La prensa libre, frente a la posverdad

LA NACION | OPINIÓN | PERIODISMO

La prensa libre, frente a la posverdad

Juan Luis CebriánJuan Luis CebriánMEDIO: El País
SEGUIR
En momentos en que el liderazgo de la información da paso a versiones manipuladoras, los medios de referencia deben recuperar su papel central en el debate político

315 de febrero de 2018

Las fake news, noticias no solo falsas sino imaginadas o inventadas, noticias que parecen noticias pero no lo son, ocupan hoy los primeros lugares del ranking mundial en el debate político y han logrado desplazar de su protagonismo a la antigua palabra de moda, la posverdad. Unas y otra son el signo del tiempo en que vivimos, caracterizado por un cambio de paradigma que afecta todas las manifestaciones de nuestra convivencia. La democracia se ve amenazada por la emergencia de sistemas sociales y políticos que conviven difícilmente con los valores del liberalismo clásico. Frente a la defensa de las libertades individuales, es creciente el reclamo de los derechos colectivos junto a la afirmación de identidades basadas en culturas, religiones, territorios, lenguas o tradiciones singulares. Por otro lado, las dificultades de los gobiernos democráticos para conjurar los efectos de la burbuja financiera, que explotó hace diez años, han provocado que la democracia misma pierda prestigio entre los ciudadanos, notablemente entre los más jóvenes.

Junto a los partidos, sindicatos e instituciones financieras, los medios de comunicación son también acusados por su pertenencia a un sistema que las nuevas generaciones consideran caduco. La ausencia de liderazgo no solo entre la clase política, entre pensadores e intelectuales también, es el mejor caldo de cultivo imaginable para el populismo, la demagogia, la charlatanería y el engaño. El resultado es que muchos electores, al margen de sus jerarquías sociales o adscripciones ideológicas, no se sienten representados por el sistema. Antes bien, se consideran víctimas de este en beneficio, según creen, de una minoría privilegiada que lo controla.


Fuente: LA NACION

En este clima de inseguridad y falta de perspectivas, prácticamente todas las instituciones del Estado, comenzando por su jefatura, han sido sometidas en los últimos años al descrédito, el escepticismo o la desafección. La clase política es considerada una lacra o un peso para el funcionamiento del país, cuya economía puede crecer y desarrollarse al margen de la existencia o la estabilidad de los gobiernos. Se extiende la idea de que los políticos son generalmente ineptos o corruptos. Las movilizaciones populares, espontáneas o inducidas, los reclamos churriguerescos de una democracia directa frente a la ineficacia de la representativa, la desesperación justificada de mucha gente y la impostada de los pescadores de aguas turbias han derivado en una opinión pública cada vez más polarizada entre quienes reclaman el fin del sistema que nos rige y los que pretenden defenderlo a cualquier precio.

En ambos casos es común el vilipendio de la política. Pero solo la política y, por tanto, los políticos serán capaces de sacarnos de esta situación. Es necesario recuperar su prestigio y funcionalidad, ya que no saldremos de donde estamos sin reformas estructurales que necesitan el consenso de todos y que un gobierno como el actual no puede hacer en la soledad en que se encuentra y con la debilidad parlamentaria que padece.

Un elemento sustancial para el ejercicio de la democracia lo constituye la vertebración de la opinión pública. Los medios de comunicación, la prensa libre e independiente, forman parte de la institucionalidad de los regímenes representativos. Frente a la pretensión onírica de que los periodistas estamos fuera de palacio, la prensa moderna se incluye en el entramado y sostenimiento del sistema democrático, actuando como un contrapoder necesario y una tribuna de debate capaz de defendernos del griterío y de la demagogia.

De este modo, durante la Transición española el papel de los periódicos y medios de comunicación fue esencial en la elaboración del consenso que facilitó el advenimiento y la defensa de la democracia. Hoy el panorama de los medios en nuestro país es, sin embargo, descorazonador. A los efectos de la crisis económica, hay que añadir los inducidos por el cambio tecnológico. En la última década, los diarios han perdido prácticamente el 50% de su circulación impresa y un 70% de los ingresos publicitarios. A cambio han visto multiplicada su presencia en las redes y llegan así a millones de usuarios a los que de otro modo nunca hubieran accedido. Pero el cambio de modelo de negocio obligó a la totalidad de las empresas del sector a abordar dolorosas reestructuraciones. Miles de periodistas perdieron su trabajo y asistimos a la desaparición de muchos medios.

