Sólo en el reino del revés que es la Argentina, dominada por el discurso histórico del PJ, el Gobierno puede festejar su derrota en la ciudad y la oposición triunfante lamentarse por el 51% de los votos

Jueves 23 de julio de 2015 | Publicado en edición impresa

Los resultados en la capital

Milagros del sesgo peronista

Por Fernando Iglesias | Para LA NACION

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elecciones-2015-2068449w300.jpg Foto: LA NACION

Los invito a hacer el siguiente experimento mental. Están durmiendo y sueñan que aparecen en un país desconocido. Apenas llegados, se enteran de que hubo un ballottage en la ciudad capital: los dos candidatos que llegaron a la disputa por el poder municipal pertenecen a la alianza opositora nacional y el candidato del partido del candidato presidencial opositor mejor posicionado triunfó con más de la mitad de los votos. Después, abren los diarios de ese extraño país y casi todos los análisis insisten en que los resultados favorecen al gobierno nacional, cuyo representante en la capital obtuvo menos de un voto de cada cinco en las primarias y relegó por primera vez a su fuerza al tercer lugar en el distrito, dejándola fuera del ballottage.

Desorientados, salen a buscar información. Les preguntan a los ciudadanos de ese ignoto país qué piensan de la clase política que los gobierna. Recogen así todo tipo de insultos contra el gobierno, al que acusan de autoritario, incapaz, soberbio y corrupto. Intrigados, les preguntan a esos mismos ciudadanos a quiénes van a votar en las próximas elecciones. Para su sorpresa, más de un tercio de los consultados les responden que van a votar al candidato del partido que gobernó al país 24 de los últimos 26 años y detentó gran parte del poder político en los otros dos.

¿Cómo puede un neto triunfo opositor ser presentado como victoria del oficialismo?, se interrogan ustedes. ¿Cómo es posible que un país que vive indignado por los desastres de su clase política siga votando al partido que goza del monopolio del poder desde hace un cuarto de siglo? ¿No estarán directamente relacionados ambos fenómenos?, se preguntan. Entonces despiertan, sólo para darse cuenta de que todo esto pasa en este país, nuestro país, la Argentina, donde el sesgo peronista opera cada día un nuevo milagro que asegura la eterna resurrección del partido del primer trabajador.

Veamos más de cerca el caso: en la primera vuelta, hace dos semanas, Pro ganó con el 47,3% de los votos, ECO obtuvo el 22,3%, el FPV logró el 18,7% y las distintas variantes de la izquierda, casi un 10%, sumadas. Si al final Lousteau llegó al 48,4% es porque agregó a su cuenta votos previsibles: no sólo los propios, de la UCR y la Coalición Cívica, sino los de la izquierda previsiblemente antimacrista y los de un FPV previsiblemente interesado en infligirle a Macri una derrota en su distrito, cuyos valores sumados en la primaria superaron el 51%. ¿Por qué tanta sorpresa por el 48% si no había forma de prever un resultado diferente a menos que hubiese una transferencia de votos desde Recalde y la izquierda trotskista hacia Pro, lo que está fuera de cualquier lógica?

Además, si un 54% puede ser calificado de "victoria aplastante" capaz de legitimar un "vamos por todo", el más del 51% de Larreta en el ballottage y el más del 47% de la primera vuelta no pueden ser considerados un resultado mediocre; mucho menos, una derrota. Sobre todo, si han sido obtenidos compitiendo en soledad contra el resto de las fuerzas políticas del distrito; situación que la alianza FPV-PJ deberá eventualmente enfrentar en noviembre en un ballottage a nivel nacional. Lo cierto, lo innegable, lo que está fuera de toda especulación es, por lo tanto, que Pro compitió solo contra todos en la ciudad y ganó, mientras que no está dicho que el FPV compita solo y gane en el país. Los motivos por los cuales el kirchnerismo derrotado festejó su papelón en la ciudad de Buenos Aires mientras la oposición triunfante se persignaba y santiguaba no hay que buscarlos pues en un manual de política, sino en uno de psiquiatría; uno capaz de explicar el extendido síndrome de Estocolmo que padece la sociedad nacional.

