La identidad del liberalismo

Luis Garcia ValinaFollow
Nov 23

La identidad del liberalismo

Una columna reciente y polémica publicada por Fernando Iglesias en el diario La Nación ha generado un debate novedoso y algo extraño sobre el significado del liberalismo en los muy reducidos círculos en los cuales el liberalismo tiene alguna importancia práctica. En efecto, la idea de que el liberalismo puede resultar admisible como principio ordenador de la sociedad resultaba impensable hasta no hace mucho tiempo y es quizá uno de los signos más evidentes del cambio en el clima cultural. Todavía hoy se emplea la expresión “neoliberal” con connotaciones denigrantes y acusatorias. Esta última circunstancia resulta aun más notable considerando que una buena parte del contenido filosófico de la propia Constitución Nacional es de influencia liberal.

La cuestión -si bien, como mencioné, se encuentra circunscripta a círculos bastante reducidos- merece consideración. Más allá de cierto sesgo en favor de la acción y un apenas velado desprecio por la discusión teórica más sofisticada que exhibe Cambiemos, lo cierto es que al final del día la acción sin reflexión es ciega y, como diría Keynes, “los hombres prácticos que se creen libres de cualquier influencia intelectual suelen ser esclavos de algún economista muerto”.

Justamente, el origen de la discusión reside en ciertas condiciones económicas objetivas que nadie puede ignorar. El enorme déficit fiscal y la alta carga impositiva que deben afrontar los ciudadanos es la fuente de numerosos problemas en el presente y constituye una amenaza hacia el futuro no muy lejano. Más aún -y este es el centro del debate- posee connotaciones morales.

La consideración de los efectos económicos y morales de la acción política de Cambiemos ha generado, como un efecto colateral, la visibilización de una variedad de liberalismo que en los círculos académicos son conocidos como “libertarios” e Iglesias, con ánimo polémico, llama “liberalotes”. En lo que sigue voy a optar por el primer y menos agresivo término.

El corazón normativo del libertarismo puede expresarse con las palabras de uno de los responsables de su resurgimiento, a principios de la década del ’70, Robert Nozick:

“Los individuos tienen derechos, y hay cosas que ninguna persona o grupo puede hacerles sin violar los derechos”.

La frase, que corresponde al prefacio de su ya clásico Anarquía, Estado y Utopía da el tono de la verdadera preocupación de sus descendientes teóricos libertarios: la libertad individual como valor supremo y su protección frente a la influencia del colectivo social. Los libertarios, de esta manera, asumen una concepción negativa de la libertad, entendida como ausencia de impedimentos externos a la acción individual. Una visión alternativa, por continuar con la conocida distinción de Isaiah Berlin entre libertad negativa y positiva, consiste en concebir a la libertad como ejercicio efectivo de ciertas habilidades o capacidades. Para los defensores de una concepción positiva de la libertad, no basta con ser libre en un sentido formal, sino que los individuos deben de hecho ser capaces de llevar adelante actividades valiosas para su propia realización. Esto implica que deben contar con los medios intelectuales y físicos para ejercer la libertad, y eso nos pone nuevamente frente a la pregunta por el rol del Estado en promover -o, en su versión negativa, resguardar- la libertad humana.

Este es un primer tópico del libertarismo. Una concepción negativa de la libertad y la necesidad de poner límites a la acción estatal. Más allá de las cuestiones filosóficas que pueden contribuir a esta desconfianza hacia el Estado, existen razones históricas bastante persuasivas para mirar con recelo a un Estado interesado en garantizar las condiciones para el florecimiento humano. Los regímenes totalitarios mas horrendos de la historia moderna fueron justificados en la necesidad de, justamente, promover el desarrollo humano, liberar el potencial de la humanidad de las garras del capitalismo, etc.

