El desajuste populista, a plena vista

Miércoles 26 de agosto de 2015 | Publicado en edición impresa

Opinión

Por Rodolfo Santangelo | Para LA NACION

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En períodos electorales, el oficialismo suele lanzar acusaciones contra opositores. Cuando se destinan a economistas, la peor acusación es que promueven un ajuste. Pareciera que peor que la corrupción, que no respetar las instituciones o violar la independencia judicial, es propulsar un ajuste. Pero la mayor curiosidad es que si se piensa que alguien quiere un "ajuste" (sin muchas precisiones sobre qué significaría) es porque implícitamente se reconoce que alguien antes hizo un desajuste. Nadie quiere ni puede ajustar un tornillo que no esté previamente desajustado.

Por eso, antes de evaluar la conveniencia o necesidad de realizar algún tipo de "ajuste", debemos evaluar los resultados del desajuste previo. Viendo números, la conclusión es contundente. El desajuste populista fracasó.

Entendemos por modelo populista aquel que en lo político asume rasgos cuasiautoritarios impropios de una república, que prefiere la discrecionalidad estatal a las decisiones del sector privado en competencia, que cree que las reglas de juego no corren para propios y amigos, que prefiere el consumo a la inversión, que tolera un poco de inflación porque sirve para bajar el desempleo y que cuando los resultados no son los que se pretenden les echan la culpa a las conspiraciones de los enemigos.

En política económica, el desajuste populista asume dos banderas emblemáticas: el aumento del gasto público y la emisión monetaria sin límites. El control de cambios de noviembre de 2011 y sobre todo la nefasta reforma de la Carta Orgánica del Banco Central de principios de 2012 fueron la plataforma de lanzamiento del "vamos por todo" que caracterizó al segundo mandato de la Presidenta. Como no podía ser de otra manera, los resultados fueron muy malos.

En los cuatro años que pasaron entre 2011 y 2015, el gasto público del gobierno nacional pasó de $ 430.000 millones a un estimado de 1,5 billones este año, un crecimiento del gasto superior al billón (doce ceros) de pesos en cuatro años. Fue la apoteosis del populismo para promover el consumo: ocho aumentos jubilatorios semestrales, asignación universal a los hijos, subsidios para promover el derroche de energía, empleo público sin límites. No faltó nada por subir nominalmente. Simultáneamente, aunque la presión tributaria se mantuvo en los récords históricos, con impuestos por todos lados, la recaudación no alcanzó y hubo que desempolvar la maquinita de imprimir billetes.

El financiamiento monetario del déficit fiscal generó que el total de pesos existente en la economía, ya sea en las billeteras de la gente o depositadas en los bancos, también explote. La definición M3 de dinero pasó de pesos 530.000 millones a fines de 2011 (cuando se impuso el cepo) a un estimado a fines de este año de pesos 1,6 billones. Otra vez una inyección monetaria supuestamente para promover el consumo y el empleo de un billón (doce ceros) de pesos en cuatro años. La mitad de este crecimiento nominal de pesos financió un fenomenal aumento nominal del crédito al sector privado (pasó de $ 240.000 millones en 2011 a un estimado de 750.000millones a fin de 2015) y la otra mitad financió al sector público de diversas maneras. Y, sin embargo, a pesar de semejante inyección, el producto bruto interno en cuatro años no creció nada, cero, estancamiento total. Ni el mismísimo Milton Friedman, padre del monetarismo ortodoxo, hubiera previsto un resultado tan malo. Un 250% de aumento del gasto público y un 210% de expansión monetaria generaron en cuatro años 200% de aumento en variables nominales (precios al consumidor, dólar paralelo, salarios) con dos variables nominales totalmente retrasadas (tipo de cambio oficial y tarifas públicas) y cero de impacto en variables reales. Noventa por ciento de las empresas de bienes y servicios producen y venden en volúmenes lo mismo que en 2011, aunque por supuesto en pesos facturan mucho más en pesos nominales. Apenas algunos sectores producen un poco más (el agro por excepcionales rindes, cemento, consumo de electricidad y gas) y compensan a otros que incluso producen menos (autos, algunos servicios privados). Una parte pequeña de esta mala performance económica tiene que ver con un mundo más hostil que explica la mitad del colapso exportador del cuatrienio que pasó de US$ 83.000 millones en 2011 a menos de 60.000 millones este año. La mayor parte de la responsabilidad cae en el fracaso del desajuste populista.

