Cristina y el síndrome del 54%

08/06/2017 – 12:04 Clarin.com Opinión

Fernando Gonzalez

Cristina tiene quince días para decidirse. Dos semanas, que pueden ser apenas un instante o una eternidad. Se duerme y se despierta pensando exactamente lo mismo. Si debe volver a ser candidata o si debe conservar el aura de mujer imbatible. El síndrome del 54%. El porcentaje fantástico que obtuvo en la segunda vuelta de la elección presidencial de 2011 para ser reelecta. El número que la acercó a seis puntos de Perón. El que la convirtió en la peronista más taquillera desde la democracia restaurada. Todo eso se arriesga a perder Cristina si apuesta en los comicios terrestres de octubre. Esos que sólo muestran como premio una banca de senador y los fueros legislativos que tampoco estarían nada mal si se mira la agenda futura de Comodoro Py. Pero sigue siendo escasa la recompensa para quien ya tocó el cielo con las manos. Y para quien no quiere bajar a pelear batallas menores con señores de apellidos Randazzo, Massa, Bullrich o Manes. Dirigentes diminutos en su escala muy personal de valores, aunque no tanto como para que no le puedan hacer probar el sabor desconocido de la derrota.

Es que ella se mira en el espejo de los que quisieron volver. Y no son muchos en el peronismo. Volvió Perón y ganó. Aunque después lo derrotaran los años, la enfermedad, la Triple A y los Montoneros. Aunque después lo derrotara su propia incapacidad para conducir una Argentina que había cambiado y para mal. Pero hubo otro que intentó volver después de gobernar diez años. De llegar a presidente y de ser reelecto, igual que ella. Después de tenerlo todo y quedarse sin nada, igual que ella. Porque Carlos Saúl Menem pasó del “es mío, mío, mío…” a la inmensa soledad de un arresto domiciliario en la quinta de Armando Gostanian. Y la parábola de Cristina se le puede parecer demasiado. Ese es el terror de la ex presidenta. Pasar del vamos por todo al nos quedamos con nada. Aunque eso de quedarse con nada tal vez no cuente en los términos de la declaración jurada.

Es que Menem cayó del 48% de los votos con el que se ganó los diez años de mandato ininterrumpido al raquítico 24% que le permitió también ganar las presidenciales del 2003. Ganar, sí. Porque aunque hoy parezca increíble, Menem volvió a ganar catorce años después de las patillas y de la Ferrari colorada. Pero fue una victoria efímera. De esas que duran dos días. Es que allí, un par de puntitos abajo, había quedado Néstor Kirchner, acompañado del amplio rechazo social que sumaba y sumaba en las encuestas hasta transformar la épica menemista de regresar a la Casa Rosada en un sueño imposible. Entonces el aura del 48% quedó lejano en el tiempo y la victoria del 24% se transformó en otra nada. En un vacío para caer sin pausa hasta el fondo. Hasta la derrota.

Las encuestas le dicen a Cristina que puede ganar en la provincia de Buenos Aires. Pero que también puede perder. Que tiene un piso del 25%, que sabe a derrota, y que tiene un techo del 35%, que podría servir para alcanzar la victoria. Y vaya si otro triunfo de la ex presidenta no haría temblar la estantería institucional de la Argentina. Volver a controlar al peronismo. Ponerlo entre la espada y la pared a Mauricio Macri. Transformar el Congreso en un infierno del que no saldría ninguna ley salvo las que ella quisiera. Con sólo haberla escuchado disertar ante las cámaras de C5N se nota que ése es un escenario que la provoca y que le fascina. Pero nadie puede garantizarle esa victoria en las semanas que quedan antes de tomar la decisión traumática.

