Consejos para jóvenes economistas de Jorge Avila

Consejos para jóvenes economistas

Filed under: Miscelánea — Jorge Avila @ 3:49 pm

Hace ya varios años que recibo visitas y preguntas de orientación profesional de parte de jóvenes economistas. Se trata de muchachos y chicas de entre 20 y 24 años de edad, que cursan el tramo final de la licenciatura en Economía o que se recibieron hace poco. Los agobian dudas elementales. ¿Hacer carrera académica o gerencial? ¿Hacer un post-grado en Economía, en Administración o bien ninguno? ¿Hacerlo en el país o en el exterior?…

Se los nota llenos de interrogantes e incertidumbres; a veces, hasta faltos de confianza en las propias fuerzas. Yo no pasé por esa circunstancia. Gracias a las charlas de mi padre, un economista de café que leía cuanto artículo y libro de Economía encontraba a su paso, supe con seguridad que la Economía era mi destino profesional a los 14 años. Y con ese envión hice toda mi carrera hasta aquí. Pero la seguridad puede ser, al mismo tiempo, una virtud y un vicio. Por ejemplo, cuando me doctoré en EEUU un profesor me invitó a dar un seminario en una universidad de aquel país con el objeto de buscar empleo de profesor asistente y, de esta manera, encaminarme hacia una carrera de publicaciones científicas y docencia full-time. Mi seguridad respecto de lo que quería me llevó a descartar de plano la invitación. Tal vez me equivoqué. Quizá hubiera sido mejor hacer carrera allá. Comento esta experiencia personal para subrayar que la duda (moderada) es algo saludable.

El éxito profesional, y de vida por extensión, consiste en obtener al cabo de los años algo parecido a lo que uno esperaba de sí mismo durante la adolescencia, cuando se sueña sin límites. No exactamente lo que uno esperaba; basta con algo similar. En la Grecia clásica se decía que la tragedia sobreviene cuando no se consigue lo que se desea o cuando se lo consigue demasiado bien. Por lo dicho, la primera pregunta que un joven debería hacerse es ¿cómo me veo a los 40 años?, ¿qué me gustaría estar haciendo a esa edad?, ¿quiero ser alguien influyente?, ¿por dinero, por obra intelectual, por obra de gobierno?, o ¿aspiro sin vueltas a tener una familia bien constituida y pasar con ella mis mejores momentos? Con una buena dosis de sentido común, se podrá argumentar que no hay contradicción entre la formación de una sólida familia y una distinguida carrera intelectual o ejecutiva. Me temo que sí la hay. Miren sino a su alrededor. La vida puede ser mezquina. Sobre todo para las mujeres. O es una cosa o es la otra, en la mayoría de los casos.

Las líneas que siguen desarrollan modelos de economistas profesionales y están dirigidas a jóvenes que aspiran a ganarse la vida como economistas. Si lo que en verdad te interesa es el dinero, esta nota no es para vos. Mi consejo en tal caso es que lo abandones todo y te dediques a los negocios. Para transformarte en un empresario exitoso no te hace falta ni siquiera una licenciatura. Recordá la opinión de Bill Gates, de Steve Jobs y de otros por entonces jóvenes que se enriquecieron en la industria del hardware y el software: un buen empresario no puede permitirse el lujo de terminar el primer año de la universidad porque en su cabeza bulle un proyecto y necesita ese tiempo para concretarlo como sea.

Según la revista inglesa The Economist hay cuatro tipos de economista. El académico, el city economist, el business economist y el Treasury economist.

El economista académico es el que trabaja en una universidad. Enseña e investiga. Dicta cursos de grado y de post-grado, lleva adelante una agenda de investigación y publica sus resultados en journals internacionales, también en revistas científicas del país y en libros. De vez en cuando escribe para diarios y responde reportajes, aunque puede opinar sobre cuestiones públicas con mucha independencia; de vez en cuando puede ganar unos pesos en trabajos de consultoría para gobiernos, cámaras y empresas, y alguna vez en su vida se puede dar el lujo de asesorar a un candidato presidencial, un ministro o un presidente de la Nación. Es quien tiene el mayor entrenamiento formal de todos los economistas. En la década de 1970, bastaba con un Master of Arts. En la de 1980, con un Ph.D. A partir de la de 1990, es imprescindible un Ph.D. más publicaciones en journals internacionales. Si no cumpliera este último requisito, el economista será un académico de cabotaje.

Para ciertos temperamentos no hay mejor alternativa que convertirse en un economista académico de cabotaje. En estos tiempos de alta especialización, ser considerado como tal equivale a una descalificación profesional. Los académicos lo miran con desdén pues no publica en journals internacionales; los consultores, como se mira a un pariente pobre, y la mayoría, como a un ideólogo (que es una mala palabra). Creo, sin embargo, que este tipo de economista, si ha escrito con rigor y ha defendido propuestas relevantes desde el punto de vista conceptual, es el más útil para un país que se halla en trance de reorganizar sus instituciones y el que hace el mejor uso de la posibilidad de emitir una opinión independiente.

El city economist es el economista que trabaja como consultor de bancos y empresas o bien como parte del staff de investigadores de grandes bancos. La diferencia entre estas dos ocupaciones no es menor. Un buen consultor debe estar bien informado, debe tener habilidad comercial y necesita capacidad de análisis de la coyuntura. Está metido en un negocio y su éxito se mide por la plata que gane. Depende más de la información que del análisis. Una maestría en Economía, en el país o en el exterior, es suficiente. Le conviene hablar un inglés fluido. Le convendría tener un dominio de la econometría básica. Puede alcanzar mucha influencia mediática. Puede llegar a ser ministro de economía, presidente del banco central. No cabe esperar que tenga una opinión realmente independiente que lo lleve a enfrentarse al gobierno o a banqueros y empresarios, puesto que perdería valiosas fuentes de información y clientes. No hace aportes al pensamiento económico. Tampoco pretende hacerlos. Alan Greenspan, ex-presidente de la Reserva Federal, es un soberbio ejemplo de un city economist que logró fama, riqueza y poder.

