Rémoras argentinas

Falta tomar conciencia colectiva sobre las limitaciones que impone la realidad; no es viable un país donde los lastres superan a quienes deben alimentarlos

DOMINGO 23 DE ABRIL DE 2017

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Rémora:pez marino de color gris o negro, cuerpo alargado, aletas largas y escamas pequeñas; se adhiere fuertemente a otros vertebrados acuáticos para ahorrar esfuerzo, alimentándose de sus despojos; es voraz y vive en aguas tropicales.

Desde hace muchas décadas, la República Argentina sufre la proliferación de rémoras, que viven en los intersticios de la sociedad y con sus escamas pequeñas logran protección legal, política y aún cultural, impidiendo su extirpación. Las rémoras, unidas, proclaman que "jamás serán vencidas".

Todas las inconsistencias entre el tipo de cambio, la tasa de interés y el déficit fiscal tienen su causa en las millones de rémoras que bloquean las reformas, el aumento de productividad y, en última instancia, el progreso de la sociedad en su conjunto. Digámoslo ya. No son rémoras quienes necesitan en forma genuina la solidaridad de los demás: los pobres, los ancianos, los excluidos.

El presidente Mauricio Macri advierte que para el cambio profundo no basta estar juntos, ni viajar al exterior, ni licitar autopistas. El cambio requiere enfrentar intereses creados, de dimensiones colosales, por la acumulación geológica de privilegios, prebendas y canonjías que nadie jamás enfrentó. Por el contrario, el deporte nacional ha sido la pesca de rebusques para vivir de los demás. Convertirse en rémoras, con obras públicas, con incisos confusos o con empleos difusos.

Cuando se aproximaba el primer paro general contra su gestión, el Presidente dijo, por primera vez, que "hay mafias en sindicatos, empresarios" y otros sectores. Poco después, el sindicalista Omar Viviani pareció darle la razón cuando instigó a "dar vuelta los taxis" que no se acoplaran a la huelga. El primer mandatario también sentenció: "El Estado no debe ser un aguantadero". Mafias o rémoras, distintos grados del mismo pez marino, que puede ser gris o puede ser negro.

El camionero Pablo Moyano le respondió con ironías, sugiriendo corrupción en el macrismo y que deberían disculparse con Báez. Pero ni él ni su padre han hecho públicas sus declaraciones juradas de impuestos, ni han abierto sus patrimonios para desmentir vínculos con empresas que les son atribuidas a través de testaferros. El sindicalismo maneja cuantiosos fondos públicos y tiene que responder por ellos, al detalle.

sabe la tierra

Hay rémoras en el Estado, en los sindicatos, en las empresas. El ministro de Cultura de la Nación denunció la existencia de quioscos, maxiquioscos y polirrubros en el Instituto Nacional de Cine. De inmediato, la corporación de directores, artistas y productores se lanzó al ataque, como si la denuncia pusiese en peligro el cine argentino. Como en tantos organismos creados para fines loables, las rémoras logran cooptarlos manejando asesores, compras y contrataciones, dejando apenas monedas para los auténticos destinatarios de su creación.

Una carta de lectores en LA NACION sobre los costos que imponen los sindicatos a quienes emplean en blanco, echó luz sobre las rémoras que viven en las entrañas sindicales, extrayendo plusvalías de las obras sociales, de sus ingresos para "capacitación" o de sus múltiples aportes especiales, debido a convenios homologados por ministros simpáticos a las rémoras. Por culpa de éstos surgió el empleo en negro y la evasión de aportes. Una ley de blanqueo laboral no debe solamente implicar costo fiscal, sino eliminar los quioscos, maxiquioscos y polirrubros listados en cada recibo de sueldo. Los sindicalistas deben mostrar "manos limpias" en lugar de "frotarse las manos" con la llegada de nuevos aportantes.