Vale una aclaración para corregir un error de diagnóstico en que caen funcionarios oficiales. Cuando en una economía con cepo cambiario y déficit fiscal financiado con emisión se festeja que los depósitos crecen rápidamente, ello de ninguna manera refleja que la gente quiere ahorrar en pesos y que la moneda nacional es preferida al dólar. Lo único que muestra es que el Banco Central emite mucho y que los pesos, transitoriamente, no tienen por dónde desagotar y, por lo tanto, crecen nominalmente.

Recalco las dos palabras: nominalmente todo crece medido en pesos, pero lo relevante es qué pasa en términos reales, o sea en la capacidad adquisitiva. Y transitoriamente, porque el ciudadano, cuando quiere evitar que lo estafen por quedar entrampado en los pesos, siempre se las rebusca para encontrar una vía de desagote, para no ver cómo sus pesos pierden valor. En 2011, previo al cepo el desagote monetario, se produjo vía la llamada fuga de capitales o dolarización de portafolios; en 2012/13 poscepo, se produjo vía la suba del dólar paralelo primero y la inflación y la devaluación después. Este año asistimos a la tercera inundación monetaria producida por el déficit fiscal y la emisión monetaria, y nadie debería sorprenderse de que esta vez ocurra lo mismo.

Hubo una época (de 2003 a 2007) en que al ser el punto de partida muy bajo (capacidad ociosa, desempleo, inversiones heredadas, mundo favorable), la expansión del gasto público y la expansión monetaria generaron en partes iguales mejora de variables reales y nominales. Ya entonces el modelo requería un service que no vino. Entre 2007 y 2011, el modelo abusó de la cebada de la bomba y produjo demasiada inflación para muy modestos resultados de reactivación. Sin embargo, como el bienio 2010/11 fue mucho mejor que el previo 2008/09, el oficialismo lucró electoralmente del rebote poscrisis mundial y arrasó en las elecciones. Fue el punto de partida político al fracaso del desajuste populista que vino después. Los argentinos estamos a tiempo de corregir este desajuste. De no hacerlo, no quepan dudas de que el próximo cuatrienio promete ser peor que éste..

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¿Cuánta dependencia del Estado, cuánto clientelismo disfrazado de ayuda social, cuánto empleo público y cu ánta limosna oficial se necesitan exactamente para ganar las elecciones siguientes y seguir gobernando?

Elecciones 2015

Jueves 27 de agosto de 2015 | Publicado en edición impresa

Los argentinos, ante un momento crucial

Por Luis Majul | LA NACIONSEGUIR

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¿Cuántas urnas más se deberían quemar en Tucumán o en cualquier provincia de la Argentina para declarar fraude y cambiar el actual sistema electoral de una vez? ¿Cuánta dependencia del Estado, cuánto clientelismo disfrazado de ayuda social, cuánto empleo público y cuánta limosna oficial se necesitan exactamente para ganar las elecciones siguientes y seguir gobernando? ¿Cuánta degradación de las instituciones es suficiente para que la mayoría de la sociedad ponga un límite a semejante estado de cosas?

