los gastos sociales son un negocio político y no una manera eficiente de ayudar a la gente. A la gente se la ay uda creando las condiciones para que pueda trabajar y vivir de su salario. El estado de bienestar es un verso que invent aron los políticos para, con la plata del contribuyente, terminar haciendo su propio negocio político.

Lunes 20 de marzo de 2017

A mayor gasto “social”, más pobreza

Lejos estamos de ser una economía que podríamos llamar capitalista o liberal. Claramente estamos en presencia de un estado progre populista que gasta cada vez más en planes sociales

Ya es una discurso común de los políticos afirmar que no se puede quitar la ayuda social a los más humildes porque no podrían transitar el período hasta que lleguen las inversiones, se creen nuevos puestos de trabajo y esa gente pueda cobrar un sueldo. En rigor los que no podemos aguantar más somos los contribuyentes que venimos siendo exprimidos desde 2003 sin ninguna piedad para sostener un monto cada vez mayor de gastos sociales. El cuadro 1 muestra la evolución del gasto social, incluye jubilaciones, en pesos corrientes desde 2001 hasta 2016. Como puede verse en el gráfico, el gasto en pesos corrientes aumentó 42,5 veces. Como referencia, el dólar paso de $ 1 a $ 16, es decir, creció 16 veces, así que en dólares se disparó.

Gráfico 1

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Los gastos sociales que muestra el gráfico 1 solo hacen referencia a los gastos de la nación, no incluye las provincias ni los municipios. Como puede verse aumentó 42,5 veces desde 2001 hasta 2016.

Gráfico 2

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El gráfico 2 nos muestra la evolución del gasto social en pesos constantes de 2016 utilizando inflación Congreso desde el 2007 en adelante para hacer el ajuste. En este caso aumentó 2,58 veces en términos reales, o se casi se triplicó. En otras palabras, cada vez se destina más dinero en pesos constantes a pagar jubilaciones, subsidios, educación, vivienda, etc. y la gente es cada vez más pobre, los jubilados están que trinan y los piqueteros siguen extorsionando con sus cortes de calles.

Gráfico 3

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El gráfico 3 muestra la evolución del gasto social sin incluir las jubilaciones y las pensiones. Es decir, el gasto en educación, salud, vivienda, etc. que, en valores constantes de 2016, aumentó 2,4 veces en términos reales. Siempre crece el gasto social en términos reales.

Finalmente si la cuenta la hacemos en dólares, vemos que el gasto social total pasó de U$S 27.543 millones en 2001 a U$S 79.325 millones en 2016, o sea que se multiplicó por 2,88 veces. Pero si tomamos desde el 2003, cuando empezó el gobierno de los Kirchner hasta el 2016 el gasto crece 6,6 veces en dólares.

Cualquiera sea la manera que uno haga la cuenta, aquí presento solo 4 opciones, vemos que el llamado gasto social, solo tomando la nación, sin incluir municipios y provincias, crece fenomenalmente.

Gráfico 4

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Como último dato, el 64% del gasto público de la nación se destina a los llamados gastos sociales, es decir, jubilaciones, salud, educación, subsidios, etc.

De lo anterior se desprende que lejos estamos de ser una economía que podríamos llamar capitalista o liberal. Claramente estamos en presencia de un estado progre populista que gasta cada vez más en planes sociales y ni siquiera primero cumple con su función primordial que es defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas. La seguridad es desastrosa. Pero también la calidad de vida de la gente viene en decadencia porque la contrapartida de semejante fiesta de gastos sociales es una carga tributaria que espanta la inversión, genera menos puestos de trabajo, aumenta la informalidad, la pobreza y la desocupación.

Es falso que los gastos en programas sociales mejoren la vida de la gente. Claramente la gente vive cada vez peor a pesar de incrementar brutalmente los recursos destinados a los planes sociales. Desde el punto de vista conceptual la gente vive peor porque, como decía antes, espanta las inversiones y cultiva la cultura de la dádiva. La gente no produce y prefiere ser mantenida mientras el estado saquea a los que producen.

Pero además, la política se ha transformado en una actividad política muy rentable en que todos estos fondos se transformaron en fuentes de corrupción y una manera de comprar votos.