Hay rémoras en la administración central y no solamente "ñoquis". Una sociedad sólo puede mantener un sector estatal en armonía con la productividad de su economía. Cuando se establece un organigrama con 21 ministerios, 87 secretarías, 207 subsecretarías y 687 direcciones nacionales, aunque sus integrantes sean personas íntegras y dedicadas, muchísimas son rémoras. Sueldos que la sociedad no puede pagar, sin flaquear a través de cierres de comercios, concursos, despidos o quiebras. Hay rémoras en la docencia, como quedó de manifiesto durante la huelga de maestros. Son rémoras cuando abusan de los estatutos docentes ausentándose con certificados médicos falsos o mediante acomodos políticos. Hay rémoras en la investigación científica cuando, por presión política, se costean becas para indagaciones que carecen de simetría con la situación de las arcas públicas.

Hay rémoras en los demás poderes del Estado, nacional y provincial. Se acumulan rémoras en las 23 provincias y sus municipios, además de la ciudad de Buenos Aires. Cuando los gobernadores reclaman coparticipación, no es para realizar obras, sino para atender nóminas de personal y mantener cadenas de quioscos, maxiquioscos y polirrubros. Ni qué hablar de la exención del impuesto a las ganancias en la provincia de La Pampa: son verdaderas rémoras "vernáculas".

Existen 257 diputados y 72 senadores en el Congreso de la Nación. ¿Cuántos recursos públicos se destinan a bolsillos de personas que no crean valor para la sociedad? ¿Cuántos quioscos, maxiquioscos y polirrubros operan bajo las augustas bóvedas del Palacio de la avenida Rivadavia? Son rémoras intocables, en nombre de la democracia, para emplear a correligionarios.

Hay rémoras en el Poder Judicial, tanto por las exenciones fiscales de empleados, funcionarios, fiscales, defensores y jubilados, como por su destacado aporte a la "industria del juicio" cuyas rémoras de distintas profesiones se alimentan durante años en peritajes, audiencias, alegatos y apelaciones. Tabuladas en rígidas normas de aranceles, defendidas por corporaciones de rémoras.

Hay rémoras en el sector privado cuando se obtienen, gracias al Estado, ganancias extraordinarias sin relación alguna con la riqueza aportada a la sociedad. En el pasado se han visto casos obscenos, como avales públicos millonarios impagos, créditos oficiales incobrables, promociones industriales para disfrute de contadores y protecciones inmorales a costa del sueldo de los trabajadores. Ahora se renueva el Compre Nacional, una concesión política a ciertos sectores fabriles para compensar desquicios provocados por rémoras que no pueden atacarse. Con ese mecanismo se amasaron fortunas saqueando a YPF, ENTel, Segba, Gas del Estado y tantas empresas públicas que desvirtuaron, a favor de rémoras poderosas, el ingenuo propósito de esa legislación.

Falta una toma de conciencia colectiva acerca de las limitaciones que impone la realidad. No es viable un país donde la cantidad de rémoras supera a quienes deben alimentarlas. Se requiere un acuerdo serio, con la indispensable participación del peronismo republicano, para adoptar reglas básicas de convivencia que eviten una nueva crisis y permitan el crecimiento de la Nación. Una de ellas, muy simple, es que cada cual debe vivir de su trabajo y que cada trabajo debe ser productivo y no ficticio, inventado como subterfugio para apropiarse del esfuerzo ajeno. Como lo hacen las rémoras.

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“Los kirchneristas son millonarios hablando de los pobres…”.

Artículo extraído del diario Clarín – Por Héctor Gambini

El monstruo que se denuncia en la lejana Buenos Aires entró a golpear la puerta en Santa Cruz.

La ex presidenta Cristina Kirchner y su cuñada, la gobernadora Alicia, cenaban en la residencia oficial de la gobernación cuando cientos de manifestantes llegaron para reclamarles por el pago de sus sueldos.

Recordó a la canción “Disculpe el señor”, de Serrat. Disculpen las señoras, en este caso.

La manifestación se salió de su cauce normal cuando un grupo de quienes marchaban saltaron las rejas perimetrales y se metieron en los patios internos de la residencia, como se encargó de denunciar la ex presidenta en un video casero que difundió por las redes sociales durante todo el fin de semana.

