¿La Historia lo absolverá?…Es curioso todo lo que uno está dispuesto a aceptar cuando quiere convencerse de algo: la fe es torpe y generosa.

Fidel Revolution, by GAP

La columna de Lanata

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No hay remeras de Fidel. Sí las hay del Che, y quizá tenga que ver con aquello de morirse a tiempo.

El Che fue un militar desastroso y peor estratega. Llegó a Bolivia en el peor momento climático del año. En aquel país ya habían intentado una reforma agraria y fue denunciado por aquellos campesinos que se disponía a liberar. Pero el poder no llegó a mancharlo.

Fidel, en cambio, es una sombra inaccesible, un titiritero atento a los mínimos detalles. Un niño-viejo en un cuarto lleno de juguetes mortales.

Estuve cinco o seis veces en La Habana, pero sólo pude ver a Fidel la primera: fue en un congreso sobre Juventud y Deuda Externa, en los ochenta.

Mido 1,84 y Fidel era bastante más alto que yo. Como Julio, Cortázar, “tenía los ojos separados como los de un novillo” y su figura de basquetbolista jubilado sobresalía en el Palacio de la Revolución junto a la de García Márquez: cada uno reunía, a su alrededor, grupitos de acólitos que iban siguiéndolos a todos lados.

Esa noche aprendí que no todas las casas de La Habana estaban en estado de terremoto: había también “casas de protocolo”, chalets confortables con aire acondicionado para algunos visitantes y funcionarios del Partido. Esa noche, en el Palacio de la Revolución, probé los langostinos más grandes que comí en mi vida.

Creo que fue en aquel viaje o en uno posterior cuando, en la terraza del hotel Habana Libre (ex Hilton) mientras sonaba una orquesta con músicos vestidos de blanco, escuché a una chica haciendo la mejor crítica política al sistema de la isla: me decía que quería cursar un posgrado en medicina en el exterior pero que no la dejaban salir. Ella no quería irse, quería salir y volver. Pero era en vano.

–Parece que no nos tuvieran confianza, dijo.

La Cuba oficial y la paralela se me aparecieron a la vez: en la Plaza, frente al hotel, chicos de veinte años cambiaban dólar paralelo (la diferencia de cotización de aquellos años era sideral, uno a cuarenta o más), vi por primera vez las “diplotiendas” –que en Rusia se llamaban “berioshkas”–, en las que solo los turistas podían comprar todo lo que le estaba vedado a los locales; vi chicas prostituyéndose por un shampoo o un jean que podían vender luego a cincuenta dólares en un país donde 24 es el salario promedio. Conocí también la “diplotienda” más grande de La Habana, mucho más grande que las demás, y allí casi no había turistas, todos eran funcionarios del Partido.

Volví otras veces: fui jurado del Festival de Cine y del premio de Periodismo de Prensa Latina. Me molestaba aquello de los CDR, la vigilancia política en cada manzana, o los niños pioneros con su pañuelito rojo al cuello gritando “Seremos como el Che”, las librerías eran muy limitadas y muy militantes, sólo algunos pocos autores extranjeros en ediciones truchas (los cubanos no pagan derechos de autor) y los libros eran muy baratos. La persecución a escritores –Virgilio Piñera, Guillermo Cabrera Infate, Heberto Padila, Jose Lezama Lima, Reinaldo Arenas– o la vigilancia constante del G2 (así se llama el servicio de inteligencia cubano. Les decíamos “gerardos”) se diluía con el argumento de siempre: hay medicina y educación, como si una cosa justificara la otra, o fuera necesario no poder salir para ser justos.

Es curioso todo lo que uno está dispuesto a aceptar cuando quiere convencerse de algo: la fe es torpe y generosa. Leí entre aquellos viajes, de un tirón, “Antes que anochezca”. El testamento de Reinaldo Arenas es un libro urgente, bello y triste que no puede leerse de otro modo. Arenas, homosexual, se mató en Nueva York, enfermo de SIDA, a los 47 años. “La Revolución no necesita peluqueros”, sentenció Fidel.