Entre 15 y 18 millones de argentinos dependen de alguna manera del Estado. Del nacional, provincial o municipal. Dependen del Estado para cobrar planes sociales, pensiones, jubilaciones o el recibo de sueldo correspondiente a su trabajo. Esta cifra explica, en parte, por qué sigue ganando el Frente para la Victoria en provincias como Tucumán, Jujuy o Formosa. ¿Son la mayoría de estos argentinos rehenes o cautivos de los oficialismos de turno? ¿No les importan el maltrato, los abusos y las mentiras porque lo único que desean es llegar a fin de mes? ¿No les pega en la boca del estómago, por ejemplo, que los señores feudales de la provincia de Formosa insulten de arriba abajo a un ídolo popular como Carlos Tevez sólo porque se atrevió a decir que lo impactó la enorme desigualdad que vio en esa provincia? ¿Cuánto tiempo más los progresistas e intelectuales que apoyan a este gobierno van a seguir manteniendo su silencio cómplice frente a los gravísimos casos de corrupción, la desigualdad y la miseria en buena parte del Norte argentino y en las intendencias obscenas de los barones del conurbano, que siguen atornillados al poder desde hace más de 20 años? ¿Lo que está sucediendo ahora mismo, en términos generales, no es lo mismo que pasaba en los años 90, cuando la mayoría del periodismo honrado salió a investigar el brutal asesinato de María Soledad Morales? ¿No era también todo el contexto político y social que rodeó aquel emblemático caso lo que debía terminarse de una vez? ¿Qué diferencia verdadera hay entre los que mandan ahora con los que gobernaban en aquellos años? ¿O se toleran porque antes eran aliados de Carlos Menem y ahora lo son de Cristina Fernández? ¿La diferencia es que uno es "lo peor de la derecha" y la otra "tiene a los pibes para la liberación"? ¿Cuál será el argumento que lo justifica? ¿Que en Jujuy, ahora, además del eterno Eduardo Fellner, tienen como socia a Milagro Sala, cuyas prácticas de conducción son tan autoritarias y abusivas como las de cualquier caudillo del Norte? ¿Hay una corrupción inaceptable y otra que se puede justificar? ¿Es inadmisible la condena por coimas al ex titular de la Casa de la Moneda, el hombre de Carlos Menem, Armando Gostanian, pero se le pueden "aguantar los trapos" al vicepresidente Amado Boudou, sólo porque lo eligió Cristina? ¿Hay votos en cadena o destrucción de telegramas y de urnas condenables y otras que se deben soportar o tragar, como si fueran sapos?

Es difícil saber cuánto tiempo se puede prolongar este clima político enrarecido. Es difícil predecir si la mitad del país más o menos informado se sentirá inquieta por las protestas de los tucumanos que no se resignan a que les roben sus votos. O si a la otra mitad le alcanzará con decirse que se trata de un complot del Grupo Clarín para desestabilizar al gobierno nacional o perjudicar las chances del candidato a presidente del Frente para la Victoria, Daniel Scioli.

Hay un cóctel de ingredientes aparentemente inconexos que podrían ayudar a explicar el presente estado de las cosas. Uno, sin dudas, es que estamos en el medio de una campaña electoral larga, extenuante, desgastante, compleja y de resultado todavía incierto. Estamos metidos en un sistema denominado PASO que fue ideado por Néstor Kirchner cuando todavía soñaba con perpetuarse en el poder a través de un esquema que se malogró con su muerte temprana e inesperada. Estamos inmersos en un proceso en el que cada pequeña cosa adquiere un dramatismo notable, porque podría determinar el fin de la carrera y los negocios de miles de dirigentes que hace por lo menos 30 años viven de la política.

Los encuestadores que menos se equivocan coinciden en el diagnóstico del momento. A Scioli todavía le faltarían unos pocos puntos para ganar en primera vuelta. Le adjudican, incluso después de las inundaciones y de su viaje a Italia, una intención de voto muy cercana a los 40 puntos. Su principal competidor, Mauricio Macri, superaría, apenas, los 30. Pero si el gobernador de la provincia de Buenos Aires transcendiera los 40 puntos y el jefe de gobierno de la ciudad no llegara a los 30, el oficialismo ganaría en primera vuelta. Y si Macri lograra reducir la diferencia a menos de 10 puntos y Scioli, al mismo tiempo, no alcanzara los 45 puntos, se debería dirimir la competencia entre los dos en el ballottage de noviembre. El líder del Frente Renovador, Sergio Massa, repetiría, voto más, voto menos, la digna actuación de las primarias y Fernando del Caño, el candidato de la izquierda, sería uno de los mayores tributarios de este clima enrarecido, con una intención de voto de entre 7 y 8 puntos.