“De acá se ve la jefatura de la Policía de Santa Cruz, que queda enfrente”, muestra Cristina. Nunca dice qué estaba haciendo en ese momento la Policía que maneja su cuñada, la gobernadora, en lugar de protegerlas.

Cristina aclarará luego que Alicia le pagó “al 91% de los jubilados”, pero que le faltaba “el sector judicial y el sector docente”. Pequeños detalles: los docentes son el 42% de la masa salarial de la Provincia.

La ex presidenta mira a cámara: “La gobernadora recibió una provincia quebrada, con una superpoblación de la administración pública”. Las administraciones kirchneristas gobernaron la Provincia durante los últimos 26 años.

En la herencia de sí mismos, el empleo público subió sin control -la propia Alicia aumentó la planta un 10% en poco más de un año- hasta que hoy la mitad de los trabajadores santacruceños trabaja para el Estado.

Cuando asumió Néstor Kirchner, Santa Cruz tenía 12.000 empleados estatales. Ahora tiene el triple. Es una ecuación que no está pensada para manejarse desde el llano.

Si se pierde el poder de la billetera central, es una trampa y un bumerán.

“Nosotros siempre ayudamos desde la Nación”, dice Cristina, sobre un modelo de administración que sin el auxilio nacional se vuelve un monstruo indomable.

La ex presidenta recorre la casa, muestra los destrozos y repite que con ellas estaba “mi nietita Helena, de tan sólo 18 meses”.

Nombra a la beba 14 veces, pero no hace falta. Lo mismo es una locura inaceptable que los manifestantes hayan tratado de meterse tirando la puerta abajo, si es que los hechos sucedieron así.

Cristina muestra una barricada con sillones y escritorios improvisada sobre una puerta. Dice que estuvieron montando sofás y escritorios para contener a los manifestantes.

En Santa Cruz aseguran que la residencia está plagada de cámaras de seguridad que registran cada centímetro de la casa, pero ninguna de esas imágenes fue difundida.

Doce días antes, Cristina tuiteaba su apoyo a los maestros en Congreso y repudiaba la “feroz represión” que en Buenos Aires terminó sin heridos.

En la de Santa Cruz hubo, además de palazos y balas de goma, cuatro heridos. Uno de ellos, fotógrafo. Para la ex presidenta, eran “activistas de Cambiemos”.

El video tiene un momento cumbre del ya legendario relato de Cristina, cuyo gobierno ocultó tenaz y deliberadamente todos los datos oficiales de inseguridad, inflación y pobreza.

Es cuando asegura que a los presidentes se los elige “para que a los conflictos no los escondamos debajo de la alfombra”.

En la calle, el secretario de los judiciales, Juan Ortega, decía lo que piensan los manifestantes de una provincia sin clases ni tribunales: “Los kirchneristas son millonarios hablando de los pobres…”.

Las señoras hallaron al monstruo deambulando en el patio trasero.

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Bajo la “grieta” hay un choque de democracias

Los Adoradores y Adoratrices de la Santa Revolución Bolivariana son una grey multitudinaria y activa en nuestros pagos, y de esa fe ciega y asombrosa que prescinde de cualquier dato de la realidad derivan, aunque no lo parezca, las pulsiones que nos dividen.

Y que ya no caben en la palabra “grieta”, ocurrencia lanatista para definir en tiempo real las consecuencias de aquella política de Estado destinada a elegir un caudillo infalible, crear un enemigo, partir a la sociedad en dos y sumirla en un antagonismo perpetuo: tácticas que Laclau aprendió del primer Perón y del trotskismo nacional y que luego perfeccionó en su confortable departamento de Londres, y que los Kirchner ya habían adoptado con las entrañas sin haber leído una sola página de su hermética apología del populismo.

El proyecto chavista, que está sentado sobre una fabulosa fuente de petróleo, tomó a Venezuela con 50% de pobreza, generada por el neoliberalismo y el Consenso de Washington, y la elevó al 82% solito y a pulso con su nacionalismo de opereta.

