Ninguna economía libre puede funcionar sin un sistema de justicia eficiente e independiente, y ninguna reforma tiene éxito si se implementa sin el control y la crítica de la opinión pública que sólo son posibles en democracia

lanacion.com|Opinión

Miércoles 26 de noviembre de 2014 | 00:47

Confesiones de un liberal latinoamericano

Por Mario Vargas Llosa | Para LA NACION

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Reproducimos el discurso que Mario Vargas Llosa dio en el 5to Lindau Meeting on Economic Sciences, una reunión que se hace cada dos años al sur de Alemania y que convoca a más de una decena de Premios Nobel y cientos de estudiantes de todo el mundo, en agosto de 2014

LINDAU, Alemania.- Agradezco muy especialmente al Consejo de los Encuentros Lindau con ganadores del Premio Nobel y a la Fundación Encuentros Lindau por invitarme a dar esta conferencia, pues de acuerdo a sus "considerandos", han tomado en cuenta no sólo mi labor literaria sino mis ideas y opiniones políticas.

Créanme si les digo que esto es algo bastante novedoso. En el mundo en el que suelo moverme, ya sea en Latinoamérica, Estados Unidos o Europa, cuando alguna persona o alguna institución rinde tributo a mis novelas o ensayos literarios, usualmente agrega de inmediato frases como "aunque discrepamos con él", "a pesar de que no siempre estamos de acuerdo con él" o "esto no implica que aceptemos sus críticas u opiniones sobre cuestiones políticas". Aunque ya me he acostumbrado a esta bifurcación de mi persona, me alegra sentirme reintegrado por esta prestigiosa institución, que en vez de someterme a un proceso esquizofrénico, me ve como un ser humano unificado: un hombre que escribe, piensa y participa del debate público. Me gustaría creer que ambas actividades forman parte de una realidad única e inseparable. Pero ahora, para ser honesto con ustedes e intentar responder a la generosidad de esta invitación, siento que debería explayarme con cierto detalle sobre mis posiciones políticas. Y no es tarea fácil. Mucho me temo que no alcance con decir -tal vez fuese más sabio decir que "creo ser"- un liberal. Ya de por sí, ese término entraña una primera complicación. Como bien saben, "liberal" tiene significados distintos y usualmente antagónicos, dependiendo de quién lo use y en qué contexto. Mi difunta y querida abuela Carmen, por ejemplo, solía decir que un hombre era liberal para referirse a sus costumbres disolutas, alguien que no sólo no iba a misa sino que además hablaba pestes de los curas. Para ella, el prototipo que encarnaba esa idea de "liberal" era un legendario ancestro mío que un buen día, allá en mi Arequipa natal, le dijo a su esposa que iba hasta la plaza del pueblo a comprar el diario, para nunca más volver. La familia no tuvo noticias de él durante 30 años, hasta que el fugitivo caballero murió en París. "¿Y por qué se escapó a París ese tío liberal, abuela?". "¿Y a dónde más si no a París, hijito? ¡Para corromperse, por supuesto!" Esta anécdota tal vez esté en el remoto origen de mi liberalismo y de mi pasión por la cultura francesa.

En Estados Unidos y en el mundo anglosajón en general, el término "liberal" tiene connotaciones izquierdistas y a veces suele asociárselo con el socialismo o con posturas radicales. En contrapartida, en Latinoamérica y España, donde la palabra fue acuñada en el siglo XIX para describir a los rebeldes que luchaban contra la ocupación napoleónica, me llaman liberal -o peor aún, neoliberal-, para exorcizarme o desacreditarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha transformado el significado original del término -el de un amante de la libertad que se alza contra la opresión- hasta darle una connotación conservadora o reaccionaria, vale decir, un término que cuando es usado por un progresista, es sinónimo de complicidad con todas las explotaciones e injusticias que padecen los pobres del mundo.

La perversión política de nuestra semántica ha transformado el significado original del término -el de un amante de la libertad que se alza contra la opresión- hasta darle una connotación conservadora o reaccionaria

En Latinoamérica, el liberalismo fue una filosofía intelectual y política progresista que en el siglo XIX se oponía al militarismo y a los dictadores y que aspiraba a la separación entre la Iglesia y el Estado y al establecimiento de una cultura civil y democrática. En la mayoría de esos países, los liberales fueron perseguidos, exiliados, encarcelados o ejecutados por los regímenes brutales que con pocas excepciones -Chile, Costa Rica, Uruguay y paremos de contar-, prosperaron en todo el continente. Pero en el siglo XX, la aspiración de las elites políticas de vanguardia era la revolución, y no la democracia, y esa aspiración era compartida por muchísima gente que quería copiar el ejemplo de la guerrilla de Fidel Castro y sus "barbudos" de Sierra Maestra.

Marx, Fidel y el Che Guevara se convirtieron en íconos de la izquierda y la extrema izquierda. Dentro de ese contexto, los liberales fueron considerados conservadores, defensores del status quo, tergiversados y caricaturizados a tal punto que sus verdaderos objetivos políticos y sus ideas genuinas sólo tenían llegada a círculos muy pequeños, mientras que grandes sectores de la sociedad eran ajenos a ellos. Esa confusión sobre el liberalismo estaba tan extendida que los liberales latinoamericanos se vieron obligados a dedicar gran parte de su tiempo a defenderse de las distorsiones y ridículas acusaciones que recibían por derecha y por izquierda.

Recién en las últimas décadas del siglo XX, las cosas empezaron a cambiar en Latinoamérica, y el liberalismo empezó a ser reconocido como algo profundamente distinto del marxismo extremo y de la extrema derecha, y es importante mencionar que eso fue posible, al menos en la esfera cultural, gracias al valiente esfuerzo del gran poeta y ensayista mexicano Octavio Paz y de sus revistas Plural y Vuelta. Tras la caída del Muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y la transformación de China en un país capitalista (por más que autoritario), las ideas políticas también evolucionaron en Latinoamérica, y la cultura de la libertad hizo importantes avances en todo el continente.

Más allá de eso, para mucha gente sigue siendo difícil asimilar el verdadero sentido de la palabra "liberal", y para complicar aún más las cosas, ni siquiera los liberales parecen poder ponerse de acuerdo del todo sobre lo que significa el liberalismo y lo que significa ser un liberal. Quien haya tenido oportunidad de participar de alguna conferencia o congreso de liberales sabrá que esos encuentros suelen ser de lo más divertidos, ya que las discrepancias prevalecen sobre el acuerdo y porque como solía ocurrir con los trotskistas, cuando existían, todo liberal es a la vez un hereje y un sectario en potencia.

Para mucha gente sigue siendo difícil asimilar el verdadero sentido de la palabra liberal, y para complicar aún más las cosas, ni siquiera los liberales parecen poder ponerse de acuerdo del todo sobre lo que significa

Como el liberalismo no es una ideología, vale decir, no es una religión dogmática laica, sino más bien una doctrina abierta y en evolución, que en vez de forzar la realidad para que ceda, se acomoda a la realidad, existen entre los liberales profundas discrepancias y las más diversas tendencias. Respecto de la religión y otros temas sociales, los liberales como yo, agnósticos y propulsores de la separación entre la Iglesia y el Estado y defensores de la despenalización del aborto, el matrimonio homosexual y las drogas, solemos ser ásperamente criticados por otros liberales que tienen opiniones opuestas sobre estas cuestiones. Esas diferencias de opinión son saludables y útiles, ya que no violan los preceptos básicos del liberalismo, a saber, democracia política, economía de mercado y la defensa de los intereses individuales por sobre los intereses del Estado. Hay por ejemplo liberales que creen que la economía es el campo donde deben resolverse todos los problemas, y que el libre mercado es la panacea para los problemas, desde la pobreza hasta el desempleo, desde la discriminación hasta la exclusión social.