En su “Elogio a Fidel Castro” Arenas escribe: “A lo largo de más de treinta y un año de poder absoluto ha sido siempre fiel a sí mismo, gobernando con tan maquiavélica habilidad que hoy por hoy es uno de los únicos herederos de Stalin que se mantiene en el trono”.

Arenas escribió estas líneas en 1990. Fidel completó 49 años en el poder.

“Castro pone en práctica purgas políticas y retractaciones públicas. Ejemplos: el juicio público de Marcos Rodríguez, fusilado en 1964; el juicio del general Arnaldo Ochoa, fusilado en 1989 o la confesión de Heberto Padilla donde delataba además de a sus amigos más íntimos y a su esposa, en 1971”.

Hoy los organismos de derechos humanos argentinos olvidan datos elementales: en la web Desclasificación de la Cancillería se publican 70 oficios de la embajada en La Habana que prueban las relaciones entre Fidel y Videla.

La mayoría están firmados por el embajador argentino Raúl Medina Muñoz y se refieren al apoyo de Videla a Fidel en la ONU para que Cuba ingrese al Concejo Ejecutivo de la OMS; a cambio La Habana apoyó a Argentina para que fuese reelecta en el Consejo Económico y Social.

Los representantes cubanos en el Comité de Derechos Humanos de la ONU jamás denunciaron a la dictadura argentina y los argentinos tampoco lo hicieron contra Cuba.

En la cumbre de la ignorancia, Estela Carlotto declaró: “Fidel reivindicaba nuestra lucha, ofrecía su ayuda, sobre todo para difundir nuestro trabajo, consustanciado en la defensa de nuestro derecho a seguir pidiendo justicia, encontrar a nuestros nietos, cultivar la memoria. Su recuerdo, su historia y su presencia será permanente. Estará junto al Che, junto a Chávez y desde algún lugarcito seguirá mirando nuestras patrias y empujándolas al sueño de la patria grande”.

¿La Historia lo absolverá? Si es así la industria textil tomará nota y ya saldrá el modelo de GAP: “Fidel Revolution”.

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Muere el héroe de la revolución cubana convertido en dictador

Por Micaela Hierro Dori
Twitter: @micahierro
27 de noviembre de 2016
Micaela Hierro DoriLa maquinaria represora y propagandística del régimen sigue tan aceitada como en la década del sesenta, solo que adecuó las tácticas a la realidad del siglo XXI. El mundo y muchos cubanos no pueden ver aún la Cuba real. Aún no se ha iniciado la transición hacia la democracia en Cuba. Solo cuando las reformas sean para que haya estado de derecho que garantice los derechos humanos y no para reacomodar a la elite comunista y militar en el poder, es cuando se abrirá el camino hacia la verdad.

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Raúl Castro anuncia la muerte de su hermano Fidel la noche de un viernes y los cubanos reaccionan de distintas maneras, tan contradictorias que llama a la reflexión. Por un lado, Fidel Castro es recordado como héroe de la revolución cubana, quien lideró el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista, aseguró acceso a la salud y la educación gratuita y reivindicó los derechos de los campesinos con su reforma agraria enfrentando a los intereses capitalistas e imperialistas. Este recuerdo parcializado lo evocan quienes fueron adoctrinados en la isla y extranjeros ajenos a la realidad actual de la isla, quienes repiten sin mayores reflexiones el mensaje emitido por el enorme aparato propagandístico del gobierno de Cuba.

Pues sí, solo aquel que no hace mayores reflexiones sobre al asunto no puede entender que el valor que un pueblo tenga la tasa de analfabetismo más baja y la tasa de escolarización más alta de la región latinoamericana se desdibuja si la educación implica adoctrinamiento y educación universitaria significa pensamiento único. Porque que los niños en la escuela aprendan el abecedario repitiendo F de fusil y R de revolucionario, así como en la universidad seas expulsado si evocas citas de Martin Luther King o de Santo Tomas de Aquino, son solo muestras de la intolerancia del régimen castrista al libre pensamiento y a la libre expresión.

Por otro lado, se encuentran los que denunciaron meses después de aquel histórico 1 de enero de 1959 que la revolución cubana se desvió del camino democrático que prometía restablecer la Constitución de 1940 y eligió seguir al sistema totalitario que impediría que haya elecciones libres, justas y plurales hasta el día de la fecha. Todo aquel que denunció las intenciones de Fidel Castro de perpetuarse en el poder fue fusilado, perseguido, detenido arbitrariamente, torturado o forzado al exilio.

