El mundo está argentinizándose

OPINIÓN / 9 de junio de 2018

Los dilemas que enfrenta Macri se asemejan mucho a los que obsesionan a docenas de otros mandatarios.

Por James Neilson

Mauricio Macri. Ilustración Pablo TemesMauricio Macri. Ilustración Pablo Temes

La Argentina no es el único país en que, para consternación tanto de la clase gobernante local como de los resueltos a demolerla, lo sociopolítico sigue alejándose de lo económico sin que nadie haya encontrado la forma de acercarlos nuevamente. Algo muy parecido está sucediendo en el resto del planeta donde el populismo está poniéndose de moda.

Que ello esté ocurriendo justo ahora es paradójico. Lo que más quieren Mauricio Macri y sus simpatizantes es que la cultura política nacional se asemeje más a la de Europa occidental o América del Norte, razón por la que están librando una batalla contra el mal populista, pero en las sociedades que le sirven de modelo están proliferando los tentados a tomar un camino muy similar a aquel que llevó la Argentina a su lugar actual.

Merced al rincón que Juan Domingo Perón y Evita aún ocupan en la memoria colectiva, en Estados Unidos, España y otros países muchos suponen que el populismo es una enfermedad típicamente argentina que nunca padecerían pueblos menos frívolos. Puede que algunos sigan creyendo que sus compatriotas son inmunes. Se engañan. Si la experiencia argentina nos enseña algo, es que el populismo –la miopía principista–, no discrimina entre gente crédula y escépticos natos, analfabetos y eruditos. Tampoco discrimina entre sajones y latinos.

Todo depende de las circunstancias. Ni siquiera es necesario que una sociedad se vea frente a una crisis gravísima. Aquí, el populismo se consolidó a mediados del siglo pasado porque muchos creían que, por ser la Argentina un país rico en que no había problemas económicos angustiantes como los que atribulaban a los europeos y japoneses, el Gobierno podría concentrarse en distribuir mejor lo que ya era disponible.

En los países más desarrollados, el populismo está propagándose de manera vigorosa por motivos que son muy distintos; lo impulsa la convicción nada arbitraria de que los partidos moderados que se habían acostumbrado a dominar el escenario político los metieron en un callejón sin salida del que hay que escapar por los medios que fueran, aun cuando “la solución” propuesta por los contrarios al statu quo sea un salto al vacío.

La frustración que tantos políticos europeos sienten se debe en buena medida a la conciencia de que los esquemas benefactores que se construyeron luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando la realidad demográfica era llamativamente diferente de lo que pronto sería, se han vuelto demasiado costosos y por lo tanto es necesario empezar a desmantelarlos. Pero, como sabemos muy bien, no es fácil privar a la gente de derechos que creen definitivamente adquiridos, sobre todo cuando tecnologías nuevas están eliminando puestos de trabajo. Así y todo, a pesar de la resistencia feroz de los sindicatos, muchos gobiernos están procurando flexibilizar las leyes laborales e incluso reducir las jubilaciones.

Para hacer aún más sombrío el panorama frente a los europeos y norteamericanos, una consecuencia de la globalización es que los trabajadores de países ricos se ven obligados a competir con asiáticos y latinoamericanos que a menudo son más talentosos y más aplicados que ellos pero que están acostumbrados a ganar mucho menos. Tal competencia les parece terriblemente injusta.

Aún más preocupante que los desafíos planteados por la incorporación al mercado laboral mundial de miles de millones de personas de países todavía subdesarrollados, es el supuesto por las deficiencias intrínsecas del modelo democrático en que los dirigentes dependen de los votos no sólo de los conformes con su destino sino también de quienes se creen postergados. Los hay que se sienten tan asustados por los estragos que podría provocar lo que toman por una rebelión de los resentidos, como las que a su juicio dieron pie a los triunfos de Donald Trump, del Brexit y, últimamente, de una alianza de nacionalistas y anarquistas en Italia, que creen que la democracia tal y como la conocemos tiene los días contados. A su entender, si el modelo autoritario chino sigue produciendo buenos resultados, valdría la pena adoptar una variante.

Hasta hace muy poco, casi todos creían que, gracias a una combinación bien administrada de progreso tecnológico y educación, las sociedades avanzadas seguirían haciéndose más ricas, lo que les permitiría ser más igualitarias ya que contarían con los fondos necesarios para garantizar que todos se doten de un diploma universitario. Se equivocaban. Lejos de achicarse, la brecha entre los más adinerados y los demás sigue ampliándose.

