está implosionando la coalición nacional popular surgida en su momento para combatir el liberalismo…bella no ticia!

La encrucijada de la democracia latinoamericana

Loris ZanattaLoris Zanatta
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PARA LA NACION

MARTES 17 DE OCTUBRE DE 2017 • 00:13

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Una vez se creó ALBA: era ambiciosa, rica, prepotente. Tenía el viento en popa y el futuro en la mano. Ese ALBA aún está ahí, aunque agoniza, pierde pedazos y el futuro está a sus espaldas. Sus protectores se han ido, Lula, los Kirchner, Pepe Mujíca y hoy tiembla su núcleo duro: Venezuela, Ecuador, Bolivia. A menos que todavía exista alguien dispuesto a dar crédito a las elecciones venezolanas.

¿Qué pasó? ¿Cómo se explica este estado? Hay muchos motivos: corrupción, autoritarismo, mal gobierno, colapso de los precios del petróleo. Pero hay algo más, algo más profundo: está implosionando la coalición nacional popular surgida en su momento para combatir el liberalismo; tanto el liberalismo económico como el liberalismo político. Una coalición recurrente en la historia latinoamericana entre el populismo y la izquierda redentora, el cristianismo y el marxismo.

El mejor indicio es la actitud de la Iglesia Católica, un termómetro muy sensible a los cambios en el "espíritu de los tiempos". Hasta hace un tiempo, la voz que se alzaba de su vientre era por lo general la del clero sintonizado con los líderes del ALBA. ¿Acaso Chávez no era un cruzado que liberó al pueblo de la herejía neoliberal? ¿Y Correa? Economista católico, gobernó enarbolando el evangelio. Evo Morales vencía a todos: encarnaba a los oprimidos de la historia; Cristo revivía en él. Entre la fe de esos líderes, su pueblo y el socialismo no había contradicción. Al igual que en la década de 1970, el socialismo del siglo XXI parecía expresar el orden social más próximo al evangelio. Los viejos teólogos de la liberación volvieron a sentirse jóvenes. Y la izquierda redentora tuvo finalmente un pueblo. Ya no se definía marxista, sino poscolonial, multicultural, transnacional: la nueva jerga marxista de las ciencias sociales.

Ese clima culminó en el viaje triunfal del Papa a Quito y La Paz. De ese viaje quedaron registradas las sonrisas, los abrazos y los discursos radicales: el del Papa a los movimientos sociales hizo tanto revuelo que el último periódico comunista italiano lo imprimió para regalárselo a sus lectores. Cuando Evo Morales le obsequió un crucifijo en forma de hoz y martillo, todo el mudo bromeó, pero el simbolismo no era casual.

Era 2015, pero esas imágenes parecen provenir de un pasado remoto. Hoy la Iglesia y ALBA cruzan por todas partes las espadas y la voz eclesiástica que trona es la de los episcopados: los obispos venezolanos denuncian la dictadura de Maduro y lo acusan de querer un régimen totalitario; los obispos ecuadoreños defienden al presidente Moreno en la cruenta disputa con Correa, que le había confiado la silla presidencial para que la calentara en vista de su retorno; los obispos bolivianos llevan mucho tiempo en conflicto abierto con Evo Morales; y peor aún: Morales perdió la confianza de los ambientes "progresistas" del Vaticano, que hasta ahora lo habían mimado como un hijo pródigo; su pretensión de cancelar el resultado del plebiscito que tres años atrás le negó la posibilidad de candidatearse por el cuarto mandato, le fue fatal.

Claro, se podría liquidar el tema como la oscilación fisiológica del péndulo político de la izquierda a la derecha; o como una reacción clerical ante ciertas propuestas de ley, especialmente sobre el aborto. Pero sería una lectura superficial. Muchos elementos se acumulan y al acumularse ayudan a explicar la crisis de la coalición anti-liberal entre cristianos y socialistas redentores. El primero es que el coco neoliberal es un coco gastado; hoy, la mayoría de los gobiernos latinoamericanos adoptan políticas económicas híbridas y pragmáticas. El segundo es la corrupción: los gobiernos populistas no han sido en modo alguno más honestos que sus predecesores; más bien lo contrario. El tercero es el autoritarismo: tomó tiempo, pero ahora está claro para todos que los cristianísimos líderes de ALBA usan la democracia y la Constitución como trajes confeccionados a su medida y no a medida de todos. El cuarto es el drama venezolano: ese drama ha vacunado a todos porque demostró, sobre la piel de los venezolanos, que las recetas del socialismo del siglo XXI son anacrónicas y equivocadas. Es por eso que no solo la Iglesia, sino los mismos movimientos nacionales populares latinoamericanos están tratando de quitarse de encima el lastre de la izquierda redentora: los piantavotos habituales.

