ejes del actual modelo: El superávit fiscal no financiero (no incluye déficit BeCeRrA). ¿De donde Sale? Véase el siguiente grafico del Mecon:

Nótese. De los 18 millones de argentinos que hoy viven y tenían más de 17 en e 1991, 14 no habían visto un superávit fiscal EN SU VIDA!! Los otros 4 vivian en 1950, y disfrutaron del superavit peronista. Y eso fue un cambio revolucionario y radical en la Historia Argentina, pilar de nuestro altamente probable (porque hoy me levante optimista) desarrollo económico.

Breve compendio de medidas con impacto fiscal. Un mezcladito de reformas desde Menemistas hasta K’istas, que nos traen de una vida de déficit estructural a la situación actual:

1)Reforma del sistema previsional: Bien o mal Hecha (mas bien mal) la reforma del Sistema Previsional, con fuertísimos y definitivos impactos durante los noventa, hoy , 13 años después y con muchos viejos de reparto que quedaron en el camino, permiten un superávit INEDITO (desde los 60 al menos) en el régimen previsional, aun con la alícuota en 7% desde el 11% del pasado.

2)Modificación en la fuente de financiación: El pasaje de una financiación vía adelantos del Becerra (emisión) a la toma de deuda transforma déficit cuasi fiscal (que no aparecen arriba) en intereses de la deuda (que si aparecen).

3.1)Reforma impositiva: Generalización del IVA y aumento de alícuotas y simplificación de la “matriz impositiva” (Copyright 2007 Elemaco s.r.l.): véase el grafico del paper de Cetrangolo

3.2) La recaudación del impuesto a las ganancias se Cuadriplica respecto al PBI, se incorpora el impuesto a la ganancia mínima presunta y se efectivizan (en ambos periodos) los controles del ente recaudador.

2

4)Privatizaciones: De nuevo, bien o mal hechas, que es tema de otro post, las privatizaciones eliminan una fuente de recurrente déficit fiscal.

5)Default y Reestructuración: Reduce sensiblemente la carga de intereses de la deuda.

6)Impuesto al Cheque: Indefendible y netamente fiscalista, se implementa en 1999 por DLR como un impuesto de emergencia.

7)Blanqueo de deudas: El estado asume y “bonifica” (lease transforma en bonos) deudas con jubilados y proveedores, aumentando la presión sobre los gastos.

8)Salarios públicos y jubilaciones: Desde la crisis, la solvencia fiscal se apoya también en un retraso de los salarios públicos y jubilaciones (achatamiento de la pirámide) respecto a la situación anterior.

9)Retenciones: Se implementa exitosamente aun a costas de las fuertes presiones de los intereses afectados. Téngase en cuenta y solo anecdóticamente, que, por ejemplo, la revolución sojera, que sostiene no solo la recaudación de retenciones sino el superávit comercial, comienza en 1996 con la llegada al país de los transgenicos. Idem con automotores.

10)Otras que evito mencionar para no dormir al lector.

¿Logre trasmitir el mensaje?

Condiciones preexistentes que afectan el actual andar de la economía existen también existen en muchos otros aspectos. Si este pega, tal vez haga otro post al respecto.

Conclusión: Kirschner, yo todavía te banco, a vos y a la patrona. Pero mira para adelante y deja de simplificar la historia y menospreciar a tu electorado. Hace una revisión critica de tu critica (valga la redundancia) del pasado, supérate y se revolucionario, separa la paja del trigo y yo no solo te sigo hasta la tumba, sino que cuelgo tu cuadro en la cabecera de mi cama, me tatuo tu cara en el hombro y con un bombo voy a gritar tu nombre a la plaza hasta quedarme afonico. Si no, serás recordado por la historia solo por los errores que cometerás en tu segundo mandato.

Elemaco que agoto sus cartuchos quien sabe hasta cuando.

___________________________________________________________________________________________________

Published on elcato.org (http://www.elcato.org)
Las falacias de un Nóbel

Created 2008-10-22 07:00

por Lorenzo Bernaldo de Quirós

Lorenzo Bernaldo de Quirós es presidente de Freemarket International Consulting en Madrid, España y académico asociado del Cato Institute.