Ningún encuestador, ningún gurú, ningún oráculo de la modernidad puede adivinar el misterio que se esconde entre las elecciones de agosto y de octubre. Cristina está sola ante su circunstancia. El síndrome del 54% brilla en el horizonte y resalta como lava incandescente en la frialdad de su perfil de Wikipedia. Cantor de otros peronismos, más moderados, más racionales, Litto Nebbia ha dicho que la historia la escriben los que ganan. Y que eso quiere decir que hay otra historia. Pero la historia de los que pierden no es la que le interesa a Cristina. Ella jamás ha perdido. Ese es el problema. Ese es el obstáculo. Esa es la obsesión que le da vueltas en su cabeza. Y quince días parecen muy pocos para decidir si debe entregarle una vez más el destino de sus últimos años a la aventura peligrosa del poder.

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Argentina, el país donde las Clases de ética la dan los discipulos de Al Capone

03/06/2017 – 01:10

La columna de Lanata

Clases de ética de Al Capone

La actuación de los fanáticos, aunque sean minoría, siempre llama la atención. Habla de independencia judicial quien, desde el gobierno, más presionó a los jueces.

Jorge Lanata

A medida que sus resultados estaban cada vez más lejos de sus intenciones, el discurso del kirchnerismo en el gobierno se fue alejando cada vez más de la realidad: la idea de secta se acentuó, y también se acentuó el dogma.

La discusión política se volvió religiosa.

Ese comportamiento comenzó cuando rompieron los instrumentos de vuelo; sin INDEC confiable todo viaje se apoyaba en la fe.

Desde entonces el kirchnerismo quedó definido por lo que ellos creen que hicieron, y no por lo que hicieron. Se creyeron su propias mentiras.

La actuación de los fanáticos, aunque sean minoría, siempre llama la atención: gritan, se desesperan, sobreactúan, dramatizan, logran que el interlocutor ponga su propio argumento en duda.

Una lectura rápida del último comunicado de las Madres alcanza para verlo: acusan, en una campaña internacional, al gobierno de Macri de querer quemar su casa, de amenazarlas, de sacarles la Universidad, de perseguirlas judicialmente. ¿Algo de esto es objetivamente cierto?

Es una construcción deliberada de medias verdades que intentan demostrar un panorama de mentiras: lo que Bonafini llama persecución es, en realidad, la respuesta judicial a un desfalco. La Universidad no es de las Madres sino del Estado que, para favorecer a las Madres- la nacionalizó.

Los argumentos de” si pudimos contra Videla, podremos contra Macri” dichos por Estela de Carlotto, van en el mismo sentido.

Días atrás, en una entrevista del programa Intratables, alguien me preguntó si yo pensaba que el Poder Ejecutivo influyó en el Judicial. Sorprendido, le respondí: —¿Vos me estas jodiendo?

Hubo un silencio en el estudio —Todos los gobiernos, desde el ‘83 hasta acá influyeron con mayor o menor suerte en la Justicia.

No estaba contando ningún secreto: hemos escrito cientos de notas sobre esta costumbre.

Agregué luego que, en mi opinión, Cristina debía estar presa, y que el gobierno había decidido mantenerla en libertad para mantener viva la imagen del monstruo.

La idea de “yo o el caos” tampoco es nueva, ni es este el único gobierno que la ha usado.

Cristina presa sería más que el hecho en sí –dije- porque podría representar un punto de inflexión para que, en una Argentina de valores distorsionados, los buenos puedan volver a serlo, y los malos tengan alguna vez algún castigo.

Hablé alguna vez este tema con el Presidente, quien -por supuesto- no estaba de acuerdo.

No fue ninguna reunión secreta: lo escribí, lo hablé por todos los medios que pude y sigo sosteniéndolo ahora mismo.

Aquella anécdota menor terminó siendo reproducida en el Congreso, y hubo una catarata de declaraciones de kirchneristas golpeándose el pecho con el mayor cinismo que presencié en mi vida, comparable al de los militares de la dictadura cuando les preguntaban por los desaparecidos.

