Fernandez Fernandez x Duran Barba

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FERNANDEZ-FERNANDEZ
La resta es mayor que la suma
El anuncio de Cristina es claramente negativo para la posibilidad de una victoria electoral del peronismo. Si lo que busca es que que vayan otros líderes peronistas a una interna, esto puede empeorar. Irán los dirigentes con peor imagen y crecerá el saldo negativo.
Jaime Duran Barba Ayer 11:34 PM

Nunca consideré que Cristina Kirchner sea una mala candidata, ni dije que es la figura opositora que más le conviene a Mauricio. Siempre afirmé lo contrario, tanto en esta columna de PERFIL, como en decenas de entrevistas en las que participé en la última década. Todos los estudios dicen que Cristina es la mejor candidata de la oposición. Era absurdo pensar que Mauricio podía designar a un candidato mediocre de oposición para ganar con facilidad, porque en ese caso habría promovido a un perdedor nato como Daniel Filmus y ganaba sin hacer campaña. Cristina es una candidata poderosa porque es líder de un importante porcentaje de argentinos que quiere una sociedad autoritaria en la que se protejan sus intereses. Se sienten inseguros con la democracia.

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Una candidata con esa fuerza no va a dejar el poder, debe ganarlo por sí misma o poniendo a un testaferro que controle. El misterio y la sorpresa son juegos de poder típicos del kirchnerismo. En su momento, Néstor nos tenía pendientes con que sería "pingüina o pingüino", Cristina designó a Boudou como candidato a última hora fingiendo que vacilaba entre él y el eterno perdedor. Su idea de que “el poder es mío y de la familia” se manifestó cuando recibió los símbolos de mando de su hija y no los entregó al presidente electo porque lo consideraba una rendición. Para entenderla, es indispensable usar herramientas de la psicología. Jorge Fontevechia decía la semana pasada que a Cristina “más allá de su psicología, sea narcisismo primario, megalomanía, sesgo paranoide o delirio de grandeza, todas las categorías conllevan a una etiología similar: elegirse a sí misma como objeto de amor. Y todas comparten sintomatología: sentimiento exagerado de grandiosidad que afecta la búsqueda de racionalidad.”

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Libro. El lanzamiento del libro de CFK transparentó algo que muchos se negaban a ver: representa una visión no democrática del mundo compartida por muchos argentinos y latinoamericanos.

Algunos miembros del círculo rojo hablan de que es necesaria la “unidad de la oposición” para enfrentar a CFK. Delatan con eso lo que sienten. Que en realidad: Cristina es el poder, el eje de todo lo que pasa. Mantienen la antigua superstición de que los únicos que pueden gobernar Argentina son los peronistas.

El acto en la Feria fue extraño. Pocas veces un candidato inicia la campaña lanzando un libro al que ni siquiera se refiere en su presentación. Cristina pronunció un discurso interesante, sereno, en el que dijo reiteradamente que no quería molestar a nadie. Tuvo pasajes brillantes como aquel de cómo un libro se independiza del autor según se escribe. Habría sido una buena pieza oratoria para un auditorio académico. Nadie de esa mentalidad escuchó el discurso, aunque lo haya oído.

En la sala vip los líderes de la élite K miraban atónitos la escena: en vez de arengas furibundas oían reflexiones. Se portaron educados. Ninguno gritó las consignas que les brotaban de su interior, más afines con el contenido violento del libro. El propio Sheik Mohsen Alí se tomaba fotos amorosas con Aníbal Fernández y Felipe Solá, en vez de repetir que el atentado de la AMIA fue cometido por la comunidad judía. Todos habrían querido un acto más violento, como los que organiza la dirección de la Feria del Libro en las inauguraciones, pero Cristina se dirigía a un público civilizado.

Esta fórmula no sube el techo de Cristina y le baja el piso. Varios seguidores de ella ven mal a Alberto Fernández.

Fuera del local principal, había un grupo de militantes que en la década ganada lograron vivir en la Recoleta y quieren más. No son pobres, son pequeño-burgueses ambiciosos. Insultaron, escupieron, tomaron por los pelos a una valiente periodista de TN que siguió transmitiendo con esa firmeza propia de las mujeres. Trajeron a la memoria las manifestaciones organizadas por Hebe de Bonafini para “juzgar” a los medios en Plaza de Mayo, mientras enseñaban a los niños a escupir las fotos de periodistas.