Las víctimas que se encuentran en el exilio viviendo en países democráticos y libres festejaron la muerte de su victimario, pero sin embargo las víctimas que se encuentran en la isla aún bajo el yugo del dictador sucesor del fallecido dictador tienen miedo de expresar lo que realmente piensan o sienten ante este histórico acontecimiento. Los que no tienen miedo de manifestar su pensamiento libremente han sido detenidos, como es el caso de Danilo “El Sexto” Maldonado, o tiene su casa rodeada por agentes de la Seguridad del Estado como es el caso de Rolando Casares en Pinar del Rio. Si, efectivamente continúa la represión.

La muerte del dictador no significa el fin de la dictadura. El régimen de partido único tuvo diez años de preparación para este momento. Desde el anuncio de la designación de Raúl Castro como sucesor de su hermano Fidel, en ese entonces imposibilitado por razones de salud a ejercer el poder en febrero de 2006, las

estructuras del partido comunista y de las fuerzas armadas tuvieron el tiempo suficiente para hacer las movidas de piezas para asegurar que el tablero no tambalee cuando se anunciara la muerte del gran líder. Se solía decir que el cubano no era comunista sino fidelista, porque no respondían a las ideas comunistas sino al discurso de Fidel que encantaba a las masas como el canto de una sirena. Durante años se esperaba la muerte de Fidel para que se termine el régimen dictatorial que lleva casi sesenta años en el poder y finalmente vuelva a ser Cuba efectivamente una democracia republicana. Sin embargo, los discursos tanto de Fidel como de Raúl en el séptimo Congreso del Partido Comunista de Cuba realizado en abril de este año ya anunciaban el traspaso de poder y manifestaban que estaba todo listo para asegurar el status quo tras la partida de la generación que peleó en Sierra Maestra.

La maquinaria represora y propagandística del régimen sigue tan aceitada como en la década del sesenta, solo que adecuó las tácticas a la realidad del siglo XXI. El mundo y muchos cubanos no pueden ver aún la Cuba real. Aún no se ha iniciado la transición hacia la democracia en Cuba. Solo cuando las reformas sean para que haya estado de derecho que garantice los derechos humanos y no para reacomodar a la elite comunista y militar en el poder, es cuando se abrirá el camino hacia la verdad. Solo cuando la mayoría de los cubanos salten las vallas del miedo y de la represión podrán trabajar en una comisión de la verdad y reconciliación que de a conocer quien fue realmente Fidel Castro. Lamentablemente no podrá ser juzgado en vida por los crímenes de lesa humanidad que cometiera, pero será imprescindible que se investigue y se de a conocer la verdad para que se haga justicia y el pueblo cubano pueda iniciar una nueva etapa en libertad y en paz.

Este momento histórico como es la muerte de Fidel Castro, héroe de la revolución cubana devenido en dictador, encontrará un significado final en la historia cuando haya una Cuba libre y democrática que lo juzgue. Mientras tanto la gente elegirá como recordarlo según dos visiones totalmente polarizadas. Y exacerbando esta distancia entre estas concepciones que divide y atemoriza al pueblo cubano sigue ganando el castrismo.

Twitter: @micahierro

Acerca del autor
Micaela Hierro DoriMicaela Hierro Dori
Micaela Hierro Dori es Coordinadora de Programas de CADAL.
Twitter: @micahierro

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Fidel: el dictador y la dictadura

Por Rogelio Alaniz
1 de diciembre de 2016
Rogelio Alaniz(El Litoral) Fidel Castro se va de este mundo dejando a Cuba más pobre, más degradada, más injusta y más dividida. Lo demás es verso, retórica, jarabe de pico. La historia a Fidel no lo absuelve, no puede absolverlo. Las voces de los ejecutados sin juicio, los lamentos de los perseguidos, encarcelados y ejecutados; los discriminados, los martirizados, los vigilados y excluidos, los condenados a vagar por el mundo como parias, todos ellos, las víctimas, no pueden, no deben absolverlo.