Esos liberales, que son como verdaderos algoritmos vivientes, muchas veces le hacen más daño a la causa de la libertad que los marxistas, primeros campeones de la absurda teoría de que la economía es la base de la civilización, fuerza impulsora de la historia de las naciones. Eso es simplemente falso. Son las ideas y la cultura las que marcan la diferencia entre civilización y barbarie, y no la economía. La economía por sí sola, sin el puntal de las ideas y la cultura, tal vez produzca óptimos resultados en los papeles, pero no le da sentido a la vida de las personas, ni les ofrece a los individuos razones para resistir la adversidad, mantenerse unidos en la compasión, o vivir en un ambiente de verdadera humanidad. Es la cultura, ese cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas -entre las cuales debe incluirse obviamente también la religión-, la que da vida y aliento a la democracia y permite la economía de mercado, con su matemática fría y competitiva de recompensar el éxito y castigar el fracaso, para evitar que todo degenere en una lucha darwiniana en la cual, como dijo Isaiah Berlin, "la libertad de los lobos es la muerte de los corderos". El libre mercado es el mejor mecanismo existente para generar riqueza, y cuando se lo complementa con otras instituciones y usos de la cultura democrática puede impulsar el progreso material de una nación a los espectaculares niveles a los que nos tiene habituados. Pero el libre mercado es también un instrumento implacable que sin el componente espiritual e intelectual que aporta la cultura, puede reducir la vida a una feroz batalla egoísta a la que sólo sobreviven los más aptos.

Por lo tanto, el valor central del liberal que yo aspiro a ser es la libertad. Gracias a esa libertad, la humanidad ha podido hacer su viaje de las cavernas a las estrellas y la revolución informática, y progresar desde las variadas formas de colectivismo y asociaciones despóticas hacia los derechos humanos y la democracia representativa. Los cimientos de la libertad son la propiedad privada y el imperio de la ley. Ese sistema garantiza las menores formas de injustica posibles, produce el mayor progreso material y cultural, frena con mayor eficacia la violencia y genera el mayor respeto por los derechos humanos. Para este concepto de liberalismo, la libertad es un concepto único e integral. La libertad política y la libertad económica son inseparables, como las caras de una moneda. Y como en Latinoamérica la libertad no es entendida de esa forma, la región ha sufrido varios intentos fallidos de gobiernos democráticos. Eso ocurrió ya sea porque las democracias que emergieron después de las dictaduras respetaron la libertad política pero rechazaron la libertad económica, que produjo inevitablemente más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque condujeron a gobiernos autoritarios convencidos de que sólo con mano dura y represión podría garantizarse el funcionamiento del libre mercado. Esa es una peligrosa falacia que quedó demostrada en países como Perú, durante la dictadura de Alberto Fujimori, y Chile, bajo Augusto Pinochet. El verdadero progreso nunca ha surgido de regímenes como esos. Así se explica el fracaso de las llamadas dictaduras "del libre mercado" de Latinoamérica.

Ninguna economía libre puede funcionar sin un sistema de justicia eficiente e independiente, y ninguna reforma tiene éxito si se implementa sin el control y la crítica de la opinión pública que sólo son posibles en democracia. Quienes creyeron que el general Pinochet era la excepción a la regla porque su régimen obtuve éxitos económicos luego descubrieron, junto con las revelaciones del asesinato y tortura de miles de ciudadanos, que el dictador chileno no solo era un asesino, sino un ladrón que tenía cuentas con millones de dólares en el exterior, como el resto de los dictadores latinoamericanos. La democracia política, la libertad de prensa y el libre mercado son los cimientos de la posición liberal. Pero así formuladas, esas tres expresiones poseen una cualidad abstracta y algebraica que las deshumaniza y las aleja de la experiencia de la gente común. El liberalismo es mucho, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto por el otro, y especialmente por quienes piensan distinto, por quienes practican otras costumbres, veneran a otro dios o a ninguno. Al aceptar convivir con quienes son diferentes, los seres humanos dieron el paso más extraordinario en el camino hacia la civilización. Fue una predisposición o un deseo que precedió a la democracia y que la hizo posible, y que contribuyó más que cualquier descubrimiento científico o que cualquier sistema filosófico a contrarrestar la violencia y a aplacar el instinto de controlar y matar en las relaciones humanas. Es también lo que despertó una natural desconfianza en el poder, en cualquier poder, y que es como una segunda naturaleza de nosotros, los liberales.

Ninguna economía libre puede funcionar sin un sistema de justicia eficiente e independiente, y ninguna reforma tiene éxito si se implementa sin el control y la crítica de la opinión pública que sólo son posibles en democracia

El poder es inevitable, salvo en esas encantadoras utopías de los anarquistas. Pero el poder sí puede ser controlado y contrarrestado para que no se exceda. Es posible despojarlo de sus funciones no autorizadas que oprimen al individuo, ese ser que para nosotros, los liberales, es la piedra angular de la sociedad, y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados. La violación de esos derechos desencadena inevitablemente una espiral de abusos que como ondas concéntricas, barren con la idea misma de justicia social.

Defender a los individuos es la consecuencia natural de creer en la libertad como valor individual y social por excelencia, porque en el seno de una sociedad, la libertad se mide por el nivel de autonomía del que gozan los ciudadanos para organizar sus vidas y trabajar en pos de sus objetivos sin interferencias injusticias, vale decir, la lucha por la "libertad negativa", tal como la definió Isaiah Berlin en su célebre ensayo. El colectivismo era necesario en los albores de la historia, cuando los individuos eran simplemente parte de una tribu y dependían del conjunto de la sociedad para su supervivencia, pero empezó a declinar a medida que el progreso material e intelectual permitieron que el hombre dominara la naturaleza y superara el miedo al rayo, a las bestias, a lo desconocido y al otro, todo aquel que tenía otro color de piel, otro idioma y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a través de la historia en esas doctrinas e ideologías que sitúan los supremos valores de un individuo en su pertenencia a un grupo específico (la raza, la clase social, la religión o la nación). Todas esas doctrinas colectivistas -nazismo, fascismo, fanatismo religioso, comunismo y nacionalismo-, son enemigos naturales de la libertad y feroces enemigos de los liberales. En todas las épocas, ese defecto atávico, el colectivismo, ha levantado su horrenda cabeza para amenazar a la civilización y arrastrarnos de vuelta a la era del barbarismo. Ayer tomó el nombre de fascismo y comunismo; hoy se lo conoce como nacionalismo y fundamentalismo religioso.