En definitiva, no vengan con el verso de que gracias a los planes sociales la gente puede vivir. La gente vive cada vez peor, se degrada como ser humano al ser un vago y se espantan las inversiones que pueden sacar a la gente de pobreza y darles la dignidad del trabajo.

La conclusión es que los gastos sociales son un negocio político y no una manera eficiente de ayudar a la gente. A la gente se la ayuda creando las condiciones para que pueda trabajar y vivir de su salario.

El estado de bienestar es un verso que inventaron los políticos para, con la plata del contribuyente, terminar haciendo su propio negocio político.

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El país que sueña el peronismo

Incapaz de hacer autocrítica, pese a sus malas gestiones de gobierno, el Movimiento insiste en definirse como el único que puede gobernar la Argentina

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Fernando A. Iglesias
PARA LA NACION
VIERNES 17 DE MARZO DE 2017

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En el país que sueña el peronismo reina la unanimidad. La unanimidad peronista, desde luego. Porque peronistas somos todos, como dijo el General. "¡Quieren reabrir la grieta!", exclama indignado el peronista apenas oye una crítica, añorando los bellos momentos de unidad nacional que caracterizaron los fines de ciclo peronistas en 1955, 1976 y 2015. Presentar un dato, nunca. Discutir un argumento, jamás. La ideología peronista se basa en imágenes. La Plaza de Mayo colmada del 17 de octubre, que nunca ocurrió. La sidra y el pan dulce expropiados a una empresa o pagados por el Estado entregados por un hada en nombre de la dignificación. Y el vuelo interestelar que iba a unir Anillaco con Tokio. O el tren bala, que terminó incrustado en un andén de Once junto al gobierno que lo prohijó.

Hay muchas ramas en el peronismo. Para todas, la crítica es un ataque y nace del odio, no de la razón. Cinco minutos después de descalificarlas como complot, el peronista promete renovarse. ¿Para qué quieren renovarse, si jamás cometieron un error? Porque los malos gobiernos peronistas -que son todos- no fueron verdaderamente peronistas. Desde que algunos radicales y socialistas apoyaron la Revolución Fusiladora, su acción ensombrece para siempre a sus partidos: criticar al peronismo es avalar los bombardeos de la Plaza de Mayo a pesar de que el golpe del 55 contra Perón lo dieron las mismas Fuerzas Armadas que habían dado el golpe del 43 con Perón. Pero si dirigentes peronistas que fueron intendentes, diputados, senadores, gobernadores y presidentes en las listas del justicialismo, con sello del PJ en la boleta y marcha peronista en cada acto, dejan el país en ruinas después de gobernar 24 de 26 años, el peronismo es inocente. Eran infiltrados, dirá el peronista. Neoliberales, aquéllos. Montoneros, los de más acá.

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Los gobiernos peronistas han sido tan buenos que los propios peronistas dicen que no fueron peronistas. Inmediatamente luego de afirmarlo, el peronista verdaderamente peronista dirá que sólo el peronismo puede gobernar la Argentina; como hizo el último gobierno peronista verdadero: el de Isabel Perón; ejemplo de concordia entre los argentinos y gobernabilidad nac&pop.

El peronista es así y lo aprendió de Perón, a quien se le infiltraba medio mundo en el Movimiento y el entorno le manejaba todo, pero después escribía libros sobre el arte de la conducción. El peronista es así y ha inventado dos categorías para correr a quien no comulga con la doctrina oficial de la patria: la de "gorila", que acomuna al que critica al peronismo con el que quiere el hambre del pueblo, y la de "antiperonista", que nadie sabe qué quiere decir ya. ¿Qué quiere decir "antiperonista"? ¿Criticar al peronismo es ser antiperonista? Si es así, nada más antiperonista que los peronistas, que apenas se abre la interna del PJ corren por las pantallas de TV a acusarse de traidores y de narcos; lo que no deja de ser un progreso respecto de los gloriosos tiempos de Montoneros y la Triple A.