Con motivo de la concesión del Nóbel a Paul Krugman, El País publicaba el domingo pasado dos trabajos del laureado economista norteamericano. En el más largo, un ensayo titulado “¿Quién era Milton Friedman?” editado por The New York Review of Books en septiembre de 2007, Krugman realiza una burda manipulación del pensamiento “friedmanita”; en el segundo, un artículo corto, “La hora de la política fiscal”, el profesor de Princeton propone un remedio tradicional de la vulgata keynesiana, el masivo incremento del gasto público, como la solución idónea para superar crisis económico-financiera que golpea a los EE.UU. y al mundo. Con un brillante sentido de la oportunidad, el diario aprovecha la ocasión para sugerir que el modelo intervencionista, así editorializa su suplemento Negocios, surge de sus cenizas para salvar al capitalismo de los excesos del ultraliberalismo reinante.

De entrada resulta irónico describir la economía mundial, incluida la de los países desarrollados, como una especie de paraíso del laissez faire-laissez passer cuando el gasto público y la presión fiscal superan el 40 por 100 en la mayoría de los estados de la OCDE, los mercados están plagados por un sin fin de regulaciones, los programas del Estado del Bienestar han usurpado a los individuos la capacidad de decidir sobre asuntos básicos de su vida como la educación, la sanidad, la jubilación o el ejercicio de los derechos de propiedad está sujeto a fuertes limitaciones. Las economías avanzadas son capitalismos de estado atemperados por el mercado. Por otra parte sería una broma considerar ejemplos de un sistema capitalista más o menos puro a Rusia o China, a los petro-estados, a la Venezuela de Chávez etc, etc, etc. El socialismo real murió con la caída del Muro pero le ha sobrevivido un estatismo que con distinta intensidad impera en la mayor parte del Planeta. Ese es el “pensamiento único” que domina la escena pública, desde luego, la española.

En “¿Quién era Milton Friedman?”, Krugman muestra un desconocimiento enciclopédico de la obra de ese autor y/o la desfigura a conciencia. Dos perlas ilustran esa afirmación. Así sostiene que antes de su alocución presidencial ante la American Economic Association en 1967, Friedman nunca atribuyó a la política deflacionaria desplegada por la FED la responsabilidad de provocar la Gran Depresión. Pues bien, esa fue siempre su posición y es una de sus principales aportaciones a la historia económica y monetaria. Así lo han reconocido los expertos sobre la materia, incluido el actual presidente de la Resera Federal, Bernanke. El neo-Nobel imputa a Friedman la afirmación siguiente: “la Depresión no habría sucedido si el gobierno no hubiese intervenido”. Yerra una vez más. Para el maestro de Chicago la larga fase depresiva de los treinta mostraba el enorme poder destructivo de una actuación monetaria errónea no que el gobierno debería haberse cruzado de manos y dejarla seguir su curso. También comete errores de parvulario. Asigna la invención del término “estanflación” a Samuelson cuando fue acuñado en el Reino Unido en 1965. Los ejemplos podrían multiplicarse.

Desde los años ochenta del siglo pasado, todos los institutos emisores han rechazado el monetarismo, Krugman dixit, al que identifica con el control de los agregados monetarios. De nuevo, esta aseveración es falsa. El axioma central de esa corriente del pensamiento económico era y es uno: “la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario”. En consecuencia, la banca central se basta para combatirla. Esta tesis forma parte del consenso macroeconómico contemporáneo, incluidos keynesianos como Modigliani o neokeynesianos como Mankiw. La consideración de la M1, M2, M3, etc. como los instrumentos básicos de control no es un elemento esencial del monetarismo, como cree Krugman, sino táctico. Su finalidad era poner de relieve que las tasas de interés no eran siempre ni en todo lugar un indicador preciso para determinar si una política monetaria era demasiado restrictiva o demasiado laxa. La Gran Depresión se desarrolló con un precio del dinero muy bajo y lo mismo sucedió con la deflación japonesa de la década de los noventa del siglo pasado (Ver Schwartz A.J., “Monetary Policy and the Legacy of Milton Friedman”, Cato Journal, Vol.28, No.2, 2008).

La meta última de la argumentación krugmanita es mostrar la inutilidad de la política monetaria para superar una situación depresiva y propugnar una agresiva expansión fiscal para alcanzar esa meta. Así lo expresa Krugman en el texto editado por El País con el título, “La hora de la política fiscal”. Para justificar su posición recurre a un viejo mito keynesiano, el de la trampa de la liquidez, que el propio Lord Keynes consideró un caso extremo y de improbable materialización. La idea es que, si los tipos de interés nominales se sitúan en niveles muy bajos o cero, la banca central carece de margen de maniobra para combatir una depresión/deflación. Este planteamiento muestra una ignorancia supina, impropia de un Nóbel. La política monetaria tiene la capacidad de alterar los precios relativos y éstos no se limitan a los tipos de interés a corto plazo. El banco central puede emitir dinero para comprar activos —acciones, bonos, divisas etc.— y, de este modo, afectar de manera directa a la demanda agregada. Mis amigos austríacos dirán, con razón, que esto es inyectar más heroína a un adicto y sólo contribuirá a hacer más duro el ajuste y retrasar la recuperación pero ese es otro debate. En cualquier caso, nadie ha visto nunca a esa fantasmagórica dama llamada Trampa de Lliquidez (ver Orphanides A., Monetary Policy in Deflation: The Liquidity Trap in History and Practice, Federal Reserve Board, 2003).