Un gran pensador liberal, Ludwig von Mises, siempre se opuso a la existencia de partidos liberales porque sentía que esas agrupaciones políticas, al intentar monopolizar el liberalismo, terminaban desnaturalizándolo, encasillándolo, y forzándolo a entrar en los estrechos moldes de la lucha partidaria por el poder. Por el contrario, Mises creía que la filosofía liberal debía ser una cultura general compartida por todos las corrientes y movimientos políticos coexistentes en una sociedad abierta y prodemocrática, una escuela de pensamiento que nutriera a los socialcristianos, los radicales, los socialdemócratas, los conservadores y los socialistas democráticos por igual. Hay mucho de verdad en esa teoría. De eso modo, en el pasado reciente, hemos visto casos de gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y José María Aznar, que impulsaron profundas reformas liberales. Al mismo tiempo, hemos visto a líderes presuntamente socialistas, como Tony Blair en Inglaterra, Ricardo Lagos en Chile, y actualmente José Mujica en Uruguay, que implementaron políticas económicas y sociales que sólo pueden ser calificadas como liberales.

Aunque el término "liberal" sigue siendo una mala palabra que todo latinoamericano políticamente correcto tiene obligación de detestar, desde hace un tiempo, hay ideas y actitudes esencialmente liberales que han comenzado a infiltrarse por derecha y por izquierda en el continente de las ilusiones perdidas. Eso explica por qué en años recientes, las democracias latinoamericanas no han colapsado ni han sido reemplazadas por dictaduras militares, a pesar de las crisis económicas, la corrupción y el fracaso de tantos gobiernos para alcanzar su potencial. Por supuesto que algunos siguen allí: Cuba tiene esos fósiles autoritarios, Fidel Castro y su hermano Fidel, que tras 54 años de esclavizar a su país, se han convertido en los líderes de la dictadura más larga de la historia latinoamericana, así como la desafortunada Venezuela, que de la mano del presidente Nicolás Maduro, el sucesor a dedo del comandante Hugo Chávez, sufre ahora las políticas estatistas y marxistas que muy pronto convertirán a Venezuela en una segunda Cuba. Pero son dos excepciones, y hay que enfatizarlo, en un continente que nunca antes había tenido una sucesión tan larga de gobiernos civiles surgidos de elecciones relativamente libres. Y existen casos interesantes y alentadores como el de Brasil, donde primero Lula da Silva y luego Dilma Rousseff, antes de llegar a la presidencia, abrazaron la doctrina populista, el nacionalismo económico y la tradicional hostilidad de la izquierda hacia los mercados, pero que tras asumir el poder, practicaron la disciplina fiscal y fomentaron la inversión extranjera, la inversión privada y la globalización, a pesar de que ambos gobiernos se sumieron en la corrupción, como ha ocurrido siembre con los gobiernos populistas, y finalmente fracasaron en la continuidad de la reforma.

Aunque el término liberal sigue siendo una mala palabra que todo latinoamericano políticamente correcto tiene obligación de detestar, desde hace un tiempo, hay ideas y actitudes esencialmente liberales que han comenzado a infiltrarse por derecha y por izquierda

Más que la revolución, el mayor obstáculo actual para el progreso en Latinoamérica es el populismo. Hay muchas maneras de definir "populismo", pero tal vez la más exacta sea que es una forma de demagogia social y económica que sacrifica el futuro de un país a favor de un presente efímero. Con un discurso fogoso imbuido de bravatas, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner ha seguido el ejemplo de su marido, el fallecido presidente Néstor Kirchner, con nacionalizaciones, intervencionismo, controles y persecución de la prensa independiente, políticas que han llevado al borde la desintegración a un país que es, potencialmente, uno de los más prósperos del planeta. Otros tristes ejemplos de populismo son la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa y la Nicaragua del comandante sandinista Daniel Ortega, quienes en varios aspectos, siguen implementando el centralismo del control estatal que tantos estragos ha causado en todo nuestro continente.

Pero son las excepciones y no la regla, como era hasta hace poco en Latinoamérica, donde no sólo se están desvaneciendo los dictadores, sino también las políticas económicas que mantuvieron a nuestros pueblos en el subdesarrollo y la pobreza. Hasta la izquierda se ha mostrado reacia a faltar a su palabra de privatizar las jubilaciones -ya se ha hecho en 11 países latinoamericanos, hasta la fecha-, mientras que la izquierda de Estados Unidos, más reaccionaria, se opone a la privatización de la seguridad social. Son todos signos positivos de cierta modernización de la izquierda, que sin reconocerlo, admite que el camino hacia el progreso económico y la justicia social pasa por la democracia y los mercados, algo que los liberales venimos predicando en el desierto desde hace mucho tiempo. De hecho, si la izquierda latinoamericana ha aceptado las políticas liberales, tanto mejor, por más que las disfracen de una retórica que lo niega. Es un paso hacia adelante que deja entrever que Latinoamérica finalmente se estaría deshaciendo del lastre de las dictaduras y el subdesarrollo. Se trata de un avance, al igual que el surgimiento de una derecha civilizada que ya no cree que la solución a los problemas es golpear la puerta de los cuarteles, sino más bien aceptar el voto y las instituciones democráticas y hacerlas funcionar.

Otra señal positiva del incierto escenario latinoamericano actual es que el acendrado y antiguo sentimiento antinorteamericano que recorría el continente ha disminuido notablemente. Lo cierto es que hoy, el sentimiento antinorteamericano es más fuerte en ciertos países de Europa, como Francia y España, que en México o Perú. Es cierto que la guerra en Irak, por ejemplo, movilizó a vastos sectores de todo el espectro político europeo, cuyo único denominador común parecía ser no el amor por la paz sino el resentimiento y el odio hacia Estados Unidos. En Latinoamérica, esa movilización fue marginal y estuvo prácticamente confinada a los sectores de la izquierda más radicalizada, aunque en los últimos días el apoyo de Estados Unidos a la invasión israelí a la Franja de Gaza y la feroz masacre de civiles ha revivido un sentimiento antinorteamericano que parecía haberse desvanecido.

Si la izquierda latinoamericana ha aceptado las políticas liberales, tanto mejor, por más que las disfracen de una retórica que lo niega

Ese cambio de actitud hacia Estados Unidos reconoce dos razones, una pragmática y otra del orden de los principios. Los latinoamericanos que conservan el sentido común entienden que por razones geográficas, económicas y estratégicas, las relaciones comerciales fluidas y sólidas con Estados Unidos son indispensables para nuestro desarrollo. Además, la política exterior norteamericana, en vez de apoyar a las dictaduras, como hacía en el pasado, ahora apoya sistemáticamente a las democracias y rechaza las tendencias autoritarias. Eso ha contribuido ostensiblemente a reducir la desconfianza y la hostilidad de las filas democráticas latinoamericanas frente a su poderoso vecino del norte.

Ese acercamiento y esa colaboración son cruciales para que Latinoamérica avance rápidamente en su lucha para eliminar la pobreza y el subdesarrollo.

En los últimos años, este liberal que habla ahora frente a ustedes se ha visto enredado con frecuencia en la controversia, por defender una imagen real de Estados Unidos, que las pasiones y los prejuicios políticos han deformado, en ocasiones, hasta el punto de la caricatura. El problema que enfrentamos quienes intentamos combatir esos estereotipos es que ningún país produce tanto material artístico e intelectual antinorteamericano como el propio Estados Unidos -país natal, no olvidemos, de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky-, al punto que uno se pregunta si el antinorteamericanismo es uno de esos astutos productos de exportación fabricados por la C.I.A. para hacer posible que el imperialismo manipule ideológicamente a las masas del Tercer Mundo.