"Nos meten a todos en la misma bolsa", claman los que nunca vieron nada. "Nunca fuimos K", agregan después. Pero fue Menem quien le dio a Néstor los fondos de Santa Cruz para que empezara su campaña. Y fue Duhalde el que le dejó el país, para que Néstor se lo dejara a Cristina. Y fueron los muchachos renovadores los integrantes del elenco ministerial K. "Compañeros, shekendengue, siempre fuimos compañeros"; el viejo tema de Donald merece reemplazar la marcha como himno del peronismo real. Porque durante doce años el FPV y el PJ votaron juntos en el Congreso para que los Kirchner hicieran lo que hicieron y porque siguen unidos en el Club del Helicóptero, firmando juntos el pedido de juicio político a Macri y protegiendo fueros para que ningún compañero vaya preso, faltaba más.

Significativo es que quienes nos recordaban que "los pueblos que olvidan su pasado…" exijan que se hable del futuro. "¡Banelco!", exclaman; pero hasta en el episodio emblemático de la corrupción radical las coimas se las llevaron los senadores justicialistas. Por eso, como no pueden defender la propia honestidad, se esfuerzan tanto en insinuar que todos roban. Cristina, Néstor y Menem, de este lado; De la Rúa, Alfonsín e Illia, del de allá.

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Y sobre todo, a como dé lugar, los peronistas menemistas no se van a hacer cargo de las barrabasadas kirchneristas, los peronistas kirchneristas no se van a hacer cargo de las barrabasadas menemistas y los verdaderos peronistas no se van a hacer cargo de las de ninguno de los dos. Ni de ninguna otra cosa. Ni de la barbarie montonera ni de los exilios y las primeras desapariciones que la siguieron; ni del primer gran shock regresivo de nuestra historia, el Rodrigazo 1975; ni del mayor shock regresivo de nuestra historia, el Duhaldazo 2002, en el cual el que depositó dólares recibió papel picado y la pobreza subió 50% en un año; hazaña que en países sin peronismo sólo se logra con un tsunami o una guerra civil.

El peronismo es el inventor de la posverdad. Por eso es autor de leyes sociales que sancionaron otros antes, y que en su caso datan de 1945; es decir, no del peronismo, sino de la dictadura militar de la que surgió. La posverdad decreta también que los días más felices hayan sido peronistas: los primeros años de Perón, Menem y Kirchner, terminados en días más infelices por culpa de la cipaya ley de gravedad, que establece que todo lo que sube sin sustento termina por caer.

El peronismo ha inventado también el cambio sin autocrítica, sin evolución de ideas y a cargo de las autoridades del desastre anterior. Renovación, la llaman. Nació en el balcón de la Semana Santa de 1987 en el que Cafiero salvó la democracia. Se olvidan de que el comandante carapintada Rico era peronista y fue intendente en las listas del justicialismo, y de que es el mismo balcón de las Felices Pascuas. Es que lo que para algunos es una mancha, para otros puede ser un honor. "¡Los 30.000 desaparecidos peronistas!", replican, pero no hay pruebas del número ni de la afiliación. "¡Los 38 muertos de De la Rúa!", retrucan. Pero 25 de los 38 caídos en diciembre de 2001 fueron abatidos en provincias gobernadas por el peronismo. Para no hablar de las más de veinte muertes en los saqueos de 2013, ocurridas en provincias peronistas mientras la presidenta bailaba con Moria Casán. De ellas, no se acuerda nadie. Ni el número se sabe, ya que los ciclos peronistas terminan en tragedias cuyas víctimas no se pueden ni contar.

En el país que sueñan los peronistas sólo ellos pueden gobernar y nadie los critica; como la Argentina entre 1989 y 2015. "Será por algo que la gente vota el peronismo", objetan como único argumento, y están en lo cierto: razones siempre hay. Que esa razón sea que han gobernado bien es otra cosa. Basta ver los distritos donde arrasan: el conurbano devastado, la Patagonia transformada en desierto persistente, el Norte pobre y feudal. "Está en marcha una campaña de desprestigio contra el peronismo", se inflama el peronista, y acierta de nuevo. Pero sus impulsores no somos los tres gatos locos que nos animamos a gritar, como el niño del cuento de Andersen, "¡El rey está desnudo!", sino la oligarquía peronista que prometió acabar con todas las oligarquías y lo hizo mucho peor que todas las demás.

