POR QUÉ EL POPULISMO ES LA ESENCIA DEL MAL?

POPULISMO, PALABRA DEL AÑO 2016 PARA LA FUNDÉU BBVA

Actualizado: 04/01/2017

POPULISMO ES LA PALABRA DEL AÑO 2016 PARA LA FUNDACIÓN DEL ESPAÑOL
URGENTE, PROMOVIDA POR LA AGENCIA EFE Y BBVA. POR CUARTO AÑO
CONSECUTIVO, LA FUNDÉU BBVA HA DADO A CONOCER SU PALABRA DEL AÑO,
ELEGIDA ENTRE AQUELLOS TÉRMINOS QUE HAN MARCADO LA ACTUALIDAD
INFORMATIVA DE 2016 Y TIENEN, ADEMÁS, INTERÉS DESDE EL PUNTO DE VISTA
LINGÜÍSTICO. TRAS ELEGIR ESCRACHE EN 2013, SELFI EN 2014 Y REFUGIADO EN 2015,
EL EQUIPO DE LA FUNDACIÓN HA OPTADO EN ESTA OCASIÓN POR POPULISMO, UNA
PALABRA ORIGINALMENTE NEUTRA, PERO QUE SE HA IDO CARGANDO DE
CONNOTACIONES HASTA CONVERTIRSE EN UN ARMA EN EL DEBATE POLÍTICO.

Los análisis y propuestas económicas de los populistas ni tienen lógica ni
pretenden tenerla. Son un método para inflamar los ánimos de la
sociedad y hacer quebrar las instituciones a fin de alcanzar el poder para
después ejercerlo totalitariamente
Desde el punto de vista económico, el populismo de cualquier tipo se
caracteriza esencialmente por prometer a los ciudadanos, no a todos, solo
"al pueblo" o "a los nuestros", mejoras inmediatas y sustanciales de su