En buena parte de Europa y en Estados Unidos, el fracaso de los esfuerzos por revertir esta tendencia perversa está detrás del auge de movimientos habitualmente calificados de “derechistas” por los defensores de la ortodoxia socialdemócrata antes hegemónica, que están tomando el lugar de los viejos partidos de la centro-izquierda. Lo mismo que aquellos peronistas que se proponen rebobinar el ajuste energético para que todo quede como era a comienzos del año pasado, quieren regresar a épocas ya idas.

Trump, los partidarios del Brexit, los nacionalistas de La Liga del nuevo hombre fuerte italiano Matteo Salvini y sus socios antisistema del Cinco Estrellas fundado por el comediante Beppe Grillo, además de muchos dirigentes de los países ex comunistas de Europa central y oriental, sienten nostalgia por tiempos en que, imaginan, todo era mucho más sencillo. Sueñan con la reindustrialización para que haya empleos bien remunerados para los obreros fabriles que se han visto marginados por la evolución de las economías avanzadas y protestan contra la llegada de millones de inmigrantes, en especial los musulmanes que no tienen interés en dejarse asimilar, cuyos valores les parecen irremediablemente ajenos.

Los dilemas que enfrenta Macri se asemejan mucho a los que obsesionan a docenas de otros mandatarios. Si privilegian las expectativas a primera vista razonables del grueso de la ciudadanía, la economía podría desplomarse, pero si las subordinan a los odiosos números, no tardarían en ser repudiados por los votantes. Por fuerza de las circunstancias, los europeos son gradualistas a pesar suyo; entienden que hasta las reformas más modestas pueden depararles sorpresas muy ingratas. En un intento por cuadrar el círculo, la mayoría se siente sin más opción que la de prometer que, dentro de poco, el período ya largo de austeridad alcanzará su fin porque los ajustes que se han puesto en marcha ya no serán necesarios.

Los más lúcidos saben que se trata de una mentira, que es muy poco probable que el futuro del país que están procurando gobernar resulte ser más equitativo que el presente, pero están convencidos de que no les convendría en absoluto hablar con franqueza. Para justificar tal actitud, advierten que los populistas aprovecharían cualquier oportunidad para desacreditar a los comprometidos con el orden establecido que, por deficiente que fuera, es en su opinión mejor que las alternativas planteadas por reaccionarios xenófobos irresponsables que no entienden nada de economía como Trump, la francesa Marine Le Pen, Salvini, Grillo y compañía.

Aunque quienes piensan así tienen buenos motivos para despreciar a los insurgentes que están liderando la rebelión contra “las elites” políticas y, sobre todo, culturales de Europa y Estados Unidos, esto no quiere decir que ellos mismos sepan cómo resolver los problemas que están agitando a una proporción cada vez mayor de los habitantes del mundo desarrollado.

Por el contrario, están tan desconcertados como el que más. Hasta mediados de la década pasada, pareció que las recetas reivindicadas por los progresistas funcionaban muy bien, pero la crisis financiera de 2008 puso fin a la ilusión de que, andando el tiempo, todos disfrutarían de los beneficios del crecimiento económico, de ahí el naufragio de muchos partidos socialdemócratas europeos y la derrota sufrida por Hillary Clinton a manos de Trump. En un lapso muy breve, las certezas que durante medio siglo habían compartido conservadores y progresistas en Europa, o republicanos y demócratas en América del Norte, perdieron su vigencia.

Si bien es comprensible que en los países relativamente ricos haya muchos que se sienten perjudicados por los cambios económicos, demográficos y culturales recientes y que por lo tanto apoyan a movimientos cuyo atractivo se basa en la voluntad declarada de sus líderes de volver atrás el reloj, no existen motivos para creerlos capaces de hacerlo. Es factible que las medidas proteccionistas que está tomando Trump beneficien a algunos integrantes de la clase obrera de su país, pero lo harían a costa de la mayoría que tendría que pagar más por los bienes y servicios que consume.

Asimismo, si bien el nuevo gobierno italiano da prioridad a los problemas planteados por medio millón de inmigrantes ilegales, la crisis existencial que enfrenta su país no se debe a la presencia indeseada de una multitud de personas procedentes mayoritariamente del mundo musulmán sino a sus propias distorsiones estructurales. Entre estas, la más importante es la demográfica; como España, Grecia y Alemania, Italia está envejeciendo con tanta rapidez que corre peligro de convertirse en un gigantesco instituto geriátrico antes de terminar el siglo actual.

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La política desbordada por la realidad …La corporación política se resiste a verse privada de privilegios c omo el de poder satisfacer las aspiraciones laborales de militantes y familiares, lo que hace más comprensible el escas o fervor de muchos oficialistas por el programa de reformas que está procurando impulsar.

