Crónicas de la Dekadencia Argenta: Los dirigentes y militantes de una supuestamente nueva “juventud maravillosa ” han pasado a controlar gran parte del aparato estatal

Martes 28 de octubre de 2014 | Publicado en edición impresa

Editorial I

La embestida de La Cámpora

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Parte I

Durante años se debatió en la Argentina y en el exterior si el kirchnerismo era una variante light del chavismo. Algunos argumentaban que su acercamiento a Hugo Chávez y sus desplantes internacionales eran sólo una postura para la tribuna progresista; otros, que su verdadera estrategia era imponer el modelo chavista de manera más lenta para evitar las resistencias naturales de una sociedad menos dócil que la venezolana. En realidad, durante la vida de Néstor Kirchner el kirchnerismo no fue más que una variante del clásico populismo latinoamericano con “capitalismo de amigos”, pretensiones hegemónicas y autoritarismo creciente, todo ello impulsado y sostenido por un fuerte viento de cola para la economía. Luego de su muerte, el kirchnerismo se transformó.

El inefable Guillermo Moreno solía repetir la siguiente descripción de los distintos grupos que cohabitaban dentro de esta nueva versión del kirchnerismo: “El primero somos nosotros, los nacionalistas, que llevamos el proyecto a fondo. En segundo lugar están los desarrollistas, como De Vido o Marcó del Pont, con los que coincidimos, pero que son timoratos y se quedan en formalismos. El tercer grupo es el de los desfachatados, como Boudou , que hacen lo mismo que en los 90: acercarse al peronismo por los cargos y los negocios. Al final están los chicos de La Cámpora, que no sirven para nada”. Lo cierto es que, varios años después de esa caracterización que formuló el ex secretario de Comercio, los jóvenes de La Cámpora han pasado lentamente a copar muchas de las principales estructuras de la administración pública nacional.

Contrariamente a lo que pensaba Moreno, los “chicos” de La Cámpora sí han servido para no dejar ningún espacio vacío en el organigrama del Estado y ocupar cargos desde donde acumular cada vez mayor poder político y económico, sin importar la idoneidad de sus ocupantes.

Nunca dejará de llamar la atención la elección del personaje político en el cual los integrantes de este grupo se inspiraron para bautizar a su agrupación. Héctor Cámpora es un símbolo del servilismo político, que llegó en 1973 a la Casa Rosada en nombre de Juan Domingo Perón y tuvo que retirarse 49 días después por la puerta de servicio. El líder del peronismo, ya en la presidencia de la Nación, no sólo no le agradeció los servicios prestados, sino que, en medio de la crisis política que afectaba a su gobierno, pocos días antes de su muerte, lo despidió de la embajada de México en la cual había sido designado.

La ideología de La Cámpora se inspira en el neomarxismo gramsciano propuesto por Ernesto Laclau, recientemente fallecido en Sevilla. Hasta su muerte Laclau vivió cómodamente en Inglaterra, en una democracia liberal donde se respetan aquellos derechos individuales como la libertad de prensa y el derecho de propiedad que propuso limitar en nuestro país. Es la típica hipocresía de muchos intelectuales de izquierda.

Los líderes de La Cámpora son, junto a Máximo Kirchner, Andrés Larroque, Eduardo “Wado” de Pedro, Juan Cabandié, José Ottavis y Axel Kicillof. Este último es quien ha concentrado mayor poder y es quien, con gran pericia y habilidad, conduce la economía argentina hacia el desastre.

El caso de Kicillof es interesante: un marxista dogmático a cargo de una economía relativamente grande y desarrollada. Fuera de Cuba y Venezuela es difícil encontrar una situación similar. Y, como en muchos izquierdistas latinoamericanos, debajo de un ropaje revolucionario se esconde un pequeño burgués. Sus inversiones inmobiliarias en Uruguay y sus ahorros en dólares reflejan sus verdaderas preferencias. Marxista, pero no tanto.