Las nuevas tecnologías constituyen una gran oportunidad para el desarrollo del debate público. En las sociedades avanzadas, más de un 60% de los lectores recibe las noticias a través de dispositivos móviles, teléfonos inteligentes o tabletas. Pero la dificultad de discernir lo que es verdad y mentira; la actividad de organizaciones de todo género, desde servicios de inteligencia hasta grupos alternativos, dedicadas a la desinformación en la Red; la propagación de rumores infundados que destruyen prestigios y difaman injustamente; la desprotección de la propiedad industrial; la invasión del derecho a la intimidad, y la incapacidad de las leyes para regular y ordenar cuanto en la Red sucede han devenido en amenazas colosales para la estabilidad de las democracias.

Es preciso reflexionar sobre la forma en que se están configurando las opiniones públicas cuando el liderazgo de la sabiduría ha dado paso a la manipulación, el error o la vulgaridad. Sobre todo porque muchos medios de comunicación tradicionales, otrora respetados, se han visto también arrastrados por la banalidad de los contenidos que por la Red circulan. Si queremos consolidar la democracia y garantizar el futuro de las instituciones contra las posverdades y la manipulación informativa, los medios de referencia deben recuperar su papel central en el debate político, en la Red y fuera de ella. Por lo mismo, es preciso dotarlos de mecanismos que garanticen la autonomía e independencia de las redacciones en el ejercicio de las libertades de expresión e información, pero también el reclamo de sus responsabilidades. Se trata de un derecho que no es exclusivo ni de los propietarios de las empresas ni de los editores o profesionales que en ellas trabajan, pues es un derecho constitucional de todos los ciudadanos. A los periodistas les cabe únicamente la muy honrosa y difícil tarea de administrarlo en su nombre.

Presidente de El País y miembro de la Real Academia Española

Por: Juan Luis Cebrián

Anuncios
Publicado en Actualidad | Deja un comentario

El Papa Francisco es populista y diluye las esperanzas de los que esperaban reformas éticas

TRIBUNA

Entre el cielo y el barrio

El Papa Francisco es populista y diluye las esperanzas de los que esperaban reformas éticas

JULIO MARÍA SANGUINETTI

14 FEB 2018 – 00:00 CET

El papa Francisco, junto al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, y su esposa, Emine Erdogan, en el Vaticano el pasado 5 de febrero.El papa Francisco, junto al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, y su esposa, Emine Erdogan, en el Vaticano el pasado 5 de febrero. ALESSANDRO DI MEO EFE

La palabra de un Papa siempre es parte relevante del debate internacional. Robustece su eco no solo la dimensión de la Iglesia católica sino la circunstancia de que las demás corrientes religiosas, cristianas, judías o aun musulmanas, no tienen un vocero único y formal.

OTROS ARTÍCULOS DEL AUTOR

La primavera de Francia

Qué medio siglo…

Una implosión política

Juan Pablo II, con su incuestionable carisma, fue el centro de una vigorosa corriente, claramente definida. Conservadora en los temas de familia y bioética, liberal en el enfrentamiento de las democracias a las caducas estructuras del comunismo europeo, fue influyente y protagónica.

El papa Francisco, en cambio, navega en medio de extrañas contradicciones: a cada rato desciende de la universalidad de su posición a minúsculos combates políticos de un inexplicable provincianismo argentino, al tiempo que no oculta la raíz populista-peronista que el historiador italiano Loris Zanatta reveló no bien fue ungido.

Estos días avaló de un modo desconcertante a la señora Hebe de Bonafini, líder de las Madres de Mayo y ferviente kirchnerista, que ha degradado una noble causa con su radicalismo y la corrupción de la entidad que dirige. Esa buena señora celebró el atentado contra las Torres Gemelas, en tiempos en que llamaba fascista al entonces cardenal Bergoglio. Cuando éste llegó a Papa la recibió ostentosamente, para que en la puerta vaticana despotricara con violencia contra el presidente Macri, el compatriota electo por su pueblo, al que por entonces había recibido con una frialdad tan notoria que asombró al mundo. El hecho es que ahora, en el mismo instante en que la señora de Bonafini se resistía a acatar un mandato judicial, pudo ella leer una carta de Su Santidad en que le decía: “No hay que tener miedo a las calumnias. Jesús fue calumniado y lo mataron después de un juicio dibujado con calumnias. La calumnia solo ensucia la conciencia y de quienes la arroja”. La destinataria pudo regodearse comentando en la televisión: “Casi no me compara con nadie…”.