Macri, Massa y Margarita Stolbizer se acordaron tarde de instalar en los medios la potente idea de que en este contexto de diferencias mínimas, cada voto tiene un valor superlativo y puede cambiar el signo del gobierno que llegue. Los equipos de campaña de Cambiemos y del Frente Renovador se dieron cuenta, esta semana, de que para arrebatarle el poder al oficialismo necesitan mucho más que llegar con lo justo. Necesitan algo más que miles de fiscales en cada rincón de la Argentina. Precisan un cambio de clima parecido al que llevó a Raúl Alfonsín a superar a Ítalo Lúder por una diferencia de casi 12 puntos.

Éste es un momento crucial. Puede terminar definiendo el contexto político, económico, social y cultural del país de los próximos años. Si la oposición no gana ahora mismo el debate para colocar a la opinión pública de su lado habrá perdido una oportunidad única. ¿Hay tiempo y masa crítica para modificar el sistema electoral y votar con más trasparencia el próximo 29 de octubre o hay que aguantarse y fiscalizar como se pueda, y resignarse a perder por la mínima diferencia? Para ganarle al peronismo ya no basta con lograr más votos. Ahora Macri, Massa y el resto de la oposición tienen que mostrar tanta o más vocación de poder que la que poseen Cristina Fernández o Daniel Scioli..

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Lo único que había ocurrido es que en una provincia argentina, miles de personas manifestaron pacíficamente p ara defender su voto que, según entendían, estaba siendo robado. Y luego volvieron a manifestar para que la policía n o los lastimara por protestar. Eso -personas que reclaman más democracia y menos represión- molesta a quienes quieren una sociedad en silencio.

EDICIÓN IMPRESA COLUMNISTAS 27.08.15 | 00:00

Una rebelión inesperada

ERNESTO TENEMBAUMERNESTO TENEMBAUM
Periodista

Tucumán , Alperovich , Macri , Stolbizer , Scioli

Una rebelión inesperadaUna rebelión inesperada

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En el año 2007, José Alperovich fue reelecto con el 78% de los votos. La segunda fuerza obtuvo el 3%. En el año 2011, Alperovich consiguió su tercer mandato con el 68%. La segunda fuerza solo logró el 14. Todavía no se conoce el resultado definitivo de las elecciones del domingo. Si las cifras oficiales se confirman, esta vez la diferencia se habría reducido a catorce puntos. Pero puede ser aun más exigua. O sea que la primera novedad que ocurrió en Tucumán este fin de semana es que una democracia con partido único se transformó en una democracia competitiva con perspectivas de alternancia, y con distritos muy significativos ganados por la oposición.

Esa diferencia de 14 puntos se explica en parte -¿marginal? ¿definitoria?- por una serie de prácticas que quedaron documentadas. A tal punto fue así que la propia junta electoral suspendió el escrutinio provisorio cuando aun faltaban contar los votos de una de cada cinco urnas. En un hecho muy grave, el auto de un camarógrafo que documentó la descarga de bolsas de comidas en una unidad básica fue cruzado por dos motociclistas. Cuando decidió bajar del auto con la cámara encendida, lo golpearon, lo derribaron, y le patearon la cabeza hasta que quedó prácticamente inconsciente. Patearle la cabeza a un periodista no debería ser una práctica tolerada así, como si nada, en una sociedad democrática. Con el correr de las horas se multiplicaron hechos irregulares como quema de urnas -algunas de ellas atribuidas a la oposición-, golpes a un gendarme, falta de boleta y planillas truchas o duplicadas.

