Y el pato, al final, empezó a renguear

Domingo 19 de julio de 2015 |
El escenario

Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION

Si no puedes ser fuerte y, sin embargo, tampoco puedes ser débil, corres el riesgo de marchar hacia una derrota. La inquietante máxima de Sun Tzu, célebre teórico del arte de la guerra, encierra claves para comprender el íntimo y paradójico drama que vive una presidenta con doce años de desgaste, entregada a un candidato forzado a quien teme y desprecia, en medio de una estanflación con sobresaltos, obligada a presumir de lo que carece y sometida a un inexorable mecanismo de relojería.

Faltan apenas 143 días para que pierda definitivamente el cetro de los superpoderes, la chequera mágica, y los periodistas ya registraron imágenes con los paquetes embalados de su melancólica pero acelerada mudanza de Olivos. Esas fotos de alto valor simbólico, publicadas por la revista Noticias, causaron un inocultable impacto en la oligarquía peronista. Es que los tiburones son demasiado sensibles al mínimo goteo de la sangre de sus víctimas inminentes.

Cristina Kirchner tiene el enorme mérito táctico de haber diferido el pago de la fiesta y de haber sabido eludir hasta ahora el síndrome del pato rengo; también de haber creado un espejismo que propios y extraños compraron con rápida y sor-prendente superficialidad: la idea de que entregará el gobierno pero no el poder, y que su imagen positiva resulta una prueba irrefutable de su vigencia.

De hecho, la campaña electoral, los efectos económicos y la retirada parecían, hasta hace apenas un mes, un paseo campestre a la luz de la luna. Ella podía incluso darse el lujo de "abuenarse" y parecer republicana y magnánima para captar el voto independiente. Tenía todo arreglado.

La Justicia (mediante trucos y copamientos institucionales), la pax cambiaria, el pinzamiento de su sucesor (a través de los incondicionales que meterá en el Parlamento), la hipócrita relación con los peligrosos duques peronistas y hasta la benevolencia papal. ¿Qué más podía pedir?

Este majestuoso e idílico blindaje del adiós comenzó, sin embargo, a resquebrajarse en los últimos diez días. El Poder Judicial reaccionó como esos cuerpos dóciles que, sin embargo, expulsan los elementos extraños. Asomó una espinosa rebelión de jueces, y la Corte Suprema entró en acción: le reclamó al kirchnerizado Consejo de la Magistratura que sólo utilice la nueva ley de subrogancias en casos excepcionales, y en seguida avaló el dólar del "contado con liqui", propinándole un revés a Kicillof, que ávido de divisas quería cancelarlo. Esto causó, a su vez, tensión en la city porteña que de por sí ya estaba nerviosa a raíz de las múltiples inconsistencias macroeconómicas: el blue trepó, el dólar récord se convirtió en noticia (algo que Néstor detestaba) y la angustia obligó al ministro preferido de la reina a blanquear que había una "corrida cambiaria", aunque aseguró que se debía a ciertas declaraciones radiales de Macri. Si la palabra pública del principal candidato de la oposición demostrara tanto peso, el Frente Cambiemos ya tendría ganada la elección. Pero no la tiene.

Los socios peronistas de Cristina, más susceptibles incluso que los "arbolitos", miran de reojo la incertidumbre, sacan cuentas de la pesada herencia y se juramentan en sordina esterilizar desde diciembre al cristinismo y procurar que nunca más regrese al poder la gran dama que los sometió durante años. Es increíble que también en ese colectivo de la crueldad haya tantas víctimas de humillaciones y tantas facturas pendientes. Planean rodear a Scioli y aislar progresivamente al kirchnerismo en el Congreso, que sin el apoyo de su "hermano mayor" no pasaría de una minoría con escasa relevancia operativa. Alberto Samid, imprudente amigo personal del emperador de Villa La Ñata, lo dijo sin eufemismos: "En noventa días, nadie más se acuerda de La Cámpora". Horacio González presiente lo que se cocina y ya anticipó que entrega el timón. Su retiro no es decisivo para la política real, pero contiene un mensaje altamente alegórico.