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Francisco es el papa de Podemos. El papa de Maduro y de Kirchner. Una correlación bolivariana de la Iglesia. Un libertador del capitalismo. Un ariete del movimiento ecologista. Y un buen hombre al que hemos convertido en santo porq ue la impostora aquí es la sociedad.

OPINIÓN

¿Y si Francisco fuera un impostor?

El papa Bergoglio cumple su primera "legislatura" como protagonista de una revolución mucho más cosmética que concreta

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RUBÉN AMÓN

14 MAR 2017 – 12:37 CET

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El papa Francisco, cuando fue elegido en 2013. ALESSANDRO BIANCHI REUTERS | EPV

El principal mérito de Jorge Mario Bergoglio en estos primeros cuatros años de legislatura consiste en haberlo cambiado todo sin haber cambiado nada. Un ejercicio de prestidigitación que requiere la devoción de una sociedad crédula y sensiblera. No estamos en los tiempos de las verdades —no digamos ya las teologales—, sino en la época de las percepciones y de las sensaciones. Y a Francisco se le percibe y se le siente unánimemente como un revolucionario sin haber modificado un milímetro la doctrina de la Iglesia en los asuntos terrenales: ni comunión a los divorciados —los supuestos son excepcionales—, ni reconocimiento a los derechos de los homosexuales, ni compromiso con el peso de la mujer en la Iglesia, ni tolerancia normativa con el aborto, los anticonceptivos o la estirpe descarriada de los adúlteros.

Podrá objetarse que las leyes de la Iglesia están escritas en piedra. Y que no tiene sentido someterlas al calentón de los debates contemporáneos. El problema es que a Francisco se le ha atribuido la proeza de haber emprendido una gran reforma, cuando ni siquiera ha rebasado el estadio preliminar de las insinuaciones y de la cosmética.

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La explicación reside en su carisma y en sus facultades de telepredicador. Francisco ha logrado un estado de gracia que irrita a los católicos "ortodoxos" y que arroba a los ateos. Un Papa cercano a Cristo y alejado de Dios. Que ha decidido hacerse hombre. Que ha sacrificado el primado. Y que ha renunciado al poder ritual y a la sugestión metafísica para sentirse cerca del prójimo y sentarse en el banco de la feligresía.

Semejante rectificación del privilegio pontificio ha redundado en su reputación de Papa canchero y colega. Y ha deteriorado también su excepcionalidad y su inmanencia. Trivializando el cargo de Pontifex Maximus, Bergoglio incurre en el peligro de vaciar la dimensión litúrgica y de debilitar su poder sagrado. Se le puede tutear a Francisco. Y se le puede confundir con el padre Ángel en la definición del sacerdote de barrio.

Se trata de un malentendido democrático en el contexto de un dogmatismo uniforme. Porque la democracia es el régimen político ideal, pero no tiene oxígeno en ámbitos de la sociedad —el colegio, el Ejército, la Iglesia, el espacio doméstico— expuestos al principio jerárquico, al respeto senatorial, a la gradación de obligaciones y responsabilidades. La reina Isabel II está más cerca de su pueblo cuando más lejos se encuentra. El boato, la forma y la grandeurredundan en su prestigio. Hacen de ella una figura sobrenatural. Como han dejado de serlo nuestros Borbones en sus concesiones a la asimilación —los reyes a los pies de los súbditos— y como puede sucederle Francisco si persevera en su conducta de cura porteño o se recrea en la imagen del cordero rodeado de lobos.

Es atractiva la idea de un pontífice vulnerable. Un príncipe de la Iglesia al que sabotean los susurros de la Santa Sede. Y al que se pretende asesinar porque Francisco representa supuestamente el antídoto providencial al inmovilismo. Fantasea la sociedad con su Papa histórico. Se le atribuyen palabras que no ha dicho ni proezas que no ha hecho. Y se le está haciendo cumplir incluso un programa que no prometió.

¿Es un impostor el papa Francisco? La pregunta aloja matices blasfemos por la corpulencia sagrada del sujeto. Y no requiere una respuesta afirmativa, pero sí invita a cuestionar la canonización en vida que está experimentando Francisco.