En la calle, en medio del aguacero, estaban unos cinco mil pobres que habían llegado en colectivos para participar de este evento cultural. Se mojaban, pero gritaban para conservar sus planes sociales. Lázaro Báez lo explicó bien cuando dijo que nunca pudo llevarse bien con ella “porque le dan asco los negros como yo”. Es una elitista aspiracional que se siente feliz en Harvard, recordando a los presentes que “esto no es la Universidad de La Matanza”.

Días después Cristina se reunió con dirigentes políticos del PJ. Pronunció un discurso, no les escuchó ni una sola palabra y les ordenó tomarse una foto en la que aparecían con las manitos levantadas, como los dálmatas de Cruella de Vil. Siempre fue displicente con todos, gobernadores, dirigentes, el PJ, empleados de la Casa Rosada.

Muchos ex funcionarios K y jueces se asustaron y bajaron la cabeza ante la posibilidad de que gane. Doctrina Zaffaroni en boga, liberarán asesinos y motochorros, inventarán chicanas leguleyas para sobreseerla, crearán otro partido judicial prodelincuencial, cosa única en el mundo. Pronto inventarán alguna artimaña para que vuelvan al redil varios de los que se dieron un recreo de los golpes y desplantes.

Complejidad. Los líderes no pueden hacer cualquier cosa. Las sociedades son complejas, existen fuerzas colectivas que se enfrentan, intereses, competencia. Actualmente, con la revolución de las comunicaciones todo se volvió más complejo. Para hacer un diagnóstico político hay que estudiar, investigar, cuantificar, pensar, analizar los problemas desde varios prismas.

Por un lado, es indispensable la experiencia. Quienes han hecho política por años tienen habilidades que les permiten comprender automáticamente temas que para otros no son evidentes. Esa es la política como arte. Malcolm Gladwell desarrolla el tema magistralmente en su libro Blink: The Power of Thinning Without Thinking. Por otra parte, hoy se usan técnicas de análisis científico que complementan el arte con el pensamiento. Se desarrollaron en Estados Unidos desde la intervención de Joseph Napolitan en la campaña de Kennedy y se sistematizaron académicamente desde que la fundación de la “West Point de la política”, la Graduate Schooll of Political Managment de la George Washington University. Dos profesores de esa facultad, Santiago Nieto y el autor de esta nota, hemos colaborado en elecciones argentinas durante los últimos quince años aplicando esas técnicas. Nunca se perdió ninguna.

El desarrollo de las ciencias hace cada vez más importante estudiar psicología para entender la comunicación política. En Argentina se acaba de publicar el libro de Daniel Lopez Rosetti Equilibrio, que debería leer cualquiera que quiera ser candidato. El mismo autor había publicado antes otra obra, Emoción y sentimientos, en la que afirmó “no somos seres racionales, somos seres emocionales que razonan”. Son igualmente importantes los libros de Facundo Manes Usar el cerebro: conocer nuestra mente para vivir mejor y El cerebro argentino. En inglés existe una enorme bibliografía de los últimos años a la que nos hemos referido en otros artículos.
Pero hay algo más importante: con la revolución de las comunicaciones nació un mundo que no alcanzamos a descifrar en el que los electores cobraron una independencia inimaginable. La sociedad se disgrega en pequeñas comunidades que funcionan sin que nadie las pueda manejar, desaparecen profesiones, se rompen líneas de mando, los seres humanos nos volvimos distintos. Además de los libros mencionados en otras ocasiones de Harari y Friedman, hay que leer el último de Andrés Oppenheimer, Salvese quién pueda. En ese contexto creció la antipatía hacia el pasado, la política, los líderes, las instituciones, los partidos, los sindicatos. Mientras más amplios son los apoyos, más probable es la derrota como se vio con Meade en México, Alckmin en Brasil, Hillary en Estados Unidos y bastantes otros.

