SEGURIDAD HEMISFERICA Yankees come home…y de como siempre la Argentina entra en el juego de los otros…eso s í los Ladriprogres nunca muestran su hilacha…

La presencia de Irán en América latina enciende alarmas en los Estados Unidos. El peligro de crear una zona de riesgo regional. El recuerdo de la Guerra Fría y las intervenciones de Washington. Fantasmas que se avecinan.

Por Dante Caputo

24/02/13 – 01:39

La intensidad con que varios gobiernos latinoamericanos se han acercado y, en algunos casos, asociado a Irán puede producir la reiteración, en menor escala, de algunos de los dramas que asolaron a nuestra región durante décadas. Decenas de miles murieron y desaparecieron, la violencia se difundió en nuestros países y los autoritarismos gobernaron. Esta etapa tenebrosa fue el resultado de la convergencia de un conjunto de razones nacionales, pero la dimensión que alcanzó sólo se explica por la intervención exterior en nuestros países.

Los peligros de hoy no tienen la dimensión de aquellos que los Estados Unidos percibían en los años de la Guerra Fría. Pero, si durante los últimos veinte años el águila miró hacia el este, pareciera que la ignorancia y la irresponsabilidad están atrayendo su atención hacia el sur. Durante estos años, la presión de los Estados Unidos en la región fue notoriamente menor que la que tuvimos en las décadas anteriores, lo cual se tradujo en mayor autonomía para varios países.

La cuestión de las políticas de seguridad regional estadounidenses y su impacto en nuestra vida está lejos de ser aprehendida y, menos aún, entendida por la opinión pública y gran parte de sus dirigentes. Esto sucedió en el pasado cercano y está presente en la interpretación de nuestra actualidad.

Desde el comienzo de la Guerra Fría, hacia 1947, hasta el desmembramiento y derrumbe del bloque soviético, los enfrentamientos entre los Estados Unidos y la Unión Soviética tuvieron serias consecuencias en América Latina. No exagero diciendo que gran parte de nuestras historias nacionales estuvieron fuertemente marcadas por las tensiones, hostigamientos y, en ciertos casos, por los conflictos abiertos entre los dos bloques.

No me refiero a las intervenciones directas de los Estados Unidos en nuestros países, sino a las luchas intermediadas entre el Oeste y el Este que se expresaron a través de protagonistas nacionales. La insurgencia armada se difundió casi simultáneamente en varios países de la región, lo que estuvo lejos de ser una casualidad. Detrás de los grupos locales que la promovieron, existió una concepción estratégica, financiamiento y entrenamiento en los que cubanos y soviéticos jugaron un importante papel.

Por su lado, los Estados Unidos promovieron activamente las prácticas del terrorismo de estado, entrenaron a los militares, financiaron sus acciones y, lo más importante, motorizaron las alianzas entre militares y los grupos locales de poder concentrado para crear una firme barrera a la penetración comunista.

Por cierto, lector, no desconozco la importancia de los actores locales, pero no resulta entendible la simultaneidad de los dos fenómenos (insurgencia y terrorismo de estado) en varios países de América latina, ni los patrones casi idénticos de organización y acción, como tampoco la dimensión de los sucesos, si no se ubica en el marco del conflicto mundial.

La Argentina fue golpeada por este enfrentamiento. Los Estados Unidos formaron a buena parte de los represores argentinos, quienes a su vez sirvieron de maestros de esa siniestra expertise a la Contra nicaragüense, en Honduras. También promovieron las alianzas entre grupos económicos locales y las cúpulas militares golpistas. Por su lado Cuba formó en su territorio a parte de los grupos insurgentes que actuaron en Argentina. El ex jefe de la inteligencia cubana, Manuel Piñeiro, me relató con detalles y anécdotas las historias de esa preparación, que por supuesto es negada u ocultada por quienes formaron parte de esos grupos insurgentes.

Lector, en aquellos años, la Guerra Fría, la vivíamos nosotros, aquí, en nuestros territorios. No fue la historia de otros, fue la nuestra.