La suya es una revolución de las formas, una catarsis de las apariencias cuya repercusión ha engendrado el neologismo del "papulismo", una suerte de populismo papal que relaciona a Bergoglio con las homilías buenistas, que fomenta las aspiraciones elementales —la paz y el amor— y que ha sensibilizado a la izquierda agnóstica y atea como encarnación de la demagogia. Francisco es el papa de Podemos. El papa de Maduro y de Kirchner. Una correlación bolivariana de la Iglesia. Un libertador del capitalismo. Un ariete del movimiento ecologista. Y un buen hombre al que hemos convertido en santo porque la impostora aquí es la sociedad.

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Las tres razones por las que Argentina no es un país desarrollado

José Luis Espert

12 de marzo de 2017
Según el último informe de la UCA, el 33% de los argentinos son pobres
Según el último informe de la UCA, el 33% de los argentinos son pobres
La Argentina debería ser un país desarrollado, pero no lo es. ¿Por qué? Porque tres corporaciones se la fuman en pipa.

Hablo de los empresarios prebendarios que le venden a la gente, a precio de oro, lo que afuera se consigue por monedas. Hablo de los que ruegan por más obra pública porque al parecer en la Argentina, sin el dinero de los contribuyentes, no se construye ni un nicho de cementerio. Hablo de los sindicatos, que dicen defender los derechos de los trabajadores y que se comportan como "empresas"; digo empresas entre comillas, porque los sindicalistas, aunque ganan sumas incalculables, no invierten un peso de sus bolsillos y no asumen el menor riesgo. Y hablo, en fin, de los políticos, que con el canto —o para estar a tono con el pasado reciente, con el relato— de la "mejora distributiva", le sustraen a cada trabajador, a través de los impuestos, el equivalente a la mitad de un año de trabajo. La Argentina no vive con estas corporaciones: vive para ellas. Por eso no es un país desarrollado.

No es un secreto. Empresarios amanuenses que luego de doce años de hacer negocios con y gracias al kirchnerismo, como los vinculados a la obra pública, o representantes de los sectores industriales más proteccionistas, reconocieron públicamente ante la prensa su esencia corrupta y extorsionadora, aunque más tarde, ante la Justicia, hayan relativizado sus dichos.

El sistema no es sólo inviable económicamente, sino también homicida. Nuestros sindicalistas constituyen verdaderas monarquías hereditarias: son reelegidos en sus cargos de manera permanente y reemplazados por sus propios hijos sólo una vez que mueren o renuncian. Algunos de ellos han terminado presos por integrar asociaciones ilícitas: fue el caso de Juan José Zanola, del gremio bancario, o José Pedraza, ex líder de la Unión Ferroviaria, preso todavía por haber sido partícipe necesario del asesinato del militante del Partido Obrero Mariano Ferreyra.

La función de los políticos se ha desnaturalizado por completo. De tener que trabajar sólo para brindar los bienes públicos básicos necesarios como justicia, seguridad, diplomacia, salud y educación básicas, se han transformado en una verdadera corporación. Como toda corporación, primero se defiende a sí misma con uñas y dientes; este reflejo corporativo es especialmente notorio (y obsceno) cuando se trata de tapar sus propios escándalos de corrupción. Recién después, para beneficio de la tribuna, simulan pelearse por el voto de la gente. Son, por regla general, corruptos y tranzas como los peores elementos de la sociedad.

Portada de “La Argentina devorada”, de José Luis Espert
Portada de “La Argentina devorada”, de José Luis Espert
Estábamos entre los diez países con mayor ingreso per cápita hace cien años. Fuimos el granero del mundo. Recibíamos corrientes migratorias de toda Europa. Supimos ser el faro cultural de América Latina. Aquí se imprimían los libros importantes de habla hispana para todo el mundo. Fuimos el primer país de América Latina en lograr la alfabetización, el subte. De los primeros de la región en tener el ferrocarril esparcido por toda la geografía de nuestro país.