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(El Litoral) Secadas las lágrimas de los que lloran su muerte y apagadas las sonrisas de los que la festejan, hagamos un esfuerzo para recapitular el significado histórico de Fidel Castro. En primer lugar, me parece obvio decir que murió un dictador que ejerció el poder de una dictadura a la que calificó de socialista. Para disponer de una imagen aproximada de la temporalidad del régimen castrista, pensemos que cuando llegó al poder en la Argentina era presidente Frondizi; en Estados Unidos, Eisenhower; en Francia, De Gaulle y el Papa se llamaba Juan XXIII. Macri entonces estaba por nacer; Elisa Carrió, Sergio Massa, María Eugenia Vidal, eran apenas un proyecto de vida y yo estaba en tercer grado de la primaria. Según Yoani Sánchez, el setenta por ciento de la actual población cubana no estaba en este valle de lágrimas cuando Fidel entraba con los barbudos a La Habana. ¿Es mucho, no?

Digamos que Castro fue hasta el pasado viernes el sobreviviente de un mundo que había desaparecido. El mundo cambiaba, Cuba cambiaba, pero Fidel continuaba idéntico a sí mismo. El único cambio visible en los últimos diez años fue el reemplazo del uniforme verde oliva por el jogging, porque en lo demás sus obsesiones se mantuvieron intactas. A todos los viejos les puede ocurrir algo parecido, pero no todos los viejos son dictadores y arrastran detrás de sus fobias el destino de una nación.

El itinerario de Fidel no fue lineal, hubo idas y venidas, cambios a los que se supo adaptar con increíble astucia y audacia, pero en lo que mantuvo una rigurosa y absoluta coherencia fue en su concepción del poder al que siempre concibió como absoluto. Fidel llega al poder a través de una alianza integrada por su Movimiento 26 de Julio, el Directorio Estudiantil y el Partido Comunista liderado por Aníbal Escalante. En pocos años ajustó cuentas con todas estas organizaciones, pero sobre todo con políticos que pudieran hacerle sombra. A fines de los sesenta Guevara, Cienfuegos, Abrantes estaban muertos; Huber Matos y Escalante entre rejas; otros habían optado por el exilio. Todas las otras formaciones políticas se “unificaron” detrás de la sigla del Partido Comunista cuyo control quedó en manos de Fidel y su séquito.

El movimiento obrero organizado también fue disciplinado, mientras las milicias se institucionalizaron en un nuevo ejército. La Iglesia Católica fue sometida y sus principales dignatarios encarcelados o expulsados del país; la clase media cubana, una de las más amplias y desarrolladas de América Latina, emigró masivamente. El último sector social con quien ajustó cuentas fue con los intelectuales que en su momento adhirieron calurosamente a la revolución. El caso Padilla, el escritor que fue censurado y obligado a autocriticarse en el mejor estilo estalinista, fue el paradigma de esa ruptura. Una solicitada firmada por Jean Paúl Sartre, Simone de Beauvoir, Italo Calvino, Alberto Moravia, Susan Sontag y Carlos Fuentes, entre otros, daban cuenta de ese divorcio y desencanto.

La justificación de este pasaje de un movimiento antidictatorial con objetivos democráticos a una dictadura, la izquierda la explicitó a través de su clásica argumentación ideológica: la revolución profundiza sus objetivos y los vacilantes e indecisos quedan al costado del camino. Dentro de esos sectores vacilantes e indecisos habría que incluir a troskistas, anarquistas y, muy en particular, a los homosexuales que fueron perseguidos, humillados y liquidados por parte de un régimen en el que, si le vamos a creer a Reinaldo Arenas, muchos de sus jefes eran homosexuales activos o pasivos.

Dos millones de cubanos se exiliaron, algo así como el veinte por ciento de la población, un porcentaje que en la Argentina sumaría -como para que nos demos una idea- unos ocho millones de personas. También esto se presentó como una prueba de firmeza revolucionaria, una decisión que arrojaba a las letrinas de la historia a los contrarrevolucionarios, bautizados en este caso de “gusanos”. Ironías de la historia: esos despreciables “gusanos” a la vuelta del camino se constituirán en uno de los principales financiadores de la gloriosa revolución, enviando desde el exilio remesas de dólares a sus hambreados parientes.

