Los “chicos malos” de Latinoamérica empiezan a poner en orden sus economías, parece.

EDICIÓN IMPRESA FINANCIAL TIMES 24.04.14 | 00:00

Editorial: Las reformas en Argentina habría que tomarlas con pinzas

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Editorial: Las reformas en Argentina habría que tomarlas con pinzas

Editorial: Las reformas en Argentina habría que tomarlas con pinzas

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El año pasado, la presidenta izquierdista argentina Cristina Fernández, juró que su país nunca devaluaría. Pero en enero lo hizo.

Hace seis años, el mandatario ecuatoriano de izquierda Rafael Correa, conocido internacionalmente por haber protegido al fundador de WikiLeaks Julian Assange en la embajada de su país en Londres, defaulteó deuda soberana por u$s 3.200 millones. Sin embargo, ahora anticipándose a una emisión de bonos por u$s 700 millones, Correa está seduciendo a los mismos inversores internacionales que llamó “monstruos”. Hasta la socialista Venezuela está mostrando señales de pragmatismo; se decidió a suavizar los controles cambiarios. Los inversores festejaron y los mercados se recuperaron. Los “chicos malos” de Latinoamérica empiezan a poner en orden sus economías, parece.

Este es un fascinante giro de los últimos acontecimientos. Durante la década pasada, estos tres países –más sus aliados del denominado grupo Alba, Bolivia Nicaragua y la comunista Cuba– recalentaron cada porción de la retórica antiimperialista que pudieron desterrar de los años setenta para rugir contra el arrogante Occidente y las fuerzas impersonales del neoliberalismo. Durante mucho tiempo, pudieron hacerlo. Los precios de las materias primas eran altos y la liquidez internacional, abundante. China estaba despreocupada con préstamos multimillonarios en dólares. Las relaciones norte-sur no importaban; estaba de moda el exclusivo comercio sur-sur. Esas opiniones nunca representaron a la opinión latinoamericana mayoritaria: el grupo Alba representa sólo 10% del producto económico anual de la región. Pero definitivamente el más ruidoso. Para muchos simpatizantes, eso era suficiente.

Pero ya no. Las tasa de interés occidentales están subiendo y la economía china en desaceleración puso tope a los precios de los commodities. Beijing también empezó a contener su veloz expansión del crédito, tanto en el país como en el exterior. Se dice que los acuerdos con complicaciones agotaron la paciencia de Beijing con Venezuela y Argentina. En el futuro, las inversiones chinas en Latinoamérica, en especial en infraestructura, probablemente se concentren en países más seguros y menos riesgosos. Ya no les es fácil jugar a ser chicos malos. De ahí las ofensivas amistosas y el apuro por ser pragmáticos antes de que se afiancen los años flacos y la financiación se encarezca.

La pregunta es qué tan verdadera es esta conversión. Esa es la pregunta clave para los inversores con mala memoria, hambre de rendimiento y que están pensando en creerse el aparente cambio de actitud.
En Ecuador, junto a la feroz retórica y el default voluntario, Correa también demostró ser un administrador público competente que impulsó un impresionante programa de obras públicas. Por el contrario, la idea de una “revolución pragmática” en Venezuela y Argentina hay que tomarla con pinzas.

Ambos países tienen bajo crecimiento, alta inflación y escasez crónica de divisas fuertes. Para resolver esos problemas, a las recientes reformas deberían agregar otras medidas, especialmente del lado de lo oferta. Después de todo, no son actos de sabotaje de “fascistas” o de oscuras élites económicas los que redujeron la inversión privada. Los verdaderos culpables son los controles de precios, las amenazas de expropiación y la mala gestión.

Esto no es ideología sino una simple observación. Otros países de izquierda en la región, como Bolivia, no padecen una inestabilidad económica similar. Tampoco son extraordinarias las tan alabadas mejoras sociales: otros países latinoamericanos redujeron la pobreza en igual medida sin distorsionar sus economías o sembrar tanta discordia.