En cualquier país normal, los titulares y artículos del lunes hubieran destacado el triunfo de un partido opositor, la excelente elección hecha por el otro candidato de la alianza opositora y la ausencia del oficialismo en el ballottage. Sólo en segundo plano hubiera aparecido la noticia, claramente secundaria, de la reducción de la distancia entre dos candidatos opositores. Aquí, no. Aquí, en este reino del revés tan bien descripto por María Elena Walsh, lo principal es secundario y lo secundario, principal. Aquí, curiosamente, los mismos medios que ante la pérdida de Mendoza y el tercer puesto del Frente para la Victoria en Córdoba, Santa Fe y la propia Capital argumentaron que las elecciones nacionales eran cosa distinta a las locales, salieron a esparcir la teoría del daño a Macri y el triunfo de Scioli. Aquí abundaron los análisis de las amplias disidencias entre las fuerzas opositoras, por contraste con la unidad del peronismo, partido en el que sus candidatos se acusan públicamente de traidores, narcos y roba-boletas.

"No era lo mismo que Macri saliera con el pecho inflado que resultara debilitado", afirmó con extraña sintaxis Aníbal Ibarra, carente ya hasta de la percepción de que las metáforas respiratorias no son las más indicadas en su caso. "Lo de Lousteau fue una hazaña que deja preocupado al macrismo", agregó Daniel Scioli, mientras su candidato en el distrito, Recalde, intentaba impedir que los pasajeros de los vuelos cancelados de Aerolíneas le prendieran fuego al Aeroparque. En tanto, miles de militantes kirchneristas llamaron a votar a Scioli, Julián Domínguez y Aníbal Fernández para impedir que llegue al poder la derecha. Un país de psicóticos. Un país cuya política no puede ser comprendida por ningún extranjero, no porque sea complicada, sino porque es demencial. Un país en que en una sola semana el peronismo actual se enfrentó al escándalo de que sus índices de pobreza sean mayores que la media del peronismo de los noventa, a la vergüenza de la falsificación de esos mismos índices de pobreza, a la ignominia de la remoción de Bonadio y al oprobio de haber perdido hasta el segundo lugar en la ciudad, y sin embargo el lunes pudo festejar por la disminución de la distancia porcentual… ¡entre dos candidatos opositores! En Europa no se consigue.

Son milagros del sesgo peronista, el que nos convenció de que los derechos sociales fueron inventados por el peronismo aunque ninguna de las grandes leyes sociales argentinas haya sido sancionada por un gobierno peronista; el que jura que el peronismo es el gran distribuidor de la riqueza nacional sin aportar una sola prueba estadística y a pesar de que los mayores ajustes económico-sociales de nuestra historia (1975 y 2002) hayan sido realizados por gobiernos peronistas; el que reconoce al peronismo el lugar de la unidad nacional aunque casi todas sus gestiones terminaron en una variante violenta o moderada de la guerra civil.

Es el sesgo peronista; el que sigue mencionando "los muertos de De la Rúa" aunque 25 de las 38 víctimas de diciembre de 2001 hayan caído a manos de policías manejadas por gobernadores peronistas; el que se olvida sistemáticamente de las tres décadas continuas de gobierno de las que el peronismo disfrutó con Perón, Menem y Kirchner, caso único en la historia nacional, así como de los veinticuatro años de los últimos veintiséis gobernados por el peronismo sin que ningún peronista se sintiera obligado jamás a dar explicaciones de lo que han hecho con el país.

El sesgo peronista, nuestro particular síndrome de Estocolmo, nuestra inextinguible vocación de ser sociedad mujer-golpeada frente al Pejota, marido golpeador. El sesgo peronista; la maldición del país civil y próspero que pudo ser y acaso nunca será; la distorsión sistemática de la comprensión de las cosas más elementales que por incapacidad o por razones aún menos nobles nadie parece dispuesto a abandonar..