bienestar sin esfuerzo alguno para ellos. Mejoras que según los populistas

se materializarían inmediatamente una vez que consiguieran los votos
necesarios para aplicar su programa de gobierno, y que serían tanto
mayores cuanto mayor fuera el poder que le otorgaran los ciudadanos.
Desde el punto de vista político, su objetivo, como el de cualquier otro
partido, es adueñarse del poder, pero, a diferencia de los otros, con la
intención de cambiar las reglas del juego para ejercerlo totalitariamente e
indefinidamente.
Las características de los partidos populistas que en los últimos años han
alcanzado un notable protagonismo político en el mundo desarrollado
difiere según los países. En España destacan de manera especial, por una
parte, el nacionalismo y el independentismo catalán (nunca ha habido
diferencias de fondo, solo de tácticas, en los objetivos de estos
movimientos) y, por otra, las corrientes marxistas englobadas en
Podemos (tampoco hay diferencias de fondo entre las diferentes
corrientes de este movimiento). Estos partidos están intentando
denodadamente aprovechar la oportunidad histórica brindada por la
crisis para, cabalgando a lomos del populismo más descarnado, conseguir
la secesión, en un caso, y la sustitución de nuestro ordenamiento político
por un régimen totalitario, en el otro. El objeto principal de este artículo
es mostrar las raíces económicas comunes y el también común
mecanismo de propagación que han catapultado el apoyo de buena parte
de la ciudadanía a los populismos independentista y marxista en nuestro
país.
La principal raíz económica común del
auge de ambos movimientos en
nuestro país es la secuencia de una
larga e intensa expansión seguida por
una brusca y profunda recesión
acaecida entre 1995 y 2013. Esta
secuencia, por sí sola, planta raíces que alimentan los movimientos
populistas de cualquier tipo. Pero para explicar cabalmente el intenso
crecimiento de los dos principales populismos de nuestro país durante los
últimos años es necesario descifrar el mecanismo de riego, por decirlo así,
mediante el cual los artesanos e ideólogos de esos movimientos han
vigorizado esas raíces surgidas de la crisis y han conseguido el apoyo de
amplias capas sociales. Dicho en la jerga bacteriológica, la brusca y, para
la mayoría de la sociedad, inesperada interrupción de la larga, intensa y
finalmente desequilibrada etapa expansiva de nuestra economía, así
como la profundidad de la crisis subsiguiente, provocaron el rebrote
violento de los virus independentista y marxista, siempre latentes en
nuestro país y en muchos otros. Pero su rápida difusión social se ha
debido también al éxito del perverso mecanismo puesto en marcha por
los activistas e ideólogos populistas para propagar dichos virus, un
mecanismo, como sus raíces, común a ambos movimientos. Este
mecanismo ha sido parte de la acción política de los partidos
nacionalistas y marxistas a lo largo de la historia. Con baja o alta
intensidad, mutando en diferentes variantes según el momento histórico,
ha estado siempre en funcionamiento, no solo en nuestro país sino
también en muchos otros, si bien en las etapas de bonanza económica o
de crisis suaves su capacidad de ganar adeptos y apoyo social en las
sociedades capitalistas es limitada.
YA LO DIJO BAUDELAIRE: "EL
MEJOR TRUCO DEL DIABLO ES
CONVENCERNOS DE QUE NO
EXISTE"
En lo que sigue se examina someramente la raíz común de estos
movimientos. A continuación, y con mayor atención, se descifra su
mecanismo de propagación. Finalmente se suministra una terapia
intelectual con la esperanza de que sirva como un antiveneno eficaz a
quienes habitualmente sucumben a sus mensajes o no saben
contrarrestarlos y a quienes han de hacerles frente en la arena política y
en los medios de comunicación. Vaya por delante la advertencia de que
no será fácil deshacer la oscura fascinación que ejercen los mensajes
populistas sobre la mente de muchos ciudadanos porque estos mensajes
apelan a los instintos más primarios de la naturaleza humana, que
siempre salen a flor de piel en tiempos de crisis, y porque estos partidos
los dirigen verdaderos profesionales de la comunicación de masas y de la
agitación social, activistas políticos que manejan con destreza innegable
las redes sociales y las técnicas televisivas. Ya lo dice el líder de Podemos,
licenciado en técnicas cinematográficas además de en Ciencias Políticas:
el plató de televisión es el parlamento de la nueva sociedad y las redes
sociales sus verdaderas urnas. Lo uno y lo otro constituyen los medios de
movilización de masas de la sociedad contemporánea.
1.LA RAÍZ ECONÓMICA DE LOS VIRUS POPULISTAS.
El axioma de partida de este artículo es que los factores económicos son
la causa principal del crecimiento del apoyo ciudadano al movimiento
independentista en Cataluña y a los movimientos marxistas englobados
en Podemos en el conjunto de España. Básicamente, y como se ha dicho
antes, estos factores los conforma la sucesión del periodo de expansión
económica más intenso y prolongado vivido por nuestro país (19952007)
y de la crisis igualmente más intensa y prolongada que hemos padecido
en nuestra historia reciente (20082013).
La crisis económica ha sido
especialmente dañina y corrosiva para el tejido social porque la
expansión previa fue muy dilatada e intensa, habituando a los ciudadanos
no solo a dar por sentados niveles elevados de gasto público y privado que
se estaban financiando mediante un endeudamiento exterior creciente y
finalmente insostenible, y que por tanto no eran compatibles con la
productividad del país, sino incluso su crecimiento ininterrumpido.
Sin duda, hay otros factores que
también han contribuido al auge del
populismo independentista en
Cataluña y de los movimientos
marxistas en el conjunto de España,
factores que se podrían agrupar en el
epígrafe de "sentimientos", en un caso, y de corrupción incurrida o
tolerada por los principales partidos políticos, en el otro. Antes de
examinar esos otros factores conviene despachar el supuesto vínculo
causal entre el rechazo (parcial) del nuevo Estatut de Cataluña por el
Constitucional en 2007 y el auge del independentismo. Esta es una pista
falsa lanzada tanto por quienes quieren con esto justificar su conversión a
posiciones independentistas que, en el fondo, siempre tuvieron, como por
los buscadores de "terceras vías", un grupo que no distingue entre
federalismo y confederación, siendo lo primero uno de los ordenamientos
políticos más frecuentes en el mundo, y en el que se incluye la modalidad
federal que constituye nuestro estado de las autonomías, y lo segundo un
NADA INFLAMA MÁS A UN CATALÁN
QUE LA SOSPECHA DE QUE LE
ROBAN LA CARTERA, QUE ESTÁ TAN
CERCA DEL CORAZÓN
sistema político que no se da en ningún país del mundo y que solo ha
existido brevemente como preámbulo de un estado federal, por ejemplo
en Suiza o en Estados Unidos. Un grupo, este último, que se podría
denominar también "los equidistantes", ya que culpa por igual al que
conculca y pretende vulnerar la legalidad constitucional y al que intenta
defenderla. Para confirmar que el rechazo parcial del Estatut no es una
causa significativa del crecimiento del sentimiento antiespañol en
Cataluña se pueden aducir dos razones. Primera, que si se preguntara a
los que votan a favor de la independencia a partir del 2007, y antes no lo
hacían, qué artículos rechazados o modificados del Estatut les han hecho
independentistas, es dudoso que supieran qué responder. Segunda,
porque la evidencia acumulada desde entonces corrobora
contundentemente que los nacionalistas mudados en independentistas o
los independentistas coyunturales, así como los independentistas
genuinos (que de hecho, rechazaron el Estatut), hubieran seguido
demandando la plena independencia aun cuando se hubiera aprobado el
anticonstitucional Estatut. Consecuentemente, seguirían culpando a
cualquier residuo del Estado español que quedara en su territorio de
todos sus males económicos y demandando la plena independencia.
En todo caso, ninguno de estos otros factores hubieran impulsado
significativamente el apoyo popular al secesionismo y a los partidos
marxistas sin el concurso de los factores económicos mencionados, como
lo prueba el hecho de que los "sentimientos" y la corrupción han estado
presentes en otras etapas de nuestra historia democrática sin inducir la
explosión antiespañola y el fuerte avance electoral del comunismo
acontecido desde el estallido de la Gran Recesión de 2008. Estos otros
factores, además, tienen también bases económicas. Si se presta atención
a las quejas y demandas de los nacionalistas e independentistas catalanes,
y sobre todo de los ciudadanos que en diversos sondeos esgrimen las
razones que los han llevado a ser independentistas cuando antes no lo
eran, se verá que casi sin excepción proceden de la generalizada
convicción (alentada por la maquinaria propagandística de los sucesivos
Gobiernos de la Generalitat y órganos afines, al menos desde el primer
tripartito en el 2003) de que "España les roba". De que España les expolia
fiscalmente para darles a otros ciudadanos de fuera de allí lo que es suyo,
de que consecuentemente se humilla su dignidad y se desatienden sus
necesidades para atender las de otros con su dinero. Nada inflama más
las emociones de un pueblo tan trabajador como el catalán que el
convencimiento de que le están robando la cartera, que siempre suele
estar cerca del corazón, como bien saben quienes con voluntad vulcánica
martillean continuamente la fragua de su consciente y de su
subconsciente para inculcarles esas falsas creencias.
Por otra parte, dada la oscura y mal resuelta financiación de los partidos
políticos en España, se puede constatar que la intensidad de la
corrupción, el monto y la frecuencia de las sustracciones de fondos
públicos o privados para el beneficio de individuos o partidos políticos, es
proporcional a la duración e intensidad del periodo de expansión
económica. Más precisamente, es proporcional a la duración e intensidad
del auge en el sector de la construcción, tanto de la obra pública como de
la obra civil y residencial privada, sujetas ambas a una compleja maraña
de regulaciones estatales, municipales y autonómicas que ofrecen
tentaciones irresistibles a las personas corruptibles que siempre anidan
en cualquier grupo humano.
Por todo lo dicho anteriormente, las
crisis económicas, tanto más cuanto
más intensas y prolongadas son, y
cuanto más larga y vibrante haya sido
la expansión precedente, tambalean la
confianza de los ciudadanos en las
instituciones y en el futuro de su país y convierte a muchos en presas
fáciles de los populistas. Los convierten en arcilla que esos buhoneros que
anuncian truculentos elixires curalotodo pueden moldear a su antojo, y
así lo hacen, instándoles a seguir caminos opuestos a los que hay que
transitar para remontar la crisis e impedir que en el futuro vuelvan a
manifestarse recesiones con la virulencia de la que hoy estamos apenas
superando.
2. MECANISMOS DE PROPAGACIÓN.
La secuencia de expansión y crisis por sí sola habría vivificado los
populismos. Así ha ocurrido en todos los países occidentales en mayor o
menor medida, en función de la intensidad de la expansión precedente y
la dureza de la crisis subsiguiente. Pero su extraordinario auge en nuestro
país, al igual que en algunos otros, obedece también a la movilización
social desencadenada por el eficaz mecanismo de propagación puesto en
marcha por los artificieros populistas. Este mecanismo de propagación de
los virus populistas, el recetario del populismo, consta básicamente de los
cuatro siguientes elementos:
(a) Enfatizar los aspectos más negativos de la dura realidad económica y,
donde sea necesario, convertir lo que estadísticamente son anécdotas o
casos aislados en categorías que supuestamente afectan a la mayoría o, al
menos, a amplias capas de la población. Recalcar que el pueblo es
siempre víctima de cualquier ajuste o reforma económica que lleve a cabo
cualquier Gobierno que no sea el suyo, incluso en aquellos casos en los
que un mínimo conocimiento económico muestra que es claramente
beneficiario de las mismas. Las alegaciones de desnutrición infantil
generalizada, destitución extrema o la marabunta de desahucios con
intervención policial serían ejemplo de lo primero. El rescate de los
bancos o cajas de ahorro con dinero público sería un ejemplo de lo
segundo. En lo que concierne a lo primero, la evidencia de los
ayuntamientos y las autonomías donde han llegado al poder los
populismos les ha obligado a reconocer la exageración e incluso la
inexistencia de las hambrunas y situaciones paupérrimas que delataban
(sobre los desahucios, véase lo dicho en la siguiente sección). En cuanto a
lo segundo, debería ser evidente, y debe ser reiterado una y otra vez, que
lo que se ha rescatado mediante fondos públicos son los depósitos de los
ciudadanos, no solo en las entidades rescatadas sino en todas las demás,
que se hubieran derrumbado si se hubiera permitido la volatilización de
los depósitos en las entidades quebradas. El rescate bancario ha sido
especialmente beneficioso para las clases medias y las más humildes,