Cualquier regreso a la racionalidad económica siempre es bienvenida, por más tímida que sea. Algo siempre es mejor que nada, y cuantas más reformas haya ahora, mejor será el resultado final. Es probable que sea demasiado pedir que las reformas vayan acompañadas de un fin a la postura barata de los últimos años. Sin embargo, será divertido ver a los líderes comerse sus propias palabras.

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Caída de un Mito Progre: La seguridad no llega por derrame

Martes 22 de abril de 2014 | Publicado en edición impresa

Problema irresuelto

El menemismo se equivocó al creer que el crecimiento reduciría la desocupación; el kirchnerismo también, al confiar en que la baja de la pobreza frenaría el delito, sin necesidad de tomar medidas específicas

Por Ernesto Schargrodsky | Para LA NACION

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Durante el menemismo, la principal preocupación manifestada por el gobierno era el crecimiento. No había, en cambio, una preocupación específica por la desocupación y la desigualdad, que agobiaban a la sociedad. Cuando después de las principales reformas económicas de los años 90 la desocupación comenzó a aumentar, la primerareacción fue de sorpresa y de negación. ¿Cómo reformas económicas tan exitosas -se preguntaban- podían generar este efecto colateral negativo?

La segunda respuesta de los funcionarios del gobierno a este problema, más sofisticada, fue la "teoría del derrame". Por un lado, las privatizaciones, la estabilidad y la apertura comercial generarían un aumento de la productividad de la economía. Por el otro, los desocupados terminarían aceptando salarios más bajos. Eventualmente, los desempleados serían reabsorbidos por una economía más competitiva y vigorosa. Para el gobierno, no hacían falta políticas activas específicas para reducir la desocupación y la desigualdad. El crecimientoderramaría al conjunto de la sociedad.

Como sabemos, este argumento teórico no funcionó. Las ganancias de productividad fueron inferiores a la apreciación del peso (arrastrado por un dólar fuerte), los salarios nominales fueron rígidos a la baja, la pérdida de competitividad internacional y la caída de la demanda interna indujeron una recesión, los ingresos fiscales cayeron y el país entró en un círculo vicioso que terminó en el estallido de diciembre de 2001.

Durante el kirchnerismo, la principal preocupación manifestada por el Gobierno ha sido la distribución del ingreso. No hubo, en cambio, una preocupación específica por la inseguridad, que agobia a la sociedad. Superados la transición y el caso Blumberg, la primera reacción al rebrote de la inseguridad fue de sorpresa y de negación. ¿Cómo era posible -se preguntaban- que el delito no se hubiera reducido como resultado de las políticas sociales inclusivas? La inseguridad tenía que ser una percepción, fogoneada por los medios.

La segunda respuesta de los funcionarios del Gobierno a este problema, más sofisticada, fue una nueva versión de la "teoría del derrame". El Gobierno confió en que la recuperación del empleo y un conjunto de políticas redistributivas que, en efecto, redujeron la pobreza y la desigualdad, como la Asignación Universal, al mejorar las condiciones de vida de los sectores más desprotegidos solucionarían indirectamente el problema de la inseguridad, sin que fuese necesario implementar políticas activas, ideológicamente incómodas, para atacar específicamente este problema.

Pero, como ocurrió con la teoría del derrame menemista, el derrame kirchnerista tampoco ha funcionado. Aunque no contamos con estadísticas oficiales (las encuestas de victimización criminal se interrumpieron en 2003 y los datos sobre delitos denunciados se publican con años de atraso), índices de victimización como el del Laboratorio de Investigaciones sobre Crimen, Instituciones y Políticas, que depende de la Universidad Torcuato Di Tella, muestran que el porcentaje de hogares víctimas de delitos aumentó de un promedio de 27,1%, en 2007 (primer año completo del índice), a 35,4%, en los últimos doce meses. Por otro lado, en la medida en que los más pudientes fueron contratando diversas formas de seguridad privada, lo que derramó sobre los más pobres fue el delito. Junto con un aumento más que proporcional de la victimización total sufrida por los pobres, las estadísticas muestran también un aumento relativo de los delitos violentos.