Las manipulaciones y ligerezas comentadas en este artículo son sólo una modesta muestra de las múltiples formuladas por Krugman durante los últimos años en casi todos los escritos ajenos a la agenda investigadora por la que se le ha concedido el Nóbel de Economía 2008. Acusa a los liberales de lo que él hace con maestría: deformar los hechos y las ideas para servir a su ideología. Asistimos a una enorme ofensiva contra el capitalismo competitivo y hay que aprestarse para su defensa. Vuelven los viejos dinosaurios… en realidad nunca se fueron.
Source URL:
http://www.elcato.org/node/3765

______________________________________________________________________________________

Opinión

EE.UU. corre el riesgo de ser otra Argentina

Por Paul Krugman
Para LA NACION

Noticias de Economía: anterior | siguiente

Miércoles 7 de enero de 2004 | Publicado en edición impresa

NUEVA YORK (The New York Times Services).- La Argentina retuvo la confianza de los inversores internacionales casi hasta el fin de los noventa. Los analistas le restaban importancia a sus grandes déficit fiscal y comercial; insistían en que las políticas favorables a las empresas y el libre mercado permitirían al país superar todo eso con crecimiento. Pero cuando la confianza se hundió, ese optimismo se demostró tonto. La Argentina, que en un tiempo fue presentada como muestra de las bondades del nuevo orden mundial, rápidamente se convirtió en un sinónimo de catástrofe económica.

Los que hemos sugerido que la irresponsabilidad de la política reciente de EE.UU. puede producir un desastre similar hemos sido rechazados como gente chillona, incluso histérica. (El mercado está en ascenso, ¿no es cierto?). Pero pocos describirían a Robert Rubin, el legendario ex secretario del Tesoro, como histérico: su capacidad de mantenerse calmo frente a las crisis y tranquilizar a los mercados fue su mayor virtud. Y Rubin se ha unido formalmente a la coalición de los chillones.

En un trabajo presentado el fin de semana en una reunión de la American Economic Association, Rubin y sus coautores -Peter Orszag, de la Brookings Institution, y Allan Sinai, de Decision Economics- sostuvieron argumentos familiares a los lectores habituales de esta columna. Los Estados Unidos, señalaron, tienen actualmente déficit fiscal y comercial muy grandes. Las proyecciones oficiales de que estos déficit caerán con el tiempo no se basan en “supuestos creíbles”. Las proyecciones realistas muestran un inmenso crecimiento de la deuda en la próxima década, que se acelerará cuando los miembros de la generación del boom de los bebes (de la II posguerra) se jubilen en masa.

Catástrofe potencial Todo esto es material convencional, aunque anatema para los apologistas de la administración, que insisten, desafiando los datos de la realidad, que tienen un “plan” para reducir el déficit a la mitad. Lo que es nuevo es aquello que Rubin y sus coautores dicen de las consecuencias. En vez de centrarse en el daño gradual que producen los déficit, subrayan el potencial para una catástrofe.

Alertan que “los déficit continuos sustanciales pueden afectar severa y adversamente las expectativas y la confianza, lo que a su vez puede generar un ciclo negativo autorreforzante entre el déficit fiscal subyacente, los mercados financieros y la economía real … Los costos y resultados negativos potenciales de tal desarreglo fiscal y financiero ofrecen quizá la mayor motivación para evitar los déficit fiscales continuos sustanciales”. Dicho de otro modo, llora por nosotros Argentina: podemos estar recorriendo su mismo camino.

Para que los lectores no crean que el secretario del Tesoro más aplaudido desde Alexander Hamilton se ha vuelto loco, el trabajo cita extensamente un trabajo anterior de Laurence Ball y N. Gregory Mankiw, que plantean lo mismo. Mankiw es ahora presidente del Consejo de Asesores Económicos de Bush, cargo que le exige apoyar las políticas de su jefe, y tranquilizar al público respecto de que el déficit fiscal producido por esas políticas es manejable.