Hoy nuestro ingreso per cápita languidece en la mitad inferior de la tabla. Apenas terminada la Segunda Guerra Mundial se decía que podíamos ser Australia. Hoy Australia tiene un ingreso per cápita casi cinco veces superior al nuestro. A mediados de los ’90 competíamos con Brasil por el liderazgo de América del Sur. Hoy Brasil se sienta como invitado a las reuniones del poderoso G-7 mientras Argentina lucha por no perder su posición de preeminencia respecto de Colombia, Perú, Ecuador o Bolivia. Chile ya tiene un ingreso per cápita superior la nuestro, cuando en 1945 lo duplicábamos.

¿Qué es nos pasó para que sufriéramos esta auténtica implosión económica?

Ésta es una sociedad que hace unos cien años (por lo menos desde fines de la Primera Guerra Mundial) comenzó a alejarse de los ideales de la auténtica libertad política, el republicanismo, el respeto a las instituciones, el libre comercio como principio rector de la asignación de recursos, el capitalismo de la libre competencia como forma de acumulación de la riqueza y la excelencia educativa como eje rector de la meritocracia social.

Cuando nos alejarnos de estos valores la Argentina quedó presa de un empresariado prebendario y una clase política y un sindicalismo corruptos que le hacen de socios. El empresariado prebendario se enriquece sin esfuerzo competitivo y luego reparte entre los tres los frutos de sus ganancias espurias.

Sin competencia con el mundo, gracias a esa estafa llamada sustitución de importaciones o "vivir con lo nuestro", la élite empresaria nos impone los precios que se le antojan. La eficiencia económica no puede importarle menos. Menos aún le importan las consecuencias que esto tiene sobre los niveles de pobreza y la inequidad con la que se distribuye el ingreso. Es cierto que la eficiencia económica no tiene nada que ver con el modo en que se distribuye el ingreso (aunque sí está relacionada inversamente con la pobreza), pero es probable que cuanto más se deba competir para ganar dinero y prosperar, más verdadera conciencia social se tenga. De hecho, los números muestran que cuanto más competitivos y eficientes son los países, mejor es su distribución del ingreso.

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El mecanismo que impera en la Argentina es perverso. Al no haber conexión alguna entre el ideal de la eficiencia económica y los precios de los bienes y servicios (los precios son carísimos y los bienes y servicios, pésimos), a la elite empresaria no le molesta pagar una presión impositiva salvaje como ofrenda a los políticos y salarios alejados de la productividad del trabajo para que los sindicatos no los martiricen con paros, boicots o cortes de calles.

Cuando vemos al sector agropecuario y a las PYMES quejarse por las migajas que reciben por lo que producen cuando al mismo tiempo en la góndola del supermercado o el mostrador del comercio el consumidor paga fortunas, es esto. Impuestos indirectos, costos laborales, regulaciones y costos de intermediación que engordan los precios para financiar una ineficiencia monstruosa y el enriquecimiento (muchas veces ilícito) de ciertos empresarios, políticos y sindicalistas que, más que defensores de los derechos del trabajador, son verdaderos señores feudales que tienen programas de radio, televisión, diarios (Víctor Santa María del SUTERH) y se dedican con gran impacto a manejar clubes de fútbol (Luis Barrionuevo, del gremio gastronómico, en Chacarita Juniors) y hasta tener aspiraciones de presidir la AFA (Hugo Moyano de Camioneros).

Tampoco la clase política tiene incentivo alguno para ser responsable con el nivel en el que coloca el gasto público. Total, cuando los impuestos para financiarlo o los salarios en dólares se vuelven impagables o las reservas del Banco Central se agotan o la deuda se torna impagable, se devalúa y chau. Si esto empobrece a la gente, raudos aparecen los empresarios prebendarios, los políticos y los sindicatos con un buen relato de conspiradores, poderes concentrados, buitres que nos quieren hundir.

Después de todo, ya se sabe que somos una amenaza para los poderosos del mundo. Y listo: a empezar de nuevo el juego de suba del gasto público, de los salarios y de los precios. Hasta que otra vez no de para más.
¿Educar a la gente en la insostenibilidad a largo plazo del esquema? Jamás. Todo lo contrario. Hay que perseverar en el expolio, vía retenciones y prohibiciones para exportar, a nuestras industrias más productivas, como el campo, el petróleo y el turismo.