En su versión actual, el kirchnerismo es la apoteosis de la decadencia argentina. Frente a esta caída que se acelera día tras día, la postura adoptada por gran parte de la dirigencia política, gremial y empresarial es de una preocupación algo displicente. Resumida en algo así como “Dejemos que estos muchachos jueguen un rato más, pronto se van a ir y volveremos a la Argentina de siempre”. Es como seguir bailando en el salón del Titanic después de haber escuchado cómo el iceberg rajaba el casco.

Esta actitud de convertirnos en meros testigos del desastre es muy peligrosa. Los muchachos de La Cámpora no pierden tiempo. Iluminados por una ideología retrógrada y perimida, parecerían no intentar avanzar en dirección de Caracas, sino directamente hacia su casa matriz, en La Habana. Claro que, más allá de su discurso, sus principales objetivos pasarían por ocupar espacios de poder bien remunerados. Su “revolución” se encuadra más con el capitalismo de amigos que con los ideales de algunos líderes guerrilleros que suelen exaltar probablemente sin saber demasiado sobre ellos. Pero para alcanzar esos propósitos, poco les importan los derechos y garantías de una Constitución que sueñan con cambiar porque reniegan de todo lo que pueda asociarse con las doctrinas liberales.

Al igual que en el pasado, los resultados de este nuevo intento de transformar radicalmente la sociedad argentina serán desastrosos. La única novedad es que, al menos por ahora, La Cámpora no ha recurrido a la violencia para imponer sus objetivos. Pero no porque hayan abjurado de ella como metodología, sino por una cuestión de economía de esfuerzos. La violencia ya no es necesaria, las Fuerzas Armadas están siendo “renovadas” y cooptadas desde el poder, y los dirigentes y militantes camporistas controlan gran parte del aparato estatal y paraestatal, y ahora van por la AFIP y la Anses.

De la mano de esta “juventud maravillosa”, la Argentina se encamina inevitablemente a la decadencia y a una pobreza desconocida. Poco a poco irán socavando lo que queda de la sociedad que hemos conocido, que con muchos defectos era vivible y aseguraba al menos ciertos derechos esenciales. Es necesario que la sociedad tome real conciencia de este peligroso retroceso y que se activen todos los resortes institucionales para frenar los ataques contra la República.

Miércoles 29 de octubre de 2014 | Publicado en edición impresa

Editorial I

La embestida de La Cámpora (última parte)

Sus dirigentes, que conciben la militancia como la ocupación de puestos bien remunerados, han sido decisivos para el elefantiásico crecimiento del Estado

Cuando el próximo gobierno asuma, como parte de una pesadísima herencia, encontrará firmemente enquistados en distintos niveles de la administración pública a miles de nuevos empleados, la mayoría de ellos militantes o allegados de la organización kirchnerista La Cámpora, cuyos líderes siguen dando signos de ambición, carencia de escrúpulos y falta de idoneidad.

A lo largo de 11 años, el kirchnerismo llevó los cargos permanentes a la impresionante cantidad de 376.000. En sólo nueve meses de 2011 se efectuaron 7000 incorporaciones en todo el país, y la mayoría fueron cubiertas por recomendados de La Cámpora. Cuando al Gobierno le resta muy poco tiempo en el poder, coronará 2014 habiendo incorporado en su transcurso 7500 nuevos empleados públicos a la planta permanente. Muchos de ellos militan en la citada agrupación kirchnerista y todos gozarían de estabilidad laboral y, por lo tanto, no podrán ser despedidos. Como un lastre, se agregarán a la planta permanente de 376.145 agentes públicos nacionales, cuya masa salarial asciende a 85.000 millones de pesos.