Pero he aquí lo que escribió en 1995, en tiempos en que el déficit fiscal era mucho menor al de hoy y estaba cayendo: el riesgo de una crisis de confianza “puede ser el motivo más importante para tratar de reducir los déficit fiscales. Al incrementar su deuda, los países se aventuran en territorio poco familiar, en el que puede estar al acecho un aterrizaje duro. Si los responsables de la política son prudentes, no correrán el peligro de descubrir cómo son realmente los aterrizajes duros en países [avanzados].”

Dudas El punto que defiende Rubin ahora, y que Mankiw defendía cuando era agente libre, es que la inmunidad tradicional de los países avanzados como EE.UU. de crisis financieras al estilo del Tercer Mundo no es un derecho de nacimiento. Los mercados financieros nos dan el beneficio de la duda sólo porque creen en nuestra madurez política, en la disposición de nuestros líderes a hacer lo necesario para reducir déficit, pagando un costo político si fuera necesario. Y en el pasado esa confianza se ha justificado. Hasta Ronald Reagan elevó los impuestos cuando el déficit fiscal se fue por las nubes.

¿Pero tenemos aún esa clase de madurez? He aquí la frase inicial de un artículo reciente de The New York Times sobre los planes presupuestarios de la administración: “Confrontados con un déficit fiscal record, funcionarios de la administración Bush dicen que han preparado un presupuesto para el año electoral que reducirá el crecimiento del gasto interno sin alienar sectores con influencia política”. No hace falta decir que los recortes que se proponen implementar sobre el gasto son a la vez crueles y triviales.

Si esta clase de irresponsabilidad continúa, los inversores terminarán por concluir que EE.UU. se ha convertido en un país del Tercer Mundo y comenzarán a tratarlo como tal. Y los resultados para la economía de EE.UU. no serán bonitos.

Traducción de Gabriel Zadunaisky

Paulson’s plan was not a true solution to the crisis

By Martin Wolf

Published: September 23 2008 19:38 | Last updated: September 23 2008 19:38

Pinn illustration

Desperate times call for desperate measures. But remember, no less, that decisions taken in haste may shape the financial system for a generation. Speed is essential. But it is no less essential to get any new regime right.

No doubt, the crisis has long passed the stage when governments could leave the private sector to save itself, with just a little help from central banks. For the US, the rescue of Bear Stearns was the moment when that option evaporated. But the events of the past two and a half weeks – the rescues of Fannie Mae and Freddie Mac, the failure ofLehman Brothers, the sale of Merrill Lynch, the rescue of AIG, the flight to safety in the markets and the decisions by Morgan Stanley and Goldman Sachs to become regulated bank holding companies – have made a comprehensive solution inevitable.

The US public expects action. The question is whether it will get the right action. To answer it, we must agree on the challenge the US financial system faces and the criteria for judging how it should be met.

What then is the challenge? The answer given by Hank Paulson, the all-action US Treasury secretary, last Friday, in announcing his “troubled asset relief programme”, is that “the underlying weakness in our financial system today is the illiquid mortgage assets that have lost value as the housing correction has proceeded. These illiquid assets are choking off the flow of credit that is so vitally important to our economy.” The core challenge, then, is viewed as illiquidity, not insolvency. By creating a market for the toxic assets, Mr Paulson hopes to halt the spiral of falling prices and bankruptcies.

I suggest we should take a broader view of events. The aggregate stock of US debt rose from a mere 163 per cent of gross domestic product in 1980 to 346 per cent in 2007. Just two sectors of the economy were responsible for this massive rise in leverage: households, whose indebtedness jumped from 50 per cent of GDP in 1980 to 71 per cent in 2000 and 100 per cent in 2007; and the financial sector, whose indebtedness jumped from just 21 per cent of GDP in 1980 to 83 per cent in 2000 and 116 per cent in 2007 (see charts). The balance sheets of the financial sector exploded, as did the sector’s notional profitability. But leverage, alas, works both ways.

Since US net international debt was 39 per cent of GDP at the end of 2007, virtually all of this debt is an asset of another domestic entity and would net out to zero. But when the gross debt stock is huge and economic conditions difficult, the chances that many entities are bankrupt is high. When people fear mass insolvency, lenders stop lending and the indebted stop spending. The result can be the “debt deflation”, described by the American economist, Irving Fisher, in 1933 and experienced by Japan in the 1990s.

Sector debt

Given the recent explosion in leverage, the challenge is unlikely to be one of mispricing of the toxic mortgage-backed securities alone. Many people and institutions made leveraged bets that have since gone sour. Their debt cannot be repaid. Creditors are responding accordingly.

Now turn to the criteria to be used in judging the intervention. First, it would deal with the systemic threat. Second, it would minimise damage to incentives. Third, it would come at minimum cost and risk to the taxpayer. Not least, it would be consistent with ideas of social justice.

