Necesitamos que usted recapacite, Cristina

Jorge Fernández Díaz

LA NACION

Durante años yo soñaba una impertinencia, Cristina. Soñaba que estaba en Olivos y discutía mano a mano con usted. Por lo general, me despertaba alterado y triste. Luego soñé muchas veces despierto que debatíamos sin gritarnos sobre algunos temas de fondo. Hablé con varios ministros suyos para ver si usted me podía recibir, no con el ánimo de entrevistarla, sino con la ingenua ilusión de conversar en los términos en que quizás otros colegas no puedan hacerlo. Le explico: a mí no me interesaba discutir para derrotarla. Ni quería hacerlo desde la vereda de enfrente, donde el kirchnerismo me puso, sino desde un pasado y un sistema de creencias más o menos comunes que alguna vez tuvimos. Es que usted y yo tuvimos más coincidencias de las que cree. Ambos somos descendientes de inmigrantes asturianos. Y sabemos, por lo tanto, lo que significaba aquella extraordinaria cultura del trabajo y las sordas broncas que después se desataron entre esos emigrantes que no conocían los francos ni las vacaciones, y aquellos otros inmigrantes que trajo Perón en 1945 con los nuevos derechos adquiridos.

Hubo en aquellos tiempos una batalla resentida entre pobres, un gran malentendido que continuó a su manera durante décadas. Su hogar estaba dividido, Cristina: su madre pertenecía a esta última oleada, era una gremialista y una militante de Perón. Mientras que su padre era un radical antiperonista y enfático. Usted finalmente tomó partido por su madre en contra de su padre. Le confieso que yo me acerqué al peronismo por la misma razón, para ser rápida e integralmente argentino y para oponerme a mi padre asturiano, para el que aquella adscripción ideológica era un verdadero escándalo. Usted y yo entramos al peronismo desde la izquierda nacional de Jorge Abelardo Ramos, que era un ensayista brillante, y compramos su visión esquemática acerca de la eterna lucha entre los proyectos nacionales y los oligárquicos. Ramos nos enseñó, recuerde bien, a detestar a los Montoneros y a rescatar a Roca. Varios años más tarde, nos enseñó también que muchas de sus propias descripciones ideológicas habían quedado viejas en un país que cambiaba. El mismo cambió; hoy al Colorado sus libros le parecerían lo que son: geniales piezas literarias, pero nada más.

No hay nada más viejo y oxidado que aquello en lo que creíamos ingenuamente, Cristina. Insisto: el mundo cambió y, por suerte, nosotros viajamos, conocimos otras experiencias democráticas y evolucionamos positivamente. Tanto usted como yo sentimos un fuerte golpe emocional el día que ganó Alfonsín (yo no me podía levantar de la cama), pero con los años fuimos rescatando la importancia de este extraordinario líder democrático. Tanto usted como yo descubrimos que fuimos injustos con don Raúl y que en su momento no supimos comprender su gesta en toda su magnitud política. Usted y yo, Cristina, simpatizábamos entonces con la renovación peronista. Que era absolutamente imprescindible si queríamos una democracia bipartidista y moderna. A ambos nos gustaban los intentos democráticos de Cafiero, de Bárbaro y de Bordón, y creíamos realmente que el peronismo podía ser republicano y no corporativo y destituyente, como luego fue.

Más tarde llegó Menem y ustedes en el Sur se entusiasmaron, mientras yo sentía progresivamente decepción y desconfianza. Usted, Presidenta, coincidió después con las ideas de Chacho Álvarez, que se iba del peronismo tratando de fundar un partido más dinámico y menos corrupto. Y también con Bordón, que se ofrecía como una alternativa virtuosa al modelo menemista. Pero a la hora de la verdad, usted decidió seguir adentro, no sacar los pies del plato y continuar votando disciplinadamente al peronismo. Sin embargo, mientras su marido llevaba a cabo una estrategia feudal en el sur del mundo, usted desplegaba en Buenos Aires una política claramente republicana y parlamentarista. Yo apoyé íntimamente esa evolución, que fue de un nacionalismo vetusto hacia una modernidad democrática. Usted era amiga de Gustavo Béliz, que fue mi amigo toda la vida, y que es un ejemplo de transparencia. Usted almorzaba con Elisa Carrió y declaraba a favor de la purificación de la política, la independencia de la justicia y la libertad de expresión. Usted era en Buenos Aires la contracara de que lo Néstor era en la provincia. Y cuando llegaron juntos a la Casa Rosada llamaron a Bordón y le propusieron discutir un programa desarrollista, a la manera de Frondizi. Que nunca hicieron.