“Usted tiene el poder de decidir quién va preso o no”, twitteó Cristina acusando a Macri. Habla de independencia judicial quien desde el gobierno más presionó a los jueces comprándolos, amenazándolos, destruyendo sus carreras.

¿Vale la pena recordar algunos casos? Rodolfo Canicoba Corral: enriquecimiento ilícito de Néstor y Cristina. Sebastian Tortuga Casanello: favoreciendo a Báez y Elaskar en la ruta del dinero. Julian Ercolini: cajoneando la denuncia de la Coalición Cívica sobre asociación ilícita. Viviana Fein: ocultando el asesinato de Nisman. Carlos Gonella de PROCELAC: persiguiendo a Campagnoli. Eduardo Freiler: coleccionando Mercedes. Mercado Romina y Natalia: delivery judicial familiar. Norberto Oyarbide, emblema del área. Rafecas. Enriquecimiento de la pareja. Zaffaroni. Los39 fiscales de Gils Carbó denunciados por usurpación, etc, etc.

Hoy, como consecuencia de esas presiones, más del cuarenta por ciento del aparato judicial pertenece a Justicia Legítima, una asociación que ha demostrado de sobra que antepone su ideología a la ley que aplica, lo que le permite deformarla y contradecirla. Concursos irregulares, jueces subrogantes, estado de corrupción generalizada.

Los mismos K ahora responden con espanto como si hubieran nacido en el Tribunal de La Haya. Las clases de ética de Al Capone ya no tienen vacantes.

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Como las alternativas al capitalismo no han logrado resultados positivos duraderos en ninguna parte, las ínfula s revolucionarias no lograron pasar de un rechazo al capitalismo a una propuesta de modelo de desarrollo alternativo. En América Latina, ni Venezuela, ni Ecuador, Bolivia o Cuba ofrecen alternativas que permitan imaginar la superación del capitalismo.

El país con el que sueña la izquierda
Por Patricio Navia
Twitter: @patricionavia
31 de mayo de 2017
Patricio Navia(El Líbero) La retroexcavadora chocó con la realidad de que los chilenos quieren mejorar, no cambiar, el modelo. Como las alternativas al capitalismo no han logrado resultados positivos duraderos en ninguna parte, las ínfulas revolucionarias no lograron pasar de un rechazo al capitalismo a una propuesta de modelo de desarrollo alternativo. En América Latina, ni Venezuela, ni Ecuador, Bolivia o Cuba ofrecen alternativas que permitan imaginar la superación del capitalismo.

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(El Líbero) Ahora que la Nueva Mayoría agoniza, la izquierda chilena tendrá la oportunidad de forjar una nueva coalición que no se vea frenada por la presencia moderadora de la Democracia Cristiana. Pero ya que la izquierda concuerda solo respecto a su rechazo al modelo económico actual, pero no respecto a qué tipo de sociedad aspira a construir, ese sector no podrá aprovechar la oportunidad. Después de todo, no tiene una hoja de ruta sobre cómo avanzar, porque no tiene un destino común ni objetivos compartidos.

La caída del Muro de Berlín y el desastroso fin de los socialismos reales a fines de los 80 generó una crisis profunda en la izquierda mundial. En Chile, que venía saliendo de la dictadura, la izquierda tomó la bandera de la defensa de la democracia y de los derechos humanos, y convirtió su oposición a la dictadura en la plataforma de unidad para las distintas visiones que coexistían en el sector. Ya que llegó al poder como el socio minoritario de una alianza con el centro, las políticas económicas y sociales impulsadas en los primeros 10 años de democracia fueron aquellas favorecidas por el socio mayoritario de la Concertación. Si bien una buena parte de la izquierda se acostumbró al modelo neoliberal impuesto por la dictadura y dotado en los 90 de un componente social de mercado, otros sectores mantuvieron vivo el argumento de que, apenas la izquierda pudiera ejercer el poder sin necesidad de estar aliada al centro, entonces recién se abrirían las grandes alamedas y se superaría el modelo capitalista.