Frente al fracaso de esta segunda teoría del derrame hace falta responder con políticas activas de seguridad. Ejemplos exitosos recientes en la lucha contra la inseguridad, tanto en el mundo desarrollado como en América latina, lograron reducir el delito combinando políticas sociales con políticas punitivas, atacando las causas de largo plazo de la inseguridad, pero también, y al mismo tiempo, sus consecuencias y mecanismos reproductivos de corto plazo.

Sin pretender en esta nota desarrollar una lista exhaustiva de políticas concretas, podemos mencionar algunas que probablemente tengan un alto beneficio social. Cada política, por otra parte, debería ser evaluada empíricamente para mejorar su implementación e ir corrigiendo lo que funciona mal o no funciona del todo.

Uno de los componentes punitivos de varios de estos programas exitosos fue el aumento de los niveles de encarcelamiento. Este aumento de la población encarcelada no requiere un endurecimiento de las penas, sino, sencillamente, su cumplimiento. Su eficacia no proviene de que el encarcelamiento reduzca el delito por disuadir a delincuentes racionales, como se confunde en el debate local, sino que tiene un efecto directo al incapacitarlos para la comisión de nuevos delitos (siempre que los presos no se evadan ni delincan en salidas permitidas, en muchos casos con complicidad). A su vez, un mayor cumplimiento efectivo de las penas requiere corregir el efecto criminogénico de las cárceles, que está en íntima relación con las brutales condiciones carcelarias de nuestro país. Es urgente reducir el hacinamiento, erradicar la violencia carcelaria y garantizar plenamente los derechos de los detenidos. Por otra parte, la utilización de tecnologías modernas como el monitoreo electrónico de detenidos podría expandirse, bajo criterios sensatos de selección. Además, para reducir el fenómeno de la reincidencia necesitamos intervenciones específicas -tales como programas de formación, subsidios y desgravaciones impositivas- que promuevan la reinserción laboral de los liberados. También es necesario mejorar la identificación biométrica de la población criminal y compartir esos registros entre distritos.

Por supuesto que las políticas activas deben incluir una atención directa al flagelo del narcotráfico. Hay que completar la radarización del país, aumentar los controles migratorios, desarrollar tareas de inteligencia con colaboración internacional y atacar las diversas formas de corrupción policial, judicial y política relacionadas.

Las experiencias de otros países también muestran los beneficios de focalizarse en los hot spots (áreas calientes) del delito, a través de la identificación de zonas geográficas y grupos de alta criminalidad (como las barras bravas) que derraman sobre el conjunto de la sociedad, y desarrollando en esas zonas programas de urbanización, de recuperación del espacio público y de desarme.

También pueden desarrollarse programas sociales específicos. El reciente Plan Progresar, por ejemplo, está dirigido a jóvenes que no estudian ni trabajan. Pero las tasas de criminalidad de los varones son ampliamente superiores a las de las mujeres. Un programa social que tuviese como objetivo la reducción del delito debería concentrar sus beneficios y diseño en la población masculina. Por otra parte, además de programas sociales específicos, la evidencia muestra beneficios de crear actividades alternativas para los jóvenes a través de instituciones educativas, culturales, sociales y deportivas.

Como ocurrió durante el menemismo con la desocupación, durante el kirchnerismo la nueva versión de la teoría del derrame no resolvió el problema de la inseguridad. Al cabo de una década, la seguridad de los ciudadanos se encuentra hoy en una situación de emergencia declarada. El conjunto de la sociedad, y en particular los que menos tienen (y por lo tanto no pueden contratar sistemas de protección privada), no pueden esperar a que se resuelva el problema de la pobreza y la desigualdad para que recién entonces enfrentemos el problema de la inseguridad..