El ingreso promedio no alcanza para cubrir la alimentación en más del 90% de las familias venezolanas; la miseria y el descontento son actualmente reprimidos por pistoleros de civil o a punta de bayoneta; un ardid convierte en letra muerta las leyes del Congreso y los principales referentes de la oposición están presos o proscriptos.

Los kirchneristas continúan reivindicando ese desastre, y los peronistas híbridos no saben repudiarlo sin rodeos.

La fascinación es menos emocional que ideológica: la tara autoritaria del partido único que se cree la patria y que por lo tanto somete a la “partidocracia cipaya” sigue vigente y es solidaria con Maduro aun en estos días de vergüenza y horror.

Por eso no debe confundirse aquella “grieta” primigenia, que tiene un carácter social y hasta psicológico, y que cristaliza de algún modo los enconos del post ballottage, con la verdadera disputa que se juega actualmente en la Argentina: un choque de democracias.

Acaso como nunca en su historia, nuestra nación delibera ardorosa y genuinamente sobre dos destinos posibles: la democracia hegemónica que nos trajo hasta este fracaso, y la democracia republicana, que nunca tuvo una chance de gobernabilidad.

Criticar o encubrir la catástrofe chavista forma parte de ese litigio.

Y peca la Iglesia de buenismo parroquial y de algunas omisiones graves al intentar ponerse por encima de la gran polémica sin entender que el rompimiento de amistades dentro y fuera de las familias pocas veces se debe a la política (más bien ella es la herramienta a la que se recurre para hostigar al otro por razones íntimas e inconscientes), y que resulta muy difícil “la concordia nacional” cuando un grupo importante se niega a entrar en el sistema de diálogos, se planta en la “resistencia”, habla de “guerra civil” en cuanto se dispersa un piquete, defiende la lucha armada, califica de “dictadura” a un gobierno constitucional y trabaja orgullosamente para su destitución.

Lo que sí sería deseable es que los fanáticos de uno y otro lado no insultaran ni llevaran la voz cantante, y que esta discusión esencial rompiera las respectivas burbujas, se crearan vasos comunicantes y pudiera haber un auténtico debate diario.

La “grieta” es futbolera, amenazante, sodomizadora y vana. En cambio la gran “polémica” sería virtuosa, reveladora y crucial. El kirchnerismo no quiere admitir su sentido, puesto que la explicitación de su modelo hegemónico puede ser piantavotos; el peronismo del medio sigue el asunto como si fuera un partido de tenis y no toma posición; la izquierda sólo reconoce la lucha de clases y a Cambiemos el tema no parece interesarle demasiado: lo considera una pulseada intelectual sin relevancia proselitista.

No cabe la menor duda de que en octubre el voto de las mayorías se decidirá con el bolsillo, la bronca y las esperanzas.

Pero esta encrucijada a la que aludo es de primera magnitud, y la fractura no es una nadería ni un pecado de temperamento, como pretende la curia, sino un síntoma de lo que la sociedad presiente y no puede poner en palabras. O las pone de un modo erróneo y efectista.

Es cierto, sin embargo, que en sus extremos la Argentina está jaqueada por fundamentalismos, y que sus discursos se superponen con la discusión de fondo y la distraen.

La ortodoxia no termina de admitir que generó con sus recetas el resurgimiento de los populismos latinoamericanos, y éstos no confesarán nunca su derrota económica y moral. Aquí no faltan milagreros de todos colores.

El Gobierno de alguna manera también lo es cuando formula este diagnóstico simplista: como nuestros predecesores eran corruptos e ineptos, este país se arregla con honestos y eficaces.

Hará falta mucho más que eso para reparar una república pervertida por el distribucionismo mágico: regalar sin producir hasta agotar los recursos y sentarse a ver qué inventa el desventurado para abonar la adición y no volar por el aire.

Miguel Broda, esta misma semana, encarnó la vereda de enfrente, al describir a Macri como un socialdemócrata populista (lo comparó con el último ministro de Dilma y dijo que su estrategia era propia de “un Kicillof light”).