OPINIÓN, POLÍTICA / 2 de junio de 2018

Hasta ahora, los únicos beneficiados por la fase más reciente de la ya casi centenaria debacle nacional, han sido aquellos peronistas que, desde hace un par de meses, tratan de asegurar que el presidente pague todos los costos del ajuste que saben inevitables.

Por James Neilson

Es legítimo suponer que quienes han hecho de la política su actividad principal se creen más capaces que los demás de encontrar soluciones viables para los problemas que aquejan a la sociedad en que actúan. Con todo, aunque todos juran ser idealistas resueltos a hacer del mundo un lugar mejor, muchos, acaso la mayoría, están claramente más interesados en aprovechar en beneficio propio las dificultades que surgen que en hacer un esfuerzo inteligente por eliminarlas o, cuando menos, atenuarlas. Lejos de querer ayudar a poner fin a crisis como las que se han hecho rutinarias en la Argentina, son demasiados los que prefieren agravarlas con la esperanza de obtener algunas ventajas.

Dijo una vez Rahm Emanuel, el operador favorito de Barack Obama: “Nunca hay que echar a perder las oportunidades que ofrece una buena crisis”. ¿Sabrán hacerlo Mauricio Macri y sus aliados? Parecería que no. Hasta ahora, los únicos beneficiados por la fase más reciente de la ya casi centenaria debacle nacional han sido aquellos peronistas que, desde hace un par de meses, tratan de asegurar que el Presidente pague todos los costos del ajuste que saben inevitable.

Con menos fervor, los acompañan radicales inquietos que creen que ha llegado la hora de obligar a sus socios de Pro a cederles más espacio en la coalición gobernante. Lo hacen asumiendo posturas afines a las adoptadas por sus rivales peronistas. Es que, para la UCR, conseguir más cargos políticos es una prioridad ya tradicional: un cuarto de siglo atrás, el viejo partido apoyó el pacto de Olivos que facilitó la reelección de Carlos Menem porque a cambio le sería dado ocupar más senadurías y, con ellas, disponer de centenares de empleos adicionales para los correligionarios.

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Huelga decir que a los radicales no les gusta que Macri, María Eugenia Vidal y otros líderes de Pro hayan declarado la guerra contra gastos políticos que a su parecer son excesivos; últimamente no se han difundido datos sobre los costos para el contribuyente de las legislaturas provinciales, lo que puede entenderse ya que no hay motivos para suponer que son inferiores a los de sus equivalentes de comarcas norteamericanas o europeas mucho más ricas. Lo mismo sucede con la Biblioteca del Congreso con sus aproximadamente 1.600 empleados, un plantel que está absurdamente sobredimensionado en comparación con los de otros países con colecciones de libros cien veces mayor.

Macri, pues, se halla ante un panorama conflictivo. La corporación política se resiste a verse privada de privilegios como el de poder satisfacer las aspiraciones laborales de militantes y familiares, lo que hace más comprensible el escaso fervor de muchos oficialistas por el programa de reformas que está procurando impulsar. Incide en su estado de ánimo el que el presidente haya sido debilitado por la corrida cambiaria, las protestas callejeras contra los tarifazos energéticos, el regreso al escenario del Fondo Monetario Internacional y la sensación de que no cuenta con el respaldo de todas las facciones de Cambiemos.

También motivan malestar en las filas oficialistas las maniobras de peronistas, entre ellos personas que son consideradas sensatas y hasta realistas conforme a las pautas locales, como Miguel Ángel Pichetto y Juan Manuel Urtubey. Alentado por la baja de las acciones de Macri, el gobernador de Salta cree que, con un poco de suerte, podría mudarse a Casa Rosada el año que viene y no, como habían previsto antes, en 2023 o 2027.

Para alarma de los asustados por el espectro de un retorno triunfal peronista, aun cuando lo encabece alguien como Urtubey que, de quererlo, podría participar de la mesa chica gubernamental sin cambiar una sola opinión, la imagen de Macri se ha deteriorado mucho en las semanas últimas. La caída puede atribuirse no sólo a la decepción que tantos sienten al darse cuenta de que el país no está por protagonizar el milagro económico vaticinado o, si se prefiere, prometido por los voceros oficiales más entusiastas, sino también a la propensión colectiva, alentada por populistas y también por los macristas mismos, a subestimar la gravedad de la crisis estructural del país. Negarse a concentrarse en dicha realidad desde el vamos fue un gran error estratégico.

