Porque si hay algo que sobra en este país –además de soja, pobres, muertos de hambre y boludos– es impunid ad. Ayer, hoy y siempre.MEMORIA

La noche más larga

Martes, 20 de enero, 2015

0120_PFAEl domingo pintaba tranquilo. Entré a la redacción a las 14,30 horas y no pasaba nada. Pero nada de nada. El único tema potable era la previa a la declaración del fiscal federal Alberto Nisman ante la Cámara de Diputados de la Nación del día siguiente. Luego de chequear que Jorge Lanata no estaba al borde de la muerte, sino que se estaba clavando un choripán en Costanera –con foto en Instagram y todo– la jornada estaba cocinada.

Media hora después de llegar a casa empezó a correr por Twitter el rumor de que Nisman estaba muerto. Luego su condición mejoró a vivo y tan sólo estaba sufriendo un escrache en la puerta de su edificio. Como varios, ante la imposibilidad de tener un dato concreto, volví a tomar las llaves y salí de casa rumbo a Puerto Madero, sin pensar siquiera en que no llevaba el Pasaporte encima.

No éramos muchos en Madero y todos habíamos llegado por nuestra cuenta. Resumiendo: había más mosquitos, patrulleros y curiosos que periodistas. Y eso, un lunes por la madrugada es mucho decir.

1,30 horas. Los muchachos de Prefectura, devenidos en policías del barrio más kirchnerista de la Argentina, se comportaron como corresponde y nos forrearon con cortesía. La cinta de exclusión perimetral la pusieron 30 centimetros por delante de los únicos banquitos que había en la zona y respondían como el orto hasta cuando se les preguntaba la hora. Sí, no nos dejaron ni lugar para sentarnos mientras esperábamos que alguno del más de medio centenar de personas que participaban del procedimiento se acercara a confirmar el hecho más grave de la década. Ocho patrulleros de Prefectura, tres Unidades de Medicina Forense de la Federal, un camión de bomberos, una ambulancia del SAME y nadie quería confirmar un choto. El médico militar Berni esta vez rompió con la regla de atender a los medios y explicar lo sucedido con flores a la gestión de la Presidenta, y se escapó por la puerta de atrás. Un desfile de personal policial y del ministerio de Seguridad estuvieron horas entrando y saliendo del depto de un fiscal que, de no haber muerto, horas más tarde estaría presentando el 95% restante de las pruebas que dijo tener en contra de Cristina Fernández de Kirchner, Héctor Timerman, Fernando Esteche, Andrés Larroque y Luis D’Elía. Luego dirían que “secuestraron la documentación para peritar”. Todo normal.

Lo que eran tan sólo rumores, una fuente policial lo confirmó a la 1 de la matina pero en “off the record”, que es lo mismo que nada a fines profesionales. Corremos la ambulancia del SAME. Por la otra punta llega una diputada. Corremos a ver a la diputada. Es Patricia Bullrich. Volvemos a nuestro puesto de guardia. Datos van, rumores vienen, el juez confima que el fiscal murió, prometen una conferencia para las 3,30 horas.

0120_Delia3,45 horas. Parece que la conferencia deberá esperar para otra ocasión más importante.

4,50 horas. Por otra puerta –otra vez a correr– la fiscal atiende a la Prensa para “dejarnos tranquilos”. Como si se pudiera estar tranquilo luego de que una funcionaria de la Procuración confirma que apareció sin vida el fiscal federal que debía exponer ante el Congreso y aportar elementos para probar que el Gobierno transó 85 muertos por unos barriles de petróleo para paliar el déficit generado por el gobierno mismo.

5,00 horas. Lo engancho a Adrián Pérez entre los curiosos y le pregunto si el fiscal contaba con custodia. “Sí, pero hoy no”. Minutos después, resulta que el fiscal había pedido a su custodia que se tomara un descanso porque él no los iba a necesitar hasta el día siguiente. Es la versión de la custodia a la que Nisman, por razones que tienen que ver con factores biológicos, no podrá ratificar ni rectificar.

6,15 horas. Soy el único humano en pie con una Coca-Cola en la mano. Nadie tiene piernas, pero nadie quiere irse.

0120_Capitanich8,00 horas. Jorge Capitanich encara su habitual slowmotion stand-up matutino con cara de cólicos intestinales pujando por salir. Se limita a leer el mismo comunicado que todos teníamos. Era eso o afirmar que la muerte de Nisman fue un caso aislado, dado que el resto de los vecinos del Le Parc estaban vivos.

11,35 horas. Luego de una siesta de tres horitas, me entero que Nisman murió antes de la cena del sábado y que para la colectividad judía es un fiscal “irremplazable”. A partir de allí, vienen las declaraciones de todos, sin importar si saben o no. Sin existir sentencia firme, peritaje concluyente o, al menos, un video, el Gobierno sólo habla de suicidio y celebra cada prueba que va en esa línea, como si hubiera algo para festejar. Y como si acá no nos hubieran dicho que el hijo de un Presidente murió en un accidente. Timerman llega a Estados Unidos para pedirle al Consejo de Seguridad de la ONU que combata la condiciones que fomentan el terrorismo. Parece joda pero, vamos: es Timerman.

14,00 horas. Empieza el show de la oposición. Macri pide que se esclarezca el caso, al que calificó de grave. El monotributista de la mesa de entradas del palacio municipal habría tenido más temperatura. Sergio Massa montó un escenario para hablar como si ya fuera el presidente del país y pidió que el Congreso voltee el acuerdo con Irán. Sí, es cierto, lo pide desde septiembre de 2013. Sin embargo, podría pedirle alguna explicación al diputado de su bloque, Oscar Martínez, quien votó a favor del acuerdo antes de sumarse al Frente Renovador. Maggie Stolbizer, Julio Cobos, la chomba de Roy Cortina, Hemes Binner y Humberto Tumini pidieron preservar las instituciones y –compitiendo con Mauri– que se esclarezca el caso.

0120_Timerman16,20 horas. En el bloque de legisladores del Frente para la Victoria llevan a cabo un brainstorming para poder decir algo luego de que apareciera muerto el fiscal al que iban a enfrentar “con los botines de punta”. Luego de correr en circulos golpeándose la cabeza con las manos repetidamente, llegan a la conclusión unánime de que había que postergar la declaración, al menos hasta que Cristina levante el teléfono.

17,05 horas. Luego de consultar a un grupo de semiólogos para poder analizar el comunicado de Daniel Scioli, llegamos a la conclusión de que, cuando el gobernador bonaerense dice “figura central de la investigación en la causa AMIA”, se refiere al mismo fiscal cuyo accionar en la investigación calificó de “inconcebible” cinco días antes, cuando imputaron a Cristina.