Esto abre un nuevo escenario: los populismos se quitan la máscara y corren al barranco, como en Venezuela; son derrotados, como en Argentina; buscan volver al redil democrático, como en Ecuador; o mientras puedan, hacen como si no pasara nada, como en Bolivia. Pero los movimientos populares que les han proporcionado al pueblo, que la izquierda redentora nunca ha tenido, olfatean el riesgo de perderlo y están buscando recolocarse: hay chavistas que abandonan a Maduro; peronistas que olvidan a Cristina; correistas que abrazan a Moreno. Obstinados en mantener el poder a toda costa, a Evo Morales le pasará lo mismo.

Para la democracia latinoamericana es una encrucijada clave. Para fortalecerse, es vital que aquellos movimientos que en el pasado han pretendido encarnar al Todo y no a la Parte le sean leales. Que se coloquen a la izquierda, al centro o a la derecha es secundario: siempre que no pretendan ser las tres cosas juntas. ¿Los daños causados por la aventura populista de los últimos veinte años los habrá vacunado del impulso redentor que siempre los ha animado? Un impulso incompatible con la democracia, reformista por naturaleza. Lo dudo, pero hay muchas razones para tener más esperanza que en el pasado.

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La eterna lágrima de las viudas del marxismo…

Condenar el fracaso marxista sin aceptar el desenfreno capitalista

Mientras duró, la URSS fue el contrapeso perverso de los excesos mercantilistas

Alejandro KatzAlejandro Katz
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MARTES 17 DE OCTUBRE DE 2017

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En 1979, en un artículo publicado en el primer número de la revista Controversia, que junto con Juan Carlos Portantiero, Héctor Schmucler, Emilio de Ípola y otros exiliados editaba en el destierro mexicano, José Aricó escribió que "es difícil sostener que la fenomenología concreta de las sociedades posrevolucionarias, con sus acentuados rasgos autoritarios y burocráticos, no cuestione directamente el pensamiento marxista". Y, a continuación, afirmaba que "sin instituciones democráticas el capitalismo de Estado no era la antesala del socialismo, sino el fundamento de una inédita y monstruosa dictadura sobre las masas".

Lo que Aricó indicaba -con la infrecuente combinación de rigor intelectual y moral que le era propia- era algo que el pensamiento de izquierda se había negado a registrar: que el régimen que había resultado de la experiencia revolucionaria iniciada en octubre de 1917 no era una distorsión de un proyecto que todavía podía cumplirse acabadamente si no se hubieran tergiversado sus fundamentos. Eran, por el contrario, esos mismos fundamentos de la Revolución de Octubre los que condujeron a la instalación de regímenes radicalmente opuestos al espíritu emancipador que quiso atribuirles el siglo XX.

La Unión Soviética era el paradigma de aquellas sociedades posrevolucionarias; lo era no sólo por haber estado en el origen de todos los procesos que condujeron a lo que entonces se llamaba "socialismo realmente existente" ni por la influencia debida a su poder, sino porque allí se había puesto en escena con el mayor dramatismo la tragedia de una idea que atravesó las pasiones de un siglo. Todas las variedades de la ingeniería social y política que el comunismo pudo imaginar fueron desplegadas a partir de 1918, cuando se anunció oficialmente el inicio del Terror Rojo, y continuaron con la colectivización de 1928-1933, la Gran Purga de los años 1937 y 1938, el traslado de pueblos enteros y la limpieza étnica de diversos grupos (griegos, polacos, tártaros, chechenos, calmucos, entre otros) después de la Segunda Guerra Mundial. A esos grandes hitos de la represión y del diseño social soviético hay que añadir las consecuencias de la hambruna de 1932-1933, resultado en buena medida de las decisiones gubernamentales, el Gulag y la represión cotidiana -espionaje, persecución, delaciones, acceso y exclusión de posiciones laborales y de beneficios- con que el régimen organizaba el control total.