porque tienen la mayor parte de su patrimonio en depósitos y porque son
las que más hubieran padecido el agravamiento de la crisis que habría
acontecido si se hubieran permitido quiebras bancarias. El rescate de
entidades financieras en España y en la mayoría de los países
occidentales ha sido la clave de que la Gran Recesión de 2008, siendo
muy seria, no haya sido ni de lejos tan grave como la Gran Depresión de
"EL PRIMER PASO HA DE SER
ELIMINAR LAS ÉLITES [LA CASTA],
TAREA QUE HA DE ASUMIR LA ÉLITE
[CASTA] REVOLUCIONARIA"
los años 30 del pasado siglo.
(b) Comparar la situación social actual, con sus realidades y sus
exageraciones, con una situación ideal que se caracteriza por el pleno
empleo y la plena igualdad de las rentas y patrimonios, así como por
niveles de renta per cápita, pensiones, sanidad y educación comparables e
incluso superiores a los de los países más avanzados del planeta.
(c) Culpar de la brecha entre ese ideal y
la situación actual al enemigo a batir
para los correspondientes populismos:
España o el Estado español, en el caso
de los independentistas, y el régimen
constitucional actual y la Europa del
euro o, de forma más general, el capitalismo y la democracia
representativa o burguesa, como la llaman ellos, en el caso de Podemos.
Dejar claro, en un caso, que las políticas económicas de los Gobiernos
nacionalistas que han dirigido la Generalitat desde antes de la crisis hasta
hoy son completamente ajenas a cualquier disfunción de la economía
catalana y, en el otro, que las políticas económicas preconizadas por el
populismo marxista solo pueden traer bienestar para todos, excepto, por
supuesto, para las élites explotadoras o extractivas que son las únicas
beneficiarias del régimen actual. Estas élites son "Madrid" o el "Estado
español", en un caso, y los grandes partidos, así como las grandes
empresas y los grandes patrimonios, en el otro.
(d) De los pasos anteriores se desprende la inevitabilidad histórica de la
única solución posible para erradicar los males económicos de Cataluña y
de nuestro país en su conjunto, y alcanzar el paraíso en la Tierra que
prometen los populismos: la independencia en un caso y, en el otro, el
establecimiento de una democracia popular al aliento de un descomunal
aumento del gasto público para comprar voluntades y de la creciente
confiscación, por parte del Estado, de las rentas y patrimonios privados.
Esto último solo cuando las rentas y los patrimonios superen el umbral de
la renta media y el patrimonio medio del país, un umbral que suele
coincidir con las rentas que ellos ganan y los patrimonios que ellos
poseen. Para alcanzar tan noble empeño es imprescindible la ocupación
de los centros de decisión política y económica, a fin de poder controlar
cabalmente lo que hay que producir y la distribución del valor de lo
producido.
Pablo Iglesias y los suyos siguen fielmente la estrategia revolucionaria de
Piotr Tkachov, un escritor político ruso de finales del XIX que fue el
verdadero maestro de Lenin, y por eso fue expurgado de las historias
oficiales de la revolución. Según Tkachov, "el primer paso de la
revolución ha de ser eliminar las élites [la casta], tarea que se ha de
encomendar a la élite [casta] revolucionaria". Para evitar que los
ciudadanos que tienen, al menos, un ligero baño de conocimiento
histórico puedan pensar en la realidad económica y social de los países
donde ha triunfado una u otra modalidad del marxismo, los populistas
marxistas se han sometido a la dura disciplina de extirpar de su discurso
cualquier referencia a la patrística de esa religión e incluso a su
denominación de origen, poniéndose por nombre verbos henchidos de
voluntad y como modelo del país en que quieren convertir a España el
que dicte la moda del momento: Finlandia, antes de su crisis reciente, o
Dinamarca o cualquier otro país escandinavo después. No son marxistas,
ES LLAMATIVO CÓMO LOS
POPULISTAS IGNORAN LA MEJORA
DE LA SITUACIÓN ECONÓMICA. LA
NIEGAN PORQUE LA TEMEN
Dinamarca o cualquier otro país escandinavo después. No son marxistas,
ni mucho menos comunistas o leninistas (tres nombres diferentes para
una misma cosa), ni aspiran a construir un Estado policial desde el que el
transitar hacia las cumbres celestiales de la sociedad sin clases, dicen.
Son, siguen diciendo, renovadores del socialismo y de la democracia,
defensores de los de abajo frente a los de arriba. Sobre todo, son la
verdadera apoteosis de la democracia, la palabra más frecuente en su
vocabulario, exigiendo que todo se someta al voto popular como si la
sociedad fuera una suerte de asamblea universitaria, sabedores de que si
se aceptan sus ideas y alcanzan el poder antes o después controlarán lo
que hay que votar y el resultado de la votación. Así sucedió en las
democracias populares de la órbita soviética que se construyeron sobre
las mismas premisas y promesas y con la misma argamasa ideológica de
Podemos y sus corrientes afines. Ya lo dijo Baudelaire en Le joueur
généreux: "El mejor truco del diablo es convencernos de que no existe".
Realmente en el caso de Podemos y sus círculos, confluencias, mareas o
corrientes (antiguamente se decía simplemente cédulas) estamos sin
duda ante una de las más llamativas y contorsionadas imposturas
realizadas en el mundo de las ideas y de la praxis desde que el lobo se
disfrazó de la abuelita de Caperucita para convencerla de sus buenas
intenciones. No hay que olvidar que aquel engaño tuvo el éxito deseado y,
aunque resultara efímero, la vida de la abuelita y de Caperucita después
de ser rescatadas de las entrañas del lobo no debió de ser fácil. Este
cuento de los hermanos Grimm, extraído como todos los suyos de la
sabiduría popular depositada durante siglos, advierte de los riesgos de
hacer tratos y seguir atajos propuestos por criaturas e ideas hostiles al
género humano. En esta ocasión hay margen para la esperanza porque el
lobo se ha zampado a la abuelita con tal facilidad que le ha hecho
confiarse y ha descuidado su disfraz, dejando asomar sus fauces ansiosas
de poder totalitario en su segundo encuentro con Caperucita. Ojalá que
los políticos y ciudadanos que han seguido embelesados su discurso se
den cuenta a tiempo de sus aviesas intenciones.
El recetario descrito está siempre en
las manos de cualquier buen marxista,
y de cualquier independentista, y lo
han aplicado desde tiempos
inmemoriales, pero es especialmente
fructífero en tiempos de crisis intensas
y graves, como lo fueron las del periodo de entreguerras del pasado siglo
y como lo ha sido la iniciada en 2008, y que apenas hemos comenzado a
remontar. En el caso de los independentistas catalanes, lo han aplicado
con éxito mediante un gigantesco esfuerzo de publicidad y propaganda.
Así, han convencido a buena parte de la sociedad catalana de que su
elevado nivel de paro, sus altos impuestos y demás dificultades
económicas (similares a las del resto de España) obedecen a que el Estado
español gasta allí mucho menos, y sustrae de los ingresos que generan sus
ciudadanos y empresas mucho más de lo que debería. Lo que es aún más
increíble, les han convencido de que con la independencia tendrían una
renta mayor de la que tienen ahora y que, por tanto, dispondrían de los
ingresos que ahora les quitan más los ingresos adicionales de esa mayor
renta, con lo que podrían alcanzar un gasto público superior al que ahora
efectúa la Generalitat y la Administración central española en dicho
territorio. En el caso de los marxistas, han inculcado a buena parte de la
sociedad española que cualquier servicio sanitario o medicamento que no
NINGÚN PAÍS PUEDE CONSUMIR
UN NIVEL DE BIENES SUPERIOR AL
QUE FIJA SU PRODUCTIVIDAD SI EL
MUNDO NO LE DA CRÉDITOS
sociedad española que cualquier servicio sanitario o medicamento que no
se suministren gratuitamente es un acto inhumano que no se debe
permitir; cualquier individuo que no tenga una renta mínima, aunque no
trabaje ni intente trabajar, es la manifestación de una injusticia que se ha
de corregir; cualquier renta por debajo de la media o sensiblemente por
encima es una anomalía que hay que erradicar mediante impuestos y
subsidios públicos; cualquier patrimonio que supere los suyos tiene que
ser producto del robo o de la explotación y debe ser confiscado; cualquier
tasa universitaria o por recibir enseñanza primaria y secundaria ha de ser
suprimida; cualquier recorte de los sueldos y las plantillas de
profesionales y demás personal educativo y sanitario es un austericidio.
En suma, cualquier necesidad humana insatisfecha o satisfecha
desigualmente es síntoma del perverso sistema capitalista que hay
primero que controlar y, después, que abolir. Su mera llegada al poder,
nos prometen, bastaría para restaurar inmediatamente y rápidamente
rebasar, no ya los niveles de bienestar social existentes antes de la crisis,
sino los de cualquier país que no sea capaz de realizar la revolución
socialista que exige nuestro tiempo.
3. ANTÍDOTOS.
Descifrar el mecanismo de difusión que utilizan los populistas para
contaminar la sociedad con sus diagnósticos y propuestas debería servir,
al menos, para que tanto los incautos como los que sufren necesidades,
así como los resentidos y los indignados, detecten el riesgo de que las
cosas podrían ser todavía peor de lo que son si se dejan arrastrar por el
dulce pero letal sonido de las flautas marxista e independentista. Claro
que obviamente, esto no es suficiente. Un antiveneno eficaz contra estos
virus, que para que surta plenamente sus efectos se debería aplicar con el
mismo ahínco y constancia con que los populistas despliegan sus acciones
y pensamientos tóxicos, se compondría de los siguientes ingredientes:
(a) Ante todo, es vital prolongar todo lo posible la recuperación
económica. La crisis que hemos sufrido, y apenas estamos remontando,
fue el caldo de cultivo que hizo posible la pandemia populista y
únicamente el retorno a niveles de empleo y renta disponible real,
cercanos a los existentes antes de la recesión, haría posible su
debilitación. El PSOE, sin duda el partido más afectado por la fuga de
votos hacia los partidos populistas, debería comprender que una
expansión intensa y prolongada es el mejor antídoto para recuperar, si no
todo, sí al menos una parte sustancial del apoyo perdido. Luego está el
tema de la corrupción y las corruptelas, contra las cuales, después de
sufrir un coste político descomunal, los grandes partidos están
automáticamente vacunados para, como mínimo, la siguiente etapa
expansiva (está por ver si los nuevos partidos pueden evitarlas). Claro que
la pérdida de credibilidad y el daño ya hecho se tardará mucho en
restañar. Pero lo esencial, lo que más afecta al virus, es consolidar y
prolongar la recuperación. Es llamativo cómo los populistas ignoran en
su discurso las mejoras de la situación económica, que están dejando
obsoletos muchos de sus datos. La niegan porque la temen, porque
sienten que con cada avance del PIB y cada reducción de la tasa de paro, y
con cada aumento del poder adquisitivo de los asalariados, aunque aún
están lejos de ser suficientes, pierden fuerza, como Drácula con las
primeras luces de la aurora.
(b) Mientras se asienta y consolida la
LOS MARXISTAS QUIEREN TANTO A
recuperación, se ha de responder a los
populistas que por muy mal que hayan
ido las cosas en nuestro país todavía
habrían ido mucho peor si ellos
hubieran estado en el poder. Para empezar, el nivel de renta sobre el cual
habría estallado la recesión habría sido tanto menor cuantos más años
hubieran permanecido en el poder antes de esa fecha. Como prueba de
este aserto baste con señalar la evolución y el nivel de las condiciones de
vida en países como Cuba o Venezuela, en los que el comunismo caribeño
y sus variantes populistas bolivarianas ocupan el poder. Para seguir, la
receta populista de nacionalizar e inyectar gasto público ilimitadamente o
de blindar derechos sociales por decirlo en su terminología, y de bloquear
aún más de lo que lo están en nuestro país los mecanismos de mercado, o
deshacer la reforma laboral e intervenir en el mercado eléctrico, en el
bancario y en otros muchos según su vocabulario, y subir aún más los ya
muy elevados impuestos directos y sobre la propiedad, habría ocasionado
una crisis diferencial en nuestro país aún peor que la que hemos padecido
y habría impedido la recuperación que estamos viviendo. Grecia sería un
ejemplo de lo que ocurre cuando un país que vive muy por encima de sus
posibilidades productivas, financiando este gap mediante préstamos del
resto del mundo, intenta hacer frente a una crisis internacional
aumentando o manteniendo el gasto público y cuestionando el pago de su
deuda. Ese sería, por cierto, el destino de una Cataluña independiente, en
la que el poder estaría controlado por partidos mayoritariamente de
izquierdas y populistas, los partidos más genuinamente independentistas,
cuyas propuestas en el ámbito del gasto público, los impuestos y el
reconocimiento de la deuda tienen un fuerte aroma grecobolivariano.
De
hecho, se ha de recalcar que la intensidad diferencial de la crisis en
España, en comparación con la mayoría de los otros países de la OCDE,
obedece en buena parte a que, antes de la crisis y en los primeros estadios