Se ha negado reiteradamente a entender el valor social y democrático del desarrollo de las “clases medias"

En estos días no ha cosechado muchos aplausos en un Chile que no entendió su actitud ante las situaciones de pedofilia. También es incomprensible que no atendiera un reiterado pedido del presidente electo Sebastián Piñera para un encuentro personal. Hasta sus colegas jesuitas no fueron complacientes con él.

En Perú, país más católico, le fue mejor. Allí trató muy bien al presidente peruano Kuczynski, tan liberal o más que Piñera y en muy malos días por su indulto a Fujimori. Allí, en cambio, fue ideológicamente bien claro: “Se estaba buscando un camino hacia la Patria Grande y de golpe cruzamos hacia un capitalismo liberal inhumano que hace daño a la gente”. En una palabra, con Cristina Kirchner, Correa, Dilma, Evo y Maduro, íbamos hacia la Patria Grande bolivariana que hoy solo sustenta el venezolano… En cambio, habla de un “liberalismo inhumano” que ¿quién sostiene hoy? ¿Acaso el gradualista Macri, que trabajosamente va enderezando a la Argentina con el cuestionamiento de muchos economistas liberales? ¿El traidor Lenín Moreno que ha impedido la monarquía de Correa? ¿Piñera, que ya fue presidente y no desmontó la obra social de los gobiernos de la Concertación?

Su populismo ha sido reiteradamente expresado, cuando se indignaba porque “todo entra dentro del juego de la competitividad”, como si fuera posible superar la pobreza en una economía incomunicada. O abjurando del “mercado libre, la globalización, el crecimiento económico o el consumo”. Por cierto, se ha negado reiteradamente a entender el valor social y democrático del desarrollo de las “clases medias” y hoy por hoy diluye las esperanzas de un mundo, creyente o no, que esperaba reformas éticas que superaran la condenación anacrónica de los divorciados o del uso de anticonceptivos, que ayudan a que la maternidad sea algo querido y no una fatalidad a la que resignarse.

No siendo católico, no incurro en el atrevimiento de mirar al Papa desde esa perspectiva religiosa. Como ciudadano, en cambio, desearía que ayudara a defender la libertad individual, los sistemas democráticos y una economía moderna que —regulada por reparadoras leyes sociales— genere riqueza para poder distribuir. Es desde ese ángulo que lamento que los Gobiernos, aun socialdemócratas, no encuentren esa voz de apoyo para luchar contra la pobreza mediante un real desarrollo, basado en la productividad, bien lejos de la demagogia que condena a los pobres, como ocurre en la doliente Venezuela de hoy.

Julio María Sanguinetti fue presidente de Uruguay.

Publicado en Actualidad | Deja un comentario

Posverdad, relativismo y ciencia

TRIBUNA

Posverdad, relativismo y ciencia

    • RAFAEL BACHILLER
    • Compartir en Facebook
    • Compartir en Twitter
    • Enviar por email
  • 10 FEB. 2018 03:06

SANTIAGO SEQUEIROS

1comentariosVer comentario

Estamos en plena era de la posverdad. Nos alertó hace ya 14 años el escritor estadounidense Ralph Keyes en un libro de mucho impacto (The post-truth era: dishonesty and deception in contemporary life). Desde entonces, el concepto ha ido ganando popularidad hasta que el Diccionario Oxford designó el término «posverdad» como palabra del año en 2016. A los científicos este término nos llena de perplejidad y asombro. Por lo que yo humildemente comprendo, la posverdad designa la distorsión de manera emocional de un hecho o de una prueba objetiva. Se trata pues de verdades a medias, falsas ideas o incluso puras mentiras que circulan de manera impune por nuestra sociedad. En términos políticos, la posverdad se refiere a ciertas interpretaciones emocionales de hechos que son proporcionadas por los políticos sin que sean contrastadas por nadie, ni denunciadas por parte del medio social que las tolera. Por ejemplo, la negación del cambio climático por parte de algunos políticos (Trump), se realiza a pesar de la abrumadora evidencia científica que corrobora la realidad del cambio y su origen en la actividad humana. Y este negacionismo es seguido emocionalmente, de manera irreflexiva, por un sector de la sociedad con ideología afín a la del político en cuestión.