Antes, el antinorteamericanismo era especialmente popular en Latinoamérica, pero ahora se produce en algunos países europeos, especialmente en aquellos que se aferran al pasado que ya fue, y que se resisten a aceptar la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, antes sólidas e inexpugnables, se han vuelto porosas y cada vez más difusas. Por supuesto que no todo lo que pasa en Estados Unidos es de mi agrado. Lamento, por ejemplo, que muchos estados todavía apliquen ese horror que es la pena de muerte, al igual que muchas otras cosas, como el hecho de que la represión está por encima de la persuasión en la lucha contra las drogas, a pesar de las lecciones que dejó la Prohibición. Pero en el balance de sumas y restas, creo que Estados Unidos es la democracia más abierta y funcional del mundo, y la que tiene mayor capacidad de autocrítica, que le permite renovarse y actualizarse más rápidamente en respuesta a los desafíos y las necesidades de un contexto histórico en cambio. Es una democracia que admiro justamente por lo que temía el profesor Samuel Huntington: una formidable mezcla de razas, culturas, tradiciones y costumbres, que han logrado coexistir sin matarse unas a otras, gracias a la igualdad ante la ley y la flexibilidad de un sistema que hace lugar en su seno para la diversidad, bajo el denominador común del respecto por la ley y por el otro.

En mi opinión, la presencia de 50 millones de personas de origen latinoamericano en Estados Unidos no amenaza la cohesión social o la integridad del país. Por el contrario, potencia a la nación, aportando una corriente de vitalidad cultural de enorme energía, en la cual la familia es un bien sagrado. Con su deseo de progreso, su capacidad de trabajo y su aspiración al éxito, esa influencia latinoamericana será de gran provecho para una sociedad abierta. Sin renegar de sus orígenes, esta comunidad se está integrando con lealtad y cariño a este nuevo país, y forjando fuertes vínculos entre las dos Américas. Y eso es algo de lo que puedo dar fe casi en carne propia.

Cuando mis padres ya no eran jóvenes, se convirtieron en dos de esos millones de latinoamericanos que emigraron a Estados Unidos en busca de oportunidades que su país no les ofrecía. Vivieron en Los Ángeles durante casi 25 años, ganándose la vida con sus manos, algo que nunca habían tenido que hacer en Perú. Durante muchos años, mi madre fue obrera textil en una fábrica llena de mexicanos y centroamericanos, entre los cuales hizo excelentes amigos. Cuando murió mi padre, pensé que mi madre regresaría a Perú, como él le había pedido. Pero ella decidió quedarse, vivir sola, e incluso solicitó y obtuvo la ciudadanía estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Más tarde, cuando los achaques de la edad la obligaron a volver a su tierra natal, siempre recordó Estados Unidos como su segunda patria, con orgullo y gratitud. Para ella, nunca hubo incompatibilidad en sentirse peruana y estadounidense al mismo tiempo: ni el menor atisbo de un conflicto de lealtades. Y creo que el caso de mi madre no es excepcional, y que hay millones de latinoamericanos que sienten lo mismo y que se transformarán en puentes vivientes entre dos culturas de un continente que hace cinco siglos fue integrado a la cultura occidental.

Tal vez este recuerdo sea más que una evocación filial. Tal vez, en este ejemplo veamos un atisbo del futuro. Soñamos, como suelen hacer los novelistas: un mundo libre de fanáticos, terroristas y dictadores, un mundo de distintas razas, credos y tradiciones, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras sean puentes que hombres y mujeres pueden cruzar en pos de sus objetivos, y sin más obstáculo que su suprema y libre voluntad.

Entonces, ya no hará falta hablar de libertad, porque será el aire que respiramos, y porque todos seremos verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises de una cultura universal, imbuida de respeto por la ley y por los derechos humanos, se habrá hecho realidad.

Traducción de Jaime Arrambide.

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Señales de desesperación

lanacion.com |Política | El caso de Lázaro Báez
Miércoles 26 de noviembre de 2014 |

Por Joaquín Morales Solá | LA NACION

La torpeza es siempre un buen termómetro de la desesperación. Si se confiara en la eficiencia de ese censor, podría asegurarse entonces que el cristinismo está, sobre todo, asustado. El aturdimiento intelectual llegó ayer a una cima desconocida cuando el viceministro de Justicia, Julián Álvarez , consideró públicamente que el vicepresidente Amado Boudou está "bien procesado".

Se refería al procesamiento que dictó el juez Claudio Bonadio (no al que resolvió otro juez, Ariel Lijo ), que es precisamente el magistrado que acaba de allanar la oficina ficticia de una empresa de Cristina Kirchner . ¿Un intento de negociar a Boudou por la salvación de la Presidenta? Imposible saberlo. El cristinismo pasó en los últimos días de reclamar para Cristina el trato de un monarca absoluto, como sólo existieron hasta el siglo XVIII, a ciertos acercamientos tímidamente lisonjeros con el juez Bonadio . Lo cierto es que, como lo aceptó ayer la propia Cristina Kirchner, esta vez es su nombre el que está peligrosamente mezclado con supuestos hechos de corrupción.

El esfuerzo con Bonadio es inútil. El juez sabe que en su momento el oficialismo le ofreció a la oposición la entrega de la cabeza de Norberto Oyarbide a cambio de que lo ayudara a destituir a los jueces Daniel Rafecas, que firmó las primeras investigaciones sobre Boudou, y al propio Bonadio. Dos por uno. La oposición se negó a ese trueque y los dos jueces perseguidos se enteraron. Es probable que también se haya enterado Oyarbide. Bonadio no es Rafecas ni el ex jefe de los fiscales Esteban Righi , más predispuestos a conciliar y a dar un paso al costado. Bonadio tiene un carácter más belicoso que aquellos y es, tal vez, uno de los mejores representantes de esa competente estirpe política que son los jueces federales.

El juez Bonadio quiere analizar la relación comercial de Hotesur con las empresas de Lázaro Báez. Foto: Archivo / Ricardo Pristupluk / LA NACION
La oposición en el Consejo de la Magistratura , que tiene el poder de darle al Gobierno los dos tercios para destituir a los jueces, consideró que todas las causas abiertas contra Bonadio no tienen sustento ni podrían, por lo tanto, justificar su remoción. No lo permitió antes, mucho menos lo permitirá ahora. Hay una vieja certeza repetidamente probada entre los jueces: nunca será destituido un juez que persigue a un gobernante o a un ex gobernante. Bonadio está a salvo, y él lo sabe.

El problema del Gobierno es que ese juez se niega a seguir la estrategia oficial, que consiste en encerrar el escándalo en las infracciones administrativas de la empresa Hotesur, que administra los hoteles de la Presidenta en la Patagonia. Esos faltantes (de balances, de notificaciones sobre la composición del directorio) se podrían resolver con una multa ridícula de 3000 pesos. El juez quiere profundizar la investigación y analizar la relación comercial de Hotesur con las empresas de Lázaro Báez , el argentino más investigado, aquí y en el exterior, por presunto lavado de dinero. ¿Dinero de quién? Ésta es la pregunta que no tiene respuesta todavía, pero que Bonadio parece dispuesto a contestar en algún momento.

