el clima que se vive en estos días en el kirchnerismo. Al cortarse el chorro del Estado, el empresario de confi anza de la familia despidió a 1800 trabajadores, nada menos que el 20 por ciento de los despidos de toda la administrac ión pública nacional.

Yira, yiraYira, yira

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Gerardo Martínez es el poderoso secretario general de la Unión Obrera de la Construcción. Martínez fue mimado por Cristina Fernández de Kirchner durante sus dos mandatos, a tal punto que era recibido en la Casa de Gobierno y exhibido en cadena nacional, pese a sus antecedentes como empleado de inteligencia de la dictadura militar. Hace dos semanas, Alicia Kirchner intentó comunicarse con él para pedirle que desactivara los cortes de las rutas de acceso a las principales ciudades de su provincia, que eran realizados por obreros de la construcción, despedidos por el empresario kirchnerista Lázaro Báez. Martínez no le atendió el teléfono a la gobernadora. No se trata de un episodio secreto, de una infidencia o un chisme: fue la propia Alicia quien lo contó en el reportaje que concedió la semana pasada a La Opinión Austral, el diario de Río Gallegos.
Esa pequeña anécdota permite percibir el clima que se vive en estos días en el kirchnerismo. Al cortarse el chorro del Estado, el empresario de confianza de la familia despidió a 1800 trabajadores, nada menos que el 20 por ciento de los despidos de toda la administración pública nacional. Los obreros tomaron las rutas. Alicia Kirchner se enojó y le pidió a Mauricio Macri que castigara a Báez, como si fuera el único responsable de su situación. Luego trató de comunicarse con Martínez. Pero el teléfono llama y Martínez no atiende. Las señales de la desolación están por todos lados. El niño mimado Diego Bossio es otro de los que no pulsa el botón verde cuando suena su celular: en solo seis semanas, pegó un portazo y se llevó con él la posibilidad de que el kirchnerismo le trabara el funcionamiento del Parlamento a Macri. Bossio y Martínez no son los único que ponen distancia. En su última columna, en un tono sumamente despectivo, Horacio Verbitsky le recriminó a Cristina Fernández la manera absurda en que reglamentó los decretos de necesidad y urgencia y la torpeza al elegir a Bossio como un encumbrado colaborador.
Solo sesenta días bastaron para percibir la fragilidad de la organización que respaldaba a Cristina Fernández. La inmensa mayoría de los gobernadores y líderes sindicales peronistas ha decidido, como mínimo, dejar hacer a un Presidente que, en un breve período devaluó, despidió miles de empleados, eliminó retenciones, aumentó tarifas, y está a punto de cerrar un acuerdo con los fondos buitre. Son todos movimientos que apuntan contra el corazón de las supuestas convicciones que definían al kirchnerismo. Sin embargo, los líderes territoriales que sostenían a Cristina, ahora callan o se muestran felices con Mauricio Macri como si se tratara de lo más normal del mundo. O no le atienden el teléfono a Alicia. No es raro. El 22 de diciembre de 2001 un Parlamento de pie ovacionaba al presidente Adolfo Rodríguez Saa cuando anunciaba su decisión de no pagar la deuda externa con el hambre del pueblo. Eran los mismos que habían respaldado todas las barbaridades de la década del noventa. Lo que disfrutó Cristina cuando los duhaldistas se fugaban en masa hacia el kirchnerismo, ahora lo está sufriendo. Son las reglas.
En ese contexto, el panorama más complicado lo enfrenta la gobernadora Alicia Kirchner. El 25 de octubre, en medio de la debacle electoral, Santa Cruz le dio un respiro a Cristina Fernández. Aun cuando fue gracias a la trampa de la ley de lemas y se produjo conjuntamente con la derrota de Máximo como candidato a diputado, el kirchnerismo logró retener la provincia y colocar a Alicia como gobernadora. Fue por un pelito, pero ese pelito permitió que la catástrofe no fuera completa. Lo que nadie calculaba era que Alicia iba a tener que convivir con la presidencia de Mauricio Macri. Así las cosas, aquel alivio fue efímero. O peor que eso: se transformó en una tortura.