Es muy tentador justificar la posverdad en términos del relativismo filosófico. Desde Aristóteles, muchas generaciones de filósofos se han preguntado si la verdad absoluta existe y si el hombre puede llegar a conocerla. En el siglo XVII, Locke ya distinguía entre la realidad objetiva y la percepción subjetiva de la mente humana. En su célebre experimento de los cubos de agua, Locke pedía a un sujeto que introdujese su mano izquierda en un cubo de agua helada y su mano derecha en otro cubo con agua muy caliente. A continuación, Locke pedía al mismo sujeto que introdujese sus dos manos en un cubo de agua templada. Naturalmente, la mano izquierda sentía que el agua de este tercer cubo estaba muy caliente, mientras la mano derecha sentía que estaba muy fría. Locke concluía así que una misma mente podía percibir la misma realidad objetiva de formas muy diferentes. Por tanto, y con mayor razón, las mentes de diferentes sujetos podrán experimentar la misma realidad de manera completamente distinta. Según Locke, el conocimiento es siempre subjetivo pues se alcanza gracias a las sensaciones y a la reflexión. La sensación está determinada por la percepción a través de nuestros cinco sentidos, mientras que la reflexión viene de nuestras asociaciones de ideas, memoria y capacidad de raciocinio.

También Kant admitía que no podemos conocer la realidad de manera completamente objetiva, pues nuestro conocimiento siempre estará determinado por cómo nuestra mente percibe las cosas y por cómo las formula. El filósofo de Königsberg consagró gran parte de su vida a estudiar la naturaleza de la realidad y creó toda una teoría deontológica basada en la capacidad humana para razonar, es esta capacidad única la que nos lleva a obrar bien o mal de acuerdo con un código moral. Para Kant, ni los deseos ni las emociones proporcionan una base racional para tomar decisiones acertadas.

Nietzche se preocupó por estudiar la relación entre la verdad objetiva y el lenguaje, en el contexto de cómo el hombre origina y desarrolla los conceptos. Tales conceptos son la herramienta para lograr una uniformidad en la descripción de la naturaleza, lo que facilita la comunicación. El que yo considero mayor filósofo del siglo XX, Bertrand Russell, desarrolló la teoría de la correspondencia epistemológica como el establecimiento de una biyección entre los hechos y los enunciados. Pero el problema, ya expresado por Nietzche, es que la relación de los conceptos y las palabras que designan a los objetos con los objetos en sí no proporciona una descripción perfectamente definida, las palabras pueden ser vistas como metáforas que guardan cierta componente de arbitrariedad. Además la cultura ha ido asociando términos y signos a los objetos y estas asociaciones también pueden afectar a la representación mental de la realidad.

Con todo, yo no creo que pueda utilizarse la filosofía como una justificación de la posverdad. Bien al contrario, la filosofía se ha esforzado a lo largo de los siglos por comprender los sesgos que afectan a nuestra manera de percibir o de razonar, a los obstáculos que pueden interponerse en nuestros intentos por alcanzar la verdad objetiva.

También podría argumentarse que, para la ciencia, la verdad parece ser algo siempre provisional. Y es que, efectivamente, la descripción científica del mundo está sometida a un escrutinio permanente y las teorías científicas que describen la realidad son consideradas aproximaciones sucesivas, descripciones progresivamente más precisas. Así la mecánica de Newton puede ser vista como una primera aproximación de la teoría de la gravitación, mientras que la teoría de la relatividad general Einstein tiene una mayor precisión y es capaz de explicar fenómenos físicos sobre un mayor rango de dimensiones físicas.

A veces la provisionalidad de la verdad científica es criticada duramente. Nos quejamos de que los científicos dicen un día que la mantequilla o los huevos son malos para la salud y al poco tiempo dicen lo contrario. Sin embargo, este escrutinio permanente de la verdad científica solo debería considerarse de manera positiva, pues refleja la dificultad y el esfuerzo del mundo de la ciencia por alcanzar el mayor acercamiento posible a la verdad. El científico no tiene ningún escrúpulo por reconocer que un estudio previo fue insuficiente y que debemos cambiar nuestras conclusiones a la vista de nuevos datos. Todo lo contrario: es su método de trabajo. Es cierto que un estudio pretendidamente científico argumentó un día sobre una supuesta relación entre la vacunación y el autismo. Pero no es menos cierto que ese estudio fue completamente rebatido por muchos otros estudios y los autores del primero fueron separados sin contemplaciones del mundo de la ciencia y de la práctica de la medicina. No hay ningún argumento hoy que justifique la no vacunación. Es sorprendente que esas ideas se extiendan para pasar a formar parte de una absurda posverdad.

