La izquierda en America latina siglo XXI fue un fracaso y es un ejemplo de robo tamño continental..pero los izq uierdistas dicen que no fue la izquierda…ay que cuentito…

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¿Fracasó la izquierda latinoamericana?

Por MARTÍN CAPARRÓS 16 de septiembre de 2016

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CreditRachel Levit

Ya no sé cuántas veces lo he visto escrito, lo he oído repetido: está por todas partes. La frase se ha ganado su lugar, el más común de los lugares, y no se discute: la izquierda fracasó en América Latina.

Es poderoso cuando un concepto se instala tanto que ya nadie lo piensa: cuando se convierte en un cliché. El fracaso de la izquierda en América Latina es uno de ellos. El fracaso de los gobiernos venezolano, argentino o brasileño de este principio de siglo es evidente, y es obvio que sucedió en América Latina; lo que no está claro es que eso que tantos decidieron llamar izquierda fuera de izquierda.

Hubo, sin embargo, un acuerdo más o menos tácito. Llamar izquierda a esos movimientos diversos les servía a todos: para empezar, a los políticos que se hicieron con el poder en sus países. Algunos, en efecto, lo eran —Evo Morales, Lula— y tenían una larga historia de luchas sociales; otros, recién llegados de la milicia, la academia o los partidos del sistema, simplemente entendieron que, tras los desastres económicos y sociales de la década neoliberal, nada funcionaría mejor que presentarse como adalides de una cierta izquierda. Pero las proclamas y la realidad pueden ser muy distintas: del dicho al lecho, dicen en mi barrio, hay mucho trecho.

La discusión, como cualquiera que valga la pena, es complicada: habría que empezar por acordar qué significa “izquierda”. Es un debate centenario y sus meandros ocupan bibliotecas, pero quizá podamos encontrar un mínimo común: aceptar que una política de izquierda implica, por lo menos, que el Estado, como instrumento político de la sociedad, trabaje para garantizar que todos sus integrantes tengan la comida, salud, educación, vivienda y seguridad que necesitan. Y que intente repartir la riqueza para reducir la desigualdad social y económica a sus mínimos posibles.

Creo que, en muchos de nuestros países, poco de esto se cumplió. Pero creer y hablar es relativamente fácil. Por eso, para empezar a pensar la cuestión, importa revisar las cifras que intentan mostrar qué hay más allá de las palabras discurseadas. Por supuesto, el espacio de un artículo no alcanza para un recorrido completo: cada país es un mundo. Así que voy a centrarme en el ejemplo que mejor conozco: la Argentina del peronismo kirchnerista.

Primero, las condiciones generales: entre 2003 y 2012 el precio de la soja, su principal exportación, llegó a triplicarse. Los aumentos globales de las materias primas ofrecieron a la Argentina sus años más prósperos en décadas. Con esa base privilegiada y 12 años de discursos izquierdizantes, Cristina Fernández de Kirchner dejó su país, en diciembre pasado, con un 29 por ciento de ciudadanos que no pueden satisfacer sus necesidades básicas: 10 millones de pobres, dos millones de indigentes. El 56 por ciento de los trabajadores no tiene un empleo estable y legal: desempleados, subempleados, empleados en negro y en precario. Un tercio de los hogares sigue sin cloacas y uno de cada diez no tiene agua corriente. Y hay casi cinco millones de malnutridos en un país que produce alimentos para cientos de millones, pero prefiere venderlos en el exterior.

Aunque, por supuesto, el relato oficial era otro: en junio de 2015, la presidenta Fernández dijo en la Asamblea de la FAO que su país sólo tenía un 4,7 por ciento de pobres; su jefe de gabinete, entonces, dijo que la Argentina tenía “menos pobres que Alemania”. Para conseguirlo, su gobierno había tomado, varios años antes, una medida decisiva: intervenir el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos y obligar a sus técnicos a producir datos perfectamente inverosímiles.

