El legado kirchnerista: un país dividido que hay que recomponer

Se tomó al Estado como partido político para impulsar una política de acumulación de poder y de antagonismo con el objetivo de asegurarse la permanencia en el gobierno.

Alberto Amato

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Entre las responsabilidades que le esperan a Mauricio Macri en la Presidencia, está la de recomponer el tejido político argentino, dañado por el kirchnerismo a lo largo de doce años. El delgado margen de su victoria electoral sobre Daniel Scioli, previsible en un balotaje pero delgado al fin, habla de una Argentina partida en dos: la kirchnerista y la que vivió bajo el kirchnerismo. No es la herencia más pesada que deja la Presidenta que terminó su mandato, pero es la más dolorosa y es la que más conmociona al sistema democrático de un país que lo recuperó en 1983 y que armó, de a poco y a lo largo de tres décadas, las piezas de un rompecabezas elemental que asegurara la convivencia en un país proclive a la división, rompecabezas que el kirchnerismo deshizo.

El kirchnerismo y Cristina Fernández tomaron al Estado para utilizarlo como partido político para impulsar una política de acumulación de poder y de antagonismo con el objetivo de asegurarse años de permanencia en el poder.

Ni la ex Presidenta ni sus seguidores aceptaron jamás el disenso, el cuestionamiento o el debate. A la Presidenta no se le discute, se le obedece, dijeron en estos años hasta sus funcionarios más fieles. Y Cristina Kirchner fue temible con quienes sugirieron la discusión interna, defenestró como a traidores a quienes, hastiados de su estilo, abandonaron el Gobierno y maltrató y humilló a quienes evitaron sumarse a esa entelequia que la propaganda llamó “modelo”.

La ex Presidenta tomó la lucha política, la controversia, la pluralidad de ideas y el conflicto como una ofensa personal, como un ataque solapado a su Gobierno, como una patología social y no como lo que son: pilares de una democracia que reflejan la vitalidad de una sociedad.

Si algo aprendió la sociedad argentina en treinta años de vigencia no interrumpida de la democracia, es el reconocimiento y la comprensión de quien no piensa igual, de quien no tiene nuestras mismas creencias religiosas ni nuestros mismos ideales políticos y que, sin embargo, no es un enemigo sino parte indispensable de una convivencia en la que todos expresan y defienden sus ideas.

Ese objetivo de concentración del poder y de personalismo extremo que encarnó la ex Presidenta bajo la retórica discursiva del “progresismo”, se hizo carne en una militancia que fue rentada, en diversos casos, pero en muchos otros fue una militancia esperanzada y muy joven, que tal vez no conozca otra forma de hacer política, y a la que el espíritu autoritario de sus dirigentes dejó sin argumentos, limitados y autorizados sólo a repetir los postulados que surgían de los discursos transmitidos por cadena nacional, y a lanzar las mismas acusaciones descalificatorias hacia quienes opinaran diferente.

La otra herencia casi insondable que deja como rémora el kirchnerismo es la corrupción, la más grande y desbocada desde 1983. La ex presidenta y su familia tienen sus propiedades y bienes bajo investigación.El disenso, prohibido en el Gobierno y hacia adentro del kirchnerismo, se trasladó al resto de la sociedad: el silencio se impuso a la discrepancia y cuando eso no ocurrió, se perdieron amistades, se dividieron familias, se alzaron muros entre los sentimientos de la gente.

El Gobierno, por otro lado, fue un Gobierno sin documentos. En doce años de ejercicio de un paternalismo autoritario más afín al conservadurismo argentino tradicional que al progresismo proclamado, la usina intelectual kirchnerista no produjo una plataforma política ni un mero ensayo sobre la posición argentina en política internacional, frente al terrorismo, al tráfico de drogas, a la educación, al desarrollo, a la pobreza, al desempleo o al cuidado del medio ambiente. Nunca nadie supo muy bien qué pensaba el kirchnerismo, que se arrogó el derecho de fiscalizar el pensamiento nacional, para lo que nombró a un estratega con cargo y sello, como en los viejos regímenes totalitarios.

La otra herencia casi insondable que deja como rémora el kirchnerismo es la corrupción, la más grande y desbocada desde la recuperación democrática en 1983. La presidente y su familia tienen sus propiedades y bienes bajo investigación judicial; sus allegados, sospechados de ser testaferros, son investigados porque la Justicia intuye un enriquecimiento ilegal o el lavado de dinero del narcotráfico; algún funcionario, para evitar una condena penal más dura, admitió haber sido sobornado; por mero capricho, la ex Presidenta mantuvo en su cargo al vicepresidente, procesado por corrupción, que fue presidente provisional cada vez que Cristina Fernández dejó el país. En esa expansión masiva y fatua de la corrupción, el kirchnerismo también dejó escrita una lápida para la democracia: quien se adueña del Estado, puede hacer y hace lo que se le antoja.

Si democracia es división de poderes, Cristina Kirchner convirtió al Parlamento en una sucursal de la Casa Rosada, plagada de levanta manos, que aprobaron cada uno de los caprichos presidenciales. Intentó copar el Poder Judicial para instalar una Justicia adicta; cargó contra la Corte Suprema y atacó a sus jueces en persona o a través de terceros, con lo que diluyó el efecto benéfico que implicó la renovación de la Corte en los primeros años del kirchnerismo.