A más de dos años y medio de iniciar su gestión, Macri por fin está tratando de convencer a la ciudadanía de que la economía argentina sencillamente no está en condiciones de satisfacer las expectativas de quienes dependen por completo de su desempeño. Es muy poco productiva, nada competitiva y los déficits que se han acumulado son abismales. Por cierto, si el Gobierno – cualquier gobierno – diera lo que piden a quienes están reclamando más dinero para su sector particular, un tsunami hiperinflacionario no tardaría en barrer con buena parte de lo que aún queda en pie. Si bien los fieles a Cristina y los soldados de la izquierda dura sueñan con una convulsión de tal tipo por suponer que, además de hacer menos probable la eventual encarcelación de la señora, mostraría que lo que llaman “el neoliberalismo” no sirve para nada, otros opositores no pueden sino reconocer que no les convendría en absoluto tratar de gobernar un país arruinado.

Remodelar la economía para que un día lograra funcionar con un mínimo de eficiencia requeriría un esfuerzo mancomunado enorme, pero hasta ahora el gobierno no ha sabido persuadir a la mayoría de que realmente es así. Por el contrario, hasta hace un par de meses, intentaba brindar la impresión de que a su juicio sus deficiencias eran meramente coyunturales y que, gracias a la generosidad de inversores encandilados por el proyecto transformador de Macri, ni siquiera sería necesario que llevara a cabo un ajuste menor que podría molestar a los piqueteros.

Puede que en circunstancias determinadas convendría seguir los consejos de Jaime Durán Barba y dejar que la oposición se encargue de las malas noticias, pero, por desgracia, en las de la Argentina pos-kirchnerista, la voluntad de los macristas de dar a entender que les sería fácil desactivar las bombas de tiempo que Cristina había sembrado al batirse en retirada ya está teniendo consecuencias muy pero muy ingratas. Aunque tal actitud le permitió a Macri derrotar a Daniel Scioli en las elecciones de 2015, lo hizo a costa de impedirle emprender desde el vamos la reestructuración de una economía arcaica para adecuarla a los tiempos despiadados que corren, tiempos que, como los sucesos de las semanas últimas acaban de recordarnos, tenderán a hacerse cada vez más exigentes en los años venideros.

La Argentina es llamativamente vulnerable a los choques externos que amenazan con multiplicarse. La decisión nada sorprendente de la Reserva Federal estadounidense de aumentar levemente la tasa de interés de referencia la golpeó con más fuerza que a cualquier otro país, si bien a la larga algunos, como Turquía, podrían sufrir todavía más. De todos modos, aun cuando la mayoría entienda muy bien que la corrida y la voluntad demorada del gobierno de comenzar a reducir en serio el gasto público para que guardara cierta relación con los ingresos se debieron más a factores internos que a lo hecho en Washington, ello no ha sido óbice para que la oposición sacara provecho de una oportunidad para anotarse algunos puntos en desmedro de Macri.

Quienes aprueban en términos generales “el rumbo” que ha propuesto el Gobierno acusan a los peronistas presuntamente moderados de entregarse a la demagogia barata y rezan para que el electorado, aleccionado por una serie larguísima de desastres atribuibles a distintas variantes del populismo, los castigue por la falta de madurez así manifestada. Aún es demasiado temprano para saber cómo será la reacción a mediano plazo de la sociedad frente a la conducta de los adversarios más oportunistas del gobierno actual, pero ayudaría al macrismo que la mayoría entendiera que está en juego mucho más que el destino de ciertos integrantes de la clase política nacional.

En democracia, es normal que los políticos compitan entre ellos, pero si se dejan obsesionar tanto por sus propias ambiciones que pasan por alto los intereses de la sociedad en su conjunto, sus esfuerzos sólo serán destructivos. En muchos países democráticos, el internismo enfermizo de miembros de la clase o “casta” política que se comportan como si nada más importara que su propia ubicación en el organigrama del poder ha desprestigiado tanto a las elites que los demás se han alzado en rebelión, de ahí la llegada al poder de Donald Trump en Estados Unidos, la victoria del Brexit en el Reino Unido y lo que está ocurriendo en Italia, donde la mayoría apoya a partidos resueltos a dinamitar el statu quo.

De mantenerse vigente el tabú político en contra de “los ajustes”, el futuro del país sería complicado, por decirlo de algún modo; por razones bien concretas, es claramente imposible que se perpetúe el “modelo” corporativista de origen radical y peronista. Ya no es cuestión de optar entre dejar todo más o menos como está por un lado y, por el otro, hacer cuanto resulte necesario para eliminar los desequilibrios más nefastos, sino de elegir entre un ajustazo administrado por los representantes del pueblo y un colapso caótico, como el que tanto daño hizo en los días finales de 2001 y los primeros meses de 2002.