Agradece que Cambiemos nos haya salvado de Venezuela, pero se declara decepcionado porque la coalición no puede terminar con cincuenta años de populismo y porque esté tan pendiente de ganar la elección de medio término, test donde se prueba directamente la supervivencia de un gobierno no peronista asediado.

Su narración acerca de la dramática situación heredada y la vulnerabilidad argentina es brillante, aunque parece un sabio de doscientos años a la hora de diagnosticar la economía y un niño de diez a la hora de proponer soluciones políticas.

Para empezar, el 45% del gasto público no está en manos de Balcarce 50, sino de las provincias y municipios, que emplean más de 2.800.000 personas, en su mayoría maestros, policías y enfermeros.

Sólo 750.000 reportan al Estado nacional: 190 mil en universidades autónomas (regidas por ley), 210 mil en fuerzas de seguridad, 90 mil en empresas públicas y 260 mil entre los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial.

El Gobierno decide sólo sobre el 55% del gasto y la mitad de ese monto corresponde a jubilaciones, pensiones, asignaciones familiares y universales por hijo que se ajustan semestralmente por ley de manera automática según la inflación.

Los otros subsidios insumen sólo el 5% y el resto son salarios, obra pública, pago de deuda y programas para vacunación, discapacitados, incentivo docente, préstamos a pymes, capacitación, economías regionales, ayuda para catástrofes naturales y seguridad alimentaria. Las dificultades para recortar estas partidas son obvias.

Ahogando con impuestos a los ciudadanos y para enmascarar la falta de inversión privada, el kirchnerismo llevó el gasto público de los 23 puntos del PBI a 42, y el Estado que dejó está sesgado no sólo por sus entramados mafiosos sino por su escandalosa negligencia precisamente en áreas como la salud, la educación y la seguridad.

Pero es lo que hay, y nadie podría entrar hoy con una motosierra en ese patio sin provocar una enorme crisis social y económica, y un cisma institucional.

Mejor armarse de paciencia y rogar que el mundo financie un gradualismo de metas consistentes: desfiladero largo, mediocre y riesgoso lleno de marchas y contramarchas, pero que no parece tener a la vista alternativas buenas y reales.

Que no nos conduzcan a un 2001, ni nos sumerjan en la hecatombe bolivariana.

Jorge Fernández Díaz

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Es la eterna dualidad del progre: sabe que la única solución posible está en lo que desprecia y se niega a ac eptarlo

La era de los lugares comunes

Jueves, 20 de abril, 2017

Un pibe es revoleado desde la tribuna en un partido de fútbol de primera. Muere a los dos días. La AFA, cuyo comité ejecutivo está integrado por el presidente de Boca, el de Independiente y el de Racing, –tres clubes que concentran un tercio de la totalidad de muertes en la historia del fútbol– evalúa una sanción para el club Belgrano de Córdoba. Una de las opciones es quitarles la localía por algunas fechas, como si sirviera de algo. Mientras, se suman las voces que exigen que se juegue sin público. Como si pudiera cambiar alguna cuestión: desde que se prohibió la asistencia de visitantes a los estadios, murieron 40 personas en ámbitos futboleros.

Una chica sale de bailar y la levanta un tipo, o dos. La violan, la usan como cacho de carne, la descartan en un lodazal para que la naturaleza y los animales se encarguen de eliminarla. Quien sería el responsable –y salvo que aparezca un extraterrestre que diga “fui yo”, todo parece indicar que es el responsable– es detenido. Su pareja, a quien conoció en la cárcel mientras visitaba a su hermano también preso por violeta, dice que nunca se imaginó que podría pasar algo así.

Nos sorprende, entristece e indigna la cuenta de tres muertos en una manifestación venezolana. Bien lejos, al menos ellos tienen la previsibilidad de vivir en un país con un gobierno de mierda. ¿Cuál es nuestra excusa frente a la muerte en circunstancias recreativas?

Además de engrosar la estadística de dos problemáticas, uno en el fútbol, la otra en la violencia de género. Tanto en la muerte del hincha de Belgrano como en la de la muchacha entrerriana hay denominadores en común: los responsables habían sido beneficiados por el sistema procesal penal, las soluciones que se evalúan para evitar que se repita la tragedia son mezcla de la improvisación total y la profundización de propuestas ya fallidas.