A esos sectores se los llama con desprecio "rentistas", cuando en realidad un grano de maíz, una gota de combustible o un turista que gasta su dinero en nuestro país requieren de inversiones formidables en maquinaria y equipo, investigación y desarrollo, tecnología, infraestructura, capacitación de personal, muy superiores a las que realizan los sectores protegidos con sus super-rentas derivadas del proteccionismo y de los contratos de obra pública a precios, en general, por encima del mercado.

"En la Argentina hay hambre, no porque falten alimentos, como pasa en otros países, sino porque sobra inmoralidad". Esta frase del ex presidente Raúl Alfonsín tiene mucho de cierto, pero no en el sentido en que la mayoría la interpreta y en el que probablemente el mismo Alfonsín la expresó. La inmoralidad que causa el hambre no proviene de los empresarios libres de la sociedad que junto a los trabajadores, unidos por el empeño de mejorar su bienestar y el de sus familias, día a día se rompen el lomo para producir bienes y servicios. La inmoralidad que produce hambre en la Argentina es la inmoralidad de los políticos, los empresarios prebendarios que transan con ellos y los sindicalistas corruptos.

Este artículo es una versión condensada de la introducción del libro "La Argentina devastada", de José Luis Espert (Galerna)

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indigna que la maquinaria de vagos, operadores y ladrones que colgara el kirchnerismo en las administraciones na cionales, provinciales y municipales esté intacta. Eso implica que el gasto inútil sigue como antes o peor, y que la c orrupción está incólume.

OPINIÓN

El parto de octubre

El Gobierno se encuentra ante un escenario desfavorable que él mismo ha creado, empezando por la política pusilánime del gradualismo, que al final ni siquiera lo es

dardo_gasparre_2.jpg?token=barPor Dardo Gasparre 9 de marzo de 2017
@dardogasparre

Deberíamos incorporar la triste posibilidad de que Cambiemos perdiese las elecciones de octubre. El Gobierno ha hecho muy poco para convencer mediante persuasión o realidades mostrables a quienes no lo votaron en 2015. Tampoco para satisfacer a muchos de los que sí lo votaron entonces. Esto más allá de las chicanas dialécticas de la oposición, el relato kirchnerista, que siempre estará y las huelgas, los paros y las marchas organizadas por el peronismo con distintas excusas.

Tras un año de prueba y error, el país no ha avanzado demasiado. Se dirá que se ha expulsado al kirchnerismo fatal que saqueara a la nación durante 12 años y que consolidara la pobreza, el populismo y la miseria. Cierto. Ya no está. Pero eso es fruto de lo que el pueblo votó en 2015, no fruto de la tarea de Cambiemos en lo que va de su mandato.

No pretendíamos un cambio en los conceptos liminares del esquema fascista que tiene prisionero al país desde los años treinta, junto con un pequeño grupo de ladrones públicos que denominamos "grandes empresarios". Pero no sólo se está lejos de eso, sino que se ha consolidado la importancia y el dominio de ese formato, al que el Presidente evidentemente adhiere con alegría.

Se ha aumentado, algo casi imposible, el gasto del Estado y el déficit. Los nombramientos absurdos para cubrir cargos cuyas denominaciones parecen inventadas por Les Luthiers, la creación de un Ministerio de Modernización, para empezar. Se acelera el endeudamiento en dólares para financiar gastos de todas las jurisdicciones, lo que crea mayor apreciación del peso, que sufre así un dutch disease que ni siquiera es el resultado de un aumento de las exportaciones. El efecto sobre la competitividad no requiere explicación.

Los sectores productivos están otra vez al borde del colapso, en algunos casos, como las fundamentales pymes, casi en la desaparición. Eso es desempleo, en blanco y en negro.

Conmueven los esfuerzos de tantos expertos tratando de convencernos de que el tipo de cambio bajo es parte de los símbolos nacionales, como la bandera, el escudo y el himno.