Fórmula. Estaba terminando esta nota cuando me llega la noticia de que Cristina anunció que su fórmula estaría integrada por Alberto Fernández para presidente y ella misma para vicepresidente. Logró cosas únicas: es la primera vez que el candidato a vicepresidente anuncia quién sería "su" candidato a presidente en el continente. Deja en claro quién es el que manda. La segunda cosa única es que con la imagen de Alberto endureció su techo y perdió la solidez de su piso.
Uno de los trabajos que hacemos en nuestra profesión es escribir diagnósticos políticos. Ultimamente lo hicimos en siete países latinoamericanos, entre los que estuvieron México y Brasil. Los estudios políticos serios no son fruto de la intuición, usan números, estudios y una extensa bibliografía que existe sobre estos temas.
Los frentes fracasan porque las matemáticas de la política no son como las elementales. Toda suma y también resta, y con el fastidio que existe con el pasado, normalmente la resta es mayor que la suma. ¿Cuántos votos nuevos le trae Alberto Fernández a Cristina? Los pocos que lo veían bien porque insultaba ferozmente a Cristina, seguramente no irán con ella. No sube el techo. Varios seguidores de Cristina ven mal a Alberto, baja el piso.

La operación matemática es: Votos de C más nuevos votos de A, menos votos de C ahuyentados por A. Eso lo calculamos matemáticamente con las cifras que disponemos. El saldo es claramente negativo. Si hace esto para conseguir que vayan otros líderes peronistas a una interna, esto puede empeorar. Irán los dirigentes con peor imagen y crecerá el saldo negativo. Los dirigentes peronistas democráticos, sobre todo si creen que tienen futuro, necesitan diferenciarse. Con mínima lógica saben que esta unidad será liderada por Cristina, desde cualquier sitio en que aparezca. Identificarse con el populismo autoritario mata cualquier alternativa peronista que quiera existir en la futura democracia.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.

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Hace rato que Venezuela dejó de ser populista Hoy Nicolás Maduro es un dictador. Y en las dictaduras los milit ares desertan, no se sublevan.

Hace rato que Venezuela dejó de ser populista
Hoy Nicolás Maduro es un dictador. Y en las dictaduras los militares desertan, no se sublevan.

01/05/2019 – 21:50 Clarín.com Opinión

La rebelión en Venezuela muestra una cosa bastante clara pese a lo confuso de la situación y prueba otra. Muestra que los militares, la mayoría, siguen con Maduro. Y prueba que en los regímenes totalitarios como los de Cuba o Venezuela los militares, la minoría, desertan, no se sublevan.

¿Cuántas veces los militares se sublevaron en Cuba en 60 años? Ninguna. El de Maduro no es un populismo de izquierda: es un régimen totalitario, una dictadura. En los regímenes totalitarios no hay elecciones o hay simulacro de elecciones. Pasa en Venezuela. Con la venia de una Corte de jueces declaradamente chavistas, Maduro amañó el proceso electoral impidiendo de cualquier modo la presencia opositora. La oposición está presa o proscripta y ahora rebelándose abiertamente.

Queda la escenografía para que se siga hablando de democracia. Las elecciones son para eso: para que Maduro pueda decir, como dijo frente a una muchedumbre de uniformes, que en Venezuela hay democracia. No hay democracia. Está a los ojos de quien quiera mirar. Y como no hay elecciones, a Maduro no le importa el costo político que deba pagar por la reacción popular ante la miseria y el caos social. Faltan alimentos y medicamentos y sobra violencia. La economía está destruida y el país al borde del abismo.

La pelea de la gente de todos los días es por la subsistencia. O por irse. Pero la bronca que moviliza a decenas de miles de venezolanos no divide a las Fuerzas Armadas porque las Fuerzas Armadas ahora son del partido, no de la Patria. Como Cuba, Venezuela cambió la fórmula de lealtad militar. Era Patria o Muerte. Es Socialismo o Muerte.

La rebelión también mostró o volvió a mostrar que Guaidó tiene agallas y que es líder y que lo siguen. Quiso mostrar militares apoyándolo, como los de una base aérea y sonó a imágenes para la tevé, inconvincentes de apoyo real. Quizás apostó a que se levantarían por la presencia masiva de militantes en la calle.

Hay militares disconformes que no llegan al grado de coronel. En todo caso son oficiales sueltos. Y hay oficiales de alto rango, como el jefe de la AFI venezolana, el general Manuel Higuera, que se dio a la fuga. Pero no están para tomar cuarteles. Nada que amenace con el desmoronamiento del régimen.

Ha disminuido la fuerza del activismo opositor. Maduro ha disparado el mayor éxodo de la región, cercano a unos impresionantes cuatro millones, casi un 10% de la población. Quedan otros muchos que no se van no porque no quieren sino porque no pueden.