Pese a los discursos, en los años kirchneristas también aumentó la desigualdad en el acceso a derechos básicos como la educación y la salud. En 1996, el 24,6 por ciento de los alumnos iba a escuelas privadas; en 2003 la cifra se mantenía; en 2014 había llegado al 29 por ciento. Los argentinos prefieren la educación privada a la pública, pero no todos pueden pagarla: su uso es un factor de desigualdad importante, y creció un 20 por ciento en estos años.

En 1996 la mitad de la población contaba con los servicios médicos de los sindicatos, el 13 por ciento un plan médico privado y el resto, el 36 por ciento más pobre, se las arreglaba con la salud pública. La proporción se mantiene: entre 15 y 17 millones de personas sufren la medicina estatal, donde tanto funciona tan mal. Es la desigualdad más dolorosa, como bien pudo ver la presidenta Fernández cuando —diciembre de 2014— se lastimó un tobillo en una de sus residencias patagónicas y la llevaron al hospital provincial de Santa Cruz. Allí le explicaron que no podían curarla porque el tomógrafo llevaba más de un año roto, y la mandaron en avión a Buenos Aires, 2.500 kilómetros al norte.

Mientras las diferencias entre pobres y ricos se consolidaban, mientras la exclusión de un cuarto de la población producía más y más violencia, las grandes empresas seguían dominando. En agosto de 2012 Cristina Fernández lo anunciaba sonriente: “Los bancos nunca ganaron tanta plata como con este gobierno”. Era cierto: en 2005 se llevaban el 0,33 por ciento del Producto Interno Bruto; en 2012, más de tres veces más. Ese mismo año el Fondo Monetario Internacional informaba que la rentabilidad sobre activos de los bancos argentinos era la más grande del G-20, cuatro veces mayor que la de los vecinos brasileños. Y la economía en general siguió con la concentración que había inaugurado el menemismo: en 1993, 56 de las 200 empresas más poderosas del país tenían capital extranjero y se llevaban el 23 por ciento de la facturación total; en 2010 eran más del doble —115— y acaparaban más de la mitad de esa facturación.

Y esto sin detenerse en el sinfín de corruptelas que ya colman los tribunales de justicia con ministros, secretarios, empresarios amigos, la propia presidenta. ¿Se puede definir “de izquierda” a un grupo de personas que roba millones y millones de dineros públicos para su disfrute personal?

Ni detenerse en la locura personalista que hace que estos gobernantes –y por supuesto la Argentina– identifiquen sus políticas consigo mismos. ¿Se puede definir “de izquierda” a una persona que desprecia tanto a las demás personas como para creerse indispensable, irreemplazable?

Son más debates. Mientras tanto, sería interesante repetir la operación en otros países: comparar también en ellos las proclamas y los resultados. Quizás allí también se vea la diferencia entre el reparto de la riqueza que llevaría adelante un gobierno de izquierda y el asistencialismo clientelar que emprendió éste. Quizás entonces se entienda por qué, mientras algunos de estos gobiernos se reclamaban de izquierda, sus propios teóricos solían llamarlos populistas, una tendencia que la izquierda siempre denunció, convencida de que era una forma de desviar los reclamos populares: tranquilizar a los más desfavorecidos con limosnas —subsidios, asignaciones— que los vuelven más y más dependientes del partido que gobierna.

Pero el lugar común pretende que lo que fracasó fue la izquierda –y eso les sirve a casi todos. A aquellos gobiernos, queda dicho, o a sus restos, para legitimarse. Y a sus opositores del establishment para tener a quien acusar, de quien diferenciarse, y para desprestigiar y desactivar, por quién sabe cuánto tiempo, cualquier proyecto de izquierda verdadera.