The fundamental problem with the Paulson scheme, as proposed, is then that it is neither a necessary nor an efficient solution. It is not necessary, because the Federal Reserve is able to manage illiquidity through its many lender-of-last resort operations. It is not efficient, because it can only deal with insolvency by buying bad assets at far above their true value, thereby guaranteeing big losses for taxpayers and providing an open-ended bail-out to the most irresponsible investors.

Furthermore, these assets are illiquid precisely because they are so hard to value. The government risks finding its coffers stuffed with huge amounts of overpriced junk even if it tries not to do so. Also objectionable, though more in design than in the fundamentals, were the unchecked powers for the Treasury. Such a fund should be operated professionally, under independent oversight. Finally, if the US government is to bail out incompetent investors it should surely also provide more help to the poor and often ill-informed borrowers.

Yet, above all, a scheme for dealing with the crisis must be able to remedy the looming decapitalisation of the financial system in as targeted a manner as possible. A fascinating debate on how to do this is under way in the economists’ forum on FT.com. To the contributions, including Tuesday’s Comment pagearticle by Dominique Strauss-Kahn, managing director of the International Monetary Fund, I would add one by Luigi Zingales of Chicago University’s graduate school of business.*

The simplest way to recapitalise institutions is by forcing them to raise equity and halt dividends. If that did not work, there could be forced conversions of debt into equity. The attraction of debt-equity swaps is that they would create losses for creditors, which are essential for the long-run health of any financial system.

The advantage of these schemes is that they would require not a penny of public money. Their drawback is that they would be disruptive and highly unpopular: banking institutions would have to be valued, whereupon undercapitalised entities would have to adopt one of the ways to improve their capital positions.

If, as seems plausible, a scheme that imposes such pain on the financial sector would be rejected out of hand, the next best alternative would be injection of preference shares by the government into decapitalised institutions, on the lines proposed by Charles Calomiris of Columbia University. This would be a bail-out, but one that constrained the behaviour of beneficiaries, not least on payment of dividends. That would make it far better than dropping benefits on the unworthy, via mass purchases of overpriced toxic paper.

What then do I conclude? Yes, there may well be a place for intervention in the market for toxic securities. But this is a costly and ineffective way of meeting today’s deepest challenge. What is needed, still more, is a clear and effective way of deleveraging and recapitalising the financial sector, ideally without using taxpayer funds. If such funds are to be used, they must also be injected in as carefully targeted and controlled a way as possible. Comprehensive action is essential, as Mr Paulson has decided. But let the US take the time to make that comprehensive action right.

*Why Paulson is wrong, www.chicagogsb.edu/igm

martin.wolf@ft.com

El mayor riesgo

Filed under: Gráfica — Jorge Avila @ 5:26 pm

El clima político nacional ha cambiado casi milagrosamente en los últimos treinta días. Hace un mes, la gente de la calle, los periodistas, los observadores y los consultores se preguntaban ¿cuándo se caen? Pero hacen ya unos quince días que los Kirchner gobiernan sin sobresaltos. Lo milagroso del caso es que no hicieron nada para que la situación se estabilizara. Este fenómeno demuestra que la gente y la dirigencia no quieren que se caigan; tienen terror de los cambios institucionales y económicos que podrían sobrevenir.

Con la excepción de errores políticos, como el que cometieron con el campo, o de un desmoronamiento de los precios mundiales de la soja y otros commodities, el gran riesgo que corre el gobierno es el default. Los Kirchner saben que un default tendría un impacto demoledor sobre la estabilidad del gobierno. Los dejaría en ridículo, además. ¿Imaginan el escenario? ¡En default a sólo tres años y medio de aplicar una quita sin precedente histórico! Ya han perdido mucho del respeto político que inspiraban. En ese escenario perderían todo el respeto financiero que lograron por su manejo de la “caja”.

Según el consenso de los consultores, el gobierno argentino honrará sus obligaciones sin problemas en 2008. El domingo pasado, José Luís Espert, un reconocido consultor cuyo fuerte es el seguimiento de la situación fiscal, publicó un artículo en La Nación cuyo mensaje es que el gobierno, raspando por cierto el fondo de la olla, estará en condiciones de pagar tanto los intereses como los vencimiento de capital de 2009. Hasta donde yo sé, Espert es el primer consultor que se anima a hacer tal pronóstico. Sepan que raspar el fondo de la olla significa ponerle bonos a las AFJPs por 70% de la recaudación previsional privada, colocar bonos en gran cantidad en el Anses, que es la fuente de la jubilación estatal, y encajarles más bonos a las aseguradoras, entre otras piruetas que asegurarán nuestra calidad de vida a partir de los 65 años de edad. No debería extrañarnos que también haya algún bono especial para los bancos. ¿Se dan cuenta ahora por qué propongo una banca y un sistema jubilatorio off-shore?