Se intentó de muchos modos comprender el atractivo que durante largo tiempo un sistema semejante provocó en no pocos intelectuales de Occidente, muchos de los cuales mantuvieron su apoyo hasta bastante después de la Segunda Guerra Mundial. Y si resulta claro que el temor del fascismo y del nacionalsocialismo funcionaron como argumento, "la necesidad de creer" -para usar las palabras de Michel de Certeau- fue por lo menos tan poderosa como las razones especulativas a la hora de renovar el entusiasmo por un sistema que ya había dado sobradas pruebas de crueldad. Pero, posiblemente, la razón más poderosa, la que durante más tiempo llevó a más personas a soslayar la evidencia del carácter perverso del sistema soviético, haya que buscarla en la angustia de un siglo empeñado en encontrar alternativas éticas y políticas a un capitalismo al que aun liberales como Max Weber vieron como causa de una creciente opresión y al que identificaban como un riesgo para la libertad, la justicia y el pleno desarrollo de los individuos.

Portadora, en sus inicios, de una promesa de emancipación que lo era más para ciertas elites que para las masas a las que decía representar y heredera de la fe en la historia propia del siglo XIX que moldeó su ideología más que del siglo XX que la vio convertirla en realidad, la Revolución de Octubre no tardó en ser también el Otro de un Occidente que se veía allí reflejado para algunos con esperanza y para otros con horror. Un Otro no tan distante como el exótico Oriente, sino suficientemente próximo y semejante como para poder confundirse con uno mismo, casi una metonimia política, aquello en lo cual podría convertirse Occidente con un leve desplazamiento, un sutil empujón con un impulso revolucionario.

Después de la Segunda Guerra Mundial, y durante la Guerra Fría que se prolongó casi medio siglo, desde 1947 hasta 1990, el mundo soviético fue en el Occidente capitalista la vara con la cual medir los logros de eso que se llamaba entonces "modelos" y que, en tanto tales, no sólo eran objeto de escrutinio económico, sino también moral. Porque si el régimen soviético fue el sitio de la opresión de millones de víctimas del totalitarismo, fue también la razón de la autocontención de un capitalismo obligado a levantar un velo sobre sus pasiones más bajas y destructivas, un capitalismo que se vio así forzado a moderar la vehemencia de sus intenciones para alejar el fantasma de la revolución. El capitalismo, cuyo mantra es la competencia, se vio impulsado por única vez en su historia ya no a crear espacios internos de competencia para sus propios actores, sino a competir con un modelo alternativo de organización de la economía, de la política y de la sociedad. La existencia del mundo soviético obligó al capitalismo a probar que no sólo podía ser económicamente más eficiente y tecnológicamente más avanzado, sino sobre todo socialmente más justo. El colapso del comunismo levantó esa barrera de pudor y permitió expurgar al discurso de la economía política del capitalismo de toda idea de justicia. Aunque ésa no es la única explicación, no es posible dejar de observar el modo en que en las sociedades prósperas de Occidente las desigualdades han ido en aumento en los últimos treinta años, llegando, hoy, a niveles semejantes a los de principios del siglo pasado. La mirada del otro funciona, siempre, a favor de la mesura, de la responsabilidad, del cuidado, y el capitalismo carece, desde hace ya mucho, de una mirada que convoque al pudor, a la voluntad de autocontrol.