de la misma, se aplicaron medidas como las propuestas por los
populistas. La intensa subida del salario mínimo interprofesional y el
aumento del gasto público en los años anteriores a la crisis e incluso en
los primeros años de la misma fueron medidas idénticas a las propuestas
en los programas populistas, por no hablar de los aumentos de los
tributos directos y de su progresividad, políticas todas ellas que explican
por qué la caída del PIB y del empleo por unidad de PIB, así como la
subida del paro juvenil y del paro de larga duración, fueron más intensas
en España que en la mayoría de los otros países de la OCDE. No es de
extrañar, por tanto, que en lo concerniente al gasto público y a la
estructura del mercado de trabajo todos los populismos exijan, como
mínimo, volver a la situación que provocó la crisis diferencial de nuestro
país. El aumento de la desigualdad de rentas en España, enteramente
atribuible al aumento del desempleo, se debe imputar también a esa
ideología populista que ha hecho de nuestro mercado de trabajo una
anomalía entre los países de la OCDE. A decir verdad, el marco
institucional de nuestro mercado de trabajo es tributario de los
componentes populistas de todos los partidos que han gobernado
España. Con todos los defectos que se le puedan atribuir a la reforma del
mercado de trabajo realizada por el PP, que no son pocos, es la única que
ha ido en la dirección de acercar nuestros estándares laborales a los
existentes, no ya en el Reino Unido o en Estados Unidos, los países con
menor desempleo de la OCDE, pero sí al menos en los países más
LOS MARXISTAS QUIEREN TANTO A
LOS POBRES QUE ALLÍ DONDE
CONSIGUEN GOBERNAR LOS
MULTIPLICAN
desarrollados de la Europa Continental. Por esa reforma, y otros factores,
el paro en España, que continúa siendo uno de los más elevados del
mundo, es también uno de los que más rápidamente está cayendo del
mundo. Si no se continúa avanzando por esta senda, y no digamos ya si se
deshacen los logros conseguidos, la próxima crisis volverá a provocar
aumentos del paro por unidad del PIB mucho más intensos que en los
países de nuestro entorno.
Otro tanto se puede decir de las políticas aplicadas por los populistas
independentistas en Cataluña, donde de una forma u otra gobiernan
desde el primer tripartito en 2003. Ya antes de la crisis, y con más
intensidad a partir de la crisis, Cataluña ha registrado déficits públicos y
aumentos de su deuda mucho más intensos que la media del resto de
autonomías. Ya desde el primer tripartito, por razones puramente
ideológicas completamente ajenas al sistema de financiación autonómica
y a la por entonces boyante coyuntura económica, Cataluña estableció
niveles de los impuestos sobre la propiedad y sobre la renta superiores a
los existentes en la mayor parte del resto de España. El aumento del gasto
público en dicha región y la consiguiente rémora de los ingresos públicos
respecto a lo que habría ocurrido si no se hubieran subido tanto los
impuestos sobre la renta y la propiedad llevaron a un descomunal
crecimiento de la deuda y de la carga del servicio de la misma, limitando
con ello el gasto disponible para atender las necesidades sociales de los
ciudadanos allí residentes. En resumen, la crisis en España ha sido en
buena medida tan severa bien porque el populismo independentista y
marxista ha gobernado en una de las regiones más importantes de
España, bien porque sus ideas se han aplicado parcialmente en el
conjunto del país.
(c) Se ha de delatar la interesada confusión alentada por los populistas
entre la soberanía popular y el ámbito en el cual se puede ejercer dicha
soberanía. Los populismos independentistas y marxistas se venden
también como la reconstrucción de la soberanía popular, que según ellos
habría sido destruida o erosionada por los ajustes económicos,
amparados por la persistencia de una Constitución rehén de las reglas del
euro y construida a partir de los preceptos del estadonación
del XIX. Por
consiguiente, proponen devolver la soberanía a las naciones que
constituyeron el estadonación
y renegociar las reglas del euro o
abandonarlo si eso no fuera posible. Es interesante constatar que la
solución de futuro de los populistas pasa por volver al pasado. Si hay que
volver al pasado, por otro lado, no está claro por qué la regresión ha de
quedarse en las naciones que constituyeron el estadonación
y no seguir
devolviendo soberanía a las naciones o últimamente a las tribus que en su
momento histórico constituyeron aquellas naciones. Aparte de las
ensoñaciones feudales de los independentistas y de la aspiración de los
marxistas a construir una Unión Europea lo más parecido posible a la
extinta URSS, hay en sus alegaciones de que las medidas de ajuste
traicionan o son contrarias a la soberanía popular un desconocimiento de
una ley económica fundamental. Ninguna sociedad puede consumir un
nivel de bienes y servicios privados o públicos superiores al que
determina la productividad de sus factores de producción si no consigue
que el resto del mundo le preste recursos financieros por el importe
necesario para pagar la diferencia entre lo que gasta y lo que produce.
Ninguna sociedad conseguirá que el resto del mundo le preste si no
demuestra que su trayectoria económica permitirá ir pagando los
demuestra que su trayectoria económica permitirá ir pagando los
intereses y el principal de dicha deuda.
Si el Gobierno de una nación, en el ejercicio de su soberanía democrática
y con el apoyo popular consiguiente, decide elevar su gasto por encima
del nivel de producción que permita la productividad de sus recursos y no
consigue que el resto del mundo financie esta diferencia se verá abocado
a realizar medidas de ajuste del gasto público y privado hasta que consiga
situar su nivel de gasto cerca o por debajo de su nivel de producción. Esta
es una ley económica incuestionable e independiente por completo de
que el país está adscrito al euro o tenga su propia moneda y de que sea
comunista o capitalista.
La soberanía democrática, social o popular de cualquier país está
constreñida por la soberanía de los demás países y, si un Gobierno
promete niveles de gasto que superan la capacidad productiva del país
por un monto superior al que las empresas o ciudadanos de otros países
estén dispuestos a prestarle, se verá obligado a incumplir las promesas
que no debía haber realizado. Así, cuando el Gobierno griego sometió a
referéndum popular la opción de no realizar ajustes e incluso de repudiar
la deuda, estaba invadiendo la soberanía popular de otros países, ya que
dicha opción sólo era posible si esos otros países seguían no ya renovando
sus préstamos a Grecia, sino incluso incrementándolos. Es como si Hitler
sometiera a votación del pueblo alemán la necesidad de invadir Polonia y
el pueblo alemán, democráticamente y mayoritariamente, respondiera
afirmativamente. Ningún país puede vivir por encima de sus
posibilidades, lo que, por definición, implica endeudarse con otros países
si su desempeño no convence a las empresas y ciudadanos de esos otros
países para seguir aumentando o, al menos, renovando sus préstamos.
Este es el sentido último del modificado artículo 135 y que, como primer
envite a la Constitución, se quieren cargar los populistas: conciliar la
soberanía democrática de un país con la de los demás. Este artículo 135,
lejos de dañar los intereses económicos de los ciudadanos, vela por ellos
porque, al atraer más financiación exterior, aumenta los niveles de gasto
por encima de lo que sería posible en ausencia de dicha financiación. La
soberanía popular que se dice vulnerar con este artículo es una soberanía
ilusoria, que solo existe en sociedades autárquicas y aun en estas tiene
que respetar la regla de que no se puede gastar más de lo que se produce y
que, además, una parte del gasto se ha de destinar a la renovación y
crecimiento del stock de capital si la sociedad quiere crecer y mejorar su
nivel de renta. Por todo lo dicho, es un sinsentido pretender blindar
niveles de gasto social o del conjunto del gasto público. Lo que
verdaderamente determina los niveles sostenibles del gasto social o del
gasto público per cápita de un país en su conjunto no es, ni puede ser,
ninguna medida legislativa sino el nivel y el ritmo de crecimiento de su
productividad. Por cierto, prácticamente todas las medidas del programa
económico de Podemos erosionarían tanto el nivel como el ritmo de
avance de la productividad en nuestro país.
(d) En respuesta a la trágica visión de la situación de España pintada por
los populistas, se han de destacar algunos atributos positivos de nuestro
país durante estos años. No se trata de justificar la crisis, que es
injustificable en su aspecto diferencial de mayor aumento del paro y
mayor caída del PIB que en otros países, sino de cualificar el apocalíptico
diagnóstico populista e insinuar que las cosas en el futuro serían aún
mucho peores si estos partidos gobiernan el país o una Cataluña
mucho peores si estos partidos gobiernan el país o una Cataluña
independiente.
En primer lugar, el gasto per cápita en sanidad y el gasto en educación
por población de referencia (de seis a 24 años), a pesar de los recortes
efectuados desde el año 2009, se sitúan en los niveles existentes a
comienzos del año 2007, cuando no se mostraba insatisfacción social
alguna por el monto de las prestaciones recibidas por estos conceptos y
cuando se situaban, como lo hacen hoy, 8,5 puntos del PIB por encima de
los niveles del año 2003. Pocos países, incluso aquellos en los que la crisis
ha sido menos grave que la nuestra, alcanzan hoy estos niveles del estado
de bienestar. Así, a pesar de los tan aireados y supuestamente dramáticos
recortes en sanidad y educación, España continúa siendo uno de los
países con el mejor sistema sanitario del mundo y con un menor copago
por servicios hospitalarios y productos farmacéuticos. Igualmente,
nuestro país es uno de los países del mundo donde más bajas son las
tasas universitarias y de la enseñanza primaria y secundaria, y también
donde desgraciadamente más elevado es el abandono escolar en la
enseñanza secundaria y de menor calidad es, comparativamente, esta
enseñanza y la enseñanza universitaria. También España es uno de los
países con menor precio por el uso de los servicios públicos de transporte
y el que tiene una de las mayores redes de autopistas o autovías exentas
de peaje. Que se haya conseguido mantener todo esto a pesar de la
dramática caída de la renta y de los ingresos públicos durante la crisis, así
como del aumento descomunal del gasto público en desempleo,
pensiones e intereses de la deuda, debería ser un motivo de satisfacción
para cualquier persona con inquietudes sociales e interés por los datos.
DESIGUALDAD Y POBREZA.
Luego está el tema de la desigualdad y la pobreza (un indicador este de
desigualdad relativa y no de privación), que ciertamente han aumentado
en España con la crisis, después de haberse reducido sustancialmente por
debajo de los niveles existentes en otros países desarrollados antes de la
misma. Este incremento es, prácticamente en su totalidad, imputable al
aumento del desempleo y, por tanto, es atribuible en parte a la ideología
populista por las razones expuestas anteriormente. Con todo, cuando se
miden correctamente los índices de desigualdad de la renta y de la
riqueza en España continúan siendo, respectivamente, similares o
inferiores a la media de los existentes en los países de la OCDE. Los
admirados países escandinavos, por cierto sin excepción, tienen mayor
igualdad de rentas que la media de los países desarrollados pero
sensiblemente más desigualdad de patrimonios. La razón de la
comparativamente menor desigualdad de renta y patrimonio en España,
un hecho indiscutible estadísticamente pero contrario a las creencias de
la opinión pública engañada por la publicidad populista, reside en el
notablemente mayor peso de la vivienda en propiedad en el patrimonio
de los españoles en relación con el peso correspondiente en la mayoría de
los países de la OCDE. Cuando se añaden, como debe hacerse, las rentas
inmobiliarias imputables a la vivienda en propiedad al resto de las rentas,
las desigualdades de renta se suavizan considerablemente y lo hacen aún
más si se comparan las rentas después de impuestos y añadiéndoles los
servicios públicos de sanidad, educación y pensiones. Por otra parte, la
experiencia del funcionamiento real de los regímenes marxistas en el
mundo nos muestra claramente cómo consiguen reducir la desigualdad
mundo nos muestra claramente cómo consiguen reducir la desigualdad
de rentas y patrimonios. Lo hacen por la vía mala, la de eliminar la
riqueza y difundir la pobreza, no solo en relación con la que existía antes
de su llegada al poder, sino con la que existiría si no hubiesen llegado al
poder. Lo hacen, además, creando desigualdades ante la ley más onerosas
que las desigualdades materiales mensurables estadísticamente.
Verdaderamente, observando la realidad de esas sociedades, no se puede
negar que los marxistas quieren a los pobres: los quieren tanto que allí
donde gobiernan los multiplican.
En relación con la vivienda, por cierto, se ha de delatar una de las grandes
