Perón: El análisis de su legado debería revisar la idea de esa Argentina antiliberal, católica y peronista q ue quiso imponerse como verdad

lanacion.com|

Opinión

Martes 01 de julio de 2014 | Publicado en edición impresa

A 40 años de la muerte del líder

La figura de Perón al trasluz de la historia

El análisis de su legado debería revisar la idea de esa Argentina antiliberal, católica y peronista que quiso imponerse como verdad

Por Loris Zanatta | Para LA NACION

Comentá35Facebook47Twitter8

1908172w300.jpg

Bolonia

Cuando murió Perón, hace hoy 40 años, el entonces padre provincial de los jesuitas Jorge Mario Bergogliodirigió una carta al "pueblo de Dios", huérfano de su líder y con necesidad de consuelo. El país estaba en situación calamitosa y el episcopado venía de recordarlo: su "unidad y seguridad" estaban al borde del colapso. Perón no había logrado controlar los demonios evocados para llegar al poder: el peronismo era todo un llanto de mártires, un jurarse venganza entre sus militantes. El Estado de Derecho restaurado en marzo de 1973 era ya un lejano recuerdo. Si Perón había sido la última playa, el precipicio se abría ahora frente al país. No se puede decir que Bergoglio no lo entendiera: llamó a la unión y a la paz ante la inminente "catástrofe nacional". Y amonestó a "los delirantes de la solución rápida", los revolucionarios: la historia tiene sus procesos, les recordó, y la unidad de la nación es más grande que todos los conflictos.

El lenguaje de Bergoglio era el de un peronista que hablaba a otros peronistas: el pueblo de Dios al que se dirigía era el pueblo peronista, el mismo que había amado a Perón. Como si en la Argentina no hubiese otra cosa más que peronistas, porque ese pueblo era para Bergoglio el custodio exclusivo de la catolicidad del país y el peronismo, la casa donde vivía el "ser nacional". En las palabras de Bergoglio, se reflejaban así tanto el triunfo histórico como la tragedia de Perón. El triunfo, sí, porque había logrado imponer la idea de que el peronismo era más que un partido: era una religión, la nación misma, el núcleo de una identidad superior a las divisiones causadas por su odiado enemigo, la civilización liberal. Perón había derrotado a la democracia liberal, la división de poderes, el Estado de Derecho, en pos de la unidad nacional. Como decía socarrón: hay radicales, conservadores, socialistas, pero más allá de esto, los argentinos somos todos peronistas.

Pero en el triunfo yacía la tragedia, que en julio de 1974 estaba ante los ojos de todos: violencia política y descalabro económico. Si el peronismo era todo y todos luchaban enarbolando la bandera y las palabras de Perón, ¿cómo evitar la implosión del peronismo? ¿Y cómo hacer para que su implosión no fuera la implosión del país entero? De hecho, no era ya Perón el que mandaba, sino los varios peronismos que se enfrentaban para apropiarse de su figura y su doctrina, la única fuente de toda legitimación. Más: si el peronismo era la religión de la nación y Perón su divinidad, era inevitable que las suyas no fueran luchas políticas sino guerras de religión, donde no habría mediación posible entre bien y mal, verdad y error, lealtad y traición. Así es que cuando su ataúd pasó entre la muchedumbre, nadie lloraba a Perón: cada uno lloraba a su Perón. Así como Bergoglio lloraba, por ejemplo, al Perón pacificador, el obispo Podestá lloraba al Perón revolucionario. Se les escapaba que al pretender plasmar todo a su imagen y semejanza Perón era un hombre que dividía en nombre de la unidad, sembraba odio en nombre del amor, inhibía la convivencia pluralista en nombre de la unidad de fe (peronista, claro).

Perón había tenido en su momento intuiciones brillantes y decisivas. La más importante, la que le abriría paso en la historia, había sido entender, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, lo que se le escapaba a la mayoría de sus compañeros de armas: que su ideario populista y antiliberal no podría consolidarse a través de formas corporativas e instituciones dictatoriales como había sido hasta entonces la norma. En el nuevo mundo que ya se vislumbraba, no le sería posible darle a esa reacción antiliberal la forma que Vargas le había dado en Brasil, Franco en España o Mussolini en Italia: debería legitimarse a través de elecciones, crearse una base popular, amoldar su ideario a las formas de la democracia representativa. La pretendida excepcionalidad peronista, esa unicidad que sus integrantes suelen reivindicar, reside en esto: el de Perón fue el primer populismo que, al tomar el poder en Occidente cuando triunfaba el constitucionalismo liberal, tuvo que hibridarse con él, vivir en su seno, vestir su ropa aunque no le gustara ni le cayera bien.