Como señalamos en nuestro editorial de ayer, los integrantes de La Cámpora conciben la militancia como la ocupación de puestos bien remunerados, al mejor estilo del llamado “capitalismo de amigos”. Ningún espacio importante en el organigrama estatal debe quedar vacío u ocupado por quienes no integran esta agrupación. También se han enquistado en diversas empresas privadas merced a las acciones que el Estado heredó de las AFJP.

No debe sorprender que la decisión tomada y ejecutada por el Gobierno no haya reparado ni siquiera mínimamente en la conveniencia o no de esas incorporaciones en función de su utilidad o necesidad. En efecto, haciendo alarde de su habitual irresponsabilidad, lo único que tiene en cuenta el kirchnerismo es su propia y excluyente conveniencia, no la del país o la sociedad, y mucho menos las consecuencia futuras de sus actos.

En el caso que nos ocupa, hay que tener en cuenta en primer término que el incesante aumento del empleo público en los últimos años no se ha volcado hacia mejores servicios. No se ha traducido, por ejemplo, en una mayor cantidad de médicos, enfermeras, policías o bomberos, pero sí en un mayor gasto. Más del 45 por ciento de la población argentina mayor de 18 años recibe mensualmente en forma directa ingresos que provienen del Estado, incluyendo los subsidios.

Pero además, el hecho de que la mayoría de las incorporaciones definitivas correspondan a militantes o simpatizantes de La Cámpora habla de una clara intencionalidad política. Si las lealtades políticas sobreviven al cambio de gobierno, las próximas autoridades encontrarán en el seno de la administración pública a un verdadero ejército que, según el caso o las órdenes, puede trabar o poner serios obstáculos en el funcionamiento de la administración pública.

Otro factor para tener en cuenta es que los integrantes de La Cámpora que ocupan puestos oficiales en el Estado y en sus empresas se caracterizan básicamente por su escaso profesionalismo o experiencia y por su obediencia a quienes les consiguieron cargos que jamás habrían obtenido en la mayoría de los casos por su propia idoneidad y mérito. Su revolución se reduce al modelo que marcaron empresarios amigos del poder como Rudy Ulloa, Lázaro Báez o Cristóbal López. Su épica es de cartón y su vocación, la acumulación de poder.

Meses atrás, en la Cámara de Diputados de la Nación, una resolución de su presidente, Julián Domínguez, del oficialista Frente para la Victoria, permitió el pase a la planta permanente de 12 jóvenes empleados, todos camporistas, que sólo contaban con dos años de experiencia, pero que a partir de entonces percibieron un haber mínimo de 22.000 pesos mensuales, más extras por títulos académicos y por personal a cargo. Se los ubicó en sitios clave de la Cámara baja, como la Secretaría Parlamentaria.

En el Senado, y a partir del arribo del vicepresidente Amado Boudou, se han incorporado a la Cámara alta 2000 puestos extras.

Como hemos dicho en esta columna, delante de nuestros ojos se lleva a cabo un copamiento del Estado por parte de una facción partidaria que no perdona áreas. Se verifica, por ejemplo, en el Indec, la Cancillería, el Ministerio de Justicia, la Inspección General de Justicia, el flamante Ministerio de Cultura, la Anmat y en casi todas las reparticiones y dependencias, además de empresas con participación estatal mayoritaria, como Aerolíneas Argentinas.

Sin duda, éste será uno de los más nefastos legados del kirchnerismo. No sus relatos y sus pretensiones de estar escribiendo la historia, sino un Estado elefantiásico al servicio de militantes sin escrúpulos, capaces de vender su fidelidad a cambio de un sueldo. Al fin y al cabo, no son más que mercenarios, con ínfulas, poder y suculentas cajas para administrar. Por esos motivos, fácilmente pueden cambiar de amo en el futuro..

Acerca de Hari Seldon

Seldon nació en el 10º mes del año 11.988 de la Era Galáctica (EG) (-79 en la Era Fundacional) y murió en 12,069 EG (1EF).Es originario del planeta Helicon.Profesor de Matemáticas,crador de la PsicoHistoria.
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