sabe la tierra

Naturalmente, sería absurdo invocar la nostalgia del comunismo con la ilusión de que el mundo capitalista recupere cierta capacidad de cuidado -de las personas, de las comunidades, del ambiente- que parece haber perdido desde aquel colapso: nunca debería olvidarse la advertencia de Aricó acerca de que es el mismo pensamiento marxista el que debe ser cuestionado a la luz de los regímenes políticos que produjo. Pero repudiar el experimento comunista que tuvo su origen en la Revolución de Octubre no implica resignarse a que el capitalismo siga un curso desenfrenado e impúdico. "Hace menos de cien años -escribió Axel Honneth- el socialismo era un movimiento tan poderoso dentro de la sociedad moderna que casi no existían teóricos sociales que no creyeran necesario dedicarle tratados extensos. [?] Esto ha cambiado fundamentalmente hoy. Parece aceptarse que el socialismo ya superó su expectativa de vida. Tengo la convicción de que esta inversión ha ocurrido demasiado rápido y por lo tanto no puede ser toda la verdad. En el socialismo -dijo- aún existe una chispa de vida." Como muchos otros pensadores, Honneth cree que es posible volver a pensar caminos alternativos que, cuando menos, obliguen al capitalismo a reconducir sus prácticas tomando en cuenta lo humano de la humanidad y lo sensible de un planeta que está siendo destruido. "Aquello a lo que debe apuntar la mirada de un socialismo revisado -continúa Honneth- es a una forma de vida social en la que la libertad individual prospere no a expensas de la solidaridad, sino con la ayuda de ella", un socialismo que, sin rendir ningún homenaje a los crímenes de la Unión Soviética, pueda una vez más convertirse en un poderoso discurso cargado de futuro.

Ensayista y editor, y profesor en la Universidad de Buenos Aires

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La política puede ser servidora de los sentimientos, pero no es admisible servirse de los sentimientos y excita rlos al límite para engañarse o engañar.

TRIBUNA

Cataluña y la ley de la gravedad

El horizonte colectivo viable en Cataluña no es “la independencia” sino “más y mejor autogobierno”

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RAIMON OBIOLS

11 OCT 2017 – 09:06 ART

Un grupo de catalanes a favor de la independencia se concentraron a las puertas del Parlament para escuchar el discurso de Puigdemont.Un grupo de catalanes a favor de la independencia se concentraron a las puertas del Parlament para escuchar el discurso de Puigdemont. ANTONIO MASIELLO GETTY IMAGES

Dejé mis recuerdos políticos en un libro escrito a mano y publicado en 2013, Lo mínimo que se puede decir. Pensaba entonces que ya lo había dicho todo. Después han pasado cosas que me obligan a añadir algunas posdatas. Sobre todo, sobre dos cuestiones. Por un lado, la confesión de Jordi Pujol, en verano de 2014. Por el otro, los acontecimientos relacionados con el denominado “proceso”.

Sobre el primer asunto, no me extenderé. La declaración pública de mi adversario en tres combates electorales, en condiciones perfectamente desiguales, me disgustó: ahora rectificaría algunos aspectos de mi libro sobre la valoración del personaje, no porque estuviera in albis en cuanto a mi antagonista (“un farsante genial”, decía el presidente Tarradellas), sino por toda la gente que se ha sentido engañada.

Esto me lleva al otro asunto, mucho más importante y urgente: el desenlace del “proceso”. También aquí hay gente que engaña y gente engañada. En la Europa occidental, y por un porvenir prolongado, prometer la independencia es engañar; y prometer una independencia no ya low cost, sino casi inmediata y gratuita, es un engaño monumental. La cuestión no es declarar la independencia, sino que te la declaren, que la reconozcan. Ni Maduro ni Putin estarían dispuestos a ello; imaginen la UE y el resto de la comunidad internacional.

Prometer la independencia es engañar; y prometer una independenciacasi inmediata y gratuita, es un engaño monumental

En Cataluña el horizonte colectivo viable no es “la independencia” sino “más y mejor autogobierno” o, dicho de otro modo, “menos dependencia”. Es decir: una vía legal, ampliamente mayoritaria y negociada de manera inteligente, para tener más y mejor capacidad de gobernarnos y de mejorar colectivamente. En estos últimos años se han producido exactamente los resultados contrarios.

Haciendo bien las cosas, Cataluña puede volar alto. Tenía razón el sastre de Ulm, que se estampó lanzándose desde el campanario de la catedral, agitando unas alas de madera; y no la tenía el obispo que, en el poema de Brecht, hace repicar las campanas y proclama con pomposa suficiencia: “El hombre no es un pájaro. ¡Un hombre nunca volará!”. Con el tiempo, el hombre ha volado y de momento ha llegado a la luna.

Pero están engañados o engañan los que dicen que para volar basta con lanzarse por el balcón al grito de “¡Muera la ley de la gravedad!”. Pueden decir que mi crítica es un delito de lesa patria. No me da ni frío ni calor: incluso cuando he callado he recibido por todos los lados. Por lo tanto, reincido: contra la ley de la gravedad se puede volar alto, pero no a base de proclamas o aventuras. Las emociones, por más intensas y justificadas que sean, no sirven para obtener cualquier cosa.

