el prejuicio presidencial

Sábado 29 de septiembre de 2012 | Publicado en edición impresa

La paradoja del prejuicio presidencial

Por Eduardo Fidanza | Para LA NACION

Hace casi 60 años, el psicólogo social norteamericano Gordon W. Allport publicó un libro que tendría el destino de los clásicos: La naturaleza del prejuicio. En él volcó los resultados de una exhaustiva investigación acerca de un tipo de conducta que llevaba al rechazo entre las personas y los grupos. Este libro, escrito con aliento optimista y moderado, fue concebido en una época muy particular. Se asistía al trágico fin de la Segunda Guerra, al comienzo de la Guerra Fría y a una revolución tecnológica que preludiaba la globalización. Un mundo traumatizado por la violencia acortaba distancias y despertaba. Era una oportunidad de recuperación que el prejuicio podía estropear.

Recordé a Allport mientras seguía por televisión el encuentro de la Presidenta con los alumnos de las universidades de Georgetown y Harvard. No fueron argumentos para el análisis político los que saltaron a mi cabeza, sino la angustiante sensación de que la visión presidencial del mundo contiene una simplificación atroz de la realidad; una reducción prejuiciosa de lo complejo a lo simple, de lo plural a lo único. Y de que esta reducción consiste en construir rótulos bajo los cuales ubicar a los individuos, condenándolos a ser clasificados como justos o réprobos sin apelación.

Pero aún más: percibí la negación terminante a considerar los hechos, las evidencias, los diagnósticos que pueden desmentir el punto de vista propio. Constaté, en fin, el retroceso a una etapa precientífica, de creencias religiosas que no deben ser contradichas, de artículos de fe que exigen el sacrificio de la inteligencia. A la incomodidad de ser de clase media sumé esta semana la pesadilla de estar regresando a la Edad Media, en una solitaria y extravagante Argentina, bajo la sonrisa perdonavidas de un puñado de estudiantes del exterior.

Tal vez la psicología social ayude a entender el malestar. Según Allport, el prejuicio es un sentimiento favorable o desfavorable hacia personas o grupos, cuyos motivos resultan insuficientes o no se justifican. Los sentimientos negativos son, sin embargo, la clave. Cuando se descalifica al otro sin fundamento, cuando se lo estigmatiza en virtud de su profesión, su sexo, su procedencia social o su ideología se incurre en prejuicio. La herramienta para elaborarlo es la generalización, quizá la trampa más frecuente en la que cae la razón humana, según Allport.

En política, el prejuicio suele conducir a la presunción de conspiraciones. El poder prejuicioso no admite inflexión ni autocrítica. La culpa siempre es del adversario. Si el opositor cuestiona, entonces destituye. Si no posee poder es la marioneta de un poderoso. Si lo posee, pertenece a la raza del los enemigos de la nación. El prejuicio tiene sus preferencias y se concentra en determinados colectivos haciéndolos responsables de atentar contra el bienestar general. El periodismo carga ahora con esa peligrosa acusación.

Se argumentará que en la Argentina actual el prejuicio no sólo le cabe al Gobierno. Que hay mucho prejuicio dando vuelta, que los opositores lo utilizan con frecuencia, que ellos también mienten y descalifican. Que hay medios interesados en desestabilizar. Es verdad, y tal vez debamos preguntarnos, sin más tardanza, los motivos.

Tengo la impresión de que el país se está deslizando a una suerte de terrorismo simbólico. De violencia verbal y gestual, de avances contra la libertad y la propiedad, contra la dignidad y el respeto. De pancartas hirientes, publicidad calumniosa, insultos y obscenidades, odios reconcentrados. Todos los involucrados empiezan a parecerse a los judíos en el ocaso de la República de Weimar.

Ahora, un gobierno que enjuició ejemplarmente al terrorismo de Estado y enseñó la brutal diferencia que lo separa de la violencia de los privados, debería reflexionar sobre su responsabilidad en el terrorismo simbólico que nos envuelve. El Estado tiene la obligación indelegable de dar el ejemplo. Y en democracia el primer ejemplo es la convivencia armónica entre los ciudadanos.

Según la experiencia histórica, el prejuicio es padre de la violencia e instrumento de la demagogia política. El terrorismo simbólico de Estado pervierte a la sociedad, atenta contra los derechos humanos aunque no mate o haga desaparecer. La presidenta de la Nación, que acaso trascienda por haber restituido derechos básicos a los argentinos, no puede desconocerlo. Debe escapar a su paradoja antes de que sea tarde.

© LA NACION .

Acerca de Hari Seldon

Seldon nació en el 10º mes del año 11.988 de la Era Galáctica (EG) (-79 en la Era Fundacional) y murió en 12,069 EG (1EF).Es originario del planeta Helicon.Profesor de Matemáticas,crador de la PsicoHistoria.
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