18,00 horas. Oscar Parrilli comunica que puso a disposición de la Jueza Servini de Cubría el levantamiento de secreto del personal de inteligencia señalado por Nisman en su denuncia. La jueza se había negado a habilitar la feria para tratar la peor denuncia institucional de las últimas décadas. Nisman no mencionaba los nombres de los agentes involucrados, pero Parrilli ya está dispuesto a entregarlos. Todo legal. Cristina sigue sin aparecer.

19,25 horas. El bloque de legisladores del FpV se junta para un comunicado en el que se manifestaron dolidos por la muerte de Nisman, hecho al que calificaron de “irreversible”, demostrando que, si tuvieran un superpoder, sería el de la pelotudez. Mencionaron a Magnetto para no romper con la cábala y centraron sus sospechas en el accionar del propio fiscal. Defendieron a Cristina.

20,34 horas. Aparece Cristina en forma de mensaje de Facebook. Luego de poner “suicidio” entre signos de interrogación, la Presidenta de la Nación hizo lo que tenía que hacer: hablar de lo que le dolió el atentado a la AMIA en 1994. A ella, no a los familiares de los 85 muertos por un atentado cuyos principales sospechosos habrían sido encubiertos por ella, según el fiscal nombrado por su difunto esposo. Luego de tirar que tiene un amigo o un canciller judío, cargó contra el gobierno de los noventa, donde era parte del bloque oficialista de una gestión que tenía medio gabinete de la cole. Contó que como parte de la comisión de investigación se interiorizó de las circunstancias del hecho y de los testimonios de los familiares. A Nisman no lo nombró. Del petróleo no habló. De porqué la imputaron, tampoco. Se ve que, además de faltar a la entrega de diplomas, también estuvo ausente en la clase de derecho procesal penal en la que explicaron que, ante una imputación, la defensa se hace declarando ante el Juez, no por Facebook.

0,35 del 20 de enero. El tachero que me trae a casa me pregunta cómo es que nos fuimos tan a la mierda y no puedo evitar el recuerdo de Salsa Criolla de Enrique Pinti: de a poco. Un día se produce una devaluación. Otro buen día, al gobierno le parece poco popular aumentar los precios de los combustibles, el transporte y los servicios públicos. Ese día de 2004, al estadista que venía a proponernos un sueño se le ocurre clavar retenciones a la exportación de petróleo en un país exportador y, por ende, con autoabastecimiento. Resultado lógico: para mantener el margen de ganancia, la empresa deja de invertir. Nadie se avivó que los trenes y colectivos, que ya estaban subsidiados, necesitaban del combustible, al igual que buena parte de los servicios de energía eléctrica y gas. La bola de guita en subsidios empieza a crecer, pero el combustible no aparece. El país exportador deja de exportar, pierde el autoabastecimiento y empieza a importar. La monada festeja como logro de la Patria Grande la reconexión del gasoducto con Bolivia, que se había cerrado por innecesario. Hay cada vez menos combustible, los cortes de luz se multiplican, las empresas tienen que cerrar en invierno para que en las casas se pueda cocinar y Venezuela nos vende fuel oil con lluvia ácida incluída.

Años después, con la crisis energética al palo, Cristina empieza a mirar a Oriente Medio. Por un poco de petróleo barato, fue capaz hasta de llevar a Florencia de dama de compañía a una visita protocolar. Fotos con Kadafi que enloquecen a la militancia, promesas a los jeques, barcos con gas líquido que llegan a Baires a precios insólitos. Y los subsidios sin tocarse.

Que Nisman planteara el acuerdo de petróleo a cambio de granos e impunidad, no me sorprende. Si la Presi se mostró con un dictador asesino y pederasta, si reivindico dictaduras genocidas pero de izquierda, un atentado que ya llevaba 18 años impune, no generaba demasiado problemas. El país seguía girando y podía continuar así.

Y como acá no le damos bola a nada a no ser que haya muertos, nos enteramos que algo andaba mal con eso de pagar centavos por lo que cuesta mucho, mucho más cuando 51 personas que viajaban en un tren ultrasubsidiado ya no podían comentarlo.

Atrás de la denuncia de Nisman y el archivo para siempre de la demanda de justicia para las víctimas de la AMIA, está el petróleo que nos sobra, pero que nadie quiere poner un peso para sacarlo si no hay un acuerdo entreguista imperialista de por medio. Y atrás de cada pelotudez que se dice sobre que este gobierno es el que más hizo en la búsqueda de la verdad para la AMIA, hay una verdad que grita que entre todo lo que hizo, nombró a Nisman como fiscal a cargo de la investigación. Y Nisman, siendo partidario de muchas de las políticas del Gobierno, se encontró con esto y no lo pudo callar.

Después pueden venir con las internas de los servicios de inteligencia y demás. Pero las escuchas entregadas por una parte rebelde de la ex SIDE respecto de la otra parte, no son inventadas. Dejarse llevar por el que diga lo contrario, es correr el eje de la discusión, es matar al mensajero, es putear a la amiga de tu mujer porque le contó que le metiste los cuernos, cuando eel punto es que se los metiste.

A Nisman lo mataron antes de que muriera y todos nos pusiéramos a especular con si lo suicidaron, se pegó un tiro, lo obligaron a matarse o se cayó de cabeza sobre un proyectil calibre 22. Desde que el tipo presentó la denuncia de 300 páginas, lo mataron mediáticamente. Primero dijeron que la denuncia estaba preparada. Y sí, muchachos, nadie escribe 300 páginas en 15 minutos. Luego, tiraron que suspendió sus vacaciones y se vino porque recibió la orden de alguna fuerza oscura, cuando la única fuerza oscura que estaba en juego era que le querían sacar el manejo de la causa porque sabían la que se venía.

Lo atosigaron, lo defenestraron, lo putearon, lo amenazaron, utilizaron todo el aparato del Estado –conglomerado de medios incluídos– para aniquilar su nombre. Lo que todos, en mayor o menor medida, padecemos a diario, en este caso se concentró absolutamente en una sóla persona. Si la Presidenta escrachó por Cadena Nacional a un viejo jubilado de Mar del Plata por querer comprarle diez dólares a su nieto, es difícil de dimensionar todo lo que se ha dicho y escrito sobre un tipo que pretendió hacer lo que sus funciones dicctaban que debía hacer.