Yo tengo debilidad por esa modalidad económica. Pienso como pensaban ustedes antes. Que no debíamos caer en un estatismo trágico y bobo, ni en un neoliberalismo feroz; que podíamos quedarnos en el medio: con un rol activo del Estado, una tecnocracia estatal eficiente y una apertura al mundo, al que le venderíamos nuestros productos y nuestros conocimientos. Ambos teníamos veneración por Felipe González y queríamos lo que Pepe Nun proponía: un país normal. Yo los criticaba entonces porque criticar es siempre un deber periodístico e intelectual, pero sentía bienestar por esas ideas insinuadas. Que lentamente se fueron deformando en el ejercicio impiadoso del poder. Por alguna razón, tal vez por genética, ustedes abandonaron ese lugar razonable y se volvieron hacia el modelo feudal de Santa Cruz. Lo nacionalizaron, y eso los llevó hacia una radicalización que a mí aún hoy en día me deja perplejo. Sus gobiernos se dejaron capturar por una ensoñación falsamente revolucionaria, le dieron más bolilla a los ex montoneros y a los ex estalinistas, que a los peronistas republicanos y a los socialdemócratas europeos y regionales, como Lagos y Bachelet. En los años 80, usted lo recordará perfectamente, quienes estábamos cerca de aquella idea habíamos hecho una lista con las aberraciones que había cometido Perón, y habíamos decidido solamente apoyar las cosas buenas, sabiendo que muchos de sus pecados respondían a una época pretérita. No se podía calcar el pasado: era como si para seguir a José de San Martín habilitáramos relaciones con chicas de 13 años y tuviéramos un código de degüello para los enemigos. Un absurdo total. Lo que sucedió en el 45 era irrepetible porque la conciencia de las sociedades también había evolucionado.

Usted vino de repente y nos dijo a todos que hasta las peores cosas de Perón y Evita eran buenas, y se dedicó a copiarlas con exactitud como si estuviéramos en el túnel del tiempo. Allí comenzó una nueva etapa, que se coronó cuando yo la vi por televisión gritar: “Vamos por todo”. Le confieso que ese grito de guerra fue un límite absoluto. Y usted no se quedó en simples palabras. Usted abandonó el sistema democrático tradicional (ése que nos costó tanto conseguir) y nos internó en un peligroso régimen caudillesco, autoritario y primitivo. ¿Cuándo dejó de creer en la división de poderes y en el control republicano? ¿Cuándo dejó de hablarle a la oposición, usted que tenía un ejercicio aceitado en el Parlamento argentino? ¿Cuándo cambió el endiosamiento al trabajo por este clientelismo decadente? Es incomprensible para mí ese giro dramático que usted pega, y que le hace pegar al país entero. Me cuesta digerir que usted haya hecho retroceder al peronismo a semejante situación, y que podría resumirse en la cantinela de que sólo ese partido puede gobernar. Que resulta mejor una democracia de un solo partido y que esa hegemonía debe ser inalterable para salvar a la Patria. ¿Se imagina si yo le hubiera leído estos conceptos en los años 80 y 90? Usted se habría horrorizado de sí misma. Y lo bien que hubiera hecho. Porque para realizar todo esto tuvo que entronizar a un peronismo que se convertía en lo que combatía. En una gran corporación, en una nueva oligarquía de millonarios.