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En Argentina existe un dispositivo para que el crimen quede sin justicia

DE MAR A MAR »

Crimen sin castigo

CARLOS PAGNI 20 JUL 2015 – 22:17 CEST

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La corrupción jaquea a las democracias sudamericanas. La Procuraduría brasileña comenzó a investigar si Lula da Silva influyó sobre gobiernos de la región para que la constructora Odebrecht ganara contratos de obra pública financiados por el Banco Nacional de Desarrollo. Es una derivación del escándalo Petrobras, donde se descubrieron sobornos por 3.000 millones de dólares. La ola salpicó a Dilma Rousseff, porque un empresario confesó haber financiado su campaña con dinero negro.

En la Argentina, Cristina Kirchner está bajo la lupa judicial por los convenios que realizó su empresa hotelera, Hotesur, con el constructor Lázaro Báez, presunto testaferro de su esposo. Báez, uno de los mayores adjudicatarios de obra pública, alquiló habitaciones durante 2009 y 2010, por más de un millón de dólares, en los hoteles que la familia Kirchner posee en la Patagonia. Hay innumerables indicios de que esos cuartos nunca fueron ocupados. La maniobra habría servido a los Kirchner para apropiarse de parte del dinero con que el Estado remuneraba a Báez por los trabajos que ellos le asignaban.

El juez que investiga a Cristina Kirchner, Claudio Bonadio, incautó documentación de Hotesur. La presidenta se burló de él vía Twitter. Sabía por qué lo hacía. Antes de que los papeles llegaran al tribunal, Bonadio fue desplazado por dos miembros de la Cámara de Apelación que suelen ser sensibles a las necesidades del Gobierno. Ahora Bonadio depende de la Cámara de Casación. Allí el expediente no estará en manos de jueces sino de conjueces. Son abogados a quienes se convoca para casos en los que los jueces deben inhibirse por algún conflicto de interés. La peculiaridad de Cristina Kirchner es que se sirve de conjueces para la ocupación permanente de los juzgados donde los funcionarios son investigados. O donde se investiga a quienes ella señaló como enemigos.

En la Argentina existe un dispositivo para que el crimen quede sin castigo. Funciona gracias a la presión del Ejecutivo

En el caso de la presidenta, los abogados que ofician como camaristas son Claudio Vázquez, amigo del secretario de Justicia; Roberto Boico, integrante de Justicia Legítima, la agrupación de jueces kirchneristas; y Norberto Frontini, exfuncionario del Ministerio de Justicia. Estos “magistrados” estudian dos alternativas: confirmar la remoción de Bonadio o confirmar la remoción de Bonadio.

El juez desplazado se identificó con el fiscal Alberto Nisman: “Si aparezco suicidado, busquen al asesino, porque no es mi estilo”, declaró. Nisman apareció muerto cuatro días después de denunciar a Cristina Kirchner por pactar con Irán el encubrimiento del atentado contra la AMIA.

Tres casualidades: el juez que reemplazó a Bonadio en la causa Hotesur, Daniel Rafecas, es el mismo que archivó la denuncia de Nisman. Los camaristas que desplazaron a Bonadio son los mismos que convalidaron esa decisión de Rafecas. Y los tres conjueces de los que depende Bonadio, fueron designados de urgencia en la Casación para convalidar el acuerdo con Irán.

En la Argentina existe un dispositivo para que el crimen quede sin castigo. Funciona gracias a la presión del Poder Ejecutivo, ejercida sobre todo a través del espionaje. La presidenta designó al encargado de monitorear para ella la causa AMIA como segundo de la Agencia Federal de Inteligencia. A esta influencia se agrega la del candidato presidencial del kirchnerismo, Daniel Scioli, que tejió su propio entramado judicial. El otro factor es la corrupción de muchísimos jueces federales. Para detectarla no hace falta una pesquisa. Alcanza con observar con Google Earth las mansiones de esos magistrados.

Las trampas que pervierten al sistema judicial argentino para que los funcionarios no sean sancionados son tan frecuentes que, a raíz de un trabajo del penalista Federico Morgenstern, hoy se discute la posibilidad de reabrir expedientes cerrados mediante manipulaciones. La Corte Suprema admitió ese criterio este año.