Lo reventaron hasta con carpetazos baratos, como que la mujer era la que archivaba las causas de los hijos de Ernestina Herrera de Noble, cuando se encontraba divorciado de la Jueza Arroyo Salgado desde hacía tres años y medio, jueza que también fue puesta en su cargo por Néstor Kirchner. Deschavando lo que piensan de cómo debe manejarse la Justicia, afirmaron que colocaron a Nisman en ese cargo para que busque culpables. Irán lo sentenció a muerte. Cristina firma un acuerdo con quienes el fiscal cree que son los culpables. La Presidenta arregla con los que sentenciaron a muerte al fiscal del país que preside. Le ofrecen a Nisman que vaya a tomar declaraciones a un país en el que, si lo pisaba, lo habrían colgado. El fiscal descubre la tramoya escondida tras el acuerdo. Y, como el Código Penal dice que el Encubrimiento se da cuando alguien ayuda a otro a eludir las investigaciones de la autoridad o a sustraerse a la acción de ésta, oculta, altera o hace desaparecer los rastros, pruebas o instrumentos del delito, o ayuda al autor a ocultarlos, alterarlos o hacerlos desaparecer, Cristina y una parte de su grupo de porristas impresentables quedaron pegadas.

Sí, pequeño saltamonte del campo nacional y popular: importa tres carajos que Cristina en 1994 estuviera en Santa Cruz bordando edredones. Si el delito que se está ayudando a encubrir fue cometido hace cinco minutos o hace dos décadas, da igual, porque la víctima del encubrimiento es la Justicia, cuyo accionar se ve alterado o impedido por quienes pretenden que el delito no sea descubierto, sea porque son amigos de los terroristas, o porque necesitan unos barriles de petróleo para tapar el desastre de la joda de subsidios.

4,28 horas. Todavía no terminé mi domingo y me informan que ya es martes. Todo lo que se diga sobre este caso de ahora en más puede ser verdad o mentira. Hicieron tan mierda todo y quedó tanta gente cagada en las patas en el medio, que cualquier hipótesis es cierta, tanto en la muerte de Nisman, como en el encubrimiento del atentado a la AMIA, o el atentado a la AMIA en sí.

Porque si hay algo que sobra en este país –además de soja, pobres, muertos de hambre y boludos– es impunidad. Ayer, hoy y siempre.

0120_CFK2

Domingo. O lunes. O Martes. Y recién estamos en enero.

ACTUALIZACIÓN: Como dormir es para gente aburrida, a media mañana de hoy, martes, el barrido de pólvora de las manos de Nisman dio negativo. El barrido es una pericia que se hace para confirmar de una que el que disparó la pistola es el muerto. Los libros dicen que si da negativo, no confirma que no lo haya hecho, pero es raro y…bueno, en mis años de judicial nunca vi un caso negativo en suicidio por arma de fuego. A todo, se le suma la aparición de una carta. No, no era despidiéndose de los amigos ni de la familia. Era el listado de compras para que le mucama realizara el lunes.

Publicado por Lucca
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Businesses can and will adapt to the age of populism

Schumpeter

How executives balance shareholder expectations and social pressures

Jan 21st 2017

  • Timekeeper

AS THEY slid down the streets of Davos this week, many executives will have felt a question gnawing in their guts. Who matters most: shareholders or the people? Around the world a revolt seems under way. A growing cohort—perhaps a majority—of citizens want corporations to be cuddlier, invest more at home, pay higher taxes and wages and employ more people, and are voting for politicians who say they will make all that happen. Yet according to law and convention in most rich countries, firms are run in the interest of shareholders, who usually want companies to use every legal means to maximise their profits.

Naive executives fear that they cannot reconcile these two impulses. Should they fire staff, trim costs and expand abroad—and face the wrath of Donald Trump’s Twitter feed, the disgust of their children and the risk that they’ll be the first against the wall when the revolution comes? Or do they bend to popular opinion and allow profits to fall, inviting the danger that, in the run up to their 2018 annual general meeting, a fund manager from, say, Fidelity or Capital will topple them for underperformance?

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Wiser executives know that shareholder value comes in shades of grey. It has been a century since the idea was baked into American law. In 1919 a court ruled that “a business corporation is organised and carried on primarily for the profit of the stockholders.” In the 1990s this view spread to Europe, Asia and Latin America because of reforms to governance laws and the rising clout of institutional investors. But the doctrine is not monolithic. Schumpeter reckons there are six distinct corporate tribes, each with its own interpretation of what shareholder value means. Firms have some flexibility to choose which one they belong to.

Start at the far right of the spectrum, with the corporate fundamentalists. Boosting their profits and share price—immediately—is their goal. Firms built on these objectives rarely do well for long. Valeant, a Canadian pharmaceutical concern, is an example. In 2011-15 it raised prices, slashed investment, paid little tax and fired staff. By 2016 it faced scandals and its shares fell by 85%. Occasionally firms become so weak that they use fundamentalist tactics, temporarily, to try to restore confidence. IBM is shoring up its stock price with savage cost cuts and share buy-backs.

Shift a little to the left and there are the corporate toilers. Most Western firms place themselves in this group. They believe in the primacy of shareholder value but are prepared to be more patient. At their best these firms are consistently successful—think of Shell or Intel investing on a ten-year time horizon.

Corporate oracles, the third group, want to maximise profits within the law, but with a twist. They think the law will evolve with public opinion and so they voluntarily do things today that they may be required to do tomorrow. Most energy firms have become greener to anticipate changing public expectations on pollution and safety. Laggards discover it can be devastating when the rules of capitalism change. Shares of coal and nuclear-energy firms in the rich world have collapsed. Soft-drinks firms may be next, as attitudes and laws about sugar and obesity change.

Corporate kings are in a luxurious position. They are so successful at creating shareholder value that they have a licence to ignore it periodically. In July Jamie Dimon, the boss of JPMorgan Chase, now the world’s most valuable bank, gave its lowest-paid staff a pay rise, “because it enables more people to begin to share in the rewards of economic growth”. Paul Polman describes Unilever, the consumer-goods firm he runs, as a non-governmental organisation committed to cutting poverty. He can do so only because Unilever makes a stonking return on equity (ROE) of 34%.

Outside Western boardrooms, the most common sect is the fifth, corporate socialists. These firms are controlled by the state, families or dominant managers. They think that shareholder value is not as important as social objectives such as employment, high pay or cheap products. But they recognise that institutional investors have some legal powers. So profits are set according to an informal quota system—outside shareholders should get the minimum required to avoid a revolt, but no more. China’s state firms together book an ROE of 6-8%. Goldman Sachs is a corporate champagne socialist. It pays its shareholders the least it can get away with and allocates what is left as bonuses for its staff.