La llegada de Ricardo Lagos al poder en 2000 y de Michelle Bachelet en 2006 echó por tierra esos sueños de superar el modelo, en tanto ambos Gobiernos realizaron reformas que fortalecían el pilar solidario, pero también profundizaban los principios neoliberales. La aplastante victoria de Bachelet en 2013 produjo una borrachera revolucionaria tardía en aquellos que nunca aceptaron que la única opción era construir más igualdad dentro del modelo capitalista —remodelando, más que usando la retroexcavadora—. Incluso la propia Bachelet hizo suya la tesis de la refundación y de la superación del capitalismo como una opción plausible.

Pero a poco andar, la retroexcavadora chocó con la realidad de que los chilenos quieren mejorar, no cambiar, el modelo. Además, incluso los que quisieran cambiarlo no logran articular propuestas alternativas viables. Como las alternativas al capitalismo no han logrado resultados positivos duraderos en ninguna parte, las ínfulas revolucionarias no lograron pasar de un rechazo al capitalismo a una propuesta de modelo de desarrollo alternativo. En América Latina, ni Venezuela, ni Ecuador, Bolivia o Cuba ofrecen alternativas que permitan imaginar la superación del capitalismo. Es más, para que esos países salgan de las crisis en las que se encuentran inmersos, sus Gobiernos tendrán que adoptar políticas de libre mercado, no profundizar la estatización de las economías.

Precisamente cuando no aparecen alternativas al capitalismo en ninguna parte, la izquierda chilena se encuentra con la posibilidad de construir una propuesta electoral que se diferencie del modelo social de mercado que impulsaron todos los Gobiernos desde 1990 en adelante. El quiebre con la PDC supone la renuncia a la moderación que impulsaba ese partido. Ahora, sin correa al cuello, la izquierda podrá proponer el modelo en el que realmente cree para superar al capitalismo.

Aunque muchos parecen entusiasmados con la oportunidad, han bastado unas semanas desde que desapareció el veto de centro para que quede en claro que la izquierda solo se une en su rechazo al modelo actual. Mientras los moderados —cercanos al laguismo— promueven políticas de competencia y mercado, los revolucionarios del Frente Amplio impulsan abandonar el barco del capitalismo (que ya se hunde, según ellos) y saltar a un barco que iremos construyendo participativamente todos mientras flotamos en alta mar. El candidato oficial de los partidos de izquierda, el senador Alejandro Guillier, personifica la confusión al pasar de las promesas refundacionales un día a un discurso de mejoras de lo que hay al día siguiente.

Por casi 30 años la izquierda culpó a sus socios de centro por las políticas amigables con el mercado que impulsaron los Gobiernos de la Concertación y la Nueva Mayoría. Ahora que esa excusa ha desaparecido, la izquierda se ve enfrentada a la dura realidad de reconocer que, aunque los une su rechazo al modelo, ese sector no tiene una hoja de ruta alternativa para construir una alternativa al capitalismo. Por eso, si la izquierda llega a ganar el poder, por más nerviosos que se pongan algunos, entre seguir la derrotada vía del socialismo cubano o chavista, la izquierda chilena solo podrá, siguiendo el ejemplo de Aylwin, darle un rostro humano al neoliberalismo.

Fuente: El Líbero (Santiago, Chile)

Twitter: @patricionavia

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Ni Fe ni gogma…30000 …simple mentira …muy redituable por cierto

¿Fe o dogma?

Pablo SirvénLA NACION

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Si Macri realmente fuera un gato, ¿por qué nos gobierna? ¿Qué hicimos nosotros, unos porongas bárbaros, par a evitar que venga el gato a conducir el destino de nuestro país?…Se pregunta un ex K…lo que hicieron es afanarsela toda turro!!!

NOTA CENTRAL, OPINIÓN

El gato con votos

02/06/2017por PABLO MARCHETTI00000

En esta época de hashtags, el #MacriGato es la consumación de poner en el otro todas nuestras limitaciones, sin hacernos cargo ni un poquito de nuestra responsabilidad.

macrigato#MacriGato.