Contra la ley de la gravedad se puede volar alto, pero no a base de proclamas o aventuras. Las emociones no sirven para obtener cualquier cosa

La política puede ser servidora de los sentimientos, pero no es admisible servirse de los sentimientos y excitarlos al límite para engañarse o engañar. Podemos admirar el sastre de Ulm porque el precio de su gesto precursor lo pagó él, no los otros.

Nuestra vida democrática, de opiniones y sentimientos plurales, se está deteriorando en una batalla de indignaciones identitarias que puede crear una atmósfera irrespirable y liquidar la deliberación sobre cualquier otro asunto público durante muchos años. De manera perfectamente deliberada, tanto la derecha española como el “procesismo” lo han alimentado: los dos discursos confrontados aportaban peix al cove, en términos electorales, a los unos y a los otros, y servían –no lo olvidemos nunca– para tapar la corrupción en España y en Cataluña. Unos montando mesas petitorias, recogidas de firmas y campañas contra el Estatut, al grito de “España se rompe”… Otros, prometiéndonos el paraíso o lanzando truculentos mensajes existenciales (el “rendirse y aceptar la asfixia de Cataluña, u optar por la independencia” de Jordi Pujol; el “si nos quedamos donde estamos, moriremos” de Francesc Homs; y así durante años).

Todo esto ha dado muchos votos. Votos crédulos, de una buena fe admirable. Pero ha disparado la intensidad emocional al límite, y la situación se ha escapado de las manos de unos y otros, generando una crisis mayúscula, peligrosa, de difícil solución. Quizás es por eso que, prisioneros de la situación que han generado, unos y otros endurecen posiciones, a base de testosterona, como si no hubiera otra salida que no fuera la del fatalismo de una dinámica destructiva.

La política me ha enseñado algunas cosas. Además del hecho que tendemos a equivocarnos en grupo y a rectificar individualmente, la principal es que en política hay que fijarse, más que en las intenciones y las proclamas, en los objetivos que se logran y los efectos que se producen (y esto incluye, muy particularmente, los efectos sobre los afectos). No defiendo el peix al cove, una filosofía cínica que no comparto; digo que son los resultados obtenidos, y no los sentimientos y las intenciones que se proclaman, aquello que permite juzgar y hacer el balance de unas políticas. Las que hoy dominan son fatales de necesidad y pueden llevar a un desenlace humillante, tanto en Cataluña como en España.

No hay tarea colectiva más urgente que superar estas políticas, y para conseguirlo hay que volver a encontrar, en el pluralismo y el respeto, nuevos consensos mayoritarios en una opinión pública perturbada y fragmentada. “Cataluña dividida no puede triunfar”, decía Nicolau d’Olwer. Solo con quienes quisieron votar el 1-O y quienes no quisieron hacerlo se podrán construir en Cataluña nuevas mayorías que permitan salir del callejón sin salida.

¿Equidistancia? Quizás sí. Pero no acomodaticia, sino de combate: contra la coagulación de las divisiones actuales y contra los insensatos que nos pueden llevar al precipicio agitando una bandera o la otra, si no reaccionamos a tiempo.

Raimon Obiols fue primer secretario del PSC.

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La violencia legítima

TRIBUNA

CATALUÑA

La violencia legítima

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  • 10 OCT. 2017 08:32

SEAN MACKAOUI

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El plan C de Puigdemont es un ‘happening’, por Rafa Latorre

España sigue esperando la reacción de Rajoy

Me pareció la última pusilanimidad de Rajoy pasarle la patata caliente de Cataluña al joven monarca, que por lo demás habló claro y firme, como esperaban las gentes de buena voluntad, demostrando madurez para lo requerido de un rey constitucional, que no es para nada gobernar, sino añadir un mediador al resto de las instituciones estatales. Algún analfabeto seguirá confundiendo la Corona de países como los escandinavos, Holanda, Bélgica, Inglaterra y España con el imperio de algún autócrata, pero allá él.