On the far left are the corporate apostates. They are organised in a corporate form but don’t care about shareholders at all. Usually this is a result of political dysfunction. PDVSA, Venezuela’s state oil firm, pays for much of the country’s welfare state and cronyism. Fannie Mae and Freddie Mac, two state-owned American mortgage firms, are run to make cheap loans, not profits.

Sects change

Between 1990 and 2007 companies around the world drifted right, towards shareholders. Now in response to populism they may drift back. But don’t expect a governance crisis. The system is adaptable. Carmakers are shifting factories to America; drugs and defence firms may slash prices. All have become oracles. They anticipate that the Trump administration will change rules on tariffs and government procurement that govern their businesses. Shareholders can object only so much. Firms become corporate socialists if they have controlling owners who demand they prioritise social objectives. There is no sign of this yet.

Many individual firms will still move the other way, towards shareholders. Google is becoming a corporate toiler, not a king, as its growth slows. After its emissions scandal, Volkswagen is dropping its extravagant ways and firing staff. Under its new boss, Tata Group in India will now start to worry about profits as much as nation-building. And in order to revive the economy, Japan’s firms will need to drive their ROE above the present, sluggish 8%. In the contest between shareholders and the people, companies and bosses are caught in the middle. But there are no final victories. Just constant, pragmatic accommodations.

This article appeared in the Business section of the print edition under the headline “Six sects of shareholder value”

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El populismo triunfa donde los ganadores de la globalización prestan poca atención a los perdedores

Jueves 19 de Enero de 2017

La filosofía del comercio mundial entra en crisis cuando unos pocos provocan que muchos sucumban ante el nacionalismo agravado y el proteccionismo

por MARTIN WOLF

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Donald Trump cree que la verdad es lo que él considera conveniente

Donald Trump cree que la verdad es lo que él considera conveniente

La humanidad es tribal. Somos animales sociales y culturales. La cultura nos permite cooperar no sólo en grupos familiares, sino en comunidades imaginadas. De todas estas comunidades, nada es más cercano a la familia que la "nación", una palabra que significa ascendencia compartida.

La capacidad de crear comunidades imaginadas es la fuerza de la humanidad y se cuenta entre sus mayores debilidades. La comunidad imaginada define lo que las personas comparten. Pero lo que las une, las separa de otros individuos. Hoy en día, como en el pasado, los líderes fomentan el nacionalismo agraviado para justificar el despotismo e incluso la guerra.

Durante gran parte de la historia humana, la guerra se consideró la relación natural entre las sociedades. La victoria acarreaba saqueo, poder y prestigio, al menos para las élites. La movilización de recursos para la guerra representaba un papel central de los Estados. Justificar tal movilización era un papel central de la cultura.

Existe otra manera de lograr prosperidad: el comercio. El equilibrio entre el comercio y el saqueo es complejo. Ambos requieren sólidas instituciones apoyadas por culturas eficaces. Pero la guerra requiere ejércitos, respaldados por lealtad, mientras que el comercio requiere seguridad, respaldada por justicia.

Quizás la mayor contribución de la economía es la idea de que las sociedades se beneficiarán más de tratar de comerciar entre sí que de intentar conquistarse las unas a las otras. Por otra parte, mientras más ricos sean sus socios, mayores serán las oportunidades para un comercio mutuamente enriquecedor. Por lo tanto, la relación sabia entre Estados es de cooperación, no de guerra, y de comercio, no de aislamiento. Esta brillante idea da la casualidad que es correcta. Pero también es contraintuitiva, e incluso inquietante. Significa que se pudiera ganar más de los extranjeros que de los conciudadanos. Esta idea corroe el sentimiento de pertenencia a la tribu imaginada. Para muchos, esta erosión de la lealtad tribal es amenazante. Y se torna más amenazante si se permite a los extranjeros inmigrar libremente. ¿Quién, pregunta la gente, son estos desconocidos que residen en nuestra casa y comparten sus beneficios?

La idea de que la mejor forma de que las sociedades se relacionen entre sí es a través del comercio mutuamente enriquecedor es la filosofía que valida el Foro Económico Mundial, el cual está celebrando su reunión anual en Davos esta semana. La filosofía destaca el comercio sobre el conflicto y lo que los seres humanos tienen en común sobre lo que los divide.

Es un buen credo. Sin embargo, Theresa May, la conservadora primera ministra del Reino Unido, condena a sus creyentes como "ciudadanos del mundo" que no son ciudadanos de ninguna parte. El resentimiento que ella evoca está, hasta cierto punto, justificado. Aquellos a quienes les había ido bien -debido a la globalización y a la transición poscomunista- prestaron demasiada poca atención a quienes no les había ido bien. Ellos supusieron que una marea creciente levantaría a todas las embarcaciones. Ellos prosperaron enormemente, a menudo con poca justificación aparente. Ellos crearon una crisis financiera que devastó su reputación de probidad y de competencia, con terribles resultados políticos. Ellos supusieron que los lazos de pertenencia que significaban tan poco para sí mismos significaban poco para los que quedaban atrás. No es sorprendente que quienes encuentran el mundo transformado por el cambio social y económico sucumban ante el nacionalismo agraviado y el proteccionismo.

Sin embargo, la política del resentimiento nacionalista no es sólo un surgimiento desde abajo. Es una táctica de quienes buscan el poder. Los detalles de las historias que estos líderes cuentan varían, pero la esencia es siempre la misma. Ellos diferencian a las personas "reales" que los apoyan de los "enemigos del pueblo". Para ellos, la vida es guerra. En una guerra, pueden justificar cualquier cosa.

Su historia justifica convertir la democracia liberal en una dictadura plebiscitaria. En un brillante ensayo, el analista polaco Slawomir Sierakowski explica cómo funciona esto en su país. El aspirante a déspota tacha de caos a la libertad personal, de ilegítimas a las instituciones restrictivas, de corruptas a las fuentes de información independientes, de engañosos a los extranjeros, y de amenazantes a los inmigrantes. La cultivación de la paranoia justifica cada paso. El aspirante a déspota necesita enemigos, los cuales siempre son fáciles de encontrar. Mientras tanto, los aspirantes a déspotas subrayan que la mayoría está de su parte (aunque no lo esté).

El asalto a la noción de unas confiables fuentes de información independientes representa un elemento central en la política de un déspota plebiscitario, como es el caso de Recep Tayyip Erdogan de Turquía o de Vladimir Putin de Rusia. ¿Cómo definen tales regímenes la verdad? La verdad es lo que ellos dicen que es. Así es que el poder determina la verdad.