¿Por qué se hizo tan popular el hashtag? Arriesgo: creo que hay una conjunción de factores. Pero básicamente son dos los elementos principales, que actúan con una contundencia perfecta. Por un lado, la presencia del Presidente de la Nación, una persona que desde hace algún tiempo provoca un fuerte rechazo (así como también una fuerte adhesión, seamos justos) en amplios sectores de la población. Y por otro, la aparición de un término insultante nuevo. Conciso y contundente, sí, pero sobre todo, novedoso.

La palabra “gato” se usa como insulto desde hace poco tiempo. Al menos en esta acepción y para un hombre. Hace algunos años, “gato” era uno de los tantos términos injuriantes sexistas que existen en nuestro habla cotidiana. “Gato” era siempre una mujer. Y una mujer a la que asociaba con la prostitución. Podía ser una prostituta, lisa y llanamente. O podía ser también una mujer que intentaba (y lograba) escalar social o laboralmente a cambio de favores sexuales.

La nueva acepción de gato (que es algo así como un sinónimo de “gil”) proviene del lenguaje carcelario y de las clases bajas y marginales. Se denominaba gato a quienes estaban a las órdenes de un mandamás (el poronga) en la cárcel, siempre entre los presos. El hecho de que al gato se lo asocie con la acción de tomar leche (“le tomó la leche al gato” es una frase maradoniana por excelencia, sólo opacada por “se le escapó la tortuga”) hace que esta acepción tenga una fuerte carga de dominación sexual, algo muy común en todo tipo de insultos.

Todo nuevo término del lenguaje necesita de una legitimación artística o comunicacional. Ocurre de un modo que casi parece natural con las palabras asociadas a la tecnología. Y digo “casi parece” porque nada es gratuito: los términos tecnológicos son creados por las empresas que comercializan esa tecnología nueva, de modo que, más que una forma natural, es una manera sutil de hacer lobby a favor de una marca.

Si Macri realmente fuera un gato, ¿por qué nos gobierna? ¿Qué hicimos nosotros, unos porongas bárbaros, para evitar que venga el gato a conducir el destino de nuestro país?

Con los términos surgidos del habla coloquial de sectores marginales, la legitimación artística o comunicacional ayuda a cristalizar, a naturalizar su uso. En los años 60, por ejemplo, David Viñas empezó a escribir “cojer” con J cuando se hacía referencia al argentinismo que se utiliza para la acción de tener relaciones sexuales. A Viñas lo siguió Julio Cortázar en El libro de Manuel, como también lo hizo el Negro Fontanarrosa en sus cuentos. Así lo diferenciaron del ancestral “coger” hispánico, que significa “tomar” o “agarrar”.

La nueva acepción de “gato” se asocia hoy casi de forma inmediata al hashtag #MacriGato, al punto de casi neutralizar cualquier otro uso o cualquier otro intento de buscar un nuevo destinatario. Pero si bien la explosión se produjo por esta consigna, la primera en popularizar “gato” como sinónimo de “gil” fue la cantante Miss Bolivia en su megahit Tomate el palo. El tema comenzaba con unas palabras de la cantante sobre una base musical, que terminaba con el grito “¡para vos, gatooooo!”, antes de comenzar a cantar.

El éxito de #MacriGato está también en lo conciso del asunto, en la contundencia. Pero hay en esta consigna algo de negación y de autocompasión. ¿Es realmente un gato el Presidente de la Nación? ¿O es esta la forma más sencilla y menos dolorosa de negar que tan gato no es? Si Macri realmente fuera un gato, ¿por qué nos gobierna? ¿Qué hicimos nosotros, unos porongas bárbaros, para evitar que venga el gato a conducir el destino de nuestro país?