El PT brasileño y el kirchnerismo, que habían prometido regenerar la esfera pública, terminaron sumergidos en una ciénaga moral. Pero las diferencias del sistema institucional de cada país para procesar esa degradación son inquietantes.

Aun cuando la operación mani pulite brasileña alcanzó a Lula, no se advierte que Rousseff intente controlar los tribunales. Hay presiones para que lo haga: el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, manchado por el escándalo Petrobras, rompió con Rousseff y promovió investigaciones parlamentarias en su contra.

Dilma aún no respondió. Un contraste con su colega Cristina Kirchner, que intenta construir una autoamnistía para, antes de abandonar el poder, cubrir las lacras de la corrupción con el manto de la impunidad.

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Y el pato, al final, empezó a renguear

Domingo 19 de julio de 2015 |
El escenario

Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION

Si no puedes ser fuerte y, sin embargo, tampoco puedes ser débil, corres el riesgo de marchar hacia una derrota. La inquietante máxima de Sun Tzu, célebre teórico del arte de la guerra, encierra claves para comprender el íntimo y paradójico drama que vive una presidenta con doce años de desgaste, entregada a un candidato forzado a quien teme y desprecia, en medio de una estanflación con sobresaltos, obligada a presumir de lo que carece y sometida a un inexorable mecanismo de relojería.

Faltan apenas 143 días para que pierda definitivamente el cetro de los superpoderes, la chequera mágica, y los periodistas ya registraron imágenes con los paquetes embalados de su melancólica pero acelerada mudanza de Olivos. Esas fotos de alto valor simbólico, publicadas por la revista Noticias, causaron un inocultable impacto en la oligarquía peronista. Es que los tiburones son demasiado sensibles al mínimo goteo de la sangre de sus víctimas inminentes.

Cristina Kirchner tiene el enorme mérito táctico de haber diferido el pago de la fiesta y de haber sabido eludir hasta ahora el síndrome del pato rengo; también de haber creado un espejismo que propios y extraños compraron con rápida y sor-prendente superficialidad: la idea de que entregará el gobierno pero no el poder, y que su imagen positiva resulta una prueba irrefutable de su vigencia.

De hecho, la campaña electoral, los efectos económicos y la retirada parecían, hasta hace apenas un mes, un paseo campestre a la luz de la luna. Ella podía incluso darse el lujo de "abuenarse" y parecer republicana y magnánima para captar el voto independiente. Tenía todo arreglado.

La Justicia (mediante trucos y copamientos institucionales), la pax cambiaria, el pinzamiento de su sucesor (a través de los incondicionales que meterá en el Parlamento), la hipócrita relación con los peligrosos duques peronistas y hasta la benevolencia papal. ¿Qué más podía pedir?

Este majestuoso e idílico blindaje del adiós comenzó, sin embargo, a resquebrajarse en los últimos diez días. El Poder Judicial reaccionó como esos cuerpos dóciles que, sin embargo, expulsan los elementos extraños. Asomó una espinosa rebelión de jueces, y la Corte Suprema entró en acción: le reclamó al kirchnerizado Consejo de la Magistratura que sólo utilice la nueva ley de subrogancias en casos excepcionales, y en seguida avaló el dólar del "contado con liqui", propinándole un revés a Kicillof, que ávido de divisas quería cancelarlo. Esto causó, a su vez, tensión en la city porteña que de por sí ya estaba nerviosa a raíz de las múltiples inconsistencias macroeconómicas: el blue trepó, el dólar récord se convirtió en noticia (algo que Néstor detestaba) y la angustia obligó al ministro preferido de la reina a blanquear que había una "corrida cambiaria", aunque aseguró que se debía a ciertas declaraciones radiales de Macri. Si la palabra pública del principal candidato de la oposición demostrara tanto peso, el Frente Cambiemos ya tendría ganada la elección. Pero no la tiene.