Una mayoría abrumadora de funcionarios públicos y legisladores son personas divorciadas. En sus vidas particulares han aplicado una solución distinta al “siga-siga”. Quedará para los psicólogos averiguar qué cazzo les pasa por la cabeza cuando en el resto de los órdenes de la vida siempre aplican las mismas soluciones para los mismos problemas a la espera de resultados distintos, como si no se hubiera hecho bien el pase mágico, como si no se hubiera rezado correctamente, como si no hubieran estado concentrados y con la mente en blanco a la hora de invocar a los espíritus, como si faltara militancia. La tasa de homicidios dolosos (con intención) en Argentina durante 2016 fue de 6,6 cada 100 mil habitantes. La de feminicidios fue de 1,3 cada de cada 100 mil mujeres. Los muertos del fútbol se dan en un partido de primera o en uno infantil. ¿Se dan cuenta que el problema es la violencia de la sociedad argentina o hace falta una ONG financiada por todos para que lo explique?

Los muchachos de La Cámpora se mostraron compungidos por la muerte de una compañera y encontraron que la culpa es “del machismo y de este sistema que se cree dueño de nuestros cuerpos para usarlos y descartarlos”. Mejor echarle la culpa a un ente construido que a la falta de ganas de solucionar los problemas solucionables. Estar en contra de que se eliminen las libertades condicionales a reincidentes y estar en contra del juez que otorgó la libertad condicional a un violador reincidente, sólo puede derivar en el colapso neuronal y la generación de una supernova de pelotudez: la culpa es del sistema machista. Y todos sabemos que cuando hablamos de modificar un sistema cultural, la consecuencia es más militancia concientizadora, nunca la vía expedita de la solución penal. El juez que largó al asesino no lo hizo por patriarcal, sino por garantista, la misma pajereada que se le banca a Zaffaroni y Gils Carbó, entre cientos de jueces, fiscales y defensores oficiales. Una chica asesinada por un inadaptado inadaptable, pobre, crecido y criado en un contexto de marginalidad. Igual que el pibe chorro que no nace chorro. Me dan muchas ganas de pedirles que se pongan de acuerdo, pero después los veo quejarse de la dictadura represora de Macri mientras bancan la represión asesina de Nicolás Maduro, y se me pasa.

Es la eterna dualidad del progre: sabe que la única solución posible está en lo que desprecia y se niega a aceptarlo. Evalúan todo desde lo moral, que es individual, subjetiva y determinada por los parámetros de cada uno. Priorizar lo moral por sobre la acción real es el paraíso del vago: la acción se mide, se prevé, hay resultados analizables. Lo moral es tan maleable que cualquier falla en el resultado que no pueda ser imputada a los pragmáticos, será justificada desde el fantasma, sea el machismo, sea la derecha, sea el imperio o Darth Vader.

Los comunicadores aportan sus granitos de arena a la teoría, en parte por burros, en parte por adherir a la idea, y en una inmensa mayoría para no arriesgarse a buscar vida inteligente fuera del lugar común. En cuestiones internacionales, al listado de opciones hay que sumarle que ya no está de moda darle espacio a lo que pasa en el mundo, a excepción de algún video de gatitos en un pueblo de Azerbaiyán. Y se nota.

“Con los maestros no”, se repitió hasta el hartazgo mientras la policía impedía la instalación de una carpa en una plaza. ¿Y con quién sí? Como si estudiaran derechos leyendo frases de sobres de azúcar, continúan su prédica que sienten obligada ante cada situación: La guita de las jubilaciones no alcanza y se empieza a leer “con los abuelos no”. Seguramente hay algún sector de la sociedad al que sí corresponde cagar de hambre y uno sin enterarse. A los maestros no se les pega, como si fueran una excepción de una violencia permitida: con cualquiera, vemos, pero al maestro jamás. Si el lugar común fuera rico en glucosa, el periodismo habría muerto tras un coma diabético.