En la política exterior que dirigí, la prioridad fue evitar que esa situación se repitiera. Allí se jugaba en gran medida la estabilización democrática de nuestro país. Notablemente, a pesar de haberlo reiterado, nunca el tema fue tomado por la prensa.

Estos comentarios usan el pasado para explicar los peligros presentes. Luego de varias décadas durante las cuales las cuestiones de seguridad no atrajeron la atención de los Estados Unidos, vuelven ciertas condiciones para que esa tranquilidad relativa se altere. Esta vez es Irán, que se ha convertido en un tema importante en términos de seguridad en la relación entre los Estados Unidos y la América latina.

Usted quizá recuerde que en varias ocasiones insistí en esta columna sobre ese peligro. Sobre todo, cuando el problema era generado por nosotros mismos. No es que lo vimos venir, como en la época de la Guerra Fría; más bien, lo mandamos traer.

Aquel razonamiento ahora puede ser probado. Hace pocas semanas, el Congreso de los Estados Unidos aprobó una ley en la que pone en marcha el sistema de seguridad para detener lo que entiende es el avance iraní en América latina. H.R. 378 (112th): Countering Iran in the Western Hemisphere Act of 2012.

Es importante revisar algunos de los párrafos más relevantes de esta norma. Con todo, por si fuera necesario, aclaro que no estoy emitiendo un juicio sobre este instrumento ni sobre la objetividad de los datos y evaluaciones que utiliza. La importancia de la ley es porque ella constituye un dato relevante que guiará parte de la política de los Estados Unidos hacia nuestra región. Puede gustar o disgustar, pero esto no altera la realidad: la gestación, por ahora en pequeña escala, de una segunda versión de la doctrina de la seguridad continental.

El artículo segundo de los considerandos se dice: “Irán está avanzando en la cooperación con América latina a través de la firma de acuerdos económicos y de seguridad, con el objetivo de crear una red de relaciones diplomáticas y económicas que disminuya la presión de las sanciones internacionales…”.

Continúa, en los párrafos siguientes, destacando los vínculos entre Hezbolá e Irán, a quien considera el país promotor de esa organización. Identifica a la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán como la fuerza que entrega a Hezbolá fondos, armas, inteligencia y apoyo logístico. La organización armada libanesa es descrita como “el grupo terrorista más desarrollado y capaz del mundo”.

En el considerando número seis se lee: “De acuerdo con el Departamento de Defensa, la Guardia Revolucionaria Islámica tuvo un papel significativo en algunos de los más mortíferos ataques terroristas en las dos últimas décadas, incluido el ataque de 1994 a la AMIA…”. Luego, se afirma que “Irán ha aumentado notoriamente sus misiones diplomáticas a Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, Argentina y Brasil. Ha construido diecisiete centros culturales y mantiene once embajadas, seis más que en 2005”.

El texto, finalmente, en su parte resolutiva instruye al Departamento de Estado para que en el término de 180 días elabore un informe que determine las amenazas que representa Irán para los Estados Unidos a través de su presencia en la región y elabore un plan para detener la “presencia hostil iraní en el área”.

Lejos de la ficción, pocas cosas más reales que esta historia y sus derivaciones. Sobre los hechos del pasado se puede alegar ignorancia o error en la interpretación de la realidad. Para el presente no hay excusas, quien entre en esta tormenta ya sabe en medio de qué furias deberá navegar.

Dante Caputo: anecdotario de la Guerra Fría en la Argentina

febrero 28, 2013
By Matías E. Ruiz

Consideraciones acerca de los conceptos vertidos recientemente por el ex canciller argentino, en su columna intitulada “Yankees come home”, publicada en el sitio web Perfil.com. Con una preocupante -y no esperada- derivación: la figura jurídica de la “responsabilidad mediata”.