En todas las elecciones que se realizaron en este año, la palabra fraude no existió. Así ganara el peronismo disidente como en Córdoba, el PRO en la Capital, el radicalismo en Mendoza, el socialismo en Santa Fe, un partido provincial en Río Negro o el peronismo en Chaco, Salta, Tierra del Fuego o La Rioja, las fuerzas opositoras aceptaron el resultado. Ni el Frente para la Victoria ni las diversas oposiciones le negaron legitimidad al triunfo de sus adversarios. En Tucumán las cosas fueron muy distintas. Y, ante las irregularidades, el lunes, miles de personas concurrieron a la plaza central de la provincia para pedir transparencia. Para quienes creen en la democracia, esa es una gran noticia: una sociedad se moviliza para pedirle explicaciones a un poder concentrado y extendido en el tiempo. Para quienes están acostumbrados a controlar todo, es un episodio angustiante. Tanto fue así que no lo aguantaron y la policía empezó a reprimir baleando, entre otros, a dos niños.

En Tucumán y en los medios nacionales, todo eso que ocurrió fue prolijamente omitido por la prensa y los canales oficialistas. El canal 10 de la provincia, a esa hora, transmitía el programa de Marcelo Tinelli. Al día siguiente, los diarios oficialistas utilizaban terminología de otra época: hablaban en sus títulos de "incidentes" en una "marcha opositora". También lo hizo José Alperovich, el gobernador cuya fuerza policial ejecutó la represión. Alperovich sostuvo que durante sus ocho años de Gobierno se ocupó de garantizar la libertad de protestar, descargó responsabilidades hacia la policía que conducía o debía conducir y sostuvo que no le gustan los "excesos". La utilización de esa palabra remite, para cualquier persona politizada, a la justificación de la represión ilegal de la dictadura militar. De haberla pronunciado, por ejemplo, Mauricio Macri, todo el arco de derechos humanos lo hubiera repudiado. Como Alperovich es kirchnerista, callan. Es un clásico.

No es cierto que Alperovich haya garantizado la libertad de protesta durante su gobierno. En la primera quincena de diciembre de 2013, en casi todas las provincias, la policía se acuarteló en reclamo de mejores salarios. En ningún lugar, murió tanta gente como en Tucumán. Alperovich acordó con las fuerzas policiales. Cuando una parte de la ciudadanía apareció en la plaza central de la ciudad para protestar, los policías los reprimieron, con la misma furia que esta semana. En esos días, al menos catorce argentinos perdieron la vida. Mientras eso ocurría, la presidenta de la Nación, Cristina Fernández, celebraba el Día Internacional de los Derechos Humanos, y bailaba junto a Moria Casán sobre una tarima en plaza de Mayo. Ni entonces ni ahora, Cristina repudió el accionar de la policía de Alperovich.

Quienes sí lo hicieron, el martes por la noche, fueron muchos tucumanos, que concurrieron a la misma plaza de la Ciudad para denunciar la represión. Cuando la policía lastima a las personas, es bueno que mucha gente se rebele, denuncie lo que ocurre, no se calle. Naturalmente, a algunas personas eso les molesta porque solo conciben las marchas convocadas y organizadas desde el Estado.

José Alperovich y Beatriz Rojkés, la pareja gobernante en Tucumán durante los últimos ocho años son dos multimillonarios. Los emprendimientos comerciales de la familia Alperovich incluyen varias concesionarias de autos, otra de camiones, una de maquinaria agrícola, un hotel en el centro de la capital tucumana y una empresa constructora con proyectos exclusivos como el complejo Terrazas Village. En 2009, José Alperovich admitió ser un productor sojero, con campos en Tucumán, Santiago del Estero y Salta. Quien descrea de esta enumeración podrá ver en internet las curiosas imágenes del viaje que realizaron por Abu Dhabi en las vacaciones de invierno del 2013. Se los ve, felices, montados ambos sobre un camello en medio del desierto. En una grabación, la senadora presume de hospedarse en un hotel, el Emirates Palace, cuyo costo diario ascendía a los u$s 20 mil.

En marzo de este año, la senadora recorrió algunos lugares de su provincia que habían sido inundados. Un poblador le cuestionó la falta de ayuda, ella le gritó, él le respondió: "Bueno lo que pasa es que usted tiene una mansión". La frase de la senadora para responderle fue muy elocuente:

-Yo tengo diez mansiones, pero estoy acá, vago de mierda.