Santa Cruz ha sido el experimento que más representa al kirchnerismo. En ningún lugar gobernaron tanto tiempo, con tanto dinero y tanta acumulación de poder. En Santa Cruz no existía ni el diario Clarín ni la mesa de enlace. Tuvieron el Gobierno durante 24 años ininterrumpidos. En la primera mitad, gozaron de un aporte extra de 500 millones de dólares, gracias al apoyo a la privatización de YPF. Y en la segunda mitad, recibieron una asistencia fabulosa de los gobiernos de Néstor y Cristina. Con todo eso a favor, no pudieron hacer magia. El sistema de salud es tan malo, que Máximo Kirchner debió viajar de urgencia a Capital para una simple operación de rodilla. Toda la obra pública depende de los aportes del gobierno nacional. Y Alicia necesita apoyo urgente de la Casa Rosada para poder pagar los sueldos.
El kirchnerismo ha sabido siempre echar lastre cuando las cosas se ponen complicadas. Ese talento se ha desplegado antes y después de la salida del poder. Cuando Tiempo Argentino dejó de pagar salarios, dos líderes de la Cámpora se atrevieron a participar de una manifestación frente a las oficinas de Sergio Szpolski, a quien habían financiado generosamente hasta el mismísimo mes anterior. Cuando Lázaro Báez decidió despedir trabajadores, la gobernadora lo denunció ante Mauricio Macri, como si no hubiera sido Báez el socio de la familia, el constructor de la bóveda donde reposa Néstor Kirchner. Ese mecanismo se reprodujo, cuando Cristina aún gobernaba, con personajes tan disímiles como Sergio Schocklender, Jaime Stiusso, o la familia Cirigliano: los financiaban con cientos o miles de millones, les daban poder y les soltaban la mano, para salvarse ellos mismos, cuando aparecían los problemas. Pero no servirá en Santa Cruz: ¿a quién echarle la culpa de lo que ocurre? ¿quién podría ser el Schocklender o el Cirigliano de Santa Cruz?
El laberinto de Alicia tiene dos salidas, ninguna de ella muy agradable. La primera es negociar con Macri a cambio de ayuda financiera, como lo están haciendo los demás gobernadores. El problema para ello es que le van a pedir apoyo en el Parlamento, por ejemplo, para el acuerdo con los fondos buitre. Ante una situación semejante, en la década del noventa, Néstor Kirchner ordenó a sus diputados que aprobaran las privatizaciones y no cuestionaran ni siquiera el indulto a los responsables de la represión ilegal. En la Legislatura porteña, el kirchnerismo negoció muchas leyes claves con el macrismo. Además, los barquinazos no están precisamente prohibidos en el manual de conducta K, como bien lo demuestra la rápida respuesta frente al ascenso de Jorge Bergoglio de cardenal a Papa. Aun así, es difícil imaginarse a Axel Kicillof, Máximo Kirchner y Andrés Larroque votando la derogación de la ley cerrojo.
La segunda salida es mucho peor: consiste en convivir con una crisis terminal, siempre al borde del abismo, con el riesgo de la caída libre.
En uno de sus últimos manotazos, Daniel Scioli difundió en noviembre un aviso en el cual comparaba a Macri con Fernando De la Rua y pronosticaba un final en helicóptero. Esa sombra puede oscurecer el destino de cualquiera. En medio del derrumbe general, al kirchnerismo solo le queda Santa Cruz. Cosas de la vida: depende de Mauricio Macri para que su final no sea trágico. Tal vez esa situación permita entender por qué Juan Cabandié anunció ayer que hará una "oposición responsable", explicó que el peronismo "siempre apostó por la gobernabilidad" y hasta consideró que "hay cosas a favor del pueblo".
En 1929, Enrique Santos Discépolo escribió lo que sucede cuando se secan "las pilas de todos los timbres que vos apretás".
"Verás que todo es mentira, verás que nada es amor, que al mundo nada la importa… ¡Yira!…¡Yira!".
Era un gran poeta, realmente.