La locura de gasto desenfrenado con financiamiento con deuda arrasará con el empleo. El tipo de cambio de las series históricas es el tipo de cambio del fracaso proteccionista. Compararse con ellos es ignorancia. Y la teoría de que el tipo de cambio bajo hace ganar elecciones puede llegar a estamparse en octubre contra la realidad.

Los subsidios o los regalos que se han hecho a los sindicatos y las seudoorganizaciones sociales no han tenido efectos sobre el ciudadano común, porque nada de ese gasto ha ido a parar a sus manos, como es habitual. También indigna que la maquinaria de vagos, operadores y ladrones que colgara el kirchnerismo en las administraciones nacionales, provinciales y municipales esté intacta. Eso implica que el gasto inútil sigue como antes o peor, y que la corrupción está incólume.

El Gobierno se encuentra ante un escenario desfavorable que él mismo ha creado, empezando por la política pusilánime del gradualismo, que al final ni siquiera lo es. Sin embargo, ha logrado enojar a muchos de sus votantes por su contemporización con los ladrones y su continuidad en el camino trillado del populismo, y al mismo tiempo ganarse el mote de ajustador que le ha colgado el peronismo en varias de sus máscaras.

Las encuestas que empiezan a aparecer preocupan. Las propias y las ajenas. El caso del Correo, con la insistencia de Socma hasta hoy en pretender convencer a la sociedad de que tiene derecho a reclamarle al Estado, con argumentos tan poco serios como los de Lázaro Báez, pueden quitarle a Cambiemos la última bandera. El transversalismo peronista al que ahora se apela es un acto de desesperación. Y aunque no lo sea, va a enojar aún más a muchos de sus votantes, que se sienten rehenes. Tomar deuda externa para repartirla como dádiva entre la población es populismo en su formato más elemental, pero no necesariamente garantiza el triunfo electoral.

Gracias a muchos errores casi pueriles del dream team, la oposición ha sido exitosa en predisponer a la opinión pública en muchos temas que parecían digeridos, como las tarifas y la inflación. También la pequeñez fomentada durante años por el populismo y la demagogia hace que mágicamente los consumidores pretendan seguir recibiendo servicios gratuitos sin pagar lo adecuado. El primer año se ha desperdiciado. Ese es el resumen. Ahora vienen las decisiones de apuro, desesperadas.

Se acusa a Cambiemos de no haber sabido comunicar adecuadamente las medidas que tomó en este año. Se trata de una simplificación. Las medidas tomadas en buena parte de los casos fueron pobres, leves, ineficaces, contraproducentes o debieron retrotraerse. El falso gradualismo, la tolerancia a que continuara el sistema de expolio de los nombramientos y la sensación generalizada de que la corrupción sigue firme no son un problema de comunicación. El mayor opositor de Cambiemos este año ha sido Cambiemos. Y como remate, el Gobierno repartió montos escandalosos para insuflarle oxígeno al sistema de insurrección callejera que tanto daña y molesta a la sociedad.

Tal vez sea mejor que no se haya comunicado. Este martes el ministro Ricardo Buryaile dijo a los productores que había que mejorar la productividad y que devaluar era una fugaz competitividad. Lo que dijo el ministro es una burla cruel al sector de mayor productividad del país y el que ciertamente está generando las pocas esperanzas de crecimiento. Esos productores ofendidos serán abstenciones en octubre.

Lo que sostiene el funcionario es que la productividad debe aumentar diariamente para compensar los efectos del gasto irresponsable que, financiado con impuestos o con deuda en dólares, produce un aumento de costos incesante, diario, que nadie puede equilibrar con esfuerzo, inversión ni innovación. Ya no sólo Cambiemos está regalando dinero a quienes lo usan para destruirlo, lo que suena estúpido en sí mismo. También intenta sabotear, engañar y vender un relato a los que producen la única riqueza de que se dispone para reflotar al país. ¿El ministro cree eso que dice? El Gobierno está revaluando el peso todos los días. Y eso sólo se debe al financiamiento del gasto con deuda.

Cambiemos está perdiendo las elecciones por minuto. Lamentablemente, cada vez que se escucha hablar a los más altos funcionarios, se percibe la sensación de que creen que han hecho y hacen una gran tarea. Y obviamente, ¡guay de quien ose decirles que el rey está desnudo!

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