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La prensa libre, frente a la posverdad

LA NACION | OPINIÓN | PERIODISMO

La prensa libre, frente a la posverdad

Juan Luis CebriánJuan Luis CebriánMEDIO: El País
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En momentos en que el liderazgo de la información da paso a versiones manipuladoras, los medios de referencia deben recuperar su papel central en el debate político

315 de febrero de 2018

Las fake news, noticias no solo falsas sino imaginadas o inventadas, noticias que parecen noticias pero no lo son, ocupan hoy los primeros lugares del ranking mundial en el debate político y han logrado desplazar de su protagonismo a la antigua palabra de moda, la posverdad. Unas y otra son el signo del tiempo en que vivimos, caracterizado por un cambio de paradigma que afecta todas las manifestaciones de nuestra convivencia. La democracia se ve amenazada por la emergencia de sistemas sociales y políticos que conviven difícilmente con los valores del liberalismo clásico. Frente a la defensa de las libertades individuales, es creciente el reclamo de los derechos colectivos junto a la afirmación de identidades basadas en culturas, religiones, territorios, lenguas o tradiciones singulares. Por otro lado, las dificultades de los gobiernos democráticos para conjurar los efectos de la burbuja financiera, que explotó hace diez años, han provocado que la democracia misma pierda prestigio entre los ciudadanos, notablemente entre los más jóvenes.

Junto a los partidos, sindicatos e instituciones financieras, los medios de comunicación son también acusados por su pertenencia a un sistema que las nuevas generaciones consideran caduco. La ausencia de liderazgo no solo entre la clase política, entre pensadores e intelectuales también, es el mejor caldo de cultivo imaginable para el populismo, la demagogia, la charlatanería y el engaño. El resultado es que muchos electores, al margen de sus jerarquías sociales o adscripciones ideológicas, no se sienten representados por el sistema. Antes bien, se consideran víctimas de este en beneficio, según creen, de una minoría privilegiada que lo controla.


Fuente: LA NACION

En este clima de inseguridad y falta de perspectivas, prácticamente todas las instituciones del Estado, comenzando por su jefatura, han sido sometidas en los últimos años al descrédito, el escepticismo o la desafección. La clase política es considerada una lacra o un peso para el funcionamiento del país, cuya economía puede crecer y desarrollarse al margen de la existencia o la estabilidad de los gobiernos. Se extiende la idea de que los políticos son generalmente ineptos o corruptos. Las movilizaciones populares, espontáneas o inducidas, los reclamos churriguerescos de una democracia directa frente a la ineficacia de la representativa, la desesperación justificada de mucha gente y la impostada de los pescadores de aguas turbias han derivado en una opinión pública cada vez más polarizada entre quienes reclaman el fin del sistema que nos rige y los que pretenden defenderlo a cualquier precio.

En ambos casos es común el vilipendio de la política. Pero solo la política y, por tanto, los políticos serán capaces de sacarnos de esta situación. Es necesario recuperar su prestigio y funcionalidad, ya que no saldremos de donde estamos sin reformas estructurales que necesitan el consenso de todos y que un gobierno como el actual no puede hacer en la soledad en que se encuentra y con la debilidad parlamentaria que padece.

Un elemento sustancial para el ejercicio de la democracia lo constituye la vertebración de la opinión pública. Los medios de comunicación, la prensa libre e independiente, forman parte de la institucionalidad de los regímenes representativos. Frente a la pretensión onírica de que los periodistas estamos fuera de palacio, la prensa moderna se incluye en el entramado y sostenimiento del sistema democrático, actuando como un contrapoder necesario y una tribuna de debate capaz de defendernos del griterío y de la demagogia.

De este modo, durante la Transición española el papel de los periódicos y medios de comunicación fue esencial en la elaboración del consenso que facilitó el advenimiento y la defensa de la democracia. Hoy el panorama de los medios en nuestro país es, sin embargo, descorazonador. A los efectos de la crisis económica, hay que añadir los inducidos por el cambio tecnológico. En la última década, los diarios han perdido prácticamente el 50% de su circulación impresa y un 70% de los ingresos publicitarios. A cambio han visto multiplicada su presencia en las redes y llegan así a millones de usuarios a los que de otro modo nunca hubieran accedido. Pero el cambio de modelo de negocio obligó a la totalidad de las empresas del sector a abordar dolorosas reestructuraciones. Miles de periodistas perdieron su trabajo y asistimos a la desaparición de muchos medios.

Las nuevas tecnologías constituyen una gran oportunidad para el desarrollo del debate público. En las sociedades avanzadas, más de un 60% de los lectores recibe las noticias a través de dispositivos móviles, teléfonos inteligentes o tabletas. Pero la dificultad de discernir lo que es verdad y mentira; la actividad de organizaciones de todo género, desde servicios de inteligencia hasta grupos alternativos, dedicadas a la desinformación en la Red; la propagación de rumores infundados que destruyen prestigios y difaman injustamente; la desprotección de la propiedad industrial; la invasión del derecho a la intimidad, y la incapacidad de las leyes para regular y ordenar cuanto en la Red sucede han devenido en amenazas colosales para la estabilidad de las democracias.