Los socios peronistas de Cristina, más susceptibles incluso que los "arbolitos", miran de reojo la incertidumbre, sacan cuentas de la pesada herencia y se juramentan en sordina esterilizar desde diciembre al cristinismo y procurar que nunca más regrese al poder la gran dama que los sometió durante años. Es increíble que también en ese colectivo de la crueldad haya tantas víctimas de humillaciones y tantas facturas pendientes. Planean rodear a Scioli y aislar progresivamente al kirchnerismo en el Congreso, que sin el apoyo de su "hermano mayor" no pasaría de una minoría con escasa relevancia operativa. Alberto Samid, imprudente amigo personal del emperador de Villa La Ñata, lo dijo sin eufemismos: "En noventa días, nadie más se acuerda de La Cámpora". Horacio González presiente lo que se cocina y ya anticipó que entrega el timón. Su retiro no es decisivo para la política real, pero contiene un mensaje altamente alegórico.

Le quedaba entonces a Cristina su simpática alianza con Bergoglio, pero resulta que después de su gira populista por América latina, este verdadero Perón del 72 decidió equilibrar las cargas y dio luz verde para que el Observatorio de la Deuda Social de la UCA revelara una verdad brutal: hay 29% de pobreza en nuestro país, y viene subiendo a razón de un punto por año desde que la patrona de Balcarce 50 maneja personalmente la economía. Once millones de argentinos viven hundidos y pauperizados, sólo cuatro de cada diez trabajadores tienen un empleo de cierta calidad, y el 75% de la población se siente insegura. El estudio señala, a su vez, que la confianza en el Gobierno descendió por tercer año consecutivo: sólo un 23,2% declaró que confía en la política oficial; cuando Cristina ganó la reelección en 2011 y tocó el cielo con las manos, ese porcentaje era de 44,5%. Desde esa euforia comicial todo fue barranca abajo: las reservas se evaporaron, y se registraron un fuerte atraso cambiario, caída de las exportaciones y de la actividad fabril, inflación altísima, déficit alarmante y emisión descontrolada. Inflación con recesión, cepo, default y aislamiento. La gracia kirchnerista consistía en que los efectos no llegaban del todo a una porción importante del electorado, protegida por planes sociales e incentivos cortoplacistas del consumo. La característica de esta crisis no asumida, si se la compara con otras de la historia nacional, estriba en que aquéllas eran más bien fulminantes y sus esquirlas llovían primero de afuera hacia adentro: comenzaban en el conurbano bonaerense y recién luego se iban proyectando hacia el interior. La crisis actual, que también es grave, pero aún marcha en cámara lenta, tiene una dinámica invertida: hay más heridos y descontentos en el interior que en la metrópolis. Los resultados electorales en las provincias son leídos por los politólogos como reflejo de ese deterioro y principalmente de la destrucción de las economías regionales. Las 150 concentraciones y asambleas a la vera de las rutas protagonizadas el viernes por los hombres de campo también expresan esa delicada situación. Los productores agropecuarios se admiten al borde la quiebra y en algunos pueblos temen que se corte de un momento a otro la cadena de pagos.