Con el método científico, que incluye la experimentación, el hombre es capaz de ofrecer la descripción más objetiva posible de la realidad. En el experimento de los cubos de agua con el que Locke ilustraba el relativismo, un científico introduciría un termómetro en cada uno de los cubos y mediría la temperatura para dar así la descripción más objetiva posible, y por tanto imparcial, de esa realidad física. Aunque su verdad sea siempre provisional, el científico siempre posee la información más fiable posible. Su descripción de la realidad es más objetiva que la que puede ofrecer otros tipos de conocimiento como el arte, las religiones u otros tipos de creencias.

la obligación del científico es pues facilitar la información más fiable posible de acuerdo con el estado actual del conocimiento contrastado. El cambio climático, la vacunación, los alimentos transgénicos, la homeopatía, las técnicas de adivinación, los extraterrestres,… La ciencia tiene hoy las ideas muy claras sobre estos y muchos otros temas. Vemos pues cómo los científicos nos encontramos en plena época de lucha contra la posverdad. Resulta descorazonador que, en pleno fragor de la batalla, tras escoger "posverdad" como palabra del año 2016, el siempre acertado Diccionario Oxford haya declarado palabra del año 2017 a un término muy relacionado con el primero, fake news o falsas noticias, un fenómeno que dota de nuevas dimensiones a esta plaga de posverdad.

Si la obligación del científico es proporcionar información fiable, la obligación del político es dejarse de mandangas de posverdad para elaborar sus políticas públicas sobre la información proporcionada por la ciencia, ésta es la base más firme y fiable sobre la que fundamentar sus decisiones.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

Publicado en Actualidad | Deja un comentario

familiares de políticos, sindicalistas y empresarios que se han apoderado del control de lo que aquí hace las veces del Estado. Todos se las han arreglado para acumular una cantidad notable de derechos adquiridos, “conquistas” que son reacios a abandonar aun cuando sea evidente que obstaculicen el desarrollo del país en su conjunto

OPINIÓN, POLÍTICA / 4 de febrero de 2018

El Estado con el que sueña Macri

El Presidente multiplica el control sobre los gastos del Estado que considera supérfluos.

Por James Neilson

Mauricio Macri por Pablo Temes.

Cuando el ministro de Trabajo Jorge Triaca echó a una empleada doméstica que tenía en negro, detalle que no le impidió desempeñar un papel es de suponer pasivo en la intervención del gremio del “Caballo” Suárez, por llegar tarde un día y, para colmo, se dio el gusto de cubrirla de insultos soeces que no tardaron en difundirse por las redes, no habrá imaginado que al comportarse así ponía en marcha una purga que afectaría a centenares de personas y que, de profundizarse, modificaría radicalmente muchas reparticiones estatales a lo ancho y lo largo del país.

Puede que exageren los que atribuyen la decisión de Mauricio Macri de declarar la guerra al nepotismo a nada más que el deseo de minimizar el impacto del episodio vergonzoso que fue protagonizado por un colaborador que cree tan valioso que, para mantenerlo en el gabinete, se mostraría dispuesto a sacrificar a vaya a saber cuántos funcionarios y congelar los haberes de muchos otros, pero es ésta la impresión que ha dejado lo que acaba de suceder.

No se trata de un capricho. El Gobierno optó por aprovechar el mal paso de Triaca con la esperanza de que haga menos amarga una píldora que pronto tendrán que tragar muchos estatales que nunca han disfrutado de la protección de un político amigo o un clan familiar influyente.

Aunque no cabe duda de que la voluntad de Macri de seguir contando con los servicios de un ministro que entiende muy bien cómo funciona la mente sindical lo convenció de que le convendría dar cuanto antes un golpe de timón, ya estaba pensando en la necesidad de adelgazar el penosamente obeso y nada eficaz Estado nacional. En su opinión, y la de muchos otros, generaciones de políticos lo han desvirtuado al usarlo para premiar no sólo a militantes presuntamente leales sino también a sus familiares, sin preocuparse en absoluto por las consecuencias de hacer de la administración pública una vaca lechera.