La revolución promovió la reforma agraria, una intensa campaña de alfabetización, programas amplios de salud, iniciativas que en su momento le permitieron ganar el apoyo de amplias mayorías. El liderazgo carismático de Fidel Castro hizo el resto. Sin duda que los sectores más empobrecidos de la sociedad mejoraron su calidad de vida. La personalidad avasallante de Fidel se desborda en todas las direcciones. En Cuba se hará lo que dice Fidel; él es la verdad, él decide lo que está permitido y prohibido, él perdona o condena y su palabra es superior a todas las instituciones. Es un caudillo, un líder, pero también un déspota que presenta a sus excesos y abusos como una virtuosa condición revolucionaria. Se cree eterno e infalible. Su relación con las masas es el vínculo de legitimidad cotidiana. Alguna vez un presidente latinoamericano le preguntó por qué no convocaba a elecciones ya que era absolutamente seguro que las ganaba. Su respuesta fue una lección de liderazgo carismático: “Y quién te dijo que yo quiero votos”.

Su legitimidad se construyó en esa relación entre el jefe y la masa, ceremonia que se celebraba periódicamente en la Plaza de la Revolución con discursos fogosos que podían durar seis o siete horas. Pero esa legitimidad también se construyó a través de eficientes recursos represivos: cárcel o paredón para los disidentes y un régimen de vigilancia de carácter totalitario dirigido a controlar a la población, pero en primer lugar a sus propios colaboradores. ¿Violó derechos humanos? Pregunta de imposible respuesta porque, en la Cuba castrista, los derechos humanos nunca estuvieron reconocidos y, por lo tanto, no se puede violar lo que no existe.

A la hora del balance, la pregunta a hacerse es la siguiente: ¿Fidel deja a Cuba mejor o peor? La respuesta es peor. Cuba en 1959 tenía problemas, entre otros una dictadura como la de Batista, pero que comparada con la que vino luego será un chiste. Más allá de Batista, el desarrollo económico y social de Cuba era comparativamente alto, la “tacita de plata del Caribe”, como le decían mucho antes de que Fidel llegara al poder. ¿Fue el garito de los yanquis? Puede ser, pero sostener que Cuba era solamente eso es mentir; es más, hoy muy bien podría decirse que la explotación sexual es mucho más alta que en 1958.

Es una falacia de los castristas decir que la Cuba de 1958 era parecida a Haití o a Santo Domingo, porque si alguna comparación es posible, habría que hacerla con Costa Rica o Puerto Rico. Y en esas condiciones, el balance cubano es ruinoso en toda la línea. Para hacerla corta, Cuba en 1958 era un país con monocultivo, pero hoy lo sigue siendo. Había pobreza y atraso en el campo pero, por ejemplo, Cuba entonces contaba con una clase media muy desarrollada e índices de analfabetismo muy bajos. Los datos en ese sentido son abrumadores. En la relación habitantes-beneficios, Cuba disponía de porcentajes altos de aparatos de televisión, radios y consumo de libros. Sus carreteras y vías férreas eran extendidas, sus universidades muy bien calificadas, la capacitación de su mano de obra, era alta. En 1958 el PIB de Cuba duplicaba al de España; hoy España suma unos 29.000 dólares anuales y Cuba araña los 5.000. ¿Quedan claras las diferencias entre una dictadura comunista y una sociedad abierta que se propone desarrollarse en clave de un capitalismo democrático?

Conclusión: Fidel Castro se va de este mundo dejando a Cuba más pobre, más degradada, más injusta y más dividida. Lo demás es verso, retórica, jarabe de pico. La historia a Fidel no lo absuelve, no puede absolverlo. Las voces de los ejecutados sin juicio, los lamentos de los perseguidos, encarcelados y ejecutados; los condenados a ser devorados por los tiburones mientras desesperados huyen en balsas precarias; los discriminados, los martirizados, los vigilados y excluidos, los condenados a vagar por el mundo como parias, todos ellos, las víctimas, no pueden, no deben absolverlo.