Esta es una característica de todas las dictaduras, especialmente las comunistas, como nos dijo George Orwell. Es también lo que el presidente electo de EE.UU. Donald Trump cree: la verdad es lo que él considera conveniente hoy.

EE.UU. es el ejemplo más importante. ¿Hasta qué punto en el camino hacia el despotismo plebiscitario llevaría Trump a su país? El consenso es "no muy lejos", dada la fortaleza de sus instituciones. Sin embargo, las instituciones son tan fuertes como las personas que las dirigen. Cuando Augusto se convirtió en emperador, las instituciones de la república romana sobrevivieron. ¿Defenderá el Poder Judicial estadounidense la libertad de expresión? ¿Defenderán los legisladores el derecho al voto? ¿O intimidará exitosamente el presidente a aquellos con quienes no está de acuerdo? ¿Y qué pudiera suceder si ocurriera un ataque terrorista?

Sierakowski señala que el líder polaco Jaroslaw Kaczynski ha acogido el estado benefactor. Trump también ganó entre la base republicana al enfatizar su apoyo a los programas de los que dependen los estadounidenses comunes y corrientes. Pero los líderes republicanos desean reducirlos significativamente. Su éxito pudiera depender de si se apega a sus promesas o a su partido.

Yuval Harari, el pensador israelí, recientemente ha argumentado que: "A pesar de la desilusión con la democracia liberal y con el libre mercado, nadie ha formulado una visión alternativa que goce de ningún tipo de atractivo global". Esto es cierto, pero irrelevante. El nacionalismo autoritario potencialmente cuenta con tal atractivo. Se ha trasladado al núcleo del sistema mundial. Eso lo cambia todo.

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Hoy hay tres amenazas a la libertad en el mundo : la política de identidad, el populismo autoritario y el Islam ismo Radical.

Tom G. Palmer

es académico del Cato Institute y director de Cato University.

GLOBALIZACIÓN
6 DE ENERO DE 2017

Un reto nuevo y viejo: el anti-liberalismo global

Tom G. Palmer considera que hay tres amenazas a la libertad: la política de identidad, el populismo autoritario y el Islamismo Radical.

Un fantasma acecha al mundo: el fantasma de movimientos anti-libertarios, cada uno luchando contra los demás como escorpiones dentro de una botella, todos compitiendo por ver cuál puede destruir las instituciones de la libertad más rápido. Algunos están metidos en las universidades y otros centros élite, y algunos derivan su fortaleza de la ira populista. Las versiones izquierdistas y derechistas de la causa común anti-libertaria están, además, interconectadas, instigándose entre ellas. Todas rechazan de manera explícita la libertad individual, el Estado de Derecho, el gobierno limitado y la libertad de intercambio, y promueven en su lugar formas radicales —aunque opuestas de manera agresiva— de la política de identidad y del autoritarismo. Son peligrosas y no deberían ser subestimadas.

Detrás de varias máscaras, dichos movimientos están cuestionando los valores y principios libertarios alrededor del mundo, especialmente en Europa, en EE.UU., y en partes de Asia, pero su influencia se siente en todas partes. Comparten un rechazo radical de las ideas de la razón, la libertad, y el Estado de Derecho que inspiraron la fundación de EE.UU. y que son, de hecho, las bases de la modernidad. Necesitan despertarse todos aquellos que prefieren al constitucionalismo por sobre la dictadura, a los mercados libres sobre el capitalismo de compadres o el estatismo socialista, al libre comercio sobre la autarquía, a la tolerancia sobre la opresión, y a la armonía social sobre el antagonismo irreconciliable. Nuestra prosperidad y la paz que esta engendra corren peligro.

Tres amenazas

Al menos tres amenazas simbióticas a la libertad pueden verse en el horizonte: a) la política de identidad y la economía política de suma-cero junto con los conflictos y la agresión que esta engendra; b) el populismo y la nostalgia por el gobierno de un caudillo que este invariablemente implica; c) la política islámica radical. Éstas comparten ciertas fuentes intelectuales comunes y forman una red integrada, fortaleciéndose entre ellas a cuestas del consenso liberal clásico.

Aunque todos esos movimientos están llenos de falacias, especialmente falacias económicas, no están conducidos simplemente por una falta de comprensión de principios económicos como tantas intervenciones estatistas. Mientras que gran parte del respaldo al salario mínimo, a las restricciones comerciales o a la prohibición de los narcóticos resultan de malentendidos factuales de sus consecuencias, los líderes intelectuales de estos movimientos iliberales generalmente no son personas irreflexivas. Muchas veces comprenden las ideas libertarias relativamente bien, y las rechazan desde la raíz hasta sus ramas. Creen que las ideas de igualdad ante la ley, de los sistemas políticos basados en reglas, de tolerancia y de libertades de pensamiento y expresión, de comercio voluntario —especialmente entre extraños— para obtener beneficios mutuos y de los derechos individuales inalienables e iguales son falsos y sirven de camuflaje para la explotación promovida por élites malvadas, y que aquellos que los defienden son o malvados o irredimiblemente ingenuos.

Es hora de que los partidarios de la libertad se den cuenta de que algunas personas rechazan la libertad para otros (e incluso para ellos mismos) no simplemente porque no entienden economía o porque obtendrán beneficios materiales de socavar al Estado de Derecho, sino porque se oponen a los principios y a la práctica de la libertad. No buscan la igualdad ante la ley; la rechazan y prefieren la política basada en identidades desiguales. No creen en tu derecho a estar en desacuerdo con ellos y ciertamente no defenderán tu derecho a estarlo. Consideran que el comercio es una especie de conspiración. Prefieren la política de una voluntad por sobre una de procesos. Atacarán a cualquiera por ofender sus identidades sagradas. No quieren “vivir y dejar vivir”.

La política de identidad

Tardó décadas, pero un movimiento sólido anti-libertario y anti-tolerancia en el lado izquierdo del espectro político efectivamente ha influenciado a una gran porción de la academia en gran parte de Europa, EE.UU. y otros países. Su objetivo es utilizar el castigo administrativo, la intimidación y la disrupción para suprimir todas las opiniones que ellos consideran incompatibles con su visión. Este movimiento está basado en los escritos de un marxista alemán que estudió bajo el teórico Nazi, Martin Heidegger. Su nombre fue Herbert Marcuse, y luego de llegar a EE.UU. se volvió muy influyente en la izquierda extrema.