CRISTINA KIRCHNER, DESIGUALDAD, EL FRACASO DE LA IZQUIERDA, IZQUIERDA LATINOAMERICANA

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Argentos y el gusto x vivir del Estado: Entre 2002 y 2015 el número de quienes viven del Estado pasó de 6 a 19 ,6 millones de personas, más del doble de los aportantes del sector privado

Un Estado tan obeso como insostenible

Entre 2002 y 2015 el número de quienes viven del Estado pasó de 6 a 19,6 millones de personas, más del doble de los aportantes del sector privado

SÁBADO 03 DE SEPTIEMBRE DE 2016

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Sumando los niveles de gobierno nacional, provinciales y municipales, en el año 2002 el Estado ocupaba a 2.100.000 empleados. En ese mismo año el número de jubilados y pensionados a cargo del gobierno orillaba los 3 millones y la cantidad de personas que recibían subsidios o eran beneficiarios de planes sociales, sin incluir asignaciones familiares, alcanzaba alrededor de un millón. En total eran 6.100.000 personas las que mensualmente recibían una remuneración o transferencia del Estado. Frente a ellos había aproximadamente 7 millones de personas activas en el sector privado formal que realizaban sus aportes y pagaban sus impuestos. La balanza de 7 a 6,1 entre los que aportaban y recibían estaba razonablemente equilibrada. Podría haber sido aún más favorable, ya que en aquel entonces diversos estudios ya mostraban un exceso innecesario de empleados estatales.

Pero entre 2002 y 2015 se produjo un cambio desequilibrante de gran significación. El número de empleados públicos aumentó a 4.100.000. La cantidad de jubilados y pensionados a cargo del Estado se expandió a 7,5 millones después de dos generosas moratorias y de la estatización del sistema privado. Por otro lado, los planes sociales se multiplicaron y expandieron hasta abarcar algo más de 8 millones de beneficiarios. El total de personas a cargo del Estado pasó así a 19,6 millones de receptores de pagos mensuales. En el mismo período los aportantes privados formales sólo subieron a 8,5 millones. La balanza quedó así fuertemente desequilibrada: 8,5 millones aportan y 19,6 millones reciben. Una relación de este tipo no se observa en ningún país del mundo y no es sostenible dentro de los límites de una presión impositiva razonable que no destruya la economía.

El desborde estatal durante la gestión kirchnerista se puede evaluar también desde el ángulo del gasto público. De un nivel del 30% del PBI en 2002 se pasó al 47% en 2015. Fue un aumento en proporción al tamaño de la economía, que a su vez también creció. De acuerdo con información desarrollada por la reconocida Fundación Libertad y Progreso, de los 17,1 puntos de aumento del gasto en relación al PBI, el incremento del empleo público fue responsable de 5,5 puntos; el de jubilados y pensionados contribuyó con 3,4; los planes sociales, con 3,9, y los subsidios a la energía, el transporte y otras actividades, con 4,3.

La gestión kirchnerista intentó solventar este engrosamiento estatal aumentando impuestos. Elevó la presión impositiva desde un 27% del PBI hasta un 40%, haciéndola insoportable para trabajadores, exportadores y productores. A pesar de ello desapareció el superávit fiscal que se había alcanzado en 2004 y se generó un creciente déficit, que alcanzó a un 7% del PBI en 2015. Ésta fue la situación heredada por el presidente Macri.

La dificultad de reducir el gasto ha quedado demostrada en la enorme resistencia de la sociedad a los ajustes tarifarios, única alternativa para que el Estado reduzca los abultadísimos subsidios a los servicios públicos.

Macri está ante la necesidad de reducir el déficit para detener el rápido crecimiento de la deuda pública. Podría intentar una licuación gradual haciendo crecer la economía, pero esto requeriría tiempos muy prolongados como para evitar la impaciencia de los acreedores. Inevitablemente deberá actuar sobre los subsidios sociales y sobre la burocracia estatal. Esto exigirá contar con un programa bien elaborado de reforma del Estado y con políticas e instrumentos que faciliten la transferencia de empleo público hacia el sector privado. Entre ellos parece imprescindible una revisión de las regulaciones laborales, que tras el objetivo de proteger al trabajador han afectado severamente la competitividad, han desalentado la inversión y están afectando la demanda de empleo.