Fuente: El Litoral (Santa Fe, Argentina)

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Megalómano y astuto, Castro fue el último rey católico

Por Loris Zanatta
28 de noviembre de 2016
Loris Zanatta(Clarín) Pocos devotos de Fidel Castro que viven en las sociedades occidentales soportarían la vida del cubano de a pie.

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(Clarín) Con Fidel Castro se va el último rey católico. Vivió mucho, y aun más habló. Además de vivirla, su vida la ha narrado; ha intentato plasmar tanto su historia como su memoria: en discursos en cadena, manifestaciones callejeras, libros y entrevistas. Repetitivo y obsesivo, no desdeñaba la manipulación. Conocía el dicho de Goebbels: una mentira repetida, se convertirá en realidad. Siempre juró que Cuba no torturaba, había eliminado el racismo, no entrenaba guerrilleros. Y así sucesivamente. Era falso, pero los devotos le creían y le creen. Los devotos, precisamente, la fe: Fidel Castro pasará a la historia como uno de los grandes líderes carismáticos producidos por el siglo XX, epoca de transición desde el mundo religioso al mundo secular. Fundador de una religión secular, impuesta como religión de estado en Cuba, Castro fue Rey y Pontífice: todo en él emanaba dogmatismo ético, cada palabra era apostolado de su doctrina, juicio sobre el bien y el mal, lucha épica entre el apocalipsis y la redención.

Guerra, lucha: estas fueron las palabras que dominaban su lenguaje. A diferencia de otros Pontífices, sin embargo, Castro pudo crear a su imagen y semejanza la sociedad que deseaba, la Jerusalén donde el pueblo elegido encontraría la salvación de los males contra los que combatía: individualismo, egoísmo, consumismo, indisciplina, juego, sexo, drogas. Sus letanías contra el vicio parecían cartas pastorales. Su popularidad se debe precisamente a esto: a su capacidad de interpretar, con más cultura e histrionismo de cualquier otro, el rol de Savonarola de nuestro tiempo, de gran moralista en la guerra contra la civilización occidental, la democracia liberal, la economía capitalista. Esto lo transformó en mito, alimentado por ejércitos de devotos más por lo que representaba que por lo que era. El precio lo pagaron los cubanos. Su Jerusalén, de hecho, es un fracaso histórico, una reducción jesuítica autárquica y espartana que produce ineficiencia y pobreza, privilegiosy autoritarismo; donde la otra cara de la imposición desde la primera infancia de los valores revolucionarios es la supresión de la disidencia, de los espíritus libres, de todo lo que evoca originalidad, creatividad, belleza, ascenso social. Pocos devotos de Castro que viven en las sociedades occidentales soportaría la vida del cubano de a pié.

Para entender a Castro, sería incorrecto partir de los clásicos del marxismo. Las raíces del joven Fidel están en las de su brusco padre, en la Galicia profunda, rural y católica en la que había nacido otro Caudillo. A partir de ahí, y de sus doce años en los colegios de la Compañía de Jesus, años de misa diaria, retiros espirituales, discursos falangistas y doctrina tomista, se formó la visión del mundo de Castro, el filtro a través del cual interpretó el legado esclavista e hispano del Oriente cubano, donde creció. Ni en la adolescencia ni en la universidad, Fidel conoció dos cosas. La primera es el trabajo; financiado por su padre, Castro nunca trabajó, no se midió con los problemas del hombre común; la segunda es la tradición de la ilustración, la visión liberal del mundo.

Esta visión, su enemigo de toda la vida, le era ajena y hostil, como siempre lo había sido por la gran tradición antiluminista de la catolicidad hispana. En este contexto, el descubrimiento del marxismo y la fe con que lo abrazó, no tenían nada de extraño: una entera generación de católicos latinoamericanos pasó entonces de la utopía fascista a la comunista. Para ella, el comunismo era una herejía cristiana, el desarrollo coherente de los preceptos evangélicos. Así describió Cuba en los años 60 Leopoldo Marechal: la sociedad más cercana al ideal evangélico.