En este contexto de súbita debilidad se inscriben los dos episodios que espeluznan a Cristina. El reportaje de The New Yorker confirmó que la atención mundial sobre el caso Nisman no afloja y que todas las maniobras locales tendientes a sepultar el oscuro pacto con Irán resultaron vanas. La doctora cree siempre haber enterrado definitivamente este tema, pero se trata de un cadáver insepulto que la perseguirá por años. El segundo hecho fue el escandaloso apartamiento del juez que investigaba el patrimonio familiar de los Kirchner. Muchos creen que la "decapitación" de Bonadio demuestra fortaleza, pero trasunta una enorme fragilidad. Los emisarios fracasaron, la defensa no resistía una explicación mínima y entonces hubo que romper el vidrio y buscar la salida de emergencia, a tres semanas de las primarias nacionales y con un acto de impotencia política, de desesperación personal y de autoinculpación. Porque nadie aparta a un juez si no se siente culpable. Y nadie cae en ese bochorno si el agua no le ha llegado al cuello. En seis meses, el agua estuvo a punto de ahogar tres veces a la jefa del kirchnerismo. Por eso atacó salvajemente al fiscal que investigaba la posibilidad de un siniestro complot, derribó a un camarista que iba a declarar inconstitucional el Memorándum y levantó en pala al magistrado que pesquisaba su fortuna. Para la opinión pública, todos estos atropellos constituyen confesiones de parte y triunfos pírricos: gana, pero siempre a costa de incendiarse a sí misma. Y muchos funcionarios del Gobierno saben que esto es cierto, pero aducen en voz baja que no tienen alternativa. En ese fatalismo, subyacen la endeblez y la exasperación, y la esperanza de que estos estropicios no muevan el amperímetro de las encuestas. Es posible que en ese punto tengan algo de razón, pero los frutos de la indiferencia social los recogerá en todo caso Daniel Scioli, el socio indeseado.

La alusión irónica a que Bonadio podría allanar el cumpleaños de su nieto esconde la pesadilla secreta que vive Cristina Kirchner. El llanto incontenible que hizo público el jueves en un acto de Tecnópolis mientras sus muchachos se estaban cargando al juez revela toda esa angustia escondida. Y la ocurrencia de que el tumor hepático de su canciller es producto de las críticas de la comunidad judía representa un exabrupto inédito en la historia democrática moderna, aunque no puede evaluarse con las meras coordenadas del análisis político. El rencor irracional y los estados alterados son materia de otros especialistas.

El pato rengo es el mal de los mandatarios que se quedan sin futuro, que ya no pueden seguir el ritmo de la bandada y que empiezan a ser blanco de los depredadores. Cristina logró zafar de la renguera con una notable pericia, pero la lesión la sorprende a traición y a poca distancia de la meta. ¿Logrará curarse a tiempo?.

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Cristina se cubre las espaldas en su despedida. Ordenó tumbar a Bonadio en la causa de corrupción que amenaza a su familia. Busca refugio judicial por la AMIA, Irán y Nisman.

Nunca tanta impunidad y desfachatez

Trama política

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La fiscal Viviana Fein dictaminará luego de las elecciones que el fiscal Alberto Nisman se suicidó. Descartará la posibilidad de un crimen. La Cámara de Casación, de donde fue desplazado el juez Luis María Cabral, está acomodando sus piezas para declarar la constitucionalidad del Memorándum de Entendimiento con Irán. Como Cristina Fernández pretende, según lo dejó claro en el reportaje que le hizo el periodista Dexter Filkins, de la revista The New Yorker. La Sala I de la Cámara Federal desplazó de la causa Hotesur al juez Claudio Bonadio. Investigaba presunto lavado de dinero en la administración de una cadena hotelera propiedad de la familia Kirchner, en El Calafate. No es fácil hallar en más de tres décadas de democracia una maniobra tan fulminante y desfachatada –sólo comparable al escándalo inicial con Amado Boudou– como la que lleva a cabo el kirchnerismo. Carlos Menem habría pasado a convertirse en aprendiz.

Si se desmenuza cada uno de esos pasos se advierte una sola lógica. La Presidenta persigue su blindaje para después de diciembre. Cuando abandone el poder sin fueros. La muerte de Nisman y el pacto con Irán podrían dejar abierto un peligroso flanco político y judicial porque en el medio están las 85 víctimas del atentado a la AMIA. Hotesur sería un emblema de la caudalosa corrupción de la época: afectaría de modo directo a su familia. En especial a Máximo, su hijo y candidato.

La celeridad con que se comportó la Cámara Federal obedeció al allanamiento que el lunes dispuso Bonadio en las oficinas que Máximo posee en Río Gallegos. La queja había sido presentada por la hija de Alicia Kirchner, titular de Hotesur. No fue la única acción del magistrado aunque sí la única que trascendió. El martes Bonadio requirió también documentación a la Unidad de Información Financiera (UIF) que comanda el kirchnerista José Sbatella. Es la entidad encargada de rastrear operaciones sospechosas. Había hecho un pedido similar en enero del 2014 vinculado sólo a Lázaro Báez. Lo reiteró ahora sobre ese mismo empresario y lo extendió a Cristóbal López y seis empresas.