Sin embargo, como debería quedar claro a esta altura, la concepción negativa de la libertad y una perspectiva particular sobre los límites legítimos de la acción estatal no agota la totalidad del pensamiento liberal, dado que, como intento mostrar, el liberalismo se dice de muchas maneras. Esta es una primera falsificación a la que proceden los libertarios, es decir, la de querer hacer pasar una parte de la tradición liberal por la totalidad de esa tradición. En realidad, tenemos buenas razones para pensar que las sociedades tienen un deber de justicia de mejorar la posición de los menos aventajados de la sociedad. Si antes mencioné a Nozick, debe ahora aparecer la figura de John Rawls, probablemente el filósofo político más importante del siglo XX y autor de dos obras claves de la filosofía política contemporánea: Teoría de la Justicia y -no casualmente-, Liberalismo Político.

¿Qué dice Rawls sobre la cuestión de la justicia distributiva? En esencia, que tratar a las personas con justicia es hacerlas responsables de aquellas cosas en las que pudieron haber tenido alguna influencia. Los fines que se proponen, los medios que eligen, el modo en que tratan a los demás, etc. Pero hay cosas que escapan de su control y no resulta razonable, en principio, que su suerte en la sociedad -en la distribución económica, en la asignación de posiciones sociales y de cargas y beneficios- quede determinada por estos factores que resultan moralmente irrelevantes. En este sentido, Rawls sostiene que debemos ajustar nuestra noción de merecimiento para hacer lugar a estas arbitrariedades. Si soy un trabajador y sufro un accidente laboral, ¿en qué sentido alguien podría decir que soy responsable y merezco todas las consecuencias de este hecho fortuito? Por otro lado, muchas personas -aunque no todas- no ven nada malo en que deportistas o artistas extraordinariamente talentosos obtengan beneficios por el ejercicio de su talento. Sin embargo, ¿podemos decir seriamente que “merecen” haber nacido con cierta carga genética que los hace aptos para una actividad que una sociedad en un momento histórico determinado decide premiar? Seguramente el esfuerzo y la tenacidad juegan un rol importante en su éxito, pero intuyo que nadie supone que son ellos los únicos responsables de su éxito. Más clara queda la cuestión si pensamos en casos inversos. ¿Qué ocurre si en vez de pensar en talentos extraordinarios pasamos a pensar en discapacidades? ¿Estamos dispuestos a afirmar que, así como los deportistas son totalmente responsables de su éxito y merecen la totalidad de los beneficios, los discapacitados son totalmente responsables de su situación y merecen la totalidad de las desventajas asociadas a su posición?

Una segunda línea conceptual que atraviesa el libertarismo es su escepticismo, cuando no un rechazo apenas velado, por la democracia. La idea surge, nuevamente, de una combinación entre teoría económica, supuestos filosóficos parcialmente reconocidos y las dificultades de los sistemas políticos democráticos para estar a la altura de las demandas sociales -algo que es aún más evidente en Latinoamérica-. Con respecto a las tesis económicas, los libertarios oscilan entre el estado mínimo del liberalismo clásico y al anarcocapitalismo de Murray Rothbard. Todos coinciden en que los mercados, salvo en casos muy específicos, son mejores para la asignación de recursos que las administraciones centralizadas. Dicho de esta manera, la cuestión no resulta demasiado contenciosa. El punto se complica cuando comprendemos que en el fondo se encuentra la idea de que los mecanismos de la democracia -y de la política en general- son funcionales a un sistema de explotación que -vía impuestos- les roba a los productivos el resultado de su esfuerzo para dárselo a otros. Así como el cristianismo para Nietzsche era un dispositivo de los débiles para someter a los fuertes, la política democrática es un artilugio de los improductivos para beneficiarse del trabajo de otros.