Es preciso reflexionar sobre la forma en que se están configurando las opiniones públicas cuando el liderazgo de la sabiduría ha dado paso a la manipulación, el error o la vulgaridad. Sobre todo porque muchos medios de comunicación tradicionales, otrora respetados, se han visto también arrastrados por la banalidad de los contenidos que por la Red circulan. Si queremos consolidar la democracia y garantizar el futuro de las instituciones contra las posverdades y la manipulación informativa, los medios de referencia deben recuperar su papel central en el debate político, en la Red y fuera de ella. Por lo mismo, es preciso dotarlos de mecanismos que garanticen la autonomía e independencia de las redacciones en el ejercicio de las libertades de expresión e información, pero también el reclamo de sus responsabilidades. Se trata de un derecho que no es exclusivo ni de los propietarios de las empresas ni de los editores o profesionales que en ellas trabajan, pues es un derecho constitucional de todos los ciudadanos. A los periodistas les cabe únicamente la muy honrosa y difícil tarea de administrarlo en su nombre.

Presidente de El País y miembro de la Real Academia Española

Por: Juan Luis Cebrián

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El Papa Francisco es populista y diluye las esperanzas de los que esperaban reformas éticas

TRIBUNA

Entre el cielo y el barrio

El Papa Francisco es populista y diluye las esperanzas de los que esperaban reformas éticas

JULIO MARÍA SANGUINETTI

14 FEB 2018 – 00:00 CET

El papa Francisco, junto al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, y su esposa, Emine Erdogan, en el Vaticano el pasado 5 de febrero.El papa Francisco, junto al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, y su esposa, Emine Erdogan, en el Vaticano el pasado 5 de febrero. ALESSANDRO DI MEO EFE

La palabra de un Papa siempre es parte relevante del debate internacional. Robustece su eco no solo la dimensión de la Iglesia católica sino la circunstancia de que las demás corrientes religiosas, cristianas, judías o aun musulmanas, no tienen un vocero único y formal.

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Una implosión política

Juan Pablo II, con su incuestionable carisma, fue el centro de una vigorosa corriente, claramente definida. Conservadora en los temas de familia y bioética, liberal en el enfrentamiento de las democracias a las caducas estructuras del comunismo europeo, fue influyente y protagónica.

El papa Francisco, en cambio, navega en medio de extrañas contradicciones: a cada rato desciende de la universalidad de su posición a minúsculos combates políticos de un inexplicable provincianismo argentino, al tiempo que no oculta la raíz populista-peronista que el historiador italiano Loris Zanatta reveló no bien fue ungido.

Estos días avaló de un modo desconcertante a la señora Hebe de Bonafini, líder de las Madres de Mayo y ferviente kirchnerista, que ha degradado una noble causa con su radicalismo y la corrupción de la entidad que dirige. Esa buena señora celebró el atentado contra las Torres Gemelas, en tiempos en que llamaba fascista al entonces cardenal Bergoglio. Cuando éste llegó a Papa la recibió ostentosamente, para que en la puerta vaticana despotricara con violencia contra el presidente Macri, el compatriota electo por su pueblo, al que por entonces había recibido con una frialdad tan notoria que asombró al mundo. El hecho es que ahora, en el mismo instante en que la señora de Bonafini se resistía a acatar un mandato judicial, pudo ella leer una carta de Su Santidad en que le decía: “No hay que tener miedo a las calumnias. Jesús fue calumniado y lo mataron después de un juicio dibujado con calumnias. La calumnia solo ensucia la conciencia y de quienes la arroja”. La destinataria pudo regodearse comentando en la televisión: “Casi no me compara con nadie…”.

Se ha negado reiteradamente a entender el valor social y democrático del desarrollo de las “clases medias"

En estos días no ha cosechado muchos aplausos en un Chile que no entendió su actitud ante las situaciones de pedofilia. También es incomprensible que no atendiera un reiterado pedido del presidente electo Sebastián Piñera para un encuentro personal. Hasta sus colegas jesuitas no fueron complacientes con él.

En Perú, país más católico, le fue mejor. Allí trató muy bien al presidente peruano Kuczynski, tan liberal o más que Piñera y en muy malos días por su indulto a Fujimori. Allí, en cambio, fue ideológicamente bien claro: “Se estaba buscando un camino hacia la Patria Grande y de golpe cruzamos hacia un capitalismo liberal inhumano que hace daño a la gente”. En una palabra, con Cristina Kirchner, Correa, Dilma, Evo y Maduro, íbamos hacia la Patria Grande bolivariana que hoy solo sustenta el venezolano… En cambio, habla de un “liberalismo inhumano” que ¿quién sostiene hoy? ¿Acaso el gradualista Macri, que trabajosamente va enderezando a la Argentina con el cuestionamiento de muchos economistas liberales? ¿El traidor Lenín Moreno que ha impedido la monarquía de Correa? ¿Piñera, que ya fue presidente y no desmontó la obra social de los gobiernos de la Concertación?