(Aclaración importante: no hablo sólo de los hombres. Cuando digo “nosotros, unos porongas bárbaros”, me refiero a hombres y mujeres. Ocurre que no sé cómo hacer inclusiva esta frase. Sé que se puede usas “nosotros y nosotras” o “nosotres”. Pero no tengo idea cómo traducir esta frase completa a lenguaje no sexista. Tal vez debería decir “nosotres, unes porongues bárbares”. O tal vez, “nosotros y nosotras, unos porongas y unas porongos bárbaros y bárbaras”. O quizá, “nosotros y nosotras, unos porongas y unas cachuchas bárbaros y bárbaras”. Pero no estoy seguro. Les dejo la inquietud y sigo con lo que estaba).

Si el Presidente es un gato, ¿qué queda para nosotros y nosotras? El #MacriGato es la consumación de poner en el otro todas nuestras limitaciones, sin hacernos cargo ni un poquito de nuestra responsabilidad. Lo sé, así funcionan las cosas. Vivimos en épocas de hashtags. Que no son más que la actualización de las viejas consignas que se pintaban en las paredes, cuando “muro” era una construcción rústica de ladrillos y cemento, y no el lugar público de una red social. Pero esas consignas sintéticas pueden tener propuestas muy variadas.

Pensemos en #ForaTemer. Hay aquí un pedido concreto frente a una coyuntura. Y hay también una definición por la negativa: si es difícil ponernos de acuerdo en quién queremos que venga, digamos quién queremos que se vaya. Lo de #MacriGato apunta a lo mismo: busca nuclear a toda la gente que está en contra del actual gobierno Nacional.

El problema principal de #MacriGato es que no es una consigna política. Bueno, sí, es política en tanto implica a un político, el Presidente de la Nación. Pero no apunta a una medida o conjunto de medidas políticas por parte del presidente. No es #MacriHambreador, #MacriRepresor, #MacriLavador, #MacriCorrupto, etc. Ni siquiera algo un poco más amplio (y también más canyengue) como #MacriGarca.

Se ha hablado mucho (y con razón) sobre el paralelismo entre la década del 90 y el gobierno actual. Y siempre se cae en esta comparación por las medidas económicas y políticas de Menem y Macri. Pero hay otro punto en que ambas épocas se parecen: por cómo se viralizan algunas respuestas al oficialismo.

El #MacriGato me recuerda a cuando nos reíamos de Menem porque leía a Sócrates. Un buen chiste, pero al no ser una respuesta política termina siendo parte de la antipolítica.

Decir #MacriGato me acordar mucho a las épocas en que nos reíamos de Menem porque decía que leía a Sócrates, que le gustaban las novelas de Borges o aseguraba que en poco tiempo íbamos a poder volar en segundos hasta la estratósfera. El foco estaba puesto allí y no tanto en el remate del patrimonio nacional. Del mismo modo, #MacriGato es un buen chiste, pero al no ser una respuesta política termina siendo parte de la antipolítica.

No hace falta que aclare que soy un opositor ferviente a este Gobierno. Que me deprime lo que simbólicamente representa el gobierno de Macri. Que sufro la derrota política y cultural profunda que implica Cambiemos para un espacio de izquierda o progresista. Pero es absolutamente necesario preguntarnos por qué es que este es nuestro Gobierno.
No digo que una política económica y social se vaya a resolver con hashtags o alardeando sobre quién es el más banana (y la más banano) en una red social. Pero es necesario que empecemos a hacernos cargo de cómo fue que llegamos a alojar a un felino en la Casa Rosada.

En definitiva, la culpa no es del gato, sino de quien lo hace maullar.

TAGS: #MACRIGATOPablo Marchetti

PABLO MARCHETTI

ESCRITOR, MÚSICO Y PERIODISTA. FUNDADOR DE LA REVISTA BARCELONA Y CANTANTE Y COMPOSITOR DEL GRUPO FALOPA. ESCRIBE EN PERFIL Y EN LA VANGUARDIA.

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