manipulaciones del populismo marxista: la cuestión de los desahucios.
Primero, dan cifras de desahucios que son muy superiores a las reales,
afirmando además que se trata, en todos los casos, de desahucios de la
vivienda única de la familia, que la estaba ocupando en el momento del
desahucio y que, para acentuar el dramatismo, este se realiza siempre con
intervención policial. Así, para el periodo 20122014
dan la cifra de unos
250.000 desahucios, extraídos de la memoria del Consejo General del
Poder Judicial (y otro tanto para el período 20072011).
Estas cifras, sin
embargo, se refieren al total de ejecuciones hipotecarias de todo tipo de
viviendas e incluso de otro tipo de inmuebles, ejecuciones que no
necesariamente terminan en desahucios, y de hecho muchas no lo
hicieron porque el deudor de la hipoteca fue regularizando su deuda. Las
cifras del Banco de España para el trienio 20122014
(cuando empezó a
publicar oficialmente estas estadísticas) son mucho más precisas y ponen
de relieve que las pérdidas de la vivienda principal en dicho periodo se
situaron alrededor de las 100.000 unidades, la mayoría de ellas siendo el
resultado de la dación en pago o el abandono de la vivienda. Los
desahucios de vivienda principal ocupada fueron 6.560, de los cuales 380
se llevaron a cabo con intervención policial. Obviamente, el desglose de
los datos del periodo 20072011
debió de ser muy parecido, si bien la
media anual de desahucios fue muy inferior a la de este último trienio.
Las cifras de ejecuciones hipotecarias correspondientes al año 2015,
recientemente publicadas por el Consejo General del Poder Judicial,
muestran cifras muy cercanas a los niveles precrisis. La cifra de
desahucios o pérdida de la vivienda principal, además, se ha de poner en
relación con el parque de viviendas en España, que superaba los 25
millones en 2014, y el de viviendas principales, que superaba los 19
millones en dicho año. A pesar de la crisis, cerca del 80% de los españoles
continúan teniendo su vivienda principal en propiedad, mientras que en
el promedio de la UE esta cifra se sitúa en el 60%. Esto es posible gracias
al vilipendiado mercado hipotecario de nuestro país, ya que el 33% de los
españoles con casa en propiedad tienen algún tipo de hipoteca. Cualquier
ejecución hipotecaria y, aún más, cualquier desahucio entrañan
indudablemente una situación muy dura para las personas afectadas y,
como muchas otras desgracias económicas, sería deseable que no
existieran. Pero la única medida que los haría desaparecer
completamente sería la concesión de créditos hipotecarios únicamente a
las personas que tuvieran rentas suficientemente estables y elevadas, lo
que habría impedido que tuvieran hoy su vivienda buena parte de los que
con mayor o menor dificultad van pagando o han pagado su hipoteca. Es
un hecho inamovible por cualquier ideología que el derecho al crédito va
indisolublemente unido al deber de devolverlo: si se limita este deber se
limitará automáticamente el derecho.
En lo más estrictamente concerniente al nacionalismo e independentismo
En lo más estrictamente concerniente al nacionalismo e independentismo
catalán, deberían reconocer los efectos salvíficos que ha tenido para el
bienestar de su comunidad una de las decisiones de política económica
más acertadas, y menos agradecidas, del Gobierno central: la creación del
Fondo de Liquidez Autonómica (FLA) y del Fondo de Pago a Proveedores
(FPP). Estas herramientas han salvado de la bancarrota a Cataluña y
también a otras autonomías. Es verdad que la quiebra de la hacienda
catalana y de la de esas otras regiones. así como de muchas empresas
privadas, hubieran intensificado aún más la crisis en el conjunto de
España, lo que habría repercutido sobre esas comunidades multiplicando
el daño directo que habrían sufrido sin esos fondos. Pero no es menos
cierto que Cataluña se ha beneficiado de su creación más que la mayoría
de las otras comunidades, ya que alrededor del 35% de estos fondos se
han dedicado a dicha región, un porcentaje muy superior a su peso en el
PIB o en la población del conjunto del país. Beneficios estos, por cierto,
que no se computan en el saldo negativo de la balanza fiscal catalana que
los Gobiernos de la Generalitat sistemáticamente arrojan a la opinión
pública como prueba del expolio fiscal, como medida de la excesiva
desviación de recursos fiscales a otras regiones del país.
La idea lanzada por los independentistas de que cualquier saldo negativo
de la balanza fiscal es una medida del montante que alcanza el "robo" o el
"freno" del resto de España a Cataluña (o a cualquier otra región con
balanza fiscal negativa) es tan falaz como extendida está en la sociedad
catalana. Al respecto se ha de decir que solo hay dos maneras de eliminar
o reducir el saldo fiscal negativo de Cataluña, o de cualquier otra región
con saldos fiscales negativos iguales o superiores al de Cataluña y, por
ende, con renta per cápita sensiblemente mayor que la media del resto de
España. La primera sería empobreciéndola hasta que su PIB per cápita se
sitúe por debajo o cerca de la media. La segunda sería teniendo
estructuras de impuestos o de gastos públicos regresivas de manera que
cuanto mayor fuera la renta del territorio menos impuestos pagaran y
más gasto público recibieran sus ciudadanos y empresas. Dicho de otra
manera, el saldo fiscal de una comunidad autónoma es esencialmente una
función de la diferencia entre el nivel de renta de una comunidad y la
renta media del resto de comunidades, así como del tamaño del estado de
bienestar y la progresividad de los impuestos y del gasto público. En
contra de la publicidad independentista, la "solidaridad de una región
rica con las restantes" o, lo que viene a ser lo mismo, el saldo de las
balanzas fiscales regionales, no está limitado en ningún país del mundo y
allí donde las diferencias de rentas regionales son comparables a las
existentes en España, y el tamaño del estado de bienestar es similar, hay
regiones con saldos fiscales negativos iguales e incluso superiores al de
Cataluña.
MALAS RECETAS.
En suma, los populistas nos dicen muy bien que la situación económica
de España está o ha estado muy mal, pero analizan y nos dicen muy mal
por qué no está bien, y nos proponen arreglarla con recetas que la
deteriorarían aún mucho más de lo que pueda estar. Creer o intentar que
la gente crea que una Cataluña independiente no acarrearía una profunda
recesión en dicha región porque se seguirían teniendo todas las ventajas
de su pertenencia a España, incluidos el euro y la participación en la UE,
y contarían además con el saldo de su déficit fiscal para enjugar
sobradamente cualquier coste transitorio de esta aventura es un hecho
digno de atención más clínica que analítica. Como también lo es pensar
que un aumento brutal del gasto público, de los impuestos directos y de la
deuda pública no solo no provocaría otra crisis, sino que incluso
aceleraría el crecimiento económico por encima de su ya elevado ritmo
actual. Aún peor es creer a estas alturas de la historia de la humanidad
que a partir de los postulados marxistas se puede construir una sociedad
que no termine empobrecida y encerrada por muros, alambre de espino
o, en el mejor de los casos, corralitos financieros.
Los proyectos económicos de los independentistas y los marxistas
merecen figurar junto a los más notables de la Gran Academia de Lagado,
aquel país que visitó Gulliver, entre los que se cuentan el de extraer luz
solar de los pepinos o convertir el hielo en pólvora mediante la
calcinación. Proyectos, todos ellos, que tienen por destino común el
fracaso por manifiesta imposibilidad y el daño que hacen a los que los
llevan a cabo. De la lógica económica de los análisis y propuestas de los
populismos se puede decir lo que dijo el físico Pauli de la teoría de un
oscuro físico: "No se puede decir ni siquiera que está equivocada. No es
teoría". Los análisis y propuestas económicas de los populistas no tienen
lógica ni realmente pretenden tenerla. Se trata únicamente de un método
para inflamar los ánimos de la sociedad y hacer quebrar las instituciones
a fin de alcanzar el poder, para después ejercerlo totalitariamente. En un
caso para construir la nueva nación, cuya mera creación generaría un
maná inagotable para todos sus ciudadanos, y en el otro para construir el
"hombre nuevo" y erigir el paraíso en la Tierra.
Cuando el organismo está envenenado, y se sigue envenenando, el
antiveneno obra sus efectos lentamente en el mejor de los casos, y solo
puede terminar siendo eficaz si se aplica con la misma persistencia y
vehemencia con que lo hacen los que aplican la ponzoña. La tarea no es
fácil porque en situaciones de crisis como las que hemos vivido los
populismos se apoderan con mayor facilidad de las mentes de la mayoría,
ya que apelan a los instintos básicos de la naturaleza humana, que
siempre y especialmente en tiempos de crisis es proclive a creer las
explicaciones más superficiales y conspiratorias de los fenómenos
económicos. Como también lo es a dejarse convencer por quienes culpan
de las dificultades económicas que padecen a los otros, a los malos: al
Estado español en el caso de los independentistas, o a la casta y al sistema
capitalista en el caso de los populismos marxistas. Los populistas,
además, se aprovechan de la confusión de la mayoría en tiempos de crisis,
de sus sufrimientos y de sus temores, de sus esperanzas y anhelos de una
vida mejor, ofreciendo soluciones mágicas e indoloras que resolverán,
como por ensalmo, sus problemas económicos: la independencia, en un
caso, y blindar o garantizar por ley la satisfacción de sus necesidades
materiales, encargándoselas al Estado, en el otro.
Si el antídoto falla para erradicar o cuando menos debilitar el virus, será
inevitable recurrir a la vacuna que, como se sabe, entraña inyectar
pequeñas dosis del veneno para que el organismo genere anticuerpos que
terminen expulsando o debilitando el virus. Esto es, la vacuna sería la
llegada al poder, con mayor o menor protagonismo, de los partidos
populistas. Eso sí, la vacuna, aunque terminara siendo exitosa, haría
ineludible un periodo dilatado de convalecencia. También podría suceder
que ocasionara la muerte del enfermo.
4. CONCLUSIÓN.
La crisis económica, inesperada, súbita e intensa, con el consiguiente
derrumbe de parte de los logros materiales conseguidos en la última
etapa del riguroso periodo expansivo precedente, un crecimiento
económico alentado por el impulso de una deuda que se hizo finalmente
insostenible, ha sido la principal fuente nutricia de los populismos en
nuestro país. Cuando una sociedad entra en una crisis económica de
mayor profundidad que la sufrida por los principales países
desarrollados, hay muchos rasgos del funcionamiento económico de esa
sociedad que son criticables y justifican en parte, o en todo caso hacen
inevitable, los movimientos de protesta. Hitler no habría alcanzado nunca
el poder si la situación económica de la República de Weimar no fuera
desesperada y consecuentemente las denuncias del Partido
Nacionalsocialista Obrero Alemán, así como los engaños y astucias de su
supremo líder, no actuaran sobre un poso de triste realidad. Ni los
bolcheviques ni la inaudita e implacable capacidad conspiratoria de Lenin
habrían llevado a cabo la rápida y eficaz liquidación del régimen zarista si
las penurias económicas que delataban no estuvieran refrendadas por la
dramática realidad. Pero si sus descripciones y denuncias de las miserias
económicas padecidas podían ser generalmente certeras, identificaron
dolosamente como culpables de las mismas a las personas o instituciones
que querían eliminar. La monarquía y la propiedad privada, en el caso de
los marxistas o leninistas, y el Tratado de Versalles, la democracia
representativa y, sobre todo, la banca judía, la prensa judía, los
comerciantes judíos, los judíos en suma, en el caso de los
nacionalsocialistas. Con esta identificación de las causas y responsables
de la crisis se establecían parejamente los remedios de la misma: eliminar
al viejo régimen y a los grupos que lo sustentaban o se beneficiaban de él,
y establecer el nuevo orden. Remedios que en ambos casos se aplicaron
rápidamente con total efectividad y terminaron ocasionando sufrimientos
mucho más devastadores aún que los padecidos anteriormente a las
generaciones que tuvieron la desgracia de vivir en aquellos tiempos
convulsos y tenebrosos.
Mutatis mutandis, los populismos marxista e independentista que hoy
arrastran tras de sí amplias capas de la sociedad española denuncian
males económicos que, dejando fuera algunas tergiversaciones y
exageraciones de mal gusto, son en buena medida realmente existentes;
males, eso sí, que no son ajenos a sus ideas en un caso y a sus políticas en
el otro. Pero se equivocan dolosamente en su identificación de las causas
y de los responsables institucionales de esos males, y se equivocan
dolosamente y culposamente en las terapias que proponen para resolver
nuestros problemas económicos, terapias que ya se han ensayado y ya
han fracasado estrepitosamente en otros tiempos y en otros lugares, y
volverán a hacerlo en cualquier otro tiempo y lugar en que se lleven a
cabo.