Como es evidente, la altísima carga impositiva argentina, sumada al hecho de que los ciudadanos no perciben una contraprestación razonable por esas cargas, constituye el caldo de cultivo ideal para la proliferación de tesis libertarias antidemocráticas que tienen su origen en tesis filosóficas muy controvertidas. La posición del libertario parece razonable en Argentina, donde nada -o casi nada- funciona. Pero ¿funcionan en Finlandia, Noruega o Suecia, países con una carga impositiva similar? Pensaría que no. O no tanto. En otras palabras, quizá si recibiésemos los servicios que merecemos para nuestro nivel impositivo, la idea de que los impuestos son un robo parecería lo que realmente es: una exageración.

Estos argumentos pertenecen a una larga y sutil discusión que se se extiende por varias décadas. Es por esto que el intento de los libertarios por hacer pasar su propia versión del liberalismo por la versión última y definitiva de dicha tradición es injustificada y requiere de mayores explicaciones. Por lo demás, no tendría demasiada importancia si no fuera porque por primera vez en muchos años surge la posibilidad de pensar en una narrativa social que reemplace la ruinosa dicotomía entre peronismo y anti peronismo por una manera de concebir la organización social de una manera más abierta e imaginativa.

En cualquier caso, los problemas económicos que debe enfrentar el gobierno de Cambiemos son evidentes y hasta el propio Presidente lo ha reconocido. Dicho esto, podemos discutir la velocidad y la dirección de los cambios implementados. Sin embargo, deberíamos evitar caer en una segunda simplificación operada por los libertarios, que consiste en reducir la política democrática a una simple discusión económica. Ahora ya no es el caso de que cualquier expresión del liberalismo que no coincide con los principios libertarios deja de ser, ipso facto, liberal, sino que ahora el prisma económico se expande para abarcar la totalidad de nuestra comprensión de lo que ocurre, políticamente hablando. De allí que los libertarios puedan afirmar que el gobierno de Cambiemos es “kirchnerismo con buenos modales”, afirmación que kirchneristas y partidarios de Cambiemos coinciden -siendo quizá su única coincidencia- en condenar por falsa.

Si los libertarios argentinos pudieran remover por un momento su sesgo economicista -que puede explicarse, al menos en un principio, por el hecho de que la mayoría de los libertarios más notables son economistas profesionales- y adoptar un punto de vista un poco más comprehensivo, podrían, quizá, situar su punto de vista crítico en un contexto más realista y convertir su posición filosófica en una herramienta para orientar la acción política. Considerando el contexto y las alternativas, Cambiemos será por bastante tiempo el único liberalismo que podremos obtener. Sus principales dirigentes otorgan un papel central a la iniciativa privada, ofrecen explicaciones de las medidas que esperan sean aceptables por todos -lo cual constituye un principio básico de legitimidad liberal- y confían en la separación de poderes y el sistema democrático. Habiendo tanto por mejorar y y con tan poco margen de error, los libertarios harían un gran servicio a la sociedad incorporando en su análisis una dimensión política. Esto significa asumir que el test último de una idea política es si puede ser implementada. Una teoría no es más que un esfuerzo intelectual sin mayores consecuencias -lo cual puede ser, sin dudas, valioso en sí mismo- si no puede ser puesta en operación en condiciones reales para orientar la conducta. En términos de política democrática, el criterio de razonabilidad de una concepción política es si puede tener fuerza de ley, y esta condición va mucho más allá de la perspectiva económica.

En cierto sentido, pareciera como si los libertarios estuvieran más preocupados por proteger su propia concepción del liberalismo de los embates de la realidad que en emplear las herramientas conceptuales desarrolladas en el marco del liberalismo para mejorar la sociedad en el aquí y ahora. Por mi parte, me siento a gusto dejando que la identidad del liberalismo se vaya constituyendo como resultado de la interacción entre los principios y aspiraciones de la gran tradición liberal y los límites de las posibilidades políticas concretas.

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Acerca de Hari Seldon

Seldon nació en el 10º mes del año 11.988 de la Era Galáctica (EG) (-79 en la Era Fundacional) y murió en 12,069 EG (1EF).Es originario del planeta Helicon.Profesor de Matemáticas,crador de la PsicoHistoria.
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