Mientras que en los países desarrollados los gobernantes suelen dar por descontado que “el servicio civil”, como algunos lo llaman, debería cumplir funciones imprescindibles para cualquier sociedad organizada sin vincularse con ningún partido político determinado, aquí demasiados han tratado al Estado como un botín de guerra apetecible, aprovechándolo para financiar sus propias actividades, dar salidas laborales a sus simpatizantes y congraciarse con plutócratas que podrían resultarles útiles.

Es lo que hicieron, de manera flagrante, los kirchneristas, pero distan de ser los únicos que han actuado así. De un modo u otro, casi todas las facciones políticas del país han tomado el Estado por una fuente de beneficios. De vez en cuando, a algunos mandatarios se les ocurrió que sería una buena idea jerarquizar la función pública para que sea comparable con la francesa o japonesa, pero nunca prosperaron los esporádicos esfuerzos por crear una especie de “mandarinato” apolítico parecido a los existentes en otros países. Antes bien, han servido para agregar más “capas geológicas” a una aglomeración cada vez más sobredimensionada, como la Biblioteca del Congreso de la Nación con sus más de 1.700 empleados. Se trata de un récord mundial que sería motivo de orgullo si reflejaba el amor desmedido por los libros de los legisladores pero, por desgracia, sólo se debe al deseo de inventar sinecuras costeadas por los contribuyentes para su gente.

Como es natural, los sindicalistas del sector público siempre han protestado contra el elitismo propuesto por los resueltos a tomar en cuenta la capacidad de los distintos empleados, favoreciendo a los juzgados mejores y a lo sumo tolerando a los demás con tal de que hagan su trabajo. Tal actitud, que está compartida por los compañeros de los crónicamente combativos gremios de los docentes estatales, puede entenderse; desde su punto de vista, la “meritocracia” reivindicada sin tapujos por Macri y la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, plantea una amenaza a los intereses del grueso de los afiliados que no poseen las dotes excepcionales que les permitirían destacarse. Por depender los sindicalistas del apoyo de la mayoría, es natural que se opongan a esquemas que podrían perjudicarla aunque sólo fuera en términos relativos. Tienen forzosamente que afirmarse igualitarios.

La embestida de Macri contra el nepotismo se inspira en la misma lógica meritocrática por ser cuestión de una forma de seleccionar entre los aspirantes a conseguir un puesto en la administración pública que es incompatible con la idoneidad. Con todo, por ser la costumbre de funcionarios gubernamentales, jueces y otros de rodearse de familiares típica de sociedades como la argentina en que pocos confían en las instituciones formales, eliminarla no será del todo fácil.

Si bien aquí el nepotismo es menos sistemático de lo que es en ciertos países africanos extraordinariamente corruptos en que todo hombre poderoso se siente obligado a ayudar a los integrantes de la familia muy numerosa de la cual es el jefe, en las décadas últimas se ha hecho más evidente al multiplicarse las dinastías no sólo en el mundillo político sino también en el sindical, el judicial y el de la farándula.

Aunque las medidas que ha anunciado Macri para quienes desempeñan funciones significantes en el gobierno nacional difícilmente podrían ser más drásticas, puede argüirse que son necesarias para que la ciudadanía reaccione frente a un fenómeno discriminatorio que perjudica a quienes carecen de parientes bien ubicados. Si bien sería de suponer que los formados en ciertas familias siempre contarán con ventajas negadas a los demás, deberían serles suficientes como para permitirles abrirse camino en ámbitos en que los lazos de sangre o de afinidad, ya que hay que incluir a los cónyuges, cuñados y así por el estilo, no tienen mucha importancia. Lo ideal sería que todo dependiera exclusivamente del talento personal de cada uno, pero tal utopía no se da en ninguna parte.

