Déficit cero, emisión cero, ¿esperanza cero? – Infobae

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11 October, 2018 19:42

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El Observador – Insensatos al poder

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Populismo, un término que pierde su sentido

Debate

Populista es Bolsonaro y populistas sus enemigos; populista Trump y populista Putin; Maduro y Salvini, Cristina y Orban, perros y cerdos. En la oscuridad, se sabe, todos los gatos son grises. Si el populismo es todo, el populismo está bien y nadie se escandaliza más de nada.

LORIS ZANATTA

02/10/2018 – 23:00 Clarin.comOpinión

Si todo es populismo, nada es populismo; si todos son populistas, nadie lo es; si los antipopulistas se vuelven populistas para derrotarlos, el populismo reina en todas partes. Populista es Bolsonaro y populistas sus enemigos, populista Trump y populista Putin, Maduro y Salvini, Cristina y Orban, perros y cerdos. En la oscuridad, se sabe, todos los gatos son grises: si el populismo es todo, el populismo está bien y nadie se escandaliza más de nada.

Ya sucedió: al abusar de ella, al expandirla e inflarla, esta palabra pierde de sentido. Cuanto más se usa, menos sirve. Hoy hemos llegado a este punto: más que explicar, confunde; más que aclarar, enturbia. Entonces, sólo quedan dos posibilidades: o se la abandona o se la define. La primera opción sería preferible, pero no es realista: si usamos esta palabra es porque el “pueblo” está en boca de todos. De ahí el nombre: populismo. Por lo tanto, no queda que entender su significado.

¿Sirve una nueva definición de populismo? ¡Por caridad! Ya tenemos suficientes: cada vez más largas y complejas. ¿Sirve poner en el índice a los supuestos populistas? Tampoco: un poco de populismo forma parte de todo sistema democrático.

Es cuestión de dosis: el problema es si se pasa la medida. Mejor, entonces, entender en qué consiste el populismo; y para hacerlo, imitar a los grandes chefs: sacar, no añadir ingredientes. El populismo cabe en pocas palabras: es una nostalgia de unanimidad, un sueño de redención; una utopía religiosa, en fin. ¿Es poco? Tal vez. O tal vez no.

A bien mirar, el relato populista es, en diversas formas, siempre el mismo, el más antiguo y simple que se conozca: hubo una vez un pueblo inocente y puro, próspero y feliz; vivía en armonía en el paraíso terrenal, libre de pecado. Pero de repente la tentación, el vicio, la división, atentaron contra sus virtudes; el diablo lo incitó al pecado original; desde entonces el conflicto amenaza su identidad, la discordia destroza su inocencia, el mal se abre espacio en sus entrañas. ¿Quién redimirá al pueblo del pecado?

Desde una mirada secular, en una perspectiva histórica, ese pueblo nunca existió, es una invención consoladora; es un mito y su fragmentación el fruto fisiológico del devenir histórico, que todo cambia y transforma, descompone y recompone.

Pero no por el populismo y su inspiración religiosa: para él, ese pueblo es el pueblo elegido y la historia no es la historia nada más, sino que es siempre historia de la salvación, historia providencial, el plan de Dios. Si el pueblo se “corrompe”, entonces, alguien lleva la “culpa”; es el demonio que ha puesto la cola: y el demonio se llama capitalismo para Castro o Maduro, inmigrante para Orban o Trump; es el hereje para la inquisición y el judío para Hitler; el corrupto para Beppe Grillo y la racionalidad ilustrada para el Papa Francisco. Nunca es un individuo específico; son grupos, cuerpos sociales que amenazan la unanimidad, la identidad, la “cultura” del pueblo “mítico”.

Si este es el caso, se entiende que el horizonte del populismo sea la tierra prometida, la expiación del pecado, el retorno del pueblo a la pureza original. Nada menos. Cada uno a su manera, cada uno con sus palabras, es lo que promete cada populismo: no más injusticia, pobreza, enfermedad, violencia, discordia. Y eso alimenta su épica: la lucha eterna del bien contra el mal. Pero cuidado: no es el contenido de este esquema lo que caracteriza al populismo, sino el esquema mismo, su brutal maniqueísmo.

¿Qué hay de mal en todo esto? Un detalle: es una visión del mundo incompatible con la democracia.

Porque si la política es religión, si la historia es escatología, si las únicas alternativas posibles son la salvación y la condenación, la verdad y el error, se impondrá la conversión del diferente o su destrucción, la unanimidad sobre la pluralidad. La ilusión unanimista del populismo genera, tarde o temprano, la lucha fratricida: alemanes, italianos, españoles, argentinos, mexicanos, rusos, venezolanos, cubanos y muchos otros tendrían que haberlo aprendido; algunos lo han hecho más que otros.