Pero ahí termina la excepcionalidad. En la cotidiana tensión entre la arquitectura liberal del Estado y su pulsión populista a reducir la pluralidad a la unanimidad Perón privilegió siempre la segunda. Tanto que su régimen, nacido en 1946 de forma constitucional, evolucionó hacia un totalitarismo que de esos vestigios democráticos ya no conservaba nada a comienzos de los años 50. ¿Perón habría tenido el consenso popular para gobernar de forma democrática? Por supuesto. Tan impregnado estaba el ideario organicista y antiliberal de anteguerra, sin embargo, que nunca abandonó el sueño de imponer al país el monoteísmo peronista. Tales eran el sentido y el origen de su idea de comunidad organizada. Que ésta fuera reconocida durante toda su vida como la matriz ideal de Perón lo confirma que nunca renunciara a verse a sí mismo como fundador de civilizaciones. Ni faltó quien lo ensalzara en ese sentido: "Se asemeja más a un fundador de religiones que a un político", le escribía el sacerdote Hernán Benítez. De ahí la ilusión de aglutinar en torno a sí, en la posguerra, la civilización católica amenazada por liberales y comunistas; la pretensión de universalizar su figura y su régimen al crear una doctrina "original", el justicialismo, a través de la cual exportar su modelo; de ahí también, años después, los desvaríos de aquellos que quisieron hacer de él el líder del socialismo nacional o de los que vieron en su retorno la antesala de la Argentina potencia. En realidad, su familia política estaba en los populismos, en la reacción antiliberal basada en los fundamentos de la catolicidad latina, en cuya reivindicación veía la misión histórica argentina. Por eso a los ojos del mundo Perón nunca dejó de ser la cola de los totalitarismos de entreguerras. Hoy mismo, quienes en el mundo rescatan su experiencia -muy pocos, en realidad- suelen identificarse con la derecha social, por un lado, o la izquierda nacionalista, por el otro, mancomunados por su odio a la civilización liberal.

Sería injusto y simplista emitir juicios lapidarios sobre Perón. Ni creo que le corresponda al historiador erigirse en juez o sacerdote que absuelve o condena: la historia y sus protagonistas son demasiado complejos como para ser reducidos a categorías tan maniqueas. Más importante es señalar la herencia que dejó, porque ahí está, más allá del juicio sobre la persona, su legado histórico más duradero. Por un lado, su éxito en conducir la integración de las masas en la vida social argentina tuvo como consecuencia que, sin la participación de su movimiento, no fuera posible gobernar. Pero la pretensión de encarnar a la nación misma en su totalidad llevó al peronismo a la intolerancia y a trasladar a todo el país la pesada carga de sus peleas internas. Ésta fue la ecuación sin solución de la política argentina legada por Perón: sin él no había orden legítimo; con él tampoco, pues la mayoría imponía su dominio y el país implosionaba.

Así era el panorama nacional al morirse el líder: él había confiado siempre en que podría equilibrar los opuestos apoyándolos a todos, para mantenerse así como cabeza única de la nación y de su movimiento, pero la realidad demostraba que la viveza criolla no era un buen sustituto de la democracia y tanto el país como el peronismo se venían abajo.

Mirado desde el presente, se diría que a menudo se han interpretado como éxitos de Perón lo que en realidad fueron fracasos: de la economía a la política internacional, del obsesivo nacionalismo a la pretensión de custodiar un pensamiento nacional, una quimérica esencia del ser argentino. Se entiende así cuán alto es el riesgo de repetir los desaciertos pasados como si hubieran sido triunfos. El riesgo de seguir cultivando la misma pulsión populista del pasado, de usar a Perón como si fuera una eterna presencia y no un protagonista clave de la historia sobre el cual reflexionar con la cabeza fría. Olvidando al pasar que si Perón fue una fábrica de orgullo nacional y nacionalista, la excepcionalidad tantas veces gritada se volvió marginalidad y la unicidad, aislamiento.

© LA NACION.

Acerca de Hari Seldon

Seldon nació en el 10º mes del año 11.988 de la Era Galáctica (EG) (-79 en la Era Fundacional) y murió en 12,069 EG (1EF).Es originario del planeta Helicon.Profesor de Matemáticas,crador de la PsicoHistoria.
Esta entrada fue publicada en Actualidad. Guarda el enlace permanente.