José Luis Feito es presidente del Instituto de Estudios Económicos.
* Este artículo se publicó en el último número de El Espectador
Incorrecto de Actualidad Económica que salió a la calle con el número
de mayo de 2016.

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Mientras que Macri aspira a ser el gran modernizador de la Argentina, el peronismo representa el pasado y las el ecciones están a un paso.

OPINIÓN / 12 de febrero de 2017

Zafarrancho de combate

El análisis de James Neilson: Mientras que Macri aspira a ser el gran modernizador de la Argentina, el peronismo representa el pasado y las elecciones están a un paso.

Por James Neilson

El show de la política, por Pablo Temes.

Mientras que en otras latitudes dirigentes calificados de populistas, personajes como el norteamericano Donald Trump, están surgiendo como hongos después de la lluvia, aquí el Gobierno del presidente Mauricio Macri está procurando librar al país del daño provocado por sus presuntos equivalentes locales. Aunque para Guillermo Moreno Trump es un peronista nato, cuando no un kirchnerista mal que le pese al ex mandamás de la maltrecha economía nacional, es poco probable que el magnate haga causa común con Cristina. Puede que le haya impresionado la longevidad del movimiento fundado por el general, pero le molestará la idea de que su llegada al poder se vea seguida por más de medio siglo de decadencia.
Pues bien, antes de formarse Cambiemos, Macri quería que su propio partido, Pro, se erigiera en el sucesor del PJ como la fuerza hegemónica que dominaría no sólo el escenario político sino también la vida intelectual del país. El proyecto que tenía en mente no carecía de lógica: luego de décadas de populismo voluntarista, el fracaso del “modelo” era tan evidente que le parecía razonable suponer que la mayoría estaría dispuesta a optar por una alternativa radicalmente distinta, una afín al conservadurismo liberal de sus amigos españoles José María Aznar y Mariano Rajoy. Sin embargo, por motivos bien concretos, Macri se vio obligado a elegir una estrategia menos frontal que la prevista cuando musitaba acerca de lo que podría hacerse para que la Argentina reencontrara el camino del desarrollo.

Por un lado, con la ayuda de Marcos Peña, Macri está tratando de brindar a Cambiemos una conducción más coherente, más personal, alejando a colaboradores con peso propio; por el otro está abriendo puertas para que se sumen peronistas disconformes con lo que está ocurriendo en las variopintas facciones del PJ. Será consciente de lo peligroso que podría resultarle incorporar a sus huestes a representantes de un movimiento omnívoro que a través de los años ha deglutido a docenas de partidos supuestamente rivales, pero se creerá capaz de impedir que Cambiemos comparta el destino triste de la UCeDe de Álvaro Alsogaray, el Modin de Aldo Rico y tantos otros. Se habrá dado cuenta de que el peronismo no está agonizando, pero muestra muchas señales de cansancio, lo que en vista de lo difícil que le será renovar su oferta no sorprende.
De todos modos, como todas las viejas ideologías que en otros tiempos servían para movilizar a multitudes, para venderse, los políticos no tienen más alternativa que la de procurar hacer valer sus presuntas cualidades personales. Lo entienden muy bien Macri y sus simpatizantes. Para ellos, lo que los separa de una oposición amorfa es su sentido de la responsabilidad. Como yudocas, se han acostumbrado a aprovechar su propia debilidad parlamentaria para congraciarse con la gente, transformándola en una ventaja. Somos humanos, cometemos errores, dicen con un toque de orgullo, pero a diferencia de nuestros adversarios estamos resueltos a hacer cuanto resulte necesario para que la Argentina levante cabeza, ya que lo demás es sólo verso. En una sociedad que durante décadas ha sufrido una sobredosis de retórica grandilocuente vacía, la modestia no carece de cierto encanto.

Frente a una nueva temporada electoral, los macristas confían en que la mayoría o, por lo menos, una minoría sustancial, de los votantes preferirá el pragmatismo y el apego a la legalidad que creen son las características más notables de su gestión al oportunismo populista de sus contrincantes, en especial de los peronistas que, insisten, aún no han logrado adaptarse a las nuevas circunstancias. Si los macristas son militantes de algo, es del respeto por aquellos principios básicos que, según los memoriosos, regían en el país relativamente exitoso de antes.

¿Será suficiente? Para sorpresa de los convencidos de que en última instancia lo único que realmente importa es el bolsillo, Macri no se ha visto demasiado perjudicado por el bajón económico del año pasado que se vio acompañado por una caída abrupta del consumo. Si bien la imagen presidencial brilla menos que en los días que siguieron a su triunfo sobre Daniel Scioli, dista de haberse apagado. Para decepción de quienes esperaban que el pueblo no tardaría en alzarse en rebelión contra el “ajuste salvaje” que según los kirchneristas, muchos izquierdistas y algunos sindicalistas el Gobierno ha puesto en marcha, el nivel de aprobación que conserva Macri sigue siendo aceptable. Para más señas, a pesar del estado lamentable de muchas partes del territorio que maneja, la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal es la política más admirada del país.

Parecería, pues, que Cambiemos, esta amalgama de liberales solidarios, radicales, progres sueltos y otros, entre ellos algunos peronistas, está consolidándose. Por ahora al menos, ocupa el centro del escenario y, por ser tan difusas las demás opciones, está resultando ser un polo de atracción cada vez más fuerte. Todavía no ha ganado la famosa batalla cultural, pero el que Trump se las esté arreglando para desprestigiar la marca populista, podría beneficiarlo.

Antes de las elecciones de 2015, los macristas apostaron a que el mundo celebraría su llegada al poder enviándoles muchísimo dinero. Aunque nos asegura que el dinero está en camino, el tsunami salvador que anticiparon no se produjo. Por motivos comprensibles, los inversores internacionales suelen ser individuos muy cautos, sobre todo cuando piensan en las hipotéticas ventajas de arriesgarse en lo que hasta hace poco era un “mercado fronterizo” parecido a Venezuela, un país amigo de los defaults festivos habituado a tomar a los empresarios extranjeros por imperialistas rapaces deseosos de privarlo de lo suyo. Ahora los macristas prevén que si hacen una buena elección en octubre luego de casi dos años muy difíciles, lo que para muchos sería una hazaña bastaría como para persuadir a los inversores en potencia de que, por fin, la Argentina se ha convertido en un “país serio”.

Puede que estén en lo cierto. Aunque la irrupción de Trump ha sembrado alarma en todas las cancillerías del planeta, incluyendo la encabezada actualmente por Susana Malcorra, de difundirse la convicción de que la Argentina está en manos de un gobierno insólitamente sobrio que se ve respaldado por una proporción adecuada del electorado, muchos hombres de negocios podrían sentirse tentados a probar suerte aquí.

Felizmente para el presidente Macri, no hay motivos para suponer que los peronistas estén por cerrar filas en torno a una propuesta viable y por lo tanto claramente distinta de la reivindicada por Cristina y su tropa menguante de incondicionales rencorosos. Aunque los compañeros más racionales les han dado la espalda por entender que no les convendría en absoluto intentar defender lo indefendible –el enriquecimiento heterodoxo en escala industrial, el lavado de dinero, la contabilidad imaginativa, la mendacidad sistemática, la indiferencia frente a la pobreza estructural, el pacto con Irán, el caso Nisman y así por el estilo–, romper por completo con quien había dominado el movimiento durante muchos años no le está resultando fácil. Si bien los peronistas son congénitamente amnésicos, tendría que transcurrir cierto tiempo antes de que les sea dado depositar lo que queda del kirchnerismo en el basural donde se pudren los restos del lopezreguismo y otras excrecencias deformadas del movimiento de sus amores.

Mientras que Macri aspira a ser el gran modernizador de la Argentina, el hombre que por fin consiga frenar la caída que se inició varias generaciones atrás, el peronismo representa el pasado. El país actual es en buena medida su creación. Por ser tantos los problemas angustiantes, las consecuencias de décadas de supremacía política peronista deberían haber llevado al movimiento a la extinción, pero es, como dicen los compañeros, “un sentimiento”, uno que se alimenta de sus propios fracasos, de ahí las alusiones frecuentes a la importancia de la lealtad.