Sea como fuere, el paso se ha dado y solo cabe esperar que el temor al qué dirán -por ejemplo autoridades como Assange, Maduro y Sánchez- no prolongue el paripé con una insurrección de pandereta, cuyos líderes rezan por algún derramamiento de sangre capaz de desdibujar lo esencial del asunto. Los golpistas corrían otrora a tomar las radios, los cuarteles y los bancos; pero como la Generalitat tiene de todo su incumbencia es mantener la situación en términos patético-enfáticos -la de un pueblo expoliado material y moralmente, donde nueve de cada 10 piden tan solo votar por la independencia-, mientras el franquismo apenas disfrazado de los otros, también llamados "Madrid", fustiga con especial saña a niños y ancianos.

Solo Rivera ha llamado a las cosas por su nombre, proponiendo volver a votar en Cataluña, con las garantías y el escrúpulo que la Generalitat no estuvo dispuesta a observar. Una vez despejadas las mayorías, y en ningún caso antes, tocará plantear los límites de la autodeterminación, el tema peliagudo por excelencia que diversas circunstancias lograron abortar años atrás en el País Vasco. Dada la tesitura, el corazón nos llama a tener presente el no hay mal que por bien no venga, pues el conjunto de renuncios y embustes ligados al procés catalán parece haber alcanzado su masa crítica. Con todo, la cabeza nos recuerda que el PP gobierna por abstención del PSOE, y no es descartable que la fractura interna se prolongue, sancionando una ingobernabilidad derivada de la fragmentación partidista.

Lejos de ser una panacea, la democracia es simplemente el remedio menos malopara gestionar lo común cuando Caín alterna con Teresa de Calcuta, los sectarios con los libertarios y el farsante con el honrado. Su gran ventaja es también su máximo peligro, porque todo depende en exclusiva de nosotros, y si en ciertos momentos predomina el espíritu del derecho en otros quien reina es la arbitrariedad del decreto. Aristóteles definió el populismo como "desvarío de quienes se sienten superiores al derecho", entendiendo por esto último algo reducido a dos principios: que ni la libertad ni la propiedad se perderán por coacción o fraude, y que los pactos se cumplen, o procederá indemnizar a quien cumplió su parte sin ser correspondido. A diferencia de los decretos, que llevan milenios sancionando iniquidades como perseguir a quien opine distinto, y en el siglo pasado cultivaron por sistema el genocidio al amparo de limpiezas sociales y raciales, el ius y su iustitia perseveran en la humilde meta de dar a cada uno lo suyo, concretada en no pedir sin dar ni recibir con ingratitud.

Reciprocidad sencillamente, como cuando no reclamamos enviar misioneros a un territorio sin admitir lo inverso, o nos obligamos a sustituir los privilegios (privatae leges) por normas aplicables a todos. Dicha actitud puede elevarse a pauta universal y permanente, e informa en principio tanto las relaciones internacionales como los derechos civiles, aunque la empanada mental del fanático haya logrado prácticamente desde siempre enturbiar la claridad del planteamiento con tal o cual rapto mesiánico, cuya instauración lleva consigo sustituir los albures de la libertad por las certezas de la dictadura.

Tras 20 años dedicados a averiguar qué pasó cuando el llamamiento a crear un hombre nuevo pudo sobreponerse al derecho, descubrí que los argumentos esgrimidos variaron algo -tampoco mucho-, mientras los resultados no se desviaron un milímetro del empobrecimiento anímico y material, con poblaciones desnutridas en todos los casos. China, el último supuesto de nueva humanidad fundada en la expropiación, enseñó al mundo cómo el déficit de proteínas y vitaminas no dependía tanto de poder votar como de poder hacer negocios, y su ejemplo aceleró el gran fenómeno político de nuestros días, que es la reagrupación del fanático operada por convergencia del integrismo islámico y el marxista.

La novedad que subraya la insurrección de algunos catalanes -lógicamente poco dispuestos a precisar su número en condiciones de propaganda electoral paritaria- es poner en duda la legitimidad del Estado como titular único de la violencia legítima. Troquelada en última instancia por Max Weber, esta fórmula es lo primero que aprende el estudiante de leyes, y en mi tiempo era algo tan evidente como que no llueve hacia arriba, y tampoco hay color sin extensión. Por lo demás, estábamos en vísperas de Mayo del 68 y los macrofestivales de la contracultura, cuyas secuelas se bifurcarían en la senda del mesiánico -que iba a ser la mayor explosión de terrorismo registrada por los anales en Europa e Iberoamérica- y la del libertario, que culminó la revolución sexual sugerida por Freud, transformando de paso toda suerte de gustos.