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La reversión del gigantismo estatal y la crítica situación fiscal constituyen dos de los mayores desafíos del Gobierno. La oposición, así como los gobernadores de provincias y los dirigentes sindicales deberían ser conscientes del riesgo de demorar la corrección de esta situación. Ya han abusado de las exigencias que implicaron un gasto adicional como condición para acompañar cada ley o medida intentada por el Poder Ejecutivo. El presidente Macri y sus funcionarios deberían esforzarse más por explicitar la gravedad de la situación fiscal, en lugar de mostrarse cómodos frente al problema, al tiempo que deberían exhibir una mayor firmeza para enfrentar demandas que aumentan el gasto público.

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A los kirchneristas sólo los persigue la Justicia, y no por leer a Mao, sino por violar reiteradamente el Códi go Penal.

COLUMNA

Hebe, de la heroicidad al esperpento

Durante la dictadura Hebe de Bonafini había sido nuestra heroína. Luego marchamos con ella en manifestaciones monumentales que pedían respuestas por los desaparecidos

JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ

7 AGO 2016 – 00:32 ART

La presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini.La presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini. EFE

Hebe entró en el camerino de Vargas Llosa y cerró la puerta. Era marzo de 2011, y en ese reducido espacio cruzado por espejos quedamos en una extraña intimidad los tres: la mítica titular de Madres de Plaza de Mayo, el flamante premio Nobel y el escritor argentino que lo iba a entrevistar en la apertura de la Feria del Libro de Buenos Aires. Había sido una semana llena de tensiones: intelectuales orgánicos del Gobierno kirchnerista habían impugnado esa presentación de Mario a raíz de su reconocida ideología liberal, y se decía que grupos de choque irrumpirían en la Feria para impedir esa conversación literaria.

Durante la dictadura Hebe de Bonafini había sido nuestra heroína. Luego marchamos con ella en manifestaciones monumentales que pedían respuestas por los desaparecidos. Ella era entonces una líder ecuménica, dolorida y valiente. Pero a medida que la democracia se afianzó, fue abrazando posiciones más y más intolerantes. Su objetivo ya no eran solo los jerarcas militares que cometieron aquellas atrocidades, sino cualquier actor de las democracias de Occidente. Se regocijó con los atentados a las Torres Gemelas y elogió a la ETA, siempre amparada en una coraza invisible: la inmunidad que proporciona el carácter de víctima famosa.

Néstor Kirchner la conquistó con el impulso que le imprimió al tema de los derechos humanos: cientos de militares que todavía seguían libres fueron juzgados. Néstor jamás se había interesado antes por el asunto, les decía incluso a sus íntimos una frase cínica y antológica (“la izquierda te da fueros”), pero con esa medida entró con toda justicia en la Historia y se ganó a gran parte de la progresía. Hebe se volvió incondicional; las Abuelas de Plaza de Mayo también. Y el entusiasmo le permitió a Néstor usar a esos organismos como escudos humanos para políticas rapaces y autoritarias. A veces el amor enceguece, y Hebe se encegueció. Los Kirchner le permitieron meterse en negocios con el Estado para la construcción de viviendas: la iniciativa terminó en un escándalo, con fuertes sospechas de corrupción. Esa causa flagrante derivó en la Justicia, pero los Kirchner hicieron de todo para apagarla.

A pesar de tanto, yo no sabía cuánta autonomía real tenía Hebe, que siempre se había manejado a su antojo, patrona de sí misma. En el camerino de Vargas Llosa, Hebe explicó la verdad: Cristina Kirchner le había ordenado que no irrumpiera y que permitiera finalmente el acto de la Feria. En ese momento la vi muy mayor, y un rayo de certeza me atravesó el alma: Hebe ya no era libre, tenía una jefa política a la que respondía, y Madres de Plaza Mayo ya no era un organismo humanitario sino un apéndice del partido de Perón. Vargas Llosa y yo pudimos tener nuestro diálogo público sin que mediaran gritos ni empujones, pero yo me fui a casa con un sabor amargo.