Si bien los kirchneristas son los únicos que hablan de “la resistencia”, dando a entender así que el gobierno de Macri es una dictadura ilegítima contra la cual “el pueblo” debería luchar con medidas nada democráticas, muchos peronistas siguen creyendo que el poder es suyo por derecho natural y que, de tener la oportunidad, les correspondería expulsar al intruso de la casa de Perón por los medios que fueran. Hace poco, el senador Miguel Ángel Pichetto advirtió que la “tara autoritaria” del movimiento en que milita aún plantea un peligro al sistema imperante. ¿Le prestarán atención aquellos sindicalistas, por lo común dirigentes vitalicios, que están programando una serie de paros escalonados con el propósito de obligar al Gobierno a dejar de pensar en reordenar la economía? Es poco probable. También lo es que se resignen a permitir que los macristas construyan un Estado profesionalizado y meritocrático, parecido a los de países como Japón, sobre el sucedáneo ruinoso que fue improvisado por gobiernos anteriores. De todas las reformas propuestas por Macri, se trata de la más importante pero puesto que aquí los defensores más vehementes del estatismo suelen ser los menos interesados en la calidad de los servicios públicos, los sindicatos del sector harán cuanto puedan para mantener las cosas como están.

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La Guerrilla Argentina en los 70 :La historia que nadie quiere volver a oír

La historia que nadie quiere volver a oír

Jorge Fernández Díaz LA NACION

12/02/2017

“Desde octubre de 1975, bajo el gobierno de Isabel Perón, nosotros sabíamos que se gestaba un golpe militar para marzo del año siguiente. No tratamos de impedirlo porque al fin y al cabo formaba parte de la lucha interna del movimiento peronista.” La frase pertenece a Firmenich, es una admisión pública de que la conducción de “la juventud maravillosa” prefería los militares de la dictadura a la represión ilegal de su propio partido y también de que hasta entonces los 70 eran leídos principalmente como una monstruosa interna armada entre “compañeros”. Se trata de una confesión periodística, y por lo tanto algunos kirchneristas folklóricos podrían aducir que es otra mentira de la prensa hegemónica. Hay un problema: el periodista que entrevistó entonces a Firmenich era Gabriel García Márquez, y consta en la página 106 de su libro Por la libre.

La flagrante falsificación de la historia de aquellos años fue anterior al kirchnerismo, y en esa operación cultural de la negación estuvimos casi todos involucrados. Mi generación anhelaba el enjuiciamiento de los terroristas de Estado que a partir de 1976 habían organizado una cacería repugnante, y fue entonces porosa a la idea de no revolver la prehistoria para no justificar a los represores, cuyo plan sistemático ya está en los anales de la aberración universal. Raúl Alfonsín, con su mira en la gobernabilidad, tampoco quiso ir a fondo con las responsabilidades que le tocaron al peronismo. Cualquier crítica a la guerrilla era galvanizada bajo el insulto de “la teoría de los dos demonios”, y así fue como con el correr de los años se instaló una serie de mentiras inconmovibles: Perón nada tuvo que ver con la Triple A ni con la criminal escalada contra la izquierda peronista, y murió perdonando a los que mataron a Rucci; las acciones de su secretario privado, su esposa y sus amanuenses sindicales y políticos fueron independientes, fruto de sus propias iniciativas. Y los setentistas eran pibes tiernos que dieron su vida para cambiar el mundo y además lumbreras de la política nacional.

Durante doce años, los Kirchner no hicieron más que montar una siniestra glorificación de aquella “gesta”, mientras impulsaban algo necesario: el castigo judicial a los responsables del Proceso. Hoy la inmensa mayoría de esos jerarcas están condenados y asoma por primera vez la posibilidad de un revisionismo sin miedos ni prohibiciones.

Marcelo Larraquy, un historiador incontaminado de cualquier narrativa de encubrimiento, prepara un libro monumental sobre la violencia política y ya anticipó en Los 70, una historia violenta algunos datos que habían sido cuidadosamente sustraídos de la memoria. No sólo demuestra las demenciales y homicidas faenas de la JP montonera y las ideas calamitosas de una camada que siempre se ha autoproclamado como la más brillante del siglo XX, sino que pone el dedo en la llaga al recordarnos qué hizo Perón cuando se le rebelaron.

La primera reacción ocurrió el 1º de octubre de 1973. Dictado por su propio líder, el Consejo Nacional del PJ elaboró un documento que decía: “El Movimiento Justicialista entra en estado de movilización de todos sus elementos humanos y materiales para enfrentar esta guerra. Debe excluirse de los locales partidarios a todos aquellos que se manifiesten en cualquier modo vinculados al marxismo. En todos los distritos se organizará un sistema de inteligencia al servicio de esta lucha”. Quien firmaba el texto era a un mismo tiempo presidente electo y máxima autoridad del órgano partidario.

A partir de su directiva comenzó un impiadoso operativo de “depuración”, que consistió en una feroz persecución de los “infiltrados”. Perón obligó al justicialismo a entrar en combate y delación, dio luz verde para que el sindicalismo ortodoxo hiciera “tronar el escarmiento” y batallara a sangre y fuego al gremialismo clasista en las fábricas, instruyó a López Rega para que armara un grupo parapolicial dentro del Estado; le dio amplios poderes al comisario Alberto Villar, que llevaría a cabo la represión ilegal, y ascendió a los hombres fundamentales de lo que sería la Triple A. Enseguida sobrevendrían la primera lista de “condenados” a muerte y los atentados con metralleta y explosivos, y una serie de golpes destituyentes a gobernadores legalmente elegidos en las urnas, pero con simpatías por la Tendencia Revolucionaria: Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Salta y Santa Cruz.

Perón tampoco se guardaba nada. Les dijo a sus militantes que no debían permitir que se introdujeran ideologías y doctrinas “totalmente extrañas a nuestra manera de sentir”: “¿Qué hacen en el justicialismo? Porque si yo fuera comunista me voy al Partido Comunista y no me quedo ni en el Partido ni el Movimiento”. A esa altura, el General no hacía distingos entre el ERP y Montoneros. Envió al Congreso una reforma del Código Penal para endurecer las penas contra la “subversión”, superando incluso la severidad de la dictadura de Lanusse. “A la lucha, y yo soy técnico en eso, no hay nada que hacer más que imponerle y enfrentarla con la lucha -dijo Perón-. Nosotros, desgraciadamente, tenemos que actuar dentro de la ley, porque si en este momento no tuviéramos que actuar dentro de la ley ya lo habríamos terminado en una semana… Pero si no contamos con la ley, entonces tendremos que salirnos de la ley y sancionar en forma directa, como hacen ellos… Porque formo una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato. Si no tenemos la ley, el camino será otro. Y les aseguro que puestos a enfrentar la violencia con la violencia, nosotros tenemos más medios para aplastarla, y lo haremos a cualquier precio.”

Por televisión, Perón pronuncia en esos días la palabra “aniquilación”. Luego dice: “La decisión soberana de las grandes mayorías nacionales de protagonizar una revolución en paz y el repudio unánime de la ciudadanía harán que el reducido número de psicópatas que va quedando sea exterminado uno a uno para el bien de la República”.

El mensaje hacia adentro y hacia afuera no podía ser más contundente. Bandas compuestas por policías y delincuentes comunes, pesados de la GGT y las 62 Organizaciones, y dirigentes justicialistas de grueso calibre actuaban bajo las consignas del momento: macartismo, espionaje, purga, guerra, exterminio y aniquilamiento. La crónica de esos sucesos se entrelaza con la carnicería montonera, que vengaba cada muerto con fusilamientos y bombas. Los setentistas, a posteriori, intentaron dos camelos: separar a Perón de la persecución ilegal presentándolo como un hombre enfermo y manipulable, y luego relativizar la inquina que les había tomado. Es que pretendían seguir usufructuando el mito, y verdaderamente lo lograron, a pesar de toda evidencia. Perón tuvo lucidez plena hasta tres días antes de su muerte, expiró odiando con toda su alma a los “estúpidos e imberbes” y dejó como misión borrarlos del mapa. No otra cosa hicieron su viuda y su secretario, que continuaron su política.

Los conceptos públicos de Perón serían luego utilizados y perfeccionados por las Fuerzas Armadas. Montoneros no hizo nada para frenar el golpe; por lo tanto, también fue cómplice de la noche más larga y oscura. El justicialismo cometió crímenes de lesa humanidad, que nadie se atrevió a juzgar: hubo en ese período cerca de mil desaparecidos y más de mil quinientos muertos, y el financiamiento de esa masacre surgió del erario. Casi todos son culpables en esta historia de clisés e infames falacias que nadie quiere volver a escuchar.

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Empleados de empresas nacionalizadas y de la administración pública de los países capitalistas: contratos que le garantizan que nunca será despedido, remuneración que no depende del rendimiento, sueldos basados en la antigüeda d, nula supervisión de su trabajo e indiferencia por los resultados de lo que hace, o hace que hace.

11/02/2017 – 01:41

La columna de Lanata

Homo sovieticus

Hasta ahora el gobierno trató el tema del empleo público adaptándose al sistema: despidió ñoquis en los primeros meses y al poco tiempo volvió a tomar casi la misma cantidad. Bajó el nepotismo. Pero también tienen primos, hermanos, esposas o familiares directos excepcionales -y el Estado argentino no puede prescindir de su talento- Mauricio Macri, Gabriela Michetti, Andrés Ibarra, Marcos Peña, Carolina Stanley, Matías Santos, Ricardo Buryaile, Iván Pavlovsky, Jorge Triaca, Federico Sturzenegger, Rogelio Frigerio, Oscar Aguad, Emilio Basavilbaso, Pablo Avelluto, Federico Pinedo, Martiniano Molina, Francisco Cabrera, Eduardo Amadeo, Patricia Bullrich, Juan José Gómez Centurión, Mario Cimadevilla, Hector Lostri, Eduardo Brizuela del Moral, Amado Quintar y Horacio Goycoechea, según una denuncia de ATE. Si vale el consuelo numérico, son menos, muchos menos que los anteriores.

