La realidad y el león de la Metro

De la Plaza al Patio de las Palmeras

noviembre 24, 2013
By Jorge Raventos

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De las características intimistas que la Presidente eligió subrayar para las primeras imágenes de su regreso a la actividad, el 18 de noviembre, se ha escrito mucho ya: la moderación del luto, el perrito chavista, las rosas de Bonafini, el pingüino de peluche, el lenguaje coloquial y el hecho adicional de que quien estaba detrás de las cámaras fuera su propia hija otorgaron al mensaje el formato minimalista de un video familiar. Del relato al cuento infantil. La Presidente buscaba así acortar distancias con una ciudadanía que menos de un mes antes, en una proporción de 7 a 3, había castigado a su gobierno con el voto. Y en buena medida lo consiguió.

También fueron bien recibidos varios de los cambios que promovió de inmediato en el gobierno.

Conviene, en cualquier caso, poner las cosas en contexto y no confundir imágenes con hechos, gordura con hinchazón. Lo que ocurrió no ha sido una señal de fortalecimiento político de la Señora, sino más bien la evidencia de lo contrario. La Presidente tiene que actuar ahora en un territorio acotado por las dos derrotas electorales sucesivas sufridas (las primarias de agosto y las parlamentarias de octubre), por la acuciante crisis fiscal y la vertiginosa pérdida de reservas, por la centrifugación que viene sufriendo la coalición de gobierno, por los riesgos que corre la gobernabilidad.

Por ese motivo tuvo, por ejemplo, que ubicar en la cartera de Agricultura a un hombre -Carlos Casamiquela, un veterano del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, INTA- que, en principio, ha generado expectativas en las entidades del campo porque, como expresó un vocero del sector rural, “al menos conoce la problemática; así sea con audífono, puede escuchar y entender. Es una novedad”.

El gobierno tiene que tratar de seducir a los hombres de campo si quiere que se conviertan en dólares las toneladas de producto que todavía descansan en los silos bolsa. La venta y liquidación es una fuente de divisas próxima, si el gobierno encuentra el tono y los argumentos capaces de disolver la desconfianza y el resentimiento de los largamente maltratados productores.

Para empezara atravesar la prueba del ácido Casamiquela debería recibir a la Mesa de Enlace agropecuaria. Hacerlo sería una prueba de realismo, pero quizás cueste, porque el gobierno empieza a rumbear en una dirección sensata, pero avanza reculando y ante los empujones de la realidad.

Capitanich y el “clima de época”

Por encima de la designación de Casamiquela, el nombramiento de Jorge Milton Capitanich en la Jefatura de Gabinete es largamente más significativo. El estrés físico de la Presidente es un argumento plausible para ese paso, pero un motivo tan fuerte como ese es el estrés político presidencial. No se trata sólo de que la presidente esté impulsada por consejo médico a transferir responsabilidades, sino también del hecho de que ella misma ha sido una fuente importantísima de la desconfianza que paraliza la inversión y estimula la fuga de capitales. Ante el paisaje de una transición a la que el cronograma electoral le fija estación terminal a fines de 2015, se necesitaba inyectar una dosis fuerte de confianza y de señales de cambio. El gobierno debía mostrar que tiene otros pilares para apuntalarse, más allá de los entusiastas funcionarios de La Cámpora. Necesitó buscar el respaldo de los jefes territoriales peronistas, de los gobernadores que, así, se encontraron en una nueva relación de fuerzas, un poco más equilibrada, con el poder central

Si el elegido para la transferencia de tareas de gobierno hubiera sido, por caso, Daniel Scioli, probablemente la respuesta de los mercados habría sido aún más entusiasta que la que mereció el nombramiento de Capitanich. Pero Scioli sigue siendo un bocado indigerible para los círculos más próximos a la Presidente (y en alguna medida para ella misma). Y tiene capital político propio (aunque la forzada proximidad al gobierno central la haya erosionado un poco). De modo que, de los gobernadores, la señora de Kirchner eligió uno con experiencia, con fama de diestro para los números y la gestión, aceptable para sus colegas y sin tanto poder propio como para convertirse antes de que cante un gallo en absolutamente inmanejable.

Capitanich empezó a evidenciar la nueva relación de fuerzas antes de asumir el cargo: pidió amablemente el alejamiento inmediato de Guillermo Moreno. Aunque el pedido estaba cargado de razonabilidad (la continuidad de Moreno en su puesto habría esterilizado cualquier expectativa de cambio y, por el contrario, el papel de pararrayos que el secretario de Comercio asumió en estos años y que protegía objetivamente a la Presidente, convertía su despido en un procedimiento económico y elocuente para mostrar intenciones de cambio), la Presidente sintió que su nuevo Jefe de Gabinete era ya una correa de transmisión de los ajenos, esos que las circunstancias aconsejan ahora no llamar enemigos. En fin, que Capitanich, pera decirlo con palabras de un comentarista vocacionalmente pro-K, es “muy permeable al clima de época”.

De todos modos, la Señora le otorgó a Moreno una distinción póstuma: le permitió renunciar (no fue despedido como Juan Manuel Abal Medina) y mantener el cargo dos semanas más, para que pueda ocuparse de reubicar en la función pública a su tropa de empleados y funcionarios, que deberán sobrevivir de allí en más sin su tutela. La Presidente también lo designó como agregado comercial en la embajada de Italia. Es probable que no lo haya nombrado embajador en reemplazo del achacado Torcuato Di Tella, que permanece en Roma, para ahorrarle el trámite de rendir examen ante el Senado para conseguir un acuerdo.