Mirar ese documento ayuda a entender la esencia de la diferencia de clases en algunas provincias del Norte del país.

En el plano político, Alperovich llegó a controlar 44 de las 48 bancas de la legislatura provincia, 17 de las 18 intendencias y 8 de las nueve bancas de diputados nacionales que le corresponden a la provincia. Más de la mitad de la Corte fue designada por Alperovich. En el libro ‘El zar tucumano’, los periodistas José Ignacio Sbrocco y Nicolás Balinotti detallan la manera en que crecieron los negocios de los Alperovich y su grupo de empresarios más cercano gracias al control del Estado. Lo que se dice, la suma del poder público. ¿A qué le temen tanto los que lo defienden aun después de la represión del lunes? ¿qué tendrá que ver todo esto con el famoso ‘proyecto’?

Es difícil calificar de un plumazo una situación que, seguramente tiene múltiples aristas, algunas de ellas muy complejas. Pero lo que ocurre en Tucumán parece, a primera vista, un atisbo de rebelión de un sector de la sociedad civil contra un poder abusivo. El ruido que levanta todo esto a nivel nacional seguramente será más efímero que los efectos sobre la sociedad tucumana. Los candidatos opositores que pretenden resolver por la vía tucumana sus problemas nacionales tal vez sean defraudados.

Cuando este tipo de rebelión ocurre, los afectados, o sus aliados, intentan deslegitimar la protesta vinculándola a un poder extranjero -los rusos, los yanquis, lo que sea-, o vincularla a una conspiración en marcha. La senadora Rojkés denunció que "vienen por la legitimidad democrática". El jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, sugirió que se trataba de una conspiración de la CIA. El periodista Víctor Hugo Morales enmarcó todo en una conspiración de Clarín. Lo único que había ocurrido es que en una provincia argentina, miles de personas manifestaron pacíficamente para defender su voto que, según entendían, estaba siendo robado. Y luego volvieron a manifestar para que la policía no los lastimara por protestar. Eso -personas que reclaman más democracia y menos represión- molesta a quienes quieren una sociedad en silencio. Nada nuevo bajo el sol.

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El clientelismo en Catamarca, San Juan, Chaco, Jujuy, Santiago del Estero, Tucumán, por citar casos emblemátic os, siempre estuvo expuesto ante la mirada de la sociedad y de los medios.

EDICIÓN IMPRESA COLUMNISTAS 26.08.15 | 00:00

Síndrome de Tucumán

ROMAN LEJTMANROMAN LEJTMAN
Periodista

Tucumán , Scioli , Macri , Cano , fraude

Síndrome de TucumánSíndrome de Tucumán

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Vicente Leónidas Saadi, un caudillo catamarqueño que actuaba como senador, se subía a una chata con las mangas arremangadas para exhibir un reloj redondo con la imagen de San Perón detrás de las agujas plateadas. En un pueblo miserable de su provincia, bajaba de la chata, hablaba con los pobres de siempre y al final regalaba su reloj. "Me lo dio el General", decía en su conocido tono de farabute. Después subía a la camioneta y buscaba en una caja otro reloj de Perón, para seguir hipnotizando a un electorado que desconocía el agua potable y la vivienda digna.

Carlos Juárez, un barón santiagueño que fue gobernador peronista, recorría las villas de su provincia con centenares de zapatillas de un solo pie. Bajaba de su auto con aire acondicionado, pedía su voto a los pobres perpetuos de Santiago del Estero y entregaba una zapatilla para cada miembro de la familia. Al día siguiente del comicio, con la elección asegurada, entregaba la otra zapatilla.

Gildo Insfráan, el diminuto emperador de Formosa, ha mejorado la estrategia clientelar de sus compañeros Saadi y Juárez. Reparte cargos en la administración pública, entrega subsidios a los carenciados y presiona para que todos sus empleados voten por su fórmula a gobernador. Insfrán aplica un yanaconazgo político que pondría colorado a los Reyes Católicos.