Antes usted despreciaba a esos caciques y barones oscuros; luego los abrazó con felicidad. Antes usted creía en los medios y en los sectores independientes, en los librepensadores y en la clase media; después los combatió despiadadamente. Usted avanzó sobre el Poder Judicial, las empresas y el campo, partió a la CGT en cinco partes, fragmentó al peronismo en tres, terminó lesionando a la industria nacional y a las economías regionales, impuso un sistema unitario que borró el federalismo real, y le puso el nombre de su marido a estatuas, calles y edificios públicos. Hizo cosas que le hubieran avergonzado a la otra Cristina Kirchner. A la que yo admiraba. Que esa mujer haya sintonizado con la decadente idea cívico militar de Hugo Chávez, fue también una sorpresa inquietante. De Felipe González a Nicolás Maduro. ¿Se da cuenta? Fue un viaje hacia la oscuridad. Un viaje innecesario y absurdo, una metamorfosis horrible. Yo no la reconozco en todas estas acciones. Tampoco en poner un cepo estrambótico y a partir de eso frenar la inversión externa, en la que usted creía con convicción. A usted le interesaba la transparencia, y de repente justificó la corrupción política. También defendía la sanidad de las cuentas públicas y la sustentabilidad macroenómica. Y después practicó un programa opuesto que nos convirtió en uno de los países con mayor rojo fiscal del mundo y con una de las inflaciones más altas del planeta; una nación aislada y anacrónica que le causa espanto incluso a compañeros de ruta, como los acólitos de Bachelet, Dilma Roussef y Mujica. ¿Qué pasó en el medio? ¿Su bronca contra quienes la criticaban finalmente la cegó y la empujó en brazos justificadores de setentistas tardíos como Zannini, Kiciloff y Laclau? Ellos no creen en la democracia republicana ni en la economía virtuosa, Cristina. Creen que la democracia es de derecha. Son propiciadores de un régimen cerrado y enemigos de la República. No comparto cientos de medidas que usted impulsó, pero aún así pienso que su proyecto se podría haber llevado a cabo sin abandonar las banderas de la institucionalidad, sin esta agresividad montoneril, sin las divisiones sociales que ya el propio peronismo había superado.

El otro día la oí amenazarnos, Cristina. Usted se alarmaba de que alguien con otra visión política pudiera ocupar la Casa Rosada. Insinuaba que un gobierno de otra fuerza equivalía necesariamente a muertos, huída en helicóptero y la entrega anticipada y humeante del poder. Usted alguna vez creyó en la necesidad irreductible de una alternancia en la Argentina. ¿Qué pasó con aquella legisladora? ¿Cómo es posible que usted amenace al pueblo si éste vota una idea distinta?

Ahora usted se retira, Presidenta. Estoy seguro de que voy a soñar varios meses con que hablo con usted en el Calafate, y también con esta nueva oportunidad histórica que se abre. Usted me dirá que no soy nadie. Y no lo soy. Pero si pudiera aconsejarla, le pediría que acepte su responsabilidad en la democracia. Que en su retiro haga una autocrítica íntima y que ayude a gobernar al que viene, sea quien sea. Que no lo extorsione ni trabaje para destituirlo. Y que permita a su vez que el peronismo se renueve. Recupere, en el llano, doctora, su sentido común. Alan García se fue como un populista repudiado y volvió como un estadista. Bachelet no se fue deseando que Piñera cayera en medio de una masacre, y por eso logró volver con la frente en alto. Hay gente que quiere borrar de la faz de la Tierra al peronismo, que es un hecho inevitable de nuestro país y de nuestra historia. De nada vale luchar porque esa fuerza deje de ser una hegemonía, si luego el peronismo no se moderniza y se convierte en un partido caudaloso pero democrático y republicano. Un interlocutor con el que acordar políticas de Estado, un socio razonable con el que reconstruir el país. Así como una alternancia es fundamental, también lo es una segunda renovación peronista que termine con esa corporación. Que cuando gobierna se apodera del Estado y saquea las instituciones, y cuando está en el llano organiza saqueos y desea el derrumbe de su rival. Si hay derrumbe perdemos todos: los peronistas, los que no lo son y los que dejamos de serlo.

Cristina, me gustaría decirle que un estadista sabe cuándo y cómo retirarse. Sabe también cómo sanarse a sí mismo y cómo realizar en silencio sus autocríticas. Ayúdenos a vivir sin usted. Participe, si quiere, de la democracia, pero no desde el odio y la conspiración, sino desde la responsabilidad. Necesitamos que usted recapacite, Cristina, y vuelva a ser la que alguna vez fue. Necesitamos que se recupere a sí misma después de tanta desmesura. El país lo necesita.

Texto leído en “Pensándolo bien”, el programa de Radio Mitre

Acerca de Hari Seldon

Seldon nació en el 10º mes del año 11.988 de la Era Galáctica (EG) (-79 en la Era Fundacional) y murió en 12,069 EG (1EF).Es originario del planeta Helicon.Profesor de Matemáticas,crador de la PsicoHistoria.
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