Le quedaba entonces a Cristina su simpática alianza con Bergoglio, pero resulta que después de su gira populista por América latina, este verdadero Perón del 72 decidió equilibrar las cargas y dio luz verde para que el Observatorio de la Deuda Social de la UCA revelara una verdad brutal: hay 29% de pobreza en nuestro país, y viene subiendo a razón de un punto por año desde que la patrona de Balcarce 50 maneja personalmente la economía. Once millones de argentinos viven hundidos y pauperizados, sólo cuatro de cada diez trabajadores tienen un empleo de cierta calidad, y el 75% de la población se siente insegura. El estudio señala, a su vez, que la confianza en el Gobierno descendió por tercer año consecutivo: sólo un 23,2% declaró que confía en la política oficial; cuando Cristina ganó la reelección en 2011 y tocó el cielo con las manos, ese porcentaje era de 44,5%. Desde esa euforia comicial todo fue barranca abajo: las reservas se evaporaron, y se registraron un fuerte atraso cambiario, caída de las exportaciones y de la actividad fabril, inflación altísima, déficit alarmante y emisión descontrolada. Inflación con recesión, cepo, default y aislamiento. La gracia kirchnerista consistía en que los efectos no llegaban del todo a una porción importante del electorado, protegida por planes sociales e incentivos cortoplacistas del consumo. La característica de esta crisis no asumida, si se la compara con otras de la historia nacional, estriba en que aquéllas eran más bien fulminantes y sus esquirlas llovían primero de afuera hacia adentro: comenzaban en el conurbano bonaerense y recién luego se iban proyectando hacia el interior. La crisis actual, que también es grave, pero aún marcha en cámara lenta, tiene una dinámica invertida: hay más heridos y descontentos en el interior que en la metrópolis. Los resultados electorales en las provincias son leídos por los politólogos como reflejo de ese deterioro y principalmente de la destrucción de las economías regionales. Las 150 concentraciones y asambleas a la vera de las rutas protagonizadas el viernes por los hombres de campo también expresan esa delicada situación. Los productores agropecuarios se admiten al borde la quiebra y en algunos pueblos temen que se corte de un momento a otro la cadena de pagos.

En este contexto de súbita debilidad se inscriben los dos episodios que espeluznan a Cristina. El reportaje de The New Yorker confirmó que la atención mundial sobre el caso Nisman no afloja y que todas las maniobras locales tendientes a sepultar el oscuro pacto con Irán resultaron vanas. La doctora cree siempre haber enterrado definitivamente este tema, pero se trata de un cadáver insepulto que la perseguirá por años. El segundo hecho fue el escandaloso apartamiento del juez que investigaba el patrimonio familiar de los Kirchner. Muchos creen que la "decapitación" de Bonadio demuestra fortaleza, pero trasunta una enorme fragilidad. Los emisarios fracasaron, la defensa no resistía una explicación mínima y entonces hubo que romper el vidrio y buscar la salida de emergencia, a tres semanas de las primarias nacionales y con un acto de impotencia política, de desesperación personal y de autoinculpación. Porque nadie aparta a un juez si no se siente culpable. Y nadie cae en ese bochorno si el agua no le ha llegado al cuello. En seis meses, el agua estuvo a punto de ahogar tres veces a la jefa del kirchnerismo. Por eso atacó salvajemente al fiscal que investigaba la posibilidad de un siniestro complot, derribó a un camarista que iba a declarar inconstitucional el Memorándum y levantó en pala al magistrado que pesquisaba su fortuna. Para la opinión pública, todos estos atropellos constituyen confesiones de parte y triunfos pírricos: gana, pero siempre a costa de incendiarse a sí misma. Y muchos funcionarios del Gobierno saben que esto es cierto, pero aducen en voz baja que no tienen alternativa. En ese fatalismo, subyacen la endeblez y la exasperación, y la esperanza de que estos estropicios no muevan el amperímetro de las encuestas. Es posible que en ese punto tengan algo de razón, pero los frutos de la indiferencia social los recogerá en todo caso Daniel Scioli, el socio indeseado.

La alusión irónica a que Bonadio podría allanar el cumpleaños de su nieto esconde la pesadilla secreta que vive Cristina Kirchner. El llanto incontenible que hizo público el jueves en un acto de Tecnópolis mientras sus muchachos se estaban cargando al juez revela toda esa angustia escondida. Y la ocurrencia de que el tumor hepático de su canciller es producto de las críticas de la comunidad judía representa un exabrupto inédito en la historia democrática moderna, aunque no puede evaluarse con las meras coordenadas del análisis político. El rencor irracional y los estados alterados son materia de otros especialistas.

El pato rengo es el mal de los mandatarios que se quedan sin futuro, que ya no pueden seguir el ritmo de la bandada y que empiezan a ser blanco de los depredadores. Cristina logró zafar de la renguera con una notable pericia, pero la lesión la sorprende a traición y a poca distancia de la meta. ¿Logrará curarse a tiempo?.

Acerca de Hari Seldon

Seldon nació en el 10º mes del año 11.988 de la Era Galáctica (EG) (-79 en la Era Fundacional) y murió en 12,069 EG (1EF).Es originario del planeta Helicon.Profesor de Matemáticas,crador de la PsicoHistoria.
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