Eduardo Fellner, gobernador de Jujuy, sofisticó la manipulación electoral de los pobres de su tierra. Entrega subsidios y fabrica ñoquis públicos, mientras permite que Milagro Sala organice su propio estado jujeño con los millones de dólares aportados por Néstor y Cristina Kirchner. Sala concede educación, trabajo y vivienda si te afiliás a la organización Tupac Amaru, tres derechos básicos que la piquetera usa al estilo Saadi, Juárez e Insfrán.

Jorge Capitanich, manda sobre el Chaco y asegura que no hay mucho desempleo en su provincia. Alcanza con llegar a Resistencia y observar cómo los pobres son mendigos por un plato de guiso. En su provincia, Coqui desplegó la típica batería del clientelismo peronista: subsidios, empleos públicos y promesas que jamás cumplirá.

José Alperovich, jefe absoluto de Tucumán, es un político creativo con una ambición sin límites. Será senador en diciembre, después de protagonizar una represión inédita y un comicio plagado de irregularidades. Viaja por el mundo en primera, mientras sus coterráneos no tienen agua corriente ni educación. Juntó muchos votos repartiendo bolsas de comida, cargos públicos y colchones. En la Cámara Alta, tiene su futuro asegurado.
En una campaña presidencial sin ideas programáticas, ni debates ideológicos, aparece la miseria ética sin eufemismos ni maquillajes. Una multitud de votantes independientes y hartos de la oscuridad buscan que un candidato entienda su pensamiento, su intención y su deseo de encontrar una propuesta destinada a terminar con la corrupción y la ausencia de moral.

El clientelismo en Catamarca, San Juan, Chaco, Jujuy, Santiago del Estero, Tucumán, por citar casos emblemáticos, siempre estuvo expuesto ante la mirada de la sociedad y de los medios. La diferencia, ahora, es que pesa al momento de votar. Y eso significa que, por fin, hay un hartazgo que va más allá de las coyunturas económicas. Los desconocidos de siempre buscan a un candidato que apoye la ética de las convicciones, que empuje un plan destinado a terminar con las cloacas de la corrupción.

Será presidente quien entienda este mandato y se comprometa a cumplirlo. Otro camino, otro discurso, nos lleva a las Nubes de Úbeda. Es cháchara.

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Debemos trabajar decididamente para evitar que en nuestro país se naturalicen el fraude, la violencia y el pode r absoluto como sistema de vida y de gobierno

Miércoles 26 de agosto de 2015 | Publicado en edición impresa

Editorial I

Tucumán: cuando la que pierde es la democracia

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Los violentos hechos registrados en Tucumán después de unas elecciones provinciales cargadas de sospechas, quemas de urnas, denuncias de fraude, patoterismo y compra de votos, entre otras nefastas prácticas de las que se vale particularmente el populismo para mantener a sus representantes en el poder, es de una gravedad que, por repetida, no deja de ser trágica.

Y no se está hablando aquí de las tragedias que, de hecho, pudieron haber acontecido anteanoche durante la feroz represión policial emprendida contra familias enteras que se manifestaban en la plaza Independencia en protesta contra ese sistema corrupto, sino de la catástrofe que implica dar por naturalizado el poder absoluto y la aberración política como forma de vida y de gobierno.

Una manifestación pacífica se convirtió en una debacle. Hubo corridas, pedradas, policías de a caballo y de civil repeliendo a los miles de tucumanos que salieron a las calles a reclamar sin otra arma que su palabra. Algunos fueron arrastrados de los pelos. Lo peor del pasado volvía así, una y otra vez, ante los ojos de todos, sin que nadie desde el gobierno provincial ni desde el nacional emitiera anteanoche el menor pronunciamiento o hiciera algo para volver las cosas a su cauce normal.

Sólo ayer se conocieron algunas voces provocadoras, como la del jefe de Gabinete de Ministros y candidato kirchnerista a la gobernación bonaerense, Aníbal Fernández, quien dijo que no se había enterado de lo que pasaba porque estaba durmiendo. Y sólo ayer, después de haberse vuelto de Tucumán sin la posibilidad de celebrar nada ante el escándalo electoral y el escrutinio suspendido, el candidato presidencial oficialista, Daniel Scioli, rechazó "los hechos de una acción autoritaria de algunos miembros de la policía".