Por el contrario, hay señales de que en los países desarrollados variantes del nepotismo están contribuyendo a ampliar las brechas sociales ya existentes. En Estados Unidos, donde según la mitología nacional hasta los hijos de padres indigentes pueden competir en pie de igualdad con los de la progenie de multimillonarios, lo que inmunizaría al país de los vicios sociales europeos, las dinastías familiares han llegado a pesar mucho más que en la Argentina. Hasta que la irrupción de Donald Trump cambió el panorama electoral, se preveía que Jeb Bush, el hermano de George W. Bush e hijo de George H.W. Bush, lucharía por la presidencia contra Hillary, la esposa de Bill Clinton, cuya hija Chelsea también pensaba en emprender una carrera política. Por lo demás, los sociólogos advierten que las elites norteamericanas están haciéndose hereditarias al casarse con mayor frecuencia hombres y mujeres que se forman en las universidades más prestigiosas y que, por vivir en comunidades cerradas, raramente tienen oportunidades para conocer a miembros de clases menos adineradas.

De todos modos, Macri parece entender que el atraso del país se debe a la persistencia de una cultura política y empresarial premoderna y férreamente conservadora que beneficia a una minoría que propende a achicarse en desmedro del resto de la población, razón por la que una tercera parte ya se ha hundido en la pobreza estructural; de producirse más estallidos económicos en los años próximos, muchos otros compartirían su suerte.

Entre los privilegiados por el esquema que se ha conformado estarán aquellos familiares de políticos, sindicalistas y empresarios que se han apoderado del control de lo que aquí hace las veces del Estado. Todos se las han arreglado para acumular una cantidad notable de derechos adquiridos, “conquistas” que son reacios a abandonar aun cuando sea evidente que obstaculicen el desarrollo del país en su conjunto. Así las cosas, la modernización a la que aspira el gobierno de Cambiemos entrañaría la abolición progresiva de privilegios que las elites defenderán por todos los medios disponibles.

En esta batalla, Macri espera contar con el apoyo de los conscientes de que tiende a ampliarse la brecha que los separa de quienes han sobrevivido con facilidad aparente a una serie de crisis económicas devastadoras para mantener un estilo de vida que acaso no llamaría la atención en un país mucho más rico pero que aquí escandaliza a quienes se sienten injustamente marginados. Lo han logrado sobre la base del presupuesto de que, pensándolo bien, la Argentina tiene más recursos de lo que nos informan las estadísticas y que por lo tanto está en condiciones de permitirse algunos lujos.

Brinda un buen ejemplo de esta particularidad que la jubilación de un juez de la Corte Suprema local es casi idéntica a la correspondiente a su homólogo de la norteamericana, a pesar de que el producto per cápita de Estados Unidos sea tres veces mayor. Asimismo, valdría la pena comparar los costos de las distintas legislaturas provinciales –y de sus bibliotecas–, con los de jurisdicciones equiparables en Europa, Estados Unidos, Canadá y Australia. Si bien la política no es barata en ninguna parte del mundo, aquí es insólitamente cara conforme a las pautas imperantes en los países desarrollados.

Publicado en Actualidad | Deja un comentario

Fidelito es la metáfora de Cuba

LA NACION | OPINIÓN | CUBA

Fidelito es la metáfora de Cuba

Loris ZanattaLoris ZanattaPARA LA NACION
SEGUIR

El líder cubano Fidel Castro junto a su hijo, también llamado Fidel
El líder cubano Fidel Castro junto a su hijo, también llamado Fidel Crédito: Archivo 426 de febrero de 2018 • 00:31

Pobre Fidelito. ¿Qué más se puede decir sobre el suicidio del primogénito de Fidel Castro? ¿De la muerte de un hombre que a la edad de 70 años mantenía el sobrenombre de su infancia? ¿De una muerte que todos usarán para hablar sobre el padre? Se podría decir que se suma a la larga lista de los famosos suicidios, o suicidados, de la revolución cubana: Osvaldo Dorticós, Haydée Santamaría, Nilsa Espín, Javier da Varona, Félix Peña, Alberto Mora y muchos otros: para llenar libros. Pero no sería correcto. Él, la Revolución no la hizo: la sufrió. No fue su vocación, sino su destino, ya escrito al nacer. Un destino que, como hijo de Fidel, ni siquiera podía pensar desafiar. Quién sabe cuántas veces lo habrá vivido como una prisión.