Los jueces de la Cámara Federal intercalaron el apuro con alguna acrobacia. Eduardo Freiler, en febrero, había solicitado la separación de Bonadio. Eduardo Farah se había opuesto. Reiteraron sus posturas. Jorge Ballestero, en cambio, estuvo forzado a desandar el camino. En el verano respaldó la actuación de aquel magistrado en la causa Hotesur. Ahora optó por tumbarlo. Se trata de un colegiado versátil. Que estaría alisando el terreno ante el cambio de Gobierno que se avecina. Tiene lazos muy sólidos con Daniel Scioli. Escuchó el ruego del gobernador de Buenos Aires para que votara en contra de la denuncia de Nisman por encubrimiento terrorista contra Cristina y Héctor Timerman. Cumplió. Pero se ocupó también de advertirle con antelación a Mauricio Macri que la Sala I rechazaría su solicitud de sobreseimiento en la causa por las escuchas telefónicas ilegales. El mismo sufragó en contra. El emisario fue Daniel Angelici, presidente de Boca Juniors y protegido del jefe porteño. Ballestero, además de juez, es integrante del Tribunal de Disciplina de la AFA.

Antes de esa estocada el kirchnerismo se había encargado de cubrirle las espaldas a Cristina. Aquel desplazamiento de Cabral fue pensado a dos bandas. El juez entendía como miembro de la Cámara de Casación en el caso del pacto con Irán y en el pleito con Bonadio por Hotesur. Al juez lo había ratificado en su lugar. La resolución de la Cámara Federal será apelada y retornará a la instancia superior. Pero en la Casación ya no está Cabral. Hay tres magistrados de identidad K que llegaron por la aplicación de la ley de subrogancias. Asunto terminado.
Es cierto que ese mecanismo de las subrogancias, que estalló a partir de la separación de Cabral, ha sido impugnado judicialmente por jueces, abogados y políticos. Es verdad, además, que terminará aterrizando en la Corte Suprema donde prevalece el criterio de la inconstitucionalidad. Pero habría dos detalles que no se deberían soslayar. Transcurrirá un buen tiempo hasta que esos recursos puedan ser abordados por el máximo Tribunal. Las subrogancias quedarían en algún momento sin efecto. Pero nunca sus actos consumados. Es decir, sus fallos. Para cada uno de esos habría que pedir la nulidad.

La cuestión del Memorándum de Entendimiento con Irán tendría pliegues más complejos que las causas de corrupción. La Presidenta necesita de su constitucionalidad por dos motivos. Ha dicho que desea llevar el tema al ámbito de la ONU para forzar a Irán a respetar los términos del pacto. Pura fantasía. El Gobierno ya fracasó cuando pidió a Washington que incluyera el caso de la AMIA en sus cruciales negociaciones nucleares con el régimen de Teherán. Aquel Memorándum son cenizas para los iraníes. El otro desvelo de Cristina radica en la posibilidad de que la afirmación de inconstitucionalidad del pacto conceda vuelo a la figura de “traición a la patria” por presunta delegación de la soberanía a terceros. Su futuro fuera del poder se ensombrecería.

El apremio que desató la denuncia de Nisman llevó a Cristina a adoptar algunas decisiones desesperadas frente a las críticas que causó en la comunidad judía y la onda expansiva negativa que derramó en el resto de la sociedad. Apenas pasaron las primeras semanas de la tragedia del fiscal, la procuradora general, Alejandra Gils Carbó, designó un nuevo equipo en la Unidad Fiscal AMIA que conducía Nisman. Como coordinador fue nombrado el fiscal Juan Patricio Murray, confeso militante kirchnerista y leal a Gils Carbó. Los otros tres integrantes desarrollaron su trabajo también bajo obediencia debida. Desecharon la pista iraní, sobre la cual trabajó el fiscal muerto, y rastrearon la huella de Siria. Un viejo anhelo de la Presidenta. También se ocuparon de acelerar el juicio contra el ex juez Juan José Galeano y ex funcionarios menemistas acusados de haber desviado la investigación y pagado sobornos. El juicio arrancará los primeros días de agosto. La semana pasada se dictó la prohibición para salir del país del propio Galeano y de Carlos Menem.