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Para prevenir las guarimbas

Carolina Mantegari para JorgeAsisDigital.com. Lunes, 21 abril , 2014. / A- A+

Para prevenir las guarimbas

Argentina y el espejo de Venezuela.

Para prevenir las guarimbassobre informe de Consultora Oximoron

Redacción final Carolina Mantegari
especial para JorgeAsísDigital

Introducción
Marcas de la real politik

Ricardo Forster, presentable exponente del carterismo abierto, supo expresar la previsible desaprobación.
Antes fue también Horacio Verbitsky, titular del CELS, El Ganges. La consideró un retroceso.
Como también coincide Luis D’Elía, El Falso Negro, el levantino que representa a los “miles” de las organizaciones sociales (principales damnificados del recorte que se viene).

Nunca es demasiado tarde para que La Doctora se ponga seria. Y adopte categorías inusuales de estadista.
Al extremo de elevar, hacia la docilidad del parlamento, La Ley de Convivencia en Manifestaciones Públicas.
Trata la regulación de la protesta social. El mero planteo espanta a los progresistas de decepción lenta (pero decepción al fin).
Los que prefieren participar de la euforia irresponsable que brindan las “buenas”.
Pero suelen ponerse ostensiblemente críticos cuando arrecian las “malas”.
La receta es tradicional. Consiste en anotarse con entusiasmo a la hora del reparto. Para distanciarse cuando llega la hora del recorte.
Entran en lógicos conflictos con su público. Un choque con la realidad. La que se vuelve, de pronto, antagónica, al menos con los “deseos imaginarios” (al decir de Sebrelli).

Al comprar el discurso que venden, les cuesta coexistir con los cambios obligados.
Con las marcas que impone la pestilencia de la real-politik (cliquear).

Osiris Alonso D’Amomio
Director – Consultora Oximoron

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El desangradero

Para prevenir las guarimbasEl espejo del cristinismo es Venezuela. Lo confirma el último informe reservado de Oximoron.

El espectáculo del caos venezolano representa la imagen anticipada del porvenir inmediato. Pero no se lo dice ni se lo acepta. Ni siquiera se lo piensa.
El extinto Hugo Chávez dilapidó la ventaja geopolítica que le brindó el flujo permanente del petróleo. Pese a la inagotable riqueza natural, hoy Venezuela se desangra entre la anarquía y la disolución.

Otro extinto, Néstor Kirchner, El Furia, supo dilapidar también la irrepetible oportunidad geopolítica que brindó la soja.
Aquí su heredera, La Doctora, contribuyó también para agigantar la estricta visión del desperdicio.

Pero Argentina, al contrario de Venezuela, aún está a tiempo de evitar “El desangradero” (título que se toma prestado de la gran novela homónima de Federico Moreira).

A través de la presidencia inepta de Nicolás Maduro, Venezuela marcha hacia el desmembramiento social. Consecuencia lógica de las alucinaciones desastrosamente hegemónicas de Chávez.
Se asiste al enfrentamiento desigual entre los jóvenes resistentes. Hartos, catalogados como “fascistas” por el régimen (Ver “No es fascismo, Maduro, es hartazgo”, cliquear), que signan su rebelión con el formato de las guarimbas (aquí piquetes). Contra los represores democráticos de las fuerzas de seguridad, controlados sustancialmente, según nuestras fuentes, por la inteligencia cubana. En combinación con los militantes francos, y con los desposeídos que luchan por mantener su idea revolucionaria. Abrumados, todos, guarimberos y bolivarianos, por el desabastecimiento y la especulación. Por la división de una sociedad que se desgarra hasta el infinito. Entre brigadas civiles de autodefensa y grupos oficialistas de choque. Para prevenir las guarimbasLos reclamos sectoriales, con creciente violencia, imposibilitan el romanticismo de cualquier diálogo. Marcan la impotencia del sistema multilateral que debe recurrir al Papa. La inutilidad compartida de la OEA, y de Unasur, el invento chavista de sustitución, que patrocinó Lula y arrastró al subcontinente entero.