Hebe era una líder ecuménica, dolorida y valiente. Pero a medida que la democracia se afianzó, fue abrazando posiciones más intolerantes

A partir de entonces vigilé las apariciones de Hebe, que fue utilizada como ariete por la presidenta: decía las barbaridades que Cristina no se atrevía a verbalizar. Cuando Mauricio Macri ganó las elecciones, levantó el cepo judicial que había sobre los jueces; les prometió públicamente que a partir de ese momento no habría instrucciones desde el Poder Ejecutivo y que eran libres de ejercer su oficio. Cientos de expedientes sobre corrupción despertaron de su siesta y los exfuncionarios kirchneristas fueron imputados unos tras otros. Fajos de dólares, lavado de dinero a mansalva, meganegociados, mansiones obscenas y bóvedas ocultas salieron a la luz, impactaron a la sociedad y dieron la razón a las investigaciones periodísticas de todos esos años. Los periodistas habían sido desacreditados por el poder, y muchos jueces “incentivados” o amedrentados habían aletargado sus pesquisas. Para defender lo indefendible, el kirchnerismo tuvo entonces la estrategia de afirmar que Macri manejaba a los jueces y que Cristina, comprometida en varias causas concéntricas, era una perseguida ideológica. Hebe fue de nuevo su más virulenta portavoz. Dijo que Macri era Mussolini, aunque pocos días después se corrigió: era Hitler. Así como Cristina nunca trepidó en hundir a Madres en el desprestigio, tampoco tuvo el buen tino de llamar a esta mujer de 87 años y pedirle que se presentara ante el juez que la investiga. Pudo haberlo hecho en un acto de piedad, para no exponerla, pero prefirió que la crisis escalara y que Hebe corriera el riesgo de ir presa, o incluso de que los policías que intentaban cumplir la orden judicial tuvieran una refriega con los militantes. La idea era que los periódicos del mundo, que no suelen conocer todos estos matices, titularan: “Feroz represión contra la Gandhi de los derechos humanos, quien denunció una persecución mussoliniana de Macri”. A los kirchneristas sólo los persigue la Justicia, y no por leer a Mao, sino por violar reiteradamente el Código Penal.

Veo en televisión el psicodrama de Hebe, y sigo sintiendo aquel sabor amargo. Empezó luchando contra la impunidad, y terminó creyendo que tenía impunidad para ponerse por encima de la Justicia. Ese largo y lacerante periplo desde la heroicidad hasta el esperpento es la obra maestra de Cristina Kirchner. La izquierda da fueros. Y ella los necesita con desesperación.

*Jorge Fernández Díaz es periodista y escritor argentino

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Hebe le demostró a todos los cuatro de copas que quedan dentro del kirchnerismo cómo se hace un quilombo de ve rdad, con todos los ingredientes que se puedan usar: provocar, victimizarse, aplicar la épica donde sólo había un tra mite burocrático, agitarla y prometer algo que no cumplirá menos de 24 horas después. Kirchnerismo puro.

Son todos idiotas menos Mamá

Domingo, 7 de agosto, 2016

0807_Hebe2Alguien tenía que hacer algo y Hebe le demostró a todos los cuatro de copas que quedan dentro del kirchnerismo cómo se hace un quilombo de verdad, con todos los ingredientes que se puedan usar: provocar, victimizarse, aplicar la épica donde sólo había un tramite burocrático, agitarla y prometer algo que no cumplirá menos de 24 horas después. Kirchnerismo puro.

La usaron. Desde que el 7 de julio Hebe prometió no presentarse ante la Justicia, los miembros de la Congregación de Penitentes No Sobrevivientes al Cristinismo planearon la movida. Harto de armar actos en plazas a los que no concurre ni el vendedor de garrapiñada, pirulines y tutucas, Martín Sabbatella se sumó de entrada. Luis D’Elía, que el último acto que armó fue una ronda en el patio de su casa para presentar un partido al que no tiene vergüenza en llamar “Miiles”, preparó banderas y consultó la agenda: justo tenía libre lo que resta del siglo. El Cuervo Larroque se acercó a la Plaza de Mayo para demostrar que como legislador mucho no entiende de leyes y, si bien habría querido que Máximo Kirchner se acercara a la ronda protectora, a duras penas logró que el primogénito de Cristina se acerque al día siguiente a la sede de las Madres.