En el ensayo de 1965 de Marcuse titulado “Tolerancia represiva” argumentó que para lograr la liberación, o al menos su visión de ésta, requeriría:

“remover la tolerancia de la expresión y asociación de grupos y movimientos que promueven de manera agresiva políticas, armamentos, machismo, discriminación sobre la base de raza y religión, o que se oponen a la extensión de servicios estatales, de la seguridad social, de la atención médica, etc. Además, la restauración de la libertad del pensamiento podría requerir nuevas y rígidas restricciones sobre las enseñanzas y prácticas en las instituciones educativas que, a través de sus propios métodos y conceptos, sirven para cerrar la mente dentro de un universo establecido de discurso y comportamiento —excluyendo así a priori una evaluación racional de las alternativas”.

Para Marcuse, como para sus seguidores contemporáneos (muchos de los cuales nunca han escuchado de él), “Liberar a la tolerancia, por lo tanto, significaría ser intolerante con los movimientos de la Derecha y tolerar los movimientos de la Izquierda”. Siguiendo ese guión, aquellos que no están de acuerdo con la nueva ortodoxia son silenciados a gritos, se les niega plataformas, son obligados a tomar cursos de re-educación en sensibilidad, se les prohíbe hablar, son intimidados, atacados por una multitud, e incluso amenazados con violencia para que se callen. Considere nuevamente el llamado de la profesora de la Universidad de Missouri Melissa Click a sus partidarios —“Hey, ¿quién me quiere ayudar a sacar a este reportero de aquí? ¡Necesito unos músculos aquí!” Ese es el mensaje de Marcuse en acción.

La corrección política en la izquierda ha provocado un llamado a una reacción anti-libertaria en la derecha. Los movimientos de la derecha extrema que están ganando espacio en Europa y la fusión en el movimiento “alt-right” de populismo y nacionalismo blanco en EE.UU. han atraído seguidores que están convencidos de que su existencia o forma de vida está amenazada por el capitalismo, el libre comercio y el pluralismo étnico, pero han sido enfurecidos y convocados a la acción por el dominio de la expresión y las cacerías de brujas en contra de disidentes que ha llevado a cabo el ala iliberal de izquierda. En cierto sentido se han convertido en el reflejo de sus perseguidores. En los partidos europeos ellos han resucitado ideologías políticas y lenguaje envenenados de la década de 1930, y en EE.UU. han sido fortalecidos por y se han adherido al movimiento de Trump, con sus ataques al comercio internacional, su denigración a los mexicanos y musulmanes, y su instigación de resentimiento en contra de las élites.

El llamado a crear los políticamente correctos “espacios seguros”, que son reservados para las minorías, es reflejado por los blancos nacionalistas que claman por afirmar su “identidad blanca” y una “nación blanca”. El decano del nacionalismo blanco, también conocido como “identitarismo” en EE.UU., Jared Taylor, recientemente dijo en la Radio Nacional Pública que “la tendencia natural de la naturaleza humana es tribal. Cuando los negros o asiáticas o hispánicos expresan un deseo de vivir con personas similares a ellos, expresan una preferencia por su propia cultura, su propio legado, no hay nada que sea considerado malo en esto. Es solo cuando los blancos dicen, bueno, sí, prefiero la cultura de Europa y prefiero estar rodeado de personas blancas —por alguna razón, y solo para los blancos, es que se considera que hay alguna especie de la más profunda inmoralidad”. Un colectivismo provoca otro.

El profesor de filosofía Slavoz Žižek es una voz influyente en la extrema izquierda, mejor conocido en Europa que en EE.UU., pero con cada vez más seguidores a nivel mundial. Žižek insiste que la libertad en las sociedades liberales es una ilusión y es partidario del denominador común entre la izquierda antiliberal y la derecha antiliberal. Ese denominador común recorre el trabajo del profesor Nacional Socialista Carl Schmitt, un colaborador de Martin Heidegger, quien famosamente redujo “la distinción política específica… a aquella entre un amigo y un enemigo”. Žižek afirma “la primacía incondicional del antagonismo inherente como algo que constituye lo político”. Las filosofías de la armonía social y del “vivir y dejar vivir” para tales pensadores son simplemente un auto-engaño; para ellos lo real es la lucha por dominar. De hecho, en un sentido muy profundo, la persona individual de carne y sangre ni siquiera existe para dichos pensadores, ya que lo que realmente existe son fuerzas o identidades sociales; de hecho, el “individuo” es nada más que la materialización de fuerzas o de identidades colectivas que son inherentemente antagónicas entre ellas.

El populismo autoritario

El populismo muchas veces hace un paralelo entre las varias formas de la política de identidad, pero agrega un resentimiento furioso en contra de las “élites”, una economía política disparatada y una nostalgia por un líder que puede reunir la verdadera voluntad del pueblo. Los movimientos populistas han florecido en varios países, desde Polonia hasta España, desde las Filipinas hasta EE.UU. Michael Kazin en su libro La persuasión populista (The Populist Persuasion) ofrece una definición del populismo: “un lenguaje cuyos voceros conciben a las personas ordinarias como un ensamblaje noble no limitado de manera obtusa por la clase, perciben a sus opositores élite como interesados y anti-democráticos, y buscan movilizar a los primeros en contra de los segundos”. La tendencia normal de dichos movimientos es seguir a un líder carismático que personifica al pueblo y se concentra en la voluntad popular.

Un tema común entre los populistas es apoderar al líder que puede arrasar con los procesos, reglas, pesos y contrapesos, y derechos, privilegios e inmunidades protegidos y que “simplemente puede lograr que las cosas se hagan”. En Camino de servidumbre, F.A. Hayek describía la impaciencia con las reglas como un prerrequisito al totalitarismo: “la general demanda de acción resuelta y diligente por parte del Estado es el elemento dominante en la situación, y el disgusto por la lenta y embarazosa marcha del procedimiento democrático convierte la acción por la acción en objetivo. Entonces, el hombre o el partido que parece lo bastante fuerte y resuelto para ‘hacer marchar las cosas’ es quien ejerce la mayor atracción”.

Los partidos populistas y autoritarios han tomado el control y están asegurando su poder en varios estados. En Rusia, Vladimir Putin ha creado un nuevo gobierno autoritario que domina todas las demás instituciones de la sociedad y depende de sus propias decisiones personales. Putin y sus compinches tomaron control de manera sistemática y total de la prensa y la utilizaron para generar una profunda sensación de una nación bajo ataque, cuya grandiosa cultura única está siendo constantemente amenazada por sus vecinos y que solamente es defendida por la mano fuerte del líder.