Dicha revolución puede considerarse la más humanitaria e imprevista, gracias a la cual cientos de millones dejaron de verse acosados por crímenes sin víctima como la sodomía, el lesbianismo o la simple bisexualidad, que seguirían castigándose no solo en zonas islámicas sino en Cuba, Vietnam y Corea del Norte, pues no se sabe bien cómo la dictadura del proletariado fue unánime en identificar libertad sexual con «decadentismo burgués», aunque comunistas como Engels, Bebel, Reich y De Beauvoir contribuyeran destacadamente al consejo freudiano de no seguir mintiéndonos.

Sea como fuere, el señor Puigdemont y sus inmediatos colaboradores aspiran a crear un nuevo Estado cuando siguen siendo representantes del antiguo, cuyas leyes se mantienen vigentes mientras no sean derogadas por otras o por el desuso. ¿Acaso el ordenamiento español dejó de ser el titular legítimo de la violencia porque ellos lo decidieron? La respuesta es sí, pues desde el día 1 de octubre el siempre áspero deber de reprimir y reparar los delitos les correspondería en exclusiva. Al igual que Marx, sus socios de la CUP vinculan la existencia del delito con la del propio Estado, cuando el relativismo posmoderno -otro fruto del 68, en la rama proclive a Brigadas Rojas- permite enarbolar la posverdad, cuya ventaja sobre el mero estado de cosas es ser independiente de él.

Esto ya lo sabían los zelotes judíos, pioneros del integrismo; pero a la CUP parece olvidársele que el más feroz de los aparatos estatales recordados nació con Lenin, y precisamente al amparo de pretender que el Estado desaparecería tras crear "un oasis extradinerario". Si no me equivoco, ni ellos ni el resto de los independentistas se tomaron el trabajo de precisar en qué se fundará el oasis catalán.

Antonio Escohotado es filósofo. Su última obra publicada son los tres volúmens que conforman Los enemigos del comercio (Espasa, 2016).

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El clamor de la mayoría silenciada

EDITORIAL

El clamor de la mayoría silenciada

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  • 8 OCT. 2017 20:57

Santi Cogolludo

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El nacionalismo excluyente perdió este domingo el monopolio de la calle después de una de las manifestaciones de rebelión cívica más emocionantes de nuestra historia democrática. Casi un millón de ciudadanos, sin distinción de tendencias políticas, desfiló por Barcelona en defensa de la unidad de España, de la tolerancia y del Estado de Derecho. Fue el clamor de la mayoría silenciada de los catalanes por la concordia constitucional, la convivencia pacífica y el proyecto nacional compartido con sus conciudadanos del resto del país. Frente al aparente unanimismo que han proyectado los separatistas, emergió la Cataluña real, diversa y plural.

Hay momentos en la historia de una nación en los que la ciudadanía asume la responsabilidad de mantener la dignidad cívica y la integridad de los valores que conforman la democracia. Este fue uno de ellos. Igual que en el 23-F frente a los militares golpistas y en el verano de 1997 plantando cara al sanguinario terrorismo de ETA, miles de españoles recuperaron el protagonismo en la calle para gritar alto su deseo de vivir en un país unido en el que todos los ciudadanos sean libres e iguales. Tanto en derechos como en obligaciones. Y sin la imposición de una ideología excluyente que trata de subvertir a contracorriente el devenir de la Historia. Cuando todos en Europa creían que tras las dos guerras que asolaron el continente en el siglo pasado, el nacionalismo habría quedado arrinconado en los márgenes de la civilización, la modernidad y el progreso, algunos han aprovechado la crisis económica y la debilidad institucional para reactivar sus intenciones revolucionarias de destruir el proyecto común compartido por todos los españoles desde hace más de cinco siglos.