Huelga decir que la epopeya populista no tiene rivales: al reducir la complejidad del mundo a dos polos, simplifica la realidad e impone opciones fáciles y obvias.
¿Cómo no elegir el bien? ¿Quién puede calentar de igual manera los corazones y movilizar las pasiones? Se podría entonces deducir que contra el populismo no hay nada que hacer; que no queda más que esperar a que descargue su furia redentora. Pero no lo creo.

Si tal es su naturaleza, el mejor antídoto es el mismo que terminó neutralizando el impulso totalitario de las grandes religiones: llamémoslo secularización.

¿A qué se debió la creciente autonomía entre política y religión? ¿Qué hizo que las Iglesias aprendieran a aceptar el pluralismo y la democracia en el mundo occidental?
Pocos, pero fundamentales factores: la primacía de la razón, el rechazo al monopolio de la verdad, la negación de superioridades morales, el respeto de las minorías, el Estado de derecho por sobre la comunidad de fe.

Se requieren mucha paciencia y sangre fría, para no caer en la trampa populista de convertirse en populistas a su vez; y tanta estabilidad democrática por tanto tiempo.

Pero al final, el populismo puede normalizarse, su voz convertirse en una entre muchas, su pueblo en uno de tantos; su propuesta puede medirse sobre la base de la efectividad y la credibilidad, no de la fe y la devoción.

Porque en la historia no hay tierra prometida ni pueblos elegidos; y la vida en sociedad es un ejercicio pragmático, agotador e imperfecto.

Loris Zanatta es historiador, Universidad de Bolonia

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“el pecado económico original de Cambiemos”

Roberto Cachanosky: “el pecado económico original de Cambiemos”

OCTUBRE 2, 2018

Nota de análisis publicada en Infobae.

La complicada situación económica por la que estamos transitando es consecuencia de haber subestimado la herencia recibida del kirchnerismo y sobreestimar la imagen de Mauricio Macri como factor que iba a atraer inversiones con su sola presencia en la Casa Rosada. De todas maneras, justo es reconocer que el conjunto de la dirigencia política también delira cuando dice que de este problema económico se sale con crecimiento. Claramente no entienden la relación entre crecimiento e instituciones. Todos creen que retocando el tipo de cambio, haciendo una banda cambiaria o hablando de atender al mercado interno, como si mágicamente la gente pudiera consumir más por una simple disposición política, todo se soluciona.

Pero, ¿por qué digo que sobreestimaron la imagen de Macri para atraer inversiones? Porque no evaluaron el profundo deterioro institucional para atraer inversiones.

Para poder entender el pecado económico original de Cambiemos, primero hay que comprender dos cuestiones básicas: 1) qué es la tasa de interés y 2) bajo qué condiciones alguien hunde una inversión.

Por empezar hay que entender que la tasa de interés no es el precio del dinero, como comúnmente se conoce, sino que tiene varios componentes.

La tasa de interés de mercado es la suma de:

1) El interés originario

2) La expectativa inflacionaria

3) El riesgo crediticio

4) El riesgo institucional

El interés originario es la compensación que pide el ahorrista para sacrificar consumo presente por consumo futuro. Una persona tiene un determinado ingreso, para que genere ahorro (no consuma una parte de su ingreso) y se lo preste a otro para que invierta o consuma, pide a cambio que lo compensen por postergar su consumo. De manera que la tasa de interés de mercado nunca puede ser cero porque eso supondría que la gente no le otorga valor al tiempo y le es lo mismo consumir hoy que dentro de un año.

Pero quien deja de consumir una parte de su ingreso para prestarlo, además de pedir que lo compense por sacrificar consumo presente por consumo futuro, también pide que lo compense por la expectativa inflacionaria que tiene. Si espera que en el año la inflación va a ser del 10% y presta sus ahorros a un año de plazo, al cabo del año querrá poder comprar la misma cantidad de bienes que al inicio del período, de manera que le cargará a la tasa de interés originaria, la expectativa inflacionaria del 10%.

También considerará el riesgo de cobrarle al que le presta sus ahorros. Es decir, puede pedir compensación por el riesgo crediticio.

Finalmente, está el componente riesgo institucional. En un país en el que no se respeta el derecho de propiedad. Un país en el que el estado puede confiscar los ahorros (Argentina tiene una larga tradición en este rubro como es el caso del plan Bonex, el corralito, el corralón, la pesificiación asimétrica, la confiscación de los ahorros en las AFJP, etc.). Un país en que el estado puede decidir de la noche a la mañana que si uno prestó dólares tiene la obligación de recibir pesos devaluados. En fin, en un país en que el Estado puede aplicar impuestos sobre los ahorros en forma retroactiva, el riesgo institucional es tan alto que quien está dispuesto a prestar sus ahorros en ese país va a cargar una tasa muy alta de riesgo institucional. Esto quiere decir que la tasa de interés tiende a subir en los países con alto riesgo institucional, entiendo por riesgo institucional que el estado no respeta las reglas de juego. Que es arbitrario en su manejo.