Pasó por alto ese dato Maduro cuando dijo que sufrió un intento de golpe de Estado y que el pueblo está con él. Hipocresía sin límites: colecciona muertos por cientos y heridos por miles en oscurísimas operaciones de policías y paramilitares que las tanquetas blancas atropellando el martes a manifestantes resumen sin necesidad de cifras. La brutalidad se vio en todo el mundo. Ayer hubo otros dos muertos.

También es evidente el aislamiento entre los países de la región con vocación de consolidar sus democracias. Algunos yendo mejor o bien y otros en vaivén. Proclamándose antiimperialista, Maduro se recostó en Rusia y en China que son su Fondo Monetario a cambio directo de venderles empresas. Rusia es el segundo acreedor del país después de China. Y envió hace unas semanas al menos un centenar de soldados, luego de que en diciembre mandara dos cazas con capacidad nuclear.

El socialismo siglo XXI es cada vez más un Estado fascista, corrupto y policial. Para muchos fue una esperanza. Hoy es una dictadura militar como las que conocimos aunque de color diferente. Acá hubo quienes fueron a sostenerla atacando con violencia a inmigrantes venezolanos que fueron a protestar en la Embajada. ¿Qué es lo que no quieren ver?

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Con Sinceramente, Cristina cayó en su propia trampa

LA NACION | OPINIÓN | COLUMNISTAS | EL LIBRO DE CRISTINA KIRCHNER

Con Sinceramente, Cristina cayó en su propia trampa

Luis MajulLuis MajulLA NACION
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Con su silencio, la expresidenta crecía en los sondeos, pero el libro autobiográfico vuelve a mostrarla con instinto de venganza y sin autocrítica
Con su silencio, la expresidenta crecía en los sondeos, pero el libro autobiográfico vuelve a mostrarla con instinto de venganza y sin autocrítica Crédito: Enrique VillegasComentar(360)
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2 de mayo de 2019

Cristina Fernández pisó el palito. Cayó en su propia trampa. Sucumbió al más dañino de los siete pecados capitales: el de la vanidad. Entonces aceptó "escribir" un libro. Su libro. Quizá lo hizo porque le pareció tentador y hasta muy inteligente que su palabra, tan sobrevalorada por ella misma, apareciera, no ya en las noticias, sino en "letras de molde" e insertas en un texto que se pueda guardar en las bibliotecas. Tal vez la terminó de convencer su exjefe de Gabinete, Alberto Fernández. E incluso, además, el mismo Fernández le pudo haber recomendado a María Seoane para que fuera su ghost writer, ya que él mismo recurrió a la periodista en alguna oportunidad.

Pero el resultado no podría haber sido peor. Primero, porque su aparición constituye un gran error político. De principiante. Ella estaba muy tranquila y muy bien en las encuestas. Hacía silencio. No se mostraba. No hablaba. Aparecía en las fotos sonriente y vestida de blanco, el color de la transparencia, la luz y la pureza. Solo crecía merced al brutal desgaste del presidente Mauricio Macri. En semejante escenario, Sinceramenteresultó un búmeran. O un explosivo. Una bomba de fragmentación. Una bomba que produjo múltiples efectos. La confirmación de su candidatura a presidenta fue quizás el más relevante. Pero las otras marcas no son menos dañinas para ella. Porque cualquiera que lo haya leído con detenimiento, desde la primera hasta la última página, podrá dar por descontado que Cristina no solo no se volvió más buena, y comprensiva, como venía prometiendo su propio exjefe de Gabinete Fernández. Al contrario: comprobará que su rencor, la carencia absoluta de autocrítica y su instinto de venganza siguen intactos. E incluso se podría asegurar que un poco más recargados.

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El otro gran error que cometió la exjefa de Estado fue el tono que eligió para publicar lo que la editorial definió como una "memoria autobiográfica". Quizás haya sido pensado para "hablarles" o "conversar" con los integrantes de su propio "núcleo duro". Su "tribu". Su "secta". La "militancia" que le hace el aguante y que la idolatra. La que la considera, más que una dirigente, una especie de Santa infalible a la que hay que seguir de manera incondicional. Tal vez haya supuesto Cristina -o la periodista o los responsables de la editorial- vender muchos libros apelando a un lenguaje de divulgación, llano y de bajo vuelo. Eso puede ser muy efectivo para la venta de ejemplares. De hecho, a poco de su salida, Sinceramente se ha transformado en el libro más comprado, y es muy probable que, si la demanda se sigue sosteniendo, supere las 60.000 copias y se convierta en uno de los sucesos del año. Así de deprimida está la industria editorial en la Argentina.