Las imágenes transmitidas por los medios audiovisuales independientes del Gobierno mostraron en directo que no fueron "algunos miembros de la policía", sino muchísimos los que golpeaban y herían a los manifestantes. Una transmisión que, por cierto, se retaceó hasta lo increíble en el enorme multimedios oficial pagado con el dinero de todos los argentinos. Lamentablemente, el kirchnerismo se ha pasado los últimos 12 años dando cátedra sobre cómo burlarse de la realidad hasta el punto de desconocerla. Valga recordar cómo bailaba la presidenta Cristina Kirchner en la Plaza de Mayo durante la celebración de los 30 años del regreso a la democracia, en diciembre de 2013, mientras la policía tucumana reprimía a manifestantes, en medio de saqueos y protestas sociales con el saldo de por lo menos 13 muertos registrado en una veintena de provincias.

El feudal gobierno tucumano, encabezado por José Alperovich, dijo desconocer ayer de dónde partió la orden de reprimir y que los hechos serán investigados. La fiscal de instrucción penal María de las Mercedes Carrizo, en tanto, imputó al jefe de la policía provincial, José Dante Bustamante, por los delitos de lesiones, abuso de autoridad e incumplimiento de los deberes de funcionario público, convirtiéndolo así en el máximo responsable de la represión.

Más allá de cómo termine la investigación judicial, lo cierto es que muy pocas cosas cambiarán en el país si sigue atado a un sistema electoral clientelista y retrógrado, con procesos amañados en los que, como en el caso de Tucumán, hubo un candidato cada 44 votantes (25.537 personas se postularon a cargos electivos en esa provincia), merced al sistema de acople electoral llevado adelante por Alperovich, con rango constitucional, pero nunca reglamentado. Se trata de una colectora de cargos que permite a partidos provinciales y municipales presentar candidatos a puestos electivos acoplados de las listas de gobernador o intendente de otras fuerzas: un verdadero despropósito, un festival de sellos electorales para poder sacar tajadas políticas.

Al ser consultado sobre las denuncias de irregularidades, el ex ministro de Salud de la Nación y quien se impuso en las convulsionadas elecciones tucumanas del domingo pasado, Juan Manzur, dijo que el sistema siempre puede ser mejorado. Sin embargo, el kirchnerismo ha sido la fuerza que más se ha opuesto a cambiarlo.

La exitosa experiencia de Salta y de la Capital Federal con el uso de boleta única electrónica impulsa hoy a muchos dirigentes y a organizaciones de la sociedad civil a reclamar un sistema de ese tipo con vistas a los comicios de octubre. En ese sentido, el candidato a presidente por el Frente Renovador, Sergio Massa, invitó ayer al resto de sus competidores a establecer un mecanismo que permita que el 25 de octubre la Argentina tenga un proceso rápido y transparente en materia electoral.

La propia Cámara Nacional Electoral había advertido recientemente sobre los inconvenientes que genera la multiplicidad de comicios en las provincias, que obliga al votante a concurrir hasta seis veces por año a las urnas, y exhortado al Congreso y al Poder Ejecutivo nacionales a considerar "la reformulación de soluciones adecuadas" a los reiterados y sistemáticos problemas que se registran durante los procesos electorales.

Ciertamente, los tiempos para encarar esa transformación no son generosos con vistas a los próximos comicios generales, pues se necesita comprar equipos para cada una de las casi 95.000 mesas electorales del país, definir el software más apropiado y capacitar a los equipos, además de a los ciudadanos.

De poder lograrse ese cambio, la mayor beneficiaria será, sin dudas, la democracia en nuestro país, desde hace mucho tiempo maltratada, vapuleada y contaminada por quienes no están dispuestos a aceptar las disidencias, por aquellos que, en los discursos, levantan banderas que después no saben, no son capaces o no quieren sostener en alto..

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