Control de la calle

En un rapto de sensatez, ante la Asamblea legislativa, La Doctora reclamó el 1° de marzo La Ley de Convivencia. A los efectos (bastante seductores para las capas medias) de acabar con los obstáculos cotidianos. Los que impiden el constitucional derecho a circular.

El objetivo real consiste en asegurarse el control de la calle. Por lo tanto hay que evitar por fin los cortes (las guarimbas) que el kirchnerismo facilitó precisamente durante once años. Cuando la protesta aún era honorable y no debía criminalizarse. Pero, por la dinámica del desgaste, adquirieron la modalidad del bumerang. Hasta volverse pesadamente en contra. Con un margen de violencia que admitiría la despreciable represión. Algo que El Furia, en vida, siempre quiso evitar.

La ley consta de 34 artículos. De aprobarse, las autoridades dispondrán de la competencia (ilusoria) para calificar una protesta como legítima o ilegítima.

Para prevenir las guarimbasEsta ley es, aparte, preventiva, y por lo tanto es necesaria para controlar las protestas que se vienen. Consecuencia del ajuste irremediable.

Es clave, también, para entender el fortalecimiento del general César Milani.
Más que la Gendarmería (en problemas), o la policía (cada vez menos confiable) emerge el Ejército como garantía para mantener el control de la calle. Y evitar los desbordes anunciados, como los que se registran en Venezuela, con el respectivo destino de desmembramiento social y vigencia imperial del narcotráfico.

Espejo bolivariano

Para Oxímoron, corresponde entender las razones estratégicas del cristinismo a través del espejo bolivariano. Y del descontrol temible de la calle.
Sólo a partir de esta constatación debiera analizarse la “Ley de convivencia en manifestaciones públicas”. Para regular tardíamente las protestas. En la práctica, para criminalizarlas.

El sinceramiento económico -aunque se evite la palabra ajuste- admite prever que las protestas, en la Argentina, tienden a multiplicarse. A medida que se consagren las nuevas medidas. Los próximos recortes de subsidios. Con los estancamientos de los planes sociales.

Con el avance de la inflación, los planes se tornan insignificantes, y serán motivos de movilizaciones.
Desventuras que tienden a reducir aquello que los técnicos, con su técnica frialdad, denominan el gasto público.

Para prevenir las guarimbasEn otro rapto de usual perversidad, La Doctora instruyó que la ley fuera presentada por los diputados más emblemáticos. Comprometidos con la virulencia categórica del cristinismo. Como Carlos Kunkel, El Sopapeado, y la señora Diana Conti, La Frepasista, a los que debe sumarse el peronista Díaz Bancalari, un nicoleño de progresismo relativo, como el de los chaqueños Pedrini, de apellido histórico, o la señora Sandra Mendoza, ex de Capitanich, El Premier.

Carolina Mantegari

para JorgeAsisDigital.com

Redacción Final/Informe Oximoron
permitida la reproducción sin citar la fuente.

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Excel versus el mercado

Lunes 21 de abril, 2014

Por: Nicolás Cachanosky

En una expresión que se ha vuelto famosa, el actual ministro de economía Axel Kicillof habría dado a entender que hoy día es posible regular centralizadamente la economía dado que ahora tenemos planillas de cálculo como el Excel de Microsoft. Esta actitud del gobierno de intentar manejar centralizadamente la economía bajo la (errónea) concepción de que los costos determinan los precios muestran serios problemas de interpretación sobre el proceso de mercado. Sin embargo, este tema no es nuevo. En lo que se conoce como el “debate del cálculo económico en el Socialismo”, el problema de la planificación económica fue intensamente debatido durante la primer mitad del siglo XX. Parece ser que este viejo debate tiene aún mucho para enseñar a las autoridades económicas Argentinas. El problema no es si disponemos o no de poderosas planillas de cálculo, el problema es la imposibilidad de poder crear un mercado centralizadamente.