Sin embargo, el tono canchero y hasta pretendidamente divertido que usó para complacer a sus fieles al mismo tiempo revela todas las carencias que presenta el texto y que debería incluir un libro escrito por un expresidente. Esto es: un conjunto de ideas organizadas sobre el país y sobre el mundo; los argumentos básicos de porqué tomó las decisiones que tomó y las nuevas propuestas para superar los actuales inconvenientes; una mínima autocrítica a lo largo de sus doce años de gobierno y, por supuesto, cierto tono de legado, del que el trabajo carece por completo. En cambio, Sinceramente puede ser leído como un amasijo de anécdotas a la bartola, ordenadas solo por la verborragia de Cristina Fernández, que incluyen escenas disparatadas y conclusiones personales tiradas de los pelos, para no decir lindantes con la paranoia. Hay decenas de ejemplos para citar. Pero algunos no tienen desperdicio. Como la acusación a los medios "hegemónicos" de hacer circular y reproducir el dato falso de que había mantenido romances con varios individuos, después de la muerte de Néstor Kirchner. Incluso cita a uno de ellos Jorge "el Topo" Devoto, sospechado de pegar carteles anónimos contra periodistas críticos. Quizá no haya estado demasiado atento a lo divulgado sobre la vida sentimental de Cristina Fernández, pero estoy seguro de que los medios masivos considerados serios no le prestaron ninguna atención al dato.

La expresidenta también se queja porque, según ella, los periodistas no hicieron lo mismo con la gobernadora "virginal" María Eugenia Vidal, que es separada y habría, según Cristina, muchas más razones para especular con su intimidad. No se termina de entender qué pretendió expresar con ese párrafo. ¿Que a Vidal la protegen los periodistas porque no hablan de sus presuntos romances? ¿Que es más lógico adjudicarle un vínculo amoroso a una mujer que convive con sus hijos pequeños y que todavía no tiene nietos?

Lo mismo se puede decir del episodio en el que se empieza a perseguir con el médico que no le sonríe y supone que se trata del hijo de un militar que cometió delitos de lesa humanidad. Es el que al final la operó de su hematoma subdural. No solo confiesa que manda que lo investiguen. Después reconoce que era una persona amable, pero al mismo tiempo confunde su nombre y su apellido y le endilga el de un filósofo y exfuncionario kirchnerista, Ricardo Forster. Por cierto: se llama Cristian Fuster y su trabajo fue impecable.

También sorprende de Sinceramente la cantidad de veces que Cristina insiste en que fue ella la que escribió el texto. Cualquier editor atento sabe que se trató de una suerte de desgrabación de un diálogo o un monólogo. Un dictado de palabras básicas que se usan para hablar y no cuando uno escribe. Por supuesto: no se trata de un pecado no escribir un libro de puño y letra. Pero siempre es mejor no engañar al lector ni tomar atajos sobre la autoría. De hecho, en el comienzo del primer capítulo se destaca el pegado y copiado de su voz en off incluida en el video donde explica por qué su hija se enfermó y debía viajar a Cuba para atenderse.

Crédito: Enrique Villegas

Sin embargo, más allá de quién haya escrito el libro, el resultado parece el mismo: una gran cadena nacional en continuado, con agregados y consideraciones muy particulares, que la terminan mostrando tal cual es; una versión en papel de las escuchas legales que fueron publicadas en febrero de 2017. Todo lo anterior no tendría demasiada importancia si no fuera porque, con la publicación de Sinceramente, se terminaron las dudas y el misterio sobre lo que piensa Cristina de verdad.