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Su desafío ha sido extremo. Por eso, fue contundente el rechazo de la mayor parte de la ciudadanía. Sin banderías políticas. Sin distinción de origen, de clase social ni de afinidades políticas. Ciudadanos hasta ahora silenciados por el rodillo independentista que dijeron Prou! (¡Basta!) a quienes quieren romper la convivencia y fracturar a la sociedad. Convocada por Sociedad Civil Catalana, a la marcha se sumaron PP y Cs, pero el PSC hizo un llamamiento a que sus militantes acudieran a la misma y Josep Borrell, histórico del socialismo español, fue uno de los ponentes que reflexionó, en términos graves y severos, en contra de los políticos irresponsables que nos han conducido a esta situación.

Como recordó también desde la tribuna el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, la masiva participación en la manifestación significó un clamoroso triunfo de la razón cívica frente a la pasión política, entendida ésta como la intolerante actitud que pretende convertir al adversario en enemigo, como hicieron en la teoría y en la práctica el comunismo, el fascismo y nacionalismo en una de las páginas más desgraciadas de la reciente historia contemporánea. Pero este domingo, las banderas española, catalana y europea ondearon conjuntamente en las calles de Barcelona, en admirable ejemplo de que no todas las identidades son necesariamente excluyentes. Que la convivencia no es solo deseable sino también posible. Que todos los sentimientos son igualmente respetables mientras destierren de su discurso las retóricas del odio y se mantengan sometidos al imperio de la ley, garantía máxima de los Estados modernos para que la paz prevalezca sobre el conflicto de todos contra todos. Para que ningún ciudadano incurra en la arrogancia intolerante de considerarse más que otro por su ideología, por su religión o por su sexo.

Principios democráticos que el independentismo ha intentado arrollar usurpando el parlamento autonómico a la oposición, monopolizando el discurso mediático a través del control de los canales públicos de televisión y radio, secuestrando la calle para ponerla al servicio de los radicales antisistema que le sostienen en el Gobierno y divulgando la mentira y la manipulación con la intención de manchar la imagen de España ante la comunidad internacional. Todo ello con la pretensión de dejar sin efecto la Constitución y el Estatuto de Autonomía, las dos leyes fundamentales que operan en Cataluña, e instaurar una nueva legalidad totalitaria en la que el Gobierno controle los tres poderes que, en contrapeso y vigilancia, dan forma a un régimen democrático. Pero el independentismo se mantuvo obstinado en sus intenciones. Al desprecio con el que Puigdemont trató a los empresarios que el sábado le pidieron que desistiera de declarar la independencia, se sumó la declaración del propio President de la Generalitat en TV3 en el sentido de que seguirá adelante con la hoja de ruta pactada con la CUP y aplicará la Ley del Referéndum a pesar de estar suspendida por el TC.

La movilización social ha estado acompañada por el rechazo cuasi unánime, y por primera vez explícito, de las élites financieras y empresariales de Cataluña. El éxodo de las corporaciones más internacionales y reputadas ha dejado perpleja a la sociedad catalana y ha resquebrajado al dispar bloque independentista. A la marcha de Sabadell , CaixaBank, Gas Natural, Aguas de Barcelona y un largo etcétera se sumará hoy el anuncio de un posible cambio de sede social de Abertis y otras tantas compañías que no quieren quedar al albur de que Puigdemont acabe proclamando la independencia. La posibilidad de quedar atrapadas en un territorio fuera de la ley y controlado por un Govern que se mueve como marioneta de los antisistema de la CUP obliga a las empresas a abandonar Cataluña. Como publicamos hoy, en primer lugar porque la Ley de Transitoriedad contempla nacionalizar empresas y crear un banco público. Pero también porque las firmas catalanas temen un boicot comercial a sus productos en el resto de España, su principal mercado. Y además, ninguna empresa (en especial los bancos) puede arriesgarse a quedar fuera del euro.

En este sentido, es oportuno recordar el papel integrador que la moneda única europea puede jugar en el desenlace del conflicto catalán. El euro ha sido el mayor avance reciente para la integración de la UE, una unión que en los últimos 60 años ha garantizado la paz y la prosperidad de las naciones europeas. Y la crisis institucional catalana está poniendo de manifiesto que hoy nuestras empresas son, ante todo, europeas por la seguridad jurídica de la que dota la moneda común. Y a favor de ella se manifestaron masivamente también los ciudadanos de toda España, que quieren seguir disfrutando del bienestar económico y la paz social. Como hasta ahora.

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