A principios del siglo XX tres autores ofrecieron una crítica similar y de manera independiente al socialismo, entendido este como una sociedad donde si buen existe propiedad privada en los bienes de consumo no hay propiedad privada sobre los bienes de capital y medios de producción: Ludwig von Mises, Max Weber, y Boris Brutzkus. Fue la crítica del primero la que tuvo mayor impacto en el desarrollo de la ciencia económica. La crítica de estos autores, especialmente la de Mises, fue tan simple como aguda. A diferencia de pequeñas tribus o familias donde sí puede haber un orden social sin mercado, las grandes sociedades necesitan del sistema de precios para poder organizarse de manera eficiente.

Los socialistas, critica Mises, son rápidos para señalar fallas del mercado, pero callan al momento de explicar cómo es que se podrá organizar de manera racional una sociedad numerosa sin la existencia de precios. Marx, quien no ofrece una explicación de cómo funcionaría el socialismo una vez que termina la etapa capitalista, se refería como “utópicos” a quienes sí intentaban imaginar el mundo socialista (por ejemplo Saint-Simon y Fourier). Sin el cálculo económico que indique qué actividades son socialmente útiles (ganancias) y qué actividades no son socialmente útiles (pérdidas) no es posible la organización económica eficiente en las grandes sociedades donde los intercambios son anónimos sin el íntimo conocimiento que puede haber entre miembros de una familia o pequeñas tribus. Podrá argumentarse a favor de otros principios de organización social, pero sostener que la organización económica es posible sin precios es inconsistente.

La literatura socialista pasó de describir sociedades imaginarias pero irreales y de criticar al capitalismo (término marxista para referirse al libre mercado de los economistas clásicos) a intentar resolver el desafío de Mises. Okar Lange y Wassily Leontieff sean quizás los autores socialistas más conocidos que intentaron resolver este problema. Entre las respuestas ofrecidas por el socialismo se encuentra el supuesto de información perfecta, aún presente en los manuales de texto que se utilizan para enseñar a las nuevas generaciones de economistas. Es cierto, se responde, que sin precios no es posible tener un orden económico. Pero si asumimos que tenemos conocimiento perfecto entonces podemos asumir equilibrio. Por lo tanto, la crítica de Mises es inválida dado que suponiendo información completa el problema desaparece. Hayek es quien responde a estas reacciones usando otro enfoque del mismo argumento de Mises, Weber, y Brutzkus.

La réplica de Hayek puede resumirse en cuatro puntos: (1) La cantidad de información necesaria y las restricciones de capacidad de cálculo disponible son prohibitivas para este proyecto. Incluso aceptando el supuesto de información perfecta, sería imposible procesar toda la información. (2) El supuesto de información perfecta es inválido. El problema, como se adelanta Mises a sus críticos, no es asumir equilibrio, sino explicar la transición al equilibrio. Así como no se puede abrir una lata suponiendo el abrelatas, no se puede resolver el problema económico asumiendo que estamos en equilibrio. Esto no es otra cosa que asumir la solución del problema en lugar de ofrecer una solución en concreto. El supuesto de información perfecto no simplifica el problema a resolver, lo transforma en otro problema haciendo del mismo un escenario irrelevante para el debate. De allí el interés de los Austriacos en el problema de transición al equilibrio (proceso de mercado) en lugar del énfasis en las condiciones de equilibrio. (3) Hayek distingue (ciertamente con algo de confusión) entre información y conocimiento. Información es un concepto cuantitativo, como precios o cantidades. Es esto a lo que los socialistas se referían con el supuesto de información perfecta. Pero conocimiento es un concepto cualitativo, y como tal no puede ser completo (perfecto) ni incompleto (imperfecto.) El saber andar en bicicleta, así como el saber manejar una empresa de manera exitosa, no es un problema de información, es un problema de conocimiento que no es susceptible de ser puesto en una planilla Excel. Esta distinción es importante, dado que en el mercado son los empresarios (no los pseudo-empresarios que buscan el favor del gobierno a expensas de sus clientes) quienes deben interpretar correctamente los desequilibrios del mercado para descubrir oportunidades de ganancias que se traducen en crecimiento y desarrollo de largo plazo. En otras palabras, Excel no puede resolver el problema de mercado que deben resolver los empresarios dado que se requiere de interpretación y conocimiento, no de datos numéricos. De poco sirve que el equipo económico tenga toda la información si es incapaz de interpretarla correctamente. En otras palabras, la filosofía de la planilla Excel deja fuera del mercado al motor del crecimiento al no considerar el proceso de descubrimiento en que se encuentran inmersos los empresarios.(4) Esta información y conocimiento, agrega Hayek, no existe por fuera del mercado. Sin mercado esta información no existe dado que es el mismo proceso de mercado el que genera la información y conocimiento que los agentes económicos utilizan diariamente. Para Hayek el dilema no es planificar o no planificar la economía, sino si va a haber un solo planificador centralizado o muchos descentralizados.