Una breve conclusión después de una lectura profunda y consciente. Sigue negando que durante su gestión hayan existido la inflación, la pobreza y el cepo a la compra y venta de dólares. No solo Milagro Sala, sino también Amado Boudou, Julio De Vido, Lázaro Báez, Cristóbal López son presos políticos y están detenidos no por los delitos que cometieron, sino como producto de una persecución. Los cuadernos de las coimas son fotocopias y ella es el principal objetivo de una enorme asociación ilícita integrada por el Partido Judicial, dirigentes de la oposición cuyo líder es el Presidente y los medios "hegemónicos". El orden que, anuncia, Ella misma restaurará cambiará semejante estado de cosas y esta vez será menos contemplativa y más profunda. No parece descabellado concluir que, si gana la elección, intentará mandar a los "jueces de Macri" en comisión o elegir nuevos magistrados "por el voto popular".

Tampoco parece exagerado imaginar un virtual "ministerio de la venganza". Ni por dónde empezará la faena. Solo hay que repensar la manera despectiva de la que habla sobre Sergio Massa y Miguel Ángel Pichetto. No los nombra, pero está claro que se refiere a ellos. Y que los desprecia con todo su ser.

Por: Luis Majul

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Sin marines, difícilmente caerá Maduro

Crisis política en Venezuela

COLUMNA

Sin marines, difícilmente caerá Maduro

El poder de convocatoria de la oposición es mayúsculo, pero al no generalizarse en ciudades, municipios y universidades, no logra su objetivo

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JUAN JESÚS AZNAREZ

30 ABR 2019 – 14:37 ART

El líder opositor venezolano Juan Guaidó durante un acto en Caracas.El líder opositor venezolano Juan Guaidó durante un acto en Caracas. CARLOS GARCIA RAWLINS REUTERS

Sin la intervención de los marines, o el secuestro de la dirección chavista en una operación quirúrgica como que la que acabó con Bin Laden, difícilmente será posible el derrocamiento de Nicolás Maduro. Los alzamientos militares parciales no prenden en la tropa porque la depuración de los cuartos de banderas ha sido profunda desde que el fallido golpe del 2002 estuviera a punto de laminar la revolución de Hugo Chávez. Hasta ahora ningún general, coronel o teniente coronel con mando en tropa se ha sublevado. La lealtad de los cuadros castrenses al régimen bolivariano responde a causas muy diversas: desde la lealtad ideológica y el nacionalismo, a la corrupción, el chantaje o el temor a quedar colgado de la brocha.

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El Gobierno de Estados Unidos reitera que, de momento, ha optado por descartar la intervención militar en Venezuela, para profundizar en el estrangulamiento de su economía para hacer insoportables las condiciones de vida de los venezolanos y provocar la caída de Maduro. Aunque todas las opciones siguen encima de la mesa, la baza del colapso económico avanza a buen pie y la precariedad de la vida diaria es cada vez más abrumadora. Sin embargo, todavía no se ha producido el estallido social que, según esos planes, ya debería haberle sacado de la presidencia.

Seguramente, habrá varios factores que expliquen el porqué la gente sigue prefiriendo malvivir, aguantar el chaparrón, a cambiar de sistema, es decir, a cambiar a Maduro por Guaidó. Solo me voy a referir a una de esas posibles causas. Está comprobado históricamente, que cuando las condiciones de vida de un país se tornan miserables se producen corrientes migratorias hacia otros países, principalmente de personas con más iniciativa o mayores inquietudes que el promedio de la población. Simplificando, en Venezuela el sector social más inquieto se identifica con la oposición política. Los opositores se consideran más civilizados, más preparados y más emprendedores que los chavistas, despectivamente llamados chaburros, neologismo con las palabras Chávez y burro.

Aunque haya cifras para todos los gustos, parece ajustarse a la realidad que entre dos y tres millones de venezolanos han emigrado en los últimos años, a medida que las condiciones socioeconómicas se han hecho más duras. El grueso de esa emigración no la forman las clases más desposeídas y paupérrimas sino las capas altas, medias y, quizá, algunos pertenecientes a la parte superior de las bajas. Es decir, las capas en las que la oposición tiene fuerza.

Si eso es así, la oposición ha perdido entre dos o tres millones de seguidores de alta calidad política que, en las actuales circunstancias, hubieran podido tener un gran peso a la hora de encabezar o potenciar los movimientos de protesta que pusieran a Maduro en la calle. La estrategia norteamericana se asemeja a la de quien escupe hacia arriba: destruye económicamente Venezuela para que la gente se levante contra Maduro, pero consigue que una parte importante de esa gente se vaya a otros países y deje pendiente la tarea de tumbar al Gobierno.