Báez está siendo investigado por ese delito universal en el juzgado de Sebastián Casanello, que demoró una eternidad hasta que, al final, hizo lo obvio. Le pidió al juez de Nevada Cam Ferenbach, en los Estados Unidos , que le enviara la información que tiene sobre la denuncia de los fondos buitre sobre Báez y el lavado de dinero argentino. Ferenbach no contestó todavía, porque debe resolver si toma el testimonio de una "arrepentida", Patricia Amunategui, empleada del mayor estudio panameño especializado en la creación de empresas fantasma. Ese estudio y Amunategui habrían colaborado en la creación de 123 empresas a nombre de Báez y de otros argentinos, cuyos nombres se desconocen.

El vínculo de Lázaro Báez con la Presidenta fue confirmado hasta por el propio jefe de la AFIP
Báez está siendo investigado también en Suiza y Uruguay , además de Estados Unidos, por presunto lavado de dinero. El vínculo de Báez con la Presidenta fue confirmado hasta por el propio jefe de la AFIP, Ricardo Echegaray , quien aceptó públicamente una "relación comercial" entre ellos. La AFIP no avanzó nunca en una indagación propia sobre los bienes del empresario santacruceño. Y la Inspección General de Justicia no descubrió las infracciones de las empresas presidenciales hasta que un juez allanó una oficina.

La justicia suiza, a su vez, les aseguró a políticos argentinos que la justicia local no le respondía los pedidos de informes sobre Báez que le reclamó. Pero los jueces argentinos aseguran que sí respondieron a los exhortos de Suiza. El canal por el que se tramitan esos pedidos y sus respuestas es el de la cancillería argentina. ¿En qué cajón de Héctor Timerman duermen las respuestas de los jueces argentinos a sus colegas suizos? El Estado parece inquietarse ante el tamaño de las acusaciones que, por primera vez, incluyen el nombre de la propia Presidenta.

Carlos Gonella, discípulo y protegido de la jefa de los fiscales, Alejandra Gils Carbó. Foto: Archivo
Los jueces se han declarado en rebeldía. Ayer, el propio juez Bonadio citó a declarar al fiscal Carlos Gonella, un discípulo y protegido de la jefa de los fiscales, Alejandra Gils Carbó . Es la segunda vez que lo cita. Bonadio ya había advertido que pediría su desafuero para llevarlo por la fuerza si no iba ayer. No fue. En la causa que tramita Bonadio contra Gonella no hay inocentes. Fue iniciada por una jueza, que acusó a Gonella de abuso de autoridad y de filtración de datos, en una investigación sobre la pareja de la magistrada, que es un narcotraficante condenado.

Otro juez, Rodolfo Canicoba Corral , allanó ya dos veces la oficina de Gils Carbó. La causa que investiga este juez es por la presunta intervención de Gils Carbó en el sistema informático de los fiscales. Es decir, espiaría sus trabajos, sus borradores y sus archivos. Canicoba Corral sabía que no encontraría nada en el despacho de la jefa de los fiscales. Esas cosas no se hacen desde oficinas formales. Pero fue una advertencia: ella también puede caer bajo la pesquisa de los jueces, a los que pretende vaciar de poder a través de la reforma del Código Procesal Penal.

En otra jueza federal, María Servini de Cubría , recayó la denuncia por sedición contra la oposición en el Senado por anticipar que no votaría a ningún candidato del Gobierno para cubrir la vacante de Raúl Zaffaroni en la Corte Suprema de Justicia. La denuncia la hizo el abogado Eduardo Barcesat, estrechamente vinculado al kirchnerismo. Servini de Cubría es uno de los jueces con más experiencia en el fuero federal penal. Conoce, por lo tanto, la diferencia entre "sedición", que significa levantarse contra la Constitución, y un simple acuerdo político de legisladores elegidos popularmente, quienes, en todo caso, están sólo anticipando su voto en el Senado. No falta mucho para que la jueza rechace esa denuncia.

El conflicto judicial, cuya deriva final es imprevisible, reside en gran parte en que no se trata sólo de Bonadio. Los jueces decidieron sublevarse cuando el nombre de la Presidenta frecuenta los tribunales. Cristina reconoció ayer, implícitamente, que Báez es sólo el escaparate de una investigación que la acecha a ella..

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Cristina y la angustia de no saber

 25.11.14 | 09:28

BERNARDO MALDONADO-KOHEN

Sobre informe de Consultora Oximoron, especial para JorgeAsísDigital

La Doctora desconoce detalles de los papeles que El Furia le hizo firmar.
Cristina Kirchner , Jorge Asis , corrupcion , Lazaro Baez ,Justicia , jueces

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Introducción

Poderes

El Ejecutivo está seriamente lacerado.

El cristinismo se sostiene con la prepotencia mayoritaria del Poder Legislativo.

La gran batalla política hoy se libra en el ámbito del Poder Judicial.

Pero La Doctora dista de temerle a la justicia local.

Preocupan los jueces de afuera.

La angustia de no saber qué más hay.

Existe el Efecto Pinochet.

Una suerte que el juez Garzón hoy sea “propia tropa”.

Osiris Alonso D’Amomio, director Consultora Oximoron

Cristina_pensativa

Con La Doctora físicamente vulnerable, debe constatarse que el Poder Ejecutivo está averiado.

Con el vicepresidente Amado Boudou, El Descuidista, que yace suspendido en el espacio. Pintado, de manera rupestre, en su despacho. Estampado políticamente junto con sus ambiciones, contra la pared.

El Clavel Inerte llegó al alucinante extremo de ser sustituido, en los actos oficiales, por Milton Capitanich, El Premier, hoy apenas El Locutor.

Fue en el triste festejo por el Día de la Soberanía Nacional. Con el fondo emocional del río y ya sin las escenografías majestuosas de Grossman.

Con sólo dos ministros fuertes. Kicillof, El Gótico, que adquiere la experiencia cara gracias a la gestión. Como si el ministerio fuera una pasantía. Un stage.

Y con Randazzo, El Loco de la Florería, que trafica una autonomía ilusoria mientras trata de obstaculizarlo a Scioli. El resto aplaude. Cobra, espera. Pero aplaude.

En realidad, el país es manejado por el criterio de Máximo, En El Nombre del Hijo, que tiene el imperativo familiar de ponerse sensato. Por el sentido común de De Pedro, El Wado, más astuto de lo que aparenta. Y por el verso altivo de Kicillof.

Por su parte Zannini, El Cenador, simula influencias y cena. Víctima, también, del pozo generacional. Mientras lo tratan de maestro, lo pasan por encima. Le estimulan el berretín de creerse un estratega.

Para lo que hay que hacer, por la modestia del contexto, les alcanza. Es lo peor.

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Sin embargo el cristinismo está sostenido, hoy, por El Poder Legislativo. Con la persuasión mayoritaria, sobre todo en Diputados.

En defensa propia, el bloque se encuentra en condiciones de sacar adelante cualquier verdura. Sin preocuparse en absoluto del juicio de la historia. Sólo a Pacho O’Donnell, que está afuera, le interesa maniobrar un poco con la historia. Para entenderla habrá que indagar en el periodismo, no sólo el artesanal.

El Legislativo entonces emerge como el pilar. Al amparo de la imagen favorable que conserva, aún, La Doctora, y que se consolida con el relato de su enfermedad.

Ante las dificultades estructurales de una oposición destartalada, que actúa como complemento y le permite, al cristinismo, estimular la empecinada utopía de quedarse.