El lugar más común de los lugares más comunes se alcanza con el sueño de la paz mundial. Boludos a los que le crecen pelos en las piernas hace muchos años apostando a un deseo que acompañan con las ganas de algún día ver a Papá Noel en persona. Son los peores. Piden que haya paz en Siria y que se acaben las muertes, como si alguien pudiera sentarse en una mesa a negociar con un ejército de decapitadores, un dictador que arroja armas químicas, y dos personalistas al frente de superpotencias que juegan a quién la tiene más larga.

Venezuela es gobernada por el cupo de discapacitados de los gobiernos. Desde el Poder hicieron lo que tuvieron a su alcance para superar el ridículo a diario, a tal punto que dejaron la disputa por el abastecimiento de papel higiénico en 2011 y hoy se preocupan por apostar quién los va a matar primero, si una bala chavista o el hambre. Para calmar las aguas, Nicolás Maduro anuncia por cadena nacional que repartirá fusiles para que la gente defienda a la Patria. Y hay quien pide que recemos por la unidad de nuestros hermanos latinoamericanos. No sé si no los abrazaron lo suficiente de chicos o si tienen algún tipo de tara emocional, pero para pedir que el abusado se siente a dialogar con el violador, ya tenemos al Vaticano, a las Naciones Unidas y demás organizaciones con fines de lucro sin finalidad práctica. Hasta prefiero al que está a favor de la anarquía institucionalizada venezolana: al menos nos recuerda que no le importa ser feliz sino tener razón.

Lo que nunca dejará de sorprenderme es la justificación de los procesos nefastos basados en lo que existía antes. Los millones de muertos en la Unión Soviética fueron un daño colateral digno de pagar tras el despotismo zarista, la miseria castrista se justifica con el entreguismo de Batista, las políticas de Estados Unidos bien se merecen secuestrar aviones para estrellarlos contra oficinistas, y la miseria totalitaria que hoy vive Venezuela es entendible porque antes vivían en una miseria pero sin la dignidad de una Patria grande, socialista, soberana y bolivariana. Nunca la solución alternativa, siempre la violencia, la fuerza y la glorificación de hechos concretos que se convierten en un presente continuo, como si el mundo no siguiera girando, como si los muertos los pusieran ellos.

Ahora, esa preferencia a favor de un régimen cuando es del agrado, no puede resultar tan barata. La cantidad de políticos que han adherido y recibido beneficios por su adhesión al chavismo, da miedo. Las charlas organizadas por Venezuela en la CGT, los intercambios de oficiales de las Fuerzas Armadas, funcionarios del gobierno nacional integrando al mismo tiempo el “Congreso Bolivariano de los Pueblos”, los fondos negros para bancar campañas electorales, la alianza con el gobierno iraní que nos terminó por arrastrar a nosotros, la compra de miles de millones de dólares en bonos de deuda argentina, el fideicomiso que se cargó a SanCor. La injerencia del gobierno venezolano en los asuntos internos de nuestro Estado ha sido ridícula.

Y todo mientras los partidos que se nutrieron de privilegios bolivarianos nos daban cátedra de soberanía.

Entiendo que la necesidad de tener que decir algo todo el tiempo para no perderse ningún tren los lleve a confundir el Transiberiano con el Trencito de la Alegría de San Justo, pero no es obligatorio hablar. Menos si no hay nada para aportar más que frases hechas y condenas tardías que no resultan creíbles, salvo que aún crean que el avance de los violentos por sobre los diplomáticos se soluciona con diplomacia.

Hay lugares comunes que deberían ser clausurados. No es una cuestión de apostar a blanco o negro, pero algunas situaciones no admiten grises. Un gobierno sin división de poderes, es absolutista. Acá y –justamente– en la China. El resto, son sólo deseos de que los héroes de historieta se hagan realidad, de que las cosas en las que creyeron sean ciertas en algún lado, aunque sea con trampa, aunque sea por la fuerza. Podría mejorar un poquito si entendiéramos que la cultura no es la misma en todas partes del mundo, que al terrorismo no se le gana con “intervenciones positivas en la vía pública”, y que las cuestiones culturales que se utilizan para justificar cualquier cosa nunca estarán por fuera de la genética humana, donde la muerte duele y asusta. No es buenismo, es empatía. Y la ciencia tiene un nombre para quienes carecen de ella: psicópatas. Los griegos, en cambio, los llamaban idiotas.