A su vez, el city economist que trabaja para un banco necesita una formación académica similar pero, antes que un comerciante, es un funcionario. Debe saber alguna econometría y escribir buenos reportes, debe conocer detalles de su industria y tener la capacidad para sobrevivir en el inestable mundo corporativo. Ganará más dinero que un académico pero menos que un consultor. A menos que abandone su cargo en el departamento de research del banco y abrace una carrera ejecutiva que lo transformará en un manager.

El business economist es una especie de city economist que en lugar de trabajar para un banco lo hace para una empresa no bancaria; por ejemplo, una importante constructora, una importante petrolera o un importante fabricante de productos de consumo masivo. Si la empresa no fuera importante no tendría necesidad de tener economistas en su staff. En términos generales, necesita igual preparación académica que el city economist. Tendrá un perfil profesional similar, no será una personalidad mediática, no asesorará a políticos ni formará parte de gobiernos. No escribirá artículos que esclarezcan a la opinión pública. Y como su par bancario, si optara por una carrera ejecutiva incrementaría sus ingresos en buena medida.

El Treasury economist es el economista que opta, por vocación o por las circunstancias, por un trabajo en el gobierno. Los economistas son muy demandados como funcionarios de carrera en áreas como Hacienda, Comercio, Cancillería y Banco Central. Son útiles en el gobierno. De jóvenes, recolectan y procesan estadísticas, escriben memos y contestan expedientes y pueden asistir a excitantes reuniones de formulación de política económica. Para ingresar al gobierno basta una licenciatura en Economía, como en los casos del city economist y el business economist, pero para escalar posiciones se impone una maestría local o internacional. La carrera como funcionario público puede ser ingrata años después de la experiencia inicial. Se ganan sueldos relativamente bajos, aunque del gobierno uno se va porque lo quiere y no porque lo echen. El gobierno suministra de hecho un tenure, es decir, un puesto inamovible. Un profesional capaz puede alcanzar rápidamente una Dirección Nacional, que es el techo de la carrera técnica. Para mantenerse en ella le hará falta una buena dósis de habilidad política. En especial, mucho tacto y paciencia para colaborar con los impetuosos improvisados que rotan a gran velocidad en los cargos políticos (subsecretarías, secretarías, directorios y ministerios). También deberá tener la prudencia de no opinar con firmeza sobre nada. Como norma, un funcionario de carrera no llega a ministro ni a presidente del banco central. A estos cargos políticos se llega desde afuera, por la vía de la militancia política, la consultoría de alto perfil y, quizá, la academia.

Por cierto, existen otras ocupaciones que escapan a la taxonomía de The Economist. Es el caso del economista que trabaja para un organismo multilateral (FMI, Banco Mundial, BID, FAO). Es una interesante opción laboral para aquéllos que tengan vocación por el servicio civil pero le teman a la inestabilidad política nacional y aspiren a un sueldo más alto. Para entrar en esta carrera hace falta un Ph.D.; en lo posible, de una universidad norteamericana o inglesa. O el caso del economista que trabaja en una fundación privada de investigación (FIEL, Fundación Mediterránea). Para llegar a economista-jefe en estas instituciones se ha vuelto necesaria una formación de Ph.D., aun cuando las fundaciones se dedican a la consultoría sobre cuestiones de naturaleza pública (regulaciones laborales, mercado de la energía, sistema tributario, mediciones del gasto público). De forma que este economista es una combinación de académico y consultor. El trabajo es interesante, mejor pagado que el académico y goza de mayor visibilidad pública.

El periodismo es el último híbrido que se me ocurre. Por el tipo de formación que recibe en la universidad, un licenciado en Economía es ideal para el periodismo económico. Antes que una profunda formación, para destacarse en esta actividad hace falta curiosidad y versatilidad. Desde luego, el entrenamiento de una maestría agrega definición conceptual y perspectiva y por tanto puede servir para escribir buenos editoriales; sin embargo, el periodismo exige por encima de todo curiosidad y versatilidad. No sé si un buen periodista gana mucho o poco. Pero no me cabe la menor duda de que para volverse rico el periodista debe ser, además, un hábil comerciante. Julio Ramos, el fallecido fundador del diario Ámbito Financiero, es un magnífico ejemplo de este tipo de economista.

Acabo de tratar una cantidad de aspectos que ayudan a definir los caminos que tiene un joven economista ante sí. He empleado un criterio exigente, para jóvenes ambiciosos. Si tu ambición fuera otra, espero no haberte descolocado. Tenés que saber que la inversión que hiciste en la licenciatura en Economía ha valido la pena, aunque no vayas a trabajar como economista. Pocas carreras universitarias pueden ofrecerte la amplitud de visión y la capacidad de análisis que caracteriza a la que elegiste. Si no eligieras convertirte en un economista de profesión, serás sin duda un empresario, una ama de casa o un rentista con una formación inusual.

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Acerca de Hari Seldon

Seldon nació en el 10º mes del año 11.988 de la Era Galáctica (EG) (-79 en la Era Fundacional) y murió en 12,069 EG (1EF).Es originario del planeta Helicon.Profesor de Matemáticas,crador de la PsicoHistoria.
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