Hebe leyó una carta, dijo que no tenía nada que ocultar, se cagó de risa de la policía, y se retiró en un cortejo compuesto por un cordón humano. No conseguía tanta gente en una ronda de jueves desde los indultos de diciembre de 1990. A la mañana siguiente, doña Pastor de Bonafini repetía su voluntad de no presentarse ante el juez, mientras se preparaba para tomarse el palo a Mar del Plata. Un par de horas después Hebe cruzaba el peaje de Hudson rumbo a La Feliz, donde dijo que “el Pueblo salió a la calle”, en referencia a los 44 millones de habitantes que nos congregamos en doscientos metros.

Lo único que quedó claro es que la edad no fue impedimento para manejar millones de dólares, ni para viajar al Vaticano pero sí para moverse diez cuadras más allá de la Rosada y llegar a Retiro.

Antes que nada, es dable destacar el acto inexplicable del juez Martínes de Giorgi, quien parece haber aterrizado en el planeta Tierra por estos días y no sabía que desde hace unas cuatro décadas, todos los jueves se realiza la marcha de las Madres de Plaza de Mayo alrededor de la pirámide ídem en la plaza íbidem. No sorprende su falta de timing: si procesó a Carlos Menem y Domingo Cavallo en 2009, tranquilamente puede haberse enterado recién ahora que en el país gobernó el Kirchnerismo durante doce años, seis meses y quince días. Pasando en limpio, puede afirmarse que es el mismo juez que archivó la causa contra Néstor Kirchner y Cristina Fernandez De por haber abierto una consultora económica: para el doctor, no hubo incompatibilidad, más allá del curro divino que es hacer pronósticos económicos siendo presidente. Para el tordo no pasó naranja con eso de que Ricardo Jaime permitiera que las empresas de colectivos pudieran tener bondis fuera de regla y hasta sobreseyó a Gabriel Mariotto por haber comprado una radio trucha justo cuando estaba de interventor en la ex COMFER. Ver la tranquilidad que tuvo para retirar la orden de detención de Hebe sólo alimenta mis sospechas. Estoy como Cristina con la muerte de Nisman, pero al revés: tengo dudas, aunque tengo todas las pruebas.

0807_Hebe3El mayor problema de todo lo que ha pasado con Hebe de Bonafini en los últimos años es que nos reventó los resortes de lo que corresponde hacer y lo que no. Que no puede ser trasladada porque tiene 87 años, unos tres años menos que la hermana Alba, la no monja del no convento en el que José López fue atrapado con un diezmo de nueve palos verdes. Que no se la puede obligar a ir porque está viejita, cuando todo el despelote se armó en medio de una ronda en la Plaza de Mayo, a diez cuadras del Juzgado donde tenía que presentarse. Que no está bien de la cabeza, algo que podría ser factible, pero que obligaría a que la declaren insana, la desplacen del manejo de cualquier fundación y la manden a un geriátrico acorde. Y todo por un trámite simple, sencillo, que podría no haber demorado más de quince minutos en el juzgado.

Todo se reduce a un sencillo axioma: no importa lo que hayas hecho, siempre podrás zafar gracias a tu colchón de laureles. Obviamente, la ley no es pareja para todos.