El gobierno de Hungría, luego de asegurar una mayoría de dos tercios en el parlamento en 2010, empezó a institucionalizar el control de todos los órganos del Estado por parte de personas leales al partido oficialista Fidesz. Éste mostró a su líder, Viktor Orbán, como un salvador nacional y lanzó una agenda cada vez más anti-libertaria de nacionalizaciones, compadrazgo y restricciones a la libertad de expresión. Orbán declaró que “Estamos rompiendo con los dogmas e ideologías que han sido adoptadas por Occidente y nos estamos manteniendo independientes de ellos…para construir un nuevo estado sobre bases anti-liberales y nacionales dentro de la Unión Europea (UE)” (“dentro de la Unión Europea” se lee como “subsidiado por los contribuyentes de otros países”).

Luego de la victoria de Fidesz en 2010, en Polonia el líder del nacionalista Partido Ley y Justicia, Jaroslaw Kaczyński, declaró la estrategia nacional, populista y de compadrazgo de Orbán como “un ejemplo de cómo podemos ganar”. Kaczyński logró combinar la política de identidad con el populismo para sacar del poder al gobierno de centro izquierda de un país que tenía una economía en crecimiento y que luego empezó a establecer aquel tipo de medidas populistas y proteccionistas que han demostrado ser adversas a la prosperidad. El Instituto Timbro de Suecia, institución liberal clásica, concluyó en su Índice de Populismo Autoritario que tanto en la izquierda como en la derecha, en la Europa contemporánea “el populismo no es un reto temporal sino una amenaza permanente”.

Putin, el pionero en la tendencia hacia el autoritarismo, ha destinado cientos de millones de dólares a la promoción del populismo anti-libertario alrededor de Europa y a través de un sofisticado imperio mediático global, que incluye a RT y a Sputnik News, así como también a una red de fábricas de trolls de Internet y numerosos sitios Web hechos a la medida. El pionero de prensa ruso Peter Pomerantsev, en su extraordinario libro Nada es verdad y todo es posible(Nothing Is True and Everything Is Possible), indica que “el Kremlin cambia de mensajes a voluntad y para su conveniencia…Los nacionalistas europeos del ala derecha son seducidos con un mensaje anti-UE; la izquierda extrema es co-optada con relatos de la lucha contra la hegemonía de EE.UU.; los conservadores religiosos en EE.UU. son convencidos de la lucha del Kremlin en contra de la homosexualidad”. Nubes de mentiras, denuncias, negaciones y más son emitidas para socavar la confianza en los defensores de las instituciones liberales clásicas. Este es un ataque post-moderno bien financiado en contra de la verdad y al servicio de una dictadura.

¿Qué desencadena el autoritarismo?

Dichos movimientos no son solamente el resultado de una falta de educación. Son profundamente ideológicos en su carácter. Ellos se adhieren al colectivismo y al autoritarismo y rechazan al individualismo y a las normas constitucionales. ¿Qué les ha permitido obtener tanto respaldo popular tan rápidamente?

Las investigaciones actuales indican que las respuestas autoritarias surgen por la percepción de amenazas a la seguridad física, a la identidad de grupo o al status social. Cuando las tres están presentes, las condiciones están maduras para que haya una explosión del autoritarismo. La violencia islámica radical, reciclada a través de las noticias las 24 horas del día todos los días de la semana para parecer mucho más común de lo que realmente es, ciertamente que presenta una amenaza externa aparentemente alarmante. La integridad del grupo y del status social también están en juego. Las investigaciones realizadas por la politóloga Karen Stenner respaldan la idea de que hay una predisposición autoritaria que se produce por las “amenazas normativas”, esto es, las percepciones de que las opiniones tradicionales están en peligro o de que ya no son compartidas por toda la comunidad. Dichas amenazas normativas producen una respuesta entre aquellos predispuestos al autoritarismo para que se vuelvan activos “mantenedores de los límites, encargados de hacer cumplir las normas, y porristas de la autoridad”. Las amenazas al status social exacerban todavía más las respuestas autoritarias. El respaldo duro a los movimientos populistas autoritarios en Europa, así como también al ala radical del movimiento de Trump en EE.UU., ha provenido de hombres blancos menos educados, que han visto su status social caer conforme el de otros ha mejorado (mujeres y extranjeros). En EE.UU., los hombres blancos de entre 30 y 49 años con títulos de secundaria o menos han visto caer su tasa de participación en la fuerza laboral de manera precipitada, hasta al punto en que más de uno de cada cinco de ellos ni siquiera está buscando trabajo sino que ha salido de la fuerza laboral totalmente. Sin trabajo remunerado y satisfactorio ellos han experimentado una pérdida sustancial de su status social. Los estándares de vida absolutos pueden subir para todos (y los estándares de vida y los salarios reales han mejorado de manera dramática a lo largo de las últimas décadas), pero el status relativo no puede subir para todos. Si algunos grupos están subiendo, otros deben estar cayendo. Aquellos en los grupos que han estado cayendo y que están predispuestos al autoritarismo serán fuertemente atraídos a las figuras autoritarias que prometen mejorar las cosas, o restaurar la grandeza perdida.

El islamismo radical

El islamismo radical refleja algunos de los temas de otros movimientos anti-libertarios, incluyendo la política de identidad (la creencia de la comunidad de los creyentes está en guerra con todos los infieles), los miedos populistas autoritarios de amenazas a la identidad del grupo o al status social y el entusiasmo por líderes carismáticos que “Harán al Islam Grandioso Nuevamente”. El Islamismo Radical incluso comparte con la extrema izquierda y la extrema derecha raíces intelectuales comunes encontradas en la ideología política del fascismo europeo y en las ideas colectivistas de “autenticidad”. El movimiento Islámico en Irán que creó la primera “República Islámica” fue profundamente influenciado por los pensadores fascistas europeos, notablemente por Martin Heidegger. Ahmad Fardid promovió las ideas tóxicas de Heidegger en Irán y su seguidor Jalal Al-e Ahmad denunció supuestas amenazas occidentales a la identidad auténtica de Irán en su libro Westoxification. Como Heidegger dijo luego de la victoria del Partido Nazi, la era del liberalismo fue “el tiempo Yo. Ahora es el tiempo de Nosotros”. El colectivismo eufórico prometía librar al pueblo alemán de su “existencia histórica no auténtica” y conducirlos hacia la “autenticidad”, la causa ahora adoptada por los luchadores de la justicia social, de los “identitarios” de alt-right, así como también de islamistas radicales también.