Había nacido el 1 de septiembre de 1949 del matrimonio de Fidel Castro con Mirta Díaz-Balart. Fidel era así: hijo de un gallego que se hizo rico pero siguió siendo un campesino rústico, siempre fue un paria entre los vástagos de la burguesía con quienes estudió en los colegios jesuitas. Hacia su clase, maduró así un odio visceral que duró toda la vida, el mismo odio que la España rural y católica en que se había formado tenía por las costumbres liberales y por Estados Unidos, culpables de contagiarlas al puro e inocente pueblo cubano. Sin embargo, se enamoró siempre de mujeres que eran el espejo de esa misma burguesía: bellas, rubias, ricas, cultas, sofisticadas y de excelentes modales. Cómo para sublimar de esa manera el dolor del rechazo padecido. Mirta, la madre de Fidelito, correspondía a la perfección a ese retrato. Más que nadie: los Díaz-Balart formaban parte de la élite burguesa oriental, cosa mucho más relevante que su vinculación con Batista, que de burgués no tenía un pelo.

Desde la infancia, por lo tanto, el niño fue un rehén político: a veces del padre, a veces de la familia de la madre. Lo secuestraron y se lo robaron el uno al otro y Fidel lo exhibió triunfante cuando ingresó a La Habana en enero de 1959. ¿El padre lo amaba? Se supone. ¿El padre lo consideró? Para nada. Porque para Fidel no era una cuestión de afecto familiar: estaba la historia de por medio, una misión a la que ambos debían someterse, aunque él la hubiese escogido y Fidelito no. Quien, como Fidel, se consideraba a sí mismo un hombre de la providencia investido con la misión de redimir a la humanidad del pecado, no podía tener una familia como un mortal común. ¿Los sacerdotes tienen familia? ¿Los guerreros?

Fidelito, por lo tanto, nunca pudo ser un niño antes, ni un hombre después. Vivió la vida del padre y no pudo vivir la suya. Muerto Fidel, comenzó a morir él también. Tuvo siempre que ocupar el lugar que Fidel le había asignado en su plan redentor, tuvo que desempeñar la función recibida en el sagrado orden de la Revolución. Ciertamente, no fue por su vocación que a los trece años su padre lo envió a la Unión Soviética. Fue Fidel quien quiso hacer del hijo una lumbrera de la ingeniería nuclear, convencido de que ese sería el futuro. Y cuando el sueño de Fidel se quebró en Chernobil y colapsó con la Unión Soviética, sacrificó a su hijo: lo torpedeó por incompetencia en la portada de Granma.

Como un Quijote algo fanático y egolatra, profesor de todo y conocedor de nada, Fidel tuvo muchos sueños absurdos y deletéreos: soñó que Cuba se haría más rica que los Estados Unidos y que en los Estados Unidos estallaría la revolución socialista; aseguró que Occidente estaba declinando y que la Unión Soviética triunfaría, porqué así lo decían las leyes de la historia, que él pretendía conocer. Soñó que Cuba produciría mejores quesos que Francia, más leche que Holanda, más citricos que Israel, que exportaría en grandes cantidades todo lo que siempre tuvo que importar. ¿Por qué no soñar con ser potencia nuclear? ¿No lo ayudaría a redimir la humanidad? ¡Esa sería la tarea de su hijo! Cuando finalmente sus sueños se convertían en pesadillas de las cuales otros pagaban las consecuencias, él no era hombre que recitara el mea culpa: Dios no se equivoca. La culpa la tenían entonces el Imperio, los contrarrevolucionarios, los derrotistas, el mismo pueblo, que nunca llegaba a ser tan virtuoso como él quería. ¿Por qué no el hijo también? Fidelito había estado dirigiendo la agencia cubana de energía atómica durante doce años: "no hay monarquía", dijo el padre monarca al echarlo.

Pobre Fidelito. Ni siquiera pudo imaginar su vida, porque su padre aplastaría a cualquiera bajo sus exigentes mayúsculas: Heroísmo, Sacrificio, Moral, Pueblo, Patria, Muerte. Una sinfonía ensordecedora de trombones. No es coincidencia que en la búsqueda constante de la sucesión dinástica que algún día podría tomar las riendas de Cuba, no aparezcan hijos de Fidel. Son todos hijos y nietos de Raúl, cruel y afectuoso, metódico y despiadado, un hombre de poder y familia. Mejor: Familia, con mayúscula. Fidelito es la metáfora de Cuba y de su dramática historia. Quién sabe qué grandes talentos habría desarrollado si hubiera sido libre. Quién sabe qué gran humanidad hemos perdido. De esa metáfora, el suicidio es la clave.

Por: Loris Zanatta

TEMAS EN ESTA NO

Publicado en Actualidad | Deja un comentario