Como se puede apreciar, una parte importante del socialismo se quedó únicamente con el primer punto de Hayek (que es más ilustrativo que un argumento de fondo.) Si reconocemos los otros puntos como problemas serios a tener en cuenta, entonces nos encontramos que con su planilla Excel y el programa de precios cuidados el gobierno intenta construir un auto sin motor (empresarios) sin que siquiera haya caminos (mercado) que nos indiquen el camino correcto a seguir. No es casualidad que el auto tenga un pobre desempeño y no esté claro a dónde nos quiere llevar el chofer de turno. Es una confusión conceptual confundir precios regulados o cuidados con precios de mercado. Los precios que proveen información útiles son los que surgen de intercambios voluntarios en el mercado, no los impuestos por el gobierno. Utilizar la misma palabra “precio” para describir dos fenómenos distintos puede confundir a quien se arroga el derecho de manejar el destino económico de miles de habitantes. Es una ilusión sin fundamento creer que la información que surge de precios de mercado puede ser reemplazada por precios ficticios sin perder la fuente de la información misma. Lo que el equipo económico inserta en sus planillas Excel no son precios, son expresiones de deseo alejadas de la realidad económica.

Si bien la tecnología ha avanzado y hoy tenemos planilla de cálculo como Excel, las ideas han evolucionado. Hoy día el término socialismo ya no se asocia con una sociedad sin propiedad privada sobre los factores de producción, sino con un sistema de mercado donde el gobierno redistribuye lo que el sector privado produce. Este no es un retroceso menor en la postura socialista. Cuatro nombres fuertemente asociados al liberalismo, como Adam Smith, von Mises, Hayek y Milton Friedman no se oponían a la presencia de ciertos programas sociales que no invadan al mercado y la esfera privada. Smith, por ejemplo, estaba a favor de la educación (primaria) pública, aunque no necesariamente por motivos redistributivos. Mises estaba a favor de subsidiar ciertas actividades artísticas como la ópera -de la cual era asiduo consumidor. Hayek, en su The Constitution of Liberty, ofrece numerosos ejemplos de programas sociales compatibles con los principios del liberalismo clásico. Finalmente, Friedman es conocido por proponer un sistema de subsidio a la educación basado en vouchers. Sistema que dado el frío paro educativo de este año, debería ser seriamente considerado por políticos y sindicatos si son honestos en sus manifestaciones a favor de la calidad educativa de este país.

Ciertamente los programas socialistas piden por intervenciones más severas que las aceptadas por estos autores, pero es un olvido tan oportuno como injusto por parte de los socialistas ignorar estos aspectos del liberalismo clásico. No es, entonces, que el liberalismo se haya acercado al socialismo, es que el socialismo se ha acercado al liberalismo. Suecia o Noruega, países utilizados en numerosas ocasiones como ejemplo por los socialistas contemporáneos, se encuentran entre los países más libres en términos económicos del mundo. Ante la imposibilidad de ofrecer respuestas al desafío económico del planeamiento centralizado, el socialismo ha adoptado un discurso de superioridad moral que le evita tener que argumentar en términos económicos y persistir en los daños de sus propias políticas económicas. Las políticas públicas y los planes económicos, sin embargo, no se evalúan por sus intenciones, se evalúan por sus resultados. El problema de la planilla Excel no son sus intenciones, el problema es que no es una herramienta que genere buenos resultados económicos.