Detrás del indeseable mascarón de proa de Daniel Scioli, el líder de la Línea Aire y Sol. Con la ideología del vitalismo, especialmente útil también para menoscabar la magnitud de las catástrofes con las que conviven.

Para Oximoron, la gran batalla política se libra en la justicia. En el Poder Judicial, mientras se aguarda la peste de transparencia, es donde el cristinismo se juega verdaderamente la vida. Sobre todo la libertad.

A través de los incendiarios exponentes de Justicia Legítima, congregación que orienta la señora Alejandra Gils Carbó, La Encubridora. Allí se inspiran en el lema “no pasarán”.

Los escépticos que abundan confirman que aquí no hay epidemia de transparencia que valga.

Que esto no es Brasil, y mucho menos es España.

Aquí, aquel que intente meterse con la pasión recaudatoria de nuestros ídolos, es apenas un vulgar conspirador. Instrumento de la “prensa concentrada”.

Gils Carbó actúa en perfecta sintonía con los lineamientos que suele bajar Julián Álvarez, El Soberbio de Lanús. Junto al multifacético, El Wado.

El Consejo de la Magistratura hoy lo preside Gabriela Vázquez, una jurista intachable que defiende al cristinismo con la misma convicción que defendía al menemismo. Puede certificarlo el doctor César Arias.

Hoy es un organismo -el Consejo de la Magistratura- que se transforma en el fuerte principal de resistencia judicial del Frente para la Victoria. Y que obtiene, en pleno descalabro, hasta el manejo total de la Caja. Desde donde podrán domesticar a la Suprema Corte, y sobre todo acotar las proyecciones de Lorenzetti.

De todos modos, no pueden evitar que la propia dinámica de la justicia funcione sola. Y que le brinde severos disgustos al cristinismo, aunque aún ni se imagina en retirada. Al contrario, alucina con la idea de permanecer.

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Ciudad Kohinoor

Es perjudicial, para el stress de La Doctora, que la justicia se entrometa en los desastres seriales que heredó de Néstor, El Furia extinto, que se creía, según nuestras fuentes, inmortal.

Por ejemplo que la justicia se introduzca entre las catastróficas ingenuidades contables de los hoteles de El Calafate.

Es la Ciudad Kohinoor, tan serena como bella y espumosa. Donde los lugareños, siempre cargados de información, suelen invitar, a los visitantes calificados, al fastuoso recorrido del Corrup Tour.

Es el paseo del lavado ilustrativo, que se muestra al forastero como si se tratara de otra maravilla natural. Como el Lago Argentino, o Los Glaciares de más allá.

Serenella Cottani, que fuera una destacada columnista del Portal, supo participar del Corrup Tour acelerado. Le tomó 45 minutos (hay Corrup Tours de tres horas). Lo registró en Palos Blancos.

“Desfilan los hoteles desérticos de cinco estrellas. Casi no tienen un turista pero figuran contablemente colmados”.

Stress. Cuestión de Estado

La Doctora debe evitar las recaídas. Como la que padeció en esta misma semana, según nuestras fuentes, el martes pasado, por la noche. Por suerte no trascendió.

Antes los funcionarios, para persistir, se colgaban del Vestidito Negro. Ahora se encuentran dependientes de la magnitud del stress. Una cuestión de Estado.

La permanente sensación de angustia, en su caso, representa un obstáculo. Sobre todo cuando la angustia está tan fundamentada. Con bases sólidas. No existe medicamento eficaz que la regule.

Es la angustia de no saber. O por no saber.

La Doctora se atormenta por no saber qué más hay. Qué falta aparecer aún.

Significa no conocer con exactitud el grado de riesgo de los papeles que El Furia le hizo firmar. Cuando se dejaba conducir, y simpático le decía: “Firmá acá”.

De ningún modo La Doctora le teme a la justicia local. Mal que mal, con los jueces locales todo siempre puede arreglarse. El problema lo tiene afuera.

¿Quién puede llegar a un juez de Zurich o de Lyon? A la multiplicación de los Griesa.

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Efecto Pinochet y Plan Garzón

La Doctora consultó, acerca de sus temores, con un prestigioso abogado que resultó sustancial, en el principio, para la épica del proyecto. Fue protagonista indirecto de un episodio tristemente involuntario. Lo escracharon mal, pero prefirió apartarse. Y recurrir a la sabiduría prudente del silencio.

A la pobre le saltan sociedades que no recuerda. Sociedades de las que no tiene la menor idea. Pero no se encuentra en condiciones de negar rotundamente que sean verdaderas.

Puede aparecer como socia de Lázaro, El Resucitado, en varias empresas de las que está -literalmente- en babia.

Por lo que trasciende, La Doctora se angustia por el Efecto Pinochet. Aunque esté en las antípodas de su ideología.

A Pinochet nadie iba a salpicarlo ni con una gota de vino tinto chileno, pero mientras estuviera en Chile. Bastó que el anciano viajara a Londres para que el juez Baltazar Garzón lo hiciera encerrar.

En el éxtasis del desconocimiento, y por la proliferación de empresas truchas que saltan con virulencia desde el norte, nadie puede asegurarle a La Doctora que, en cuanto deje de ser presidenta, y se digne a salir del país, algún juez no la detenga. Sin avisarle. En “inaudita parte”, digamos, en uso de la concepción técnica.

La idea de contratar al juez Garzón, maltratado en España, emerge como un arrebato de genialidad. Un sublime acto de estadista visionaria.

“Si le pasa algo afuera, ella quiere ser defendida por Garzón”, confirma la Garganta.

Contratarlo entonces al ex juez Garzón es como pagar un Plan Médico Preventivo. Como los que propone Médicus, Osde, por qué no Swiss Medical.

 

Bernardo Maldonado-Kohen, para JorgeAsisDigital.com

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¿Está por producirse el tantas veces pronosticado cambio de actitudes luego de largas décadas de populismo au tocompasivo que han dejado el país nuevamente en la vía? Pronto sabremos la respuesta a este interrogante fundamental.

Tesis

Mauricio y las mujeres

Por diferentes motivos, Macri es el elegido de Cristina Fernández y Elisa Carrió.

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autorPor James Neilson

Mauricio Macri es un hombre privilegiado: con cierta frecuencia, las dos mujeres más poderosas, influyentes e iracundas del país dan a entender que, pensándolo bien, les gustaría que resultara ser el próximo presidente de la República. No se trata de una manifestación de amor sino de espanto. Si Cristina Fernández de Kirchner y Elisa Carrió coinciden en algo, es que sería desastroso que la contienda electoral que ya ha comenzado culminara con otro triunfo peronista. Huelga decir que sus motivos para sentirse alarmadas por dicha eventualidad son distintos. Mientras que Cristina teme que Daniel Scioli o Sergio Massa se las arreglarían para privarla de los vestigios del poder que espera conservar, dejándola a la merced de una jauría de juristas vengativos, Elisa cree que, si uno ganara, se limitaría a encargarse del gran negocio que es la política, lo que a su juicio tendría consecuencias calamitosas para la Argentina que, enferma de corrupción, pronto degeneraría en un Narco-Estado.