Obviamente, la noticia de que Moreno se retiraba a los vestuarios fue -como lo suponía Capitanich- una noticia muy bien recibida tanto por los mercados como por la opinión pública. Probablemente el entusiasmo fue una ofrenda exagerada al personaje: si bien se mira, con su pintoresquismo, sus asperezas y sus barrabasadas, Moreno no ha sido más que un eufemismo, un prototipo quintaesenciado e hiperactivo de lo que se conoce como modelo K.

Axel: la máscara marxista

Con la designación de Axel Kicillof como ministro de Economía el gobierno adquiere un nuevo pararrayos (se sabe que esos artefactos funcionan atrayendo las descargas). Pero se trata de otro estilo y otro peso. De Kicillof asustan las ideas que se le atribuyen y las intenciones que a veces expresa para desfogarse, pero si bien se mira, tal vez mande menos como ministro que como viceministro. A su antecesor, Hernán “Mequieroir” Lorenzino, se le han encargado las relaciones financieras internacionales, es decir, las conversaciones con los acreedores por fallos del tribunal de diferencias del Banco Mundial, con el Fondo Monetario Internacional (que debe abrir la puerta a un acuerdo con el Club de París), etc.

Kicillof deberá ocuparse de bajar la inflación, de contener el déficit fiscal y conseguir divisas, flanqueado desde el Banco Central por Juan Carlos Fábrega, un funcionario ortodoxo y prolijo. Y guiado y monitoreado por Capitanich, que además de ser su jefe formal y de estar respaldado por peso político propio, es un economista amateur de ideas algo diversas a las del ministro.

En fin, es posible que Kicillof termine siendo, más que nada, un adorno marxista que endulce las medidas que la realidad vaya reclamando en este proceso que algunos definen como “oxigenación” del gobierno y otro marxista K, Ernesto Laclau, degrada como “riesgo de licuación del modelo”.

Así, Kicillof puede hacer juego con el “relato” (como el can bolivariano y las rosas de Hebe), mientras otros se ocupan de lo que es imperioso hacer.

La realidad y el león de la Metro

La propia Presidente sospecha bastante que hay que hacer ciertas cosas que no encajan bien en el relato. Se lo adelantó a los muchachos fervorosos que la vitorearon el miércoles en la Casa Rosada: “No tenemos prejuicios. Nos vamos a asociar con quien tengamos que asociarnos”, les dijo, aludiendo a los contratos con Chevron y a todos los que el CEO de YPF, Miguel Galluccio, está ansioso de firmar con inversores internacionales. Ese día de la Soberanía, la señora les advirtió a sus admiradores juveniles que para hacer cualquier cosa “se necesitan recursos” y que “yo no tengo anteojeras y sabemos que esto demanda capitales intensivos que no están en la Argentina”.

Lógicamente, dijo estas cosas en un discurso más amplio, siempre de resonancias épicas, y reiteró que “vamos por todo” y que “hay que profundizar”. Tiene su gracia que tanto la mayoría de los adictos como muchos opositores y hasta una pléyade de analistas hayan leído como fundamentales sobre todo estas repeticiones rituales del relato y no hayan distinguido suficientemente aquellos otros conceptos. Es como pensar que todas las películas que empiezan con el león de MGM son idénticas. Y que las frases sobre profundización de esta semana tienen el mismo peso o la misma entidad que las que la misma actriz recitaba uno o dos años atrás.

La piñata del Patio de las Palmeras

El oficialismo suele extraviarse en su relato; y lo hace con gusto, pues considera que “la realidad es reaccionaria” (según testimonió uno de los filósofos de la corte, José Pablo Feinmann, en su libro de diálogos con Néstor Kirchner. Pero la señora de Kirchner probablemente no ignora que la realidad impone cosas, se ha empezado a instalar en su propio gobierno y cotidianamente planteará opciones y requerirá decisiones.

El relato del día de la soberanía empezó a miniaturizarse. De la Plaza hemos pasado a un rincón de la Casa Rosada. Las reivindicaciones inoportunas de la Señora (a los progresos ferroviarios, la recuperación de la soberanía energética los éxitos empresariales de la hipersubsidiada Aerolíneas Argentinas), como sus silencios elocuentes (el narcotráfico, la inseguridad) están dedicados a la piñata del Patio de las Palmeras. La mayoría de las designaciones, la despedida de Moreno, los cambios de criterio en relación con el nuevo Código Civil, las promesas de diálogo, las entrelíneas del discurso de la Señora, el nuevo trato oficial con la prensa son tributos que impone la realidad.

En fin: otros tributos requeridos son la celeridad y la eficacia. Se vienen las fiestas, empieza a hacerse oír el murmullo de intranquilidades sociales motorizadas por el efecto de la inflación sobre los ingresos. Y además, el Banco Central sigue perdiendo reservas.

Jorge Capitanich hace bien en madrugar y desplegar actividad incesante. El tiempo apremia.

Acerca de Hari Seldon

Seldon nació en el 10º mes del año 11.988 de la Era Galáctica (EG) (-79 en la Era Fundacional) y murió en 12,069 EG (1EF).Es originario del planeta Helicon.Profesor de Matemáticas,crador de la PsicoHistoria.
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