Un proyecto deja de ser popular cuando el pueblo no lo quiere, porque quien define si algo es o no popular es ju stamente el pueblo.AL FINAL DEL TOBOGÁN ESTÁ EL ARENERO.

EDICIÓN IMPRESA COLUMNISTAS 29.10.15 | 00:00

La nave de los locos

ERNESTO TENEMBAUM

Aníbal Fernández estaba casi en la gloria. Luego de un breve período de destierro había vuelto a ser jefe de Gabinete. Su candidatura a gobernador estaba al alcance de la mano. Y comandaba una operación que empezaba a ser exitosa: la captura de los intendentes que se habían ido detrás de Sergio Massa y volvían de su mano al kirchnerismo, confiados en que los vientos cambiaban de dirección. En ese contexto, cuando le preguntaron por lo que estaba ocurriendo, pronunció una de sus máximas más logradas: "Al final del tobogán está el arenero". Evidentemente, Fernández consideraba que quien se estrellaría contra el piso sería Massa, sin darse cuenta que –en realidad– él era el que estaba en el tobogán y se venía a pique. En su defensa, hay que decir que, muchas veces, cuando alguien está en el cresta de la ola, en la cima del poder, pierde perspectiva de lo que está ocurriendo. Es probable que, en estos días, el dicho fernandista sea aplicable también a Cristina Fernández de Kirchner.

Durante las horas previas al cierre de esta nota, los episodios se sucedían a una velocidad vertiginosa. Hebe de Bonafini sostenía que Scioli había "hecho mierda la provincia" pero que había que votarlo sí o sí. O sea, pedía a la sociedad que eligiera a un inútil. El propio jefe de Gabinete sostenía que solo reivindicaba la figura de la Presidenta y de nadie más. El secretario de Coordinación del Pensamiento Nacional (sic), Ricardo Forster, cuestionaba el cierre de campaña en el programa de Marcelo Tinelli y declaraba que le gustaría más presencia de Cristina. Los cristinistas Fernando Navarro y Diana Conti le recomendaban por televisión a Scioli que hiciera más campaña puerta a puerta, en el territorio, y menos en los programas. Otro de los referentes de Carta Abierta, el sociólogo Horacio González, consideraba que el candidato no era el mejor pero "podía mejorar". "El momento exige diferenciación", proclamaba, con su habitual prosa heroica, tal vez para ocultar que, justamente, no es demasiado elegante diferenciarse en las malas. Para colmo, en la tarde del lunes el sciolismo difundió que estaba acordada una reunión con Cristina. La Casa Rosada canceló la entrevista y lo hizo saber a través de Diego Brancatelli en el programa Intratables: luego Aníbal, por si quedaban dudas, explicó que la Presidenta no tenía pensado recibir al candidato. Hace ya varias semanas que La Cámpora dejó de hacer campaña con Scioli, a punto tal que organizó un simpático acto de cierre de la lista de diputados de la Capital, un día antes y en el mismo lugar que fue el cierre de Scioli, y armó un bunker propio durante el escrutinio, como si el candidato presidencial sufriera una peste contagiosa. En La Cámpora, además, ya ha estallado una interna, donde unos se acusan a otros de traición por apoyar o no a Scioli, o por haber apoyado –o no– a Aníbal Fernández.

Si a alguien esto le parece una traición, tiene derecho a pensarlo.

Si a alguien esto le recuerda a aquellos que saltan del barco cuando huelen el naufragio, también puede hacerlo.

Aunque quizá haya otra expresión que pueda explicar todo esto. Eva Perón sostuvo que le tenía más miedo al frío en el corazón de sus compañeros que al odio de la oligarquía. Esa frase fue citada por el propio Aníbal Fernández, el martes, en el video que difundió para su hipotética militancia. Como en el caso del tobogán, Fernández había vuelto a ver las debilidades ajenas pero era incapaz de percibir las miserias propias.

El kirchnerismo ha iniciado los primeros pasos de un plan al que conviene no adjetivar para no herir corazones que están demasiado sensibles. Consiste, básicamente, en abandonar a Scioli para resguardar la figura de Cristina, en buscar la manera de demostrar que la derrota se debe exclusivamente al mal candidato y que la Presidenta conserva el cariño popular y que volverá más temprano que tarde. Preservar capital simbólico, lo llaman puertas adentro.