Todas esas tendencias se fortalecen entre ellas: cada uno demoniza al otro; y conforme uno crece, también crece la amenaza existencial en contra de la cual luchan los otros. El crecimiento del Islamismo Radical atrae reclutas a los partidos populistas en Europa (y en EE.UU.) y la hostilidad hacia los musulmanes y su aislamiento de sus sociedades incrementa la capacidad del Estado Islámico y de otros grupo de reclutar. Al mismo tiempo, los luchadores de la políticamente correcta justicia social no pueden lograr condenar el Islamismo Radical —después de todo, ¿no es simplemente una respuesta a la opresión colonial impuesta a los no cristianos por parte de la dominante hegemonía cristiana/blanca/europea?— y muchas veces se encuentran a sí mismos no solo incapaces de condenar los crímenes islámicos, sino que incluso promueven el anti-semitismo. De hecho, la hostilidad contra los judíos y el capitalismo es una característica inquietantemente común de los tres movimientos.

La necesidad de defender la libertad

Los diversos movimientos anti-libertarios crecen a costa, no de cada uno de ellos, sino del centro, que podemos entender como aquel segmento conformado de aquellos miembros tolerantes y comerciantes de la sociedad civil, quienes viven, consciente o inconscientemente, por los preceptos del liberalismo clásico. Hemos visto esta dinámica antes, en la década de 1930, cuando los movimientos colectivistas se pelearon entre ellos para destruir la libertad tan rápido como podían. Los fascistas decían que solo ellos podían defender a la gente de los bolcheviques. Los bolcheviques se movilizaron para acabar con el fascismo. Lucharon unos contra los otros, pero tenían mucho más en común que cualquiera de ellos deseaba admitir. Desafortunadamente, el mejor argumento que los defensores de la sociedad civil tradicionalmente ofrecen en respuesta a esos retos es que la libertad personal, el Estado de Derecho y los libres mercados, todos complejos, crean más prosperidad y una vida más cómoda que las demás alternativas. Eso es cierto, pero no es suficiente para desviar los golpes duros del triunvirato anti-liberal de la política de identidades, el populismo autoritario y el Islamismo Radical. La bondad moral de la libertad necesita ser defendida, no solo en los encuentros cara a cara con los adversarios, sino como un medio de fortalecer la resistencia de los liberales clásicos, para que no continúen cediendo espacios. La libertad no es una ilusión, sino un objetivo grandioso y noble. Una vida en libertad es mejor en cada aspecto que una vida de sumisión a otros. La violencia y el antagonismo no son las bases de la cultura, sino su negación.

Ahora es el momento de defender la libertad que hace posible una civilización global que permite la amistad, la familia, la cooperación, el comercio, el beneficio mutuo, la ciencia, la sabiduría —en una palabra, la vida— y para desafiar al nuevo triunvirato anti-libertario y revelar el vacío en su corazón.

Este ensayo fue publicado originalmente en Cato Policy Report (EE.UU.), edición de Noviembre/Diciembre de 2016.

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Lo que importa es que los pobres tengan mejores ingresos cada vez, no cuánto gana el vecino. Si no entendemos e so, somos comunistas obsoletos y nostálgicos. Aunque no lo sepamos.

Tuesday

¿La lucha contra la pobreza o la lucha
contra la riqueza?

Nadie en su sano juicio quiere que haya pobres.

A medida que la organización social fue evolucionando, desde el imperio romano a los reyes del medioevo y a la democracia, la pobreza fue un elemento vital en la formación de políticas y teorías sociales.

El socialismo, con su máxima expresión política, el comunismo, hizo de la pobreza su causa y su materia prima, el tejido mismo del que se compone la teoría marxista.

En 1912, un economista e importante teórico del fascismo, Corrado Gini, aplicó las curvas de Lorenz sobre distribución estadística y determinó un coeficiente que mide la relación de la distribución de los ingresos.

Para no entrar en detalles técnicos, si el coeficiente se acerca a cero, la igualdad es perfecta y a medida que llega a uno, (o a cien) la desigualdad es máxima.

Sobre ese coeficiente se han desarrollado numerosas políticas y el mundo lo usa hoy como un elemento muy importante en la medición de la pobreza.

Esto es porque el comunismo ha sido aniquilado políticamente, pero ha vencido en la concepción intelectual de los profesionales burócratas y en los organismos internacionales, compuestos de inútiles vividores en su gran mayoría, con enorme resentimiento.

Que un país sea "justo o injusto" para usar el término de los resentidos universitarios, no elimina ni aumenta la pobreza. Esto se ve claramente si se observa que EEUU tiene el mismo coeficiente Gini que China, o mayor que la India o Afganistán.

"Pobreza" es un término relativo y también absoluto. Se puede ser pobre en EEUU y vivir mucho mejor que un rico en Afganistán. Cualesquiera fueran las curvas de Gini. En cambio la pobreza absoluta es diferente. Es universal y compleja, y no se mide con este coeficiente.

Peor es cuando los genios burócratas del resentimiento y de la teoría del comunismo de living, como el de Marx, usan este índice para intentar corregir la desigualdad, creyendo que así corrigen la pobreza.

Así surgen los Piketty y la nueva versión de Roubini, que pretenden aplicar un impuesto global anual sobre el capital y el patrimonio, para repartirlo entre los pobres. Algo tan estúpido que probablemente tenga éxito.

Lo grave es que la teoría de forzar la igualdad se da de patadas con la concepción misma del capitalismo liberal, nunca refutada, de que la mejor manera de combatir la pobreza es creando riqueza, y permitiendo que ésta se expanda a la comunidad en forma de trabajo.

Combatiendo la riqueza y la desigualdad, seguramente se aumentará la pobreza. Porque el coeficiente de Gini y quienes lo esgrimen como una acusación, no tienen en cuenta que no se trata de reducir la riqueza, sino de reducir la pobreza.

Pero lamentablemente, los costosísimos organismos internacionales, inútiles para producir ningún cambio en beneficio de la sociedad mundial, tienen sin embargo un enorme poder de daño.

Cuando por ejemplo se citan datos del Banco Mundial como si fuera la Biblia, se omite que esos datos son provistos por los gobiernos de cada país. Es decir, los datos que publica ese organismo, y todos, sobre Argentina, son los mismos de los que nos reímos y nos indignamos diariamente.

Confrontada en el Parlamento con la evolución del coeficiente de Gini durante su gestión, la estadista más importante y con más testosterona del siglo XX, Margaret Thatcher, respondió:"son tan resentidos que estas cifras no les dejan ver que nunca los pobres han tenido tanto ingreso como ahora, a valores constantes".

Lo que importa es que los pobres tengan mejores ingresos cada vez, no cuánto gana el vecino.

Si no entendemos eso, somos comunistas obsoletos y nostálgicos. Aunque no lo sepamos.

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