Astuto e inteligente, impetuoso y megalomano, Fidel no hubiera admitido orígenes similares. El comunismo era el futuro, estaba seguro; la historia tenía leyes y las leyes de la historia la empujaban hacia el comunismo. Su misión era, por tanto, providencial y él era un Mesías. Tal era el espíritu que transmitió a los cubanos en los loco años 60, cuando todo parecía posible. Apostó así a la liberación de las fuerzas productivas: Cuba se convertiría en el país más rico del mundo, prometió. Mientras tanto, impuso su pedagogia de sacristía y mientras muchos revolucionarios lo celebraban como un libertador, él enviaba al gulag a los homosexuales o a quién tocara los Rolling Stones. Pero más que subir al cielo, Cuba se sumió en el caos y la miseria. Las famosa zafra de 10 millones de toneladas de 1970 fue un fracaso rotundo al que todo había sido sacrificado. Un gobierno normal habría renunciado. Pero un rey católico no renuncia.

Un sacerdote nicaragüense llegó a la isla y se iluminó: aquí todo el mundo es pobre; reina el Evangelio. La revolución había terminado: el sueño de la prosperidad cedió el paso a la administración de la pobreza y Castro se dedicó a la cruzada global contra Occidente. Nada como la obtusa política de agresión de Estados Unidos le regalaba la oportunidad. Así fue en los años 70: los subsidios soviéticos mantuvieron a flote la economía cubana y Castro recorrió el mundo y envió tropas en África; era el campeón del Tercer Mundo. Cuba era el Paraíso, me contó un médico que la visitó entonces. Tal vez, pero no para los cubanos, si un día en 1980, cuando Castro retiró la protección a una embajada donde se habían introducido a la fuerza algunos exiliados, media Cuba trató de meterse. La isla se vaciaría como una bañera donde se retira el tapón de no haberse entablado negociaciones con Washington. Fue el gran éxodo del Mariel.

Fue entonces, cuando volvía la democracia en América Latina y Gorbachov sacudía los cimientos del mundo comunista, que Fidel volvió a las raíces: la doctrina católica, dijo a Frei Betto, es en un 90% idéntica a los principios de la revolución. Tal era su ego de no admitir que las partes deberían invertirse, pero la sustancia no cambiaba: allí, en la matriz católica hispana, en la idea que subordina el individuo al todo, que en el pluralismo ve la amenaza a esa unidad orgánica, que aborrece la democracia liberal y el mercado, residía el alma de la revolución cubana.

De hecho pasó también Gorbachov, los que en Cuba habían confiado en él terminaron frente al paredón y todo continuó como era: empezaba otra cruzada, el período especial.Cerrado el grifo soviético, en los ’90 el Rey se encontró desnudo: la economía cubana era una plaga, la corrupción rampante, el nepotismo y los privilegios de la élite insoportables. Los cubanos padecían hambre, huían y morían por miles en el estrecho de la Florida, la deficiencia de vitamina causó epidemias; incluso la salud y la escuela, orgullos del régimen, cayeron en picada.

Pero Castro, el hombre que no sabía perder, regresó al antiguo argumento: al sacrificio seguirá la redención, al sufrimiento la gloria. Empezó a hablar de otras cosas: conmemoraba sus hechos históricos, alababa a los triunfos de la revolución de los cuales muy poco quedaba. Para salvarse, no le quedó otra posibilidad que abrir el país a los turistas y al capital extranjero. Temía el contagio de su pueblo puro, dijo varias veces, pero no había otra alternativa. Con la apertura volvieron los vicios que afirmaba haber desterrado e incluso un poco de la prosperidad; pero también la desigualdad: porqué algunos tenían dólares y otros no, familiares en el extranjero o no, porque había quién tenía amigos en el partido y quién no conocía a nadie.

El mercado expulsado de la puerta volvió a entrar por la ventana. Sin embargo, ya que en teoría no era admitido, todos trataron a escondidas de apretar de él hasta la última gota para salir adelante. Entre la realidad y la doctrina revolucionaria se abrió un abismo insalvable y la mayoría de los cubanos fue obligada a vivir fuera de la ley.Desde entonces, la historia de Cuba se ha arrastrado sobre esos rieles, prisionera del encanto de su monarca. Suena cínico, pero el título con que Libération ha anunciado la muerte de Fidel dió en el blanco: Murió demasiado tarde. Mientras tanto, sesenta años después de la revolución, muchos países que en ese momento tenían indicadores socioeconómicos peores de los cubanos, hoy la han distanciado: no sólo España, sino muchos de América Latina, como Chile y Costa Rica, que siendo triviales democracias liberales no atraen a devotos.