¿Y Mauricio? Mira las maniobras de las damas con ecuanimidad distante. Sabe que, siempre y cuando no se dé por aludido, la especulación en torno a lo que tendrían en mente le conviene. Así, pues, a veces se permite quejarse porque últimamente Cristina no le atiende el teléfono pero, claro está, comprende que la señora tiene motivos de sobra para negarse a charlar con quienes no comparten todas sus opiniones. En cuanto a su relación con Elisa, jura que nunca “tomé un café” con ella. De todos modos, Juliana Awada no tiene motivos para preocuparse por el interés evidente de las dos en el destino de su marido: sus designios son exclusivamente políticos.

Durante buena parte de su gestión como jefe del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Macri hubo de defenderse contra los ataques reiterados de un Poder Ejecutivo nacional resuelto a hacerlo tropezar. Para hacerle la vida imposible, los kirchneristas demoraron obras fundamentales, procuraron sabotear la embrionaria Policía Metropolitana, instigaron paros sorpresivos e inundaron las calles de piqueteros, pero andando el tiempo la mezquindad evidente de sus adversarios lo ayudaría. Lo mismo que los bonaerenses, los porteños propenden a atribuir los problemas más urticantes que enfrentan a diario a la malicia propia de los ultrakirchneristas, no a las eventuales deficiencias del mandatario local, razón por la que el índice de aprobación tanto de Scioli como de Macri, dos presidenciables que tienen mucho en común, sigue siendo bastante alto.

Aunque la Capital Federal tiene la reputación de ser un distrito progre y en opinión de quienes se suponen izquierdistas Mauricio milita en la derecha liberal, tal imagen ya no le perjudica a ojos de Elisa que, en un avatar anterior, dijo que “Macri es un límite moral infranqueable”, un partidario del capitalismo salvaje y, sería de suponer, intrínsecamente corrupto con el que nunca se le ocurriría pactar. Pero desde entonces mucho ha cambiado. Para horror de los radicales fieles a las doctrinas ancestrales, para no hablar de los soñadores de la izquierda más o menos moderada, en la actualidad Elisa lo ubica entre los políticos decentes y se propuso articular una gran alianza republicana y democrática que incluya a PRO, la UCR, el socialismo santafesino y otras facciones presuntamente compatibles. Si bien sus esfuerzos en tal sentido no prosperaron, ya que lo único que ha logrado es dinamitar el Frente Amplio-UNEN del que fue la arquitecta principal, ha ayudado a Macri a superar los prejuicios de muchos que se habían habituado a tomarlo por un cuco peligrosísimo que, de tener la oportunidad, no vacilaría en privatizar absolutamente todo.

Conforme a las pautas imperantes en otras latitudes, Macri dista de ser un extremista de la derecha retardataria. En Europa, sería considerado un centrista nato capaz de congeniar, según las circunstancias, con gobiernos socialistas o levemente conservadores. Es evidente que no le importan demasiado las divagaciones ideológicas que, a pesar de todo lo ocurrido en el país y en el resto del mundo, siguen obsesionando a los politizados locales. Antes bien, se concentra en tratar de solucionar “los problemas de la gente”, una actitud que le ha merecido la gratitud de los hartos del guitarreo inconducente de aquellos profesionales de la política que prometen mucho pero que, una vez anidados en el poder, se limitan a administrar la crisis de turno, llenando los baches con relatos engañosos que sólo sirven para legitimar los proyectos personales.

Gracias en buena medida a Elisa, la candidatura presidencial de Macri ya ha cobrado fuerza suficiente como para plantear una amenaza a Massa, que para mantenerse en carrera se siente constreñido a sacar un conejo tras otro de la galera –ahora quiere que nadie pague Ganancias en diciembre, lo que, en vista del estado lamentable de la economía nacional, parece irresponsablemente populista–, y a Scioli, el que sigue confiando en que Cristina finalmente lo unja como su sucesor, puesto que en su propio círculo no cuenta con nadie mejor. De agravarse mucho más el descalabro económico provocado por el voluntarismo insensato de los kirchneristas, las acciones de Macri podrían subir mucho en los meses próximos.

A juzgar por la experiencia europea, en tiempos de incertidumbre en los que todo parece estar a punto de desplomarse, la mayoría propende a optar por un gobierno de la derecha civilizada por entender que sería suicida intentar aplicar recetas progresistas que acaso serían apropiadas para una etapa de vacas gordas. Aunque en este ámbito como en tantos otros las tradiciones argentinas son distintas de las de países latinos europeos como España, Italia y Francia, o vecinos como Chile y Uruguay, aquí también las preferencias populares suelen oscilar entre la izquierda repartidora y la derecha estabilizadora.

Los kirchneristas pudieron aprovechar los ingresos fabulosos que fueron posibilitados por el boom de las commodities para comprar popularidad, pero por desgracia los gastaron sin pensar en mañana, de suerte que, pase lo que pasare, el próximo gobierno se verá obligado a ajustar con aún más vigor que el ensayado por el actual. Sería por lo tanto lógico que el electorado decidiera que sería mejor que se encargara de aquella tarea sumamente ingrata gente cuyas ideas son radicalmente distintas de las de populistas que, una vez más, se las han ingeniado para arruinar el país. ¿Está por producirse el tantas veces pronosticado cambio de actitudes luego de largas décadas de populismo autocompasivo que han dejado el país nuevamente en la vía? Pronto sabremos la respuesta a este interrogante fundamental.

Elisa, la que hace casi diez años quería aliarse con Ricardo López Murphy –un duro “genocida” según progres radicales que no creían en los números–, parece consciente de que la situación en que el país se ha precipitado podría favorecer las aspiraciones de Macri frente a los dos peronistas que, según las encuestas de opinión, aún lideran la carrera presidencial, ya que, a diferencia de ellos, no ofrece más de lo mismo. Algunos kirchneristas piensan igual, si bien por razones maquiavélicas: quieren que quienes tomen el relevo a Cristina protagonicen un fracaso realmente espectacular.

Suponen que, si Macri se muda la Casa Rosada, el ajuste que pondría en marcha resultaría ser tan sádico que el pueblo no tardaría en alzarse en rebelión para reclamar el retorno inmediato de Cristina, lo que les permitiría frustrar a quienes esperan verla obligada a rendir cuentas ante la Justicia por los delitos perpetrados en el transcurso de la década que ella y sus cómplices ganaron. Se trata de una variante de la estrategia elegida por los peronistas de los años setenta del siglo pasado que consistía en apostar a que un régimen militar “de derecha” hiciera el trabajo sucio necesario para restaurar cierto equilibrio fiscal después de una fiesta populista, abriéndoles así la puerta para un regreso triunfal; de no haber sido por la irrupción inesperada de Raúl Alfonsín, hubiera funcionado tal y como previeron.

Desde el punto de vista de Cristina y sus incondicionales, el futuro de la economía nacional, y de las decenas de millones de personas que dependen por completo de sus vicisitudes, es lo de menos. Lo que más quieren es la impunidad, pero no les será nada fácil conseguirla. Aun cuando se resignaran a respaldar a Scioli y financiaran una campaña exitosa con lo que todavía quede en la caja, en cuanto el así beneficiado se instalara en el poder sería reacio a poner obstáculos en el camino de la Justicia. De triunfar Massa, el tigrense no titubearía un solo minuto en ensañarse con aquellos kirchneristas que se resistieran a incorporarse a las filas del movimiento que está aglutinándose en torno a su figura cuando todavía podían hacerlo con cierta elegancia. Por su parte, Macri, si bien no parece ser una persona vengativa, no tendría más opción que la de asumir una postura legalista, ya que le sería prioritario mostrar que estar a favor de una mayor participación del sector privado en la vida económica del país no significa estar dispuesto a tolerar la corrupción, como quisieran hacer creer aquellos izquierdistas y populistas que insisten en tratarlo como un derechista vinculado con lo peor del capitalismo “neoliberal”.