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El resisten Sanatella cuando era antiñoqui..decía cosas como estas…

Pajarita Peponista ‏@PajaritaTW 17 hhace 17 horas

En 1999 @Sabbatella rajó 600 empleados municipales peronistas. Acá su explicación. jejeje. http://www.pagina12.com.ar/1999/99-11/99-11-15/pag12.htm …

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El síndrome de abstinencia K

Pablo Sirvén

LA NACION

DOMINGO 31 DE ENERO DE 2016
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La soberanía popular era digna de respeto para el kirchnerismo mientras las urnas le dieron la razón. Haber perdido les produce un desasosiego tan insoportable como el que sufre el adicto con síndrome de abstinencia. Suele expresarse en pulsiones y deseos destituyentes (para decirlo en la jerga que solía gastar Carta Abierta y otros fans del gobierno anterior). Como la mayoría que ganó no es la de ellos, aquel valor se deprecia; ya no vale lo mismo y, por eso, merece ser dinamitado.

Cuando estaban en la cresta del poder, la otra mitad de la población que no los había votado no valía nada y se la trataba con desconsideración. “Armen un partido y ganen las elecciones”, ironizaban socarronamente ante la menor queja.

Antes del 10 de diciembre, ni como invitados los disidentes del kirchnerismo solían ser convocados a enfrentar un micrófono o una cámara estatal: los señalaban, humillaban y difamaban desde sus espacios militantes y, como se dijo en las redes sociales, desde la cadena nacional se hacía “bullying” sobre quienes no asumían el discurso único de aquel poder. Los que se mofaban si alguien se llegaba a lamentar de esos evidentes maltratos (“a llorar a la Iglesia/al campito” era lo que menos decían) son los que desde el primer día del nuevo gobierno van en busca de la solidaridad que no supieron tener cuando se mostraban insensibles y ensoberbecidos, muy cómodos con la protección que les dio el kirchnerismo mientras estuvo en el poder.

En julio de 1958, desde su exilio en Ciudad Trujillo, el general Juan Domingo Perón reclamó a sus seguidores armar “una hostilidad organizada”. Aparecieron entonces lo que Fernando Ruiz en su muy recomendable libro Guerras mediáticas llama “ejército de predicadores”, en tanto que el líder justicialista se convertía en el “jefe del Estado Mayor de las operaciones del peronismo en guerra”.

Las condiciones políticas de entonces eran bien distintas de las actuales: Perón había sido depuesto en 1955 y el decreto 4161 de la Revolución Libertadora proscribió su partido y hasta criminalizó la sola mención de cualquier palabra que evocara el exuberante folklore peronista. No contaban los enemigos acérrimos del caudillo con que el peronismo suele fortalecerse en la adversidad. Tras 18 años de exilios, represión, fusilamientos, prisión y silenciamientos, se convirtió en el árbitro de la política argentina hasta su regreso y entronización, por tercera vez, como presidente de la Nación, en 1973.

Pero hoy el kirchnerismo, que aspira a ser la voz más importante del peronismo, aunque en realidad sea sólo una parcialidad en retroceso, no está proscripto ni perseguido. Puede expresarse, pero lo hace en lenguaje bélico al exhumar la palabra “resistencia” que no corresponde usar contra una fuerza que ganó las elecciones por mayoría de votos. La mencionada Cynthia García habla a cámara desde sus videos caseros junto a un lapicero que dice: “Resistir es combatir”.

Cuando a mediados del año pasado, Mirtha Legrand calificó en su programa de dictadura al gobierno de Cristina Kirchner, el oficialismo de entonces se rasgó las vestiduras repetidas veces. Pero ahora aplican con persistencia esa misma descalificación a la gestión de Mauricio Macri, en sus pasos iniciales, sin ningún tipo de complejo.

Si los personajes involucrados -los voceros más notables del kirchnerismo y sus seguidores anónimos en las redes sociales- no fueran tan desopilantes, el tema sería preocupante ya que se trata de persistentes llamados a resistir a las autoridades legítimamente constituidas, lo más parecido a una confabulación golpista. Sin embargo, hay mucho infantilismo en sus acciones, como lo demostró la reciente difusión del capusottiano manual de “Técnicas de Resistencia Activa-Micromilitancia” (imperdible, ver http://tinyurl.com/h57ohql).

Arman actos continuos, sea en el Congreso, en el parque Centenario, en Rosario, en Villa Gesell o hasta en la mismísima Plaza de Mayo para quejarse desde los DNU presidenciales -aunque Néstor Kirchner los haya usado con intensidad- y la abolición de la Afsca hasta la detención de Milagro Sala y la rescisión del contrato de Víctor Hugo. Hasta convocaron a uno, anteayer, digno de la publicación humorística Barcelona con el hash #NoSomosÑoquis.

Desde su exilio en Madrid, Perón se hacía notar a la distancia con grabaciones, cartas y películas. Cristina Kirchner, desde El Calafate, apela a videítos (¿casuales?) que se viralizan rápido en las redes sociales y, como ayer a la tarde, a cataratas de tuits, para defender sus políticas y atacar a sus sucesores. Anuncian su regreso con un acto en el mes que ya comienza. Esta historia continuará.

psirven@lanacion.com.ar

Twitter: @psirven

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