Uno de los puntos que más tuve que defender de mi primer libro fue el referente a los laureles y su utilización posterior. En un capítulo abordé la historia de un hombre que cayó detenido por motivos políticos en 1956, luego de apoyar el levantamiento del 9 de junio encabezado por el General Juan José Valle contra su par, el General Pedro Eugenio Aramburu. El tipo recién salió en libertad en 1957 y se metió a laburar como asesor legal de la CGT. En 1976 volvió a caer preso por motivos políticos y, luego de una brevísima estadía en el Regimiento 15 de Infantería, fue trasladado al buque “33 Orientales”, junto a Antonio Cafiero, los viejos de Jorge Taiana y Jorge Triaca, y Lorenzo Miguel, entre varios otros. Luego aterrizó en el penal de Magdalena, donde pasaría otro año y medio sopre a disposición del Poder Ejecutivo –o sea: Jorge Rafael Videla–, tiempo durante el cual falleció su madre sin que lo dejaran ir siquiera al sepelio. Lo largaron con “domicilio forzado”, una medida que estaba muy de moda por aquellos años verdes, mediante la cual un revoltoso se comía una suerte de prisión domiciliaria pero lo más lejos posible de su lugar de origen, hasta que lo liberaron del todo en 1980. Fue allí que aprovechó para mandar hábeas corpus por cualquier desaparecido del que se enterara, algo que hizo que su libertad durara menos de ocho meses. Cuando en marzo del 81 lo largan de nuevo, se puso a presentar nuevamente habeas corpus y un año después terminó detenido en una protesta contra Galtieri en la puerta de la Casa Rosada junto con Adolfo Pérez Esquivel, Saúl Ubaldini…y Hebe de Bonafini.

El hombre del que hablo se llama Carlos Menem, el mismo que siete años después de su última detención asumía la presidencia de la Nación para, meses después, comenzar su ronda de indultos navideños que se continuó para las fiestas de 1990. Y esta historia la cuento por dos motivos: primero, porque es cierta. Y segundo, porque demuestra que no todo lo que se haya hecho antes da impunidad perpetua por una cuestión de agradecimiento histórico. A modo de yapa, cabe agregar que no se conocen declaraciones de Néstor ni de Cristina en contra de los indultos. Estaban ocupados siendo menemistas.

Yendo a Hebe, durante los primeros años de la nueva democracia se opuso a la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas porque quería que estuviera manejada por las Madres. Como contraposición, durante los noventas también se opuso a las reparaciones económicas de más o menos 400 mil dólares por víctima de la dictadura y, más tarde, también fustigó la creación del banco de datos genéticos. Hebe nunca quiso una verdad que superara la verdad de ser víctima.

0807_Hebe4Llegado el kirchnerismo, las Madres que quedaron con Hebe pusieron en marcha una imprenta, una radio y una universidad. Todo financiado con la nuestra, pero administrado por ellas. Como contraprestación a la sociedad que tanto le dio, Hebe tomó la opción de no pagar un puto impuesto nunca. Obviamente, la AFIP tomó cartas en el asunto: se convirtió en auspiciante.

Recibieron plata de la Secretaría de Derechos Humanos, de la Secretaría General de Presidencia, de Jefatura de Gabinete y, obviamente, del ministerio de Obras Públicas. Municipios, provincias, todo resultó válido para recibir dinero público. Para que se pueda dimensionar: la radio de las Madres –que arrastra la misma audiencia que un especial sobre los gustos sexuales de Alejandro Dorio– recibió 6 millones de pesos por año de pauta oficial. Seis palos por año que nadie sabe a dónde fueron a parar.

Por si les parece poco todo esto que cuento muy por arriba, les recuerdo el último escándalo de Hebe: la estatización de la Universidad de las Madres, un engendro adoctrinador en el que dieron clases hasta terroristas de la ETA prófugos de la Justicia española. Para no perder la costumbre, acá tampoco pagaron un impuesto ni por error, evadieron las cargas sociales de los laburantes docentes y no docentes y dejaron una cuenta sin garpar de 200 palitos. Para marcar la diferencia con otros emprendimientos exitosos de Hebe, prohibió la conformación de un centro de estudiantes. Y si te quejás de los aumentos de tarifas, te tiro el dato: no pagaron el servicio de energía eléctrica durante los nueve años que administraron ese antro.

Hebe apostó a la ausencia del Estado de Derecho. La misma ausencia de Estado de Derecho que aniquiló a sus hijos.