Los que se quedan, o no quieren el cambio de sistema o no tienen el empuje de los que se han ido; quizá eso explique, en parte, las enormes dificultades de Guaidó para encontrar respuesta a sus convocatorias. El poder de convocatoria de la oposición es mayúsculo, pero al no generalizarse en ciudades, municipios y universidades, no logra su objetivo. Aunque el oficialismo también agrupa multitudes desde 1999, el declive numérico de las concentraciones revela el alejamiento de sus bases electorales, cansadas de tanto desgobierno y penalidades, tan atribuibles a la incompetencia bolivariana como al boicoteo yanqui. Estados Unidos sigue intentándolo, y más pronto que tarde deberá descubrir las cartas para que la coalición internacional que le apoya y el mundo sepan hasta donde está dispuesto llegar para establecer en Venezuela una verdadera democracia.

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Ortega y Maduro, ¿ovejas negras del rebaño de Bergoglio?

LA NACION | OPINIÓN

La actitud del Vaticano hacia los regímenes de Nicaragua y Venezuela se puede interpretar siguiendo la historia del pensamiento jesuita en América Latina
Fuente: LA NACION – Crédito: Alfredo Sabat
24 de abril de 2019

¿Por qué el Papa llamó a Roma a monseñor Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua, el crítico más duro del régimen de Daniel Ortega y su esposa? La decisión causó sensación y el interesado no la tomó bien: "No fue mi voluntad, me voy por ?responsabilidad’ del Papa", dijo. Más claro, imposible.

Los bomberos trataron de apagar el fuego: el Papa quiere protegerlo de las amenazas de muerte, explicaron. Que Báez corre peligro se sabe; que sea la razón de su retiro es poco probable: el que lo amenaza es el mismo régimen que la Santa Sede acepta como interlocutor. Para ser creíbles, acaba de decir un cardenal mexicano, debemos "estar dispuestos a entregar la vida". ¿Es posible que el Papa no esté de acuerdo?

Al pensar mal se peca, pero a menudo se acierta: ¿no será que lo que quiere evitar es un mártir de la causa "equivocada"?

Quizás el Papa retiró a Báez porque este fue demasiado lejos: no le compete al clero reemplazar a los políticos. Correcto. Pero contradictorio: ¿acaso Romero o Angelelli, ambos beatificados, habían ido demasiado lejos? ¿Los muertos de Ortega valen menos que los de los escuadrones de la muerte salvadoreños? ¿Los de Maduro, menos que los de Videla? No me digan que es diferente: son regímenes autoritarios que matan, torturan y falsifican elecciones. Que lo hagan en nombre del "pueblo" e invocando a Cristo no es excusa, sino agravante. Además, América Latina está llena de obispos metidos en política; en la Argentina, el exvocero del Papa acaba de explicar a quiénes no tienen que votar los católicos; hace unos meses, algunos obispos arengaron a una plaza contra el Gobierno. En esos casos, nadie fue llamado a Roma. El retiro de Báez no puede deberse al exceso de celo político; más bien, al hecho de haber puesto su celo al servicio de la causa "equivocada".

Uff, se impacientarán algunos, es todo muy simple: el Papa quiere paz y obispos como Báez ponen trabas: gritan, denuncian, provocan. Lo mismo que el cardenal Urosa en Caracas: tenía la costumbre de denunciar los abusos del régimen. Chávez lo había tildado de "troglodita". Al cumplir 75 años, el Papa no demoró mucho en aceptarle la renuncia: le concedió a Maduro la "cabeza" que ahora le concede a Ortega. ¿Consiguió paz? ¿Democracia? ¿Alivio para los venezolanos? Nada. En Nicaragua hoy, como en Venezuela ayer, la mediación vaticana coloca a las víctimas y a los victimarios en el mismo plan; les da oxígeno a regímenes que no piensan aflojar las riendas, sino estrecharlas a medida que pierden popularidad. ¿Puede haber paz sin justicia?

Todo eso desorienta. No hace falta ser muy perspicaz para notar que la Iglesia no habla en Roma el mismo idioma que en Caracas, Managua, La Paz; las capitales de lo que queda del eje bolivariano. En boca del Papa no se oye ni el eco de las denuncias de los episcopados locales. "¿Qué opina de Maduro?", le preguntaron. "Lo encontré dos veces -contestó-. Parece un hombre convencido de sus ideas". Eso fue todo; como si nada. Como si no fuera responsable de graves y documentadas violaciones de los derechos humanos.