La Nación publicó otro artículo que ayuda a poner en perspectiva mi post sobre el pago al Club de París. Este artículo contiene un par de cuadros interesantes. El primero ilustra el cambio de “prestamista de última instancia” implementado por el gobierno desde el año 2006. Canceló la deuda con el FMI de u$s 9.500 millones, que en la actualidad nos costaría apenas un 4% de interés anual, y se endeudó con el gobierno venezolano en u$s 9.200 millones, a una tasa que ha pasado de 8.5% anual en 2005 a 15% anual en 2008. En la mente delirante de los Kirchner este swap debe estar dejando ganancias de todos los colores. Pero en la de la gran mayoría de los observadores ya no queda lugar para un gramo más de perplejidad. Por varias razones: a) la tasa que cobra el FMI es mucho más baja; b) la auditoría del FMI habría dotado de transparencia a las cuentas púlicas argentinas y evitado locuras como las del Indec y el tren bala; c) la cancelación de las deudas con el FMI y el Club de París es interpretada por la comunidad financiera más como el portazo de un adolescente que como un paso en pos de la independencia financiera y de política económica. Quiero decir que este acto nos aleja de la reapertura del crédito internacional en vez de acercarnos.

ChavezFMI.jpg

El segundo cuadro muestra una estimación independiente de las necesidades de financiamiento del gobierno hasta 2011. Este concepto es la diferencia entre los compromisos por intereses y vencimientos de capital de la deuda pública y una estimación del superávit fiscal. En números redondos, el gobierno enfrenta pagos de intereses de u$s 5.000-6.000 millones por año y vencimientos en el orden de u$s 10.000 millones por año en el período 2009-2011. Con un superávit fiscal de 3% del PBI, similar al que el gobierno cree que conseguirá y más alto que el superávit que se estimó para construir el cuadro, todavía faltaría cubrir cerca de u$s 6.000 millones por año. Sin acceso al mercado de crédito internacional, y una vez raspado el fondo de la olla, habrá default. En esta expectativa se funda la sugerencia de frenar el crecimiento del gasto público, normalizar el Indec (para blanquear el default encubierto sobre los bonos que ajustan por el índice de costo de vida) y reestructurar la deuda en default con los bonistas.

necesidadesfinan.jpg

September 2, 2008

Manotazo a las reservas

Filed under: Cotidiana — Jorge Avila @ 6:08 pm

Esta mañana, mientras se celebraba el día de la industria, la Sra. de Kirchner anunció que el gobierno ha dispuesto cancelar la deuda con el Club de París. Aplicará con tal fin 6.702 millones de dólares tomados de las reservas de libre disponibilidad. A falta de aclaración, entiendo que esos fondos saldrán de las reservas internacionales del BCRA. De modo que, en vez de renegociar la deuda con la intervención del FMI en el papel de auditor como requieren los estatutos del Club, el gobierno decide pagarla de un golpe.

Varios periodistas me llamaron para preguntar si esta decisión mejorará el acceso del país al crédito internacional, si abaratará su costo y si afectará la estabilidad del tipo de cambio, que hoy cotiza a $3.05 por dólar. Siguen mis respuestas.

Tengo la redonda impresión de que esta cancelación no tendrá, en principio, influencia perceptible o duradera sobre la oferta de crédito al sector privado. Que no le abrirá al país las puertas de los mercados de crédito del mundo y que tampoco reducirá la tasa de financiamiento. Pero si la cancelación no fuera una medida aislada sino parte de un plan financiero integral y realista, creo que podría tener un impacto apreciable. Dicho plan tendría que contemplar un freno al gasto público, lo cual exige una actualización tarifaria, y la salida del default con los bonistas independientes (hold outs).

Sobre el uso de las reservas respondí que la cancelación aumenta el tipo de cambio de conversión. Esta definición del tipo de cambio es igual al cociente entre los pasivos del BCRA (base monetaria + deuda cuasi fiscal) y las reservas internacionales. El día 19 de marzo, el TCC era igual a 3.26 pesos por dólar; el 22 de agosto, 3.45, y ahora, luego de restar los u$s 6702 millones de la deuda que se cancela, ha saltado a 4.02. Cuando la economía entre en crisis la próxima vez, el mercado pensará que un tipo de cambio de 4 pesos por dólar es muy razonable. Este es el gran costo. Ya que la cancelación no se hace con un superávit fiscal sino con parte del respaldo de la moneda argentina.