Su populismo ha sido reiteradamente expresado, cuando se indignaba porque “todo entra dentro del juego de la competitividad”, como si fuera posible superar la pobreza en una economía incomunicada. O abjurando del “mercado libre, la globalización, el crecimiento económico o el consumo”. Por cierto, se ha negado reiteradamente a entender el valor social y democrático del desarrollo de las “clases medias” y hoy por hoy diluye las esperanzas de un mundo, creyente o no, que esperaba reformas éticas que superaran la condenación anacrónica de los divorciados o del uso de anticonceptivos, que ayudan a que la maternidad sea algo querido y no una fatalidad a la que resignarse.

No siendo católico, no incurro en el atrevimiento de mirar al Papa desde esa perspectiva religiosa. Como ciudadano, en cambio, desearía que ayudara a defender la libertad individual, los sistemas democráticos y una economía moderna que —regulada por reparadoras leyes sociales— genere riqueza para poder distribuir. Es desde ese ángulo que lamento que los Gobiernos, aun socialdemócratas, no encuentren esa voz de apoyo para luchar contra la pobreza mediante un real desarrollo, basado en la productividad, bien lejos de la demagogia que condena a los pobres, como ocurre en la doliente Venezuela de hoy.

Julio María Sanguinetti fue presidente de Uruguay.

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Posverdad, relativismo y ciencia

TRIBUNA

Posverdad, relativismo y ciencia

    • RAFAEL BACHILLER
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  • 10 FEB. 2018 03:06

SANTIAGO SEQUEIROS

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Estamos en plena era de la posverdad. Nos alertó hace ya 14 años el escritor estadounidense Ralph Keyes en un libro de mucho impacto (The post-truth era: dishonesty and deception in contemporary life). Desde entonces, el concepto ha ido ganando popularidad hasta que el Diccionario Oxford designó el término «posverdad» como palabra del año en 2016. A los científicos este término nos llena de perplejidad y asombro. Por lo que yo humildemente comprendo, la posverdad designa la distorsión de manera emocional de un hecho o de una prueba objetiva. Se trata pues de verdades a medias, falsas ideas o incluso puras mentiras que circulan de manera impune por nuestra sociedad. En términos políticos, la posverdad se refiere a ciertas interpretaciones emocionales de hechos que son proporcionadas por los políticos sin que sean contrastadas por nadie, ni denunciadas por parte del medio social que las tolera. Por ejemplo, la negación del cambio climático por parte de algunos políticos (Trump), se realiza a pesar de la abrumadora evidencia científica que corrobora la realidad del cambio y su origen en la actividad humana. Y este negacionismo es seguido emocionalmente, de manera irreflexiva, por un sector de la sociedad con ideología afín a la del político en cuestión.

Es muy tentador justificar la posverdad en términos del relativismo filosófico. Desde Aristóteles, muchas generaciones de filósofos se han preguntado si la verdad absoluta existe y si el hombre puede llegar a conocerla. En el siglo XVII, Locke ya distinguía entre la realidad objetiva y la percepción subjetiva de la mente humana. En su célebre experimento de los cubos de agua, Locke pedía a un sujeto que introdujese su mano izquierda en un cubo de agua helada y su mano derecha en otro cubo con agua muy caliente. A continuación, Locke pedía al mismo sujeto que introdujese sus dos manos en un cubo de agua templada. Naturalmente, la mano izquierda sentía que el agua de este tercer cubo estaba muy caliente, mientras la mano derecha sentía que estaba muy fría. Locke concluía así que una misma mente podía percibir la misma realidad objetiva de formas muy diferentes. Por tanto, y con mayor razón, las mentes de diferentes sujetos podrán experimentar la misma realidad de manera completamente distinta. Según Locke, el conocimiento es siempre subjetivo pues se alcanza gracias a las sensaciones y a la reflexión. La sensación está determinada por la percepción a través de nuestros cinco sentidos, mientras que la reflexión viene de nuestras asociaciones de ideas, memoria y capacidad de raciocinio.

También Kant admitía que no podemos conocer la realidad de manera completamente objetiva, pues nuestro conocimiento siempre estará determinado por cómo nuestra mente percibe las cosas y por cómo las formula. El filósofo de Königsberg consagró gran parte de su vida a estudiar la naturaleza de la realidad y creó toda una teoría deontológica basada en la capacidad humana para razonar, es esta capacidad única la que nos lleva a obrar bien o mal de acuerdo con un código moral. Para Kant, ni los deseos ni las emociones proporcionan una base racional para tomar decisiones acertadas.