La dialéctica cristinista acaba de asistir en el alumbramiento de un nuevo milagro: la reivindicación ideológica de la lucha guerrillera llevada a cabo en nuestra geografía durante la década del setenta ha empujado al ex ministro de relaciones exteriores, Dante Mario Antonio Caputo, a rememorar con sapiencia ciertos capítulos relevantes de la Guerra Fría en la Argentina.

Atormentado por su ingenuidad estratégica, el Gobierno Nacional se dejó llevar de las narices al precipicio, corporizado en la promoción de una “Comisión de la Verdad” argentino-iraní, cuya esencia el grueso de los analistas coincide hoy en clasificar juiciosamente como “pacto de impunidad”. De manera lenta pero progresiva, la Presidente se ha asegurado de que -ni bien el subsistema político que representa caiga en desgracia- la opinión pública comience a preguntarse sobre el verdadero rol que moldeó el accionar de muchos de los personeros del oficialismo (Horacio Verbitsky, Dante Gullo, Carlos Zannini, Carlos Kunkel, Jacobo Grossman, Jorge Taiana, etcétera) durante los “años de plomo”. Y -vale apuntar- es probable que el irreverente filósofo José Pablo Feinmann tuviese razón, cuando sugirió que, ni bien la jefe de estado concluyera su ciclo en el Ejecutivo, irían por ella (o por ellos).

La tesis caputina (prefigurada en el trabajo Yankees come home) toma prestados ciertos preámbulos no escritos de la Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense. En ella, prácticamente se concluyó que cualquier método era lícito para anteponer una muralla ante la virulenta infiltración ruso-cubana en las naciones de la América Latina en los setenta. Conceptuación calcada del modusoperandi de la OSS (a la sazón, CIA) en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial, en donde la inteligencia norteamericana postuló e implementó, por ejemplo, el empleo de elementos de la mafia corsicana para obliterar a puño limpio las huelgas y los movimientos estudiantiles confeccionados por el comunismo soviético en la Italia de 1948. A la postre, estos episodios darían lugar a un promocionado joint-venture entre la Agencia y los demócrata-cristianos locales. En la Argentina, más tarde y por desgracia -como es de público conocimiento-, Washington terminó clausurando sociedades con los peores dementes de la conducción del Ejército Argentino. Ilustres visitantes de West Point (pues todos esquivan el bulto de la armada francesa) y adoradores del whisky escocés, los protagonistas terminaron emprendiéndola con prejuicio extremo y sin criterio contra culpables e inocentes por igual. Sin discriminación ni manual de procedimientos razonablemente competente.

En cualesquiera de los casos, Caputo repara en su columna en las conversaciones de café sostenidas con el ex conductor del aparato de inteligencia de la dictadura castrista, Manuel Piñeiro (ex DGI, a.k.a. Barba Roja), en donde el macabro personaje le compartió al antiguo canciller detalles sobre la preparación y entrenamiento de la mano de obra insurgente local en Cuba. Pudiera ser que el otrora funcionario alfonsinista no se percatara de ello, pero su escrito podría conducirlo a futuras citaciones judiciales en calidad de testigo calificado. De su recapitulación podría fácilmente certificarse que los subversivos de actuar vernáculo distaban de ser una ‘muchachada pasional y ardiente’, sino que hacían las veces de fuerza paramilitar irregular/asimétrica con estructura celular que, obrando bajo el comando de una potencia extranjera, montó acciones bélicas contra nuestro país. Conforme ya se ha expuesto en anteriores columnas, esta suerte de crímenes y tropelías no constituyen simples delitos: son clasificables como crímenes de guerra, no alcanzados por prescripción de ningún tipo. Los perpetradores de nacionalidad argentina en vida son alcanzados, pues, por los parámetros considerados en el apartado “Traición a la Patria” del Código Penal. Irónicamente, aplicaría a este escenario la figura jurídica de la responsabilidad mediata, utilizada periódicamente por letrados a la hora de sancionar y sentenciar a ex jerarcas del Proceso de Reorganización Nacional. Pero la ironía redobla su apuesta: esa misma figura podría beneficiar a los damnificados del mundillo castrense, por cuanto los convenios con la República Islámica le otorgan el beneficio de la impunidad a ex funcionarios de Teherán involucrados en atentados como el de AMIA. ¿Trabajan la Presidente Cristina Fernández de Kirchner y sus asesores para terminar beneficiando a los “genocidas”, protagonistas eternos de su librillo de propaganda? ¿Y qué sucedería si, a la larga, un bufete de abogados recurriera a la responsabilidad mediata para perseguirla a ella y a Amado Boudou por la peligrosa proximidad de ambos con la Tragedia de Once?