Debate sobre el Estado

Filed under: Periodística — Jorge Avila @ 4:48 pm

PUBLICADO POR REVISTA NOTICIAS, 22 DE FEBRERO DE 2003

Lo aprendí en la década del ‘70 cuando empecé a trabajar como novel economista en la Secretaría de Hacienda, y desde entonces no he dejado de corroborarlo. Un experimentado funcionario de carrera me dijo un día: ¡Joven, sépalo de una vez, las empresas del Estado son intrínsecamente ineficientes! Todavía hacía furor en la Argentina la onda socialista que se había propagado por el mundo a partir de la Gran Depresión.

Pienso exactamente al revés de Héctor Timerman (Noticias, 15/2/03). Estoy convencido de que el Estado es “corrupto, ineficiente, bobo y deforme”, que nos conviene desplazarlo de todas las funciones que puedan ser prestadas por la empresa privada, y que en las funciones en las que resulte insustituible lo más sabio es armarse de paciencia y encarar la tarea ardua y prolongada de reconstruir un Estado organizado y fundado en el mérito.

Las empresas estatales son intrínsecamente ineficientes porque, simplemente, no quiebran. En otras palabras, sus quebrantos siempre son cubiertos por el Tesoro nacional y, por tanto, pagados por la sociedad mediante nuevos impuestos, nueva deuda pública o un poco más de inflación. Las empresas estatales son tierra de nadie porque pertenecen a todos y a nadie. Y como nadie responde con su patrimonio por sus déficit, las empresas hacen inversiones de bajísima rentabilidad, dan inamovilidad a ñoquis, pagan sobreprecios muchas veces escandalosos por sus insumos, venden sus servicios a precios políticos por debajo del costo y carecen de vocación para ejecutar a sus deudores morosos. Todos se hacen un festín con la empresa pública: los clientes que no le pagan, los proveedores que le sobre-facturan, los empleados que gozan de una beca de por vida y los políticos que creen hacer patria cuando anuncian inversiones faraónicas.

Un progresista amplio y tolerante como Timerman debería apreciar que este debate es sobre medios y no sobre fines. Rara vez un debate económico se refiere a fines, mucho menos uno tan abarcador como el relativo al papel del Estado en la economía. Por este motivo, un economista en su calidad de tal no tiene autoridad para opinar al respecto; en todo caso, la tiene en su calidad de ciudadano. Solo el Congreso y las legislaturas tienen autoridad para establecer los objetivos de la intervención estatal. Sin embargo, un economista puede opinar sobre los medios más eficientes para concretar tales objetivos.

Consideremos un primer caso: el financiamiento de las Pymes. Cuando los progresistas y los empresarios piden financiamiento para las Pymes, en realidad, piden crédito subsidiado, sin preocuparse por los contribuyentes que de una u otra forma tendrán que pagar la cuenta del subsidio. Si la sociedad, por medio de sus representantes, concediera tal privilegio, cabe formular esta pregunta: ¿qué medio es más eficiente para concretarlo, la banca estatal o un subsidio que el Congreso aprobaría como parte de la ley anual de presupuesto? La banca estatal es una empresa estatal y como tal adolece de todos los vicios descriptos arriba. Reducir el costo del crédito para las Pymes por medio de la banca estatal equivale a quemar la casa para asar el cerdo. ¿No es acaso más eficiente que el gobierno otorgue un subsidio a la banca privada para que ésta financie una rebaja de la tasa de interés que cobra por los préstamos a las Pymes? Creo que la segunda alternativa es más transparente y eficiente que la primera, y que la desaparición de la banca pública traería otros importantes beneficios; por ejemplo, la desaparición de préstamos irrecuperables a los amigos del poder, que con razón molestan a Timerman y a los progresistas, y la eliminación de los préstamos de la banca oficial como medio habitual de financiamiento del gasto público provincial, que con razón preocupan a los economistas liberales.