El Estado es el mayor empleador del país: hay cuatro millones de empleados entre Nación y provincias.. En el caso del interior, el empleo público funciona desde hace décadas como un subsidio de desempleo encubierto y permanente que recuerda la definición de “homo sovieticus” de Grigori Zinoviev, el presidente del Soviet de Petrogrado fusilado por oponerse a Stalin: ”Ellos (los dirigentes) fingen pagarnos y nosotros fingimos trabajar”. El empleo público provincial siguió creciendo durante 2016.

Hace unos días el gobierno anunció una serie de tímidas medidas que, en el tiempo, podrían traducirse en el comienzo de un cambio cultural en el área: se impondrá una capacitación de alrededor de un mes para los empleados públicos que ingresen, incluyendo cursos autogestionados y una semana presencial. Los empleados, a la vez, deben elegir de manera obligatoria entre dieciseis carreras posibles a realizar en el Estado. T ambién el gobierno alcanzó a murmurar, temeroso, que quizás se promueva un sistema de premios y castigos que se exprese, por ejemplo, en salarios diferenciados. Los gremios ya expresaron su oposición y observan la propuesta como “un avance de la derecha y la meritocracia”.

Se les pasó por alto que el gobierno de Correa, en Ecuador, inauguró en 2011 un Instituto Nacional de la Meritocracia para el servicio público. Una aclaración idiota: todos tienen que tener las mismas oportunidades de desarrollo, salarios dignos y derechos elementales respetados, es obvio. Pero debe premiarse al que es esfuerza más y logra mejores resultados en su función. La discusión entre lo que la generación del setenta llamó “estímulos morales o materiales” fue superada hace décadas en el mundo: ¿Ud. prefiere como premio un sillón cómodo, vacaciones, un plus salarial o un poster del Che y una cucarda? En realidad no hay que ir tan allá: está todo tan distorsionado en la cultura laboral argentina que si mañana el gobierno obligara solo a cumplir horario, entraríamos en paro por tiempo indeterminado. Hay en todas estas relaciones un sentimiento permanente de acreencia que las enferma: como gano mal, puedo hacer mal mi trabajo; espero que un médico nunca se acuerde de eso mientras me opera.

Sebastián Martínez, secretario de Prensa de UPCN, dijo ante una consulta de La Nación que está “a favor de la capacitación, pero no de las penalizaciones”. El empleado que falta, por ejemplo, debería recibir un telegrama que le diga “Tómese el tiempo que necesite”. Hugo Godoy, de ATE, nos dijo en la radio que está “en contra de la productividad”. El de Godoy es un enfoque marxista que sostiene que “la productividad es el determinante de la tasa de explotación en el capitalismo. Por lo que, por ejemplo, un abaratamiento de la producción de electricidad sin un correspondiente aumento del salario real de todos los trabajadores, significa un aumento de la tasa de explotacion”.

Habría que ver que pasa en una fábrica autogestionada: ¿Se explotarían allí los obreros a sí mismos? ¿Deberían tratar de producir más?. El fusilado Zinoviev decía que el homo sovieticus no era exclusivo de las economías socialistas. También era común en las empresas nacionalizadas y en la administración pública de los países capitalistas: contratos que le garantizan que nunca será despedido, remuneración que no depende del rendimiento, sueldos basados en la antigüedad, nula supervisión de su trabajo e indiferencia por los resultados de lo que hace, o hace que hace. Los buenos y los malos son lo mismo: la responsabilidad individual se diluye en la colectiva. Lo curioso del tema es que quienes piensan así no viven así: buscan al mejor médico cuando se sienten mal o al mejor abogado cuando tienen problemas. Y no está mal que lo hagan: el problema es que nos piden a nosotros que hagamos la cola.

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El populismo debe morir aquí. Ese es el mensaje que no parece estar escuchándose.

OPINIÓN

Cambiemos y el poder

¿Estamos dando pasos concretos para cambiar eso?

dardo_gasparre_2.jpg?token=barPor Dardo Gasparre 10 de febrero de 2017
@dardogasparre

Meses antes del triunfo de Mauricio Macri esta columna advertía sobre la inutilidad del gradualismo como mecanismo de cambio, tanto en el gasto como en cualquier otro aspecto de la economía nacional. Nos basábamos entonces en la historia del comportamiento del Estado, su flora y los parásitos de toda clase y decíamos que la capacidad de resiliencia del proteccionismo, la corrupción empresaria y política y el sindicalismo torcerían cualquier intento de corrección si se les regalaba tiempo.

Nos quedamos cortos. El gasto, el déficit, la emisión, el proteccionismo, el amiguismo, los contratistas, los regímenes de promoción, los sindicatos, los piqueteros, las organizaciones sociales están en el mismo sitial que hace un año, algunos más consolidados. Con un endeudamiento más alto, eso sí. Cuando se husmea en las reparticiones, los ministerios, los estados provinciales, el comentario es unánime: "Están los mismos K de antes, nadie se fue, entraron los de Cambiemos, pero no se fue nadie".

Bajo el lema: "Si no les damos lo que quieren, nos queman el país" y el sublema: "Después de las elecciones de medio término empezaremos el ajuste", todo está más o menos igual, con leves mejoras en algunos aspectos, con agravamientos en otros planos. Seguramente el sistema que obliga al Presidente a reelegirse, como dijera con tanto acierto Alexis de Tocqueville, hipoteca cualquier intento de grandeza, como se nota. También las elecciones cada dos años son un escollo continuo que lleva a la triste corrección política nadista. Y aquí tampoco pasó gran cosa. La reforma electoral y política, uno de los estandartes de campaña, terminó siendo una discusión gatopartdista sobre el formato de la boleta, sobre lo que ni siquiera se logró acuerdo serio alguno.

Ahora viene la segunda excusa que son las mayorías peronistas en el Congreso, que fueron persuadidas a un altísimo precio y un altísimo costo (el precio para ellas, el costo para la sociedad) en los temas que convenían a los políticos de todo sino: impuestos, obras públicas financiadas por el Estado, reparto a las provincias, endeudamiento. Pero no para cambiar nada que a la ciudadanía le importara en el largo plazo. Por ejemplo, el monopolio virtual que ejercen los partidos sobre la llamada democracia con el presente sistema malparido en 1994. Por ejemplo, la limitación al gasto y al endeudamiento y la emisión. Por ejemplo, una reforma judicial que asegure el funcionamiento auténtico del sistema republicano y la seguridad en todos los sentidos.

Si el Gobierno hubiera dispuesto de mayorías propias en el Congreso, ¿se hubieran hecho esos cambios? ¿No hay algún derecho a dudarlo, frente a las decisiones tomadas y no tomadas hasta ahora, y a las declaraciones y las acciones de muchos funcionarios de Cambiemos? Las escuchas que se han conocido recientemente en algunos temas como el espionaje y el fútbol muestran la podredumbre y la corrupción del sistema, no solamente la calaña de quienes nos arriaron durante 12 trágicos años. ¿Estamos dando pasos concretos para cambiar eso? ¿Lo cree el lector, con la mano en el corazón? ¿O sólo ha cambiado el concesionario y tenemos un lindo cartelito amarillo que dice: "Under new management"?

Estas observaciones no son retóricas. Son de profundo significado económico. Los 42 millones o más de habitantes no se mantienen con el agro, algunas concesiones extractivas y sus derivados. Para eso basta con los ocho o nueve millones de empleos y cuentapropistas privados que son los que hoy pagan la fiesta. Pero para salir de la informalidad, socia de la marginalidad, del subsidio, de la precariedad, de los ciclos de dispendio y default que nos acompañan desde hace 70 años, para eludir las inminentes crisis jubilatoria y de salud que se ciernen, para que el Conurbano sea parte de la nación, para que haya algún futuro posible, hacen falta inversión, proyectos, apertura comercial y mental, educación orientada a la innovación, austeridad del Estado y seriedad. Hace falta que se creen cinco millones de empleos privados en pocos años. ¿Eso se hará con este Estado, con estas leyes laborales, con estas rigideces, con costos inviables que llevan a clamar por más protección? ¿Con una moneda condenada a apreciarse hasta la implosión porque la importación está prohibida para conveniencia de muchos y porque el costo del Estado nos aplasta y asusta hasta volvernos ratones mentales con terror a competir?

Evidentemente, la acepción de la palabra "gradualismo" que maneja el Gobierno no es la del diccionario, si la tuviera. "Gradual" significaría hacer lo que hay que hacer a un paso más lento del que se debe. Pero ese paso, al menos, tiene que ser en la dirección correcta, no para atrás. Por supuesto que habrá que agradecer y prender velas porque la llegada de Cambiemos desplazó al vandalismo político y ético que gobernaba, por así decir. (Las velas por el milagro de la provincia de Buenos Aires, de clara inspiración divina). Pero el riesgo es que si en esta instancia no se consigue marcar un rumbo que la sociedad advierta como positivo, recaigamos en el pasado con mayor virulencia, para lo que tenemos una increíble propensión. El populismo debe morir aquí. Ese es el mensaje que no parece estar escuchándose.

En esa mística interna de ganar las elecciones del próximo término para después ganar la reelección, para después tener mayoría y hacer lo que hay que hacer (suponiendo que se quisiera hacer lo que hay que hacer), el Gobierno no funciona como un Poder Ejecutivo. Funciona como un comando electoral donde lo que importa es el relato propio, la posverdad, no decir ni hacer lo que no conviene políticamente aunque convenga funcionalmente. No tener funcionarios que urtiquen aunque sean buenos, aliarse con quienes convenga aunque sean malos, e ir manejando los escándalos y navegando falencias sin hacer demasiadas olas. Como se hizo exitosamente en CABA tantos años, y se hace.

Puede que ese mecanismo sirva para ganar el poder o más poder. Lo que cabría preguntarle a Mauricio Macri es: "¿Poder para qué?". El riesgo de esta filosofía de electoralismo permanente es que la terrible y mortal catilinaria del debate presidencial se pueda aplicar al Gobierno: "¿En qué te han transformado, Cambiemos?".

Lamento contradecir el creciente optimismo presidencial sobre el futuro y seguramente tener que recibir los epítetos de los lectores creyentes, pero visto desde aquí, el equipo homogéneo y unánime de Mauricio, más que un gobierno, parece un comité de campaña. Ese es el principal obstáculo que tiene que vencer.

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