Cristina se ocupó también de sacar provecho, al final, de un fallo adverso de la Corte Suprema. En marzo, los jueces rechazaron una apelación del Estado contra un veredicto a favor del pago de indemnización a un familiar de una víctima de la AMIA. A fines de abril la Cámara de Diputados convirtió en ley en pago de una compensación por única vez a “los herederos o derechohabientes” de las 85 personas fallecidas y las más de 150 que resultaron heridas. Aún falta la reglamentación. Representaría una erogación estatal cercana a los $ 350 millones.

La Presidenta creyó que con esas determinaciones podría atenuar las erupción que generó aquella turbia negociación con Irán. La realidad demostraría que no es así. Las críticas contra el Gobierno arreciaron en la recordación del viernes por el 21 aniversario del atentado. Fueron por la AMIA pero además por Nisman. Muchas veces Cristina parece quedar presa de sus propios desafíos y palabras. Cuando inauguró en marzo las sesiones ordinarias del Congreso, con la muerte de Nisman aún como gran telón de fondo, instó a la oposición a involucrarse en la develación de la verdad de los ataques a la AMIA y a la Embajada de Israel. Sectores de la oposición, pese a la campaña electoral, recogieron ese guante.

Representantes de la centro-izquierda, motorizados por el diputado Claudio Lozano, con apoyo de organizaciones de la comunidad judía, plantearon la creación de una comisión bicameral para una nueva investigación completa sobre ambos atentados. Con un añadido: podrían participar una comisión de notables, surgidos del universo cultural y judicial. La ocurrencia desagradó tanto a la Casa Rosada que un diputado kirchnerista de Tucumán se encargó de anular el funcionamiento de la Comisión de Peticiones, Poderes y Reglamentos. No podrá, sin embargo, evitar algún revuelo: los opositores se proponen antes de las PASO quebrar la modorra parlamentaria congregando a todas las comisiones pertinentes para la realización de un plenario en minoría. Habría una variante a la de la Comisión Bicameral que podría reunir también a los radicales, macristas y peronistas disidentes: la elaboración de un proyecto para reglamentar los juicios en ausencia. En este caso, para los ocho jerarcas iraníes que resultaron acusados por la voladura de la AMIA. El kirchnerismo también desconfía.

Cristina se encierra cada vez más en el tiempo de su despedida. Hace campaña en favor de Scioli por un par de razones: la compañía de Carlos Zannini, su comisario; el nuevo papel del gobernador bonaerense como gestor de la Presidenta en la Justicia para taparle los chanchullos. No se trata de ninguna conjetura: Bonadio reveló que Scioli lo buscó con denuedo, al parecer, para persuadirlo de que no avanzara con la causa Hotesur. Como no pudo, produjo su segunda definición pública en pocos días. Un ejercicio desacostumbrado. Había apoyado a Martín Lousteau para el balotaje de hoy en Capital. Cargó luego contra el juez y defendió a Máximo.

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Aquella causa ha quedado ahora en manos de Daniel Rafecas. Alivio para Cristina. Se trata del juez que enterró por primera vez a Nisman. Que tiene anestesiado el trámite por enriquecimiento ilícito contra César Milani, ex jefe del Ejército. Habrá que ver cómo se las arregla para custodiar el turbio tesoro presidencial.

Copyright Clarín 2015.

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Suicidan al fiscal que te investiga por terrorista y apartan al juez que te investiga por chorra.

Dra. Alcira Pignata ‏@drapignata 15h15 hours agoView translation

Suicidan al fiscal que te investiga por terrorista y apartan al juez que te investiga por chorra. Todo el mismo año.

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