Todo es tan desconcertante que debe de haber algo muy profundo. ¿Por qué tanta tolerancia hacia los Ortega o los Maduro, figuras mezquinas de las que la historia apenas recordará el nombre? ¿Por qué no le merecen las mismas invectivas lanzadas a los populistas europeos? ¿Por qué increpa contra el neoliberalismo y guarda silencio sobre las recetas de aquellos líderes, que tanta pobreza y tantos éxodos causan? ¿No es una actitud ideológica? ¿No mide con dos raseros?

Para entenderlo, mejor tomarlo desde lejos. Un hilo rojo recorre la historia de América Latina. Al seguirlo se comprenden muchas cosas: es el hilo jesuita, animado alguna vez por el sueño del Reino de Dios en la Tierra, impermeable a la corrupción del mundo y de la historia. Una tierra prometida donde el pueblo era uno y puro; la sociedad era un orden sagrado, un organismo natural donde el todo era superior a la parte, la comunidad al individuo, nos repite Francisco; la fe lo abrevaba todo.

Pero nada es para siempre y aparecieron los enemigos. Enemigos externos: protestantes, científicos, comerciantes, librepensadores; enemigos internos: elites cosmopolitas cansadas de ratio studiorum, de un orden moral donde la prosperidad era pecado; la libertad, herejía. Así fue erosionándose la cristiandad antigua. Estado en el Estado, Iglesia en la Iglesia. Los jesuitas levantaron barricadas contra el "progreso" que derribaba terraplenes, separaba esferas, sembraba incredulidad. El siglo XIX lo jugaron a la defensiva, disparando desde las trincheras contra el secularismo, las constituciones, el liberalismo.

Hasta que la rueda volvió a girar: la modernidad desembocó en conflictos; la paz, en guerra. Los jesuitas encabezaron la revancha, teorizaron la colaboración con los fascismos contra la apostasía, la democracia, el mercado, culpables de trastornar el plan de Dios, de corromper al pueblo puro e inocente. ¿El remedio? El "nuevo orden cristiano": unánime, jerárquico, corporativo; orgánico como la cristiandad antigua.

El peronismo nació así: Dios, patria y pueblo; pueblo redimido del pecado inoculado por la elite secular, cosmopolita, cipaya. Así lo explicó Hernán Benítez, jesuita, ventrílocuo de Eva Perón, alma mesiánica del régimen. Así era su mundo: un clivaje moral entre nosotros y ellos, fieles y herejes, nación y antinación. La eterna guerra de religión siguió su camino. Los jesuitas volvieron al timón.

Caídos los fascismos, el Reino se llamó socialismo: tan próximo al Evangelio, se decía en los 70. ¿El modelo? Cuba: un Estado confesional, una reducción jesuita. Estamos orgullosos de Castro, se jactó Pedro Arrupe, padre general jesuita. Con razón: se había criado con jesuitas falangistas. Santurrón, pauperista, totalitario hasta la médula, siempre fue uno de ellos: un español antiguo, un cruzado de la lucha eterna contra la llustración. ¿La libertad? Pecado. ¿La prosperidad? Vicio.

Chávez fue hijo de Castro, sobrino de Perón: ¿podría faltar un jesuita a su corte? Claro que no: su nombre era Jesús Gazo: "Chávez ama al pueblo y ama a Jesús", decía. Farsa después de la tragedia, repitió el guion: todo en el precipicio detrás del flautista de Hamelín, del soldado que prometió el Reino. La Iglesia venezolana olfateó azufre: otro mortal que se creía Dios. Para Bergoglio olía a oveja: el chavismo era de familia, odiaba la globalización liberal, el racionalismo de la Ilustración, la clase media "colonial". Sus acólitos en la Argentina repiten los mismos mantras: todo lo que dicen ya lo dijeron Perón, Castro, Chávez con las mismas palabras. ¿Son Ortega y Maduro ovejas negras? Tal vez lo piense. Pero son su rebaño, no puede dejarlos caer así no más, repetir el error de 1955. Es una vieja historia: siempre diferente, siempre igual. Y continúa.

Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia

Por: Loris Zanatta

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