Los inocultables problemas económicos de Argentina tienen su origen en un problema mucho más profundo que los datos a poner en una planilla Excel. El problema de fondo es una confundida lectura de cómo funcionan los mercados al servicio de financiar déficits fiscales insostenibles del clientelismo político.

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El problemas es que los piquetes se le han vuelto en contra y que la gente no aguanta más y le apunta al Gobier no. Ya no hay piquetes buenos y malos, son todos malos.

OPINIÓN

DEL EDITOR AL LECTOR

Se terminó el tiempo de los piquetes buenos

POR RICARDO ROA

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17/04/14

Está claro que la ley anti piquetes que propone el Gobierno tiene unos cuantos fundamentos más de los que aparecen en el texto. Justamente eso que falta es lo que explica por qué recién ahora el kirchnerismo se preocupa por los derechos de los afectados por los cortes.

Había dicho Cristina cuando inauguró el año legislativo y repite el proyecto: “Todo el mundo tiene derecho a protestar pero no cortando las calles, impidiendo que la gente vaya a trabajar”.

Esto pasó durante toda la gestión kirchnerista. El problemas es que los piquetes se le han vuelto en contra y que la gente no aguanta más y le apunta al Gobierno. Ya no hay piquetes buenos y malos, son todos malos.

2013 había cerrado con un nuevo récord de piquetes: hubo casi cuatro por día en la Ciudad y muy pocos menos en la provincia de Buenos Aires. Entre las dos, 1836 cortes de calles. Y para todos los gustos. Son parte del paisaje, como lo fue en el puente de Gualeguaychú, bloqueado por años. Ahí, como nunca, se mostró el doble discurso oficial: mientras De Angelis promovía el piquete contra Botnia era bendecido por el Gobierno, cuando cortó rutas por la 125 fue detenido.

Hace años que lo normal es la anormalidad y las calles son cortadas por cualquier causa mientras la Policía, en lugar de evitarlo, desvía el tránsito para cuidar a los piqueteros. Y a veces sumar más caos al caos. Los ejemplos en la Plaza de Mayo, frente a ministerios o en puentes de acceso y la autopista Illía los conocemos todos. A la 9 de Julio la han bloqueado con excusas de todos los colores. Estudiantes secundarios estafados con su viaje de egresados, vecinos del GBA que pedían justicia por un caso de gatillo fácil y la barra de Boca de festejo por el día del hincha. Una vez, empleados tercerizados de Telefónica la cortaron con autos y alambres porque no hacían número suficiente.

La multiplicación de los cortes ha sido proporcional a la pasividad policial. Un mes atrás, esa impunidad fue demasiado incluso para gente como nosotros acostumbrada al descontrol. Un grupo de portuarios y barrabravas alquilados por los portuarios tomó el Puente Avellaneda por una interna gremial y tiró del puente a un discapacitado que pretendió pasar en su moto con su mujer embarazada. No lo mataron de casualidad. La Policía, a unos metros, no hizo nada.

Si lo que es hoy proyecto fuese ley, habría manifestaciones legítimas e ilegítimas y las ilegítimas podrán ser dispersadas aunque luego de una mediación que puede durar hasta dos horas. Eso está claro y está claro también el modo en que pueden ser reprimidas, lo que no está del todo claro es quién dará esa orden.

El Gobierno perdió la calle. Hoy la manejan la izquierda no kirchnerista y los gremios opositores. Han cambiado tanto los tiempos que hasta piqueteros como D’Elía claman en la TV por más amor.

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