Argumentos, lo que se dice argumentos, no hay muchos. En principio, Scioli es el candidato de Cristina. Además, Zannini, el candidato a vice, es kirchnerista paladar negro. Por si fuera poco, Scioli obtuvo en la provincia de Buenos Aires medio millón de votos más que el kirchnerista Aníbal Fernández, en Santa Cruz diez mil más que el derrotado Máximo y veinte mil más que Alicia Kirchner y en Capital Federal cuarenta mil más que Kicillof. Es decir, que en todos los lugares donde fue acompañado por miembros del Ejecutivo nacional o de la familia presidencial, la gente lo quiso más que a ellos. Por si fuera poco, Aníbal fue derrotado en su pueblo, Quilmes, donde lo conocen sin Clarín como intermediario: perdió la interna de su partido y luego la general. Además, está claro que Scioli hubiera preferido a otro candidato a gobernador. De hecho, él levantó el brazo de Martín Insaurralde, uno de los intendentes peronistas que retuvo su distrito con más respaldo popular: el dedazo de Cristina lo obligó a bajarse.

Es cierto que Scioli tuvo sus límites pero el kirchnerismo fue rechazado mucho más que Scioli. Los números son demoledores por donde se los mire.

La idea de abandonar a Scioli ahora para salvar a Cristina tiene evidentes debilidades. Solo una mente de recorrido muy curioso puede pensar que desde afuera se percibirá que la Presidenta no tuvo nada que ver con la derrota y que solo se debió a que ella no pudo presentarse como candidato. Una mente fría podría advertir que tal vez no se entienda cómo fue que eligió un candidato, para maltratarlo y luego abandonarlo a la primera señal de que podía ser derrotado. Algunos dirán que está loca, otros que es egoísta, otros que traiciona, otros que no puede con sí misma, otros que prefiere que el país lo gobierne Macri con tal de salvarse ella. Solo los fanáticos –son cada vez menos– seguirán coreando su nombre. Pero mentes frías no son lo que abundan en la Casa Rosada. Al contrario, hay –más que nunca– una carrera absurda para detectar conspiraciones.

Tal vez el proceso de toma de decisiones que se ve en estos meses de campaña electoral, permita explicar por qué todo está terminando tan mal. Ese método raro, conspirativo, tumultuoso, a veces incomprensible, tiñó en estos años la política económica, la relación con los colaboradores, la política exterior, el vínculo con los líderes intermedios del peronismo, la vida. La misma irracionalidad que guía la relación con Scioli tal vez explique el cepo, el acuerdo con Irán, el período de los cinco ministros de Economía, el elogio impúdico a las barras bravas, el conflicto con Randazzo, aquellas entrevistas con estudiantes en Estados Unidos, las denuncias contra los que quieren la ‘devaluta’ semanas antes de devaluar, el viaje a Angola, la relación con el periodismo, el respaldo a Boudou y Milani, el inverosímil tratamiento de la muerte de Nisman, la reacción frente a la tragedia de Once y tantas delicias que eran compensadas por una actuación intensa, teatral, audaz que conmovía a los propios hasta las lágrimas pero que, vista desde afuera, era un poco extraña, por decir lo menos.

Así las cosas, el kirchnerismo se ha transformado en una identidad en crisis, en gran parte, por quien diseñó estas políticas. Un proyecto deja de ser popular cuando el pueblo no lo quiere, porque quien define si algo es o no popular es justamente el pueblo. Hace cuatro años, la sociedad le firmó un cheque en blanco a Cristina. Fue el último. Ahora, rechaza a todos sus dirigentes. Si Macri gana, el país habrá girado en otra dirección. Si el que gana es Scioli, las cosas serán peores para el kirchnerismo por el nivel de rencor que anida en su gente.

Aníbal, como en muchas otras oportunidades, tenía razón.
Al final del tobogán está el arenero.

Acerca de Hari Seldon

Seldon nació en el 10º mes del año 11.988 de la Era Galáctica (EG) (-79 en la Era Fundacional) y murió en 12,069 EG (1EF).Es originario del planeta Helicon.Profesor de Matemáticas,crador de la PsicoHistoria.
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