La muerte de un ser querido no da impunidad, así hayan sido los propios hijos. Fíjense cómo le fue al ingeniero Juan Carlos Blumberg, que no cometió ningún delito y lo borraron del mapa por no ser Ingeniero, y después me cuentan. O busquemos a todos los familiares de las víctimas de Cromañón, del choque del Sarmiento, o los herederos de la violencia subversiva o militar que siguieron sus vidas haciendo lo que podían con el dolor que cargan y no salieron a violentar las leyes.

En un Estado de Derecho, somos todos iguales ante la ley. Y ése es el principal problema que ha tenido el kirchnerismo y del que los propios peronistas tendrían que hacerse cargo, por omisión ideológica: justicia social –y, por decantación, justicia a secas– e igualdad no son iguales. Justicia es darle a cada uno lo que se merece. Igualdad, es tratar a todos por igual. Y acá quieren aplicar una justicia histórica subjetiva por sobre la igualdad jurídica. No es de extrañar. Después de todo, es lo que han hecho con todos nosotros para colocarse en un lugar al que nunca pertenecieron: el de la defensa de los derechos humanos.

0807_CFK2La teoría del globo de ensayo no es mala, ésa que tiró el propio Schoklender al decir que el quilombo del jueves se dio porque estaban practicando para cuando –eventualmente– se la quieran llevar en cana a Cristina. Es cierto que se complica la idea de hacer un cordón humano desde El Calafate hasta avenida Comodoro Py 2002, pero esos son detalles que pueden verse más adelante.

Y ya que hablamos de Cris, la expresi apareció tres días al hilo en las redes sociales. Mientras se producía el quilombo de Hebe, salió a putear a la Justicia por lo que más le importa: su propio culo. De Hebe no habló. Horas más tarde, estuvo en la Facultad de Sociales de la UBA para conmemorar los 50 años de la Noche de los Bastones Largos. Allí aseguró que “se vienen noches de bastones muy largos”. No, de Hebe tampoco habló. Ayer sábado, volvió a tuitear como una señora aburrida para cuestionar los procedimientos judiciales en la causa Hotesur y afirmó que los verdaderos responsables de la movida del Dólar Futuro fueron los miembros del actual Gobierno. Se ve que tiene pruebas de Mauricio Macri obligándola a firmar decretos a punta de pistola.

En medio de toda esta ensalada, están los que creen que no se debe someter a la Justicia al que te cae simpático y que realmente estamos atravesando una dictadura, con lo que demuestran que cumplen con el ABC del manual del idiota, vocablo cuya más antigua acepción reza que “es un espíritu engreído por sus propias particularidades”. Individualistas que prefieren la ignorancia a la instrucción del ciudadano, el que vive en comunidad. Así, al tirarnos por la cabeza que todos somos egoístas por no aceptar la imposición de sus ideas, hacen gala de su individualismo refugiados en un discurso universal. Son los que disfrazan sus intereses (en este caso, intereses judiciales) en supuestos “intereses de la sociedad” para hacernos solidarios en las malas, cuando se hicieron bien los boludos en las buenas.

Es el paroxismo de la definición que Chantal Delsol realizó sobre los que llamó “aduladores del pueblo”: aquellos que oponen el bienestar al bien, la facilidad a la realidad, el presente al porvenir, las emociones e intereses primarios a los intereses sociales.

Lo increíble es que son verdaderamente democráticos a un nivel tan alto que no les dio para el republicanismo. ¿Cómo despreciarían esa democracia que, con todas las cosas que nos prometió y no cumplió, fue el caldo de cultivo ideal para que tengamos por deseo un mesías por encima del respeto a las instituciones?

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Domingo. Lo cierto es que en este país un tipo con muchos laureles en materia de Derechos Humanos terminó preso por sus cagadas como presidente. ¿Cuál sería el mérito de la expropiadora de viviendas bajo el amparo de la legislación dictatorial?

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El kirchnerismo actuó por fuera del sistema republicano cuando eran gobierno y lo sigue haciendo ahora. No se s omete a la ley.

Tienen motivos para estar nerviosos

Héctor M. GuyotLA NACION

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