Censuró a la prensa independiente, espió y lanzó campañas de descrédito y de intimidación hacia los periodistas críticos; montó con fondos públicos un gigantesco aparato publicitario disfrazado de periodismo libre o militante, que costó millones a los contribuyentes, no produjo ningún beneficio y dio origen a papelones memorables ceñidos por partes iguales a las cinchas de la alcahuetería y de la incapacidad profesional.

La ex Presidenta eludió por más de ocho años las conferencias de prensa y eligió sus monólogos por cadena nacional, en los que siempre denunció complots y campañas destituyentes contra su Gobierno, a cargo de enemigos todopoderosos jamás identificados que no le impidieron ni gobernar, ni ser electa y reelecta por un alto porcentaje de votos, como la propia ex Presidenta destacó cuando se comparó con Perón. Es extraño, pero esa capacidad visionaria de la Presidente para detectar enemigos omnipresentes, no le fue útil a la hora de prevenir el resultado electoral de octubre y de la segunda vuelta del pasado 22.

Los monólogos presidenciales, una marca registrada del nuevo populismo de América Latina, señalaron también el deterioro en el discurso de Cristina Kirchner: aquella oradora del Senado, incluso la que desgranó con emoción los postulados de su gobierno en el discurso inaugural de diciembre de 2007, prefirió un lenguaje dirigido sólo a sus fieles. Y el lenguaje de la democracia, que aún en los momentos de mayor crisis y riesgos conservó una palabra de esperanza, en el kirchnerismo se transformó en un lenguaje de tragedia, de amenaza, de reproche, de revancha.

Los logros del Gobierno a lo largo de doce años: la Asignación Universal por Hijo (que no fue idea original del kirchnerismo), la sanción del matrimonio igualitario, el impulso a la ciencia y la tecnología, el Programa de Seguridad Alimentaria, la política de Derechos Humanos, empañada luego por la obsesión de reinventar el pasado para acomodarlo a los arbitrios de la propaganda oficial; esos y otros muchos logros quedaron oscurecidos por el particular estilo de Gobierno que avaló aciertos y ocultó yerros con cifras falsas sobre pobreza, desempleo, inflación y crecimiento. La proclamada distribución del ingreso, y no de la riqueza como también afirmó con falsa intención la propaganda oficial, devino en muchos casos en clientelismo político, que en la provincia de Buenos Aires, sobre todo, terminaron dándole la espalda en las elecciones de este año.

En suma, todas esas cifras, felices por decreto, no se reflejan en los cuadros de miseria, de muertes por hambre, de comunidades originarias desatendidas, de precios desbocados y de parálisis económica con los que se despide la Presidente.

Junto con los datos oficiales acomodados al antojo de la Casa Rosada, el miedo y la extorsión fueron herramientas políticas con las que la ex Presidenta impuso su voluntad: castigó a las provincias que sabía hostiles o cuyos legisladores no obedecían el mandato oficial en el Congreso, en un juego siniestro de toma y daca que la hipocresía política llamó “látigo y chequera”; manejó a voluntad y capricho la pauta publicitaria del Estado y benefició a los medios afines al Gobierno en perjuicio de los medios críticos; sus ministros amenazaron a algunas empresas privadas con llevarlas a la quiebra; usó el poder de las agencias estatales para doblegar voluntades o para pretender torcer estrategias empresariales, o incluso para facilitar la compra de activos físicos a figuras afines al Gobierno; sus funcionarios recurrieron a la amenaza desembozada, al patoterismo cerril y a la intimidación abierta para imponer los beneficios del “modelo”. Y la larga mano de la coacción llegó incluso hasta el humilde empleado de una inmobiliaria que sugirió que el promedio de venta de propiedades en Capital Federal había descendido.

Detrás de esos enfrentamientos incesantes no hubo ni intentos destituyentes ni golpismo oculto, como proclamó también con intencionada falsedad la propaganda oficial, ni una disputa que cuestionara el rumbo ideológico del Gobierno. Hubo, en cambio, un deseo inocultable de la ex Presidenta de acumular más poder como para reformar la Constitución y habilitar la reelección eterna que pretendían a voz en cuello sus legisladores, una estrategia que empezó a desandar su camino y que fue interrumpida sólo por la derrota oficialista en las elecciones legislativas de 2013.

Ninguno de los excesos y desatinos del Gobierno, en especial los que afectaron y afectan la vida, la economía, la seguridad y la libertad de las personas, fue posible sin el acuerdo de gran parte de una sociedad que eligió plegarse a ese relato vestido con el ropaje de los grandes ideales. Otra gran parte de la sociedad prefirió expresar su hastío, retomar acaso el postergado hábito del disenso.

La cadena de errores –y el hastío con un estilo descalificador y personalista– terminó con el sueño de perpetuidad. Primero en 2013, con la irrupción de Sergio Massa, y luego con el triunfo en segunda vuelta de Mauricio Macri. El ciclo kirchnerista terminó por el voto popular.

Acerca de Hari Seldon

Seldon nació en el 10º mes del año 11.988 de la Era Galáctica (EG) (-79 en la Era Fundacional) y murió en 12,069 EG (1EF).Es originario del planeta Helicon.Profesor de Matemáticas,crador de la PsicoHistoria.
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