Ahora bien, ¿cuándo alguien está dispuesto a hundir una inversión en alguna actividad diferente a la financiera? En la medida que la tasa de rentabilidad esperada supere la tasa de interés de un bono. ¿Por qué voy a asumir el riesgo de invertir en una fábrica de hamburguesas, lidiando con el riesgo que mi producto no se venda, los problemas de cobranza, los temas fiscales, laborales, etc., si la tasa de rentabilidad esperada es menor o igual a la tasa de interés que rinde un bono del gobierno? No tiene sentido invertir si puedo hacer la plancha teniendo el mismo riesgo país pero sin hundir la inversión y comprando un bono con el cual estoy líquido. De manera que solo invierto en una fábrica de hamburguesas si la tasa de rentabilidad de la fábrica supera la tasa el rendimiento de un bono.

Si se acepta este punto de partida, es obvio que cuanto mayor sea el riesgo institucional de un país, mayor será la tasa de interés y mayor la tasa de rentabilidad que el inversor le va a pedir a su proyecto de inversión. Cuánto más alto sea el riesgo institucional, menor será la cantidad de proyectos de inversión que superen la tasa de interés. Es decir, a mayor riesgo institucional, menor inversión hundida en el sector real de la economía.

Justamente este fue el punto clave en el que se equivocó Cambiemos creyendo que la sola presencia de Macri en el sillón de Rivadavia iba a atraer una lluvia de inversiones que conduciría al crecimiento. Así, mágicamente la economía iba a crecer, el crecimiento se traduciría en más recaudación y con el gasto público congelado en términos reales, la brecha fiscal cerraría por mayor crecimiento. El mismo discurso que utiliza ahora la oposición para decir que esto no cierra con ajuste sino con crecimiento.

Grosero error tanto de Cambiemos como de la oposición, nuestra cruz es arrastrar una tradición de país defaulteador que no paga sus deudas y la mayoría de su dirigentes políticos aplauden de pie esa decisión. Nuestra cruz es ser confiscadores con los impuestos, con los ahorros en el sistema financiero, con reglas de juego en los que está ausente el derecho de propiedad o limitado significativamente en nombre de la solidaridad social.

El error de Cambiemos fue creer que la sola presencia de Macri en la presidencia podía borrar nuestra historia de irresponsables. Es más, el discurso de Cambiemos siguió alentando la cultura de la dádiva en vez de la cultura del trabajo. La competencia por ver quien ha dado más planes sociales estaba y está en cada debate entre la gente de Cambiemos y los K. Tanto prevaleció la cultura de la dádiva que el gobierno dio marcha atrás en la reducción de impuestos e incluso los aumento para sostener “planes sociales”.

¿Por qué en un país de saqueadores de riqueza iban a llover inversiones si el nuevo gobierno y la oposición no mostraban una actitud y discurso de cambio en el sentido de apostar a la cultura del trabajo?

Esta historia que el gasto público era intocable, llevó al lío de la deuda externa, las LEBACs que hoy se transforma en el lío de las LELIQ, las LECAPs, el aumento de los encajes bancarios y las típicas corridas cambiarias producto de los arbitrajes tasa versus dólar que implementan los gobiernos cuando no quieren tocar el gasto público.

Tantas barbaridades institucionales cometidas en el pasado no se superan tan fácilmente. Lo primero que hay que cambiar es el discurso y terminar con el populismo de la cultura de la dádiva. Lo segundo es reforzar ese discurso con medidas concretas. Lo tercero es comunicárselo con sencillez a la población. Y lo cuarto es tratar de convencer a la oposición que el discurso populista espanta inversiones. Si no se convence a la oposición hay que buscar primero el apoyo de la población para empezar a cambiar los valores que hoy imperan en la sociedad. Sin estos estos pasos previos ni diez Macri juntos van a genera una lluvia de inversiones. Por su parte la oposición tiene que dejar de delirar con el verso que de esto se sale sin bajar el gasto público diciendo que se sale con crecimiento. Esa expresión es una contradicción porque mientras el gasto público siga siendo tan alto, la confiscación del trabajo y de los activos va a seguir, por lo tanto el riesgo institucional continuará siendo alto y las inversiones, el único camino de crecimiento de largo plazo, seguirán ausentes.

Fuente: https://bit.ly/2NWDXMG

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