Hasta que el viejo patriarca se mantuvo alerta, Cuba siguió sus estados de ánimo: su ideal era básicamente el de una sociedad cristiana y lo siguió contra los vientos y las mareas, por duro, autoritario e ineficaz que fuera. Sólo cuando su fracaso se manifestaría, era posible desviar un poco, o cuando ordenaba la marcha atrás porque la apertura amenazaba infectar al pueblo: ese pueblo en cuyo nombre Fidel siempre habló y del que era tan diferente y distante; como un rey católico.

Fuente: Clarin (Buenos Aires, Argentina)

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La muerte del narrador

La muerte del narrador
Por Héctor E. Schamis
Twitter: @hectorschamis
28 de noviembre de 2016
Héctor E. Schamis(El País/España) Muere quien en su hipócrita estalinismo contaminó a la izquierda latinoamericana, quien vació de contenido al progresismo, quien hasta fue capaz de inspirar a la romántica canción revolucionaria latinoamericana, despertando idealismo donde solo había poder despótico de un Estado controlado a voluntad.

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(El País/España) Ahora sí, después de haber muerto tantas veces, su obituario verá la luz. Como con todos los personajes notables, los periódicos tienen la nota fúnebre escrita. Pero ninguna como en el caso de Fidel Castro. Un director de periódico solía tenerla sobre su escritorio, para sorpresa, tristeza o regocijo de sus visitantes.

¿Dónde estaba usted cuando murió Fidel Castro? Casi en simultáneo, fue una explosión de diatribas y panegíricos por igual. Mi primer pensamiento fue preguntarme acerca de las muertes de Stroessner, Trujillo, Ceausescu, Marcos o cualquier otro sultán del siglo XX. Ninguno de ellos sultanes del swing, por cierto.

Es que Castro murió de manera muy pedestre. No fue ejecutado y ni siquiera en el ejercicio del poder, solo como prócer viviente, en su casa en vez del museo y vistiendo conjuntos deportivos Adidas en lugar de uniforme militar. Claro que llegó al siglo XXI.

Muere casi como ancianito frágil quien instaló el régimen de partido único, el revolucionario partidario de la dinastía absolutista, el que diseñó el régimen de inteligencia interna más eficiente que se conozca, un competitivo producto de exportación.

En la narrativa latinoamericana, muere Sherezada, la narradora de Las mil y una noches, escribí alguna vez. El origen de todos los mitos y leyendas. El que transformó la autocracia en hombre nuevo, el embargo en bloqueo, la protección de Moscú en supuesto combate cotidiano, la delación miserable en solidaridad del pueblo, la falta de libertades en nueva trova, y una nueva trova a la que también reprimió cuando decidieron ejercer esas libertades.

Es la leyenda de la siempre inminente invasión, de los derechos de los pueblos latinoamericanos, con un pueblo casi sin derechos. Es el mito de la lucha contra el imperialismo yankee y sus cómplices dictaduras fascistas—la de Pinochet—mientras hacía negocios con otras dictaduras fascistas—la de Videla—obedeciendo órdenes de otro imperialismo, el soviético.

Muere quien en su hipócrita estalinismo contaminó a la izquierda latinoamericana, quien vació de contenido al progresismo, quien hasta fue capaz de inspirar a la romántica canción revolucionaria latinoamericana, despertando idealismo donde solo había poder despótico de un Estado controlado a voluntad.

No mucho cambiará sin él, en la periferia del poder desde hace una década, excepto los tiempos y el contenido de la pretendida transición controlada desde arriba. Sin Fidel Castro, el tiempo irá más rápido: febrero de 2018 es ahora “la semana que viene”.

Sin él, la incertidumbre característica de toda transición podría crecer exponencialmente. Y sin él, la teleología castrista podría quedar trunca. Hay mucho trabajo para los demócratas cubanos.

Fuente: El País (Madrid, España)

Twitter: @hectorschamis

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