Giovedí. El ridículo del lugar común se salva estudiando antes de opinar, pero la curiosidad pasó de moda.

Publicado por Lucca
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Venezuela: la madre de todas las crisis

Loris Zanatta

Crisis en Venezuela

Mientras que Venezuela se precipita cada día más en la violencia, la pobreza y el autoritarismo, el Papa le escribió al presidente de Brasil, Michel Temer, quién imprudentemente lo había invitado a hacer una nueva visita a su país. El rechazo estaba en el aire y llegó rápido. Pero Francisco aprovechó la oportunidad para brindarle una severa lección: “El crecimiento equitativo, le escribió, requiere más que el crecimiento económico”. No toca a la Iglesia, dijo, indicar las recetas para resolver una crisis tan compleja. Pero, agregó aludiendo a las políticas del gobierno de Brasilia, es inaceptable poner en práctica “soluciones a la crisis demasiado fáciles y superficiales, que no van más allá de la simple esfera financiera”. Y concluyó rezando a la Virgen de Aparecida para que proteja al país y al pueblo brasileño de “las fuerzas ciegas y la mano invisible del mercado”.

Cuando leí la carta, la encontré desconcertante. No porque sienta ninguna simpatía por el Sr. Temer: no siento ninguna. Nunca me ha convencido la operación que lo llevó a la presidencia, creo que se encuentra plenamente inmerso en la vasta red de corrupción que infecta a Brasil, pienso que varias de sus medidas económicas son demasiado drásticas. Al mismo tiempo, no puedo dejar de reconocer que heredó un país en profunda recesión, donde el gasto público estaba fuera de control y la inflación crecía rápidamente, así como el desempleo. Cosas que, en términos sociales, golpea duro a los sectores más débiles.

Pero lo que es desconcertante es que nada parecido Francisco haya escrito nunca a Nicolás Maduro, agarrado con uñas y dientes al timón de un país que se hunde como el Titanic. Más bien, lo recibió en el Vaticano creyendo en lo que el episcopado venezolano descartaba hacía tiempo: su voluntad de diálogo. Es una lástima, porque de haberle escrito a Maduro, el Papa habría debido invertir los términos de su mensaje: escribir, por ejemplo, que no habrá crecimiento equitativo sin crecimiento económico, definir como “fáciles y superficiales” las políticas del gobierno chavista en los años de la bonanza petrolera, invitarle a prestar en el futuro más atención al equilibrio financiero.

Por último, habría sido apropiado que orara a la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela, para que iluminara el gobierno de Caracas con tal de que dejara de pisotear la mano invisible del mercado, ya que el precio lo pagan los pobres, como ya le resulta claro a todos.

Celebrando la Pascua, el Papa había pronunciado palabras muy importantes sobre América Latina. Pidió “el avance y la consolidación de las instituciones democráticas, en el pleno respeto del estado de derecho.” Santas palabras. No habría nada inusual en eso, excepto que esas palabras – democracia, estado de derecho – son perlas raras en su vocabulario. Al hacerlo, sin embargo, evitó mencionar casos específicos, lo que dejó espacio para muchas hipótesis diferentes. Muchos admiradores se apuraron a interpretar al Papa: no hizo nombres, explicaron, porque hay crisis en Brasil, Paraguay y muchos otros países. Sin embargo, es muy claro que la venezolana es la madre de todas las crisis, la más seria y profunda. Y que sobre ella, el Papa es reticente; una reticencia ruidosa para un Pontífice que no escatima críticas para los gobiernos europeos, los que en América Latina pecan de “liberalismo económico”, incluso para los empresarios que, dijo, cometen pecado al despedir sus empleados.

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