Nietzche se preocupó por estudiar la relación entre la verdad objetiva y el lenguaje, en el contexto de cómo el hombre origina y desarrolla los conceptos. Tales conceptos son la herramienta para lograr una uniformidad en la descripción de la naturaleza, lo que facilita la comunicación. El que yo considero mayor filósofo del siglo XX, Bertrand Russell, desarrolló la teoría de la correspondencia epistemológica como el establecimiento de una biyección entre los hechos y los enunciados. Pero el problema, ya expresado por Nietzche, es que la relación de los conceptos y las palabras que designan a los objetos con los objetos en sí no proporciona una descripción perfectamente definida, las palabras pueden ser vistas como metáforas que guardan cierta componente de arbitrariedad. Además la cultura ha ido asociando términos y signos a los objetos y estas asociaciones también pueden afectar a la representación mental de la realidad.

Con todo, yo no creo que pueda utilizarse la filosofía como una justificación de la posverdad. Bien al contrario, la filosofía se ha esforzado a lo largo de los siglos por comprender los sesgos que afectan a nuestra manera de percibir o de razonar, a los obstáculos que pueden interponerse en nuestros intentos por alcanzar la verdad objetiva.

También podría argumentarse que, para la ciencia, la verdad parece ser algo siempre provisional. Y es que, efectivamente, la descripción científica del mundo está sometida a un escrutinio permanente y las teorías científicas que describen la realidad son consideradas aproximaciones sucesivas, descripciones progresivamente más precisas. Así la mecánica de Newton puede ser vista como una primera aproximación de la teoría de la gravitación, mientras que la teoría de la relatividad general Einstein tiene una mayor precisión y es capaz de explicar fenómenos físicos sobre un mayor rango de dimensiones físicas.

A veces la provisionalidad de la verdad científica es criticada duramente. Nos quejamos de que los científicos dicen un día que la mantequilla o los huevos son malos para la salud y al poco tiempo dicen lo contrario. Sin embargo, este escrutinio permanente de la verdad científica solo debería considerarse de manera positiva, pues refleja la dificultad y el esfuerzo del mundo de la ciencia por alcanzar el mayor acercamiento posible a la verdad. El científico no tiene ningún escrúpulo por reconocer que un estudio previo fue insuficiente y que debemos cambiar nuestras conclusiones a la vista de nuevos datos. Todo lo contrario: es su método de trabajo. Es cierto que un estudio pretendidamente científico argumentó un día sobre una supuesta relación entre la vacunación y el autismo. Pero no es menos cierto que ese estudio fue completamente rebatido por muchos otros estudios y los autores del primero fueron separados sin contemplaciones del mundo de la ciencia y de la práctica de la medicina. No hay ningún argumento hoy que justifique la no vacunación. Es sorprendente que esas ideas se extiendan para pasar a formar parte de una absurda posverdad.

Con el método científico, que incluye la experimentación, el hombre es capaz de ofrecer la descripción más objetiva posible de la realidad. En el experimento de los cubos de agua con el que Locke ilustraba el relativismo, un científico introduciría un termómetro en cada uno de los cubos y mediría la temperatura para dar así la descripción más objetiva posible, y por tanto imparcial, de esa realidad física. Aunque su verdad sea siempre provisional, el científico siempre posee la información más fiable posible. Su descripción de la realidad es más objetiva que la que puede ofrecer otros tipos de conocimiento como el arte, las religiones u otros tipos de creencias.

la obligación del científico es pues facilitar la información más fiable posible de acuerdo con el estado actual del conocimiento contrastado. El cambio climático, la vacunación, los alimentos transgénicos, la homeopatía, las técnicas de adivinación, los extraterrestres,… La ciencia tiene hoy las ideas muy claras sobre estos y muchos otros temas. Vemos pues cómo los científicos nos encontramos en plena época de lucha contra la posverdad. Resulta descorazonador que, en pleno fragor de la batalla, tras escoger "posverdad" como palabra del año 2016, el siempre acertado Diccionario Oxford haya declarado palabra del año 2017 a un término muy relacionado con el primero, fake news o falsas noticias, un fenómeno que dota de nuevas dimensiones a esta plaga de posverdad.

Si la obligación del científico es proporcionar información fiable, la obligación del político es dejarse de mandangas de posverdad para elaborar sus políticas públicas sobre la información proporcionada por la ciencia, ésta es la base más firme y fiable sobre la que fundamentar sus decisiones.

Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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