Con respecto a los años setenta, al menos de momento, habrá que decir que tal vez muy pocos se muestren impacientes por abrir aquella caja de Pandora. Puesto que ilustra no solo sobre acciones de terrorismo, sabotaje contra infraestructura y asesinatos selectivos propiciados por la dictadura castrista en la Argentina, sino que también arroja luz sobre operaciones de introducción del narcotráfico que, tiempo más tarde, servirían para aceitar los mecanismos de sucesivas cajas políticas y sindicales. Así supo proponerlo oportunamente Nikita Khruschev en su célebre discurso brindado ante el Politburó soviético, en el que arengó a combatir a Occidente “a través de sus propios vicios” (drogas). El abono del “impuesto revolucionario” por parte de empresarios locales a grupos guerrilleros para que no les fuera impedido el transporte de mercaderías hacia el interior (a pesar de estar prohibido por ley, con pena de prisión efectiva) y los fondos surgidos del secuestro de los hermanos Born por parte de la organización Montoneros también remiten a porciones jugosas de un relato que nadie se esfuerza por conocer ni retomar. Ello equivaldría a echar una mirada fugaz al reflejo de Medusa en el escudo.

Con miras a definir de qué madera está hecha la dirigencia argentina, baste recordar que no ha existido gobierno constitucional que no le obsequiara caricias y congratulaciones a Raúl y Fidel Castro Ruz. Esta ha sido la manera en que los políticos locales han reaccionado frente al trabajo tan sangriento como destructivo que el castrismo ordenó ejecutar en estas tierras. A la luz de los hechos, quizás no debiera sorprender que, en el actual moméntum, el subsistema cristinista se abrace desaforadamente y dejando caer lágrimas al pato rengo de Mahmoud Admadinejad y al ideario de la exportación de la revolución que propugna el líder supremo y espiritual de Irán, el Ayatollah Ali Khamenei.

Como tampoco debiera tomar a nadie por sorpresa que la Presidente de la Nación, Cristina Elisabet Fernández Wilhelm, continúe empecinándose en en la peligrosa prerrogativa de la asistencia tecnológica de los inescrupulosos y maquiavélicos titiriteros de Hezbollah. El futuro de la carrera de la viuda de Kirchner casi puede adivinarse, y sobra decir que no será auspicioso.

Herbert Spencer -sociólogo y naturalista británico, de ostensible influencia darwiniana- hacía referencia al carácter del conflicto entre las naciones. Mencionó que los choques tenían lugar entre sociedades homogéneas (simples) y sociedades heterogéneas (más complejas y, por ende, victoriosas). Alegorías para eufemizar que el “pez más grande se devora al pequeño” o que “los estados-nación que carecen de estrategia terminan formando parte de la estrategia de otros estados-nación”.

Irrebatible corolario: en resumidas cuentas, los idiotas útiles -en cualquier Administración- se cuentan por docenas. La Doctrina de Seguridad Nacional regresa cual ave Fénix. Pero, en esta oportunidad, tiene a Irán como protagonista central. Y la enajenación mental imperante en la Casa Rosada nos ha metido de lleno en ese atolladero.

Matías E. Ruiz

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Acerca de Hari Seldon

Seldon nació en el 10º mes del año 11.988 de la Era Galáctica (EG) (-79 en la Era Fundacional) y murió en 12,069 EG (1EF).Es originario del planeta Helicon.Profesor de Matemáticas,crador de la PsicoHistoria.
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