Consideremos un segundo caso: el subsidio a la educación pública. No voy a opinar sobre su conveniencia; me limitaré a discutir la forma de concretarlo. Desde siempre, el Estado ha financiado la educación girando partidas presupuestarias directamente a las escuelas, con independencia de su desempeño académico. Como era previsible, la calidad del servicio se ha degradado lastimosamente en todo el país; las escuelas han degenerado en ministerios plagados de burocracia y ausentismo. ¿Por qué no sustituir el actual sistema de subsidio a la oferta de educación, o a la escuela estatal, por un nuevo sistema de subsidio a la demanda, atado a la calidad del servicio? El gobierno seguiría gastando lo mismo en educación, pero en vez de entregarlo a las escuelas lo entregaría a los padres de los alumnos en la forma de un bono por hijo. En marzo, los padres recorrerían las escuelas preguntando cuántos días y horas de clase, qué variedad de clases (inglés, computación, natación) y qué actividades extracurriculares ofrecen a sus hijos, decidirían a qué escuela mandar a sus hijos, y pagarían la escuela con el bono del gobierno. El nuevo sistema estimularía una fuerte competencia entre las escuelas estatales, algunas manejadas ahora por sus cooperadoras, las parroquiales y las privadas de asociaciones civiles. Mejoraría mucho la educación pública y, en especial, la que reciben los alumnos de las clases media-baja y baja. Aunque enfrentaría la tenaz oposición del gremialismo docente, ya que siempre es preferible tener como patrón a un Estado desordenado que a directores de escuelas autogestionadas que miden el peso.

Consideremos un último caso: el financiamiento de los caminos. Hasta la década del ’90, Vialidad Nacional estuvo encargada de la construcción, reparación y señalización de los caminos de todo el país. En las décadas del ’70 y el ’80 cesaron casi por completo los trabajos de construcción y señalización; mentiría si dijera que alguna vez pude ver un empleado de Vialidad, o de una empresa vinculada a ella, arreglando un camino. La causa no era la falta de fondos sino la burocracia y los ñoquis. En la década del ’90, irrumpió el sistema de peajes, por el cual una empresa privada hace aquel trabajo y cobra a cambio un arancel a los usuarios. Según la teoría económica, esta política es incorrecta; lo correcto es no cobrar nada a los usuarios pues ellos no desgastan los caminos al transitarlos. Pero esta prescripción supone la existencia de un organismo nacional de vialidad eficiente. Mientras esta repartición no exista, yo defenderé el sistema de peajes, ya que sin él no tendremos caminos decentes, y nada es más caro que lo que no se tiene.

Estos ejemplos tienen por objeto demostrar que es un enorme error darle al debate un tono moralista y de fines. Las empresas estatales están predestinadas al fracaso, aun cuando se ponga al frente de ellas a gerentes sanmartinianos, capaces de evitar por un tiempo la expoliación de clientes, empleados, proveedores y políticos. No se trata de un problema ético, aunque la venalidad está por doquier, sino de una cuestión fundamental de incentivos.

El progresismo argentino está lleno de reclamos y vacío de propuestas. Su problema no reside en la naturaleza de su fe sino en su pobre formación intelectual y falta de exposición al mundo; el progresismo argentino es ‘berreta’. A este carácter berreta se debe la mayor ironía política de los últimos tiempos: que el gobierno aliancista, que se proponía eliminar el trabajo precario y los contratos basura, haya terminado procreando a los cartoneros. Quizás, la falla más grande de la sociedad argentina sea no tener un progresismo ilustrado, en sintonía con el mundo y en condiciones de gobernar con solvencia, como sí lo tiene España y parece tenerlo Chile. Por esta razón, creo que sería una buena inversión que el gobierno becara unos 50 jóvenes progresistas por año para estudiar en Inglaterra la reconversión del partido laborista después de la derrota que le propinó Margaret Thatcher, o para estudiar en España la reconversión del PSOE mientras Felipe González conducía el ingreso de este país a la Unión Europea.

____________________________________________________________________________________________

Tuesday, May 23, 2006

Advice for Aspiring Economists

A student from abroad emails the following question:

Do you have some hints for me, how to become a good economist?

Here is some advice for, say, an undergraduate considering a career as an economist.

1. Take as many math and statistics courses as you can stomach.

2. Choose your economics courses from professors who are passionate about the field and care about teaching. Ignore the particular topics covered when choosing courses. All parts of economics can be made interesting, or deadly dull, depending on the instructor.

3. Use your summers to experience economics from different perspectives. Spend one working as a research assistant for a professor, one working in a policy job in government, and one working in the private sector.

4. Read economics for fun in your spare time. To get you started, here is a list of recommended readings.

5. Follow economics news. The best weekly is The Economist. The best daily is the Wall Street Journal.

6. If you are at a research university, attend the economic research seminars at your school about once a week. You may not understand the discussions at first, because they may seem too technical, but you will pick up more than you know, and eventually you’ll be giving the seminar yourself.

You may find some other useful tidbits in this paper of mine.

Update: Here is some advice from Susan Athey about applying to grad school in economics.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s