* PERIODISTA y analista político, ex director de

“The Buenos Aires Herald”.

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Todo vale para un Gobierno que percibe la administración como el libramiento de una batalla. O peor: la organiz ación de una venganza.

EDICIÓN IMPRESA COLUMNISTAS 20.11.14 | 00:00

El Plan Kicillof parece una venganza contra las empresas y los bancos

GUILLERMO KOHANGUILLERMO KOHAN

Periodista

kicillof , bancos , empresas , venganza

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Hace tres años, durante la campaña electoral y antes que Cristina Kirchner ganara con el contundente 54% de los votos, una ex secretaria de Estado que trabajaba fielmente a las órdenes de otro alto funcionario, hoy en misión diplomática, le comentó a este periodista: "Vas a ver: Ahora, los que se van a tener que ir del país son los que nos persiguieron con los militares desde el golpe del 76". Mirando la radicalización del Gobierno contra el mundo económico, la creciente represión y persecución al mercado cambiario, las medidas de ajuste contra la clase media, o la política permanente para perjudicar a los productores agropecuarios; por momentos parecería que en lugar de Gobernar, la administración Cristina está gerenciando una venganza.

Por no mencionar las reformas e instrucciones que se impusieron estos años desde el poder político para jueces penales y fuerzas de seguridad, lo que ha sumido a la población urbana en las más absoluta desprotección frente a la delincuencia cada vez más desaforada.

El panorama es inquietante de cara a los 12 meses que aún le quedan a la Presidenta en el pleno ejercicio de su mandato. Los sectores de izquierda más radicalizados contra las empresas y la libertad económica que hoy controlan resortes decisivos del poder regulador del Estado no parecen dispuestos a abandonar pacíficamente el poder. Muchas veces en la historia se confirmó que los peores abusos de Estado en un régimen autoritario suelen suceder en la despedida del poder.

Organizaciones políticas como La Cámpora, Unidos y Organizados, o las agrupaciones que defienden a las víctimas de la última dictadura militar, ¿aceptarán a Daniel Scioli como el sucesor de Cristina? Y si ganara Scioli las próximas elecciones, ¿lo dejarán gobernar con libertad y volver a la racionalidad económica? O ante el primer desencuentro lo amenazarán con abandonar la Plaza de Mayo como en 1974 y volver a la calle ‘a hacer lo que haya que hacer’ para retomar el Gobierno. Es la estrategia que, de manera textual, anticipó Máximo Kirchner en su mensaje a la militancia en Argentinos Juniors semanas atrás. Ni pensar si los ganadores fueran Mauricio Macri o Sergio Massa.

Ninguno de los tres, ni Scioli, ni Massa, ni Macri, parecen hoy con la capacidad para unificar al peronismo tradicional y enfrentar a los herederos del PJ revolucionario de los 70. El gobernador de Buenos Aires pide en privado que no lo subestimen. Una vez que gane, dicen sus acólitos, Daniel es Daniel. Acepta que hoy sin el apoyo de Cristina y La Cámpora su situación electoral se debilita en primera vuelta, pero sabe al mismo tiempo que con esos socios, con un Axel Kiciloff en la fórmula, difícilmente pueda ganar un ballotage.

Sergio Massa se siente más cómodo ante el desafío. Ya convocó con éxito a parte del PJ contra Cristina en 2013 y trabaja para que los electores desconformes lo prefieran como el garante de un gran acuerdo del PJ y la UCR que permita consolidar mucho poder político en el futuro para frenar el modelo venezolano que, según él, eligió la Presidenta. De allí que celebre la fractura que se anticipa entre radicales y frentistas de FAUnen. Un sector podrá irse con Macri, otros se acercan cada vez más a Tigre.

En verdad, la verdadera disputa en la oposición es quién terminará liderando el voto útil contra el Gobierno. Ante la fractura inminente en la UCR, Elisa Carrió se anticipó para tratar de llevarse a un sector junto a Mauricio Macri. El jefe de Gobierno porteño encontró, a la vez, una aliada en su disputa contra Massa. La doctora Carrió, en los medios, se ocupa más de demonizar a Massa que de cuestionar al Gobierno. Lo acusa al ex intendente de Tigre de vínculos con el narcotráfico, la misma bajeza de la que se valía el kirchnerismo para enlodar opositores. Macri, se sabe, aspira a que el electorado quiera terminar con todo: con los radicales y con los peronistas. Si la economía se estabiliza y el mandato de Cristina termina sin un desastre financiero, no está tan claro que la gente vote para que se vayan todos, menos Macri. También es posible lo que ayer apuntaban con tirria los massistas. "Tarde o temprano, también Mauricio va a tener que fumarse a la Carrio", apuntaba un intendente del Frente Renovador.

Todas estas especulaciones circulan a gran velocidad en los directorios de bancos y empresas. En las entidades financieras, los operadores están escondidos bajo el agua, con una cánula que les permita respirar sin que los vean. Prácticamente paralizado el mercado de cambios para la plata grande, un operador de Bolsa se sinceraba con este periodista: "Nadie sale de la casa. No tiene sentido correr ahora el riesgo de tratar de cruzar a Berlín occidental, si sabés que en 12 meses derriban el muro cuando termine este gobierno".

Los bancos avisan a las empresas que todos los días la Comisión Nacional de Valores los obliga a informar el listado de empresas que operaron comprando bonos para girarlos afuera con el mecanismo del contado con liquidación. Ante la persecución y las amenazas, las empresas se retiraron y esperan. Hoy la operatoria de bonos es 20% en volumen de lo que se verificaba 30 días atrás. Nadie quiere un sumario, mucho menos una causa penal que puede durar 10 años en Tribunales.

Y todos esperan a enero para observar si el Gobierno retoma la negociación externa. Con el auxilio de China y otros bancos centrales, más la profundización del cepo a las importaciones, el Gobierno puede llegar con u$s 28.000 millones contabilizados como reservas. Un oxígeno que hasta podría tentar a las autoridades a seguir la batalla contra los acreedores, ante la dificultad de un acuerdo que no parece sencillo si el Gobierno, como ha ratificado hasta ahora, se niega a cumplir la sentencia firme de la justicia de Nueva York.

Aparece ahora una nueva tentación. Expertos financieros, ligados a los bancos, le están sugiriendo al ministro Kicillof que directamente emita nuevas series de bonos en dólares 2024 (Bonar 24) con el mecanismo que ya se utilizó en la emisión del Bonar X (Argentina 2017). Que se autorice el ingreso de dólares del exterior sin cepo para suscribir títulos dolarizados bajo ley argentina. Hoy el Argentina 24, bajo ley local, rinde menos de 10%. Es decir que con cepo exceptuado a la Chevron, y aún en guerra con los buitres y el juez Tomás Griessa, el país podría obtener dólares frescos para seguir peleando. Todo vale para un Gobierno que percibe la administración como el libramiento de una batalla. O peor: la organización de una venganza.

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